Bienvenidas un capítulo más a mi historia.

Muchas gracias a todos los que dedicáis vuestro tiempo a leerla y en especial a las que os habéis tomado la molestia de dejarme vuestros comentarios: Snape's Snake, Herenetsess, Mac Snape, Genna Lotto, Diggea, GabrielleRickmanSnape y MoonyMarauderGirl.

OoOoOoO

Capítulo 8

A medida que pasaban los días, Malfoy fue obsesionándose más y más con aquella joven pecosa y apasionada que parecía derretirse en sus manos cada vez que la hacía suya. Sabía que era un error, que era una droga de la que debería desengancharse antes de que acabase por consumirle, pero no podía evitar desearla con cada fibra de su ser. Hacía demasiado tiempo que nadie vibraba en sus brazos como lo hacía ella, como si fuera la temblorosa hoja de un árbol, próxima a caer para ser barrida por el viento y ser arrastrada lejos, muy lejos.

No sabía qué había despertado tan de repente aquella pasión en la mujer, que en sus primeros encuentros con él se había mostrado pasiva y resignada, pero el caso era que se había iniciado en ella un incendio inextinguible y él no se cansaba de arder en sus llamas.

Se levantó de su sillón tras el escritorio y empezó a dar vueltas por su despacho, inquieto, hablando en voz alta para convencerse de que no había nada malo en su deseo de solicitar a Iliana sólo para él. El Lord le había prometido una recompensa si conseguía arrasar cierto pueblo muggle sin dejar una sola rata con vida y había llevado a cabo la misión de manera limpia y eficaz. Ahora sólo se le ocurría una recompensa que pudiera satisfacerle.

Miró el retrato de familia. Narcissa parecía recriminarle su actitud desde la fotografía enmarcada. Su hermosa, altiva y arisca mujer que, desde que Draco había recibido la Marca Tenebrosa para seguir los pasos de su padre, le había hecho el vacío, tanto en la cama como en el corazón.

Sostuvo el portarretratos en una mano unos instantes mientras decía:

—Todo esto es culpa tuya, si no me castigases con tu frialdad no tendría que buscar alivio en otros cuerpos.

Aunque eso no era cierto, por supuesto. La verdad era que siempre había gustado de todo tipo de placeres prohibidos, incluso de recién casado. Pero nunca besaba a las demás, eso era algo que, como si de algún modo lo absolviera de sus fallos como marido, había reservado siempre para Narcissa. Hasta el momento.

Dejó la foto boca abajo sobre la mesa con un golpe y volvió a sentarse.

Ya no llamaba nunca a Erin ni a Famke. Ambas mujeres, que en su día habían constituido su ideal de belleza, habían sido desplazadas ignominiosamente por una joven a la que ni siquiera se habría dignado a mirar si se la encontrase por la calle. Y lo peor de todo era que, para su horror, siendo honesto, tenía que reconocer que incluso había llegado a caer en sentimentalismos absurdos, como apoyar su cabeza en el hombro de ella mientras yacían en la cama después del sexo, acariciar su cabello distraídamente como si más que una puta se tratase de su amante, o regalarle un relicario de oro, como la tarde anterior, sin ir más lejos. "Quiero que lo lleves puesto siempre", le dijo.

Malfoy cerró los ojos, furioso consigo mismo por su falta de autocontrol. Estaba seguro de que, de estar en su lugar, Severus no tendría esos problemas, él siempre se había caracterizado por el férreo dominio de sí mismo que poseía.

Severus. La otra obsesión que le llevaba de cabeza esos días. Desde que su viejo amigo fue hecho prisionero por el Lord, años atrás, había deseado bajar a verle, hablar con él, comprobar cómo se encontraba. Pero el tiempo fue pasando y su idea se enfrió poco a poco hasta quedar perdida entre los miles de pensamientos que acudían a su mente a diario.

Sin embargo, cuando Iliana se empezó a hacer cargo de su alimentación –Iliana, otra vez Iliana…–, todo cambió, porque ella no se limitaba a llevarle la comida y olvidarse de él de inmediato, sino que cada cierto tiempo tenía la osadía de solicitar mejoras en las condiciones de su cautiverio. Eso era extraño. Ninguna de las otras mostró el más mínimo interés en el prisionero, pero ella era diferente. Primero, solicitó que le permitieran asearle; después, cuando la descubrió llevándole unas cerezas, acordaron que en lugar de coger comida del harén podría llevarle alguna pieza de fruta del cuenco que él tenía en su despacho; y finalmente, hacía unos días, le pidió que le dejase llevarle algún tipo de prenda de abrigo. Sintiéndolo mucho, había tenido que declinar esa última petición, ya que estaba seguro de que no había argumento capaz de convencer al Lord de que mantener al preso abrigado fuese algo necesario. Aún así, le permitió llevarse una prenda extra para ella, para que no sufriera el frío de las mazmorras cuando estuviera allí, seguro de que comprendería la verdadera intención tras ese gesto. Merlín, incluso le había ido a comprar una chaqueta a la tienda del callejón Knocturn donde Narcissa hacía todas sus compras, arriesgándose a que la dependienta cometiese una indiscreción y se lo contase a ella. ¿Qué diablos le estaba pasando?

El caso era que toda esa preocupación por parte de la joven hacía que Severus hubiese vuelto a ocupar sus pensamientos de forma recurrente. No podía demorarlo más, tenía que bajar a ver en qué estado se encontraba.

De pronto, se le ocurrió una idea que le hizo sonreír con satisfacción: ¿qué podría ser mejor que satisfacer sus dos obsesiones al mismo tiempo?

OoOoOoO

—No pareces muy feliz con ese arreglo —señaló Snape, con voz ahogada por el sufrimiento.

Iliana se mordió el labio inferior un segundo antes de responder.

—Bueno es que… cuando me lo propuso me esperaba… —sacudió la cabeza con frustración—. ¡Yo qué sé lo que me esperaba! Es una tontería haber pensado que…

Como dejó la frase a medias, el hombre la instó a continuar:

—¿Qué?

La joven siguió limpiando las sangrantes heridas del pecho de Snape con un gesto de dolor en el rostro, como si con sólo verlas también le hicieran daño a ella. Se le hacía muy difícil de soportar, a pesar de que ya debería haberse acostumbrado: cada vez que el Lord hacía una visita al prisionero, que era casi cada semana, este acababa con infinidad de cortes y laceraciones.

—Verá —contestó—, es que me dijo: "a partir de ahora no tomarás parte de ninguna actividad, nadie podrá solicitar tus servicios", y claro, lo primero que pensé era que quería decir que no tendría que entregarle mi cuerpo a nadie nunca más, que no habría de seguir… prostituyéndome. Pero no, se refería a que sólo él tendrá derecho a disfrutar de mí cuando así se le antoje, nada más. A partir de ahora no serviré a los demás mortífagos, pero tampoco dejaré de ser propiedad ajena, pasaré a pertenecer al amo Malfoy en exclusiva.

—Comprendo.

Se produjo un pequeño silencio que fue interrumpido por un suspiro algo impaciente de Iliana, seguramente destinado a alejar unos pensamientos que consideraba estúpidos, o quizá inútiles.

—En fin, supongo que debería considerarme afortunada, en realidad, y no tendría que quejarme. Malfoy es bastante decente conmigo y no puedo negar que es un alivio saber que no voy a tener que acostarme de nuevo con animales como Avery, Goyle… o, Merlín nos libre, Greyback —añadió, con un estremecimiento.

—¿Greyback? —murmuró Snape, horrorizado por la idea—. ¿Tú…?

—No, yo no —aclaró ella—. Por suerte él no suele pasarse mucho por el harén y yo he sido lo bastante afortunada como para no caer nunca en sus garras, pero cada vez que solicita a una chica, la seleccionada vuelve medio muerta y con heridas que tardan semanas en curarse. Algunas ni siquiera vuelven y ya no volvemos a verlas nunca más y, aunque los mortífagos justifican las ausencias con traslados a otras fortalezas del país, ninguna de las mujeres es lo bastante estúpida como para creerlo. Imagino que dispondrán de sus cuerpos con suma discreción. —Otro estremecimiento—. De modo que sí, es bueno que Malfoy me haya solicitado sólo para él. —Tras unos instantes, la joven pareció reconsiderar sus palabras—. Aunque quizá me haya precipitado al decir todo esto. Quizá no sea para siempre y no se trate más que de un capricho pasajero. —El hombre la miró interrogante, pero cada vez que hablaba le costaba un esfuerzo y no formuló la pregunta. De todos modos, ella la entendió—. Lo digo porque no tengo nada que ver con las mujeres que suelen gustarle… las dos chicas a las que solicitaba, aunque más jóvenes, se parecían mucho a la dama del retrato…

—Narcissa —susurró él.

Iliana se encogió de hombros, no tenía ni idea del nombre.

—De todos modos, no sirve de nada especular, no sé cómo piensa el amo Malfoy, así que es inútil intentar comprender sus intenciones. Lo importante ahora es que, aunque me ha costado, por fin he conseguido averiguar dónde está el bolso de Violet.

—¿Has visto el lugar? —preguntó en un hilo de voz.

La joven sonrió ampliamente.

—Sí, lo he visto y sé volver allí. Como últimamente el amo Malfoy está tan… generoso —explicó, mostrando el relicario que le había regalado y al que ya había dado buen uso al esconder en su interior unos piñones para Snape, aprovechando que era hueco por dentro—. Le conté que cuando me atraparon me quitaron un brazalete heredado de mi abuela y que me entristecía mucho haberlo perdido. Dudaba que funcionara, pero sí. Al principio se hizo el desentendido, pero insistí en ello a lo largo de varios días y al final me dijo que quizá podría recuperarlo para mí. Por un momento pensé que no iba a conseguir la información, ya que no parecía que fuera a detallarme nada más, pero fue mucho mejor: me dijo que lo acompañara y me guió hasta una sala en el cuarto piso, a la que llaman Oficina de Incautación, donde almacenan todos los objetos confiscados por los mortífagos, e incluso cada cosa está clasificada bajo el nombre del mago o bruja al que pertenecían. —Iliana hizo una pausa, sobrecogida un instante por la emoción—. La llaman oficina, pero es más bien un almacén. Es enorme, profesor, no se imagina la cantidad de objetos que hay ahí… la cantidad de personas a las que han despojado de sus bienes… quizá la mayoría estén muertos ya.

—Probablemente —confirmó él.

La chica sacudió la cabeza, intentando apartar esos lúgubres pensamientos.

—El caso es que ya sé dónde encontrar el bolso, pero lo malo es que la oficina está custodiada por un guardia y hay un administrador que es el que clasifica y archiva los objetos. El amo Malfoy tuvo que darle mi nombre para que le indicara dónde estaba la caja con mis cosas, así que tendremos que pensar alguna manera de sortear ese obstáculo y también tendré que buscar una excusa para poder volver a subir al cuarto piso.

Snape asintió levemente y se quedó mirando el relicario de oro de la joven.

—¿Te regala muchas cosas?

—Algunas. La chaqueta que le he puesto hoy sobre los hombros, por ejemplo, también me la dio él, dijo que me serviría para bajar a alimentarle sin helarme de frío. Creo que en realidad lo que quería era que hiciera precisamente esto: abrigarle a usted, pero sin decirlo a las claras para no correr riesgos. —Snape enarcó una ceja, escéptico—. Sí, la… —De repente, el sonido de unos pasos retumbó por el pasillo, detrás de la joven, y ella, alarmada, se calló, se apartó del prisionero con rapidez y le retiró la chaqueta de los hombros—. Todavía no se ha acabado el tiempo —dijo, angustiada—. ¿Quién debe ser? Oh, Merlín, ¿no será...?

Una mirada de terror cruzó los ojos de la joven.

—Tranquila, no es el Lord, conozco sus pasos —la calmó Snape, en susurros.

Más sosegada, Iliana lo vio agachar la cabeza, de modo que su rostro quedase oculto por el largo y sucio cabello, adoptando una postura tan desmadejada y derrotada como la primera vez que ella bajó allí. El contraste fue brutal: incluso a pesar de las heridas frescas y del terrible padecimiento del ex profesor, la joven fue consciente en aquel momento de lo mucho que había mejorado respecto al primer día en cuanto a salud física y anímica, y supo que la transformación era obra suya. Una feroz sensación de alegría y orgullo la poseyó por completo y tuvo que esforzarse por espantar la sonrisa de su rostro cuando sintió que alguien entraba en la celda.

Se giró hacia el recién llegado y descubrió con sorpresa que se trataba de Lucius Malfoy.

—Amo Malfoy... —dijo, confundida—. Yo... creo que aún me queda tiempo para...

—Sí, claro, Iliana, puedes seguir con lo tuyo, sólo he venido… de visita social, por así decirlo. Hacía tiempo que quería hablar con Severus.

—Me temo que hoy no... no debe de encontrarse muy hablador, amo.

—Y eso, ¿por qué? —replicó el hombre, contrariado.

—Bueno, es que... —Se giró hacia Snape y le retiró un poco el cabello para que el mortífago pudiese ver las heridas de su pecho—. Está... está lleno de... en fin, que no está en muy buen estado. No es que hable mucho, por lo general, solo para decirme si quiere beber agua o comer algo, pero hoy ni siquiera ha tenido ánimos para eso —mintió, comprendiendo el peligro de que alguien supiera de sus largas conversaciones con el prisionero.

Además, intuía que si Snape hubiera querido hablar con Malfoy, habría levantado la cabeza y habría dejado de fingir estar semiinconsciente.

El rubio se acercó a ambos y examinó aquel cuerpo esquelético y medio muerto. A Iliana le pareció que el mortífago estaba más pálido que de costumbre y, por un segundo, incluso creyó ver un leve temblor en su mejilla.

—Por Salazar, Severus... —susurró, de manera casi inaudible y, para gran asombro de la joven, se agachó junto a ella y llevó ambas manos a la cabeza del hombre para levantarle la cara y verlo bien. Snape tenía los ojos cerrados.

—Está vivo —le informó ella, pensando que quizá era eso lo que quería comprobar—, pero muy malherido.

Lumos máxima —conjuró el mortífago, sacando su varita, y una potente luz iluminó la estancia.

Iliana se quedó mirando la varita con anhelo. Si sólo pudiera hacerse con ella...

Pero no, era estúpido pensar siquiera en intentar arrebatársela. Aunque lo consiguiera, cosa poco probable, ¿qué podía hacer ella con Snape en aquel estado y una sola varita? Y eso sin contar con que tendrían que ir a buscar a Violet antes de huir.

Descartado el absurdo y efímero plan de evasión, miró la celda a su alrededor. Nunca la había visto tan iluminada y decidió que hubiera preferido no hacerlo, era demasiado deprimente, las paredes llenas de mugre y restos de sangre reseca, y en el suelo, abundantes insectos y roedores que, asustados por la repentina iluminación, corrían hacia todos lados.

Mirar al preso tampoco resultó gratificante, su extrema delgadez parecía burlarse de su anterior felicidad por creer que estaba mucho mejor. El hombre necesitaba salir de allí cuanto antes, pero todavía estaban demasiado lejos de tener un plan de huída aceptable.

Iliana centró su atención en Malfoy, que examinaba las pupilas de Snape.

—No pareces tener mucho frío —le dijo el hombre sin mirarla, con una voz acerada que sonaba a recriminación. Iliana no lo comprendió en el primer momento, hasta que se dio cuenta de que tenía la chaqueta en la mano—. Si no te la vas a poner, quizá podrías pasársela a él por los hombros, está congelado.

—Sí, amo —dijo ella y rápidamente volvió a tapar al prisionero.

—¿Cómo puedes alimentarle si está inconsciente?

—Al ponerle la comida en la boca la mastica igualmente, amo. Debe ser un acto reflejo a causa del hambre…

—Bien, pues dale de comer. ¿A qué esperas?

Iliana cogió un trozo de carne del plato y se la llevó a Snape a los labios, este los abrió y empezó a masticar.

—Severus —dijo Malfoy, con voz enérgica y sin dejar de sujetar su cabeza en alto—. Severus, ¿me oyes?

El prisionero mantuvo los ojos cerrados mientras comía despacio, ignorando al visitante.

—Amo, no creo que…

El mortífago la fulminó con la mirada y la mujer calló de golpe.

—Severus, escúchame, soy yo, Lucius. —No se produjo ninguna reacción y el rubio, exasperado, miró de nuevo a Iliana—. ¿Dices que a veces te ha hablado?

—Sí, pero no justo después de… —Señaló las heridas—. Sólo cuando han pasado ya días y está algo recuperado. Y nada más que para decir sí o no.

—No quiero esperar días, me ha tomado años bajar aquí y hablaré con él ahora —espetó el hombre. Estudió a la joven con detenimiento y dijo—: Si aprecias tu vida en algo, no le contarás a nadie lo que vas a ver.

—No diré nada, amo —aseguró ella.

Malfoy conjuró diversos hechizos curativos que le cerraron de golpe todas las heridas y después le lanzó un enervate. Snape parpadeó y miró al rubio a los ojos.

—Severus… —murmuró el otro. Snape no dijo nada, sólo le siguió mirando con expresión inescrutable y Malfoy puso cara de preocupación, creyendo sin duda que no le reconocía o que había perdido el juicio—. Severus, soy Lucius, ¿me recuerdas? —El hombre mantuvo su obstinado silencio, sin apartar la vista de aquellos iris grises. El mortífago parecía sumamente incómodo—. ¿Es que se ha vuelto loco o algo así? —le preguntó a Iliana, impaciente.

La mujer se encogió de hombros.

—No lo sé, amo, como os decía, sólo me habla para decirme sí o no —contestó—. Pero dejadme probar… —Cogió el vaso con agua y se lo acercó al rostro del prisionero—. ¿Quiere un poco de agua?

Snape miró a la joven y asintió con la cabeza, sin despegar los labios, y Malfoy, irritado, chasqueó la lengua y le arrancó el vaso de la mano justo cuando iba a darle de beber.

—Ahora dímelo a mí, Severus —siseó—. ¿Quieres beber? Sólo tienes que pronunciar sí o no.

El prisionero volvió a centrar su atención en él, entrecerrando los ojos.

—¿Qué diablos quieres, Malfoy? —preguntó, con voz ronca.

Durante un segundo, el rubio pareció asombrado, pero enseguida se recompuso y sus labios formaron una delgada y torcida sonrisa.

—Vaya, vaya, así que has estado con nosotros todo el tiempo —dijo, pero como el otro no contestó nada, continuó hablando—. Sólo he venido a ver cómo estabas. Hace demasiado que no sé nada de mi viejo amigo…

Hizo un gesto despreocupado con la mano y algo del agua se derramó del vaso, por lo que Iliana, sin pensar, se abalanzó a cogérselo para que no se desperdiciara la bebida. Malfoy le lanzó una mirada de advertencia y la joven se mordió el labio inferior, intimidada. Sin embargo, no dejó que eso le impidiera hablar:

—Si me permitís, amo, yo sujetaré el vaso, quizá si bebe un poco se sentirá más inclinado a hablar, debe de tener la garganta y la boca secas.

El mortífago pareció irritado por la osadía de la mujer, pero abrió la mano y permitió que lo hiciera. Mientras Iliana le daba agua a Snape con cuidado de no derramar ni una gota más, Malfoy volvió a sonreír de medio lado.

—Debes de estar muy satisfecho de tener a alguien cuidándote tan bien, Severus. No recuerdo que nadie lo haya hecho antes por ti, debe de resultarte una sensación nueva.

Iliana se quedó congelada de miedo por un instante, siempre que el mortífago hacía alusión a su interés en cuidar del prisionero temía que fuera tomado como algo negativo y decidiera castigarla por ello.

—Me siento como si estuviera en un palacio —croó Snape.

Malfoy se rió como si, en vez de una muestra de amargo sarcasmo, el comentario no hubiese sido más que un chiste de lo más divertido y la joven, considerando que por el momento el peligro había pasado, siguió dándole al prisionero los últimos trozos de comida que quedaban en el plato. Los ojos de Snape se cruzaron con los de ella durante un fugaz instante antes de volver a centrarse en los de Malfoy, acerados y al acecho, cuya risa había dejado en sus labios una sonrisa afilada como un cuchillo.

—Veo que no has cambiado en nada, Severus —comentó el rubio, con un tono tan casual como si lo hubiera encontrado por azar en la calle después de años sin verse—. Sigues teniendo ese punto de mordacidad con el que solías deleitarnos y ese espíritu fuerte e imposible de doblegar. Incluso encontrándote en una situación tan precaria tienes la presencia de ánimo de sacar a relucir tu fina ironía.

Puso la diestra en su hombro en un gesto de camaradería tan incongruente en el contexto en que estaban que Iliana tuvo ganas de gritarle que no lo tocase, que apartase su mano de manicura recién hecha del maltrecho cuerpo del prisionero. No dijo nada, por supuesto, pero aún así Malfoy pareció fijarse en sus puños apretados, ya que le preguntó si le ocurría algo.

—N-nada, amo, es sólo que el prisionero está sucio, no he tenido tiempo de asearle todavía y odiaría que se manchase la mano.

El mortífago la miró con una expresión extraña, pero se apartó un poco de Snape.

—Está bien —dijo—, aséale entonces. ¿A qué esperas?

Snape le dedicó al rubio una mirada cargada de rencor e Iliana vaciló, sintiéndose culpable. No se le había ocurrido que Malfoy pretendiese que aseara al prisionero en su presencia, sólo había sentido rabia al ver posada su mano sobre el hombro de Snape, como si estuvieran conversando tranquilamente en la barra de un bar o como si comentasen el último partido de su equipo favorito de Quidditch; pero no creía que al ex profesor, orgulloso como sabía que era, le hiciese ninguna gracia que otra persona fuera testigo de lo indefenso y desvalido que estaba durante sus sesiones de higiene personal. "Eso es una tontería", se dijo, "como si su vulnerabilidad no fuera evidente por las mismas cadenas que le retienen". Pero aún así, no soportaba ser la responsable de su nueva humillación.

—Amo… —dijo—. Quizá sería mejor… —Hizo una pausa para morderse el labio y pensar la mejor manera de formular la petición.

—¿Qué pasa? ¿Qué es lo que quieres?

—Creo que… veréis, nunca he hecho esto ante nadie más y sería mejor si pudiera tener un poco de privacidad.

Malfoy la observó estupefacto y después soltó una carcajada.

—Te aseguro, Iliana, que Severus no tiene ningún atributo que yo mismo no posea.

La joven se ruborizó levemente, si de ira o de vergüenza, a Malfoy no le quedó claro. Aún así, no cogió ni el trapo ni la palangana.

—Lo sé, amo, pero debo insistir en que…

Malfoy se abalanzó sobre ella, la empujó contra la pared y, sujetándola del cuello con firmeza, la levantó del suelo hasta que sólo lo rozaba con las puntas de los pies, cortando su respiración.

—No vas a insistir en nada, sólo harás lo que yo te diga, ¿me has entendido? —Iliana asintió, asustada—. Ese punto rebelde tuyo puede resultar excitante en la cama, pero fuera de ahí puede causarte graves problemas si no lo controlas. Yo mando, tú obedeces, es así de sencillo. ¿Ha quedado claro?

—Sí, amo —dijo con dificultad y, cuando el hombre aflojó un poco los dedos y pudo apoyarse en el suelo de nuevo, empezó a toser convulsivamente.

—A ver si es verdad.

Le soltó el cuello del todo con brusquedad y ella se apresuró a tomar la palangana, sin atreverse a mirarle ni a él ni al ex profesor, y con mano temblorosa empezó a limpiar el torso del hombre, deslizando el trapo entre la harapienta y cochambrosa túnica y la maltratada piel. Malfoy no se perdía detalle del cuidado con que Iliana llevaba a cabo su tarea, y Snape mantenía los dientes apretados y la vista fija al frente, en algún punto de la sucia pared del otro lado de la celda.

—No puedes quejarte, Severus —dijo el mortífago—, te trata con mucho mimo. En vez de frotarte rápidamente y con fuerza para eliminar la mugre, se entretiene en restregar el paño con suavidad, como si más que asearte, te estuviese acariciando. Me voy a poner celoso.

Iliana sintió que sus mejillas ardían y empezó a frotar con más energía, esperando no hacerle daño a Snape, pero Malfoy todavía no se daba por satisfecho.

—¿Ya está? —dijo, cuando la mujer dejó el trapo de nuevo en la palangana—. ¿No piensas lavar sus partes íntimas?

—Amo… por favor —murmuró ella, angustiada, pero el mortífago no pareció conmovido.

—Esa no es manera de asear a alguien —continuó—. Sigue hasta el final, no dejes el trabajo a medias.

Cogiendo el trapo otra vez, Iliana miró un segundo a los ojos de Snape para pedirle perdón en silencio, pero él seguía con la vista clavada al frente. Limpió a conciencia todo su cuerpo y, cuando acabó, miró al mortífago a la espera de más instrucciones.

—Bien, pues ya has terminado por hoy, ¿verdad? —le dijo él, e Iliana entreabrió los labios para preguntar si iba a salir él también, ya que no le gustaba la idea de dejarlos a solas, pero temió que se enfadase de nuevo con ella por su atrevimiento.

—Sí, amo —respondió al fin.

—Entonces, ya puedes irte.

—¿N-no… no queréis que os espere?

—No —respondió él, con tono cortante y mirada de acero.

Iliana tragó saliva.

—D-de acuerdo.

Recogió las cosas y fue hacia la puerta, pero Malfoy la detuvo.

—¿No te olvidas de algo? —Ella lo miró, interrogante—. Despídete de mí como corresponde.

Iliana supo de inmediato a qué se refería. Los últimos días, el mortífago había tomado por costumbre besarla antes de que se marchara de sus habitaciones. Se acercó a él y besó sus labios, pero él tomó su boca al asalto y la besó profunda y ferozmente, como si quisiera demostrar algo. "Que soy su propiedad, supongo", pensó Iliana. En cuanto la soltó, ella salió de la estancia sin mirar atrás.

OoOoOoO

Malfoy no permaneció mucho más en la celda, el frío y la pestilencia del lugar le hacían sentir incómodo, pero no podía marcharse sin cruzar al menos unas palabras con su viejo amigo.

—He estado a punto de bajar a verte muchas veces —dijo—, pero al final siempre me salía algún compromiso más importante que atender. —Hizo una pausa, quizá esperando que el otro dijera algo, pero fue en vano—. Nunca he entendido por qué lo hiciste, por qué arruinaste tu vida por una sangre sucia que te miraba por encima del hombro como si fuera superior a ti. El Señor Tenebroso te hubiera dado todo lo que le pidieras, habrías conseguido tantas mujeres como desearas y mucho más bellas que ella. —Snape siguió sin decir nada y Malfoy empezó a pasearse por la celda, perdido en sus pensamientos—. Ni siquiera recuerdo su cara. Creo que tenía los ojos claros... azules, me parece... pero desde luego no era el tipo de mujer que te giras por la calle para mirarla. Lo cierto es que no lo valía. No te merecía, Severus. —Se puso frente a él y se agachó para quedar a su altura—. ¿Por qué? ¿Por qué ella? ¿Por qué tuviste que traicionar al Lord? Por tu culpa se volvió aún más desconfiado. Tu caída manchó a todos los que estábamos cerca de ti y, siendo tú el padrino de mi hijo, mi familia fue la que recibió más sospechas. Durante muchos meses, el Lord nos tuvo relegados a un segundo plano y nos sometió a constantes e insufribles humillaciones. Tuvimos suerte de poder contarlo. He tenido que ganarme a pulso mi puesto actual, con mucho esfuerzo y abnegación. No sabes todo lo que he tenido que hacer para ganarme de nuevo su respeto, su confianza y su consideración.

—Fascinante —dijo Snape, al fin.

Malfoy torció el gesto, soltó un pequeño resoplido y se incorporó de nuevo.

—¿Cómo es que sigues vivo, de todos modos? Pensaba que a estas alturas estarías ya muerto o completamente quebrado, pero te miro y me sorprende ver todavía tu antigua altivez, como si todavía fueras el Príncipe Mestizo, como si no fueras sólo un simple prisionero del Lord.

—Pero es que no soy un "simple prisionero", ¿verdad? Soy su único prisionero.

Malfoy se sobresaltó.

—¿Cómo lo sabes? ¿Cómo sabes que eres el único?

Snape maldijo en silencio su desliz, pero su mente ágil pensó una solución.

—Me lo dijo la mujer que venía antes… Hevia, creo que se llamaba.

—¿Seguro que fue Hevia? —preguntó Malfoy, con los ojos entrecerrados.

—Solía quejarse de su suerte porque le tocaba hacer de niñera "del único puto prisionero del Lord". Puedes preguntárselo a ella, si no me crees.

—Ya. Es una lástima que no pueda corroborarlo, porque está muerta. Supongo que eso tampoco lo sabías.

—No —mintió—. Pero no puedo decir que lo lamente.

—Está claro que esa mujer no sabía tener la boca cerrada. Siempre iba diciendo cosas que no debía. No me extraña que acabase como acabó. —Malfoy asintió, con los labios apretados—. Muy bien. Si eso es todo lo que tienes que decir, no quiero escuchar más —repuso, furioso, y se dio la vuelta para marcharse. Antes de salir, sin embargo, añadió—: Puede que vuelva a visitarte… o puede que no. Todavía no estoy seguro. —Y, con un gesto airado de su varita, exclamó—: ¡Nox!

OoOoOoO

Lucius Malfoy volvía a pasear por su despacho. Se sentía furioso. Se sentía indignado. Se sentía burlado y humillado. ¿Qué demonios se habían pensado esos dos, guardándole secretos? Porque estaba seguro de que se los guardaban.

Al principio, cuando bajó a la celda, lo hizo con sus mejores intenciones, deseando ver al buen amigo que había sido Severus… al menos, buen amigo hasta que descubrió que era un maldito traidor. E incluso después de eso no había logrado odiarle nunca, no de verdad. No podía olvidar las veces que había ido a tomar una copa de whisky a su casa, o cuando el pocionista visitaba su mansión. Por eso, cuando bajó allí esperaba reencontrar a su viejo amigo, o lo que quedara de él, pero no vio ningún destello de complicidad en sus ojos, sino todo lo contrario. Lo primero que hizo fue intentar hacerle creer que estaba inconsciente, ¡cuando les había oído cuchichear desde el pasillo! No pudo entender las palabras, pero estaba seguro de haber oído dos voces, lo que descartaba que Iliana hablase sola. Y aún así, cuando entró en la celda fingió no estar despierto.

Esto por sí solo no era reprobable, porque al fin y al cabo no sabía quién venía, pero una vez comprobado que se trataba de él, tendría que haber dejado de hacer teatro de inmediato y, por lo menos, dignarse a mirarlo a la cara. No fue así.

Como si eso fuera poco, cuando le lanzó el enervate y ya no tuvo excusa para no mirarle, su viejo amigo Severus le mostró su lado más despreciativo y altanero. Pero ni siquiera eso fue lo peor.

Lo peor fue la actitud de Iliana. Todo en ella le pareció distinto, incongruente con la mujer que él conocía. Empezando por sus mentiras descaradas, diciéndole que Severus sólo le hablaba para decirle si quería beber agua, cuando él estaba convencido de que no era así. Y después cuando su rostro se quedó lívido cuando sin querer derramó un poco de agua; como si fuera ella la sedienta, como si el agua perdida le doliese más que al propio Severus. O cuando puso una mano sobre su hombro, que ella lo miró con algo que semejaba odio. Sin olvidar la manera en que aseó al prisionero, con esos movimientos tan suaves y delicados…

Había bromeado diciendo que se iba a poner celoso de los cuidados que le daba, pero ahora no estaba tan seguro de que se tratara sólo de una broma. Entrecerró los ojos y un destello de furia brilló en sus iris grises.

Iliana era suya, el Lord se la acababa de entregar en exclusiva bajo su petición, y él creía que tenía motivos más que suficientes para estar contenta. Sabía que gozaba con él, había una diferencia abismal entre el sexo con ella y con cualquiera de las otras mujeres, incluso entre el sexo con ella ahora y como había sido los primeros días. Estaba seguro de que no fingía. Pero entonces, ¿por qué estaba tan ansiosa por ayudar a Snape? Era casi como si…

Intentó desechar sus absurdas sospechas con un movimiento de cabeza.

—¡Qué tontería! —se dijo—. No se puede haber encaprichado de él, ¡claro que no!

Severus nunca había sido ni remotamente atractivo, para empezar, Lucius no conocía ni una sola mujer que se hubiera interesado por él en lo más mínimo, pero ahora, con el lamentable aspecto que ofrecía, era mucho peor. No imaginaba que nadie pudiera sentir por él algo diferente al asco… o quizá la compasión. ¿Qué mujer en su sano juicio se interesaría por un desecho humano, en vez de por un hombre de posición y prestigio, como él mismo? Por un momento se acordó de una sobrina de Narcissa, Nymphadora Tonks, a la que le había dado por enamorarse de una criatura despreciable, un lamentable despojo llamado Lupin, mitad lobo, mitad hombre. Junto a Sirius había sido la vergüenza de la familia; no pasaba un solo día en que Bella no jurase que se encargaría personalmente de los dos, que acabaría con aquel bochorno de una vez por todas, pero antes de que consiguiese su propósito, la ridícula muchacha llegó incluso a casarse y tener un hijo con aquella "cosa".

Pero esto era diferente. Iliana no se podía haber enamorado de Snape, eso era seguro. Imposible.

Unos golpes en la puerta le sacaron de sus cavilaciones.

—¡Adelante!

La puerta se abrió y apareció el objeto de sus pensamientos, Iliana, que cerró la puerta tras ella y se acercó al escritorio con docilidad.

—¿Me habéis mandado a llamar, amo?

—Sí. Quería que me explicaras, ¿qué parte de "a partir de ahora sólo serás para mí" no has entendido?

Iliana parpadeó, confundida.

—¿A-amo? —titubeó.

—Como parece que no lo has captado aún, te lo explicaré: no dormirás más en el harén ni pasarás más tiempo allí. Te quiero en mis habitaciones, ya sea en el dormitorio o en el despacho.

—Pero, amo…

—¡Silencio! No quiero oír ni una palabra, todavía no he acabado. Te retiro el permiso de bajar la chaqueta a la celda, si tienes frío allí abajo, tendrás que aguantarte. Y tampoco podrás bajar ninguna pieza de fruta, he sido indulgente con tus caprichos por demasiado tiempo.

—Amo, no…

—¡He dicho que te calles! —gritó, golpeando la mesa. De pronto se le ocurrió una idea y reprimió una sonrisa perversa a fuerza de voluntad—. De todos modos, no deberías sentir pena por no poder bajarle más comida extra. Al fin y al cabo, Severus no ha tenido ningún remordimiento en traicionarte.

Iliana lo miró sin comprender.

—¿Qué… qué queréis decir?

—Ha admitido ante mí que le contaste que era el único prisionero que el Lord mantiene con vida. —Las aletas de la nariz de la joven temblaron y empezó a negar despacio con la cabeza—. Y también que Hevia estaba muerta. Como bien sabes, darle al prisionero cualquier tipo de información está terminantemente prohibido.

Malfoy observó con atención a la joven, la vio tragar saliva, nerviosa, y estuvo seguro de que iba a delatarse, que admitiría haberle contado eso a Severus, o que quizá iría incluso más allá y admitiría algún delito que todavía no podía ni sospechar, pero entonces ella se humedeció los labios con la punta de la lengua y dijo:

—Si el prisionero os ha dicho eso, amo, es que miente. No le he contado nada.

Su voz sonó tan firme que Malfoy casi se sintió tentado de creerla. Reprimió un gesto de rabia y ordenó:

—Te quiero desnuda en mi cama. Ahora.

Mientras la joven obedecía, Malfoy contempló el marco que contenía el retrato de su familia, tumbado bocabajo en el escritorio, y se dijo, con inmensa satisfacción, que qué importaba si Severus compartía un secreto con Iliana: después de haberle insinuado que la había traicionado, lo más probable es que ella no quisiera volver a hablar con él. Además, Severus no tenía nada de ella, más que sus palabras; él, en cambio, poseía el resto de ella y así seguiría siendo mientras lo deseara.