"La guerra terminaría si los muertos pudiesen regresar"
James Baldwin
No te vayas
-Hola, Fred.
Todas las mañanas era lo mismo. George se levantaba de la cama, iba al baño y, cuando se miraba en el espejo, su reflejo le guiñaba un ojo. Ése tenía que ser Fred. No podía ser él mismo, porque siempre se despertaba con los ojos demasiado pesados, demasiado hinchados como para moverlos fácilmente en ese gesto ágil y travieso, tan propio de su hermano.
George Weasley no lloraba de día. No lloraba porque no tenía motivos para hacerlo, porque ¿cómo podría lamentar la ausencia de su hermano si para él no se había marchado? ¿Cómo extrañarlo si se le aparecía en el espejo del baño, por las mañanas, para desearle buenos días con el movimiento de sus párpados? ¿Cómo echarlo de menos si Freddie hacía acto de presencia en cada detalle, en cada instante que formaba parte de su día a día? Los demás no lo entendían, por supuesto. Pensaban que estaba en la etapa de la negación o transitando por Merlín sabe cuáles períodos de duelo. Cuando le había comentado a Ginny que creía que Fred había dejado la caja llena de turrones sangra narices que encontró en su antigua habitación, pocos días después de haber regresado a La Madriguera, ella sólo le había sonreído con ternura y, conteniendo las lágrimas, lo besó largamente en la mejilla. Pero George tenía muy en claro que el hallazgo de los turrones no era un hecho aislado, una mera casualidad. A medida que pasaban los días iba encontrando los distintos inventos que habían fabricado en lugares insólitos de la Madriguera, y George podía jurar que se había llevado todo de allí, habían revisado la habitación que compartían antes de irse a vivir al Callejón Diagon y que luego utilizaron como depósito para los productos a prueba, habían retirado todo lo patentado por Sortilegios Weasley cuando las cosas se habían puesto realmente feas y él y su familia se habían visto obligados a ir donde Tía Muriel. Se lo habían llevado todo, George estaba seguro, porque ni él ni su hermano querían que ni un maldito mortífago pusiera sus sucias manos encima de sus mágicas creaciones. Entonces, ¿cómo explicar el hecho de encontrar unas pastillas vomitivas en la alacena más alejada de la cocina, o el hallar los viales de las pociones de amor caseras detrás del reloj de la sala?
George Weasley no lloraba de día, pero sí lo hacía durante las noches, en sueños. Siempre se trataba de la misma pesadilla. Caminaban por los corredores de Hogwarts, libres de enemigos, sólo oyendo el bullicio de estudiantes a su alrededor, en un día normal de clases. A veces era él, a veces era Fred el que comenzaba con una broma y el otro terminaba la frase, completando el chiste. Continuaban bromeando y riendo, apenas percatándose que la luz de los pasillos se iba volviendo más tenue. Para cuando la oscuridad los sorprendía como un manto cubriéndolos de golpe, la frase que había dicho George quedaba en el aire y nunca llegaba su final. George se giraba, miraba a su hermano y éste sonreía, pero lo hacía de una manera extraña, antinatural. Fred no hablaba, Fred no reía, Fred tenía una sonrisa estática y sus ojos ya no veían. Entonces George se despertaba con un grito atascado en la garganta, las sábanas en el suelo y los ojos húmedos. Lloraba dormido y por eso los ojos le pesaban tanto durante las primeras horas de la mañana.
George no se encerraba por horas en su cuarto, como lo hacía Ron. No limpiaba compulsivamente la casa, tal como lo hacía Ginny. No se escondía en el cobertizo rompiendo artefactos, como su padre. No se le caían los platos ni chocaba con los muebles con la mirada perdida, tal como su madre, o trataba de sofocar sollozos, ocultado en el baño, como hacía Percy cada vez que no podía controlar la angustia frente a los demás. A diferencia de todos, George se llenaba de ánimo durante el día, recorría la casa y sus alrededores, se paseaba por los jardines y trepaba por los árboles, convencido de que Fred se manifestaría nuevamente, porque el espíritu de su hermano no se había ido, no podía haberse ido: estaba allí, en La Madriguera, junto a su familia., ocupando su lugar.
La tarde que pasó cuatro horas acostado en el pasto, lo vio claramente por primera vez, después de mucho tiempo. Al principio pensó que se trataba de un insecto caminando cerca del lóbulo de su oreja izquierda, pero al momento siguiente la sensación se había convertido en una cosquilla y George no pudo evitar recordar que su hermano tenía la manía de hacerle ese gesto cuando eran pequeños, para despertarlo de sus siestas. George se levantó con pesadez, apoyando sus manos sobre el césped y, entonces, lo sintió. Alguien había reído detrás de él. Se giró con brusquedad y no vio nada, sólo el atardecer en todo su esplendor: el cielo parecía una acuarela gigante con distintos matices de naranja y rojo...El ocaso estaba comenzando, pero George no encontraba al portador de la risa. Desanimado, estaba dispuesto a entrar a su casa, pero la visión de una forma rojiza que se perfilaba en el horizonte, destacándose sobre los colores del cielo, le captó la atención y se dirigió hacia allí.
Es el pelo de Fred, se dijo a sí mismo. Lo es,se convencía, mientras aceleraba el paso para acercarse a ese destello que conocía bien y que, estaba seguro, había visto. Empezó a correr y a correr cada vez más rápido, presintiendo que si no se apuraba, Fred se marcharía. Entonces, empezó a llamarlo.
-¡Fred! ¡Fred! ¡Maldita sea, Fred! ¡Deja ya de esconderte!
Siguió corriendo con fuerza pero, a medida que se acercaba al lugar en que creía haberlo visto, las distancias parecían volverse más largas. No llegaba nunca. Corría, corría, pero ante sí sólo se extendía ese cielo naranja, infinito, imponente...Y eso dolía tanto.
Cuando el aire no le alcanzó para seguir, se detuvo. Sentía un pinchazo insistente en el costado del cuerpo y tuvo que doblarse sobre sus rodillas para mitigar el dolor. Poco a poco, la respiración volvió a pausarse y entonces se percató de que había llegado hasta el pequeño lago, pegado al bosque que bordeaba al jardín de La Madriguera. Se acercó y se mojó la cara. Fue en ese momento cuando, contemplándose en el reflejo cristalino del agua, lo vio, más claro que nunca. Fred le sonreía. ¡Ése era Fred! ¡No podía ser solamente su reflejo; él no estaba sonriendo!
Fred sonreía y su cabello brillaba. El cielo proyectaba destellos rojizos sobre el lago. El mismo destello que había visto minutos antes, cuando sintió la cosquilla y, luego, la milagrosa risa.
¡Fred no se había ido! ¡Lo sabía, lo sabía! Siguió mirando las aguas tranquilas, mansas. No quería alejarse. No sabía cuánto tiempo pasaría hasta que Fred volviera aparecer.
-Eres un cabrón, hermano. Y un idiota, además. Hacía mucho que no corría, casi me quedo sin oxígeno. Tienes que dejar de darme estos sustos. Tienes que aparecer cuando los demás puedan verte, sino pensarán que soy un loco. Vamos, sé que no te gustan los sentimentalismos, pero no nos quedarán más platos si mamá los sigue rompiendo. ¡Y papá se está quedando sin enchufes! No podemos permitir eso, ¿verdad que no, Fred?
El cielo dejó de ser un manto naranja para convertirse en una cúpula de un negro azulado, profundo. Las estrellas brillaban en el cielo y George seguía allí, sentado, en la orilla del lago, mirando a Fred. Hasta que alguien lo sacudió y George, con resistencia, tuvo que dejar de mirar el agua para ver quién era.
Ronald Weasley lo miraba entre furioso y preocupado.
-¡Eres un imbécil, George! ¿Qué diablos haces aquí? ¡Te estuvimos buscando por horas, POR HORAS! Mamá está descompuesta y Percy se fue con papá al Ministerio, ¡están por avisarles a las autoridades de que has desaparecido y empiecen a correr la voz de alarma!- Ron gesticulaba entre nervioso y aliviado a la vez, pero al ver que George no respondía, lo zarandeó más fuerte- ¿Cómo se te ocurre irte sin avisar? ¡Con todo lo que está pasando, las noticias de esos mortífagos que se están vengando...! ¡Por Merlín, George, no puedes desaparecer así, somos la familia más traidora a la sangre que existe, no puedes esfumarte como si...!
-Estaba con Fred.
Su hermano cerró la boca y lo miró, sin saber si había escuchado bien.
-¡Estaba hablando con él! ¡Mira, Ron! ¡Ahora te demostraré que no estoy loco, sígueme!
Arrastró a Ron hasta la orilla del lago, y cuando ambos se agacharon a contemplar la superficie del agua, sólo se veía el reflejo de Ron y de...de George. Ése no era Fred.
Esos ojos hinchados, esa mirada apagada, esas ojeras y esas arrugas prematuras no eran de Fred.
Fred se había ido.
-Se fue. Maldita sea, se fue. Pero tienes que creerme, Ron. Él estuvo aquí. No me mires así, Ron... ¡Mierda! ¡Vuelve, grandísimo idiota! ¡No te vayas, Fred! Por favor, voy a volverme loco...-no pudo continuar, los sollozos le sacudían el cuerpo y las lágrimas caían en su boca, más amargas que nunca.
Ron lo abrazó con fuerza y no lo soltó ni siquiera cuando George quiso zafarse.
-Fred se ha ido, George...Se ha ido... Y no volverá.
Cuando regresaron a casa y George se tiró en el sofá de la sala, sin ganas de subir hasta su cuarto, Fred apareció otra vez. Pudo ver, desde su posición, el borde de una cápsula morada, pegada en la parte trasera de una de las patas de la mesita ratona del comedor. George se levanto y la tomó, preguntándose a qué estaba jugando Fred, dejando a propósito todos esos chascos de su invención, ocultos en distintos rincones de la casa, como para que nadie excepto él los viera...Y, entonces, recordó.
Recordó que antes de abandonar La Madriguera por última vez, se habían llevado todo...Todo, menos aquello que habían escondido, hacía mucho tiempo, de los ojos de Molly Weasley.
Será mejor que dejemos algunos de nuestros pequeños para las reuniones familiares, Georgie. Pero no podemos dejarlos en cualquier lugar porque mamá los confiscará.
¡Cómo pudo haberse olvidado de eso! ¡Cómo pudieron, los dos, haberse olvidado de eso! Ocultaron los chascos para que su madre no los viera, y luego ellos se olvidaron...
Esa certeza cayó como un balde de agua fría sobre George. ¿De modo que en realidad Fred no...? Pero, ¿los guiños en el espejo, la risa, las cosquillas? ¿Todo eso era invención de su mente?
Ya no le parecían divertidas las jugarretas de Fred.
Ya no tenía gracia esta vida.
George no lloró aquella noche. Durmió por horas, como hacía mucho no lo hacía, y no tuvo pesadillas. Cuando se despertó, vio que alguien lo había tapado con una frazada. Los rayos del sol se filtraban por la ventana e iluminaban el sillón, donde se encontraba acostado él. Y Ginny Weasley lo miraba desde la puerta, con una bandeja con comida en la mano y aspecto cansado.
-Tienes una cara horrible, Gin.
Su hermana le sacó la lengua.
-¿Y tú? Estás peor que yo. ¿Por qué no te miras en el espejo?- le dijo, dejándole la bandeja con su desayuno en sus rodillas.
George cerró los ojos, agotado.
-Creo que no me veré en ningún espejo por un tiempo...
Ginny lo miró comprensiva, como sabiendo a lo que se refería, pero no dijo nada sobre el asunto.
-¿Qué soñaste anoche?
-¿Qué?
-Que qué soñaste. Te pregunto porque estabas riendo, mientras dormías.
-No lo sé, no recuerdo nada. Estoy hecho polvo.
-Deberías recordar, George. Trata de hacerlo. Si tienes que quedarte con recuerdos...que sean de los buenos- le aconsejó Ginny, y se marchó, dejándolo pensativo.
Después de cenar, se acordó. Era un sueño raro y confuso, como todos los sueños.
George estaba esperando impaciente a que su hermano gemelo saliera del baño.
-¡Apúrate, Fred! No aguanto más.
-Ya, ya, ya casi...Tengo que arreglarme bien...
-¿Tienes una cita?
-Ajá.
-¿Con quién?
-Con Ludo Bagman. Creo que si me presento así, lo convenceré de que nos pague lo que nos debe.
Fred salió del baño y pudo ver por qué se había demorado tanto: estaba sutilmente maquillado, llevaba una peluca rubia y el vestido violeta que tenía puesto le llegaba hasta debajo de las rodillas.
-¿Estoy linda, hermanito?- le dijo, contoneando las caderas.
George no pudo aguantar la risa. Unas carcajadas se le escaparon...y se le escapó algo más.
Fred bajó la mirada y se fingió ofendido.
-¡Hombres! ¡Sólo son un saco de testosterona! No sabía que la belleza de una damisela como yo podría causar incontinencia urinaria...
El recuerdo del sueño, de esa anécdota que él realmente había vivido hacía tanto tiempo atrás, le provocó gracia de nuevo, y no pudo evitar reír. La risa se le escapaba con facilidad, ¿qué le estaba pasando?
Decidió que podría asomarse un poquito en el espejo; sólo un poco, para cepillarse los dientes y no la nariz, nomás.
Cuando se vio reflejado en el cristal, esa noche, descubrió que tenía una cana entre su flequillo. Se dio cuenta, también, que sus ojos parecían dos bolsas de papas. Si Fred lo viera así, se reiría por horas. Extrañamente, ese pensamiento lo calmó.
A partir de ahora, tendré que dejar de parecerme a Filch, se dijo, mientras se ponía el pijama. Sino Fred tendrá un millón de bromas para hacerme cuando nos volvamos a ver.
Porque lo iba a volver a ver, de eso no había duda. Tal vez de momento sólo se le aparecería en sueños y no lo encontraría más detrás de un reflejo o de un chasco estratégicamente escondido. Pero ya llegaría la hora cuando a él también le tocara partir de este mundo.
-¿Me seguirás esta vez, George? ¿O eres demasiado gallina como para reírte en las narices de Umbridge?
-Ni sueñes con eso, hermano. Lo de la gallina, digo. Porque de lo otro no hay dudas...Te seguiré siempre.
N/A: Aclaro por las dudas, lo último sería una especie de recuerdo cuando se fueron de Hogwarts por Umbrigde; el sueño de George podemos ubicarlo en el cuarto libro por el asunto de lo que Bagman les debía de las apuestas...Y con eso de los inventos escondidos en la casa, me refiero que se olvidaron de retirar aquellos que en su momento habían escondido de Molly cuando se fueron a vivir al Callejón Diagon...Hago las aclaraciones porque creo que me enredé un poquito.
Muchísimas gracias Agus y Cristina!
Gracias por leer, espero que guste^^
