Bienvenidas un capítulo más a mi historia.

Muchas gracias a todos los que dedicáis vuestro tiempo a leerla y en especial a las que os habéis tomado la molestia de dejarme vuestros comentarios: AnHi, Genna Lotto, Snape's Snake, Equidna, Herenetsess, Mac Snape, Diggea, GabrielleRickmanSnape y MoonyMarauderGirl.

OoOoOoO

Capítulo 14

Snape entró en su habitación todavía sin asimilar del todo lo que acababa de ocurrir, la pasión con la que cada uno había buscado los labios del otro.

Deseaba seguir dándole vueltas al tema, pero algo en aquel cuarto lo incomodaba. La sala no tenía ventanas y le resultaba asfixiante. Empezó a dar vueltas arriba y abajo, pensando en Sandra y en el sabor de aquellos labios, que todavía podía sentir en los suyos, pero el aire del cuarto le olía a cerrado y se veía incapaz de calmarse. No había ventanas. ¿Por qué diablos no había ventanas? Se sentó en uno de los sillones, intentando concentrarse en cómo ella había recibido aquel beso, con una ferocidad casi idéntica a la suya. ¿Podría atreverse a creer que aquello significaba que ambos sentían lo mismo? Eso era algo que nunca hubiera creído posible. Algo que a él no le había sucedido jamás y a lo que no creía tener ningún derecho.

Miró a las paredes, repicando con los dedos en el reposabrazos del sillón. Para ser sólo un dormitorio era realmente grande, tenía que reconocerlo; pero, ¿de qué servía tanto espacio si no había ventanas? En realidad, toda la mansión era enorme y la magia que la transportaba, como si fuese un avión o un zeppelín, le resultaba bastante sorprendente. Decidió que iría a hablar con el capitán para que le explicase los detalles del ingenio.

El capitán. Un hombre extraño. Parecía tenerle a él en alta estima y, en cambio, era evidente el desprecio que le demostraba a Sandra. ¿Qué clase de persona podía apreciar más a un hombre como él que a ella, que iluminaba cualquier sitio con su sola presencia? Ella, que era lo más maravilloso que le había sucedido en la vida. ¿Y por qué diablos no podía haber una maldita ventana en aquella habitación?

Unos golpes en la puerta lo sacaron de su ensimismamiento pero, asombrosamente, el sonido no procedía del pasillo, sino de una puerta lateral en la que ni siquiera había reparado. Dos puertas y ninguna ventana. Ridículo. De pronto, sin buscarlo, comprendió por qué le molestaba tanto el asunto: un espacio cerrado sin vistas al exterior, por grande que fuera, siempre le recordaría a su celda en la Fortaleza. Si pensaba que con la libertad se acabarían sus problemas, estaba muy equivocado. Deshacerse del trauma de aquellos años no iba a ser tan fácil. Con un estremecimiento, se levantó y fue a abrir la puerta recién descubierta.

—¿Puedo pasar?

Ahí estaba ella de nuevo, aligerando el peso de su corazón. Con sólo verla ya se sentía mucho mejor.

—Adelante, Sandra.

Entró despacio, con las manos enlazadas y mordiéndose los labios.

—Nuestros cuartos se comunican por esta puerta, ¿lo sabías? —explicó, acercándose a él—. Tengo la habitación contigua a la tuya. Bueno, en realidad se lo he pedido yo al elfo doméstico, porque me habían asignado una en la quinta planta y quedaba muy lejos de todo el mundo. Creo que no hay nadie más en ese piso y me daba un poco de miedo estar allí sola.

El hombre asintió en silencio.

—Me alegro de tenerte como vecina. Oye, ¿tu habitación tiene ventanas?

—Sí, una. ¿Por qué?

—No, por nada.

La chica miró alrededor y después examinó el rostro de Snape con atención.

—Te han asignado un cuarto muy grande, ¿no? Me gusta más que el mío, si te digo la verdad. Es que es pequeño y, como estoy tan acostumbrada a dormir en un espacio grande como el harén, me siento un poco enlatada. ¿Me harías el favor de cambiarme la habitación?

El corazón del hombre dio una sacudida en el pecho, sorprendido. ¿Cómo era ella capaz de entender tan fácilmente lo que le ocurría? Porque estaba seguro de que se había dado cuenta de la incomodidad que le producía aquella estancia y, para evitarle el azoramiento de tener que admitirlo en voz alta, simulaba ser ella quien quería cambiar. No había tardado ni un segundo en darse cuenta de aquello que a él le había tomado varios minutos comprender. La observó con admiración un instante, antes de contestar.

—Por supuesto. Quédate esta, si quieres.

—Gracias —dijo ella, y le regaló una sonrisa que le pareció lo más hermoso que había visto jamás. Snape sintió tantos deseos de besarla de nuevo que se asustó de sí mismo y se apartó un poco de ella.

—Severus, he venido porque necesito hablar un momento contigo. Lo que ha pasado en el pasillo... yo... —La joven vaciló un instante y pasó a mirarse las manos.

—No tenemos por qué hablar de ello, si no quieres.

—Pero es que sí quiero, porque... verás, en la cueva parecías creer que me empeñaba en liberarte sólo para que pudieras despertar a Harry Potter —Snape se acercó más a Sandra para hablar, pero ella le detuvo con un gesto de la mano—. Déjame continuar, por favor. Me soltaste eso y después no me permitiste que te dijera lo que pensaba. De hecho, incluso me pusiste a dormir para que no pudiese replicar...

—Lo hice porque estabas muy débil y quería evitar que te agotaras.

—De acuerdo, pero ahora estoy mucho mejor y tienes que dejar que me explique. Verás, por más egoísta que suene por mi parte, tengo que confesar que cosas como despertar a Potter o vencer al Lord estaban muy lejos de mi cabeza en ese momento. En lo único que podía pensar era… —Se detuvo un momento, nerviosa. Se acomodó un mechón de pelo tras la oreja, se estrujó las manos en el regazo y tomó aire para continuar—. Sólo pensaba en ti, Severus, en tu valentía, en tus sacrificios, en tu sufrimiento, en las privaciones que tuviste que pasar toda tu vida como espía, en que nunca recibiste ninguna ayuda de nadie, en lo injusto que era que acabases allí encerrado. No, déjame hablar. —Le detuvo, cuando el hombre hizo ademán de interrumpirla—. Yo quería salvarte a ti. Severus Snape. Mi ex profesor. El hombre al que más he admirado jamás, el más valiente que conozco, un héroe de verdad. Dijiste que no eras imprescindible para despertar a Harry Potter, pero es que eso me daba igual: eres imprescindible para mí.

Snape tragó saliva, temiendo que el nudo de su garganta le impidiese hablar.

—Entonces... —susurró, con voz ahogada—. Eres mucho más inconsciente de lo que pensaba. Yo no valgo la pena.

—Lo creas o no, para mí sí —afirmó ella, sin sombra de duda. Él guardó silencio, los pensamientos acumulándose en su mente como un remolino—. Y dicho esto —continuó, con tono más ligero—, tengo una promesa que cumplir.

Él pestañeó, como saliendo de un profundo trance.

—¿Qué?

Sandra se acercó más a él y llevó sus dedos a la mejilla del hombre, acariciándola con suavidad.

—Mmmhhh... sí, ha vuelto a crecer un poco desde que te afeitaste la última vez, aún puedo cumplir mi promesa en su totalidad...

—Sandra, no necesito que me afeites, soy perfectamente capaz de hacerlo yo solo —gruñó él, incómodo, apartando la mano de ella.

—Lo sé, pero deja que cuide de ti una vez más —pidió—. Por favor, sólo una vez.

—Ya has hecho demasiado por mí.

—Sólo esta vez, te lo ruego. Una promesa es una promesa.

Snape vaciló.

—¿Qué es lo que quieres hacer?

—Confía en mí —dijo, zambulléndose en sus ojos negros como en una extensión de agua de la que se desconoce el fondo—. Déjame cuidarte. Quiero hacerte sentir mejor, así que relájate y déjame hacer a mí. Quiero asearte y afeitarte para que te sientas tan limpio y nuevo como hace años que no te sientes.

Snape no estaba convencido, pero Sandra le tentaba de tal manera que no pudo resistirse.

—Está bien, ¿qué he de hacer?

—Nada, Severus, tú no hagas nada. Déjame hacer a mí.

Para su sobresalto, Sandra lo cogió de la mano y lo llevó hacia la habitación contigua, la suya. Desde luego, era más pequeña que la que le habían dado a él, pero tenía una magnífica ventana al exterior y sólo de mirar por ella se sintió mejor que en todo el rato que había estado en su propio cuarto.

La mujer lo condujo hasta el aseo, que contenía una gran bañera con patas, y cogió una bolsa de tela que tenía algo dentro.

—Son cosas que he pedido a los elfos domésticos —aclaró.

Lanzó un hechizo a la bañera y esta empezó a llenarse de agua caliente. Cuando se volvió hacia Snape, este había mudado ya la expresión de sorpresa por su ceño habitual.

—Sandra, no es necesario que hagas esto. Puedo darme un baño yo solo.

—No, Severus, tú no has de hacer nada, para eso estoy yo aquí.

Sin hacer caso de las protestas, Sandra llevó sus manos a la estropeada túnica del hombre, la andrajosa túnica que había llevado durante todo su cautiverio, y comenzó a desabrocharle los botones del cuello. Él levantó las manos y la sujetó por las muñecas, suave, pero firmemente.

—Por favor, Severus, déjame hacer. No lo lamentarás —dijo ella, con expresión decidida.

—Ya lo estoy lamentando.

—Severus...

Cada vez que pronunciaba su nombre de aquella manera, la determinación del hombre flaqueaba un poco más. La voz de Sandra estaba cargada de tanta dulzura y sensualidad que resultaba irresistible. La presión sobre sus muñecas cedió y la joven reanudó su tarea, con las manos de él encima de las suyas, como si se reservase la opción de cambiar de opinión en cualquier momento para detenerla de nuevo. Pero no lo hizo y, cuando el último botón fue liberado, Snape la soltó y las manos de ella también quedaron libres.

Sandra agarró los lados de la túnica y la deslizó por sus brazos para quitársela, hasta que cayó al suelo y quedó desnudo por completo. A pesar de que la joven lo aseaba siempre cuando estaba prisionero en la celda, nunca había llegado a quedarse en cueros ante ella, ya que Sandra lo tapaba cuanto podía para que no sufriera más frío del que ya pasaba. De hecho, hacía muchos años que no se encontraba desnudo en presencia de una mujer y esto le hacía sentir vulnerable, sensación que lo aterraba y lo humillaba por igual. Cerró los ojos y suspiró.

—Adelante, puedes reírte, no me importa —dijo, en un susurro resignado.

—¿Reírme? ¿De qué hablas? —preguntó ella, sin comprender.

—Sé que soy todo huesos y cicatrices. Ya era flaco antes, pero después de tanto tiempo encerrado y sin apenas comer no debo resultar una visión agradable, excepto para echarse unas buenas risas, supongo.

Sandra dio un paso atrás, conmovida.

—Merlín, por eso reaccionaste así durante la cena cuando mencioné lo de llenar tus huesos con la comida. Creías que me burlaba de ti.

—¿Y no era así?

—Yo nunca, jamás, me burlaría de ti —le aseguró, muy seria. Se le volvió a acercar, se inclinó hacia él y, por un instante, estuvieron tan cerca que pareció que iba a besar su pecho, pero sólo rozó ligeramente las marcadas costillas con la yema de los dedos y después levantó la cabeza para mirarlo a los ojos—. Eres hermoso por dentro y por fuera.

Snape se estremeció.

—¿Qué dices? Eso no… —intentó decir, asombrado, pero ella posó un suavísimo dedo sobre sus labios.

—Sssshhh. Ahora eres tú quién debe guardar silencio —dijo—. Si pudieras verte con mis ojos, Severus, sabrías que al mirarte sólo veo a alguien tan digno de ser amado que me horroriza pensar en la vida tan solitaria que te ha tocado vivir.

El hombre se quedó sin palabras y Sandra aprovechó para cerrar el grifo y echar en el agua sales de un frasco que llevaba en la bolsa de tela, que perfumaron la estancia con una fragancia floral.

—Jazmín… —susurró el hombre.

—Sí —contestó ella, sonriéndole con dulzura mientras tiraba en la bañera unas gotas de jabón mágico que crearon al instante una espesa capa de espuma—. A mí ya no me gusta, pero sé que a ti sí.

Tomó a Snape de una mano y le hizo entrar en el agua. Él, que aún no sabía cómo reaccionar ante todo aquello, se dejó llevar dócilmente. Se sentó en la bañera y, al sentir la deliciosa sensación del agua caliente envolviéndolo y cubriendo su cuerpo, no pudo evitar un leve gemido de placer.

—Ponte cómodo, recuéstate. Así. Ahora cierra los ojos.

—¿Qué? —Snape se reincorporó un poco ante esta última indicación.

—Confía en mí, por favor. No tienes nada que temer, nunca te haría daño.

Se la quedó mirando fijamente, sin decir nada. Confiar en alguien no era algo que le resultara fácil a Severus Snape. Confió en la mujer a la que amaba y ella se casó con su peor enemigo; confió en su amo para que perdonara la vida de su amada, y la asesinó; confió en el enemigo de su amo para que la protegiera, y no lo hizo.

Desde hacía demasiados años, la confianza de Severus Snape no estaba disponible. Y, sin embargo, aquella mujer pecosa y decidida le hacía sentir algo peligrosamente parecido a la confianza absoluta.

Tenía claro que para él, cerrar los ojos en aquel momento y abandonarse a la merced de Sandra equivaldría a saltar al vacío, pero se dio cuenta de que llevaba demasiado rato perdido en los ojos de ella, que esperaba su respuesta con paciencia, de modo que, con un suspiro, se reclinó contra la bañera y dio el salto.

—Primero te daré un masaje para ayudar a que te relajes —dijo la joven.

La oyó desplazarse a su espalda y de pronto sintió unas cálidas manos sobre sus hombros. El contacto tuvo un efecto asombroso, fue como sus delicadas caricias cuando estaba prisionero, pero mil veces mejor. Allí pocas veces había sentido el contacto de piel contra piel, ya que cuando lo aseaba lo hacía con el paño que le habían proporcionado y, desde luego, la combinación de sus manos con el agua caliente y jabonosa no se podía comparar a las sensaciones recibidas en aquella celda sucia y helada.

Se le escapó otro gemido mientras las manos masajeaban su cuello, sus hombros y la parte superior de su espalda. El calor que desprendían ellas mismas resultaba, a su vez, delicioso.

La mujer siguió destensando sus músculos largo rato, con manos expertas, aplicando presión con la palma o con los nudillos allí donde era requerida, deslizando los largos dedos por su blanca piel, haciendo movimientos circulares con las yemas, pellizcando suavemente pliegues de su carne y dejando una sensación de bienestar allí por donde pasaba.

Cuando Sandra comprobó que el último nudo se había aflojado, Snape la oyó desplazarse de nuevo hasta colocarse a su lado y, sujetando la varita, empezó a afeitarle con cuidado.

—Me encantaría poder afeitarte de la manera tradicional, con una navaja —murmuró de pronto—, es más… ¿cómo decirlo? Íntimo, quizá. Más personal. No, creo que no es eso lo que quiero decir. En fin, es mucho mejor. Pero no quiero arriesgarme a cortarte. Con magia es más limpio y seguro.

—Creo que soy capaz de soportar un par de cortes con la navaja —replicó él, divertido por su absurda preocupación, después de todo lo que habían vivido ambos.

—Lo sé, pero no quiero hacerte daño. Yo no. Ya has sufrido demasiado.

Cuando terminó de afeitarle, dejó la varita a un lado y, con una mano enjabonada, empezó a frotarle el pecho con suavidad. Entonces él abrió los ojos. Estaba muy concentrada en su trabajo, un mechón de pelo caía sobre su rostro y una pequeña apertura en el cuello de su túnica dejaba ver el inicio de su escote. Snape se deleitó con esta visión mientras ella frotaba su torso, sus hombros, sus brazos… Sandra tomó su mano derecha y, con mimo, la lavó dedo a dedo. Cuando terminó hizo lo mismo con la otra y después empezó a frotar su vientre y la parte delantera de los muslos, las rodillas y los pies.

Volvió a subir para limpiar la cara interna de los muslos y, a continuación, sin detenerse, empezó a frotarle, aún más suavemente, el pene y los testículos. Snape no pudo evitar un sobresalto. Tampoco era una novedad que ella asease sus zonas íntimas, pero aquella situación era completamente diferente a cuando estaba en la celda. Sin embargo, la mujer actuaba con una naturalidad sorprendente; sobre todo, teniendo en cuenta que él empezaba a tener una erección que era incapaz de controlar, la primera que tenía en más de tres años.

Si a Sandra le molestaba su estado de excitación, no lo demostró. Continuó imperturbable con su tarea, frotando su miembro arriba y abajo. Snape gimió, incapaz de contenerse, y ella, todavía con el pene en la mano, le miró y por primera vez se dio cuenta de que tenía los ojos abiertos. Sonrió levemente.

—No has confiado en mí —le acusó, sin rencor—, has abierto los ojos.

—Si no confiara en ti, no estaría todavía aquí sentado. Sólo… sólo quería verte.

La sonrisa de la mujer se amplió un tanto y continuó el movimiento de la mano, apretando con más firmeza. Snape sintió una oleada de placer recorrer todo su cuerpo y apretó los dientes, esforzándose por no volver a gemir, aunque ella se lo ponía muy difícil.

La presión sobre su polla fue aumentando a medida que esta crecía y pulsaba bajo los dedos de Sandra. Snape se agarró a ambos lados de la bañera y se empezó a mover al ritmo que marcaba aquella mano. Siguieron mirándose a los ojos sin pronunciar palabra; ella, con aquella apacible sonrisa en los labios; él, con la respiración cada vez más agitada.

Sandra continuó masturbándole, intensificando sabiamente la velocidad y presión de la mano, observando con atención la cara del hombre, que ya no lograba mantener la expresión inalterable y se contorsionaba y arqueaba la espalda bajo sus caricias, excitado hasta el paroxismo.

El calor inundaba su cuerpo en oleadas y los gemidos empezaron a escapar de sus húmedos labios en una fuga sin fin. El cuerpo del hombre vibraba febrilmente y se impulsaba hacia delante en busca de la mano que le arrancaba continuos jadeos de placer.

No sabía en qué momento había vuelto a cerrar los ojos, pero en aquel instante no podía ver, ni oír, ni sentir nada que no fuera su propio goce, su mente libre de cualquier pensamiento racional, sólo el deseo de abandonarse totalmente a la cadencia de aquella mano.

Cuando creía que no iba a poder aguantar más, a punto ya de llegar al clímax, la mujer le soltó y él abrió los ojos de golpe. Abandonado con tanta brusquedad, su miembro palpitaba dolorosamente, y vio en los labios de la mujer una sonrisa traviesa, la mano alzada en el aire, inmóvil.

Snape jadeó con desesperación, sus ojos negros emborronados con una silenciosa súplica; su rostro reflejando una exquisita agonía; toda su atención, todos sus sentidos, centrados únicamente en ella y en su mano.

Sandra ensanchó su sonrisa y, cuando él se sentía ya al borde de la súplica, con lentitud exasperante y sin dejar de mirarlo a los ojos, bajó la mano hasta posarla de nuevo sobre su pene anhelante y él volvió a jadear, esta vez con un sonido gutural, y ya no pudo abandonar esos ojos y esa sonrisa hasta que estalló en un orgasmo intenso y prolongado que sumió todo su cuerpo en violentas convulsiones, derramando su semen en la mano de la mujer y en el agua jabonosa.

Sandra retiró la mano y le dio tiempo a recuperarse, esperando en silencio. Cuando Snape pareció recobrarse un poco, ella limpió el agua de la bañera con un movimiento de la varita, cogió un poco de jabón en sus manos y volvió a lavar todo su cuerpo, con la misma suavidad y dedicación que la primera vez, y después le lavó el pelo y se lo cortó a la medida que solía llevarlo cuando era profesor.

Cuando acabó, vació el agua de la bañera, hizo que el hombre se pusiera en pie y le enjuagó con el chorro de agua caliente de la ducha. Tras esto, cerró el grifo y lo envolvió en una gran y mullida toalla que sacó de la bolsa de tela y secó bien todo su cuerpo. Colocó en sus pies unas zapatillas y, llevándole de un brazo, como había hecho él por ella horas antes, lo condujo hasta la cama.

Snape se dejó hacer mansamente, igual que un niño guiado por su madre, sosteniendo la toalla contra su cuerpo como si fuera una tabla de salvación. Se sentía como en un sueño. No podía recordar la última vez que se había sentido así de bien, reconfortado y seguro. Quizá nunca lo había estado.

Sandra lo sentó en la cama y, con una toalla más pequeña, le secó la cabeza lentamente. Ninguno de los dos dijo nada; Sandra, porque estaba concentrada en su tarea; y Snape, porque no hubiera podido pronunciar palabra aunque lo intentara.

Al dejarse agasajar por los cuidados de la mujer, se prolongó la sensación de ser un niño otra vez, y se dio cuenta con asombro de que, por unos preciosos instantes, ella había hecho desaparecer sus sufrimientos y preocupaciones, la guerra, las torturas, las muertes, el Lord… todo carecía de importancia, había quedado lejano y difuso, como salido de una novela leída tiempo atrás y de la que no recordaba el final. Sólo estaba ella, ocupando la totalidad de su conciencia y removiendo en su interior unos sentimientos que ignoraba fuera capaz de sentir.

Y supo que si abriera la boca en aquel momento, sumido como estaba en el torrente de emociones que le embargaba, se le quebraría la voz y podría pasar cualquier cosa, desde besar aquellas manos que le mostraban lo que era la felicidad, a echarse a llorar por tan inesperada –y, por no ser solicitada, aún más valiosa– muestra de… ¿de qué? ¿Bondad? ¿Cariño? ¿Quizá lástima? No lo sabía y, por el momento, tampoco le importaba. Lo único que tenía claro era que nunca nadie le había dado tantas muestras de bondad como aquella joven.

Ajena a la tormentosa agitación que lo sacudía, Sandra acabó de secarle el pelo, abrió las mantas de la cama, le quitó la toalla que lo envolvía y lo ayudó a estirarse sobre el colchón.

Snape la observaba con atención absoluta, fijándose en todos los detalles de su fisonomía por primera vez, ya que tanto en la celda como en la cueva, la escasa luz se lo había impedido. No era una belleza de las que se podrían exhibir en una pasarela; tenía los labios demasiado finos, los ojos pequeños y cansados, y un aire triste que no desaparecía ni bajo su luminosa sonrisa; pero su cara, plagada de pecas, era el espejo que reflejaba un corazón de oro. Le sorprendía no haberse dado cuenta antes de ello. Incluso se reprendió por haber dudado de ella por un instante cuando le pidió que cerrara los ojos, porque en realidad sabía que Sandra era alguien a quien podría confiarle la vida.

Poco acostumbrado como estaba a ser objeto de tantos cuidados, sin embargo, un pensamiento molesto se infiltró en su cerebro. No debería estar perdiendo el tiempo en placeres tan egoístas. Tenía una misión que todavía no había concluido: terminar con la tiranía del Lord. Distracciones como aquella eran un lujo que no se podía permitir. Es más, tampoco las merecía. La sombra de la duda se instaló en su cerebro y se dijo que debería retomar el control de sí mismo, como siempre había sabido hacerlo.

—¿No crees que es egoísta por mi parte estar disfrutando de estos lujos mientras el Lord todavía está ahí fuera, llenando el mundo de terror? —preguntó, antes de darse cuenta de lo que hacía.

Sandra lo miró con asombro.

—¿Egoísta? Severus, no he conocido a nadie menos egoísta que tú. —Lo recostó sobre unos cojines en la cama, lo arropó con las mantas y le dijo, en un susurro—: Y ahora olvídate por un momento de todo lo demás y concéntrate sólo en descansar. Yo diría que te lo has ganado, ¿no crees? —Él no respondió. No podía—. ¿Deseas que te sirva un té o alguna otra cosa antes de dormir?

"Te deseo a ti", fue el pensamiento que saltó a su mente, sin poder controlarlo, "Te deseo como nunca he deseado nada en mi vida".

—No, gracias —dijo con esfuerzo—, estoy bien. Mejor que bien. Ya has hecho demasiado por mí.

Sandra volvió a sonreír.

—Me alegro de haber sido de ayuda. Si necesitas cualquier cosa, llámame, estaré aquí al lado —dijo. Se acercó a él y le dio un beso en los labios que pareció el aleteo de una mariposa—. Que descanses bien.

Cuando ella se iba ya, él la cogió de la mano.

—No tienes por qué marcharte —dijo.

Sandra vaciló. Pareció indecisa sobre lo que iba a decir a continuación, pero al final se decidió.

—Creo que es mejor que lo haga. Mañana va a ser un día agotador, tendréis que planear el ataque a la Fortaleza.

Y, con una sonrisa algo triste, se dio la vuelta y volvió a su habitación.

OoOoOoO

Sandra no podía creer lo que acababa de hacer. Se había dejado llevar por la sensualidad del baño y había llevado sus caricias al siguiente nivel. Pero es que, cuando él le dijo que quería verla mientras lo aseaba, algo en su interior se desbordó como un río crecido rompiendo una presa. No quería ni pensar qué pasaría cuando se volvieran a encontrar, se moría de vergüenza sólo de imaginarlo, ni tampoco qué pensaría Snape de ella después de lo ocurrido.

Él le había preguntado si se estaba portando como un egoísta, pero en realidad era ella quién lo había sido. Con todo lo que estaba ocurriendo en el mundo no debería permitirse aquellas debilidades. Severus necesitaba encontrarse en plena forma para luchar contra el Lord y eso significaba que debía descansar y centrarse en el trabajo que tenía por delante. Si algo le ocurriera en combate por su culpa no se lo podría perdonar jamás. ¿Cómo podía haber considerado siquiera por un segundo aceptar su invitación a quedarse con él en su habitación?

Lo que no podía negar era que masturbarlo la había excitado en extremo, igual que contemplar su rostro transfigurado por el placer.

Le amaba, de eso ya estaba segura, y no podía seguir tratando de engañarse. Lo que sintió al contemplar su maltratado cuerpo no era, como Snape había creído, repulsión, sino un dolor profundo y sobrecogedor.

Deseaba cuidarle, darle el amor que merecía, vivir por él y para él… pero, ¿quién era ella, para desear todo eso? Una puta de los mortífagos, mercancía dañada, un juguete de segunda mano… ¿quién iba a querer a alguien así?

Las lágrimas se mezclaron con el agua de la ducha, indistinguibles las unas de la otra, como si en realidad no estuviera llorando y fuera sólo un truco de su imaginación.

Cerró los grifos y se secó con la toalla a conciencia, recordando cómo lo había secado a él, su cuerpo pálido y delgado, las costillas marcadas, las numerosas cicatrices.

Con un suspiro, sacudió la cabeza. Si seguía así, tendría que volver a ducharse, pero esta vez con agua fría.

Recordó los gemidos del hombre, los jadeos, el cuerpo crispado y la espalda arqueada, las frenéticas embestidas contra su puño cerrado, la boca entreabierta y húmeda, el brillo de la piel mojada…

—Basta, Sandra, así no vas a llegar a ningún lado —se recriminó, pero ya volvía a sentir aquel agradable calor en el bajo vientre, igual que antes de ducharse.

Volvió a suspirar con resignación y salió del cuarto de baño para meterse en la cama.

Apagó la luz y se estiró desnuda sobre el colchón, estaba demasiado acalorada para meterse entre las mantas.

El aire fresco de la noche cosquilleaba por toda su piel, provocándole un ligero escalofrío. Se tendió de costado, se encogió un poco sobre sí misma y recordó el momento en que había despertado en los brazos de Snape en la cueva. Sólo por aquel despertar ya había valido la pena el tormento de la maldición reciprocus. Sólo por verlo libre de nuevo; por verlo vivo y por estar en sus brazos. Haber sido artífice y testigo de su placer hacía solo unos minutos era un privilegio por el que se sentía afortunada.

Cerró los ojos y se permitió el lujo de rendirse al deseo. Llevó la mano derecha a su entrepierna, que la esperaba ansiosa. Su sexo ardía, palpitaba bajo los dedos, que se movieron en su interior con urgencia. Se agarró al colchón con la mano libre, giró la cara y abrió la boca, presionándola contra la almohada para sofocar sus jadeos.

Presa del paroxismo del orgasmo, susurró su nombre, "Severus"; y, con un último espasmo de placer, su cuerpo se tensó unos segundos y al final se distendió por completo, satisfecho.

Cuando recobró un poco la respiración, se dio la vuelta para quedar de nuevo boca arriba y su corazón se detuvo de golpe. Para su profundo tormento, Severus Snape estaba inmóvil al pie de la cama, en albornoz, observándola en silencio.