Bienvenidas una semana más a mi humilde morada. Espero que la historia os siga gustando como hasta ahora y que disfrutéis al leerla por lo menos tanto como yo al escribirla.
Muchísimas gracias por leerme y muchas y especiales gracias a vosotras que me habéis dejado vuestro comentario: Snape's Snake, Diggea, GabrielleRickmanSnape y MoonyMarauderGirl.
OoOoOoO
Capítulo 5
—Hoy ha sido un día raro… —le comentó Iliana a Snape mientras le daba la comida, pensando en todo lo que le había dicho Violet—. Bueno, en realidad empezó a ser raro ayer por la tarde, cuando fui a ver al amo Malfoy.
—Raro, ¿por qué? —La animó a continuar el hombre, que los últimos días se había mostrado mucho más comunicativo.
Mientras le daba la comida, la chica le explicó la conversación que había tenido con el mortífago y también que le había permitido que se duchase en su aseo privado.
—Hacía tanto tiempo que no disfrutaba de una ducha caliente… —dijo— fue increíble. Una sensación deliciosa… oh, lo siento, no querría dar la impresión de que intento provocarle envidia, ni nada por el estilo, profesor… —se interrumpió de repente, avergonzada.
—No, no, sigue contándomelo. Me gustará recordar lo que es estar bajo una ducha caliente —pidió él—. Si me lo explicas con mucho detalle, quizá pueda llegar a sentirlo yo mismo también…
—¿De verdad? —dijo ella, vacilante—. Bueno, pues… he sentido el agua caer por mi cara, sobre mis párpados cerrados —explicó, cerrando los ojos como para rememorarlo mejor—, las gotas golpeando suavemente mis mejillas y mi nariz; he notado cómo empapaba mi pelo, cómo resbalaba por mi espalda y mis piernas, mientras mis pies chapoteaban en el fondo de la bañera… oh, la deliciosa sensación del agua recorriendo mi piel por entero, sin escatimar ningún rincón; limpiando toda la suciedad; llevándose en un instante por el desagüe todos los malos recuerdos, las frustraciones, los miedos… y todo sin prisa, sin querer acabar rápido porque el agua helada entumece los músculos; al contrario, la calidez de esa corriente continua me provocó maravillosos escalofríos en contraste con la baja temperatura del cuarto de baño. Pero no me importaba el aire frío. No me importaba nada…
Iliana abrió los ojos y miró a Snape, insegura sobre si se habría dejado llevar demasiado con su explicación pero, para su completo estupor, descubrió una diminuta sonrisa en sus labios.
—Tengo que admitir —dijo el hombre— que lo has descrito de una manera fascinante, casi… erótica.
La joven parpadeó, sorprendida y, sin poder evitarlo, soltó una risita.
—¿En serio? Me alegro de que le haya… gustado, profesor —murmuró, poniéndose colorada—. Es irónico, porque cuando era libre no era capaz de ducharme con agua fría, era completamente incapaz, incluso en pleno verano necesitaba que el agua saliera casi ardiendo, que abrasara mi piel. Es curioso como tendemos a dar por sentadas las cosas buenas, como si tuvieran que estar ahí por derecho y no pudieran cambiar nunca a peor.
—Sí, bueno, yo no podía dar clase si mi túnica tenía la más pequeña mancha o arruga. Y aquí me tienes, entre harapos mugrientos.
Iliana asintió con aire triste y le dio otro poco de comida.
—Es cierto, recuerdo que daba las clases vestido con una pulcritud extrema.
—Pero la mayor ironía de mi vida es que, en realidad, nunca he sido libre. Cuando era niño vivía sometido a mi padre; en mi adolescencia, cambié a un tirano por otro, alistándome en las filas del Lord; y poco después, no contento con eso, me busqué a otro tirano más para que me manipulara a su antojo: Albus Dumbledore.
—Oh… —exclamó Iliana, sorprendida. La joven nunca había oído a nadie llamar tirano a Dumbledore, pero ella no lo conocía lo bastante bien, ya que nunca fue llamada al despacho del director cuando era estudiante y sólo le había visto durante las comidas en el Gran Comedor. Para ella, Albus Dumbledore sólo había sido ese anciano entrañable y bastante excéntrico que daba los discursos en el Gran Comedor al inicio y al final de cada curso, pero estaba claro que había mucho más escondido bajo la superficie.
—Ahora estoy preso en las mazmorras donde he habitado durante media vida, añorando una libertad que para empezar nunca he tenido y sin poder escapar. Y lo peor de todo es que se podría decir que ahora soy más libre que nunca: no tengo ningún amo a quién obedecer, ninguna responsabilidad a mi cargo ni misiones que cumplir; ninguna fachada que mantener; nadie quiere ni espera nada de mí y mi único objetivo es sobrevivir. Quizás toda mi vida sólo haya sido el largo camino que me ha conducido aquí. Quizás este haya sido siempre mi destino y esta apestosa celda sea lo máximo a lo que yo pueda aspirar, lo único que merezco.
La joven sacudió la cabeza.
—Ese es un pensamiento horrible. Además, yo no creo en el destino ni en que todos obtenemos lo que nos merecemos —dijo Iliana, tajante.
—Ah, pero crees en la ironía, ¿no?
—Eso sí. —Sonrió—. Y también creo que la vida es cruel por sí misma y que tenemos que sacarle tanto partido como podamos, porque si no, ella no nos va a dar nada. Antes no era tan pesimista, ¿sabe? Pero la esclavitud ha cambiado mi manera de ver las cosas. Aún así, intento conservar la esperanza de que algún día todo pueda mejorar.
—Eres una pesimista optimista que cree en la ironía —resumió el hombre.
Iliana volvió a reír.
—Sí, supongo que eso me puede definir bastante bien —repuso y, recordando una cosa, acercó su cuello a la nariz del prisionero—. Por cierto, huela, profesor —dijo.
Snape aspiró fuerte bajo su oreja derecha.
—No te has perfumado —murmuró.
—No, tal como le prometí —contestó ella, sonriendo junto al rostro del hombre.
—Mmm… —volvió a aspirar él, cerrando los ojos un segundo—. Hueles a limpio y a dulce… y a la ducha caliente de ayer.
—¿En serio? —Sorprendida, la chica rió una vez más. ¿Cómo iba a oler a la ducha caliente del día anterior? Pero si el hombre quería disfrutar también de su ducha, como había hecho ella, Iliana no tenía ninguna objeción.
—Hacía mucho tiempo que no oía reír a nadie —comentó Snape—. Y, desde luego, no recuerdo ninguna ocasión en que yo fuera el causante de la risa. Aunque no es que me importe, tampoco. Siempre he odiado ser testigo de la felicidad de otros.
—Lo siento —dijo Iliana.
—No es necesario que te disculpes, contigo… —Se interrumpió y negó con la cabeza—. Además, tu risa no está siquiera causada por una gran alegría. ¿Sabes lo que siempre me ha parecido incomprensible? Eso que la gente llama "ataque de risa", ¿cómo puede alguien tener tantas ganas de reír que le resulta imposible contenerse?
—Oh, profesor, no puedo creer que nunca haya tenido un ataque de risa. ¿Ni siquiera cuando era pequeño? —Él negó con la cabeza y ella se sintió repentinamente triste—. Me gustaría tanto poder enseñarle lo que es… —dijo, y se quedó mirando sus ojos negros durante unos largos segundos, en silencio. Después se apartó de él para coger más comida y se le volvió a acercar, sin quitarle en ningún momento el brazo que había puesto sobre sus hombros para darle calor y hablándole muy cerca del rostro—. En fin, como le decía antes, el día ha sido raro, y no es sólo por la ducha y la conversación con el amo Malfoy. Cuando he llegado al harén esta mañana me he encontrado con que Violet, mi protegida, había tenido algunos problemas con las demás porque insistía en hablarles del exterior. En el harén, el exterior es equivalente al pasado, aunque las noticias fueran del día anterior, y el pasado es tabú. El caso es que nos ha contado algo extraordinario y que nadie quiere creer: que Harry Potter está vivo.
El hombre contuvo la respiración y la observó con intensidad. Iliana vio sus ojos negros refulgir con mucha más vida de la que le había visto desde que estaba allí y supo que, más que nunca, tenía toda su atención.
—Continúa —la instó.
—Dice que está vivo pero sumido en un hechizo y que no saben cómo despertarle. Que usted... que usted le lanzó un hechizo antes de que el Señor Tenebroso se volviera contra usted (todo el mundo cree que está usted muerto, profesor) y que nadie sabe de qué hechizo se trata ni cómo contrarrestarlo.
—¿El Señor Tenebroso no mató a Potter? —preguntó Snape.
—Le lanzó un avada kedavra y le dio por muerto, pero cuando sus amigos fueron a recuperar el cadáver, vieron que aún respiraba.
—Entonces funcionó… —murmuró el hombre para sí.
Iliana no supo si debía preguntar, pero le pudo la curiosidad.
—¿Qué hechizo le lanzó, profesor?
El prisionero la miró a los ojos, súbitamente suspicaz.
—¿Por qué quieres saberlo?
—Es sólo que me intriga, no conozco ningún hechizo que deje dormida a una persona sin que pueda despertar.
—¿Cómo has dicho que se llama la chica que os ha contado eso?
—Violet. Dice que es amiga del Chico-Que-Vivió.
—¡Mientes! No había ninguna Violet en el curso de Potter… Si lo que pretendes es engañarme para que...
—Oh, lo siento —se excusó Iliana, sacudiendo la cabeza, molesta por su torpeza—, ese es el nombre de servicio, en realidad se llama Hermione.
Snape apretó las mandíbulas unos segundos.
—¿Estás segura de lo que dices?
—Sí, claro.
—¿Hermione Granger?
—No conozco su apellido. ¿Por qué lo pregunta?
—¿No sabes quién es Hermione Granger?
—¿Debería?
—Quizá… ¿no conoces a los amigos de Potter?
La chica frunció el ceño, confusa.
—¿Sus amigos?
—Salieron en los diarios algunas veces.
—No solía leer la prensa —explicó—. La verdad es que siempre me decían que vivía en mi propio mundo, alejada de las noticias que sacudían la comunidad mágica, y que debería preocuparme más por saber lo que ocurría a mi alrededor, pero al final, "lo que ocurría a mi alrededor" cayó sobre mí como una losa cuando ya era demasiado tarde para buscar explicaciones en los periódicos.
—¿Insinúas que no sabías que había una guerra en marcha hasta que fue demasiado tarde?
—¡Oh, no! Eso claro que lo sabía, todo el mundo hablaba de la guerra; es sólo que no tenía interés en leer sobre ello; consideraba que lo importante llegaría a mis oídos de todos modos por los comentarios de la gente. Y en realidad, sigo defendiendo mi postura de entonces. ¿Qué hubiera ganado con leer las noticias? Nada habría cambiado y sólo me habría llenado de preocupaciones antes.
—De hecho, tienes razón. Al fin y al cabo, la prensa sólo publicaba lo que le interesaba al Ministerio: información errónea, falsas verdades y mentiras descaradas —concordó Snape y, tras una breve pausa, dijo—: Siento haber desconfiado de ti hace un momento.
—No tiene que disculparse. Lo entiendo. Créame que lo entiendo.
—Granger es la mejor amiga de Potter, junto con un Weasley —explicó Snape—. En el colegio iban siempre los tres juntos. Sin embargo, me pregunto por qué la habrán llevado al harén… según me explicaste, allí sólo admiten sangre-puras, ¿verdad?
Iliana asintió.
—Así es, ¿por qué?
—Granger es hija de muggles.
La joven abrió mucho los ojos, asustada.
—¡Merlín! ¿De verdad? ¡Si se enteran la matarán! —susurró, como temiendo decirlo en voz alta.
—Si la han enviado al harén es porque no saben quién es, pero te aseguro que cuando descubran su identidad, ser hija de muggles será el menor de sus problemas.
—¿Qué podemos hacer?
—¿Disculpa?
—No podemos dejar que la maten… o peor.
—Por si no te has dado cuenta, yo ya estoy en esa situación de "algo peor", y desde aquí, y sin una varita, no puedo hacer nada para arreglar mis circunstancias ni las de nadie más.
Iliana sacudió la cabeza.
—Oh, lo siento, profesor, no quería decir eso, es sólo que me gustaría poder hacer algo para evitar que la descubran.
—Yo de ti no me implicaría demasiado. La situación de Granger es de lo más precaria si por el castillo deambulan sujetos como Malfoy. Él la conoce bien y su hijo aún más. ¿Está también Draco en el castillo?
—¿Su hijo? ¿El joven rubio de la foto? No, no le he visto nunca.
—¿Goyle?
—Sí, ese solicita muchas veces a las chicas del harén.
—¿Padre o hijo?
—El padre. Algunas veces su hijo también pide alguna chica, pero creo que él no está casi nunca por aquí. Desde que yo estoy sólo lo he visto una vez en la Fortaleza.
—Bien, pues si Goyle hijo, alguno de los Malfoy o… Merlín no lo quiera, Bellatrix Lestrange se tropiezan con ella alguna vez, puedes darla por muerta. Y eso, sin contar a los ex alumnos de Hogwarts que se hayan unido a los mortífagos desde que estoy encerrado.
—¡Merlín! —susurró Iliana, horrorizada.
—Más vale que te prepares para la posibilidad de que la descubran, porque es más que probable que ocurra tarde o temprano, y no hay nada que puedas hacer para remediarlo.
Sin dejar de alimentar al hombre, Iliana se sumió en sus pensamientos, calculando las posibilidades de que no descubriesen a su protegida y descorazonándose al darse cuenta de que eran realmente escasas.
OoOoOoO
Después de que Iliana se marchara, de nuevo sumido en la oscuridad, Snape intentó rememorar el olor de la piel de la joven. Hacía años que no olía nada tan delicioso.
El calor de su cuerpo y el tacto delicado de sus manos eran otros de sus recuerdos favoritos en las largas y tortuosas horas de soledad, y también el sonido de su voz y la manera respetuosa que tenía de dirigirse a él, llamándole todavía "profesor", cuando el título más amable que había recibido desde su encierro era "pedazo de mierda".
A pesar de que los primeros días no habló con ella, desde que Iliana bajaba a alimentarle, casi todo el tiempo lo pasaba pensando en ella y deseando que volviera a aparecer por la puerta. Le consternaba darse cuenta de lo mucho que había llegado a depender de aquellas pequeñas cosas: su breve pero luminosa compañía, su conversación intrascendente que casi le hacía olvidar dónde estaba y que en su antigua vida como profesor de pociones lo hubiera desquiciado por completo, su constante preocupación por él... pero, en realidad, ¿qué otra cosa le quedaba? ¿Cómo no iba a aferrarse a ello como un náufrago a una tabla cuando había estado a punto de ceder a la locura en más de una ocasión?
Las mujeres que le alimentaron antes que ella aborrecían la tarea, le aborrecían a él, a la fétida celda en la que se pudría y a la asquerosa comida que le traían, por lo que no solían hablarle si no era para insultarle o para quejarse de su suerte. Y no es que le molestase; el desprecio de la gente era una constante en su vida, así que no le suponía ninguna novedad. Él se había limitado siempre a guardar silencio y a considerar el momento de la comida como una simple y bienvenida interrupción del insoportable vacío de las horas.
Pero ahora era distinto. Iliana –Sandra, su nombre real era Sandra– había llenado sus días de joviales charlas –incluso aunque los encuentros durasen una sola hora, le cundían para el día entero–, de agradables fragancias, de deliciosas sensaciones que le hacían sentir vivo de nuevo. Había llevado vida a aquel lugar de muerte.
En otra época hubiera desdeñado sin dudarlo aquellas atenciones y hubiera hecho cuanto estuviera en su mano por apartar a la mujer de su lado. Estaba centrado en su misión de proteger a Potter y eso era lo único que le importaba, cualquier cosa que amenazase con hacer su existencia más llevadera tenía que ser alejada de inmediato. Era una de las normas que seguía a rajatabla para cumplir la penitencia de la que se sabía merecedor a cuenta de sus pecados. Por eso había acogido casi con gusto que cada nueva misión fuera más peligrosa que la anterior, que cada nuevo encargo le pusiera las cosas más difíciles, más incómodas. No es que tuviera tendencias masoquistas, sólo una voraz necesidad de expiación.
Pero había estado seguro de que el desenlace se produciría en la batalla final, que Potter acabaría con el Lord y él moriría en cualquier momento del combate, pudiendo descansar al fin de su vida miserable. Eso era lo que le había mantenido con fuerzas para seguir adelante, la promesa de un punto final. ¿Cómo pudo ir todo tan horriblemente mal? En vez de morir había sido enterrado en vida, confinado al infierno particular que le había regalado el Lord.
Se había vuelto débil, lo sabía, antaño no hubiera aceptado la bondad de nadie sin rebelarse con todas sus fuerzas, pero cada cosa que hacía Iliana la ejecutaba con tanta naturalidad –como el impulso de abrazarle para darle calor con su cuerpo desde el primer día que bajó allí–, que conseguía que pareciese lógico e incuestionable, como si dejarse atender por ella fuese tan cotidiano como recibir los cuidados de una enfermera o de una madre. Además, ahora todo era distinto. En las circunstancias en que se encontraba, no se sentía con ganas de recuperar su despiadado sarcasmo y estropear la única cosa buena de la que podía disfrutar, la única persona que había demostrado genuino interés por su bienestar desde... bueno, quizás desde siempre, en realidad. Aquella joven era lo único que tenía y pensaba aferrarse a ella con uñas y dientes.
Su larga y tortuosa experiencia como espía, sin embargo, le volvía desconfiado y le exigía que no bajase nunca del todo la guardia, por eso había creído que Iliana intentaba engañarle para sonsacarle información cuando le preguntó por el hechizo que le había lanzado a Harry, y también cuando dijo no conocer el nombre de Hermione Granger, que había aparecido en la prensa por estar en busca y captura por los mortífagos; pero cuando Iliana se explicó le pareció sincera y, de todos modos, necesitaba tanto su compañía que lo cierto era que no le importaba demasiado. Finalmente, creía haber pagado con creces todas sus deudas y ya no tenía que demostrarle nada a nadie. De hecho, todos le creían muerto y eso era, en cierto sentido, liberador. Así que tenía intención de sacarle el máximo partido posible. Nadie le observaba, nadie le juzgaba y, si podía esperar tener un poco de suerte por una vez en la vida, nadie se lo iba a impedir.
OoOoOoO
Los días que siguieron, Iliana se dedicó a enseñarle a Violet todo lo que debía conocer del harén y de sus nuevas compañeras. La joven se iba adaptando poco a poco a la vida dura de aquel lugar. Había sido muy requerida por los mortífagos, al ser lo que ellos llamaban "mercancía fresca" pero, por suerte, no había solicitado sus servicios nadie que la conociera.
A Iliana no la inquietaba que la llamase Malfoy, porque sabía que siempre pedía a Erin y Famke –aunque últimamente la buscaba a ella casi cada tarde, en detrimento de sus habituales, que la miraban con aire acusador, ya que lo preferían a él, por sus modales más delicados, a la brutalidad de la mayoría de mortífagos–, pero temía que se cruzase con Bellatrix Lestrange, a pesar de que hacía casi una semana que no se la veía por la fortaleza. Iliana imaginaba que estaría ocupada en alguna cacería masiva de muggles. La amenaza más acuciante aquellos días, sin embargo, era Goyle hijo, que en cualquier momento podía aparecer queriendo probar a la chica nueva, como efectivamente ocurrió una tarde a principios del siguiente mes.
Aunque el joven no solía visitar la Fortaleza, estaba pasando unos días allí, y una de las primeras cosas que hizo fue reclamar lo mejor del harén, la chica nueva incluida. Cuando Iliana se enteró, le dijo a Violet que fingiera estar enferma y, aprovechando que Goyle tampoco la conocía a ella, se presentó voluntaria para sustituirla.
Goyle no se enteró del cambiazo y se dio por satisfecho, y tanto Iliana como Hermione pudieron respirar tranquilas; al menos, por aquella ocasión. Ambas prefirieron no pensar en la posibilidad de que el joven se diese cuenta de que en el harén seguía habiendo una mujer a la que no había probado aún.
Por otro lado, Violet le explicó a Iliana más detalles de cuando fue capturada, como que los mortífagos no llegaron a conocer su identidad porque, cuando los atraparon, el chico que la acompañaba -y que debía ser más que un simple amigo, por cómo hablaba de él- les dio unos nombres falsos, de modo que para ellos se llamaba Lavender Brown y era sangre pura. También le explicó que cuando se la llevaron prisionera, a él lo asesinaron, pero Iliana no se atrevió a preguntarle nada más, porque cada vez que hablaba de ello, la joven se alteraba mucho y acababa llorando; y por las noches se depertaba gritando siempre el mismo nombre: Ron.
Una mañana, a Iliana se le ocurrió guardarse una pequeña mandarina del desayuno para bajársela a Snape y, dado que las túnicas que llevaban las mujeres eran cortas, entalladas y sin bolsillos, se la escondió en el escote, tapada muy precariamente por la tela, oscura, pero traslúcida, que cubría el valle entre sus senos. Se estudió en el espejo del aseo para ver si se notaba. Poco convencida de la eficacia de aquel escondite, estaba a punto de quitársela y dejarlo estar cuando entró Nadine y ya no tuvo posibilidad hacerlo sin que ella se diera cuenta.
—El centinela te busca —la informó.
—Gracias —contestó, y las dos salieron juntas del aseo.
Iliana se dirigió a la entrada de los calabozos con un nudo en el estómago. Se maldijo por ser tan imprudente, la mandarina era demasiado grande para pasar desapercibida y estaba segura de que la iban a descubrir. Sin embargo, el carcelero ni siquiera la miró. Le entregó la bandeja de la comida y una palangana con un paño y dijo, con una sonrisa torcida:
—Me han dicho que te dé esto para que asees al prisionero. Tienes veinte minutos más para hacerlo todo. Qué suerte la tuya.
Y le franqueó el paso para dejarla entrar.
Bajó las escaleras todavía sin respirar y sólo cuando llegó a la celda de Snape se permitió dar rienda suelta a su alivio con un prolongado suspiro. Iliana se adentró en la luz mortecina con una alegría que no había experimentado desde que los mortífagos la capturasen meses atrás: además de la mandarina que le llevaba al profesor, podría por fin asearle como era debido. La petición que le había hecho al amo Malfoy había sido escuchada. Mientras depositaba la bandeja y la palangana en el suelo dijo, entusiasmada:
—Hoy tengo algo importante que contarle, profesor, y además le he traído un regalo y una sorpresa.
Se sacó la mandarina del escote y se la enseñó al hombre, pero entonces se dio cuenta de algo que le heló la sonrisa en el rostro. Snape estaba cubierto de heridas nuevas y sangrantes: cortes profundos, contusiones y quemaduras poblaban todo su cuerpo. Iliana se quedó petrificada, no supo qué hacer ni cómo reaccionar.
—He tenido visita —murmuró el hombre, con voz ronca y rota, posiblemente por los gritos—. El Señor Oscuro no quiere que me olvide de él y suele honrarme con su presencia de vez en cuando. —Iliana seguía muy quieta, incapaz de moverse, y Snape volvió a hablar—. Sandra, necesito que hagas algo por mí. —Registrando vagamente que la había llamado por su nombre real, lo que significaba que se acordaba de cuando le daba clases en la escuela, Iliana asintió con la cabeza—. Necesito que me coloques bien el hombro, está dislocado.
—¿Qué? —dijo entonces, parpadeando sorprendida—. No puedo… no tengo varita.
—Vas a tener que hacerlo sin magia. Tienes que golpear mi hombro con todas tus fuerzas contra la pared.
—¡¿Qué?! ¡No, no puedo hacer eso! ¡No sabré hacerlo y le haré daño!
—No será peor que el dolor que siento ahora. Me está volviendo loco. Por favor.
—Merlín, no… no me pida eso, se lo ruego, lo voy a hacer mal, le romperé algo…
—Sandra, escúchame, no hay nadie más a quien pueda pedírselo. El hombro es una agonía continua, necesito que me lo coloques en su sitio, no puedo soportarlo.
Iliana aspiró profundamente.
—Está bien... ¿cómo lo hago?
Snape le indicó desde qué ángulo debía empujar; ella tragó saliva y, sujetando su hombro, lo golpeó contra el muro de piedra tan fuerte como pudo. El hombre cerró los ojos y dejó escapar un grito entre los dientes apretados.
—¿Ha… ha funcionado? —preguntó la joven, temblando como una hoja; dudaba mucho que pudiera repetirlo si no había salido bien la primera vez. El hombre asintió, completamente lívido, soltó un pequeño jadeo y abrió los ojos para mirarla. Tras unos segundos, se dio cuenta de que Iliana estaba llorando— L-lo siento… —murmuró ella, avergonzada—. Soy una estúpida, usted está… así… y soy yo la que llora. Pero es que… es que… le había traído esto —dijo, señalando la mandarina—, y-y me habían dado una palangana para que le aseara, y me sentía feliz, y ahora… ahora usted está… está… —se le escapó un sollozo angustiado y sacudió la cabeza con fuerza—. Lo siento —repitió, cabizbaja, y, cogiendo el paño que le habían entregado, lo hundió en el agua y empezó a limpiar las heridas del hombre con muchísimo cuidado.
Se dedicó a esa tarea en silencio durante unos minutos, conteniendo por fin las lágrimas, pero sin poder evitar el profundo desconsuelo que se apoderó de ella cuando se dio cuenta de que una mandarina y un poco de agua limpia no cambiaban nada. Que ni su vida ni la de su ex profesor tendrían ningún valor mientras los mortífagos pudieran hacer con ellos lo que se les antojara.
—No hagas eso —susurró Snape, haciendo que la joven le mirase a los ojos—, no estés tan callada. Me gusta escucharte, hay demasiado silencio el resto del día.
Iliana se mordió el labio inferior. Había perdido las ganas de hablar al verle en aquel estado; de hecho, todo su buen humor se había hundido en un pozo de desesperanza, pero quiso complacer al hombre, de modo que le relató lo ocurrido con Goyle y la suerte que habían tenido Violet y ella de que hubiera funcionado su plan.
Cuando acabó de limpiar al fin las heridas del hombre, empezó a darle de comer. De pronto, Snape tuvo un escalofrío e Iliana recordó que no le había dado su calor.
—Oh, discúlpeme, profesor —dijo. Puso la bandeja de la comida en otro lado para que le quedase más a mano y rodeó al hombre con sus brazos, pero no llegó a tocarle—. No… no sé cómo darle calor sin hacerle daño, con tantas heridas…
De pronto Iliana se puso en pie, se quitó la túnica, quedando en ropa interior, y se la puso a él por encima como pudo, teniendo en cuenta que con las cadenas que lo sujetaban era imposible colocársela mejor. Entonces se volvió a agachar junto a él y, con infinita delicadeza, envolvió el gélido cuerpo con el suyo sin hacer ninguna presión, sólo rozándolo ligeramente. Snape soltó un pequeñísimo suspiro y ella le apretó un poco más contra sí.
—¿Está bien así? ¿No le hago daño?
Snape no contestó, sólo inclinó un poco la cabeza para aspirar el aroma del cuello de la joven, que prosiguió la tarea de darle la comida. Cuando el plato estuvo vacío, cogió mecánicamente la mandarina y la empezó a pelar.
—Mmm… —murmuró Snape, sin poder evitarlo.
—Huele bien, ¿verdad? —dijo Iliana, llevando la fruta a la nariz del hombre—. Admito que he estado a punto de dejarla porque tenía miedo de que me descubriesen bajándola —explicó, separando los gajos y dándoselos uno a uno para que le durasen más—, pero he tenido suerte, el carcelero ni siquiera me ha mirado. ¿Le gusta la fruta, profesor?
—A día de hoy me gusta cualquier cosa que se pueda comer —contestó con voz esforzada.
Iliana asintió. Cuando se acabó la mandarina no supo qué hacer con los trozos de piel, así que los puso dentro de sus zapatos.
—Al menos no molestarán demasiado al andar —dijo. Se olió los dedos y sonrió levemente—. Huelen a mandarina. —Los acercó al rostro del hombre, que los olió también—. Hubiera querido asearle un poco, profesor —recordó con pesar—, pero he usado el agua limpia de la palanga…
Se quedó muda de asombro al mirar hacia la palangana y ver que el agua y el paño que había dentro estaban nuevamente limpios y sin rastro de sangre.
—¡Vaya! ¡La palangana estaba hechizada! ¿Quién lo hubiera dicho? Todavía puedo asearle —exclamó y cogió el paño de inmediato para ponerse manos a la obra.
Cuando quiso lavarle la espalda, le pidió que se echara hacia delante y Snape se movió un poco y estiró los encadenados brazos hacia atrás para dejarle espacio de maniobra.
—¿Así? —preguntó, con una mueca de dolor.
—Oh, lo siento, profesor, el cambio de postura debe de resultarle doloroso por las heridas —murmuró, compungida, afanándose con la espalda del hombre para ir lo más rápido posible—. Y también por la inmovilidad. Tal como está encadenado apenas si puede ponerse en pie. Es… es tan espantoso que le tengan aquí en estas condiciones… —De pronto se le ocurrió una idea—. ¡Pero yo puedo ayudarle! En el harén tenemos unos ungüentos revitalizantes para dar más firmeza a los músculos y evitar los calambres, podría embadurnarme las manos con ellos antes de bajar aquí y untarle los brazos y las piernas con él. Y si pudiese hacer algo de ejercicio… no sé, probar a levantarse y sentarse varias veces seguidas, o estirar y encoger las piernas… ya sé que no es mucho lo que puede hacer así encadenado, pero quizá con ese poco sea suficiente para que en breve vuelva a estar tan en forma como antes.
—¿Para qué? —preguntó él, con acritud—. Aquí encerrado eso no importa. Si pudiera escapar, sería diferente.
—¿Escapar? —Iliana le miró a los ojos, temerosa—. ¿Cree que hay alguna posibilidad?
El hombre tardó en contestar, pero le sostuvo la mirada, inalterable.
—A estas alturas, no tengo otra opción que creerlo, sino más me vale dejarme morir de una puta vez. Tú podrías ayudarme con eso: podrías taparme la nariz y la boca hasta que dejase de respirar, sería sencillo y nadie sabría que lo has hecho tú, pensarían que me falló el corazón o algo por el estilo.
La joven se echó hacia atrás, horrorizada.
—¡No se le ocurra volver a proponer algo así! ¡Nunca! ¿Me oye? No pienso hacerlo, no voy a matarle, de ninguna manera… no… no podría. ¡No quiero! Usted es un héroe… un…
—Un puto prisionero es lo que soy —la atajó—. Y aunque eso no es novedad para mí, estoy llegando al límite de lo que puedo soportar a cada nueva visita del Lord. Necesito que esto acabe, de una manera o de otra, y te aseguro que me da lo mismo cuál sea.
La barbilla de Iliana empezó a temblar, pero cerró los ojos y se obligó a mantener la compostura.
—Entonces encontraré la forma de sacarle de aquí —dijo, con toda la serenidad que pudo reunir.
Y, sin decir nada más, siguió con su labor de limpieza, ambos sumidos en un meditabundo silencio.
