Epílogo

Doce fuera de casa

―Hola, pequeños, ¿queréis ir a ver la cabina mando del avión? ―una amable azafata se acercó a los dos niños que se encontraban sentados uno al lado del otro.

―Ellos no lo sé, señorita, pero a mí me gustaría mucho.

La amable azafata se quedó muda al ver que un hombre de unos sesenta años pedía visitar la cabina.

―Papá… ―dijo su hijo, con voz incrédula.

―Arthur, por favor ―señaló, por su parte, la esposa.

―Esto… no se preocupen, usted también puede venir ―contestó la azafata al final, recuperando su agradable sonrisa.

―¿Habéis oído, niños? ¡Andando!

Arthur Weasley instó a sus dos nietos a que siguieran a la azafata, hasta perderse tras una cortina. Ron Weasley, por su parte, miraba preocupado a su padre.

―Tranquilo, Rose sabrá controlarlo ―le tranquilizó su esposa Hermione.

Parecía raro que una niña de tan sólo once años pudiese evitar que un mago que rondaba los sesenta pudiese evitar que este armase un escándalo en un avión de pasajeros, pero Ron y Hermione Weasley tenían plena confianza en su primogénita. Había crecido aprendiendo tanto cosas referentes al mundo muggle como al mágico.

Detrás de ellos se oía un gemido lastimero. Ron se dio la vuelta para poder ver a su madre.

―¿Cómo vas, mamá? Ya te dije que vosotros podíais ir en transporte… del otro tipo.

―Lo sé, Ron, lo sé, pero tu padre insistió tanto…

La familia Weasley, casi al completo, viajaba a Australia para visitar a los padres de Hermione. Lo que en principio iba a ser un simple viaje de Ron y Hermione, con sus hijos Rose y Hugo, pronto se convirtió en algo mayor. Los señores Granger habían insistido en que los padres de Ron fuesen también, ya que el señor Granger quería volver a encontrarse y charlar con el viejo Arthur, como solía llamarle a menudo. Ni Ron ni Hermione alcanzaban todavía a entender cómo de los padres habían ido pasando también a otros miembros de la familia. Ron echó un vistazo general. También venían Harry y Ginny, con sus hijos, así como también Bill, con la familia al completo, y también Charlie. No todos venían, obviamente. La señora Weasley ya había dejado en claro que no quería abusar de la confianza de los Granger.

Ron se recostó en su asiento.

―¿Nerviosa? ―preguntó a su esposa, que había estado más callada de lo normal desde que habían salido de casa aquella mañana.

―¿Quién? ¿Yo? No, claro que no.

―Vale, entonces deja de apretar con fuerza ese folleto informativo.

Hermione soltó el papel mientras reía por lo bajo.

―Lo siento.

―¿Qué te preocupa?

―Nada, es sólo que… Es el hecho de viajar para ver a mis padres. Después de todos estos años, confiaba en que se volviese algo natural, pero supongo que una parte de mí…

―No puedes evitar que una parte de ti lo eche de menos, o quiere que vuelva a Inglaterra. Pero ya llevan allí como doce años.

―Tienes razón, no debería preocuparme por estas cosas. Gracias, Ron.

El hombre sonrió y besó a su esposa en los labios. Hermione le miró entonces y vio lo mucho que había cambiado. A su mente vino la primera vez que viajaron en avión, con la firme idea de devolver la memoria a los padres de Hermione. Desde aquel entonces, todo había cambiado. Los señores Granger habían recuperado la memoria, sí, aunque de una forma que nadie esperaba. Y cuando Hermione creía que sus padres volverían a Inglaterra, estos decidieron permanecer en Australia. Había sido difícil, sí, pero ahora los Granger, los Wilkins para las autoridades y amistades australianas, ya estaban perfectamente afincados.

Y Ron… Ya era otro Ron. Un Ron que ya no se asustaba por viajar en un gran aparato muggle volador que, aunque aún no comprendía cómo podía alzar el vuelo sin magia, para él ya resultaba lo más normal del mundo. A fin de cuentas, habían ido a visitar a sus padres durante todos los veranos y, aunque solían ir por medios mágicos, nunca abandonaban la opción de viajar en avión.

Al rato, el señor Weasley volvió con sus dos nietos.

―¿Qué tal ha ido? Espero que os hayáis portado bien y no molestado a los señores pilotos ―dijo la señora Weasley.

―Oh, tranquila, Molly, los niños se han portado bien ―aseguró el señor Weasley.

―Lo cierto es que os lo preguntaba a todos, Arthur. Confío en que no hayas a los pilotos preguntas indiscretas que tengan que ver con, ya sabes… la magia ―Esto último lo dijo en voz muy baja. Al viajar en un medio de transporte muggle, era normal que tuviesen cuidado de no hablar de ciertas cosas, aunque, como habían podido comprobar, los muggles iban siempre muy ajetreados, de aquí para allá. Ni siquiera reparaban en aquella comitiva que formaba la familia Weasley.

―Tranquila, abuela, todos nos hemos portado bien. Y mirad, el señor piloto nos ha dado un avión de juguete a cada uno ―contestó Rose mientras enseñaba una pequeña miniatura del avión en el que viajaban. Hugo y el señor Weasley llevaban las suyas respectivas.

―Son muy bonitas, cariño. Perdonad, voy un momento al baño. Va a ser muy raro, un baño aquí…

La señora Weasley fue hasta uno de los aseos. Al instante, fue seguido por su marido, que abrió la puerta con un hechizo y entró también.

―Arthur, ¿qué haces aquí?

―Verás, Molly, esto es algo que he visto en las películas sobre aviones que Hermione me estuvo enseñando días antes. Y Ron me dijo que los muggles sienten una imperiosa necesidad de ir en pareja a estos aseos, en pleno vuelo. Simplemente quería comprobar qué se siente… Un poco estrecho, ¿no crees?

―Arthur… hay veces que pareces un niño pequeño. O un adolescente. Eso depende de la situación. Anda, sal…

―Oye, es cierto que es muy estrecho ―rodeó a su mujer por la cintura.

―No me puedo creer que estés haciendo esto…

De repente, alguien abrió la puerta. Ron los miraba con incredulidad.

―Hijo… Está ocupado.

―¿Os creéis que nací ayer? Papá, ya te dije que podíamos volar en avión siempre y cuando nadie montase un escándalo. Vuelve a tu sitio, por favor.

El señor Weasley obedeció y volvió a su asiento, cabizbajo, entre miradas divertidas de la mayor parte de la familia.

Horas después, aterrizaban en el aeropuerto internacional Kingsford Smith y, al rato, ya estaban instalados en el hogar de los Granger. Nada más dejar las maletas, el señor Granger consideró que lo primero que podían hacer era ir a la playa, a practicar surf. Tiempo después, la mayoría de ellos estaban montados sobre tablas, flotando en el agua: el señor Granger, Ron, sus hijos, Harry y los suyos, Bill, Charlie… Y el señor Weasley, por supuesto.

―Niños, no os alejéis demasiado, que puede ser peligroso ―avisó el señor Granger ―. Rose, Hugo, fijaos bien en vuestro padre, que es todo un experto en esto.

Ron enrojeció, pero se dispuso a coger una de las olas, cosa que hizo perfectamente. Sus hijos lo vitorearon mientras que los jóvenes Potter se preguntaban por qué su padre no era tan buen surfista como su tío.

―Chicos, no se puede ser todo en esta vida ―confesó Harry mientras sonreía al ver cómo su mejor amigo dominaba las olas.

Al rato, todos salieron del agua, excepto el señor Granger y Rose, que habían preferido quedarse un rato más para contemplar la puesta de sol.

―¿Qué te preocupa, pequeña Rosie?

Rose se mostró sorprendida.

―¿Por qué crees que estoy preocupada, abuelo? ―preguntó ella.

―Estás más callada de lo normal. Y tú siempre has sido muy habladora. Como tu madre, y ella siempre está callada cuando algo le reconcome la cabeza. Anda, cuéntaselo a tu abuelo no mágico.

Se rió, pero a Rose nunca le hacía gracia que su abuelo dijese eso. Quería a sus abuelos por igual, ya que la magia no era lo que marcaba la diferencia. A decir verdad, el abuelo Granger mostraba siempre cierto interés y deseo por saber hacer magia, mientras que el abuelo Weasley soñaba con todo lo que tenía que ver con los muggles. Si tuvieran la posibilidad de cambiarse de vida, posiblemente seguirían siendo igual de felices de cómo lo eran ahora.

―Estoy nerviosa, abuelo. En septiembre empezaré en Hogwarts.

―¿Y eso es lo que te preocupa, cariño? Pero si será una gran experiencia para ti, estoy seguro.

―Es que… no sé. Nunca he tenido muchos amigos, ¿y si no encajo?

―¿Sabes? Esta misma conversación tuve con tu madre cuando ella tenía tu edad y estaba en la situación en la que te encuentras ahora. Para todos fue una sorpresa saber que ella era bruja, y aunque le hacía ilusión ir, también tenía miedo, mucho miedo.

―¿Y qué le pasó?

―A los dos meses nos escribió, ilusionada, diciendo que había hecho dos amigos, aquellos que ahora son tu padre y tu tío Harry. No tienes por qué preocuparte de no encajar el primer día en la escuela, cielo, a muchos nos pasa. Y no olvides que no estarás sola, como le pasó a tu madre, sino que tendrás a tu lado a tus primos. Además, eres hija de tus padres, seguro que no pasas desapercibida en absoluto.

―¿Qué quieres decir? ―preguntó ella, extrañada.

El señor Granger sintió que había metido la pata. Por supuesto, ninguno de los hijos de Hermione, Ron y Harry sabían de la fama que, según tenían entendido los señores Granger, gozaban los tres. Había sido deseo expreso del joven Potter, secundado por sus amigos, que sus hijos crecieran como niños normales, ajenos a la atención de miradas indiscretas. A fin de cuentas, ya irían creciendo y descubriendo las razones por las que sus padres eran famosos. De hecho, le constaba que James, el primogénito de Harry, ya lo sabía todo, pero había jurado a sus padres que nada diría a sus primos pequeños.

―Nada, cariño, nada, estaba pensando en otra cosa. Vamos, empieza a anochecer y tu abuela ha preparado una cena para todos.

Decir que una sola persona había preparado toda una cena para tanta gente era decir demasiado. La señora Granger había recibido ayuda mágica, por supuesto, pero aquella noche la cocina estuvo dirigida solamente por ella.

Tras una copiosa cena, unos fueron a dormir y otros permanecieron todavía levantados, disfrutando de la noche australiana. Parte de la familia se hospedó en la casa en la que Ron y Hermione se habían establecido la primera vez que llegaron a Sidney, de igual manera que habían hecho todos los veranos que habían ido a visitar a los Granger.

Hermione se encontraba sentada en el porche de la casa, en silencio, pensativa.

―¿Hermione?

―Hola, papá. ¿Qué haces aún levantado?

―Me gusta estar despierto hasta tarde. Además, con toda la gente que hay hoy no quiero irme a dormir, por si alguien necesita ayuda. Aunque tratándose de magos, no creo que me necesiten mucho. ¿Y tú, qué haces todavía despierta?

―No podía dormir.

El señor Granger sonrió.

―¿Nerviosa por algo? Parece que hoy es algo común. Rose también está nerviosa.

―¿Por qué? ―quiso saber ella.

―Porque pronto empezará Hogwarts. Y a mí me ha recordado a cierta niña que hace años, a su edad, tenía sus mismos miedos.

―Es una niña excepcional, pero confiaba en que hubiese heredado el don de gentes de su padre.

―¿Y es malo que no lo haya hecho? Bueno, esto que digo no es para despreciar a Ron, que es un gran hombre, pero al menos ha heredado la gran inteligencia de su madre.

Hermione sonrió y se apoyó la cabeza sobre el hombro de su padre, quien pasó un brazo para acurrucar a su hija.

―Gracias, papá.

―No hay de qué hija. Y ahora dime, ¿qué te preocupa?

―No es nada, es sólo que… son estas fechas, nada más. Supongo que una pequeña parte de mí siempre querrá que mamá y tú volváis a casa. Pero en fin, sé que esta es vuestra casa.

―Cariño, tu madre y yo siempre soñaremos con volver un día a Inglaterra, no es como si queramos quedarnos aquí para siempre. Nos gusta esto, amamos este lugar y siempre hemos soñado con vivir aquí. Es simplemente que ya nada nos ata a Inglaterra. Sí, te tenemos a ti y a nuestros nietos, pero no es algo que no se pueda resolver con vuestra magia. Pero quien sabe, cualquier día haremos las maletas y… volveremos. Aunque tendrás que convencer a tu marido, a él le encanta el surf ―Los dos rieron ―. Cariño, con el tiempo te darás cuenta de que… estemos donde estemos eso será lo de menos. Lo importante será que podamos estar juntos.

Hermione siguió acurrucada junto a su padre.

―Eres un gran hombre, papá. Me alegro de que seas mi padre. Y me alegro de que Rose y Hugo te tengan como abuelo.

―Y yo me alegro por vosotros, cariño. Me alegra ver que sois felices.

Permanecieron así durante horas y horas, hasta que se quedaron dormidos y despertaron al día siguiente, día en el que continuaron con sus planes junto a la familia, con sus alegrías e inquietudes, tratando de disfrutar cada momento juntos, como si cada uno fuese el último.

Y de esta historia poco más se puede decir. La familia Weasley volvió con un poco de tristeza a Inglaterra, porque aquel lugar era mágico, o debía guardar algo de magia. Y los Granger también sentían algo de tristeza, como habían hecho siempre en el momento de las despedidas. Y por años así permanecieron las cosas, a veces yendo los Weasley a Australia, a veces volviendo los Granger a Inglaterra, pero siempre rencontrándose en absoluta felicidad. Y con el tiempo, como aprendió y admitió Hermione, la cuestión de dónde vivir, querer quedarse en un sitio o no, volver a Inglaterra o no… perdió todo su significado y dejó de ser el mayor de los problemas. La cuestión era esa, tal y como había dicho su padre: poder estar siempre juntos.

FIN


Y hasta aquí, después de varios meses, hemos llegado. Han pasado unos meses sin que haya continuado con la historia, dejándola justo en el final, pero me alegro de haberla podido terminar a tiempo, y espero que os haya gustado (si habéis logrado llegar hasta aquí).

Doce fuera de casa (Cheaper by the dozen 2) es una película de Adam Shankman protagonizada por Steve Martin que narra las vacaciones de la familia Baker, compuesta por nada más y nada menos que doce miembros. No me he puesto a contar a todos los Weasley que van a Australia, pero vamos, es de ese estilo.