"Para hacer la paz se necesitan dos; pero para hacer la guerra basta con uno solo"

Arthur Neville Chamberlain

Reencontrarse y Renacer

-No puede estar sucediéndome esto…

La vivienda de la calle wheelwhrigth número 47 ya no se encontraba allí. En su lugar, se erguía un edificio de por lo menos veinte pisos, que se perdía en lo alto del cielo. Ni siquiera el vecindario era como lo recordaba. Antes, se asemejaba al barrio donde vivía en Brightoncon sus padres: niños jugando en la vereda, casas con patios amplios, árboles en la acera…Ahora, el sitio que había pisado hacía dos años estaba atestado de comercios, autos que configuraban un tráfico imposible, ruidos molestos y suciedad por todas partes. La zona había cambiado, y los habitantes de esa casa buscada se habían mudado. ¿En dónde estarían?

Había retrasado el momento de dirigirse allí dos años y cuatro meses dolorosamente largos. Y cuando por fin había reunido el valor necesario para enfrentarse al dolor y enojo que -creía- iba a encontrar en sus padres una vez que recuperasen su memoria, descubrió que no había rastro de Wendell y Mónica Wilkins.

Después de haberse prendido del timbre de cada departamento de cada piso de ese endiablado edificio, comprobando con desesperación que no había ningún Wilkins viviendo allí, Hermione respiró profundo y se recordó que no en vano había sido la bruja más brillante de su generación en Hogwarts: recorrería cada comercio de ese barrio, cada centímetro del lugar e interrogaría a cada sujeto que se topara en su camino en busca de una pista sobre sus padres.

No se daría por vencida nunca. No ahora, después de que ya había pasado lo peor.

-O-

Sólo había pasado un mes desde que todo había acabado. Pero ya deseaba volver a su hogar.

Pese al lazo -reforzado por la batalla- que había forjado con sus compañeros de lucha, tenía que volver a reencontrarse con la persona más importante en el mundo que él pudiera tener.

Resistió unos días, para acompañar en el dolor a sus amigos. Para contenerlos y tratar de recuperarse emocionalmente (recuperarse era una manera de decir, porque estaba seguro que después de todo lo vivido, habría heridas que permanecerían intactas para siempre en sus recuerdos). Pero la añoranza era tan fuerte, que decidió que ya era el momento de regresar.

Él no temía los reproches que podría recibir, pero sí le daba pavor el estado en que podría hallarla. Se la imaginaba devastada.

Y así fue. Casi no reconocía a esa mujer delgada, ojerosa, encorvada sobre la mesada de su vieja cocina. Una cocina que tenía los mismos muebles y trastos ubicados en el mismo lugar que el día que había abandonado su hogar. Pero sin dudas, una cocina distinta por el aire que cargaba: la pesadez del tiempo escurriéndose lentamente sin sentido, la energía estancada desde que se había marchado, el polvo cubriendo cada centímetro del espacio. Las cortinas raídas, como el vestido de su madre aquel día tan esperado.

Observándola a hurtadillas desde el jardín, decidió que antes de revelar su presencia debía hacer algo significativo. Algo que era su sello. Un dibujo de una luna, resplandeciente sobre el cielo. Era el dibujo preferido de su madre, el que él siempre le obsequiaba cuando la veía triste. Así que deslizó el dibujo mágicamente por la ventana abierta de la cocina.

Helena se sobresaltó, pero rápidamente recogió el papel que ahora estaba sobre el suelo, pensando que se trataría de una publicidad arrojada por un cartero atrevido. Pero cuando tuvo el papel entre sus manos, el corazón le dio un vuelco. Y un grito nació de lo más profundo de sus entrañas.

-¡DEAN!

Y allí estaba, parado junto a la puerta. Alto, moreno y hermoso como siempre. Dean. Corrió y lo abrazó tanto, tanto que sintió palpar sus costillas bajo sus manos. Estaba delgado. Dean. Que lloraba y temblaba con ella, y la abrazaba tanto, tanto que él también sentía sus huesitos delicados bajos sus brazos. Dean. Su hijo, su vida entera. Dean.

La luz volvió al hogar, el tiempo se puso en marcha nuevamente. Y la vida…la vida había vuelto a su cuerpo.

Helena no se percató de una carta que asomaba en el bolsillo del pantalón de su hijo. Es que ella todavía no lo sabía, pero ese día no sólo había vuelto a ver a su hijo, sino que pronto se encontraría con la verdad de lo que le había sucedido a su marido.

-O-

- Es hora de levantarnos, papá. Hay que limpiar el desorden, sino vendrán más torposoplos.

Xenophilius Lovegood abrió los ojos con pereza, emitiendo un gruñido. Volver a su hogar no había sido de lo mejor. Se encontró con su imprenta destrozada, con la mole cilíndrica que constituía su casa llena de ruinas, escombros y humedad luego de que los mortífagos lo raptasen. En suma, con todo aquello que había olvidado en su estadía en Azkaban.

Pero gracias a Merlín tenía a Luna. Su hija lo vestía, le preparaba el desayuno y nunca estaba cansada para hacer. Hacer que se levantara, hacer que comiera, hacer que volviera a vivir, aunque los recuerdos de su encierro en Azkaban lo asaltaran a cada segundo.

Su padre se levantó, por fin, de la mullida cama que habían improvisado hacía tres días, cuando se habían reencontrado con su hogar o, mejor dicho, con lo que quedaba de él.

Luna suspiró y se secó la frente, sudorosa por el esfuerzo en cuerpo y alma que le estaba costando llevar a cabo todo ello. Pero miró a su padre, jugueteando con el dobladillo de su pijama como un niño pequeño, y sonrió. Sería difícil recuperarse después de todo lo vivido. Luna aún sentía dolores de estómago como si éste estuviera vacío, a pesar de que ahora contara con alimentos en buen estado; también le dolía el cuello al dormir en una cama, tanto que a veces debía acostarse en el suelo como cuando se encontraba en la Mansión de los Malfoy, donde se había acostumbrado a dormir aquellos días grises. En sueños, aún le parecía oír los gemidos del señor Ollivander.

Pero estaban vivos. Y tenía a su padre.

Eso era todo lo que Luna necesitaba para secarse la frente, sonreír y ponerse en marcha. Su hogar volvería a ser lo que era. Decidió empezar por el viejo techo de su habitación, reconstruyendo la enorme fotografía que lo cubría antes que los mortífagos profanaran su hogar: empezó dibujando a un joven con unas gafas rotas y una cicatriz en la frente.

-O-

Estar allí, reunidos alrededor de una fogata, comiendo un pescado sin sabor, era una segunda oportunidad. Un milagro.

Su marido tenía un rictus amargo en los labios y era incapaz de mirar a su hijo. Y éste permanecía con la mirada perdida, en silencio, pero afortunadamente ya había dejado de temblar.

El camino que les esperaba no sería nada fácil. Pero estaban vivos. Sin dinero, en un descampado, y con la mirada acusadora de la sociedad mágica esperándolos a la vuelta de la esquina. Todo aún era muy reciente, pero un juicio, una posible sentencia a Azkaban de por vida eran cuestiones que en breve deberían afrontar.

Y sin embargo, estaban vivos. Juntos.

Ese cálido pensamiento hizo que Narcissa comenzara a reír, y no tuvo que pensarlo más para lanzarse a abrazar a su hijo con fuerza. Draco la miró sin comprender y su marido permaneció en su sitio, estático, visiblemente incómodo. A Narcissa no le importaba Azkaban. No le importaba la sentencia que pesaría sobre ella y Lucius. A Narcissa le importaba que su hijo esté con vida y sabía que él no debería soportar los juicios mágicos, aunque sí el estigma de haber sido un Malfoy durante el resto de su existencia, con las consecuencias que ello le podría acarrear.

Pero saber que su hijo estaba entero, con un corazón que latía ansioso bajo su abrazo, era más que suficiente. Draco había sobrevivido a la batalla del terror y estaba allí, abrazándola con su ser entero.

Había recuperado a su niño.

-O-

Aquel 30 de junio de 1998, el atardecer bañaba la vivienda de la familia Creevey de una manera especial.

El señor Creevey llegó a la misma hora de siempre, luego de culminar su reparto de botellas de leche. Tenía la misma mirada sombría desde hacía dos meses.

La señora Creevey lavaba las verduras para la cena, pero lo hacía sin la alegre música de la radio que solía escuchar anteriormente, incapaz de oír melodías felices desde hacía dos meses.

El pequeño Dennis se encontraba en su habitación, pegado junto a la ventana, esperando a su lechuza Bobby, para que le trajera un nuevo ejemplar de El Profeta, pero aún no se veía a Bobby volando en el horizonte. Todos los días se repetía la misma escena, desde hacía dos meses.

Todo allí en el hogar de los Creevey parecía ser tristemente igual desde la partida de Colin. Pero, de todas maneras, si hubiera habido un cambio apenas perceptible, la familia no lo hubiera notado. Martha pelaba las papas si ver, John observaba un estúpido programa de televisión sin comprender, Dennis permanecía casi enajenado al lado de la ventana.

Por ello, ninguno de los tres se dio cuenta cuando la cuadra del barrio donde vivían quedó a oscuras. Los faroles habían dejado de iluminar la calle. Y nadie se percató que un suave plop se oyó cerca de la puerta principal. Segundos después, alguien golpeó esa puerta.

Minerva McGonagall tuvo que acudir al hogar de los Creevey acompañada para poder ser capaz de darle la fatídica noticia a esa pobre familia. Ya llevaba visitadas alrededor de cuarenta casas en las que había informado, con una terrible opresión en su pecho, sobre la muerte de un ser querido en la Batalla Final en la que cayó el Innombrable. Pero esta cita con los Creevey en particular, le resultaba más dolorosa que las anteriores visitas. Colin había sido un joven entusiasta en sus clases. Colin era vivaz, divertido, ingenioso. Colin era un menor que no debería haber participado de esa Guerra. Los menores deben marcharse, había gritado McGonagall en aquella ocasión, pero Colin no le hizo caso.

Colin era un niño que había muerto en una guerra.

Neville Longbottom la acompañó a dar la indeseable pero necesaria noticia a esa familia, que ya intuía lo que iban a comunicarle en el momento que dos magos se apersonaron en su living.

Dennis apretó los labios para no gritar, tan fuerte que unas gotitas de sangre se asomaron por las comisuras de los mismos. Martha se desgarró en un llanto que dobló su cuerpo y John… John abrazó a su esposa y a su ahora único hijo, con la mirada desencajada, tratando de contenerlos.

Días después, cuando los Creevey manifestaron estar preparados para reencontrarse con el pequeño Colin, Minerva y Neville los acompañaron al cementerio que habían construido en las lindes del Bosque Prohibido de Hogwarts. Minerva nunca se olvidará del dolor palpable en el aire, de las lágrimas sin fin de Martha, del pedazo de su existencia que le habían arrebatado a Dennis. Apenas pudo oír las consoladoras palabras de Neville a la devastada familia, remarcando lo valiente que había sido Colin.

Perdiendo la compostura por primera vez en su vida, en un arrebato desesperado Minerva les suplicó perdón, por el mundo mágico que le había quitado la vida a Colin. Fue entonces cuando John le respondió como pudo, a pesar del llanto:

-Gracias por traernos hasta aquí… a ver a nuestro Colin. Ahora que sabemos lo que-que le sucedió, podremos dejarlo descansar en paz.

-O-

Andrómeda Tonks sintió un ruido de cristales rotos en la habitación de su nieto. Dejó el periódico que estaba leyendo y se apareció en el cuarto, dispuesta a regañar al pequeño una vez más. Tenía sólo seis años, pero Teddy se las ingeniaba en el arte de romper todos los días cualquier cosa, incluso los objetos más delicados que estaban lejos de su alcance.

Pero cuando Andrómeda tuvo ante sí a Teddy, sentado en el suelo y con miedo en su rostro, contuvo el aire. El ruido de cristales al romper se debía al espejo de pie que ahora yacía roto en mil pedacitos, enfrente del niño.

Lo que le quitó el aliento no fue ni el espejo roto, ni el miedo instalado en la cara de su nieto. Fueron sus cabellos azules en un principio, que ahora se encontraban mutando en una tonalidad verdosa.

-Lo-lo siento, abu- abuela… de veras que no hice nada para romper el espejo…no lo toqué… sólo me vi los pelos azules y me asusté mucho y de pronto ¡puf! el espejo se rompió todito…yo no hice nada abuelita…

Pero Andrómeda no estaba enojada. Alzó a Teddy en el aire y comenzó a girar, riéndose con ganas.

Era el primer acto de magia accidental de Teddy Lupin. Pero, además, era la primera vez que su nieto se revelaba como metamorfomago. Como su Dora.

Andrómeda se sintió feliz con intensidad, después de mucho tiempo.

Sintió que, de a poquito, el alma volvía a su cuerpo. Se reencontró con lo que ella misma había sido, antes de que la guerra les arrebatara a su hija y a su marido. Se recordó a sí misma en el momento que encontró a Nymphadora con el cabello rosado brillante por vez primera. Y pudo ver en la mirada de su nieto un pedacito de su hija, viviendo en él.

-O-

-Deja ya de mirarlo, inundarás el local con tu baba apestosa…

-¡Cállate, Beth!- le espetó una joven a su compañera de trabajo, mientras ésta se reía con sorna.

-Hablando en serio, no me gusta nada ese tipo. Ya sabes quién es, ¿verdad? No vivimos en una burbuja.

-Por supuesto que sé quién es. Y eso es lo que más me llama la atención porque…

-¿Eres suicida o qué?

-Déjame terminar Beth…Quería decirte que eso es lo que más me intriga porque un tipo como él tiene dinero, ¿no? Es decir, seguramente le han quitado gran parte de él, pero aún así debe tener parte de su fortuna amasada por generaciones familiares…

-Entonces te interesa por el dinero…

-No seas idiota, ya sabes que no me fijo en esas cosas. Lo digo porque a pesar de eso, su aspecto es como el de alguien que no tiene donde caer muerto, ¿lo ves? Parece como si viviera atormentado, escondiéndose…

-No es para menos, sabe que casi todo el mundo lo odia y se lo merece…

-No seas injusta, ¿si? Si hubiera sido culpable estaría en Azkaban, ¿no te parece?

-Pero su familia…

-¿Y qué diablos tiene que ver su familia? Sabes perfectamente que aunque una persona tenga un abuelo asesino como el mío, su nieta no necesariamente será igual, ¿no? – al ver que su amiga asentía arrepentida, añadió más suavemente- Lo que quiero decirte es que por más que sus padres hayan tenido un pasado oscuro, él no tiene por qué ser igual que ellos.

-Lo sé. Ahora te comprendo un poco mejor. Pero como tú dices, parece alguien atormentado. ¿Qué será de su vida? Viene todos los malditos días en el mismo horario, en esta cantina de mala muerte –agregó, bajando la voz al ver que Aberforth estaba cerca- , a beber whisky de fuego durante por lo menos tres horas , y ni siquiera con toda esa bebida encima es capaz de salir con una sonrisa de aquí. Ni siquiera se saca la capucha, compañera, quizás tenga la cara llena de cicatrices después de lo que pasó.

-Por Merlín y Morgana, qué insensible eres Beth… Y no, no tiene cicatrices ni verrugas ni nada… Es precioso. – comentó, bajito.

-Cielos mujer, estás hasta el cuello por ese tipo. Entonces… ¿qué harás?

-¿Cómo?

-Que qué piensas hacer con esto que dices. ¿Por qué no comienzas a hablarle? ¿O te limitarás a seguir sirviéndole whisky cada vez que lo veas?

-Pero…

-No seas cobarde. Además, también le vendría bien que alguien en este mundo que se preocupe genuinamente por él. ¿Por qué me miras así? Si tu discurso de no prejuzgar a la gente y de lo mucho que debe estar sufriendo el pobre no fue en vano, ¿verdad?

La joven se mordió el labio, pensativa.

-Oye, no quiero volver a criticarlo, pero si no te apuras no sólo no le podrás hablar sino que se irá sin pagar…

La camarera corrió hasta la mesa y vio un par de galleons que el cliente había dejado sobre la mesa. Salió de prisa de Cabeza de Puerco para alcanzarlo.

-¡Oye! ¡Te olvidaste tu vuelto!

Un hombre alto y delgado le espetó:

-Es tu propina- y continuó caminando.

-¡Espera! ¡Maldición! ¿No me oyes? ¡ESPERA!

El sujeto se detuvo y la enfrentó.

-¿Qué diablos quieres? –Gritó, y la joven enmudeció del susto- ¿Sacarle una foto a esto? – escupió, levantándose la manga de su túnica y revelando una calavera en su muñeca- Te piensas que soy idiota, que no me di cuenta que me estuviste mirando tú y tu compañera… ¿Qué quieres que haga? ¿Pedirte perdón por tu tío, primo, hermano o algún maldito familiar que ya no está? ¡Pues ya pedí perdón! ¡YA SUPLIQUÉ PERDÓN Y CRÉEME QUE PAGO TODO LO QUE HICE CADA MISERABLE DÍA DE MI VIDA! ¡MÁS QUE ESTO YA NO PUEDO HACER!

El pecho le subía y bajaba por la acelerada respiración y, en su descargo, se le había caído la capucha revelando un rostro de facciones afiladas, adornado por cabello rubio, casi blanco.

Astoria Greengrass no salió corriendo, ni lo insultó, ni lo odió. En ese momento, supo que todas sus conjeturas eran ciertas y lo comprendió como nadie en el vasto universo. Unos impulsos comenzaron a recorrer su cuerpo, de la cabeza a los pies, y se arriesgó a hacer lo que sentía. Lo tomó del rostro y lo besó, lento y profundo.

Nunca sabrá si pasaron segundos o años, pero cuando separaron sus bocas Draco Malfoy la miró con ojos soñadores y se sintió en paz, después de mucho, mucho tiempo.

A partir de ese momento, Draco se reencontró con las maravillas que la vida tenía…Casi las había olvidado.

-O-

"Les gustaba la costa, siempre decían que se mudarían cerca del algún lugar con agua". "No, no querían seguir en Australia, ambos afirmaban que su lugar en el mundo estaba en otra parte y no dejarían de viajar hasta encontrarlo". "¿Los Wilkins? Por supuesto que los conocí, ¡cómo olvidarme de ellos! Si fue Mónica la que le sacó la primera muela a mi hijo y él no gimoteó ni un poquito, ¿sabes? Y no, no lo creerás pero no era dentista, ¡por lo visto tenía un talento innato!". "Wendell estaba trabajando con el viejo Barthy, pelando ovejas, puedes preguntarle a él si sabe algo de ellos. Barthy le tenía aprecio, pelaba ovejas con una delicadeza y destreza propia de cirujano con bisturí, sin hacerles daño".

Hermione Granger se sentó en el banco de una plaza, mareada. Había recorrido medio Australia en búsqueda de sus padres, pero se sentía perdida como el primer día. Por la información que pudo recopilar, sus padres nunca habían permanecido demasiado tiempo asentados en un mismo lugar. Habían viajado, y mucho. Todos los definían como inquietos, buscadores de algo, aunque no sabían bien qué.

Estaba a punto de gritar de la frustración…No podía creer lo que estaba sucediendo. Si alguna vez pensó –y vaya que lo hizo millones de veces- que no volvería a ver a sus padres jamás, hubiera pensado que eso sería porque estaría muerta. Pero nunca, nunca, se imaginó esta posibilidad: la de no verlos por no poder encontrarlos.

Se reclinó sobre el banco, acostada, mirando al cielo que ya comenzaba a oscurecer, tratando de ordenar la información que tenía. Y un destello de comprensión iluminó sus pensamientos.

A pesar de haberles borrado la memoria, evidentemente sus padres no habían cambiado en ciertos aspectos. En los esenciales, para más señas. Su madre, que sin saber que era dentista recordaba cómo sacar una muela. Su padre, que pelaba ovejas con la misma delicadeza con que pelaba a su perro Timmy en los veranos calurosos; con destreza y pericia, le habían dicho, tal cómo solía hacer todo él. Y además, estaba rondando en su cabeza esa inquietante información de que parecían estar buscando algo…Hermione pensó que quizás en lo más recóndito de su ser podrían recordar que tenían una hija. Se estaba aproximando a la verdad, y lo sabía.

-"Les gustaba la costa" – repitió en voz alta lo que le había dicho una mujer. Y entonces, lo supo.

Hermione se apareció en el muelle de Brighton, su ciudad natal. Sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal a medida que se acercaba a un bar con mesitas dispuestas sobre un puente y abajo…abajo el reluciente mar, con su relajante rumor.

L a joven se detuvo en seco cuando vislumbró a sus padres a la distancia. Estaban allí, sentados en su bar predilecto; su madre probablemente bebiendo una tacita de té, y su padre una de café.

El temor a que no le perdonasen lo que les hizo la frenó, le impedía avanzar. Pero Hermione pensó que, si a pesar de haberles borrado la memoria sus padres habían vuelto allí, seguían siendo ellos mismos, seguían amándola. La memoria podría borrarse, pero el sentimiento no.

Respiró y se acercó. Con un tímido "Hola" los saludó a ambos.

Wendell y Mónica Wilkins miraron con intensidad a esa muchacha de pelo enmarañado, como si en algún momento de sus vidas la hubieran conocido.

-O-

Harry Potter bebió de un sorbo una botella con un sabor apestoso e inspiró hondo, para soportar estoicamente la transformación. Cuando se observó en el espejo de su cuarto en La Madriguera, vio que ahora poseía un frondoso cabello pelirrojo y unas cuantas pecas en su rostro.

Giró sobre sus talones, con un destino en mente, y lo hizo con calma.

Se apareció cerca de una feria de un pueblo hermoso. No había vuelto allí desde hacía un buen tiempo pero sus pies lo llevaron casi por inercia a su objetivo.

Así fue como se llegó hasta una hermosa plaza y, en el centro de la misma, se encontró con la estatua de sus padres. Y de sí mismo, como un bebé.

Estuvo largo rato contemplándola sin preocuparse de la gente que pasaba allí, y dejaba flores y notas. Por la poción multijugos, no lo reconocerían.

Tenía tres horas de tiempo. Tiempo suficiente para recorrer el Valle de Godric, sin la muerte respirándole en la nuca, y poder –al fin- disfrutarlo.

Ginny le había preguntado si estaba seguro de ello. Si no le traería malos recuerdos. Incluso, se ofreció en acompañarlo.

Pero Harry necesitaba hacer esto solo. Quería conocer cada rincón del sitio donde había nacido. Caminar las calles por donde sus padres habían caminado. Preguntar a desconocidos sobre la vieja historia de los Potter y descubrir, en los relatos de los viejos habitantes, detalles que desconocía de sus padres: Lily cultivaba paltas en la huerta comunitaria del pueblo, James gustaba de enseñar el levicorpus a sus vecinitos adolescentes. Allí estaba la cantina preferida de sus padres y si bien James se daba el gusto con algún whisky de fuego o una buena cerveza, Lily siempre bebía jugo de calabazas. Más allá se encontraba la tienda con artículos para niños, donde los Potter habían adquirido la cuna de Harry, que cambiaba de color mágicamente según el estado de ánimo del niño.

Cuando el tiempo se le estaba acabando, Harry se alejó un poco del pueblo para observarlo a los lejos, bajo el resplandor de la luna. Su vista se volvió lentamente borrosa y tuvo que sacar del bolsillo los anteojos redondos. El efecto de la poción estaba terminando, pero Harry… Harry había podido reencontrarse con su pasado.

Ahora sí, se sentía más vivo que nunca.