Bienvenidas un capítulo más a mi historia.

Muchas gracias a todos los que dedicáis vuestro tiempo a leerla y en especial a las que os habéis tomado la molestia de dejarme vuestros comentarios: Genna Lotto, Snape's Snake, Equidna, Herenetsess, Mac Snape, Diggea, GabrielleRickmanSnape y MoonyMarauderGirl.

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Capítulo 13

Abrió los ojos sintiéndose mucho mejor que la primera vez. Cuando había despertado de su estado de inconsciencia, una especie de niebla embotaba sus sentidos y entumecía sus músculos. En cambio, el sueño normal le había sentado bien, tal como predijo Snape, y ese nuevo despertar había sido casi perfecto. Si no fuera por el hecho de que en aquellos momentos él no la abrazaba.

Con esfuerzo, se alzó un poco en el colchón para mirar a su alrededor. La luz del día inundaba la cueva y pudo ver a Hermione y a Neville al fondo, de espaldas a ella, trabajando en algo muy concentrados. Por el olor suponía que se trataba de la comida. Sintió el estómago retorcerse de hambre y se incorporó aún más. Entonces fue cuando vio la silueta de Snape, también de espaldas y recortada al contraluz, a la entrada de la cueva. Estaba mirando al exterior como si esperase algo. Trató de ponerse en pie, pero en el primer intento le fallaron las piernas. Volvió a probarlo, con más éxito, y dio unos tambaleantes pasos hacia él apoyándose en la pared de piedra de la cueva.

—Estoy muy enfadada contigo —se quejó, y el hombre se giró hacia ella con las cejas enarcadas. Por un instante, Sandra se quedó muy sorprendida al verlo. Su percepción de él cuando era su profesor de pociones quedaba muy lejos, y desde que lo había conocido como prisionero no habían estado nunca los dos de pie, uno al lado del otro, por lo que no se había dado cuenta de que fuera tan alto. A la luz del día, además, su rostro mostraba complejidades que habían quedado ocultas en la penumbra de la celda. Sus ojos negros contenían universos enteros.

—Ah, ¿sí? —dijo él entonces, con aire divertido—. ¿Y eso por qué?

Recobrándose de la impresión, Sandra simuló hallarse ofendida.

—Abusaste de tu situación de superioridad al ponerme a dormir sólo para acallar mis protestas. Yo no estaba en condiciones de defenderme.

Snape sonrió de medio lado.

—Con eso contaba —se mofó—. Por cierto, ¿sabes que no deberías estar levantada?

—Eres un abusón —insistió ella.

—No eres la primera que me lo dice, pero ten en cuenta que tú ayer tampoco estabas en condiciones de decidir lo que más te convenía, así que decidí yo por ti.

Ella consideró sus palabras en silencio y después sonrió de medio lado, satisfecha.

—En ese caso, te perdono. Al fin y al cabo, yo hice lo mismo por ti en la celda —replicó, y el rostro del hombre se ensombreció.

—No es lo mismo, aquello fue una locura —dijo—. Y, tal como te expliqué, totalmente innecesaria.

—Si crees que hice lo que hice sólo por ayudar a revivir a Harry Potter estás muy equivocado, Severus —dijo ella, con total seriedad—. Ayer no me dejaste hablar, pero ahora me vas a escuchar. Lo sé, sé que él es el único que puede derrotar de una vez por todas al Lord, que la profecía de la que hablaba todo el mundo es real y que no hay otro modo de vencer a Voldemort si no es con él, y me alegro mucho de que tú seas el que puede despertarlo, pero lo cierto es que en aquel momento todo eso me daba igual. Cuando vi que no podía liberarte de tus cadenas me desesperé. Yo sólo quería sacarte de allí, era lo único que me importaba. Por eso hice lo que hice. —Iba a añadir algo más, pero entonces Hermione se acercó a ellos y los interrumpió.

—Buenos días, Sandra, o buenas tardes, mejor dicho, ya que falta poco más de una hora para que oscurezca. Me alegro de ver que estás mucho mejor, aunque no sé si deberías haberte levantado todavía.

Snape enarcó las cejas con suficiencia y Sandra puso los ojos en blanco.

—¿Es que os habéis puesto de acuerdo, o qué? Estoy bien, no te preocupes. ¿Eso que estáis preparando es la cena?

—Sí —respondió con tristeza—, pensaba que a estas alturas ya estaríamos cenando en la mansión, pero aún no nos ha llegado ningún mensaje, así que...

—Quizá deberíamos ir buscando otra lechuza —intervino Neville desde el fondo de la cueva—. Por si acaso.

—... mientras tanto, tendremos que apañarnos como podamos.

—¿Tienes apetito? —preguntó Snape, con interés.

—¿Apetito? Estoy famélica, creo que sería capaz de comerme cualquier cosa.

—Eso es muy buena señal —dijo él, satisfecho.

—Pues a mí no me extraña en absoluto que tengas hambre. Snape te ha ido dando pociones nutritivas mientras estabas inconsciente, pero no es lo mismo si no se puede masticar, ¿verdad? —preguntó Hermione, con una sonrisa.

—No, no lo es, pero lo agradezco de todos modos —contestó Sandra, mirando al hombre, que había vuelto a girarse hacia el exterior de la cueva.

—¿De qué estabais hablando antes? —preguntó Hermione—. Me ha parecido que mencionábais a Harry. ¿Sabéis cómo despertarlo?

—Es tan sencillo como lanzarle un contrahechizo, Granger. Francamente, me sorprende que nadie haya podido revertirlo todavía; de saber que os costaría tanto, no lo hubiera dejado en letargo. Supongo que por una vez subestimé la estupidez humana.

—¿De qué hablas, Snape? ¿Cómo vamos a saber despertarlo si no tenemos ni idea de qué hechizo le lanzaste?

—Te aseguro, Granger, que no se trata de hechicería cabalística ni de los misterios ocultos de la ciencia mágica ignota. No tendría sentido que fuera tan difícil de descubrir, ya que estaba seguro de que el Lord iba a matarme, ¿de qué hubiera servido mantener con vida a Potter si el único que podía reanimarlo estaba muerto?

—Pues no hemos sido capaces de descubrir cómo hacerlo.

El hombre suspiró con aire frustrado.

—No sé ni por qué me sorprendo. Lo que hice fue lanzarle un encantamiento que, en principio, debía protegerlo de que le afectara cualquier maldición. No estaba seguro de que sirviera también para evitar un avada kedavra, pero no tenía otra opción que arriesgarme y, por suerte, funcionó. Pero lo hice con el convencimiento de que serían otros los que tendrían que ser capaces de despertarlo. En fin, ahora ya da igual. En cuanto vea a Potter le lanzaré el contrahechizo y se habrá acabado el problema.

—Si es que conseguimos llegar a donde está Harry —dijo Neville.

Sandra miró al chico, preocupada.

—¿Es normal que se tarde tanto en recibir noticias? —preguntó.

—No lo sé —dijo Hermione—, nunca...

—No, no es normal. No puede serlo —dijo Neville.

Hermione negó con la cabeza con aire paciente, estaba claro que habían tenido esa discusión varias veces antes.

—Eso no lo sabemos, quizá el camino es muy largo y a la lechuza le ha costado llegar.

—Estoy convencido de que ni siquiera ha llegado —insistió el chico, mortificado—. Sigo siendo tan inútil como cuando estaba en el colegio. No soy capaz ni de encontrar una lechuza en condiciones.

—¡No digas eso! No es cierto. La lechuza llegará, estoy segura —lo tranquilizó Hermione. Y, mirando a Sandra, prosiguió—: La verdad es que no sé cuánto pueden tardar en recibir el mensaje y responderlo, nunca había salido de allí antes, así que no tengo ni idea.

—Yo tampoco me fío ni un pelo de aquella rata voladora, la verdad —apuntilló Snape, sin dejar de mirar al frente—. Es capaz de haber estirado la pata a medio camino.

—¡Ahí, ahí, eso es lo que yo digo! —insistió el chico.

—Albert estará bien —aseguró Hermione, pero parecía preocupada.

—¿Albert? —preguntó Snape.

—Me ha parecido que, si iba a entregar un recado tan importante para nosotros, bien podíamos dignarnos a ponerle un nombre —se excusó Hermione.

—Ya tenía un nombre que le resultaba muy apropiado —dijo Snape—: rata voladora. —Y, dirigiéndose a Sandra, añadió—: Aquí, nuestro compañero de cueva, que no sabe distinguir un ave de un roedor.

—Era la única lechuza que pude conseguir —saltó Neville, defendiéndose del tono acusador—, no había ninguna más en todo el pueblo.

—Estaba un poco maltrecha, la pobre —explicó Hermione.

—Medio muerta, diría yo —rezongó Snape.

—Sí, ya lo sé, no paro de decirlo, por eso creo que deberíamos ir a por otra, pero…

—¡Silencio! —susurró el hombre de pronto, y el chico obedeció—. Oigo algo…

Los cuatro prestaron toda su atención a los sonidos que llegaban de fuera, Neville acercándose a los demás para escuchar mejor.

—Es como un zumbido… —murmuró.

En efecto, un zumbido grave y continuo se iba haciendo cada vez más fuerte, pero no eran capaces de identificar qué era. De pronto, la luz del sol se apagó como si una nube lo hubiese tapado y, unos segundos más tarde, como si la hubieran invocado al hablar de ella, la lechuza que habían enviado días atrás apareció delante de ellos. Aleteó fuera de la cueva sin moverse del sitio, como si quisiera exhibirse ante ellos para declarar con orgullo que había sido capaz de cumplir con su misión y, al cabo de unos instantes, entró en la cueva. Llevaba una nota en la pata que decía sencillamente: "Agarraos bien a la escalera".

—¿Qué escalera? —preguntó Sandra.

Echaron una ojeada afuera, pero no vieron ninguna.

—¿Tú sabes algo de esto? —preguntó Snape, mirando a Hermione, pero ella se encogió de hombros.

—Cuando me fui se me borró la memoria de todo lo referente a la mansión: qué clase de lugar es, dónde está, cómo se accede, etc. Sólo recuerdo cosas que pasaron allí dentro, pero nada del lugar en sí mismo para no comprometer la seguridad de los que lo habitan.

—¿Qué hacemos, entonces? —preguntó Neville—. ¿Y si es una trampa?

—Creo que no tenemos más remedio que arriesgarnos —dijo Snape, con voz lúgubre—. Lo mejor será que salga sólo uno de nosotros para investigar qué hay ahí fuera. Iré yo, oculto por la capa invisible.

—Ten cuidado —dijo Sandra. Él asintió de una cabezada.

Hermione le acercó la capa y el ex profesor se cubrió con ella.

—No salgáis a menos que os lo diga.

Al cabo de unos segundos, lo oyeron susurrar desde fuera:

—Aquí arriba sólo hay una nube gigantesca flotando muy bajo, pero sigo sin ver ninguna escalera, no sé qué demonios…

—A lo mejor, si no ven a nadie, no la hacen aparecer —dijo Neville, y salió para comprobar su teoría.

—¿Qué haces, estúpido? Si es una trampa…

—Mire, ahí está. ¿Lo ve? Sólo ha aparecido cuando me han visto.

El hombre gruñó audiblemente, se quitó la capa invisible y se acercó a Sandra para sujetarla y ayudarla a llegar hasta la escalera de cuerda que se había desplegado ante ellos y que ascendía, como si flotara en el aire, hasta perderse en la inmensa nube gris.

—Así que esta es la vía de acceso —dijo Neville—. ¿Estamos seguros de lo que vamos a hacer? ¿Cómo podemos fiarnos si no sabemos quién hay arriba?

—Una cosa está clara —dijo Snape—: a menos que hayan cambiado mucho desde que me encerraron, esto no se parece en nada a las trampas típicas que utilizarían los mortífagos para cazar a alguien.

—¡Un momento! —dijo Hermione, volvió a entrar corriendo en la cueva y con un hechizo recogió todas las pertenencias que habían dejado allí y se las guardó en el bolso—. Ya está, podemos irnos.

Se acercaron los cuatro a la escalera y se aferraron a ella.

—¡Ven, Albert! —llamó Hermione. Y, como si la lechuza supiera que se refería a ella, el ave se posó sobre su hombro derecho.

—Será mejor que tú te agarres a mí —dijo Snape, y pasó ambos brazos alrededor del cuerpo de Sandra para sostenerla a ella y la escalera al mismo tiempo—. Pon los pies en el primer peldaño.

La chica obedeció y después se abrazó a él con fuerza.

—¿Estás bien? —preguntó el hombre.

—Sí, gracias.

De inmediato, les invadió la mareante sensación de ser transportados por un traslador, pero sólo duró un par de segundos, y entonces la escalera desapareció y se encontraron en un camino de piedra que llevaba a la puerta de una impresionante mansión victoriana.

—¡La mansión! ¡Es la mansión! —gritó Hermione, contenta, y echó a correr por el camino de piedra hasta abrazarse al hombre que les daba la bienvenida desde el umbral—. Buenos días, capitán Shultz, no sabe cuántas ganas tenía de volver.

—Bienvenida de nuevo, Hermione —la recibió él, con una pequeña sonrisa.

Como la escalera había desaparecido, Snape y Sandra se econtraron abrazados sin ningún motivo aparente. Azorados, se apartaron el uno del otro sin saber a dónde mirar, ella con las mejillas incendiadas, y él con el corazón golpeándole con fuerza en el pecho.

Entonces, el capitán, un adusto hombre de unos sesenta años y pelo canoso, gesticuló hacia los recién llegados y los invitó a entrar.

—Adelante, pasen, pero tengan cuidado de no salirse del sendero, la caída es mortal.

—¿La caída? —preguntó Neville, miró de inmediato a los lados del camino y vio que se encontraban a muchos metros por encima del suelo. De la impresión, el chico dio un mal paso y estuvo a punto de caer por el borde y precipitarse al vacío, pero Snape lo sujetó por la parte de atrás de la túnica justo a tiempo—. ¡Merlín Poderoso! Gracias, Snape, me has salvado la vida.

—Ha sido un acto reflejo. Si hubiera pensado antes de actuar, jamás habría cometido ese error.

El joven lo miró con la boca abierta y el ceño fruncido, incapaz de decidir si le estaba tomando el pelo o no, pero el hombre ya no le prestaba atención, estaba ocupado en ayudar a Sandra a caminar por el sendero, sujetándola del brazo con cuidado para evitar que cayera.

—¡Vaya, estamos flotando en el aire, Severus! —dijo la chica, impresionada—. La mansión es una especie de casa voladora, ¿quién lo habría imaginado? ¿Cómo crees que lo habrán hecho?

—Casa, medio de transporte… puede llamarlo como prefiera, señorita —dijo el capitán.

—¿Quién ha venido? —dijo una voz y, a continuación, el inconfundible cabello rojo típico de los Weasley apareció por la puerta—. ¡Hermione!

—¡George! —exclamó ella, lanzándose a sus brazos, y la lechuza alzó el vuelo y se puso a aletear pesadamente alrededor de ellos.

—Me alegro mucho de ver que estás bien, Hermione. Estábamos muy preocupados.

—Oh, George. —La joven, rota de emoción, se echó a llorar contra su pecho—. ¡Lo siento tanto! Cuando me capturaron, Ron… Ron intentó salvarme y… y…

—Lo sé, nos llegó la noticia de que te habían aprisionado y de que a él… —Negó con la cabeza con tristeza—. De que lo habían ejecutado en el acto.

—Fue culpa mía —lloró ella—, ¡fui tan estúpida al dejarme atrapar así…!

—No digas eso, la única culpa es de los mortífagos. Ellos son los asesinos. Pero van a pagar por todo lo que han hecho, Hermione. Tarde o temprano les haremos pagar por ello, ya lo verás. Conseguiremos que se haga justicia por Ron y por todos los demás.

—Fue tan valiente, George, ¡tendrías que haberle visto! Os habríais sentido orgullosos de él.

El joven sonrió con tristeza, imaginando a su atolondrado hermano pequeño luchando por proteger al amor de su vida.

—Cada vez somos menos Weasleys —dijo al fin—. Me temo que la que una vez fue familia numerosa ahora está en vías de extinción.

—Eso resulta difícil de creer —dijo una voz grave y adusta.

—¿Snape? —preguntó George, con los ojos como platos—. No puede ser. ¡¿Está vivo?!

No quedó claro si esto último había sido una pregunta o una exclamación, pero el ex profesor le dedicó una sonrisa torcida.

—El placer es mutuo —replicó.

—¿Es usted Severus Snape? —preguntó el capitán, con interés—. ¿El hombre que todos decían que había muerto y que era el único capaz de despertar al muchacho Potter?

—Yo no diría tanto. Si le hubieran planteado el problema a alguien competente, ya lo habrían resuelto hace tiempo; pero sí, soy yo.

—¿Alguien competente? —se indignó George—. Pero, ¿de qué va? Deja a Harry en estado catatónico y encima…

—Ssshhh… —lo calmó Hermione—. No te pongas así, ahora que está aquí podremos despertarlo.

—Lo hizo para protegerlo —intervino Sandra, con voz débil. Las piernas le empezaban a temblar por el esfuerzo excesivo que había hecho aquel día y sentía una molesta presión en las sienes que probablemente se debiera a la altura a la que estaban, pero esas nimiedades no iban a impedirle defender a Snape.

—¿Quién eres tú? —preguntó George.

—Me llamo Sandra. Severus le lanzó un hechizo a Harry Potter para protegerlo, por eso el avada kedavra de Lord Voldemort no le mató.

El pelirrojo se la quedó mirando un segundo y después desvió la atención hacia Snape, como buscando confirmación de aquellas palabras; pero el hombre no parecía tener ningún interés en justificarse y se limitó a responder a sus ojos inquisitivos con altivez. Nadie dijo nada durante unos instantes hasta que, al fin, fue Neville el que rompió el silencio.

—Esto… ¿creéis que sería posible que pasemos dentro? Y conseguir algo que llevarse a la boca ya sería la rehostia. Estábamos preparando una sopa, pero ninguno de nosotros ha demostrado hasta ahora ser muy buen cocinero, así que cualquier cosa que tengáis por aquí seguro que nos parece un festín…

—Neville, colega, me alegro mucho de verte —dijo George, chocó su mano en alto y después le dio un efusivo abrazo—. Claro que podéis pasar, ¿verdad, capitán?

—Por supuesto, nosotros también estábamos a punto de cenar, a decir verdad. Pero claro, teniendo en cuenta que tenemos al señor Snape entre nosotros, lo mejor será despertar al chico Potter lo antes posible y después podremos cenar todos juntos.

—¿Quién más hay por aquí? —preguntó Neville, mientras se adentraban en la vivienda—. ¿Alguien que yo conozca?

—¡Desde luego! Verás un montón de caras conocidas, somos un buen grupo.

Snape y Sandra, rezagados, siguieron a los chicos y el capitán se puso a su lado para hablar.

—Disculpen mi grosería, no me he presentado: me llamo Shultz —dijo—. Quiero que sepan que, una vez acabemos de cenar, tenemos habitaciones libres a su disposición. Pueden quedarse aquí el tiempo que deseen y combatir con nosotros las fuerzas del Lord. ¿Usted también forma parte de la lucha, señorita? —le preguntó a Sandra.

—Eh… no, en realidad, yo no formaba parte de la resistencia. Cuando me aprisionaron estaba escondida con un grupo de magos y brujas de Londres. Había entre nosotros dos combatientes de la resistencia que tenían intención de llevarnos a un lugar seguro, pero por el camino nos asaltaron los mortífagos. Los mataron a ellos y a todos los que no les interesaron como esclavos. A mí me destinaron al harén de la fortaleza y allí es donde conocí a Hermione.

Por algún motivo, el capitán frunció el ceño ante esta explicación.

—Ya —dijo, simplemente—. Si me disculpan, voy a hablar con mis hombres.

—¿He dicho algo que haya podido ofenderle? —le preguntó a Snape cuando Shultz se hubo ido.

Él se encogió de hombros.

—No le hagas caso. Concéntrate sólo en estas palabras: habitaciones libres. Creo que sería capaz de matar a alguien sólo por poder dormir en una cama de verdad.

Sandra sonrió.

—También he creído oír hablar de comida —dijo—, a no ser que sea una alucinación mía causada por el hambre, claro. Ah, y tenemos algo que hacer, una vez nos hayan asignado los dormitorios —concluyó, enigmáticamente.

Snape la miró con una interrogativa ceja enarcada, pero ella se negó a dar más explicaciones.

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Después de tantos años esperando aquel momento, el proceso de despertar a Harry Potter fue tan rápido y sencillo que a los habitantes de la mansión les resultó algo decepcionante. Habían esperado largos y elaborados conjuros pero, con un sencillo movimiento de la varita de Snape, el chico abrió los ojos.

—¿Qué ha pasado? —Fue la lógica pregunta que surgió primero de sus labios. Y después—: ¿Dónde estoy?

—Esas son preguntas que requieren de muy largas explicaciones —dijo Shultz—. Propongo que les demos respuesta durante la cena.

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A los recién llegados, incluido Harry, la cena les supo a gloria. A Harry porque aquel estado de hibernación, por lo visto, provocaba un hambre voraz. A los chicos porque, aunque en el harén no les faltaba de nada, los cocineros no se esmeraban en elaborar ni grandes ni suculentos platos para ellos. Y a Snape, por supuesto, porque hacía muchísimo tiempo que no tomaba una comida como es debida y los alimentos –si es que se les podía llamar así– que le proporcionaban durante su cautiverio eran escasos y malos. Por eso, ante tanta abundancia, el ex profesor se hartó a comer de todo lo que habían dispuesto ante ellos con voracidad.

—Calculo que habré engordado unos tres kilos desde que me he sentado a la mesa —le comentó en tono confidencial a Sandra, que estaba a su derecha.

La joven rió.

—Estupendo —repuso ella—, a ver si llenas un poco esos huesitos.

Por algún motivo, la broma le hizo sentir mal. Pensó que debía de ofrecer un aspecto realmente lamentable, todavía más flaco y feo de lo que había sido jamás. Y, aunque su apariencia física nunca le había importado, de pronto se sintió avergonzado de su propio cuerpo. Se puso muy tenso y no contestó nada. Sandra frunció el ceño, sin duda notando que algo no iba bien, y siguió comiendo en silencio.

Harry quedó destrozado ante la noticia de que Ron había muerto, y Hermione y él se abrazaron durante largo rato, intentando consolarse mutuamente de la terrible pérdida. El chico, además, había quedado horrorizado de saber que habían pasado tres años desde que quedó inconsciente, y de que Hermione había estado recluida en un harén.

—No puedo creer que esto esté pasando de verdad —dijo—. Tengo la sensación como si fuera una pesadilla de la que voy a despertar de un momento a otro.

—Es una pesadilla —dijo Hermione—, pero es muy real, y es nuestro trabajo romperla, porque no va a desaparecer con solo desearlo.

—Pero ahora que te tenemos a ti y tenemos al señor Snape —intervino Shultz—. Tengo la confianza de que podremos vencer por fin.

Un murmullo esperanzado recorrió la mesa.

—Caray, ahora entendemos los informes que nos han ido llegando estos días —dijo George, con animación—. Ha habido numerosas noticias de actividades mortífagas últimamente, ¿verdad, papá?

Arthur Weasley asintió con gravedad. El hombre había cambiado mucho en poco tiempo debido a las desgracias vividas; aquella mirada siempre bondadosa y algo simple que le caracterizaba se había endurecido, adquiriendo un tinte amargo y decepcionado. También parecía haberse encogido un poco y estaba prácticamente calvo. Habló con voz átona, casi sin inflexión.

—Así es. Andan revueltos de un lado a otro. Deben de estar removiendo cielo y tierra para cazaros, Hermione.

—¡Que se jodan esos putos asesinos! —exclamó George—. Aquí no os encontrarán jamás. Daría mi otra oreja a cambio de poder verlos por un agujerito.

Snape no necesitaba verlos para imaginar la agitación que debía recorrer la fortaleza, como un avispero sacudido por una pedrada.

—Seguro que van corriendo de aquí para allá como pollos sin cabeza —dijo Oliver Wood—. ¡Se les ha escapado el único prisionero que mantenía el Lord! Seguro que muchos estarán sufriendo su ira en estos momentos.

El recuerdo de todas las visitas que le había hecho el Lord volvieron, vívidos, a la la mente de Snape. Buenos días, Severussss, siseaba su espeluznante y chirriante voz, o quizás sean tardes… o noches… nunca podrás estar seguro, ¿verdad?, mofarse de su incapacidad para determinar a qué hora o en qué día se hallaba era una de sus "bromas" recurrentes, ¿Cómo se encuentra hoy mi fiel traidor? ¿Bien? Veamos qué podemos hacer para remediarlo. Y, tras su estudiada introducción, siempre la misma –excepto cuando estaba furioso por algo y lo torturaba sin siquiera decir ni una palabra antes–, Voldemort empezaba con su sesión de interminable tormento.

Miró de reojo a Sandra, que seguía la conversación con interés. Ella sabía exactamente por lo que había pasado, pues había tenido que sufrirlo también. La maldición reciprocus no reproducía las torturas en toda su duración, pero sí en toda su intensidad, y ella había tenido que soportarla durante muchos y larguísimos minutos que condensaban la esencia de sus tres años de sufrimientos. Minutos y minutos enteros de cruciatus sin parar. Eso era una auténtica barbaridad.

Incluso el Lord lo sabía, y por eso solía aplicar sus torturas durante tiempos más cortos, separados por intervalos de un par de minutos para permitir que la víctima se recuperase un poco. Hacerlo de otra manera podría romper el juguete demasiado pronto, y el Lord no toleraba que pasara eso, no importaba lo iracundo o descontrolado que se encontrase.

Mi fiel traidor, le encantaba llamarlo así, no creas que vas a librarte de esto volviéndote loco, no voy a permitirlo. He perfeccionado mis cruciatus con un conjuro que te impedirá perder el juicio, pase lo que pase. Podrás disfrutar de la experiencia plenamente, como yo. La primera vez que le dijo esto Severus se sintió hasta agradecido, porque durante las primeras semanas de su cautiverio se había preguntado en incontables ocasiones por qué diablos no enloquecía de una vez, pudiendo librarse así de aquel infierno, hasta que la explicación del Lord le dio la respuesta.

—¿Y de dónde salió esta mansión? —Oyó que preguntaba Neville.

—Fue una creación de mi padre —respondió Luna Lovegood, y Snape se fijó en que su característica aura de hada extraviada había perdido brillo desde la última vez que la vio, varios años atrás. Ahora la chica llevaba el pelo muy corto y sus ojos azules parecían menos soñadores y empañados con alguna clase de tristeza—. La inventó él y llevó a cabo el proyecto con ayuda de sus amigos, el capitán Shultz , el señor Scamander y su hijo Rolf —el joven que estaba sentado a la derecha de la chica saludó tímidamente con la mano y el capitán asintió con una seca cabezada—. Cuando se perdió la guerra y Harry cayó, pensaron que este sería un buen sitio para esconderse y decidieron usarlo como cuartel general de la resistencia. Ahora quedamos tan pocos, que prácticamente se podría decir que sólo somos los que estamos aquí.

—¿Cómo dices? —preguntó Snape, alarmado—. ¿Las fuerzas de la resistencia consisten sólo en los que estamos en esta mesa?

—Bueno, no, en la Mansión hay más gente; los hombres del capitán, por ejemplo, que también están muy dedicados a la causa y entre los que está su contramaestre, que es el padre de Rolf. Hay también algunos equipos diseminados en tierra, como los que lideran Minerva McGonagall o Kingsley Shacklebolt —aclaró Arthur—; o la casa segura de Cork, que está protegida por un par de ex aurores. Pero no son muchos grupos y lo cierto es que todos cuentan con pocos miembros.

—Un momento, eso no puede ser. ¿Dónde está la gente? ¿Se han aliado todos con el Lord? ¿Están de acuerdo con su régimen de terror?

—Muchos han muerto —intervino Charlie Weasley, con rostro apesadumbrado—. Muchísimos. Nos han ido cazando poco a poco. Otros fueron esclavizados; algunos todavía están escondidos; y otros muchos, por miedo, se rindieron a la política del Lord para así asegurar su supervivencia.

—Antes la resistencia tenía muchos miembros —dijo Dean Thomas—. Pero la mayoría han ido cayendo con el tiempo: Angelina Johnston, Lavender Brown, las gemelas Patil, Lee Jordan, Seamus Finnegan, Cho Chang…

—Hagrid, Poppy, Filius, Pomona, Sybill… —enumeró Rolanda Hooch, con la vista baja, desde el otro lado de la mesa.

—Mi padre… —dijo Luna, en un hilo de voz.

—Mi madre —continuó George—, mi hermana Ginny, mis hermanos Percy, Fred y Ron…

—Discúlpenme —interrumpió Arthur Weasley, con el rostro desencajado. Se puso en pie y se marchó de la estancia con paso apresurado.

—Lo está llevando realmente mal —dijo Charlie, con tristeza—. Ha sido muy duro para todos nosotros, claro, pero imaginad lo que es para un padre perder a su mujer y a tantos de sus hijos en tan poco tiempo…

—¿Y qué hay de William? —preguntó Snape—. No lo habéis mencionado, pero tampoco lo veo aquí.

—Bill bajó con uno de los grupos de tierra —explicó George—. Capturaron a su mujer, Fleur, y desde entonces no ha dejado de buscarla junto a Victor Krum, que coincidió con ella durante el Torneo de los Tres Magos. Nos dijeron que lo más probable era que la hubiesen llevado a uno de los harenes de…

Al oír esto, Hermione dio un grito ahogado y se quedó blanca como el papel.

—¿Qué ocurre? —preguntó Sandra.

—¡No puede ser! —dijo Hermione—. ¿Estáis seguros de eso?

—Nos ha sido imposible comprobarlo, pero...

—Merlín Poderoso, espero de todo corazón que estéis mal informados, porque si no...

—¿Qué ocurre? —le preguntó Sandra en voz baja a Severus—. ¿Por qué está tan asustada por esa chica?

—Fleur de la Cour tiene parte de veela.

Sandra se quedó helada.

—¡Dios mío! ¿Una veela en un harén? Severus, esa chica está condenada —susurró, intentando que no la oyeran para no inquietar a los presentes.

Snape asintió con gravedad.

—Si de verdad la han llevado a un harén no durará mucho tiempo.

—Tú estabas en la Fortaleza —le preguntó George entonces a Hermione—, ¿la viste alguna vez en ese harén?

La chica negó con la cabeza.

—No, pero yo estuve poco tiempo, quizá Sandra sepa algo.

—No conozco a ninguna Fleur. Pero, claro, seguramente yo la llamaría por otro nombre.

—¿Otro nombre? —preguntó Oliver Wood.

—Al llegar nos cambiaban el nombre —explicó Neville, con repulsión—. A mí me pusieron Celsus.

—¿Cómo es esa chica… Fleur?

—Alta y rubia, muy delgada; delicada como un tallo de hierba. Y tiene un fuerte acento francés —dijo Charlie.

Sandra sacudió tristemente la cabeza.

—No me suena nadie así, lo siento. Quizá la llevaron a otro harén, creo que hay bastantes a lo largo del país. Aunque a lo mejor hay suerte y no está atrapada en ninguno, sino escondida en algún lugar.

—Ahora, con la ayuda de Harry, podremos derrotar al Lord y todos los que están prisioneros en los harenes serán libres —dijo Luna, con una convicción tan apabullante que por un instante dejó sin palabras a los demás.

Aberforth, que estaba al lado de la joven, puso una mano en su hombro.

—Ojalá tengas razón, muchacha —dijo—. Ojalá podamos por fin enderezar todo lo que se torció por culpa de mi hermano.

Harry miró al hombre con tristeza.

—Eso es algo injusto —dijo—. El profesor Dumbledore no siempre acertaba, pero nunca tuvo la intención de que ocurriera nada de esto.

Aberforth negó con la cabeza, con una sonrisa triste en los labios.

—Tú, precisamente, eres el que menos debería defenderlo, Harry, después de la manera en que mi hermano mangoneó tu vida hasta llevarte a esta situación. Tú y Snape sois los principales damnificados de la influencia nociva de Albus.

Snape apretó los dientes, pero no dijo nada. Lo cierto era que él mismo lo había pensado también en varias ocasiones.

—Aberforth apenas ha salido de la habitación donde estabas tú inconsciente, Harry —explicó Luna—. Se siente responsable por las acciones de su hermano.

—Le dije mil veces que era una estupidez y una pérdida de tiempo que se pasara todo el día ahí —intervino el capitán, de mal humor—, que sería mucho más útil tomando parte en nuestros planes y en nuestros ataques. ¡Escasos como estamos de refuerzos! Pero él sólo se quedaba ahí quieto mirándote dormir, esperando que te recuperases por obra de algún milagro, o qué sé yo…

—Cualquier lucha sin Harry estaba irremediablemente condenada al fracaso —contestó Aberforth—. Él es el único que puede derrotar al Lord.

—No es que la primera vez que traté de hacerlo funcionara muy bien —dijo Harry—. Pero ahora, gracias a Snape, tengo otra oportunidad de intentarlo.

Entonces Hermione se puso en pie levantando su copa en alto y propuso un brindis por el ex profesor y todos siguieron su ejemplo al instante, mientras el homenajeado se mantenía rígido en su asiento, incómodo por ser objeto de un reconocimiento que no estaba seguro de merecer.

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Tras la cena, Snape y Sandra salieron del comedor, seguidos por Shultz.

—Supongo que ahora le gustaría descansar —le dijo el capitán a Snape, con una sonrisa afable.

—Estaría bien, sí.

—Su habitación está al final de este mismo pasillo, la última de la derecha.

—¿Y cuál es la mía? —preguntó Sandra—. Estoy tan cansada que creo que podría dormir otros tres días seguidos.

La amabilidad del capitán se esfumó de un plumazo.

—La suya, señorita —pronunció el apelativo con un retintín muy desagradable—, no tengo ni idea de cuál es, mejor será que se lo consulte a uno de nuestros elfos domésticos —rezongó y, despidiéndose de ellos, se dio media vuelta y se marchó.

—Merlín, no sé qué le he hecho a ese tipo —dijo Sandra—, pero debe ser muy grave para que me aborrezca tanto.
Se giró hacia Snape y lo encontró mirando con fijeza en la dirección por la que había desaparecido el capitán, con el ceño fruncido y una expresión dura en el rostro.

—Tú no has hecho nada, Sandra —aseguró, volviéndose hacia ella—. Sea cual sea, el problema es sólo suyo.

—En fin —suspiró la joven—, será mejor que vaya a buscar algún elfo doméstico que pueda indicarme cuál es mi habitación.

—¿Quieres que te acompañe?

—No, gracias, no es necesario. Ya no me tambaleo al andar y me encuentro mucho mejor, creo que me ha sentado bien la comida caliente. No es que no aprecie las hierbas y las pociones nutritivas, pero...

Snape asintió.

—Lo entiendo.

Se quedaron mirando en silencio. Era la primera vez que se encontraban solos desde que habían salido de la Fortaleza y ambos parecían querer aprovechar el momento, o al menos prolongarlo un poco más, pero sin saber muy bien cómo hacerlo. Entonces ella, pensando que era absurdo continuar allí en medio del pasillo sin decirse nada, empezó a darse la vuelta para irse, pero se lo pensó mejor, se puso de puntillas y posó un suavísimo beso en los labios del hombre.

—Me alegro de estar aquí contigo —susurró—. A pesar de lo que ha pasado, no…

Snape devoró sus palabras al abalanzarse a por sus labios. Rodeó la cintura de la joven con las manos y ella se abrazó a su cuello. Se besaron con la voracidad del deseo largamente reprimido. Sandra se apretó contra el pecho del hombre y recorrió con su lengua todos los rincones de aquella boca que tanto había anhelado. Se olvidaron de que existía el mundo y, por unos instantes, no hubo nada más que aquel beso. Pero entonces oyeron un ligero carraspeo y ambos se giraron para encontrarse con un elfo doméstico que los observaba con curiosidad.

—Tengo que enseñarle a la señorita su dormitorio —dijo la servicial criatura.

—S-sí, claro —dijo la joven y, azorados pero reticentes, se separaron el uno del otro—. Buenas noches, Severus.

—Buenas noches, Sandra.

Con una pequeña y tímida sonrisa, ella levantó la mano para despedirse de Snape y el elfo se la llevó pasillo abajo.