5
Viaje de pirados
A la mañana siguiente se despertaron. Se quedaron un rato abrazados mientras el los rayos de sol entraban por la ventana abierta, unidos a una leve y refrescante brisa.
—Deberíamos ir preparándonos ya. Estoy segura de que mis padres querrán que salgamos pronto —dijo Hermione.
—Tu padre debe de tener resaca, ¿de verdad crees que se levantarán tan pronto? —preguntó Ron — ¿Qué vamos a ver hoy? —quiso saber.
—Pues... no tengo ni idea —confesó Hermione, sentándose al borde de la cama, envuelta en una de las sábanas. Ron se recostó en la cama, apoyando la cabeza en un mano —. Supongo que nos llevarán por Sidney. Australia es muy grande, obviamente no vamos a visitar todo.
—Por mí no hay problema —dijo él.
—Voy a darme una ducha —la joven se levantó, procurando que la sábana tapase su desnudez.
—Genial, yo también —sonrió él de forma pícara, levantándose mientras se tapaba sólo con una almohada.
Hermione iba a replicar, o a decir que se duchase después que ella, pero en realidad sonrió también de forma pícara y corrió hacia el baño, perseguida por Ron. La sábana y la almohada pronto quedaron atrás.
Al rato, los dos salían de la casa, cogidos de la mano y muy sonrientes. Hermione llevaba un pequeño bolso, mientras que Ron llevaba únicamente su varita en el pantalón. Los Wilkins ya los esperaban frente a la casa.
—Vaya, mira qué contentos vienen —dijo Wendell.
—Parece que algunos pasaron ayer una buena noche —sonrió Monica.
Ron rio por lo bajo mientras Hermione se avergonzaba. Ante todo, tenía muy presente que aquellas dos personas, en el fondo, eran sus padres, de modo que jamás habrían bromeado en torno a un tema como la vida sexual de su hija. Más bien su madre habría permanecido callada mientras su padre miraba con ira asesina a Ron.
Pero no, ahora estaban ante dos personas totalmente distintas que hacían chascarrillos sobre el tema.
—¿Qué vamos a hacer hoy? —preguntó Hermione, cambiando rápidamente de tema.
—Bueno, Australia es muy grande, es una pena que no podáis visitar la mayor parte, de modo que haremos un tour por Sidney y, después, viajaremos a Canberra, la capital del país, que está a unas tres horas en coche. Según lo que tardemos, podríamos hospedarnos allí —resumió Monica.
A Ron y a Hermione les parecía bien el plan, de modo que echaron a andar hacia el coche de Wendell. Aunque Hermione habría desaprobado que Ron maldijese a su padre con un imperius, acababa de desayunar y no le apetecía echarlo todo en el coche, de modo que miró a su novio, quien lo comprendió todo y se detuvo un momento para hurgar en su bolsillo. Minutos después, los cuatro estaban subidos en el coche, con Wendell conduciendo como un conductor modelo y sin rastro del vómito de la noche anterior. Seguramente Monica lo limpió antes de irse a dormir.
Minutos después, entraban en la ciudad de Sidney. Hermione miraba por la ventana, fascinada. Desde que era pequeña amaba viajar. Sus padres siempre la habían llevado de viaje, al menos una vez al año, durante el verano. Recordó el verano entre su segundo y tercer año en Hogwarts, cuando visitó Francia, viaje del que se llevó un gran recuerdo. Por supuesto, en su afán por querer visitar muchas partes del mundo, había colgado un mapamundi en su habitación, señalando con chinchetas los lugares que quería visitar, rojo para los sitios pendientes, verde para los ya visitados, con fotografías y postales de cada lugar. Y por supuesto, Australia era uno de los lugares que ansiaba ver.
—¿Qué vamos a visitar primero? —quiso saber Hermione.
—Bueno, querida, veremos la Ópera, que es parada obligatoria, pero también la catedral, Chinatown o la Torre de Sidney —dijo Monica.
Así, Wendell condujo hasta Hickson Road, donde aparcó. Tras bajarse, a lo lejos podían ver la Ópera de Sidney.
—¿No os parece incréible? —preguntó Wendell.
—Alucinante —confesó Ron, como si en verdad fuese lo más maravilloso que hubiese visto nunca.
—La Ópera de Sidney se comenzó a construir en 1959, después de que se le otorgara a la construcción al arquitecto danés Jørn Utzon, después de que se hiciese evidente que la ciudad necesitaba un lugar para albergar su creciente actividad teatral —contó Monica.
Hermione la miró sorprendida. Su madre era una apasionada de la historia, pues tenía muchos libros y, siempre que visitaban algún sitio, ella gustaba de ir a ver los monumentos, donde nutría las mentes de su marido y su hija con sus conocimientos. Fue gracias a su madre y a esos libros que Hermione desarrolló su gusto por la lectura.
Justo al lado tenían el famoso puente de la bahía, que también admiraron. Tras eso, realizaron sendas visitas a la Catedral de la ciudad y a la Torre de Sidney, desde donde tenían una vista panorámica. Ron estaba un poco nervioso a tanta altura.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Hermione.
—No me gusta estar tan alto.
—¿Juegas al quidditch y te miedo estar tan alto? —rio ella.
—Con la escoba no se está tan alto como aquí, Hermione.
Tras eso, mientras Wendell y Monica contemplaban la ciudad desde tan alto, Hermione se llevó a Ron a un lado.
—¿Qué te ocurre? —quiso saber él.
—Cuando viajé a Francia con mis padres, visitamos la comunidad mágica que allí existe. Fue la primera que viajaba a un país y conocía a otros magos y brujas que no fuesen ingleses.
—Vaya... ¿y qué me quieres decir con eso?
Hermione cerró los ojos mientras se armaba de paciencia.
—Lo que te quiero decir, Ron, es que me encantaría visitar la comunidad mágica de Sidney. Me he informado y se concentran especialmente en dos puntos de la ciudad.
—Bueno, sería interesante pero... ¿qué hacemos con tus padres?
—Creo que podríamos hechizarlos para que viniesen con nosotros.
—Hermione, ¿estás diciendo que utilicemos la maldición imperius con ellos? ¿No eras tú la que decía que nos podía caer una buena si nos pillaban? Además, no vamos a cualquier sitio, vamos a las zonas mágicas de la ciudad. ¿No crees que habrá agentes de su gobierno mágico? O peor, aurores.
—Vamos, Ron, podemos hacerlos pasar perfectamente por un mago y una bruja. O decir que son muggles que nos acompañan, no hay nada de malo. Vamos, por favor —suplicó ella mientras le ponía ojitos, algo a lo que Ron no se podía resistir.
—Está bien, ¿cuándo lo hacemos?
—Ahora que bajemos en el ascensor.
Los cuatro se metieron en uno de los elevadores. Como el descenso se iba a alargar un poco, los dos sacaron sus varitas y les apuntaron.
—¿Pero qué...? —preguntó Wendell, sin entender.
—Imperio —dijeron los dos a la vez. Los Wilkins se quedaron en trance para, luego, dibujar una sonrisita estúpida. Tras eso, Ron y Hermione se miraron y sonrieron. Salieron a la calle.
—Bueno, entonces, ¿qué vamos a visitar? —quiso saber Ron.
—Primero iremos a Paddington, un barrio de la ciudad caracterizado por sus casas victorianas. Cuenta con una zona exclusivamente mágica, así como también con casas ocultadas mágicamente, del estilo de Grimmauld Place.
Fueron guiados por los hechizados Wilkins y, en menos de lo que esperaban, se encontraban en Paddington.
—¿Y dónde están los magos? —quiso saber Ron. Allí todo parecía demasiado muggle.
—No lo sé, supongo que... oh, mira.
De repente empezaron a aparecer casas donde antes no las había y gente vestida propiamente mágica, con largas túnicas y sombreros picudos. De aquí para allá se veían magos y brujas que paseaban y charlaban animadamente, puestos donde se vendía comida o souvenirs, gente con escobas mágicas, realizando hechizos básicos...
—¿No tienen miedo de ser descubiertos? Hace un rato estábamos rodeados de muggles.
—Me imagino que estarán protegidos mágicamente, Ron, como hacemos nosotros en Inglaterra. Para los muggles será un barrio más, con gente normal. O tal vez simplemente, cuando ponen un pie, recuerdan que tenían algo urgente que hacer y dan media vuelta.
Caminaron por entre las casas, contemplando la bulliciosa vida de aquellos magos y brujas.
—Aaron, no juegues con la varita de tu hermano, por favor —decía un hombre a un niño de tres años. Ron y Hermione se quedaron mirando la escena —. Buenos días. Se supone que no tendría que hacer estas cosas, pero es un niño muy curioso y su hermano un descuidado. A veces no veo el momento de que vayan a la escuela.
—Buenos días, somos de Inglaterra y estamos aquí de vacaciones. Por curiosidad, ¿qué sistema de enseñanza tienen aquí?
—¿Inglaterra? Bueno verán, en cierto modo hemos heredado su sistema de enseñanza, de cuando se empezó a colonizar el continente. Con los muggles llegaron también los magos y pronto se hizo evidente que necesitábamos implantar una escuela de magia. Por eso se fundó la escuela de Magia y Hechicería Rookhan, situada en Queensland. Nuestros jóvenes empiezan la escuela con once años, solo que ellos estudian seis años, no siete como en su país. Después tienen entre tres y cinco años de preparación superior para sus futuros empleos, dependiendo de lo que quieran hacer. ¿Van a quedarse mucho tiempo en Sidney?
—No, sólo unos días, de vacaciones, pero tenía curiosidad por saber un poco acerca de ese tema.
—Tenemos una escuela normal y corriente, la verdad. No tan importante y prestigiosa como Hogwarts, la cual es un referente aquí, pero estamos orgullosos. Si algún día vuelven a Australia, pregunten por Alan Grove, estaré encantados de recibirles.
—Un placer conocerle —dijo Ron.
Tras eso, abandonaron Paddington para visitar el segundo lugar de referencia, Kings Cross, zona de ocio que no tenía nada que ver con la estación londinense. Kings Cross contaba con numerosos bares y cafés. Y en concreto tenía un bar del estilo del Caldero Chorreante, un bar que contenía la entrada a la principal zona de tiendas mágicas de Sidney: La Bruja Tuerta, desde donde se podía acceder al Callejón del Canguro.
La Bruja Tuerta no tenía nada que ver con el Caldero Chorreante. Mientras este era un lugar oscuro y lúgubre, la Bruja Tuerta era un lugar alegre y lleno de vida a pesar de su título. EL lugar era muy bullicioso y contaba con un gran espacio para relajarse mientras se toma algo. Los cuatro accedieron a un patio trasero del local, donde la tabernera les permitió el paso al Callejón del Canguro.
El callejón era de aspecto similar al Callejón Diagon, con tiendas a un lado y al otro de la calle, cada una especializada en algo en concreto: túnicas, pociones, animales, libros... A Hermione le encantaba estar ahí porque significaba adentrarse en una nueva cultura, en ver la magia desde otro punto de vista.
Pero por supuesto, no todo iba a salir bien. Ron, por puro instinto, se dio la vuelta y miró a los Wilkins, todavía hechizados. Entonces se percató de que Wendell estaba raro, como si intentase resistirse a algo... o liberarse de algo.
—Hermione...
—¿Sí, Ron?
—Creo que deberíamos irnos ya, ¿tú no?
—Ron, esto me gusta mucho, ¿no podemos quedarnos un poco más?
—No lo digo por mí, sino por tus padres. Parece que tu padre se está resistiendo a la maldición Imperius. ¿Quieres que se la haga otra vez?
Hermione miró hacia su padre. Efectivamente, parecía estar liberándose de la maldición, pues a ratos adoptada una expresión de absoluta extrañeza, sin saber qué hacía ahí y otras veces sonreía de nuevo, como si todo fuese perfectamente.
—Aquí no podemos hacer eso, hay decenas de personas mirando. Mira, allí hay un pequeño callejón, hagámoslo ahí.
Ron arrastró a Wendell hasta el pequeño callejón, mientras que Monica caminaba detrás de Hermione.
—¡¿Pero qué está haciendo?! ¡¿Qué hago aquí?!
Una vez estuvieron lejos de la vista de todos, Ron sacó su varita y apuntó a Wendell, quien miraba a Ron como si lo conociese de algo.
—¿Te conozco?
—Tranquilo, Wendell, ahora lo arreglo todo, no tienes nada de que preocuparte.
—Ante todo relájate —le dijo Hermione, intentando tranquilizarle.
Pero si Wendell miraba a Ron de formaba extraña, como si realmente le sonase de algo, al ver a Hermione y a Monica abrió los ojos ampliamente, sorprendido.
—¿Hermione? ¿Jean? ¿Qué... qué está pasando?
Hermione y Ron se quedaron mudos. Monica era la única que seguía como estaba.
—¿Papá? —preguntó Hermione.
Pero el señor Granger, confuso aún por haberse liberado de la maldición Imperius y la revelación de ver a su hija y a su mujer, dio un fuerte empujón a Ron, quien se estampó contra una pared, y salió corriendo de allí.
—¡No! —gritó Ron. Se incorporó y salió corriendo detrás de él. El señor Granger había vuelto al Callejón del Canguro, perseguido por Ron. No podía dejarlo escapar, así que estaba dispuesto a aturdirlo si hacía falta.
El señor corría entre los viandantes, empujándolos para hacerse camino, huyendo de Ron. Debido al trance que estaba pasando, apenas lo recordaba, de modo que lo único que quería era huir. Llegado el momento, Ron lo tenía a tiro.
—¡Desma...!
—¡No! —gritó Hermione y le bajó la mano rápidamente. El hechizo aturdidor no llegó a materializarse.
—¿Te has vuelto loca? Estaba a punto de aturdirlo, ahora se ha ido.
—Ron, es mi padre, está asustado. Debemos pensar por qué está así. Y debemos llevar a mi madre a casa cuanto antes. No debe sospechar que su marido se ha escapado.
Ron trató de pensar. Todo el mundo los miraba.
—Está bien, está bien. Llévala a casa. Coged un taxi o algo, pero no te desaparezcas o será peor. Yo buscará a tu padre. Está en medio de un callejón mágico, no sabrá llegar muy lejos, aparte de que está confuso.
—Vale, está bien. Ron —llamó ella —. Si mi padre está recuperando la memoria, pronto sabrá darse cuenta de que está en lugar mágico y pensará como salir de él.
—Entonces me daré prisa.
Se dieron un corto beso y se separaron. Hermione se llevó a su madre fuera del callejón, mientras que Ron continuó la búsqueda. Fue preguntando a los viandantes si habían visto a un hombre confuso y desorientado corriendo por allí. Algunos sí, otros no, pero las indicaciones le dieron fueron confusas. Finalmente, volvió a la Bruja Tuerta.
—Tabernera... ¡Tabernera!
—¡Tranquilo, tranquilo, que ya le he oído! ¿Qué quiere?
—¿Cuántas salidas tiene el callejón?
—¿Salidas? La del bar es la principal, pero tiene otras, entrando por los callejones pequeños. Llevan a varios puntos de la ciudad, pero son poco transitados.
Mierda, pensó Ron.
—¿Tiene algún mapa del callejón?
La tabernera rebuscó debajo de la barra y le dio un papel doblado. Ron dio las gracias y volvió al punto donde había perdido de vista al señor Granger. Abrió el mapa y vio los distintos callejones que confluían con el principal. Había hasta seis salidas distintas, aparte de la principal del bar. Tomó la que le pareció la indicada y acabó saliendo a una transitada calle del Sidney muggle. Naturalmente, de haber salido el señor Granger por ahí, debía haber desaparecido hace un buen rato.
Desistió de seguir buscando y pensó por un momento. Por alguna extraña razón relacionada con la maldición Imperius y la capacidad del señor Granger de haberse liberado, este había recuperado sus pensamientos y había dejado de ser Wendell Wilkins. No obstante, todavía debía de estar confuso. Sólo por eso le había atacado y huido. Para cuando estuviesen en sus plenas facultades, ¿recordaría algo de su vida como Wendell Wilkins y, por tanto, volvería a su casa en la calle Wood? No tenía ni idea, pero de ser así, debía volver cuanto antes. Dependiendo de lo inestable que el señor Granger estuviese, podía pasar cualquier cosa.
Mientras tanto, en la calle Wood, Hermione y Monica entraban en la casa de los Wilkins. Hermione había desecho la maldición Imperius nada más llegar para evitar que Monica se resistiese igual que lo había hecho su padre. La mujer pareció salir de un trance y miró a Hermione.
—Querida, ¿ya hemos vuelto? Pero si aún es muy pronto, ni siquiera hemos comido.
—No te preocupes. Te encontrabas mal y hemos vuelto, pero tranquila, ahora parece que estas mejor.
—¿Ah, sí? Vaya, pues... menos mal. ¿Dónde está Wendell?
Hermione no supo qué contestar.
—Ha ido con Ron a la playa —dijo finalmente.
—¿En serio? ¿Sabiendo que yo no me encontraba bien? Wendell es muy sobreprotector conmigo. Al menor rasguño ya está pendiente de mi —rio ella. Pero pronto dejó de reír y siguió mirando a Hermione —. ¿Dónde está Wendell, Hermione?
Hermione no supo qué contestar. De repente, Ron apareció por la puerta, sin su padre.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde está?
—Ha debido de salir del callejón, encontrar una salida. Ahora debe estar en algún lugar de Sidney.
—Perdonad, pero, ¿dónde está mi marido?
Ron y Hermione miraron a Monica, quien prefirió salir de ahí.
—Detenla —dijo Hermione.
—Lo que tú digas... ¡Desmaius!
El hechizo aturdidor golpeó en la espalda de Monica, haciéndola caer al suelo.
—¡¿Pero qué haces?! —gritó Hermione mientras corría a socorrer a su madre.
—¡Lo que me has dicho, que la detuviese!
—¡Pero no así, imbécil! ¡Podrías haberle hecho daño!
Ron prefirió no discutir, más que nada porque estaban gritando mucho y alguna vecina cotilla podría acercarse a la puerta. En ese momento Ron pensó, viendo el cuerpo aturdido de Jean Granger, que debía de haber cumplido el sueño de muchos yernos: librarse de su suegra. Rio por dentro, pero sin compartir su opinión con Hermione, a menos que no quisiese pasarlo mal.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Ron.
—Voy a llevarla arriba. La tumbaré en su cama. Luego hallaremos la forma de encontrar a mi padre antes de que salga en las noticias de sucesos.
Elevó mágicamente a su aturdida madre y lo subió. Cuando estaba a mitad de las escaleras, alguien llamó al timbre. Ron y Hermione se miraron, asustados.
—¿Sí? —preguntó Ron.
—¿Wendell? ¿Eres tú? ¿Ya habéis vuelto? Estaba dando un paseo y he oído gritos. ¿Va todo bien?
Al otro lado de la puerta no estaba otra sino Carol Jones en persona.
Nota del autor: bueno, en un principio este capítulo iba a ser sobre el hilarante viaje de Ron, Hermione y los Wilkins por Sidney y Canberra, pero cuando estaba escribiendo la escena del callejón se me ocurrió lo que al final acabáis de leer, pues llevo días (desde que empecé el fic) pensando en una forma de que los Wilkins recuperasen la memoria, de manera clara y convincente, y no por medio de cursiladas como los besos de amor (ugh), de tal manera que el modo en que el señor Granger ha recuperado la memoria es porque, resistiéndose a la maldición Imperius, ha recordado cosas de su vida pasada, deshaciendo el hechizo desmemorizador que Hermione le hizo. Naturalmente con esto habré cambiado el desarrollo de la trama para el resto del fic, pero bueno, tengo mejores ideas ahora.
Viaje de pirados (Road Trip, 2000) es una película dirigida por Todd Phillips y protagonizada por Breckin Meyer y Sean William Scott. La película narra el desesperado viaje de un chico y sus amigos por recuperar una cinta en la que sale haciendo el amor con otra chica y que por error ha sido enviado a su novia de toda la vida.
En este capítulo de verdad que me he tenido que emplear a fondo, consultando páginas de internet y el Google Maps para ver planos de Sidney, ya que cuando escribo sobre un lugar trato de que salgan cosas conocidas. Así, Hickson Road es una calle cercana al Puente de la Bahía de Sidney y la Ópera. Paddington es un barrio con casas de estilo victoriano, por lo que me pareció perfecto para situar allí a una comunidad mágica, ya que la sociedad mágica de Inglaterra, según leí en Pottermore, se quedó anclada en la época victoriana en cuanto a estilo y forma de vida. Kings Cross es una zona de bares y cafés de Sidney.
