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Le llaman Bodhi
A la mañana siguiente, llamaron a la puerta. Ron y Hermione se habían pasado el día anterior visitando los alrededores y luego descansando, sin todavía acercarse a la casa de sus padres para ver qué tal estaban. Primero querían habituarse un poco antes de lanzarse a la piscina.
Ron caminó hasta la puerta de entrada de la casa y abrió, disimulando previamente un bostezo.
—¡Bienvenidos al barrio! —gritaron dos personas desde la puerta.
—¡Ah! —del susto, Ron tropezó y cayó hacia atrás.
—Vaya, por dios, ¿te encuentras bien? No queríamos asustarte dijo una mujer.
Ron miró hacia las dos personas. Para sorpresa suya, no eran otros que los señores Granger, los padres de Hermione. La señora Granger, con el pelo castaño suelto y cayéndole por los hombros, llevaba una sencilla blusa verde y unos pantalones cortos vaqueros. Portaba además lo que parecía ser una tarta de chocolate. El señor Granger, más alto que su mujer y con el pelo más claro, llevaba unas bermudas color marrón y una camiseta blanca.
Ron tuvo que mirarlos bien para asegurarse de que se trataba de ellos, pues en las contadas ocasiones que los había llegado a ver, ambos vestían de manera bastante formal. Aunque claro, ahora estaba ante los Wilkins, no ante los Granger. Se preguntaba si Hermione, cuando les borró la memoria y les dio sus nuevas identidades, les había hecho menos estirados.
—Ron, ¿qué pasa? He oído un grito y...
Ron se levantó del suelo mientras vio como Hermione se percató de la presencia de sus padres. Por un momento parecía que la joven iba a lanzarse contra ellos para abrazarlos. Pero no, únicamente sonrió como si se tratasen de dos personas que acabase de conocer.
—Buenos días, ¿podemos ayudarles en algo?
Los señores Granger, o Wilkins, recuperaron sus sonrisas.
—Hemos visto que acaban de llegar al barrio y queríamos darles la bienvenida. ¿Se quedan a vivir aquí o están de vacaciones?
—De vacaciones —confesó Hermione —. Por una semana, de momento. Si nos gusta nos quedaremos un tiempo más.
—Entonces espero que les guste —confesó también la señora Granger. Automáticamente, madre e hija se rieron —. Me llamo Monica Wilkins. Este es mi marido, Wendell.
—Un placer conocerles. Yo soy Hermione Granger y el es mi novio, Ronald Weasley.
—Un placer también para nosotros el poder conocerles —dijo Wendell Wilkins —. A mi mujer le encanta cocinar, así que les ha hecho una tarta. Espero que les guste el chocolate.
—Nos encanta —dijo Hermione —. Puedo preparar café y la tomamos juntos, ¿no les importa?
—Oh, querida, muchas gracias, pero tenemos asuntos que atender. Pero eres muy amable. ¿Por qué no venís a nuestra casa un día de estos para tomar algo? Nos encantará recibiros —dijo Monica.
—Será un placer, pues —confesó Hermione.
Después de que sus padres se despidiesen y se marchasen, Hermione llevó la tarta a la cocina.
—Vaya, qué bien lo has llevado. Por un momento pensé que te ibas a lanzar hacia ellos para abrazarlos —le contó Ron.
—Sí, yo también. Por un instante es lo que iba a hacer. Pero llevaba esperando este momento desde que les borré la memoria y me fui de casa, así que por suerte he sabido contenerme.
Ron vio que Hermione miraba la tarta con nostalgia.
—¿Te ocurre algo? —preguntó él.
—Mi madre siempre hacía tarta de chocolate. Desde que era pequeña. Y cuando volvía de Hogwarts, siempre había una tarta esperándome en la cocina, lista para que yo fuese la primera en probarla. Nunca pensé que a Monica Wilkins también le gustase cocinar y, sobretodo, hacer tartas de chocolate. Mi madre siempre confesaba que, de haberse ido a Australia, jamás cocinaría, sino que estaría siempre yendo a comer a restaurantes o picando cualquier cosa.
—Pero... ¿eso no lo planificaste?
—Claro que no. Les borré la memoria y establecí unas pautas de cómo debería ser su vida, pero no lo planifiqué todo hasta el más mínimo detalle. Este es un rasgo propio de mi madre, no de Monica.
Ron pasó un dedo por la tarta, tal y como hacen los niños pequeños, y se lo llevó a la boca. Al instante hizo una mueca.
—¿Qué pasa? ¿No está buena?
—No tiene azúcar.
Para Ron, acostumbrado a los azucarados postres de su madre, aquello era casi un sacrilegio. Hermione, sin embargo, se sorprendió. Cogió un tenedor y probó la tarta.
—Es verdad, no tiene azúcar. Mi madre jamás le ponía azúcar a sus tartas, porque ella es dentista. Y resulta que Monica tampoco pone azúcar.
—¿Crees que tu madre recuerda cosas de antes de que le modificases la memoria?
—No, no lo creo. Pienso que simplemente se trata de residuos de memoria que quedaron en su mente pero que asocia como suyos propios y no los de otra vida. En fin, la verdad es que me gustaría ver cómo les va aquí el tiempo que nosotros pasemos de vacaciones. Luego podremos devolverles la memoria. ¿Quieres tarta?
Ron miró con asco la tarta y se negó.
Al rato, los dos salían de la casa. La calle Wood tenía la pinta de ser una calle residencial normal y corriente. Las casas eran de dos pisos, con sus jardines y sus pequeñas piscinas en la parte de atrás. Todas las casas contaban con sus árboles, sus buzones donde echar cartas, sus porches con sillas de mimbre donde sentarse y pasar el rato... A Ron le recordaba mucho a Privet Drive las veces que estuvo allí, con todas sus casas idénticas, aunque la calle Wood tenía un aire más acogedor.
De vez en cuando veían a alguno de los residentes de la calle: un hombre que corría, una mujer que paseaba a su perro, dos niños que jugaban a pelota... Todos les saludaban amablemente al pasar aun cuando no los conociesen de nada.
Caminaron hasta la playa y pasearon por ella. Ron jamás había estado en una playa. Las vacaciones siempre las había pasado en la Madriguera, con excepción del verano que estuvo en Egipto, y aún así estuvieron visitando las Pirámides o la Esfinge, nada de pisar la arena de una playa y bañarse en el agua. Y sin embargo, ahora estaba allí, llevando un bañador y una camiseta sin mangas. Hermione, por su parte, se había puesto un vestido blanco corto que dejaba ver, por debajo, un bikini. Su pelo estaba recogido en un moño.
Tras un breve paseo, sacaron unas toallas de una bolsa y las extendieron sobre la arena. Ron se quitó la camiseta y Hermione le puso un poco de protección solar hecha a base de una poción muy efectiva que lo protegería de los rayos de sol. Puede que no quisiese practicar magia, pero desde luego dudaba de la efectividad de las cremas solares muggles. Y Ron estaba demasiado blanco, no quería que pareciese un cangrejo al final del día.
Ron, por su parte, hizo lo propio y le extendió la poción por la espalda. Miró a su alrededor. Aún era pronto y había poca gente en la playa. Tampoco es que quisiese hacer precisamente eso que se moría por hacer, pero nunca estaba de mal jugar un poco. Por ello, mientras acariciaba la espalda de su novia, que ya tenía suficiente poción aplicada, le daba pequeños besos en su cuello.
—Ron, ¿te has vuelto loco? —dijo ella, sonriendo —. No vamos a hacer eso, aquí, ¿vale?
Ron desistió enseguida. Ya habían sido numerosas las ocasiones fallidas, así que no iba a insistir más. Se sentó en la toalla y contempló el mar. Por desgracia, se dio cuenta de que algo había crecido dentro de su bañador mientras intentaba seducir a Hermione.
—Esto... creo que me voy a dar un baño.
—Ron, tienes que esperar a que la poción surta efecto, de lo contrario te quemarás la piel.
—Es que no puedo esperar, Hermione —y efectivamente, no podía esperar.
Corrió hacia el agua y se metió en ella, bastante fría, pero bueno, daba igual. Sin embargo, su erección no se había pasado. Quizás porque estaba demasiado excitado. No, cachondo era la palabra. O quizás porque no se había podido aliviar desde el día antes de haber tomado el vuelo, porque dado que Hermione no se mostraba muy dispuesta a hacerlo, esperando el dichoso y mágico momento en que estarían preparados, Ron se había convertido en un experto a la hora de aliviarse solo.
Nuevamente se dio cuenta de que aún era pronto y apenas había gente en el agua, aparte de que ya se había alejado un poco de la orilla. Por ello bajó su mano disimuladamente y se rozó la entrepierna. Soltó un gemido involuntario, pero por suerte no había nadie para escucharlo.
—¿Ron? —saludó una voz familiar.
—¡Señor Wilkins! —gritó el muchacho, rojo de vergüenza mientras quitaba la mano de su entrepierna. Por suerte, el agua estaba lo bastante turbia como para que no se viese lo que su mano estaba haciendo debajo de ella.
Wendell Wilkins estaba sobre una tabla de surf. Sin embargo, no había olas aquella mañana, por lo que supuso que el hombre sólo quería nadar un rato sobre la tabla. Llevaba puesto, además, una extraña prenda negra que le cubría desde el cuello hasta los pies.
—¿Qué estabas haciendo? —preguntó el hombre, con una leve sonrisa dibujada en su cara.
—¿Yo? Nada, sólo disfrutaba del baño —contestó Ron lo más inocente posible.
—Ya, por supuesto —dijo el señor Wilkins, aunque se podía notar que sabía perfectamente lo que Ron estaba haciendo —. ¿Así que disfrutando del primer baño?
—Oh, sí, por supuesto. Permítame una pregunta... ¿Qué es eso? —dijo señalando la prenda negra.
—¿Esto? Es un traje de neopreno, chico, ¿nunca antes habías visto uno? —Ron negó con la cabeza —. Sirve para protegerse de las bajas temperaturas, ya que los surfistas pasamos buena parte del tiempo dentro del agua fría. ¿Has hecho surf alguna vez? No, me imagino que no si no sabes lo que es un traje de neopreno —dijo mientras reía —. ¿Te gustaría probar? Hay un puesto de alquiler de tablas en la playa y empieza a haber olas. Vamos, te gustará.
El señor Wilkins nadó con la tabla en dirección a la orilla. Ron observó como se iba alejando. Hermione le había dicho que a su padre, cuando era el señor Granger, le habría encantado hacer surf estando en Australia. Se ve que Hermione había decidido cumplir con el deseo de su padre. Aun a pesar de no haber practicado surf en su vida, Ron pensó que no sería tan difícil, de modo que se echó a nadar hacia la orilla.
Una vez allí, el señor Wilkins eligió una tabla para él, las cuales, efectivamente, se podían alquilar. También le prestaron un traje de neopreno. A lo lejos, Ron vio que Hermione tomaba el sol, pero no se percató de que Ron estaba con su padre ni de lo que iban a hacer.
—Bien, esto es bastante sencillo, Ron. Primero nos subiremos a la tabla en el agua. Nadaremos un poco con ella. Como ves, empieza a haber olas, así que en cuanto cojas un poco de práctica sobre la tabla, probaremos a coger algunas olas.
Ron hizo como el señor Wilkins le dijo que hiciese. Sin embargo, como muchas cosas en la vida, era muy fácil decirlo, pero muy difícil hacerlo. Cada vez que intentaba subirse a la tabla, esta volcaba. Y cuando por fin estaba sobre ella, esta se bamboleaba peligrosamente. Tras varios intentos, logró estabilizarse sobre ella. Después de nadar un poco, el señor Wilkins creyó oportuno el empezar a coger olas. Primero empezó él para enseñarle a Ron cómo hacerlo. Y la verdad era que, para su edad, lo hacía bastante bien. En cuanto se disponía a coger una ola, se ponía de pie en la tabla y se deslizaba sobre la ola de manera elegante. Mientras que otras personas más jóvenes lo intentaban y se caían, el señor Wilkins dominaba las olas con auténtica maestría para haber estado practicando ese deporte apenas desde hacía un año, que él supiese. De repente se imaginó al señor Granger yendo a alguna playa de Inglaterra a practicar surf, soñando con este lugar.
—¡Vamos, Ron! ¡Inténtalo! —gritó el señor Wilkins.
Ron lo intentó, por supuesto. Pero si ya era difícil subirse a la tabla, no digamos querer ponerse de pie y menos subirse a una ola. Perdió la cuenta del número de veces que se cayó de la tabla, así como de las olas a las que intentó subirse. Tampoco es que esperase dominar aquella práctica desde un principio, aquello era absurdo, pero al menos esperaba lograrlo, ya que le estaba gustando y mucho. Finalmente, consiguió, aunque por apenas unos segundos, ponerse de pie en la tabla y subirse a una ola antes de caerse y ser engullida por ella.
El señor Wilkins se acercó hasta él, riendo de manera alegre.
—Lo has conseguido.
—Anda ya, pero si me he caído —dijo Ron mientras se sujetaba a la tabla.
—Para ser tu primera vez no estado mal. Creo que podemos dejarlo por hoy. Volvamos a la orilla.
Regresaron y clavaron las tablas en la arena, además de quitarse parte del traje de neopreno hasta la cintura. El señor Wilkins pidió unas cervezas de un bar de playa cercano y le pasó una a Ron. Este, acostumbrado a la cerveza de mantequilla, no se hacía a aquella bebida muggle, pero trató de disimularlo. El señor Wilkins estaba siendo muy amable con él.
—Y dime, ¿de dónde sois tú y Hermione?
—De Inglaterra. Llevamos poco tiempo saliendo, como un mes, más o menos.
—¿Un mes y ya vais de viaje a Australia? Vaya, debéis de quereros mucho. Cuando Monica y yo llevábamos un mes... —dijo el señor Wilkins, aunque de repente se cayó, como si hubiese algo que no recordase.
—¿Sí? —preguntó Ron.
—Yo... Nada, es que de repente me he acordado de algo que hacía tiempo que no recordaba. De cuando vivía en Inglaterra.
—¿Usted también es de allí?
—Oh, sí. Monica y yo nos conocimos allí, por supuesto. Es sólo que llevamos tanto tiempo viviendo aquí que prácticamente he olvidado mi vida en Inglaterra. Casi como si fuese... una vida pasada.
—Entiendo —Ron no pudo evitar pensar que, tal vez, los recuerdos de cuando era el señor Granger estaban volviendo de alguna manera a Wendell Wilkins —. ¿Por qué vinieron aquí?
—Pues verás, Monica y yo coincidíamos en lo mucho que nos gustaba Australia, aunque a mí más que a ella. Ella siempre dice que vino aquí por lo enamorada que está de mí —y sonrió avergonzado —. El caso es que, después de un tiempo juntos, nos decidimos. Nos trasladamos aquí y nos casamos en la playa, en una pequeña ceremonia privada.
—¿Tienen hijos?
—No, la verdad es que no. Nunca nos planteamos tenerlos, aunque a Monica le habría encantado. Es su pequeña espinita clavada, aunque esto le encanta. Yo la verdad pienso que, de haber tenido hijos en Inglaterra, probablemente no estaría aquí ahora, así que me alegro de ello. Aunque no se lo digas a Monica.
Ron sonrió ante la gracia, aunque interiormente no se lo podía creer. Básicamente el señor Wilkins le acababa de confesar que su sueño de vivir en Australia se habría ido a pique de haber tenido hijos. Se preguntaba si aquel era un pensamiento puramente propio de Wendell Wilkins o del señor Granger, porque de ser del segundo, no podía creerse que le echase la culpa a Hermione de haber destrozado su mayor sueño. De todos modos, los niños siempre acababan con los sueños de los padres, porque ellos prefieren volcarse en la educación de sus hijos y ponerlos por delante de sus aspiraciones. Pensó un momento en sus padres y en todos los sueños que él y sus hermanos debían de haberles roto. Quizás los de su padre, porque habiendo tenido siete hijos, estaba seguro de que el sueño de su madre era el de formar una gran familia, cosa que finalmente había logrado.
—Se hace tarde y Monica debe de estar preguntándose dónde estoy, igual que Hermione contigo. Volvamos a casa, mañana podemos volver a intentarlo si quieres.
—Claro, sería genial.
Efectivamente, ya era casi de noche, por lo que volvieron a la calle Wood. Hermione debía de haberse ido hace un buen rato, seguramente preguntándose dónde narices se había metido su novio, de modo que Ron volvió al apartamento. En cuanto entró por la puerta, tras despedirse de Wendell, vio que Hermione estaba en la cocina.
—¿Dónde estabas? Me tenías preocupada, podías haberme avisado y... Ay dios mío.
—¿Qué pasa? —preguntó él, sin entender nada. Lo cierto es que se notaba un poco acalorado y le picaba parte del cuerpo, pero no le dio importancia.
—Mírate en el espejo, anda.
Caminó hasta un espejo que se encontraba colgado en la pared. Casi se lleva un susto al mirarse. La poción protectora no debió de surtir el efecto deseado, por culpa de haberse metido tan pronto en el agua, pues tanto sol había hecho que se le quemase la piel. En concreto, la mitad de su cuerpo, desde la cabeza hasta la cintura, estaba completamente roja, a juego con su cabello.
—Oh, mierda...
—Ven aquí, anda, por suerte también llevo una poción para las quemaduras producidas por el sol.
Subieron hasta su habitación, donde Hermione sacó un pequeño frasco de un maletín y cuyo contenido empezó a extender por el quemado torso de Ron, así como en sus brazos y espalda. La poción producía un relajante efecto en el joven.
—¿Se puede saber qué has hecho?
—He estado con tu padre —confesó él.
—¿Qué, en serio? —la joven paró por un momento de aplicar la poción —¿Qué habéis hecho?
—Es surfista, ¿sabes? Y uno de los mejores, por lo que he visto en la playa. Me ha enseñado a surfear, aunque yo más bien lo he intentado, me falta práctica. Después estuvimos hablando y bebiendo cerveza, así que se nos echó el tiempo encima.
—Vaya... ¿y de qué hablásteis?
—Pues... Bueno, resulta que recuerda haber vivido en Inglaterra y conocido a tu madre allí. ¿Crees que es un pensamiento de Wendell o un recuerdo de tu padre?
—No tengo ni idea, la verdad. Podría ser, tampoco me planteé darles un pasado ni nada cuando decidí borrarles la memoria, simplemente pensé que no lo recordarían o que creerían haber vivido toda su vida en Australia. ¿Y qué más te ha dicho?
—Pues que se vino a vivir aquí con tu madre y que no tienen hijos —le pareció conveniente no decirle nada acerca del hecho de que Wendell no quería tener hijos porque lo habría considerado un impedimento para llevar a cabo su sueño.
—Eso ya lo sabía, la verdad. ¿Algo más? —Ron negó con la cabeza —. Bueno, al menos has pasado tiempo con él. Coges práctica para cuando descubra que salimos juntos.
Los dos rieron. Hermione había terminado de aplicar la poción. Ahora simplemente se dedicaba a pasar las yemas de sus dedos por el pecho de Ron, acariciándolo. Finalmente, este se inclinó sobre ella y la besó. Su manos se entrelazaron con las de ella y los besos pasaron a ser más largos, pero por desgracia, a pesar de que Hermione le había puesto la poción, a Ron todavía le dolía la piel quemada.
—Ay, ay, ¡ay! —se quejó él. Hermione le había rodeado los hombros con sus brazos, haciéndole daño. Al instante, ella sonrió.
—Lo siento, lo siento. Mejor lo dejamos para otro momento.
—Ah, no, no, no, aguantaré el dolor.
—Ron, no puedes hacerlo. Y será mejor que descanses, te has pasado todo el día practicando surf, debes de estar agotado. Tranquilo, sé que tienes muchas ganas, pero el momento llegará.
Le dio un beso y bajó a la cocina. Ron tuvo que resignarse. Al menos Hermione le comprendía y sabía que estaba desesperado por hacer el amor con ella.
Nota del autor: Le llaman Bodhi (Point Break, 1991), es una película de Kathryn Bigelow protagonizada por Keanu Reeves, Patrick Swayze y Lori Petty. Aunque la película es de género de acción y crimen, he decidido utilizarla como título para este capítulo por estar centrada en el surf y porque el protagonista (Reeves) es un agente del FBI que se infiltra en un grupo de atracadores surfistas para investigarlos, de modo que he puesto a Ron intentando averiguar cosas acerca del señor Wilkins, teniendo para ello que practicar surf, como una especie de infiltrado.
La calle Wood es en verdad una calle cercana a la playa de Manly.
