7
La decisión de Sophie
La noticia cayó como un jarro de agua fría sobre Hermione. Ron, a su lado, parecía no entender nada.
—¿Cómo que vais a quedaros aquí? —preguntó ella al final.
—Sé que te parecerá difícil de aceptar, pero llevamos un año viviendo aquí, tu padre tenía pensado jubilarse, yo iba a dejar el trabajo también... —explicó su madre.
—Pero lleváis toda la vida viviendo en Inglaterra. ¿Por qué ahora queréis quedaros aquí, después de haber estado tan sólo un año?
—Porque esto nos gusta, Hermione. En fin, era nuestro sueño y tú lo has cumplido para nosotros. No puedes esperar que renunciemos a nuestro sueño ahora, ¿verdad? —explicó el señor Granger.
—Pero somos una familia, ¿esperáis que vivamos separados tantos kilómetros?
—Hermione, hemos vivido toda nuestra vida en Inglaterra, te hemos criado... En fin, no es que queramos ser egoístas y decir que nos lo merecemos pero... —decía su madre.
—Nos lo merecemos, Hermione —su padre terminó la frase por ella —. Tú ya eres mayor, tienes toda tu vida por delante y sabemos que serás capaz de valerte por ti misma, aparte de que no estarás sola —dijo mirando a Ron.
Hermione, sin embargo, se negaba a entenderlo. ¿Por qué se comportaban sus padres así? De su padre tal vez podía entenderlo, siempre había deseado una vida como esta, pero su madre se comportaba de manera extraña. Lo normal habría sido que hubiese preparado todo para irse, deseando volver a Inglaterra. Pero no, prefería quedarse aquí.
Por ello, se levantó y decidió salir de allí, corriendo hasta su habitación para encerrarse en ella.
—Cariño, espera... —pidió su madre, pero el señor Granger la detuvo.
Hermione se tiró en la cama para llorar. A lo lejos podía oír la voz de Ron, hablando con sus padres. Al rato, la puerta de entrada, abriéndose y cerrándose, y después unos pasos que llegaban hasta el dormitorio. Alguien, probablemente Ron, intentó abrir la puerta, pero Hermione le había echado el pestillo. Podría haberla abierto perfectamente con magia, pero supuso que Hermione quería estar sola y por eso decidió no violar su intimidad. Por el contrario, se quedó fuera.
—Hermione... Hermione, sé que esto no es lo que quieres, pero a tus padres se les ve muy ilusionados. Además, estos días hemos visto lo bien que les iba. Han vivido muchas cosas siendo Wendell y Monica, deberíamos dejar que también viviesen aquí como son en realidad.
Pero Hermione se tapó la cabeza con la almohada, de tal modo que la voz se Ron se escuchaba amortiguada hasta que dejó de hablar. Finalmente, la joven se quedó dormida.
Despertó horas después, en algún momento en mitad de la noche. El estómago le rugía, pues no había comido nada en todo el día. Salió y bajó hasta el salón, a oscuras salvo por las farolas encendidas de la calle que hacían entrar luz por los ventanales. Ron estaba dormido sobre uno de los sofás. Se sentó a su lado y lo despertó.
—¿Hermione? ¿Qué pasa?
—Me he despertado en mitad de la noche. Creo que voy a comer algo.
—Sí, yo también.
El estómago le rugía fuertemente, de modo que fueron a la cocina. Empezaron a sacar cosas y pronto Ron sacó a relucir su habilidad propiamente Weasley para cocinar. Bajaron las persianas ya que, aunque era ya de noche, preferían no arriesgarse a que los viesen. Media hora después, Ron había preparado una comida decente que degustaron sentados en el suelo de la cocina.
—No pueden quedarse aquí —confesó Hermione.
—¿Cuál es el problema? Esto les gusta, es su sueño.
—Como novio que eres, deberías apoyarme a mí, no a ellos. Por regla general los yernos siempre van en contra de sus suegros.
—Hermione, es la verdad. Han vivido esta vida como los Wilkins, dos personas que deseaban tener una vida aquí pero que en realidad era el sueño de tus padres. Y ahora que vuelven a ser ellos se dan cuenta de que tal vez vayan a renunciar a ese sueño, el cual ahora pueden vivir plenamente ahora.
—Desde luego te gusta llevarme la contraria.
—No te haces ni una idea.
Y la besó en los labios. Ella le rodeó el cuelo y los dos se tumbaron sobre el suelo, desperdigando los restos de comida. Al instante, hicieron el amor.
Horas después, oyeron ruidos en la casa.
—¿Hermione? ¿Ron? Somos nosotros —llamaba su madre.
Hermione se despertó. Estaba totalmente desnuda sobre el suelo de la cocina, al lado de Ron, tan desnudo como ella.
—¿Hermione? —preguntó su padre.
—Ron —susurró ella —. Ron, despierta.
—Aún es muy pronto —musitó él.
—Ron, mis padres están aquí.
El muchacho abrió los ojos ampliamente. Los dos se levantaron a toda velocidad, cogiendo sus prendas y tratando de ponérselas, pero los padres de Hermione entraron en la cocina.
—Hermione, ¿estás aquí? Creo que tenemos que hablar de lo que pasó ayer y... —la señora Granger se quedó muda al ver a su hija y al novio de esta, asomados tras la encimera. En el suelo podían verse tiradas algunas de sus prendas.
—Oh, vaya... —dijo el señor Granger.
—¿Interrumpimos? —preguntó su madre.
—Esto, lo siento, no creíamos que fueseis a venir... —se disculpó Hermione. Ron estaba completamente rojo.
Los padres de Hermione salieron de la cocina, avergonzados, mientras Hermione y Ron se vestían. Al rato salieron al salón, compeltamente rojos de la vergüenza.
—Bueno, ahora que estáis completamente vestidos, tu padre y yo hemos estado hablando, Hermione, y creemos que tienes razón. Después de todo lo que has hecho por nosotros, lo menos que debemos hacer es volver a casa y estar contigo.
Hermione no entendía nada.
—¿Qué? ¿De verdad?
El señor Granger asintió con la cabeza.
—Sí, así que vamos a dejar todo atado y bien atado. Por lo que respecta a los vecinos, no sé, actuaremos como los Wilkins y les diremos que nos volvemos a Inglaterra.
Ron y Hermione se miraron. Él no entendía el repentino cambio de actitud de los Granger, aunque lo atribuía al hecho de que siempre habían querido que su hija fuese feliz, aunque su propia felicidad se viese en entredicho. Hermione, por su parte, estaba encantada.
—Oh, pues de acuerdo, os ayudaremos en lo que sea necesario —dijo ella, con una sonrisa en el rostro.
El señor Granger sonrió de manera forzada mientras que la señora Granger bajaba la mirada con tristeza, gestos que pasaron inadvertidos para Hermione. Acto seguido se marcharon y se fueron.
—¿Te parece esto normal? —le preguntó Ron a su novia.
—¿De qué estás hablando? —quiso saber ella, sin comprender nada.
—Tus padres recuperan la memoria, desean quedarse aquí y tu montas un espectáculo. Cambian de opinión, muy a su pesar, y a ti te parece perfecto. Por favor, ¿no has visto sus caras? Está claro que no quieren irse.
—Ron, han cambiado de opinión, ¿y qué? Quiero que vuelvan a casa.
—Ahora esta su casa, lleva siéndolo desde hace un año. ¿Cómo puedes ser tan egoísta?
—¿Perdona? ¿Me estás llamando egoísta? Durante todo un año me he preocupado de que mis padres estuviesen bien. Ahora que les he recuperado, desearía que volviesen conmigo y viviésemos todos juntos. ¿Es eso ser egoísta? Está bien, pues soy una egoísta.
Ron no dijo nada. Se dio la vuelta y salió de la casa mientras Hermione prefería subir a su habitación, enfadada. Ron, una vez en la calle, fue a casa de los señores Granger. Llamó a la puerta.
—Ron, ¿ocurre algo? —el señor Granger había abierto la puerta. Ron entró por ella.
—No se vayan —pidió Ron a los señores Grangrer. Jean había venido desde el salón.
—¿Cómo? —quiso saber ella.
—Que no se vayan, quédense aquí. Ustedes son muy felices aquí. No tiene que hacerlo por Hermione.
—Pero es lo que ella quiere —dijo el señor Granger.
—Llevan adaptando su vida a las necesidades de ella desde que nació. No digo que esté mal, por supuesto, pero Hermione ya es mayor de edad. Es a ella a quien le toca ahora vivir su vida, ustedes han cumplido con su parte. Es ahora cuando les toca disfrutar.
—Te agradecemos mucho lo que nos dices, Ron, así como también que, seguramente, estés tratando de convencer a Hermione para que acepte que nos quedemos, pero la decisión está tomada. Quiero a mi hija. Queremos a nuestra hija. Y si lo que ella desea es que volvamos a Inglaterra para que sea feliz, entonces que así sea —sentenció la señora Granger.
—Ya, pero... ¿serán ustedes felices allí? —preguntó Ron. Los señores Granger no contestaron. Ron abrió la puerta y miró por ella. Aquella mañana lucía el sol y no había una nube en el cielo —. Señor Grangrer —llamó, mirando al aludido —. ¿Le apetece ir a hacer surf? Ya sabe, una última vez... antes de que tengamos que irnos.
El señor Granger sonrió y acompañó al muchacho. Minutos después, los dos estaban sobre sendas tablas de surf, flotando en el agua.
—Voy a echar de menos esto. Nunca pensé que aprendería a hacer surf y menos que fuese bueno. Por dios, si aquí hay jóvenes que lo hacen peor que yo.
Ron había desistido de convencer a los Granger. A partir de ahora trataría de disfrutar del poco tiempo que les quedaba.
—Bueno, la verdad es que es usted muy bueno. Me enseñó bien.
—Sí, es verdad —rio el señor Granger —. Dime una cosa, ¿cómo es que Jean y yo recordamos todo? ¿No deberíamos recordar nuestro último instante antes de que nos borrase la memoria?
—Hermione no les borró la memoria, simplemente las modificó. Pero sus mentes iban a seguir funcionando, recolectando recuerdos. Por eso no han olvidado nada.
—Vaya... entonces me alegro de que haya sido así. Voy a guardar un gran recuerdo de este sitio, la verdad.
Ron miró al señor Granger. Era injusto que no se quedase en este sitio. Absolutamente injusto. Pero se dijo a sí mismo que no podía hacer nada.
—Empieza a haber olas, ¿comenzamos? —preguntó él.
El señor Granger asintió y los dos se lanzaron hacia las olas. Tras unas cuantas horas, salieron del agua, cansados pero muy contentos. Se sentaron en la arena y bebieron unas cervezas.
—Si le digo la verdad, no me gusta nada esta bebida, señor Granger.
Este soltó una carcajada.
—Bueno, he de decir que vuestra cerveza de mantequilla no está nada mal, así que te comprendo.
No obstante, brindaron y contemplaron a los demás surferos. A la hora de la comida, ambos volvieron a sus casas.
Para cuando llegó, Ron vio que Hermione ya había preparado las maletas.
—¿Tan pronto quieres que nos vayamos?
—Pues sí, tengo ganas de volver a casa. ¿Dónde has estado? Podrías haberme ayudado.
—Estaba en la playa con tu padre, surfeando. Y estoy en contra de que tus padres se vayan, así que he preferido no ayudarte para nada.
Hermione miró con odio a Ron y se fue a la cocina para prepararse algo. Ron, por su parte, se dio una ducha y se fue a casa de los Granger. Jean le abrió.
—Perdonen que les moleste, pero he discutido con Hermione por todo lo que está pasando y me preguntaba si querrían salir a comer.
—Por supuesto que sí, Ron —dijo la señora Granger —. Rupert se está duchando, enseguida sale. Lo cierto es que íbamos a salir a un restaurante de Sidney que nos gusta mucho. Nos encantaría que vinieses.
Al rato, los tres viajaban en coche hasta la ciudad. El señor Granger era quien conducía, pero por supuesto no lo hacía con el ímpetu propio de Wendell Wilkins.
—¿No has avisado a Hermione? —preguntó la señora Granger.
—Está enfadada, así que no quiero molestarla.
—No te preocupes, tendremos mucho tiempo para estar juntos en cuanto volvamos a Inglaterra —dijo el señor Granger.
El restaurante al que los señores Granger llevaron a Ron resultó ser el restaurante giratorio de la Torre de Sidney. Aunque a Ron no le gustaban las alturas tan excesivas, reconoció para sí mismo que aquello era algo espectacular.
—¿Así que tienen pensado irse? —volvió a preguntar Ron, albergando una mínima esperanza de que cambiasen de opinión.
—Ron... —dijo el señor Granger con pesadumbre — ya hemos hablado de esto, el tema está zanjado. Por favor, procuremos disfrutar de esta última comida.
Ron no dijo nada más y se limitó, como había sugerido el señor Granger, a disfrutar de la comida, que aunque parecía deliciosa, no pudo degustar dado el panorama en el que se encontraban todos.
Al rato, después de la comida, los tres volvieron a la calle Wood. Hermione los estaba esperando frente a la casa que había sido propiedad de los Wilkins.
—Ah, estáis aquí —dijo ella mientras miraba de manera seria a Ron, quien ni se inmutó. Aun seguía enfadado con ella —. Ya tengo reservados los billetes de avión, para mañana a las nueve de la mañana, así que creo que tendréis tiempo suficiente para hablar con vuestros vecinos y despediros. En cuanto al tema de la propiedad de la casa, no os preocupéis. Yo fui la que se encargó de todo, así que me ocuparé de cambiar la titularidad.
Los señores Granger se limitaron a asentir para luego acceder a su casa. Ron, por su parte, se dio media vuelta y se fue a la casa que habían ocupado esos días, seguido de Hermione.
—¿Dónde habéis estado? —preguntó ella, una vez estaban dentro de la casa.
Ron se dio la vuelta y la confrontó.
—Tus padres me han llevado a la Torre de Sidney, a un fantástico restaurante giratorio, su favorito de toda la ciudad y al que no podrán volver porque la egoísta de su hija, la que chica mayor de edad que todavía depende de ellos hasta para limpiarse el culo, no quiere que se queden aquí.
Ni siquiera vio llegar la mano de Hermione, que le cruzó la cara. Pasó a su lado, golpeándole con el hombro y subió las escaleras. Mientras hacía esto último, sólo dijo:
—Si tanto te gusta este sitio, ¿por qué no te quedas?
Y acto seguido dio un portazo al entrar en su habitación. Ron, por su parte, estaba furioso, de modo que descargó su ira sobre una de las maletas que había en el recibidos, dándole una patada de tal manera que se abrió y todo su contenido se esparció por el suelo. Acto seguido maldijo por lo bajo y, con un movimiento de su varita, lo devolvió todo a como estaba antes. Tras eso se tumbó en el sofá y se dedicó a esperar. Ya no le apetecía salir por aquel estúpido país ni conocer nada ni volver a la playa, pues ua había estado por la mañana. Se limitó a cerrar los ojos y trató de quedarse dormido, pero con todo lo que estaba pasando, le fue imposible.
Al rato comenzó a anochecer y pronto empezó a vencerle el sueño.
A la mañana siguiente, los intencionados ruidos y golpes de Hermione lo despertaron. Por un momento se preguntó por qué no le había despertado con besos, como muchas veces hacía, pero pronto recordó que estaban enfadados. Se levantó.
—Mis padres ya están esperando fuera. Tenemos que estar una hora antes en el aeropuerto, así que date prisa.
—Sí, señora —masculló él, algo que no pasó inadvertido para Hermione, pero prefirió no calentar más el ambiente.
Cogieron las maletas y salieron fuera. Los Granger ya los estaban esperando con el coche.
—¿Qué haremos con el coche? —preguntó el señor Granger.
—Lo llevaremos hasta el aeropuerto, pero luego le enviaré un mensaje al Ministerio de Magia australiano para que lo recoja. Tiene un departamento encargado de los objetos muggles.
—Vaya, me gusta este coche, pensé que podría quedármelo —confesó el señor Granger apenado.
—Papá, lo siento, pero sería muy complicado. Créeme, es mejor así.
—Pero bueno, ha dicho que le gustaría quedárselo, ¿no? Señor Granger, si quiere quedarse con el coche, adelante. No se preocupe, yo me encargaré de que llegue a Inglaterra.
—Pero... Ron, no hace falta.
—Considérelo un regalo de yerno. Y no hay más que hablar —sentenció él mientras Hermione lo miraba con furia asesina.
Viajaron hasta el aeropuerto. Mientras esperaban para facturar, Hermione le susurró a Ron.
—¿Se puede saber cómo vas a llevar el coche hasta Inglaterra, Ron?
—Eso es asunto mío, así que no tiene por qué importarte, Hermione.
—Pues que tengas suerte, porque no pienso ayudarte en absoluto.
—No necesitaba tu ayuda para nada.
La señora Granger se dio la vuelta.
—Vosotros dos, basta ya. La verdad es que me gustaría tener una vuelta a casa lo suficientemente tranquila, así que estad tranquilos.
Los dos no dijeron nada pero se quedaron callados. Una hora después ya estaban embarcando en el avión y, minutos después, sentados en una fila de cuatro asientos. Hermione, como se temía Ron, había puesto elegido los asientos de tal manera que cada uno estaba en un extremo, separados por los padres de ella.
Ron se abrochó el cinturón y se limitó a esperar. Aquello no tenía nada que ver con el viaje que hizo junto a Hermione hacía tan sólo unos días, aunque más bien parecía una eternidad. Para empezar, Hermione y él no estaban para nada enfadados. Además, ya no se sentía nervioso por volar y estaba seguro de que Hermione no querría tontear en uno de los lavabos. Sin duda, iban a ser las veinte horas de viaje más largas de su vida.
Por ello, la mayor parte del viaje la pasó dormido, bebiendo algo de alcohol que las azafatas amablemente le daban o viendo alguna película. Por culpa del alcohol ingerido, no obstante, tuvo que ir a vomitar al lavabo. A la vuelta vio algo que le hizo sentirse aún peor, pues Hermione estaba totalmente avergonzada.
Por suerte, después del infructuoso viaje, llegaron al aeropuerto de Heathrow.
—Qué ganas tengo de llegar a casa. Ron, ¿qué vas a hacer ahora?
—Yo... Bueno, voy a pasar por casa de mis padre para saludarles y decirles que todo ha salido bien. Y luego seguramente vaya a ver a Harry en Grimmauld Place.
Lo cierto era que, desde el final de la guerra hasta que decidieron ir a buscar a sus padres, Hermione y él habían estado viviendo en Grimmauld Place. Sin embargo, dadas las circunstancias de ahora, no sabía qué hacer o si Hermione querría volver con él.
—Yo voy con vosotros, para ayudaros a instalaros —dijo Hermione, rehuyendo la mirada de Ron.
—Bueno... pues hasta luego —se despidió él.
Estuvo parado un momento, como queriendo dar un beso a Hermione, pero finalmente se dio la vuelta y se marchó. Hermione se quedó mirando cómo se iba, pero también se dio media vuelta y se fue con sus padres, de vuelta a casa.
Nota del autor: La decisión de Sophie (Sophie's Choice, 1982), es una película dirigida por Alan J. Pakula y protagonizada por Meryl Streep y Kevin Kline, ambientada en 1947, acerca de un joven aspirante a escritor que conoce a una pareja de la que se hace amigo. Sophie, la mujer, es una superviviente del campo de exterminio de Auschwitz.
