"La persona que no está en paz consigo misma, será una persona en guerra con el mundo entero"
Gandhi
Esos ojos verdes que ya no ven
La gente podía llegar a ser realmente estúpida en un día como hoy, pensaba.
Odiaba esa cursilería barata, ese exceso de azúcar que bañaba cada rincón del castillo durante las veinticuatro horas que duraba San Valentín.
El amor no sirve para nada, sólo para complicar la existencia, se repetía Severus Snape, mientras caminaba por los fríos pasillos de Hogwarts, esquivando como podía a las parejitas acarameladas, haciendo oídos sordos a las serenatas o canciones de amor que se oían aquí y allá, sacudiéndose el papel picado que caía del techo y pateando con repugnancia los corazones de flores que se topaban en su camino.
Frotó sus manos para entrar en calor, pues el frío se colaba por los ventanales abiertos, y trató de serenarse. Una cosa tan estúpida como los sentimientos humanos no tenía por qué alterarlo. Se suponía que la lógica regía su vida.
Pero se daba cuenta que a veces ni el argumento más razonable era suficiente cuando se trataba de Lily Evans.
Gruñó, molesto. Hacía tres días, se le había ocurrido una idea muy tonta. Pensó que por primera vez en su vida, podría sacarle provecho al día de los enamorados. Tal vez si le compraba esa novela romántica muggle a Lily, ella finalmente le perdonaría. Sí, Severus había ojeado en el verano pasado un par de páginas del libro de una tal Jane Austen que su madre guardaba en su mesita de luz. No terminó de leerlo, por supuesto, le parecía algo más empalagoso que todos los dulces de Honeydukes juntos, pero quizás a Lily le gustara y se olvidara de su erróneo comentario. A Evans le encantaba la literatura, y quedaría más encantada aún si se trataba de una obra tan muggle como Orgullo y Prejuicio. Así, ella comprendería que Severus se arrepentía profundamente de ese infortunado Sangre sucia que le había escupido aquella vez, sacado de quicio.
Hizo un encargo vía lechuza a Flourish and Blotts y tan pronto tuvo el libro en sus manos, comenzó arrepentirse. Para ser sinceros, se arrepintió más cuando escuchó al idiota de Potter hablando con Black, en medio de una clase de Pociones.
-Cornamenta, deja de molestarme. Exprime tu cerebro y no el mío, por favor. El que se supone que le regalará algo a Evans serás tú, así que apáñatelas solito para escoger el regalo.
Snape cortó con más brusquedad de la necesaria las raíces de margarita para preparar la solución para encoger que les había encargado el profesor. Así que el imbécil engreído de Potter iba a darle un obsequio a Lily. No debería sorprenderle, después de todo, sólo los magos flojos de sesos festejaban ese tonto día.
Y luego recordó que él mismo tenía un regalo para la pelirroja, en el fondo de su baúl.
No, definitivamente sería mejor no darle nada a Lily. Él ya había hecho lo posible por disculparse con ella; no seguiría perdiendo tiempo en suplicarle perdón. Había cosas más importantes en la vida, como sus planes a futuro. Lucius Malfoy le había hecho una propuesta, y él todavía no le había contestado.
Los amigos (o lo que sea que fueran Lily y él) iban y venían. No eran más que aliados para alcanzar determinados propósitos, eso lo había aprendido de los mejores Slytherins en sus seis años de colegio.
El orden de una sociedad, las leyes políticas, el dinero y el poder...nada de eso estaba determinado por algo tan ambigüo como el amor. Algo tan volátil como las relaciones humanas. Si uno quería ser exitoso y sobrevivir, de nada le servía amarrarse a sentimientos. Menos aún cuando estos no eran correspondidos.
Suspiró, cansado, y se estaba acomodando mejor la bufanda verde cuando la vio.
Lily Evans charlaba animadamente con una compañera de su casa, ajustándose cada dos segundos unos guantes de lana que le quedaban demasiado grandes y se le resbalaban de las manos. Estaba preciosa. Severus había olvidado el verde esmeralda de sus ojos que, por algún motivo, hoy brillaban más que nunca. Parecía relajada y feliz, una imagen totalmente distinta a los últimos días, cuando la observaba caminar deprisa y con la espalda encorvada por el peso de los libros que cargaba, nerviosa e irritable por los exámenes que se avecinaban.
Fue entonces cuando sus pies dejaron de obedecerle, giró sobre sus talones y fue corriendo hacia su habitación. Tenía que darle su regalo. Pero debía hacerlo rápido, antes que Potter. Al Gryffindor le gustaba dormir, así que suponía que aún no se había levantado. Eran las ocho de la mañana, por lo que tampoco habría muchos alumnos desayunando en el Gran Salón, y él podría ahorrarse bochornos o risitas burlonas al momento de entregarle su presente.
Bajó a las mazmorras, tomó el paquete envuelto en papel marrón (Severus odiaba los colores chillones, prefería la sobriedad a lo llamativo), volvió a subir las escaleras de piedra, puso los ojos en blanco al oír cómo cantaba una armadura oxidada un versito romanticón de una popular canción, hasta que llegó a las puertas de roble que comunicaban al comedor común.
Y sus dedos arrugaron el papel del regalo entre sus manos.
Potter la estaba besando. La estaba besando. Pero, lo peor de todo, era que Lily ya no lo insultaba. Ni siquiera lo miraba despectivamente, como acostumbraba hacerlo. Lily le correspondía y le acariciaba ese estúpido pelo revuelto que parecía tener vida propia, tan distinto al suyo, lacio y apagado.
Como él.
Tuvo el impulso de arrojarles el libro, de hechizar a Potter y de...de...Ya no sabía qué quería hacerle. Pero supo que la última vez que se había dejado llevar por sus instintos, esa vez que no pensó, las cosas habían salido mal. Había perdido a Lily, su confianza y amistad.
Snape arrojó la porquería entre sus manos y se dio vuelta, sin mirar atrás.
Iba a encontrarse con Malfoy para darle su respuesta. Era un "Sí" rotundo; ya lo había decidido.
Había cosas más importantes que Lily, como ser parte del nuevo orden jerárquico que iba a sufrir la sociedad. Severus estaba dispuesto a ser parte de ese grupo de elegidos guiados por Tom Riddle. No quería pertenecer al bando de los perdedores.
Porque a la hora de la verdad, cuando tuviera que tomar decisiones trascendentales, cosas tan insignificantes como las emociones no importarían.
Cuando tuvo a Lily entre sus brazos y sus ojos verdes ya no veían, Severus Snape comprendió que por amor y odio se podían desencadenar muchas cosas. Que una pelea entre adolescentes o un frustrado amor escolar, podrían desatar una vorágine de sucesos.
Como una maldita guerra.
