Bienvenidas un capítulo más a mi historia.
Muchas gracias a todos los que dedicáis vuestro tiempo a leerla y en especial a las que os habéis tomado la molestia de dejarme vuestros comentarios: Genna Lotto, Snape's Snake, Equidna, Herenetsess, Mac Snape, Diggea, GabrielleRickmanSnape y MoonyMarauderGirl.
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Capítulo 9
Se despertó al contacto de una mano sobando su teta izquierda. Un dedo recorría en círculo su areola con un ligero roce, para después acariciar el pezón y pellizcarlo suavemente con ayuda del pulgar.
No quiso abrir los ojos ni hacer evidente que había despertado, porque sabía que el dueño de esa mano no era quién ella deseaba. De modo que ignoró las caricias y los pellizcos cada vez más insistentes hasta que sintió una boca posarse sobre la suave carne y morder ligeramente su pezón. No podía ignorar eso, así que abrió los ojos y parpadeó unas cuantas veces antes de girarse hacia el hombre.
Al percibir el movimiento, Lucius Malfoy levantó la cabeza y le dirigió una mirada húmeda de lascívia.
Iliana contuvo un suspiro con todas sus fuerzas. Era agradable despertar en una cama de verdad, sí; era incluso bonito despertar fuera del harén; pero hubiera preferido hacerlo sola. O mejor aún, con…
Pero no, no podía permitirse pensamientos como aquel, no cuando todavía no eran libres para concederse esa clase de lujos. Sí podía, sin embargo, redireccionar sus pensamientos hacia otros asuntos que la preocupaban.
—El harén… —murmuró—. Amo, tengo algunas amigas a las que me gustaría…
Malfoy sonrió de medio lado.
—No sé si lo sabes, pero tus amigas son todas unas putas —dijo en tono jocoso—. Ja, no sabes la de veces que he tenido ganas de decirle eso a mi mujer.
Acercó sus labios a los de ella, pero Iliana ladeó un poco la cabeza para impedir el contacto.
—Necesito refrescarme la boca después de la noche, señor —se excusó.
Malfoy se estiró hacia el lado contrario de donde estaba ella y alargó un brazo hasta la mesita de noche para coger algo. Iliana vio con consternación que se trataba de su varita. ¿La había dejado al alcance de la mano durante toda la noche? Se recriminó no haberse dado cuenta de ello antes. Con Malfoy dormido, ella podría haberle lanzado un desmaius con la varita para que no despertara y él nunca se habría enterado. Podría haber intentado subir al cuarto piso y recuperar el bolso de…
Se vio obligada a aparcar esos pensamientos al sentir una súbita sensación refrescante en la boca y a continuación los labios de Malfoy aplastándose contra los suyos.
El mortífago tiró la varita a su lado del suelo y la abrazó, profundizando el beso ansiosamente, mientras restregaba su miembro endurecido entre los muslos de Iliana. La joven no tuvo más remedio que dejarse llevar por las atenciones del hombre y olvidar por el momento cualquier otra cosa. Además, ¿qué posibilidades había de que volviera a tener la varita tan cerca durante tanto rato? Por más que lo deseara, no creía que dejarla a su alcance fuera a convertirse en un hábito, de modo que dejó de pensar en ello y volvió a concentrarse en fantasear con Snape, al que, a pesar de la duda que Malfoy había querido sembrar en su cabeza, no podía apartar de sus pensamientos.
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Malfoy la contemplaba desde el marco de la puerta, desnudo y comiéndose la manzana que había sacado de un cuenco de su despacho.
No sabía qué debía hacer, él no le había permitido vestirse y le había ordenado que simplemente se quedase allí, sentada en la cama, sin hacer nada; pero se sentía cada vez más cohibida por el peso de su insistente mirada.
—¿Queréis que recoja la habitación, amo? —ofreció, cualquier cosa sería mejor que estarse allí quieta, siendo observada.
—No. Ya lo harán los elfos domésticos. Tu tarea es estar preciosa para mí.
Iliana se retiró el pelo para colocárselo tras la oreja y se humedeció los labios, nerviosa. Estar preciosa para él, qué absurdo.
—Y… y, ¿no podría estar preciosa mientras hago la cama o algo así? —insistió, ansiosa por hacer algo, lo que fuera.
El hombre sonrió de medio lado.
—Eres muy descarada, para ser una posesión mía. —La joven se mordió el labio. Odiaba que le dijera eso, lo odiaba con toda su alma—. No, no puedes hacer la cama, ni recoger la habitación, ni hacer ninguna tarea que no te diga expresamente que hagas. Me gusta tenerte así. Es más, podría pasarme todo el día observándote, podría… —Unos golpes en la puerta del despacho le interrumpieron y el hombre chasqueó la lengua, irritado—. Podría matar a quien sea que esté llamando ahora por el simple hecho de interrumpirme mientras te admiro —dijo y, tirando el corazón de la manzana al suelo, se puso un batín de seda verde oscuro y fue a la sala contigua para abrir—. Quédate aquí dentro —le ordenó.
Iliana escuchó una voz de mujer, se levantó de un salto de la cama y se fue a espiar a través de la puerta entreabierta. Su corazón tuvo un sobresalto cuando vio allí a Nadine. ¡Nadine, su protectora! ¿Qué estaría haciendo allí? Quizá la preocupaba su prolongada ausencia del harén, aunque ya no estuviera bajo su protección. Al fin y al cabo, desde que el mortífago la había reclamado para sí una semana atrás no había podido volver por allí. La joven estaba muy preocupada por el bienestar de su protegida, Violet, y cada día le insistía al hombre para que la dejase ir allí de visita, pero hasta el momento, Malfoy se había mostrado inconmovible.
Le costaba entender lo que decían, porque hablaban en voz muy baja, pero escuchó que Nadine mencionaba a Cindy, una de las chicas del harén; Malfoy murmuró "Me encargaré de eso" y la hizo salir del despacho con un ademán.
Iliana volvió corriendo a la cama, negándose a creer la sospecha que se había formado en su mente. ¿Podía ser que se hubiera equivocado al acusar a Atenea y Pandora de espiar para los mortífagos? ¿Que la verdadera espía fuese Nadine, la mujer en la que había confiado desde que llegó allí por primera vez? Si eso fuera verdad sería terrible, porque significaría que en aquella otra ocasión su propia amiga la había delatado por guardarse las cerezas, aún sabiendo que podía costarle la vida.
Cuando Malfoy entró de nuevo en la habitación, Iliana preguntó, con tono indiferente:
—¿Era algo importante?
—Nada que no pueda esperar —contestó, metiéndose en la cama con ella.
—Me ha parecido oír la voz de Nadine…
—¿El ratoncito ha estado espiando al gato? —preguntó Malfoy, con voz sensual, besando el cuello de la joven—. ¿No te han dicho nunca que eso está muy feo?
—Supongo que ella debe ser vuestra informadora, ¿no, amo? —insistió, echándole valor—. Es curioso, pensaba que serían Atenea o Pandora.
Malfoy rió contra su pezón derecho, el cual había empezado a succionar.
—¿Esas dos viejas arpías? Están ahí por orden de Bellatrix. Le he dicho mil veces que se deshaga de ellas, pero no me hace caso. No puede haber nada más sospechoso en un harén que dos putas a las que nadie solicita.
—¿Son espías de Lady Bellatrix? —preguntó, horrorizada.
Malfoy la miró con un brillo divertido en los ojos.
—Supongo que ahora no hay problema en que lo sepas, ya que no vas a volver al harén nunca más.
—Amo, respecto a eso…
—No te pongas pesada con el tema —la atajó, con voz amenazante—, ya te dije ayer que no podías ir.
—Pero es que…
—No me hagas repetirte las cosas —dijo, con un destello de furia en la mirada.
Iliana calló, sabiendo que ese día tampoco iba a conseguir nada. Decidió averiguar otra cosa a cambio.
—¿Y qué recibe Nadine por delatar a sus compañeras? ¿Duchas con agua caliente?
El mortífago pareció nuevamente divertido.
—¿Por qué dices eso? —Ella se encogió de hombros—. No, si tanto te interesa saberlo, lo único que pide a cambio es quedar exenta de atender a Greyback y a Goyle. Creo que son demasiado rudos para su refinado gusto —se mofó.
Iliana suspiró. Traicionar a sus amigas seguía siendo horrible, pero podía entender que alguien quisiera hacer cuanto estuviera en su mano por librarse de esos dos monstruos. También sabía, porque ella misma se lo había contado, que mucho antes de que ella llegase al harén, Nadine había sido requerida por Greyback y casi no sobrevivió al encuentro. Tardó un mes y medio en recuperarse de las secuelas. A Iliana se le ocurrió que quizá fuese entonces cuando se decidió a espiar para Malfoy a cambio de conseguir aquel favor especial.
—Merlín… —susurró.
—Ahora déjate de tonterías y concéntrate en mí —dijo Malfoy, molesto—. Todavía tengo unos minutos antes de la reunión de esta mañana y quiero aprovecharlos a fondo. Y esta vez, quiero que grites mi nombre cuando te corras.
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No gritó su nombre, como no lo había hecho las tres ocasiones anteriores en que se lo había pedido, y Malfoy abandonó la habitación profundamente irritado.
Iliana no lo hacía con intención de enfadarlo, era sólo que temía que en el momento de descontrol no fuera su nombre el que saliera de sus labios. Eso, y que no quería que nada empañase las vívidas fantasías con Snape.
Las dos o tres primeras veces lo había imaginado tal como estaba ahora, demacrado, esquelético, con el cabello largo casi hasta la mitad de la espalda, las mejillas hundidas y la barba sin afeitar. No pudo evitarlo, porque su rostro se le apareció de forma espontánea, el deseo manifestándose con la imagen más reciente que tenía del hombre. Pero últimamente ella era la dueña de sus fantasías y lo imaginaba tal como lo recordaba de la escuela: el rostro adusto, las ropas pulcras y severas, la voz suave y profunda…
Iliana soltó un hondo suspiro y empezó a vestirse. Sabía que al final tendría que acabar cediendo a lo que Malfoy le pedía, porque sino corría el riesgo de que se enfadase con ella de verdad y no sólo le prohibiese volver al harén, sino también ir a alimentar a Snape y eso sí que no podía permitirlo.
Malfoy le había dicho que el ex profesor la había delatado y, aunque no podía creer que fuese cierto, no entendía de qué otra manera pudo haberse enterado de que le había hablado de Hevia y que le había contado que era el único prisionero del Lord. "Quizá usó legeremancia", pensó, "sí, tiene que ser eso". Pero ella sabía que Snape era un oclumante de primer nivel, porque de otro modo no hubiera sido posible que engañase al Lord durante tantos años, así que eso no tenía mucho sentido.
Salió del cuarto pasando por el despacho de Malfoy, ya que el dormitorio no tenía ninguna salida directa al pasillo pero, antes de llegar a la puerta, un documento que había encima del escritorio le llamó la atención y se olvidó de sus elucubraciones. Era una autorización para recuperar unos informes de la sala de archivos, firmado por Lucius Malfoy.
Iliana recordó que el mortífago había presentado una autorización similar cuando los dos fueron a la Oficina de Incautación para que le mostraran la caja con sus pertenencias, de donde sacó el brazalete que había comprado meses antes de que la capturasen y que le dijo a Malfoy que era una reliquia familiar.
Una idea cruzó su mente a toda velocidad, dobló el papel y se lo guardó en un bolsillo de la túnica. Era un gran riesgo robar ese documento, pero tenía que intentarlo, quizá no se le volviera a presentar otra oportunidad como aquella y no podía desaprovecharla.
Cuando salió al pasillo, otra oportunidad de oro se le presentó en bandeja cuando vio a Violet doblar la esquina más próxima a donde se encontraba.
—Violet —llamó, y la joven volvió a aparecer por la esquina.
—Iliana —dijo, sorprendida—. Hacía tantos días que no te veía… por lo menos un mes.
La mujer se acercó a ella con rapidez.
—Lo sé y lo siento en el alma, te he vuelto a dejar sola. He intentado volver al harén para hablar contigo, pero no me lo han permitido. ¿Cómo te va por allí?
La muchacha la observó con frialdad. Por algún motivo, parecía reacia a hablar con ella. Iliana se dió y se inquietó.
—Bien —respondió con frialdad—, estoy bien. Nadine ha estado cuidando de mí.
—¿Nadine? —Se asustó Iliana.
—Sí, como tú habías desaparecido, dijo que me haría el favor de tomarme a su cargo. Algunas mujeres rumoreaban que habías muerto, pero Nadine y yo estábamos seguras de que no: los guardias no vinieron a buscar a nadie más para alimentar al prisionero, así que supimos que... sólo habías cambiado de aires.
Esto último lo dijo con un tono que a Iliana no le gustó ni una pizca.
—¿Qué quieres decir con eso?
Violet recorrió a la mujer de arriba abajo con la mirada.
—Llevas una túnica muy bonita, ¿es nueva? —preguntó.
Iliana se miró la ropa que llevaba puesta, era uno de los regalos de Malfoy.
—Sí, es... un momento, ¿no estarás insinuando que...?
—Y ese relicario, ¿es de oro? Es precioso. Quizá perteneció a alguna de las mujeres que los mortífagos violaron y mataron porque no servían para traerlas aquí, quizá Malfoy la recuperó de los objetos confiscados para dártela. Qué romántico.
Iliana no pudo evitarlo, cuando fue consciente de lo que hacía, su mano ya se había estrellado contra el rostro de Violet, que se llevó la mano a la mejilla y la miró con resentimiento antes de darse la vuelta para marcharse. Iliana la sujetó del brazo.
—Violet, por favor, perdóname. No quería pegarte.
—Si crees que eso es lo que me ofende, estás muy equivocada.
—Escúchame, por favor, lo que sea que te haya dicho Nadine no es cierto. —Bajó la voz a un leve susurro—. Ella es la informadora de Malfoy.
Violet le dedicó una sonrisa torcida y muy impropia de ella.
—Ese truco ya lo has gastado, la otra vez dijiste que eran Atenea y Pandora.
—Me equivoqué, ellas son espías de Bellatrix Lestrange.
—Ya veo. Te...
De pronto, como si diciendo su nombre la hubiesen invocado, la risa desquiciada de Lestrange atronó en el pasillo y Violet se quedó lívida. Si Bellatrix la veía, podía darse por muerta. Iliana también lo sabía y, estirando del brazo de la joven, se metió con ella de nuevo en el despacho de Malfoy.
—Suéltame —exigió Violet, sacudiendo el brazo con fuerza para librarse de ella—. Tengo que presentarme ante el amo Mulciber, me ha solicitado.
—Si quieres salir ahí y encontrarte con Bellatrix Lestrange, eres libre de hacerlo, pero yo de ti esperaría un poco a que se marche.
Violet la miró con rabia unos instantes y después echó un vistazo alrededor.
—¿A dónde me has traído? —Sus ojos se posaron sobre el retrato familiar y fue hasta el escritorio para cogerlo y examinarlo con más detenimiento—. ¿Al despacho de Malfoy? ¿Es que te has vuelto loca? ¡Me conoce!
Iliana, impaciente, se acercó a la joven y la sujetó por los hombros.
—Él no está aquí —espetó—. Y ahora escúchame: no puedes fiarte de Nadine. ¿Le has dicho quién eres, en realidad?
La muchacha negó con la cabeza, un brillo desafiante en la mirada, e Iliana suspiró con alivio.
—Entonces, si quieres conservar tu vida, no lo hagas.
—¿Y cómo puedo fiarme de ti? Me has dejado tirada dos veces, sola, sin explicarme nada de lo que necesitaba saber. Dices que quieres ayudarme a huir, pero te presentas en el harén con menos frecuencia cada vez, y cada vez se te ve mejor integrada en el lugar, con tu ropa nueva y tus joyas caras —dijo, señalando el relicario que llevaba y que también le había regalado Malfoy—, ¿por qué ibas a querer huir tú?
Iliana sintió la rabia bullir en su interior.
—Que, ¿por qué? ¿Es que crees que me importa nada de esto? Ten, quédate las joyas, si quieres —gritó, arrancándoselas todas y tirándoselas contra el pecho a la joven—. Son todas para ti. Ea, ¿te resultan tan golosas como para venderte por tenerlas? ¿Tú querrías quedarte aquí a cambio de joyas y ropas nuevas? ¿Entonces por qué asumes que yo sí? —La joven no contestó, pero tuvo la decencia de parecer avergonzada—. No, no me he vendido por cuatro baratijas, lo que pasa es que Malfoy se cree mejor persona porque me trata con más delicadeza que los demás y me regala cosas que ni he pedido ni quiero para nada. No es consciente de que es tan cruel y malvado como los demás. Si quisiera hacerte daño, sólo tendría que denunciarte ante él, pero no lo he hecho, ¿verdad? Necesito estar cerca de él para llevar a cabo mis planes, mira —le enseñó el papel que acababa de robar del escritorio—, si puedo modificar este documento con éxito, podré ir a la Oficina de Incautación y recuperar tu bolso. Sé dónde está, es en la cuarta planta, la he visto con mis propios ojos, pero hay un guardián, y por eso necesito la autorización.
Violet miró boquiabierta el papel ante sí, sin saber qué decir.
—¿De verdad has visto la sala? —preguntó al fin.
Iliana asintió, más calmada.
—Y no sólo eso. Esta mañana he descubierto que Malfoy dejó su varita en la mesilla al lado de la cama toda la noche. Es una lástima que no lo viera antes, pero como vuelva a dejarla, no desaprovecharé la oportunidad.
—¿Qué piensas hacer?
—Aún no lo sé del todo, pero tenemos que huir cuanto antes del castillo, eso seguro.
—¿Estamos en un castillo?
—Violet, ¡estamos en Hogwarts!
La joven abrió mucho los ojos e Iliana le explicó que, aunque habían cambiado la decoración, la disposición del mobiliario y que incluso habían hechizado los muros de piedra para cambiarlos de sitio y hacer más difícil reconocer el lugar, no tenía ninguna duda de que se encontraban allí, se lo había dicho una fuente muy fiable.
—Pero, entonces... —dijo Violet—. No podremos desaparecernos aunque consigamos tener una varita, lo sabes, ¿no?
Iliana chasqueó la lengua.
—Sí, eso es un problema, pero ya se nos ocurrirá algo para...
—¡No hace falta! Yo sé cómo podemos huir. Si en verdad esto es Hogwarts podemos usar la misma salida que usó el Ejército de Dumbledore durante la batalla final.
—¿El Ejército de Dumbledore? ¿Qué...?
—Eso no importa ahora, el caso es que sí que hay una manera de huir —dijo, con voz esperanzada—. Pero me tengo que ir o vendrán a buscarme. —De pronto, se puso seria de nuevo y sus mejillas se encendieron de rojo—. Iliana, siento haber dudado de ti, es que...
—No te preocupes, no tienes que disculparte.
—Sí, sí que tengo que hacerlo, he sido muy injusta contigo y lo lamento, pero es que... verás, Goyle me solicitó hace unos días.
Iliana se llevó una mano a la boca, asustada.
—Merlín… —susurró.
—No te imaginas el miedo que pasé. No sabía si me encontraría al padre o al hijo, así que intenté fingir de nuevo que estaba enferma, pero el centinela entró y me arrastró ante su presencia agarrándome por el pelo. Por suerte, se trataba del padre, pero eso fue lo único bueno de todo aquello…
Las lágrimas se acumularon en sus ojos, pero no llegaron a caer e Iliana la envolvió en un fuerte abrazo.
—Lo entiendo. Ese hombre es una auténtica bestia y lamento profundamente no haber estado contigo después para curar tus heridas e intentar consolarte de la experiencia, pero te prometo que haré lo posible para que huyamos de aquí los tres, cuanto antes, mejor.
—Los cuatro —le corrigió Violet.
—¿Cuatro? ¿A qué te refieres?
—He encontrado a alguien. Alguien a quien tenemos que llevarnos con nosotras cuando huyamos, no podemos dejarlo aquí.
—Pero Violet, ya te lo he dicho, no puedes fiarte de…
—De él sí. Me lo encontré por casualidad en uno de los pasillos. Es un viejo amigo mío y también lo tienen aquí retenido. ¿Sabías que hay un harén masculino en la Fortaleza?
Iliana se quedó de piedra.
—No, no lo sabía… —dijo—. Aunque, pensándolo bien, tiene su lógica, ¿no? Hay muchos mortífagos que son mujeres y, además, no todos los mortífagos varones tienen los mismos… gustos.
—Bueno, pues te aseguro que Neville no comparte esos gustos y tampoco aprecia a las mortífagas.
—¿Neville?
—Longbottom. Odia esta vida, ¿comprendes?
—Todos la odiamos.
—Sí, pero él está desesperado. Cuando lo vi me pareció que estaba al borde de hacer una locura. Tenemos que ayudarlo.
—Pero, Violet, ya es bastante peligroso de por sí…
—¡No lo entiendes! —la interrumpió—. Neville es un amigo bueno y leal; durante la guerra luchó con valentía por el bando de la luz, no puedo abandonarlo.
—Está bien, si estás segura de que podemos confiar en él, pero...
En ese momento, la puerta se abrió de golpe y apareció en el despacho Draco Malfoy. Iliana se quedó congelada en el sitio, pero Violet se giró rápidamente de lado y se tapó la cara con la mano.
—¿Qué haces aquí? —preguntó el recién llegado, mirando a Iliana con desprecio.
La chica estuvo segura de que todo había terminado. Él la denunciaría por entrar en el despacho sin permiso, las denunciaría a ambas, y entonces todo se descubriría y no tardarían en ser ejecutadas. Al fin y al cabo, había sido afortunada de que no usaran legeremancia con ella hasta el momento, porque si algún mortífago lo hubiera hecho ya los habrían descubierto; pero su suerte no podía durar para siempre, ¿no? Era consciente de que la única razón por la que no intentaban leer su mente era porque los mortífagos habían descubierto que una exploración constante de un subconsciente ajeno provoca que los datos se tergiversen y se corrompan a causa de un exceso de información, por lo que no resulta un método del todo fiable. Por eso sólo usaban la legeremancia en casos puntuales. Pero si tenían la sospecha de que estaba haciendo algo que no debía no dudarían en usarla contra ella.
Estaba a punto de inventar alguna excusa cuando Draco añadió:
—¿No deberías estar calentándole la cama a mi padre?
Iliana suspiró con alivio al ver que el joven no estaba extrañado de verla allí, sólo molesto por encontrarse de nuevo con la amante de su padre. Eso le dio una pequeña esperanza de salir airosa de la situación, pero entonces él posó sus ojos sobre Violet y esa esperanza quedó aniquilada.
—¿Granger? —preguntó—. ¡No es posible! ¿Eres tú?
Viéndose descubierta, la chica se destapó la cara.
—Draco, por favor, no nos delates.
Él no se movió ni contestó nada. Se había quedado boquiabierto, sin poder creer lo que veía. Se oyeron unos pasos acercándose y las dos mujeres se miraron, preocupadas: él no reaccionaba, la puerta estaba abierta de par en par y cada vez se hallaban más cerca de que las viese quien fuera que se acercaba por el pasillo.
—D-draco... —dijo Iliana—. Señor Malfoy... por favor...
De pronto él pareció recobrarse y cerró la puerta del despacho.
—¿Qué está ocurriendo aquí? —preguntó y, de inmediato, negó con la cabeza—. No, no me lo digáis, no quiero saberlo. ¿Qué haces tú en la Fortaleza, Granger? Este no es lugar para ti. Y mucho menos, el despacho de mi padre.
—Estoy... soy una de las mujeres del harén —confesó.
—¡No me mientas! —dijo él—. No hay sangre sucias en el harén.
—¿Crees que me inventaría algo así porque estar ahí encerrada es el mayor deseo de cualquier mujer? —contestó ella, irritada—. Los que me capturaron cometieron un error. No saben quién soy, creen que soy una sangre pura.
Él no acababa de creerla, la miró con reticencia y en silencio, mientras a las dos chicas los segundos se les hacían eternos. Iliana se moría por intervenir, pero temía que hacerlo fuera contraproducente: era evidente que ambos se conocían bien y de ella, en cambio, sólo tenía como referencia que ocupaba la cama de su padre. Al final, Violet volvió a hablar.
—Draco, si nos delatas será como si nos matases con tus propias manos. Sabes que es verdad. No te pido que nos ayudes, pero si te queda algo de decencia, vete y olvida que nos has visto.
—No puedo hacer eso. Si te descubren y averiguan que yo lo sabía y no dije nada…
—No se lo diremos a nadie.
—Sabes muy bien que no hace falta que lo digáis en voz alta para que os sonsaquen la verdad. —Negó con la cabeza—. No, lo siento mucho, pero no puedo. Este es un mundo en el que cada uno debe cuidar de sí mismo.
—Sigues siendo un cobarde —lo acusó ella, indignada—, igual que en la escuela.
—¡No tienes ni idea de nada! Tengo que proteger a mi madre, ¿sabes? No puedo esperar que mi padre lo haga por mí —dijo, lanzándole una mirada de rencor a Iliana—, está demasiado entretenido con los placeres de la Fortaleza.
—¡No te atrevas a culparla a ella por las faltas de tu padre! —gritó Violet, furiosa—. ¿Acaso crees que estamos aquí por gusto? ¿Tienes idea de lo que nos hacen tus amigos los mortífagos? Claro que lo sabes, si quizá tú mismo hayas participado también en sus orgías más de una vez.
—¡Jamás! —gritó a su vez el chico, fuera de sí—. ¡Nunca lo he hecho y nunca lo haré! ¡Es repugnante, es...!
—Es el mundo que tú ayudaste a crear.
Draco dio media vuelta para no mirarla a la cara, se llevó las manos al cabello y empezó a peinárselo hacia atrás sin darse cuenta, intentando ordenar sus pensamientos.
—Yo no quería esto. Yo nunca quise nada de esto...
—¿Qué esperabas que sucediera una vez el Lord estuviese al mando? ¿En serio creías que las cosas podrían acabar de alguna otra manera?
—No imaginé que... jamás hubiera pensado que pudiera ser así —dijo, derrotado—. Ha muerto tanta gente… mi madre tampoco lo está llevando nada bien. Últimamente está muy delicada de salud, apenas habla y ya casi no prueba bocado. —Negó de nuevo para sí—. Ya tengo suficientes problemas, Granger, no pienso ganarme más ayudándote.
—Pobrecito Draco, pedirle que guarde silencio cuando tiene tantas otras cosas en la cabeza —dijo Violet, con los puños apretados y temblando de indignación—. ¡A mis padres los asesinaron los mortífagos! Yo ni siquiera me enteré hasta que fui a buscarlos para llevarlos a un sitio seguro.
—Merlín… —dijo Draco en un susurro.
—Violet, lo siento mucho —dijo Iliana—. No lo sabía.
Pasó un brazo sobre sus hombros, intentando consolarla.
—No es culpa tuya —murmuró—. Cuando los encontré, tumbados en el suelo del salón, ya llevaban varios días muertos, descomponiéndose. Te aseguro que no fue nada agradable… —se interrumpió, incapaz de seguir hablando. Las lágrimas rodaban libremente por sus mejillas, pero no emitió ni un solo sollozo. Estaba demasiado cansada para eso.
Iliana estaba horrorizada ante la confesión de la joven y Draco también parecía estarlo.
—Granger… —dijo—. Eso es terrible, pero yo…
—Tus amigos también mataron a Ron —lo interrumpió Violet. Su barbilla temblaba violentamente y la voz sonaba inestable—. No sé si te llegó la noticia, con todos esos problemas tan terribles por los que estás atravesando, pero murió salvándome la vida, como el héroe que era aunque ni él mismo lo supiera. —Lo miró directamente a los ojos y repitió—: Ron, que siempre se creyó un cobarde, me salvó la vida a costa de la suya.
—Yo... —empezó Draco, pero no supo qué decir y dejó la frase a medias, impotente. Al cabo de unos instantes, suspiró y dijo—: Está bien. No te delataré, podéis estar tranquilas.
—Gracias —dijo Iliana. Violet se quedó callada.
Se produjo otra larga pausa durante la que nadie habló y, luego, mirando a los ojos a su ex compañera de colegio, Draco dijo:
—Aquí dentro no tienes posibilidades de supervivencia, Granger. Ninguna. Lo más caritativo sería denunciarte ahora y acortar tu sufrimiento, pero veo que prefieres creer que tienes alguna manera de sobrevivir . —Se detuvo un instante para mirar a Iliana de arriba abajo y prosiguió—. No sé qué pinta ésta mujer contigo ni qué estáis tramando, pero si tiene que ver con escapar de aquí, tenéis que saber dos cosas: la primera, que es altamente improbable que tengáis éxito en vuestra huida; y la segunda, que si lo vais a intentar de todos modos, mejor será que lo logréis al primer intento, ya que no tendréis otra oportunidad.
Agarró el pomo de la puerta con la intención de salir, pero se detuvo un instante, volvió a girarse hacia ellas y sacó la varita de su bolsillo.
—Más os vale mantener las bocas cerradas sobre esto —dijo—. No hagáis que me arrepienta. —Conjuró un hechizo y apareció en su mano un pergamino de papel, enrollado sobre sí mismo, que entregó a Violet. Era un mapa de la Fortaleza tal como estaba en la actualidad—. No sé si os servirá de algo, pero aquí lo tenéis. Buena suerte, Granger —se despidió. Vaciló un instante, asintió levemente con la cabeza y repitió—: De verdad. Buena suerte.
Y se marchó, dejando a las dos jóvenes solas en el despacho.
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—Llegas tarde —indicó el carcelero.
—El amo Malfoy es muy fogoso —se excusó Iliana, y trató de ignorar la mirada lujuriosa del hombre.
—Parece haberse encaprichado mucho contigo, debes ser una auténtica fiera en la cama. Lástima que no te hubiera probado cuando estabas libre…
—¿Por qué no le pides al amo Malfoy que te haga el favor? —se mofó ella, sabiendo que alguien de tan bajo rango jamás se atrevería a pedirle nada a uno de los hombres del círculo íntimo del Lord.
El carcelero hizo una mueca desagradable y le entregó la bandeja y la palangana.
—Algún día me meteré entre tus piernas, no lo dudes —aseguró, mientras le abría la puerta.
Iliana hizo una mueca de asco, pero él no lo vio porque ya se había adentrado en la tenebrosa escalera.
Mientras bajaba los tétricos peldaños recordó de nuevo lo que Malfoy le había dicho, intentando sembrar en ella la semilla de una duda, igual que Nadine había hecho con Violet, y la avergonzaba reconocer que no había podido dejar de darle vueltas al asunto. ¿Cómo podía saber Malfoy lo que ella habló con Snape si él no se lo había contado? Su propia desconfianza la molestaba como un insecto persistente zumbándole en el oído.
Después de un rato dándole la comida sin decir nada, ni siquiera para saludar, el prisionero le preguntó qué la preocupaba.
—¿Se quedó mucho rato más el amo Malfoy, ayer? —preguntó ella, en vez de responder.
El profesor entrecerró los ojos.
—No mucho.
—Ya.
—¿Por qué lo preguntas?
—¿Y habló mucho con él, profesor? Debían de tener muchas cosas sobre las que ponerse al día…
—Sandra, ¿qué te ha dicho?
Su tono de voz fue tan firme y sereno, que la ya de por sí endeble frialdad de la mujer se acabó de desmoronar.
—Es que él dijo... me dijo que sabía que yo le había contado a usted que Hevia está muerta y que el Lord no mantiene más prisioneros. Dijo que usted me había delatado.
—Es mentira —afirmó, rotundo—. ¿Me crees?
Iliana lo miró a los ojos, profundamente avergonzada, y asintió con vehemencia.
—Sí, sí. Claro que sí. Lamento haber dudado, pero es que… es que no se me ocurre cómo se ha podido enterar.
—Tengo que reconocer que sí se me escapó que el Lord no tiene más prisioneros, pero le dije que fue Hevia quién me lo contó. Debió desconfiar de mí y utilizó mis palabras para manipularte. Quería pillarte, pillarnos a ambos, en falta.
—Lo siento mucho, profesor, usted me dijo que no me fiara de él y he permitido que me engañase por un instante…
—Pero es que su engaño resultaba muy creíble, ¿no? Lucius ha sido muy astuto. Te soltó algo que sólo podíamos saber tú y yo... ¿cómo no lo ibas a creer? Y tú, ¿qué le dijiste?
—No le conté nada, profesor. Si pretendía engañarme para sonsacarme información, no lo consiguió, porque le aseguré que era mentira.
Snape sonrió.
—Buena chica —dijo, e Iliana, por algún motivo, sintió que su pecho se hinchaba con orgullo.
Aclarado el asunto, procedió a explicarle con todo detalle el motivo de su retraso y él la escuchó con atención.
—Entonces Draco os ha dado un mapa del castillo… —murmuró—. ¿Y Granger está segura de saber cómo salir? Los hechizos de protección deben ser inexpugnables.
—Parece muy convencida de ello.
—Esperemos que tenga razón. Quién sabe lo que puede haber ocurrido con la vía de escape que tiene en mente desde que los mortífagos se apoderaron del colegio. Muchas cosas han cambiado desde entonces.
—De todos modos, no tenemos más remedio que intentarlo, ¿no? No podemos seguir como hasta ahora —resolvió Iliana, aunque sus palabras la preocuparon un poco. ¿Qué situaciones inesperadas tendrían que enfrentar en su huida? Ni siquiera el plan más meticuloso podía estar totalmente exento de imprevistos. Pero tampoco iba a permitir que el miedo a lo desconocido los bloquease y les impidiese actuar—. Piénselo, profesor: pronto saldremos de aquí, ¿no es maravilloso?
—Lo es —dijo Snape, sorprendido al darse cuenta de que realmente estaba dejando entrar un atisbo de esperanza en su cansado corazón. Eso podía resultar muy peligroso y lo sabía, pero ya no había vuelta atrás: cuando la esperanza llegaba, arraigaba muy rápido. Recordó sus primeros días de reclusión, cuando parecía que el mundo se hubiese acabado para él y conceptos como "esperanza" o "libertad" hubieran sido obliterados de la existencia—. Al principio, cuando me encerraron aquí, no lograba dormir —explicó—. Nunca he vivido rodeado de lujos y comodidades, pero este lugar que antes era casi mi hogar se convirtió de repente en un infierno que estaba un paso más allá de lo que mi cuerpo y mi mente podían soportar. No tengo ni idea de cuántos días transcurrieron. Aquí, en la oscuridad, sin nada con lo que medir el paso del tiempo, es imposible distinguir el día de la noche. Estoy seguro, además, de que al principio me traían la comida a horas diferentes para que ni siquiera pudiera hacer una estimación basándome en la frecuencia de las visitas. Pero, tras caer por fin rendido y sumergirme en un sueño tan profundo que casi pareció la muerte, desperté desconcertado y sin saber dónde me encontraba. Durante esos segundos de confusión fui libre de verdad, ya que no recordaba mi situación. Pero entonces la realidad irrumpió de golpe y mi corazón se hundió todavía más profundamente de lo que ya estaba.
—Oh, profesor…
—La libertad no es algo que haya abundado en mi vida, a decir verdad, por eso el impacto de redescubrir dónde me encontraba fue tan duro. Primero fue el frío, después el hedor. Por último, la humedad y la persistente oscuridad me confirmaron lo que mi cerebro se resistía a aceptar: que no había sido una pesadilla, que realmente estaba prisionero y no iba a poder escapar.
—Merlín…
—Este tira y afloja con la realidad se repitió durante varios despertares. Por unos segundos lo olvidaba todo y casi podía creer que me encontraba en mi cama de la calle de la Hilandera. Después, rápidamente, la ilusión estallaba como una burbuja y regresaba a este agujero inmundo.
Se produjo un pesado silencio en el que cada uno se sumió en sus propios y terribles recuerdos. Al cabo, fue Sandra la que habló.
—Cuando me atraparon, yo también me resistía a creerlo. Iba negando todo lo que ocurría, como si cerrando los ojos todo lo malo fuera a desaparecer. Primero me dije que me soltarían de inmediato, que yo no les interesaba para nada. Al comprobar que no fue así quise creer que mi situación como prisionera sería solo temporal, que se darían cuenta de que no les era de ninguna utilidad y al final me liberarían. Cuando comprendí que me equivocaba, me convencí de que no me llevarían a un harén; a mí no, quizá a otras mujeres, pero no yo. Al ver que ese era precisamente mi destino, me juré que no me doblegarían, que siempre me resistiría, que no permitiría que me convirtieran en una puta. Pero ya ve, profesor, por cada realidad que rechazaba, aparecía otra aún más cruel y difícil de aceptar. Hasta que llega el momento en que te das cuenta de que eso es lo que hay, que tus opciones se reducen a vivir con ello o perder el juicio.
—Y ahora nos enfrentamos a una nueva realidad, ¿no es así? —intervino Snape—. Una que nos dice que si queremos ser libres, tenemos que salvarnos nosotros mismos, porque no hay nadie que pueda rescatarnos. Somos nuestro propio equipo de rescate.
Mientras asentía en silencio, la joven recordó algo de pronto.
—Oh, hablando de eso. —Sacó el pergamino que había robado y se lo mostró al hombre—. Si logro falsificarlo para que parezca una autorización para sacar un objeto de la Oficina de Incautación podré recuperar el bolso de Violet.
—Para ello necesitarías una varita, está redactado con tinta mágica.
La joven sonrió.
—Puede que eso no resulte tan difícil, después de todo —dijo. Y le explicó el incidente de la varita de Malfoy.
—Es extraño que se haya descuidado tanto como para dejarla a la vista… —razonó Snape—. ¿Estás segura de que no te estaba poniendo a prueba, para ver si podía confiar en ti?
Ella se encogió de hombros.
—Si es así, he aprobado con matrícula de honor, porque cuando la he visto ya era demasiado tarde para hacer nada, así que ni siquiera la he tocado.
—Ve con mucho cuidado con él y no te fíes de sus aparentes despistes.
—No se preocupe, seré precavida. Hay otra cosa importante que le tengo que comentar, profesor. Violet quiere que saquemos a alguien más de aquí cuando huyamos.
—No, eso no es posible, no podemos confiar en nadie y, además, cuantos más seamos, más complicado será que todo salga bien.
—Pero, profesor, le he dicho a Violet que iríamos a buscarlo. Ha insistido mucho, según ella es de toda confianza, un amigo suyo del colegio. Usted debe de conocerlo, se llama Neville Longhorn, o algo así.
Snape resopló ante la mención de ese nombre.
—Longbottom. Sí, lo conozco. En el colegio era un desastre andante. Durante el último año de la guerra pareció mejorar bastante en cuanto a confianza en sí mismo y habilidad con la varita, pero aún así es muy arriesgado contar con él para una huida eficaz. De entre todas las personas que podrían arruinar nuestro plan, él es el peor.
—Pero, ¿cree que es de fiar?
—Antes lo era, pero... después de estos años y sin saber por lo que ha pasado es imposible de asegurar. En aquella época… sí, en aquella época era de fiar. Era torpe, pero honesto.
—Entonces, profesor, creo que deberíamos llevarlo con nosotros.
El hombre lo consideró durante unos instantes y después asintió con una cabezada.
—De acuerdo —dijo—. Confío en tu criterio.
