"La guerra es una invención de la mente humana"
Winston Churchill
Cautiverio
Que un par de robustos mortífagos lo arrastraran entre los escombros, con insultos y patadas en la cara, ya no le importaba a Xenophilius Lovegood. No le afectaban ni su agresión ni sus amenazas, porque todo resquicio de esperanza se había esfumado en el momento que tres adolescentes desparecían entre las ruinas de su hogar.
Y con ellos también, desaparecía toda posibilidad de encontrar a su hija.
Día 1
-¡Casi nos morimos por este viejo estúpido!
-¿Pero para qué diablos me lo traen? ¡Se suponía que encerraríamos a Potter y el Señor Oscuro vendría a buscarlo, así nosotros obtendríamos nuestra recompensa y...!
-Olvídate de las recompensas. El chiflado no mentía: Potter estaba allí, junto a la sangre impura. Pero se nos escapó, ¡Potter siempre se escapa!
-Los galleons que hemos perdido, por Merlín... ¿Y qué haremos con este pobre diablo? Las celdas están casi al límite de su capacidad, estamos desbordados...
-Colócalo donde sea. Y no le des comida por tres días; que le sirva de escarmiento.
Las palabras de los sujetos apenas llegaban a los oídos de Xenophilius, tirado en el piso, prácticamente inconsciente. Su mente flotaba sobre las ruinas de sus peores recuerdos, afectada por el poder de los dementores. La explosión que acabó con la vida de su esposa y la carta que le informaba sobre la desaparición de Luna, lo atormentaban sin descanso.
Día 4
Unos ruidos metálicos lo despertaron sin compasión. Cuando abrió los ojos, encontró un plato de comida cerca de las rejas, al tiempo que la sombra del carcelero iba desapareciendo entre los pasillos oscuros.
Xeno metió las manos dentro del cuenco con desesperación. Sin embargo, apenas probó un poco, vomitó sobre el suelo de piedra. El pan mohoso y la sopa fría y verdosa le daban náuseas, pero si seguía sin comer, el estómago se le cerraría aún más. Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, fue engullendo el alimento.
En su boca se mezclaba el gusto repugnante de la comida con el sabor salado de las lágrimas.
Día 8
Los días dejaban de ser días para dar paso a una sucesión de segundos interminables que transcurrían sin sentido. El señor Lovegood lo pudo comprobar con certeza, después de estar contemplando durante ocho días a las tres paredes -mudas, frías- y a las rejas de metal oxidado que delimitaban su espacio. El pasillo que podía ver desde allí era un camino lúgubre que se extendía por metros infinitos, adornado por celdas y más celdas a su alrededor.
Pero el encierro físico no era lo peor. No poder dominar tus propios pensamientos, que todo lo feliz que alguna vez hayas tenido la suerte de vivir se te escape entre las brumas de la memoria sin poder evitarlo, y que tu cerebro no responda como lo hacía antes...eso sí era lo peor.
Por que no había escapatoria cuando te perdías en los laberintos de la mente.
Día 15
A veces Xenophilius olvidaba que tenía una hija. Por momentos, ni siquiera podía recordar la fecha de su boda.
A veces era difícil saber quién era esa chica de cabello rubio enmarañado y ojos saltones que emergía entre sus pensamientos, sin previo aviso, como un chispazo de repentina memoria.
A veces se acordaba de una tal Anna, una muchacha preciosa, algo loca, sí, pero la mujer más bonita que había visto en su vida. Pero, ¿qué vínculo lo ataba a esa mujer?
Tampoco entendía muy bien qué hacía allí, en ese espacio putrefacto y siempre, siempre, frío. ¿Acaso era su casa?
Si así lo era, qué pésimo gusto tenía para la decoración.
Día 18
A pesar de tener la sensación de estar durmiendo la mayor parte del tiempo, a Xeno le costaba conciliar el sueño. No el sueño tumultuoso, agitado, el que lo dejaba completamente agotado al despertarse, como si hubiera corrido una maratón eterna. El sueño apacible, en blanco, sin pesadillas, el que parecía acercarlo un pasito más a la nada misma, era poco frecuente en él. Por eso se sintió verdaderamente fastidiado cuando unos susurros roncos lo arrancaron de su siesta.
Abrió el ojo izquierdo, con pereza. Una figura alta, desconocida, parada cerca de la celda de en frente, estaba hablando con un individuo más bajito. Un hedor desagradable, mezcla de sangre y mugre, llegaba hasta sus fosas nasales. Arrugó la nariz.
-No deberías estar aquí, falta poco para la transformación...
-Tranquilo, los esmirriados como tú no me resultan apetecibles.
-Cállate, Greyback. No te tengo miedo, puedo hacerte volar con un solo movimiento de muñeca. Lo que no quiero es que estés merodeando por las celdas cuando falta poco para la luna llena...
Los sujetos seguían hablando, pero Xeno no escuchó más. No pudo seguir escuchando, porque una palabra retumbó en los recovecos de su cabeza, sacudiéndolo, despertándolo de un largo letargo.
Luna.
Sucesivas imágenes se agolpaban en su memoria, todas a la vez, empujándose, clamando atención.
Una niña frente a un castillo de arena que crecía y crecía hasta estallar en una lluvia de tierra. Una carta breve diciendo ¡Soy Ravenclaw!, con el dibujo de una diadema en el pergamino. Un vestido amarillo y un girasol en la cabeza de una joven que bailaba mirando al cielo.
Luna.
Era como sentir pequeñas descargas eléctricas en la piel, ramalazos de vida en su cuerpo enfermo. Se sentía como una máquina vieja que es puesta en marcha nuevamente, después de un largo tiempo.
Le daba miedo. Miedo no poder contralar todas esas sensaciones, esos olores, esas melodías e imágenes que lo asaltaban de manera desordenada, a veces difusas, a veces tan nítidas que lo sobrecogían.
Luna.
Cataratas de recuerdos que sacudían a su espíritu adormecido.
Anna sacándole la lengua, cuando él aparecía con la cámara fotográfica para sorprenderla en alguno de sus experimentos. Un bebé acostado sobre su pecho y él reposando en el pasto, junto al arroyo que atravesaba la huerta de su casa.
Un cielo despejado que él ya no podía ver, encerrado en esta celda.
Día 21
Dile NO a los muérdagos. No queremos una invasión de nargles en Navidad, ¿verdad?
Xeno apartó la pluma y miró la caligrafía temblorosa sobre el papel, no muy seguro de lo que había escrito.
Después de la intensa reminiscencia que había experimentado, Xeno pudo dormir y disfrutar de un sueño apacible. Pero no era un sueño vacío, en blanco, si no que estaba lleno de personas que entraban y salían, de objetos extraños y lugares por los que él, lo sabía, había caminado.
Al despertar, se le ocurrió que era peligroso fiarse nuevamente de su mente y dejar a merced de ella el resguardo de sus recuerdos. Necesitaba registrar sus memorias en otro lugar, antes de que las olvidara nuevamente. Entonces, le pidió al guardián de turno si podía prestarle una pluma y un papel.
No le hizo caso, al principio. Tuve que gemir de manera casi ininterrumpida por tres días, rogando por un bollo de papel, hasta que alguien se hartó y le arrojó un rollo de pergamino agrietado, una pluma y un tarrito de tinta que se derramó en parte al ser deslizado entre los barrotes.
El contacto con el papel y la necesidad de escribir le resultaron familiares. Él era un periodista. El tenía una imprenta. El Quisquilloso era su obra maestra, su segundo hijo.
Y, sin esforzarse, recordó el título de una de los primeros artículos que había escrito.
Los nargles anidan en los muérdagos y roban las pertenencias de las personas, para luego devolverlas de extrañas maneras.
Día 32
Azkaban estaba viva. No podía explicárselo de otra forma: las paredes temblaban y explosiones se oían. Algunos prisioneros gritaban, colgándose de las rejas como si fueran monos, otros se acurrucaban en las sombras, escondiendo la cabeza entre las piernas. Cientos de pisadas retumbaban entre los muros, como si la prisión hubiese sido invadida.
Bob gritaba en la celda de al lado, emocionado.
-¡Es el fin del mundo! ¡Ya ha llegado, compañeros! ¡Todo se termina aquí! ¡Libres al fin!
Una voz grave y pausada, le respondió.
-Sí, amigo. Hoy empieza la libertad.
Xenophilius se incorporó. Conocía esa voz. Y también conocía ese perfil alto y corpulento. Esa cabeza morena y rapada.
-Por aquí, Luna...
Los barrotes de la celda se abrieron y, entonces, la vio.
Dos manos pequeñas acunaron sus mejillas, dos ojos inundados de lágrimas lo contemplaron y una boca lastimada le sonreía.
Luna, Luna, Luna
El ángel de su salvación lo abrazaba con fuerza, y él sólo podía repetir su nombre.
-Luna, Luna, Luna...
Por el hueco destrozado del techo pudo ver, pendiendo en lo alto del cielo, una luna gigante y hermosa
Pero su verdadera Luna estaba entre sus brazos, mucho más real que los recuerdos que regresaban de los caminos enrevesados de la memoria.
Luna se había perdido en los laberintos de la guerra...Pero había encontrado la salida.
Como él.
N/A: ¡Hola a todos! Después de otra desaparición, vuelvo nuevamente xD. Ya les dije, no daré por terminado esto hasta que en Status ponga "Complete".
Gracias por leer, a todos. Y especialmente, quiero agradecer a quienes comentaron ultimamente por aquí: Agus, Sara-Lily-Potter, Herm Black, Nadia, Aliencita, Cristina, Rowena Black-Lupin y ChicaSnapeBlack. ¡Gracias chicas!
Nos vemos en la próxima viñeta :)
