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10 razones para odiarte
Al rato, Ron llegó al número 12 de Grimmauld Place. Aunque le había dicho a Hermione y a sus padres, prefirió enviar un patronus diciéndoles que estaba cansado, era de noche y que se quedaría en casa de Harry, pero que ya iría a visitarlos.
Tras entrar en el recibidor lentamente en el recibidor, subió las escaleras hasta su habitación y se metió en la habitación que había compartido durante un tiempo con Hermione. Se desvistió y se metió en la cama, pero estuvo horas sin poder dormir. Cuando imaginó que debía estar saliendo el sol, se quedó dormido. Sin embargo, las horas de sueño le duraron poco, pues fue despertado por su hermana y su mejor amigo.
—¡Ron! No sabíamos que habías llegado, menos mal que dejaste la puerta abierta, si no ni nos habríamos enterado. ¿Y Hermione? —quiso saber Harry.
—Con sus padres, ayudándoles a instalarse —confesó él, con voz triste.
—Oh, vaya. Así que habéis traído a sus padres. Una buena noticia, pero habéis tardado unos cuantos días —dijo Harry.
—Eso es porque hemos querido pasar unos días juntos allí, había que aprovechar la ocasión —confesó Ron, de nuevo, aunque todavía triste.
—Ron, ¿qué te ocurre? ¿Ha pasado algo entre Hermione y tú en Australia? ¿Por qué no está aquí? —preguntaba Ginny, extrañada por la actitud de su hemano.
—Hermione me va a dejar —dijo él, apenado, casi a punto de llorar.
—¿Cómo que te va a dejar? ¿Por qué piensas eso, si Hermione te quiere? —dijo su hermana.
—Si de verdad me quisiese habría venido esta noche conmigo en vez de dejarme solo. Hermione ha dejado de quererme, me va a dejar.
—Ron, por favor, Hermione no te va a dejar. ¿Quieres explicarnos qué ha pasado? —le pidió Harry.
—Logramos devolver la memoria a sus padres y, tras eso, nos dijeron que querían quedarse a vivir en Australia, porque, total, iban a dejar sus trabajos y Hermione ya es mayor de edad, ya no va a tener que depender de ellos.
—Bueno, esa es una buena idea. Y si es su decisión, adelante. Pero, ¿por qué han vuelto? Menuda paliza, ¿no? —dijo Harry.
—Así es, pero Hermione quería que volvieran, les insistió mucho y al final ellos accedieron a volver, pero se notaba que en realidad no les gustaba la idea.
—Te entendemos, pero, ¿por qué estáis enfadados?
—Porque no me parecía bien que sus padres volviesen a Inglaterra sólo porque ella quisiese, si sus padres le acababan de decir que era su sueño quedarse allí. Le dije que era muy egoísta por pensar así y...
—¿Y? —preguntó la pareja al unísono.
—Y le pregunté si tenía que estar dependiendo siempre de sus padres hasta para... limpiarse el culo, a pesar de que ya es mayor de edad.
Harry reprimió una carcajada mientras Ginny se llevaba las manos a la cabeza.
—Ron, de verdad que eres lo que no hay —confesó su hermana.
—Oye, vale que estuvo mal lo que le dije, pero no tenía derecho a pedirle a sus padres que volviesen si ellos querían quedarse... ¡Porque es su sueño! Por favor, tendríais que haberlos visto, disfrutan viviendo allí. ¿No creéis que tengo razón?
Harry y Ginny se miraron un momento. Entonces, Harry fue el primero en hablar.
—Creo que estuvo mal eso que le dijiste a Hermione, pero pienso que es verdad que es un poco egoísta por su parte el querer a sus padres de vuelta si ellos desean quedarse en Australia. No obstante, ten en cuenta que se ha pasado un año sin saber qué iba a ocurrir en el futuro, creyendo cuando les modificó la memoria que sería la última vez que los volvería a ver. Ron, Hermione quiere a sus padres. Y ellos quieren a Hermione. Es normal que ella desee tenerlos de vuelta para recuperar el tiempo perdido y sentir que tiene una familia, así como ellos aceptarían volver aquí con tal de hacerla feliz, porque lo único que desean los Granger es la felicidad de Hermione —soltó Harry. Ginny le dio la razón asintiendo con la cabeza.
Ron se desplomó sobre la cama.
—Vale, ahora sí que me va a dejar.
—No digas tonterías, sólo tienes que hablar con ella —sugirió Ginny.
—Ah, no, ni hablar. Tendrá que venir ella antes.
Ginny recordó entonces lo cabezotas que eran su hermano y Hermione, pues ella tampoco querría hablar con Ron.
—Bueno, descansa un poco, habrás tenido un viaje muy largo y duro —propuso Ginny mientras se llevaba a Harry. Ron asintió e intentó volver a quedarse dormido.
Los dos jóvenes bajaron a la cocina, donde el viejo Kreacher les empezó a servir el desayuno.
—Tenemos que ir a hablar con Hermione —dijo Ginny.
—¿Qué? Oye, no pretenderás que nos metamos en la relación de Ron y Hermione, ¿verdad? Esto tienen que arreglarlo por sí mismos.
—Los dos son unos testarudos, Harry, no hablarán a menos que les demos el empujón. Además, de todos modos, me apetece ir a ver a Hermione.
Así pues, desayunaron tranquilamente y, tras eso, fueron a casa de los padres de Hermione. Nada más llamar a la puerta, la señora Granger les abrió.
—¡Harry! ¡Ginny! Qué sorpresa. Me alegro de veros. Pero pasad, pasad.
—No sabíamos si estarían despiertos ya —confesó Ginny.
—Hermione se despertó hace un rato, pero sigue en su habitación. Mi marido está acostado todavía. Yo me he levantado pronto para limpiar un poco, aunque parece como si todo estuviese tal y como la última vez que lo vi. A pesar de...
La señora Granger se refería, por supuesto, a cuando los mortífagos entraron en la casa y la pusieron patas arriba, sin encontrar a los Granger ni ninguna prueba que pudiese indicarles el paradero de Hermione y, por ende, de Harry. Saber el hecho de que, de haberse quedado allí, probablemente ella y su marido ahora estarían muertos la hacía sentirse inquieta, a pesar de que Hermione ya debía haberle asegurado que la guerra había terminado y Voldemort estaba muerto.
—¿Podemos ver a Hermione? —preguntó Ginny.
—Por supuesto que sí, podéis subir arriba.
Los dos subieron y entraron en la habitación de Hermione. Esta era bastante espaciosa, con una cama a un lado y un escritorio. Lo que más llamaba la atención era el mapa del mundo que había colgado en una pared, con chinchetas verdes y rojas indicando dónde había estado Hermione y dónde no, así como muchas fotografías colgadas.
Ginny se sentó al borde de la cama. Harry, por su parte, acercó una silla. Hermione estaba dormida y Ginny posó una mano sobre su hombro.
—¿Hermione? Hermione, despierta.
La joven abrió los ojos. Vio a Harry y a Ginny y sonrió.
—Holas, chicos. Cuánto me alegro de veros.
—Y nosotros a ti —confesó Ginny, abrazándola.
—No hacía falta que viniéseis, tenía pensado acercarme a Grimmauld Place.
Harry y Ginny se miraron.
—Ya, pero, verás... Ron está allí.
Hermione bajó la mirada, entendiendo lo que estaba pasando, así como el hecho de que sus amigos estuviesen ahí, en su habitación.
—Y supongo que os habrá contado algunas cosas, ¿no? —la pareja asintió con la cabeza —. Y bien, ¿qué opináis?
Harry iba a contestar, pero Ginny lo detuvo.
—Creo que os enfadáis por tonterías. Creo que deberíais tener en cuenta de que estáis enamorados, que os conocéis desde hace casi siete años y habéis esperado casi siete años para salir juntos. Y creo que no debéis tirarlo ahora todo por la borda.
Hermione sonrió a su amiga y la abrazó.
—No os preocupéis, que no pienso dejarle. Lo quiero demasiado como para dejarle escapar. Vamos a Grimmauld Place, hablaré con él.
Hermione se levantó y se preparó. Después de avisar a sus padres, fue a Grimmauld Place con Harry y Ginny.
—¿Dónde está Ron? —quiso saber ella?
—Debe seguir en su habitación, dormido —indicó Ginny.
Hermione subió y entró en la habitación que había compartido con Ron desde el final de la guerra, algo que parecía ya una eternidad dados los acontecimientos vividos en Australia. Su novio estaba tumbado en la cama, envuelto por las mantas y dormido. Se tumbó a su lado y empezó a acariciarle la nariz, como hacía muchas veces para despertarlo, aparte de besarle. Al instante, despertó. Vio a Hermione pero no sonrió ni nada.
—Hola —dijo él finalmente.
—Hola. ¿Qué tal estás?
—Mal. ¿Vas a dejarme? —Hermione no pudo evitar reírse —. No tiene gracia. Si me dejas creo que me muero.
—Ay, Ron, qué inocente eres —confesó ella. Acto seguido lo besó, como si no lo hubiese besado en toda su vida, como si fuese el beso que se dieron en la Cámara Secreta.
Ron pasó rodeó su cintura con sus brazos y la atrajo hacia él para no romper el beso. Luego rodó sobre su cuerpo y se puso encima de ella.
—Ron... Que están Harry y Ginny abajo, nos van a oír.
—Pues que nos oigan —dijo él con voz perversa. Se quitó la camiseta y empezó a desabrocharse el pantalón mientras besaba a Hermione, quien aunque a penas le apetecía hacer el amor con su novio estando sus amigos en la misma casa, no se pudo resistir.
Al rato, los dos estaban desnudos y tapados por las sábanas de la cama.
—Siento mucho todo lo que te dije, Hermione —se disculpó Ron.
—No pasa nada, sé que fui un poco egoísta, pero me gusta que mis padre estén aquí. Además, ya se han instalado y están muy contentos de volver a estar aquí.
—Ya —dijo él, aunque muy poco convencido. Sabía al menos una cosa, que la casa de los Granger había sido registrada violentamente por los mortífagos después de que ellos se hubiesen ido a Australia. Saber que, de haberse quedado en Inglaterra, a estas alturas podrían estar muertos, debía ser algo que les debía de quitar el sueño.
—Me alegro de que estén finalmente aquí. Siento que todo vuelve a la normalidad.
Ron ya no podía más.
—Lo siento, Hermione, pero no puedo estar de acuerdo contigo.
Salió de la cama tras ponerse la ropa interior. Tras eso, dio varios vueltas por la habitación.
—Ron, ¿no puedes dejarlo ya?
—No, no puedo ¿vale? —se acercó a ella y se arrodilló al pie de la cama, tomando las manos de su novia.
—Hermione, he visto a tu padre hacer surf como si llevase toda la vida haciéndolo. Y le encanta. He visto a tu madre como nunca antes la había visto, riéndose a carcajadas. Y es feliz. ¿Cuándo has visto así a tu madre, sin miedo a expresarse como es en realidad? Hermione, tus padres aman vivir allí. ¿Por qué coartas su felicidad?
—Ron... yo...
—Eres tú la que debe tomar una decisión, yo no puedo obligarte... Pero prométeme que lo pensarás, ¿vale? Tomes la decisión que tomes... la respetaré.
Hermione asintió con la cabeza, pero rompió a llorar. Ron la abrazó fuertemente. No hacía falta decir nada más.
Minutos después, los dos salieron. Harry y Ginny estaban en el salón.
—¿Queréis salir a comer? —preguntó Harry.
—Yo, la verdad, es que quiero estar con mis padres. Necesito ver... cómo les va —confesó Hermione mientras miraba a Ron.
Este asintió y le dio un beso, dejando que se fuese.
—¿Está todo bien? —preguntó Ginny.
—Creo... creo que sí. Va a ver cómo les va a sus padres, pero va a reflexionar acerca de si están mejor aquí o en Australia —dijo él mientras asentía —. Le he dicho además que, tome la decisión que tome, la respetaré al final y no pondré pegas.
—Bueno, no le des más vueltas. Hermione es una persona racional, estoy seguro de que tome la decisión que tome, será la más indicada —aseguró Harry.
Mientras tanto, Hermione se desapareció para llegar a su habitación, desde la que bajó al salón. Ya era la hora del almuerzo y desde la cocina subía un agradable aroma. Bajó hasta allí.
—Hermione, no te he oído llegar —confesó su madre.
—Me he aparecido en mi habitación.
Su madre sonrió mientras cortaba unas zanahorias.
—Es verdad, a veces olvido que puedes hacer cosas extraordinarias. Mi dulce Hermione, me alegro tanto de que estés aquí.
—Mamá, ¿eres feliz aquí?
Su madre dejó de cortar un momento y la miró. Tardó bastante en contestar, primer indicio de que, dijese lo que dijese, Hermione no se lo creería. Su madre era de respuestas rápida.
—Pues... claro que soy feliz aquí, cariño. Y estoy segura de que tu padre también lo es.
—Ya, vale.
—¿Me ayudas a poner la mesa? Vamos a comer ya.
En el tono de voz de Jean Granger había algo que a Hermione no le gustaba nada. Minutos después, su padre llegó después de haber dado un paseo por los alrededores. Si su madre no le había inspirado confianza, el rostro de su padre la hacía dudar. El señor Granger estaba totalmente serio, pero en su mirada había un deje de nostalgia. Nostalgia al surf y a las playas de Australia.
La comida fue de lo más normal, a excepción de que su padre no cambió el semblante en ningún momento y estaba como ausente, algo a lo que su madre había decidido unirse. Para cuando se iba a servir el postre, Hermione se levantó.
—¿A dónde vas, querida? —preguntó su madre.
—Yo... tengo que irme, mamá. Lo siento, pero tengo que irme.
Y se marchó de allí sin darles tiempo a reprochar. En cuantos salió de la casa, se desapareció.
Mientras tanto, a kilómetros de allí, un grupo de personas, la mayoría de ellos pelirrojos, volaba sobre escobas y se pasaba una pelota roja. Ron, Harry y Ginny habían decidido hacer una visita a los Weasley, ya que Ron todavía no había visitado a sus padres desde su regreso de Australia, y supuso que estarían deseando saber cómo había ido todo. No obstante, a ellos prefirieron no contarles todo el lío que se había montado.
En ese momento, tras un gol perfecto de Ginny a Ron, todos los Weasley, lo cual incluía también a George y Bill, bajaron a tierra. Allí les esperaban los señores Weasley junto con Fleur, que había anunciado a todos su embarazo.
—Ron, cariño, alguien ha venido a verte. Está en tu habitación.
Ron caminó hasta la Madriguera y, tras atravesar la cocina, subió hasta su habitación. Allí, una melena castaña lo esperaba.
—Hermione, no sabía que vendrías.
Caminó hasta ella y la besó en los labios.
—Sí, perdona que no te haya avisado.
—No tiene importancia —se sentó a su lado y le tomó las manos. Podía notar que estaba temblando.
—He estado con mis padres y... he tomado una decisión.
—¿Y qué vas a hacer? Ya sabes que, sea cual sea tu decisión, yo voy a respetarla.
Hermione asintió con una sonrisa mientras unas lágrimas se le escapaban.
—De momento, voy a necesitar tu ayuda para lo que quiero hacer.
—Pídeme lo que sea, Hermione.
Hermione estuvo hablando horas y horas, explicándole a Ron su plan. Cuando acabó, el muchacho tenía una sonrisa dibujada en el rostro.
Al día siguiente, a muchos kilómetros de allí, Jean Granger dio una vuelta en la cama y se abrazó a su marido. Ya era por la mañana y tendría que levantarse para empezar con su rutina diaria. Ahora que había dejado el trabajo, no tenía mucho que hacer, así que tendría que convencer a Rupert de ir a visitar sitios. Aunque si su marido seguía manteniendo esa actitud de absoluta tristeza, preveía que iba a acabar como una vieja amargada.
Y de todos modos, ¿qué podía hacer ella? Habían decidido hacer lo que su hija deseaba y lo había hecho finalmente, aun a sabiendas de lo mucho que les había gustado Australia. A pesar de todo lo que se había afanado Ron por intentar convencerla de dejarles que se quedasen, ella se había negado en rotundo. Jean pensó que ella jamás había educado a su hija para que fuese una egoísta. ¿O acaso el hecho de haber estado un año sin verlos, creyendo que podría morir en cualquier momento, le había hecho cambiar de opinión? Jean no lo sabía.
Sintió el calor de los primeros rayos de sol golpear sobre su cuerpo y abrió los ojos. Inmediatamente sintió que algo estaba mal. Para empezar, el sol se veía en parte opacado por algo que proyectaba sombras sobre la cama, como si una persiana cortase los rayos del astro rey. Y Jean sabía perfectamente que en su habitación había cortinas, no persianas. Pero es que un rápido vistazo de lo que le rodeaba le hizo ver que no estaba en la habitación de su cada se Inglaterra, sino en otra parte que le sonaba muy familiar: su habitación en la casa en la que había estado viviendo en Australia.
—Rupert... Rupert, despierta. Rápido. Ha ocurrido algo.
Rupert Granger se despertó.
—Cariño... ¿qué te ocurre? —se apoyó sobre sus hombros en la cama. Al instante se dio cuenta también de lo que pasaba — ¿Hemos vuelto?
—Eso parece pero... ¿Cómo?
—¿Hermione?
—Pero no nos ha hecho nada, no nos ha aturdido ni nada por el estilo. ¿Qué es lo último que recuerdas?
El señor Granger hizo memoria, tratando de recordar lo último que hizo antes de dormirse.
—Estaba en la cena, contigo. Hermione no había aparecido desde la comida. Luego todo me resulta borroso.
—A mí también.
—¿Crees que ella u otra persona, tal vez Ron, nos hubiese metido un somnífero y nos quedásemos dormidos? —especuló él.
—¿Y tras eso nos trajese aquí? No creo que Hermione hubiese hecho tal cosa, deseaba que volviésemos a Inglaterra.
—Levantémonos y veamos si está aquí, o quien nos haya traído hasta aquí —sugirió el señor Granger.
Se levantaron y se vistieron a toda prisa. Salieron de la habitación y comprobaron que la casa seguía igual y que nadie había tocado o cambiado nada. Bajaron al salón y comprobaron que no había nadie más en la casa.
—¿Cómo sabremos dónde está la persona que nos ha traído hasta aquí? —preguntó la señora Granger.
El señor Granger, de repente, se percató de la presencia de dos tablas de surf nuevas en el salón y se dijo a sí mismo que nunca antes había visto ahí esas dos tablas.
—Creo saber dónde podemos buscar.
Salieron a la calle. Frente a la casa vieron que estaba el coche que habían utilizado siempre. Cogidos de la mano, caminaron a paso ligero hasta la playa, la cual estaba totalmente vacía, pues acababa de amanecer. Sin embargo, vieron a una solitaria figura que contemplaba el mar, una mujer con el pelo castaño y revuelto, agitado por los vientos que había esa mañana.
Los Granger caminaron, casi corrieron, hasta la mujer.
—¿Hermione? —preguntó su padre nada más llegar.
La joven se dio la vuelta. Hermione Granger miró a sus padres sonriente, aunque con un claro deje de tristeza y culpabilidad en el rostro. Rupert y Jean Granger se limitaron a una sola cosa: caminaron hasta ella y la abrazaron.
Nota del autor: 10 razones para odiarte (10 things I hate about you, 1999), es una película dirigida por Gil Junger y protagonizada por Julia Stiles, Heath Ledger y Joseph Gordon-Levitt que narra la vida de las hermanas Stratford, Kat y Bianca, las cuales son muy distintas. A raíz de que Bianca conozca a un chico pero con el que no puede salir hasta que su hermana no salga con otro, se traza un plan para que Patrick, el elegido, trate de enamorar a Kat. La película es una interpretación libre de La fierecilla domada, de William Shakespeare.
