Hola, chicas. Nuevo fin de semana, nuevo capítulo. Espero que os guste.
Muchas gracias por leerme y muchas y especiales gracias a quienes me habéis dejado vuestro comentario: Snape's Snake, Diggea, GabrielleRickmanSnape y MoonyMarauderGirl.
OoOoOoO
Capítulo 6
Una semana más tarde, Snape ya estaba recuperado casi por completo de sus heridas. Iliana, que cada día le untaba un ungüento para ayudar a cicatrizar, estaba asombrada por aquella rapidez hasta que él le explicó que el Lord se aseguraba de que los daños sanasen con facilidad porque no quería arriesgarse a que una burda infección le privase de su juguete favorito.
Al ex profesor le preocupaba un poco comprobar hasta qué punto se habían derrumbado sus defensas: participaba a menudo en la conversación de la chica e incluso le hablaba de sí mismo, compartía con ella sus pensamientos y emociones, como cuando le había mencionado a su padre o cuando le explicó lo de su servidumbre simultánea a dos amos. Aunque lo cierto era que no se arrepentía de abrirse un poco ante ella. En la situación en la que se encontraba, ya no tenía nada que perder. Además, por una vez alguien se preocupaba por su bienestar sin tener ningún motivo oculto para hacerlo y él acogía de buen grado aquellas atenciones. Incluso, aunque desde luego hubiera preferido asearse él mismo, cosa que le resultaba imposible debido al corto alcance de las cadenas, por algún motivo no se sentía humillado ni avergonzado cuando la joven aseaba concienzudamente todo su cuerpo, incluidas las partes íntimas. Pero es que la forma de proceder de la muchacha, sin mostrar el más mínimo azoramiento o repugnancia, lograba que resultara casi natural, como una medibruja atendiendo a su paciente.
Iliana, por su parte, había llegado a atesorar aquellas visitas diarias al calabozo de tal manera que representaban su momento favorito del día. El profesor no había vuelto a hablar de huir y ella tampoco quiso mencionar el tema, porque en el fondo era absurdo planear nada cuando no tenían ninguna posibilidad de llevarlo a la práctica. No podía engañarse, entre los dos hacían un pobrísimo equipo para enfrentarse a una fortaleza infestada de mortífagos, por lo que se limitaba a seguir adelante lo mejor que podía.
Una mañana se llevó un pequeño susto cuando fue a llevarle la comida al prisionero. Se había guardado una pequeña mandarina en el escote para él, pero aquel día había un carcelero nuevo que, al verla, se permitió el lujo de sobarle los pechos mientras le echaba su fétido aliento a la cara y, temerosa de que descubriera la pieza de fruta, le dio una bofetada. Enseguida se quedó blanca como el papel. "Estoy muerta", pensó. Durante unos larguísimos segundos, tanto ella como el hombre se quedaron mirando sin mover ni un músculo. De pronto, él la rodeó con sus brazos y le apretó las nalgas con fuerza.
—Vaya, eres toda una tigresa, eso me gusta —dijo él entonces, exhibiendo una putrefacta sonrisa, y el cuerpo de Iliana se relajó un tanto. "Parece que a éste le van las que se lo ponen difícil", pensó con alivio—. Creo que no te he probado nunca.
—"No, me acordaría de tu asquerosa cara", pensó Iliana. El hombre presionó sus labios contra los de ella con ferocidad y luego los mordió hasta hacerla sangrar—. ¿Cómo te llamas, preciosa? —preguntó tras liberar la boca de la joven, pero sin dejar de sujetar su trasero.
—Iliana —contestó ella, limpiándose la sangre de la boca con el dorso de la mano.
—Pediré por ti la próxima vez.
"¡Yupi!", pensó la joven, mostrando una débil sonrisa. El carcelero le abrió la puerta de metal e Iliana emprendió el descenso de las lúgubres escaleras, todavía con las piernas temblándole por el miedo pasado. Pero aquel pequeño incidente no fue nada comparado con el pánico que experimentaría apenas unos días después.
Una mañana, la joven buscaba por la mesa de la comida algo para llevarle a Snape, como siempre, cuando su vista se posó sobre el cuenco de cerezas y una pequeña sonrisa iluminó sus labios. Comprobó que nadie la miraba, alargó la mano, cogió un par que iban unidas por el tallo y las escondió rápidamente entre sus manos. Volvió a mirar alrededor y repitió la operación con otras dos cerezas gemelas. Cuando se levantó de la mesa tuvo buen cuidado de ocultarlas bien con una de las servilletas de papel. Sin embargo, y a pesar de todas sus precauciones, un par de ojos no habían perdido detalle de sus acciones.
Así, cuando Iliana se presentó ante el carcelero un rato más tarde y quiso coger la bandeja de comida que le entregaba, una voz autoritaria la instó a que se detuviera en seco.
—¡Alto!
Se giró de inmediato y abrió mucho los ojos en señal de sorpresa. Hacia ella, con paso apresurado y rostro severo, se dirigía Lucius Malfoy.
—Amo… —dijo, pero sus palabras fueron interrumpidas bruscamente por el mortífago.
—He recibido una denuncia contra ti, acompáñame.
Iliana se quedó petrificada.
—¿U-una denuncia?
Malfoy mostró signos de impaciencia y agitó la mano, instándola a que le acompañara.
—P-pero el preso…
—¿Tienes problemas de comprensión? —dijo el hombre, elevando la voz—. He dicho que me acompañes.
La mujer tragó saliva, agachó la cabeza y, frotándose las manos rápidamente en la túnica para limpiarse el ungüento que se había embadurnado para Snape, le siguió en silencio por los pasillos de la fortaleza hasta llegar a su despacho, hecha un manojo de nervios. ¿Quién podía haberla denunciado y por qué?
Una vez dentro del despacho, Malfoy cerró la puerta y empezó a palpar el cuerpo de la mujer de arriba abajo, provocando que ella respingara y ahogara un grito de sorpresa. Sin dar ninguna explicación, siguió manoseándola por todas partes y la mujer empezó a temblar, rogando a los antiguos magos druidas para que se olvidara de comprobar sus orejas, de donde colgaban los dos pares de cerezas escondidas por el cabello, pero los magos druidas debían tener otros asuntos que atender.
Malfoy palpó primero su escote y, mientras Iliana se felicitaba por no haber escogido una mandarina aquel día, él le apartó el pelo de la cara y descubrió sus tesoros ocultos. La mujer se quedó lívida, segura de que iba a ejecutarla allí mismo, pero el mortífago se las quitó sin decir nada, fue a su escritorio en dos zancadas, colocó las cerezas en uno de los cajones y lo cerró con rapidez. En ese preciso momento, la puerta de su despacho se abrió con violencia y Bellatrix Lestrange entró como un vendaval mientras Malfoy apoyaba calmadamente las palmas de las manos en el escritorio.
—¿La has registrado ya? —inquirió la bruja.
—No, Bella, he preferido esperar a que estuvieras presente.
El hombre lanzó una mirada cargada de significado a Iliana, una mirada que decía: "cuidado con lo que dices o haces". La joven no entendía nada, estaba aterrada y no sabía por qué el mortífago había escondido las cerezas. ¿La estaría ayudando? Y si era así, ¿por qué?
—Desnúdate —oyó a su izquierda. Esto la sacó de sus pensamientos. Miró a la mujer y vaciló por un segundo, cosa que exasperó a la bruja.
—¿Es que no me has oído o eres estúpida?
La joven respingó y empezó a quitarse el vestido mientras susurraba un débil "Ahora mismo, milady".
Miró de reojo la puerta del despacho, la bruja la había dejado abierta y de vez en cuando se veía a alguien pasar por delante. La mayoría de ocupantes de la fortaleza ya la habían visto desnuda, pero lo inusual de la situación la cohibía igualmente. Bellatrix le arrebató la túnica de las manos y la inspeccionó con cuidado. Al no encontrar nada, volvió a estudiarla a ella.
—La ropa interior, quítatela.
Iliana obedeció, Bellatrix siguió sin encontrar nada y empezó a dar vueltas alrededor de ella, furiosa, haciendo que se recogiera el pelo y levantara los brazos, como si pudiera tener algo comestible adherido de alguna manera a su piel.
La joven se sentía humillada y, al mismo tiempo, asombrada por descubrir que todavía pudiera humillarla algo a esas alturas de su vida.
—Abre las piernas —ordenó la mortífaga.
—Bella, por Salazar, no seas ridícula, —protestó el hombre—. ¿Cómo quieres que…?
Lestrange fulminó con la mirada a su cuñado, que suspiró y guardó silencio. La bruja alargó la mano e inspeccionó la vagina de Iliana, que acababa de decidir que sí, que claramente todavía había cosas que podían humillarla hasta límites insospechados.
Malfoy reprimió las ganas de increpar de nuevo a la a menudo insoportable hermana de su esposa, mientras Iliana, con las mejillas ardiendo de vergüenza, se mordía el labio inferior, deseando que todo acabara de una vez, de una manera o de otra.
Al fin, Bellatrix dio por concluido el registro, retiró su mano y recogió el vestido de la chica para limpiársela en él antes de tirárselo de nuevo con un brusco ademán.
—Está limpia —declaró.
—Dime, por curiosidad —dijo Malfoy, con sarcasmo—, ¿qué esperabas encontrar ahí dentro?
—Un plátano pequeño, un tubo de plástico con caramelos en su interior, un vial con poción reconstituyente… nada me sorprendería ya —contestó la aludida con indiferencia—. Pero está claro que tu informadora te ha mentido. Castígala.
Al oír esto, Iliana se quedó sin aliento. ¡Una de las mujeres del harén era una informadora de los mortífagos!
—No dudes que lo haré, Bella —contestó el hombre.
Bellatrix se giró para marcharse, pero se lo pensó mejor y volvió a encararse a la joven.
—Aún queda un asunto pendiente. Ha llegado a nuestros oídos la mentira de que el comemierda de Harry Potter está vivo. ¿Qué tienes que decir al respecto?
El corazón de Iliana se detuvo en seco en su pecho y sintió una repentina oleada de pánico. Si lo negaba, era muy probable que quisieran comprobar la veracidad de sus palabras dándole veritaserum o usando legeremancia con ella y cualquiera de las dos opciones resultaría fatal, porque descubrirían tanto sus conversaciones con Snape como la identidad de Violet.
—Es… es sólo un rumor sin fundamento. Nadie ha dado crédito a esa tontería.
—¿Quién lo ha propagado?
—Es… no… creo que Hevia se lo oyó decir a uno de los guardias y lo comentó luego en el harén…
Echarle la culpa a un muerto no era muy honorable, pero fue lo único que se le ocurrió, y si con eso lograba evitar más muertes, se daba por satisfecha. Bellatrix, no obstante, no parecía muy convencida. Entornó los ojos y se le acercó un paso más.
—Es muy conveniente, ¿no? ¿Que la persona a la que acusas no pueda defenderse?
—No pretendía acusarla de nada, estoy segura de que ella no lo dijo con mala intención. Sólo quería… matar el aburrimiento.
—Ahora ya no tiene que preocuparse de eso, ¿verdad? Ya no volverá a aburrirse nunca más —dijo la mortífaga, con una sonrisa desagradable y desquiciada.
Malfoy, harto de aquello, intervino para romper la tensión del ambiente.
—¿Querías algo más, Bella, o ya has conseguido todo lo que venías a buscar?
Su cuñada lo miró de arriba abajo y frunció los labios.
—Sí, Lucius, creo que ya está todo, puedes seguir haciendo uso de tu nueva puta. Por cierto, ¿ya sabe Narcissa cuánto ha empeorado tu sentido del gusto?
Y, sin más, se largó de allí cerrando con un portazo. Un silencio pesado se instaló en el despacho.
—Vístete —dijo Malfoy al fin y la joven obedeció con rapidez.
No sabía si ya podía respirar tranquila, temía que el peligro no hubiera pasado al marcharse la bruja. Al fin y al cabo, ignoraba por qué el hombre la había ayudado. Malfoy abandonó su escritorio y se plantó delante mismo de ella.
—¿Estatus de sangre? —inquirió, aunque ya sabía la respuesta.
—Soy sangre limpia, amo.
El mortífago la observó impasible.
—Estudiaste en Hogwarts… ¿a qué casa perteneciste?
—A Hufflepuff, amo.
Una mueca sarcástica curvó los labios del hombre.
—Eso explica tu estupidez. —Iliana no supo qué decir—. ¿Todavía insistes en afirmar que no conoces al prisionero?
La joven se removió incómoda en el sitio, comprendiendo que sería una imprudencia persistir en su mentira. Tragó saliva y decidió arriesgarse; al fin y al cabo, el hombre la acababa de salvar de la ira de Lestrange.
—Sí, amo, lo conozco. Al principio, con la barba y un aspecto tan distinto no lo reconocí, pero al final me he dado cuenta de quién es. —No especificó más y tampoco hizo falta.
—¿Por qué no me lo habías dicho?
—Porque... porque está prohibido hablar del prisionero.
—También está prohibido propagar el rumor de que Harry Potter está vivo. ¿Por qué le has mentido a Bella?
Iliana se puso de nuevo en tensión.
—No… no he mentido, amo.
Malfoy lanzó una mano hacia su cuello y apretó lo suficiente para hacerle daño.
—Más vale que lo siguiente que salga de tu boca sea la verdad, Iliana, no quieres verme enfadado. ¿De dónde ha salido el rumor?
La joven consideró sus opciones y vio que eran escasas. El mortífago sabría si estaba mintiendo, no le cabía ninguna duda, así que no tenía más remedio que decir tanta verdad como le fuera posible sin poner en peligro a su amiga.
—Lo… lo dijo la última chica que ha entrado en el harén. Es nueva y no sabe todavía las reglas. De hecho, tiene la desgracia de que yo soy su protectora y estoy cumpliendo muy mal mi papel. Ella no tiene la culpa de nada, es toda mía, porque tendría que haberle enseñado mejor. Pero sólo se trata de un rumor estúpido y ya la he convencido de que no es cierto.
—¿De dónde sacó la supuesta información?
—No… no es ninguna información. Sólo… me oyó a mí decir… fui una estúpida, amo, lo sé. Pero a veces finjo que no estoy aquí… finjo que estoy en Londres, en mi hogar, que todo esto es una pesa… un sueño, que Harry Potter sobrevivió y…
—¿A dónde quieres llegar a parar?
—Pues que me oyó decir algo sobre que estaba vivo, pero era mentira, era un juego en mi mente… una ilusión. No era real, pero ella se lo creyó y lo repitió a otra compañera. Como he dicho es todo culpa mía. —Empezó a temblar. Dudaba que el mortífago pudiera creer aquello, así que se obligó a sincerarse para que leyera la verdad en sus ojos—. Sé que no está bien, que seguramente eso también está prohibido, pero es que a veces es muy duro estar aquí, amo. —Se le quebró la voz y los ojos se le anegaron de lágrimas, pero no llegó a llorar—. Hay algunos mortífagos que… hay compañeras que no vuelven nunca tras haber estado con ellos. Tenemos miedo constantemente…
El hombre observó sus ojos con atención y después la soltó. Iliana se masajeó suavemente el cuello con una mano.
—Está bien, te creo.
La estudió durante unos instantes más, asintió y volvió al escritorio, donde abrió otra vez el cajón y, recuperando las cerezas, se acercó de nuevo a ella.
—Hablando de cosas prohibidas, también lo está bajar al calabozo cualquier objeto no autorizado. ¿Sabes con qué se castiga esa falta?
—C-con la muerte, amo.
Malfoy volvió a asentir.
—Con la muerte, exacto. Entonces, mi pregunta es: ¿por qué lo has hecho? Ser una Hufflepuff puede justificar tu poco juicio, pero no implica ser una suicida. Dices tener siempre miedo y después haces esto. No tiene sentido. Y encima por un profesor que nunca se ha caracterizado por ganarse las simpatías de sus alumnos.
—Yo… él…
Iliana no supo qué decir. ¿Cómo iba a explicar por qué había puesto en peligro su vida cada día por alguien que durante su época escolar la había humillado y despreciado ante el resto de la clase como a cualquier otro alumno que no perteneciera a Slytherin? ¿Por alguien a quien días atrás tuvo que denostar ante este mismo mortífago por haber sido el traidor del Lord Tenebroso?
Por un momento, la joven tuvo el demencial deseo de decir lo que pensaba de verdad: que ese insoportable profesor de pociones era mucho más hombre que cualquiera de los mortífagos lameculos del Lord y la mayoría de los miembros del extinto bando de la luz. Sólo él había logrado engañar al Lord Tenebroso durante tantos años sin ser descubierto, arriesgando su vida en incontables ocasiones para intentar destruir al monstruo. A sus ojos, tal asombrosa hazaña por sí sola eclipsaba cualquier detalle negativo de su personalidad, todos sus defectos dejaban de tener importancia: era un auténtico héroe. ¿Qué más daba que tuviera mal carácter? ¿Cuántos hombres simpáticos y bonachones se hubieran cambiado por él para cumplir la difícil misión de espionaje que era su vida entera? ¿Cuántos lo sacrificarían todo por una causa como él?
Volviendo a sus sentidos, sin embargo, Iliana se contuvo de confesar nada de esto. Por más que Malfoy hubiera encubierto su falta –por motivos que aún no comprendía–, era impensable referirse en términos tan elogiosos al Traidor delante de él: al fin y al cabo, no dejaba de ser un mortífago.
—Porque está desnutrido y temía que muriese de hambre —dijo al fin.
Malfoy resopló.
—¿Y qué importancia tiene eso para ti?
—Me… me dio lástima…
—Repito —insistió el hombre en voz más alta, perdiendo la paciencia—, ¿por qué te has arriesgado a que te ejecuten en el acto por llevarle unas cerezas a un antiguo profesor que nada tiene que ver contigo?
—Bueno, amo, mi vida tampoco es algo a lo que valga mucho la pena aferrarse con uñas y dientes, la verdad… —murmuró en un impulso, agachando la cabeza.
Eso tampoco era ninguna mentira, pero la respuesta causó gran impacto en el mortífago, que se la quedó mirando con expresión extraña. La recorrió de arriba abajo con la mirada, estudiándola, como si intentase comprenderla, o quizá tratando de descubrir sus intenciones ocultas, hasta que finalmente se dio por vencido.
—Está bien —dijo y le entregó las cerezas de nuevo. Ella las observó un instante, sin comprender lo que esperaba que hiciera, y después levantó la vista hacia él—. Guárdatelas y llévaselas a Se… al prisionero. —Iliana las cogió para volvérselas a colgar de las orejas, como si fueran pendientes, y las tapó de nuevo con el pelo—. Y no vuelvas a llevarte comida de la mesa, tengo una informadora que podría verte.
—¿Os referís a una informadora de dentro del harén?
El hombre le lanzó una mirada de advertencia que la obligó a guardar silencio.
—Cuando acabes en la celda, quiero que vengas inmediatamente a mi despacho, ¿me has entendido?
—Sí, amo.
—Ahora lárgate —la despidió, y la joven obedeció de inmediato.
Mientras bajaba la escalera de los calabozos, Iliana no podía dejar de pensar en lo que había descubierto. ¿Quién sería la informadora? Se dijo que tenía que averiguarlo a toda costa y, mientras no supiera su identidad, evitaría hablar con Violet de cualquier cosa que pudiera resultar comprometida, incluso aunque pareciese que nadie las escuchaba.
La joven se felicitaba mentalmente por no haberle contado a su protegida su intención de fugarse y sintió un escalofrío de pensar que la estuvieran espiando mientras lo hacía.
—Profesor, hoy tengo una mala noticia —dijo nada más entrar en la celda.
Mientras le hacía entrar en calor con su abrazo, le explicó que ese día no podría untarle el ungüento y que tampoco sabía si en adelante podría volver a bajarle una pieza de fruta adicional.
—¿Dices que Lucius te ha protegido de Bella? —preguntó el hombre, cuando ella acabó su relato.
Iliana asintió y empezó a darle la comida.
—¿Cree que es de fiar, profesor?
—¿De fiar?
—Sí… me refiero a que… cuando le pedí que me permitiera asearle se mostró de acuerdo, en cambio se enfadó conmigo aquel día en que la fiesta de Yaxley me hizo retrasarme en bajarle la comida, y hoy me ha avisado de que hay una informadora en el harén, además de salvarme de una muerte segura mintiendo a Lady Bellatrix. Quizá él…
—Escúchame bien, Sandra —dijo Snape, y a la joven, el tono enérgico y firme en el que habló le recordó por primera vez al profesor temible que había sido en Hogwarts—: no debes confiar en nadie. ¿Me oyes? En nadie.
—Pero el amo Malfoy no...
—Lo conozco bien —la atajó—. Conozco a todos los Malfoy como a mis libros de pociones. Draco debe de estar tan lejos de aquí como puede, escondiéndose igual que un cachorro asustado que no quiere darse cuenta de lo que pasa a su alrededor. Seguro que no se acerca a este lugar a no ser que sea absolutamente necesario. Narcissa estará en casa, fingiendo que todo va bien, que este mundo de horror es justamente lo que quería. Nada le importa a menos que afecte a su familia. Y Lucius... Lucius debe de sentir de vez en cuando unas pequeñísimas punzadas de remordimientos por el que en otros tiempos fue su amigo. Durante los días todo parece estar en orden, pero por las noches, cuando dormir le cuesta un poco más de lo normal, se acuerda de mí y piensa que quizá debería visitarme en algún momento, que lleva tres años sin bajar a comprobar como estoy y que no pasará nada por hacerme una pequeña visita. Pero después vuelve a amanecer y encuentra mil nuevas excusas para no hacerlo. Siempre ha sido muy bueno convenciéndose a sí mismo de cualquier cosa que le convenga. Pero no te engañes, ninguno de ellos es capaz de arriesgar nada por nadie más que por sí mismos. Y aunque a primera vista parezcan menos sádicos que Greyback o que los Carrow, y más civilizados, precisamente eso los hace más peligrosos y su traición, más letal. He visto cómo sucedía muchas veces, créeme.
Iliana asintió, asombrada por su vehemente explicación y también algo cohibida.
—De acuerdo, profesor, haré lo que me dice. No me fiaré de él.
Continuó dándole de comer hasta que no quedó nada en el plato y después le dio las cuatro cerezas, una a una. Cuando le puso la última en la boca, no obstante, tardó un poco más en retirar la mano y Snape acabó chupándole la punta del dedo durante un segundo, tiempo más que suficiente para que la joven sintiese un inesperado estremecimiento. Él lo notó y la miró interrogante.
—Hace tanto frío aquí abajo… —se disculpó ella, sin poder evitar quedarse mirando esos finos labios fijamente durante unos instantes.
—Sí que lo hace —dijo él, con tono lúgubre—. Un frío que te hiela el alma. Creo que por más tiempo que viva nunca podré quitármelo de encima.
Iliana lo observó con atención y se dio cuenta de que para sobrevivir a todo aquello, el hombre necesitaba un objetivo, una ilusión por la que seguir luchando. Y, aunque estaba convencida de que huir de allí era poco menos que imposible, supo que él necesitaba creer en ello.
—Es horrible verlo en estas condiciones, profesor. Cuando escapemos de aquí no tendrá que soportar algo así nunca más —dijo entonces y, como si hubiera perdido todo control sobre su mano, esta subió de motu propio hasta el mentón del hombre para acariciarlo delicadamente con sus dedos—, nunca más pasará frío. Cuando escapemos, lo primero que haré será afeitarle esta barba; y después le prepararé un baño caliente. No una ducha, sino un baño largo y relajante. Podrá volver a vestir sus austeras ropas negras, si lo desea; dormirá en una mullida y cómoda cama; y comerá y beberá hasta hartarse. Pero para eso tiene que recuperar fuerzas como sea, ¿de acuerdo?
Snape la miró con un pequeño brillo de esperanza en los ojos.
—¿De verdad crees que podemos conseguirlo? —parecía necesitar que ella le dijera que sí, y la joven no tenía intención de defraudarlo.
—Claro que sí, pero tenemos que hacerlo con cautela y con inteligencia. Y, sobre todo, usted tiene que mantenerse con vida, profesor, debe recuperar fuerzas y hacer ejercicio en su celda para ponerse en forma, porque con la inactividad los músculos se atrofian y necesitamos que sea capaz de moverse con facilidad. Usted manténgase con vida y yo le prometo, profesor, que haré cuanto esté en mi mano por hacerlo posible.
La vehemencia de sus palabras, la intensidad de la emoción que las impregnaba y la caricia continuada a su rostro resultaban tan hipnotizantes, que por un instante Snape no supo qué decir. Y en ese momento de duda, lo más extraordinario ocurrió: Iliana se inclinó hacia él y le besó la demacrada y hundida mejilla.
—Se lo prometo —repitió en un susurro y, apartándose un poco de él, se giró a coger el paño y la palangana para asearle.
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Malfoy llevaba un rato hablando, pero Iliana no le escuchaba. Una parte de ella le decía que eso era un error, que no debía ignorar al hombre si no quería meterse en problemas, pero el resto de su mente estaba demasiado ocupado en otros pensamientos.
Le había hecho a Snape una promesa que tenía toda la voluntad de cumplir, pero no tenía ningún medio para hacerla realidad. Deseaba liberar al ex profesor de su encierro, lo deseaba con tanta intensidad como no recordaba haber deseado nunca nada antes, y aunque no entendía por qué le resultaba tan importante, sabía que no descansaría hasta conseguirlo. Pero ahora que no lo tenía en sus brazos, ahora que sus labios no atraían su atención y no sentía el impulso de reconfortarle a toda costa, Iliana se preguntaba cómo diablos iba a poner en marcha las cosas. No tenía ni idea de cómo moverse dentro de la fortaleza, no sabía cómo conseguir una varita ni cómo salir de allí sin ser descubiertos y ni siquiera tenía un plan, para comenzar. Además, había decidido que cuando escaparan se llevarían a Violet con ellos: no podía dejarla allí sabiendo que en cualquier momento podrían descubrir su verdadero estatus de sangre y matarla de inmediato.
—¡Iliana! —gritó Malfoy, devolviéndola al presente con una fuerte bofetada que le dejó la mejilla ardiendo—. Después de tu gravísima falta con las cerezas, todavía te permites ignorarme cuando te hablo. No sé qué tienes en la cabeza, muchacha, pero has de saber que tu vida pende de un finísimo hilo y soy yo quién lo sostiene. Si te he ayudado antes es por un motivo muy concreto. Estoy harto de tener que cambiar cada poco tiempo a la persona que le lleva la comida al prisionero, sólo por eso no he permitido que Bella te descubriese, pero no creas que tengo ningún interés en salvar tu patético culo de ahora en adelante. Te he ayudado una vez y eso te ha de servir de advertencia para no volver a cometer un error semejante. ¿Queda claro?
Con la mano sobre la dolorida mejilla, Iliana contestó:
—Sí, amo, no volverá a ocurrir.
—Más te vale.
Se quedaron en silencio durante un largo rato. Malfoy la obligó a apartar la mano y miró su mejilla caliente y enrojecida con cierto brillo de placer en los ojos.
—Hay algo en la carne castigada que resulta muy atractivo, ¿no crees? —dijo. Iliana pensó en el cuerpo maltratado de Snape y se estremeció. No, a ella no le resultaba en absoluto atractivo. Malfoy siguió contemplándola con lascivia, pero la joven mantenía la vista baja y la pose humilde. Esto no pareció satisfacer al hombre, que le ordenó que lo mirase a la cara. Ahí estaba, ese pequeño destello de rebeldía en sus pupilas, esas mandíbulas apretadas en actitud desafiante. El mortífago sonrió—. Eres orgullosa, ¿verdad? —siseó, agarrándole el mentón con fuerza para que no pudiese girar la cara—. Te resistes con todas tus fuerzas a someterte por completo. Una parte de ti sigue luchando por una libertad que nunca volverás a tener.
Sus palabras se acercaban tanto a lo que había estado pensando que Iliana sintió que se le retorcía el estómago, pero intentó mantener el tipo como pudo.
—Ya no me queda orgullo, amo —negó, sin apartar los ojos de los de él—. Ya no me queda nada.
—Oh, sí que te queda, sí. Eres como una yegua de thestral, indomable. ¿Sabías que las hembras de los thestrals no se pueden adiestrar? Son unas criaturas extraordinarias. Salvajes y tercas. Igual que tú. Pero que no se puedan domar no quiere decir que no se pueda obtener placer intentándolo.
Malfoy lamió la mejilla dolorida, soltó la cara de la mujer y la instó a seguirlo a la cama. El mortífago se desnudó él mismo, le arrancó la túnica a ella en dos rápidos movimientos y le ordenó que se pusiera a cuatro patas sobre el colchón.
Iliana obedeció y, cuando lo sintió empujando contra ella, apoyó la cabeza en la almohada para sujetarse mejor, agarrando la manta con los puños. Malfoy se cansó de la postura y se estiró boca arriba, pidiéndole a la joven que lo cabalgara "como la thestral salvaje que era". Ella se colocó a horcajadas sobre él y se apoyó en el cabecero. Cerró los ojos un segundo, descendió sobre la erección y, en el momento en que sintió una boca cerrándose sobre su pezón derecho, le vino a la memoria la imagen de los finos y resecos labios de Snape. Iliana gimió y abrió los ojos de golpe, sorprendida. Malfoy la miró con una expresión extraña mientras la joven se mordía el labio inferior.
—¿Te ocurre algo?
Ella negó con la cabeza, se apoyó en sus hombros para sostenerse mejor y comenzó a moverse arriba y abajo, buscando en el rostro del hombre los rasgos cetrinos y demacrados del ex profesor de manera inconsciente. No había nada allí que pudiese evocar el recuerdo de Snape: el rostro saludable de Malfoy, la piel suave y cuidada, la resplandeciente melena rubia, los labios carnosos y los ojos plateados eran el paradigma de la vitalidad y el bienestar. Y, sin embargo, cuando las manos del mortífago se anclaron a sus caderas, Iliana imaginó que se trataba de las manos huesudas y delicadas que se aferraban a su espalda cada día en la celda, ávidas de su calor. En las mejillas del rubio, encendidas por el esfuerzo y la excitación, quiso ver la palidez y los pómulos prominentes de su ex profesor; y en la estrecha y afilada nariz, la otra, grande y ganchuda, objeto de tantas burlas en su día por parte de sus alumnos.
La joven sintió el deseo crecer en su interior como no había ocurrido ni una sola vez en todo el tiempo que llevaba en la fortaleza y volvió a gemir sin poder evitarlo, esta vez más fuerte, al tiempo que sus movimientos se hicieron más rápidos, más urgentes, como si realmente fuera un équido galopando en libertad por las llanuras; mirando sin verlo al mortífago que se clavaba en ella con asombrado regocijo y viendo sin tenerlo delante al hombre que se marchitaba día tras día en su celda de las mazmorras.
La mujer gritó su orgasmo con la desesperación que otorga el deseo por mucho tiempo adormecido y, acto seguido, Malfoy se derramó en su interior con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
—Merlín —jadeó el hombre, cuando pudo hablar—. Ha sido… intenso.
Iliana volvió a la realidad como quien despierta de un sueño particularmente vívido y, parpadeando varias veces seguidas, volvió a enfocar a Malfoy, que la miraba como si la viera por primera vez. La chica sintió que se ruborizaba y descabalgó de su montura, apartándose de Malfoy como si quemara.
—Lo siento —murmuró y, en un arrebato de pudor absurdo, se tapó con la sábana.
Malfoy se incorporó y le apartó la tela con un gesto brusco, decidido a que aquel cuerpo no se le ocultara a la vista, e Iliana permaneció inmóvil, con las manos apoyadas en el colchón a ambos lados del cuerpo y la cabeza agachada.
—Lo he conseguido, ¿no es así? —dijo el hombre, con un matiz triunfante en la voz—. He conseguido que llegaras al orgasmo de verdad. Hasta ahora sólo lo fingías, como las demás. Creía que era cierto, sois buenas actrices y habíais conseguido engañarme, pero después de esto… ah, no, después de esto ya no tengo ninguna duda…
Iliana no supo qué decir. Sabía que era fácil engañar a un hombre en eso, pero… ¿qué había de la mujer que aparecía en el retrato familiar? ¿También ella había fingido todo el tiempo que habían estado juntos?
—¿Nunca…? —Empezó a preguntar, pero temió provocar la ira del hombre y se calló.
—¿Nunca, qué? —preguntó él, sin embargo, y la joven no tuvo más remedio que proseguir.
—¿Nunca antes había sentido a una mujer… llegando al orgasmo?
Malfoy apoyó la espalda en el cabecero de la cama y la miró con expresión divertida.
—No seas estúpida, claro que sí. Pero hacía tiempo que no sentía a nadie gozar como tú hoy. Creo que causo algo de temor en las mujeres —dijo, con una mueca cruel que pretendía ser una sonrisa—, y no soléis ser muy receptivas al sexo cuando estáis asustadas. Ven aquí —ordenó y la joven se puso de nuevo a horcajadas sobre él, apoyando su peso en el vientre del hombre.
Malfoy chupó y mordió sus pezones mientras sus manos acariciaban las suaves nalgas de la mujer; después lamió su cuello y hundió la lengua entre los carnosos labios, que se abrieron dócilmente para dejarle paso.
—Quizá es que tú no me tienes miedo... —insinuó, con voz suave.
—Sí, amo —contestó ella y buscó el equilibro sosteniéndose en el torso del hombre con las manos—. Lo tengo.
—Y aún así te he llevado al clímax… o tienes tendencias masoquistas o soy un amante excelente.
Un escalofrío recorrió la espalda de la joven, que se sintió aterrorizada de pensar que el mortífago diese rienda suelta a su sadismo con ella.
—Sois un magnífico amante, amo —se apresuró a decir.
Malfoy rió.
—¿Y no podría tratarse de ambas cosas? —dijo, con tono insinuante. Iliana negó frenéticamente con la cabeza y el hombre volvió a reír—. Ha sido delicioso sentir cómo te contraías de esa manera alrededor de mi polla —susurró, mordiéndole suavemente la oreja—, pero ahora tengo asuntos importantes que atender, así que es hora de que te vayas. —Iliana se apartó de él e hizo ademán de levantarse de la cama, pero en el último segundo, Malfoy se lo pensó mejor, la agarró del brazo y la derribó contra el colchón—. Claro que quizá tengamos tiempo para otro polvo —dijo y empezó a acariciar el sexo de la joven con una mano mientras mordía su cuello con ansia—. ¡Ah, Iliana, Iliana! Debo reconocer que estoy empezando a sentir cierta debilidad por ti y no lo acabo de entender, ¿sabes? No eres mi tipo en absoluto.
Se acomodó sobre el pequeño cuerpo de la mujer y se dedicó a besarla a conciencia, mientras su mano trabajaba sin cesar entre sus piernas. Entonces, la puerta se abrió de golpe y un joven rubio entró en la estancia. El joven que Iliana había visto en la foto familiar. El asco y la estupefacción se reflejaban con claridad cristalina en el rostro de Draco.
—Veo que no nos has echado de menos mientras estábamos fuera… —escupió, arrastrando las palabras—, padre.
Pero Malfoy no pareció particularmente inquieto ni por la presencia de su hijo ni por sus palabras impregnadas de desprecio.
—Mira por dónde —dijo, con tranquilidad—, creo que los "asuntos importantes" han venido a mi encuentro. Será mejor que te largues de aquí.
Iliana no se lo hizo repetir. Como una exhalación, recogió su ropa y se marchó de la habitación, sintiendo a su paso la mirada asesina del recién llegado clavada en ella.
