Bienvenidas un capítulo más a mi historia.
Muchas gracias a todos los que dedicáis vuestro tiempo a leerla y en especial a las que os habéis tomado la molestia de dejarme vuestros comentarios: AnHi, Genna Lotto, Snape's Snake, Equidna, Herenetsess, Mac Snape, Diggea, GabrielleRickmanSnape y MoonyMarauderGirl.
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Sandra se quería morir. ¿Cómo podía haber pasado de la gloria al infierno en sólo un segundo?
Mortificada, se levantó de la cama con rapidez y, de espaldas a Snape, se cubrió con una bata que había puesto sobre la silla, intentando ganar tiempo para saber qué decir. Sentía las mejillas arder y no por el deseo que acababa de liberar, sino por la vergüenza.
Volvió a girarse hacia él y se le acercó con forzada naturalidad. Quizá no había visto nada; al fin y al cabo, estaba bastante oscuro.
—¿Que… —La voz le salió áspera y se interrumpió para aclararse un poco la garganta—. ¿Querías algo? Si necesitabas alguna cosa sólo tenías que llamarme y habría venido enseguida…
El hombre no dijo nada, sólo se la quedó mirando en la penumbra, con expresión indescifrable. ¿Cuánto rato debía llevar allí?
Sandra sintió que las piernas le flaqueaban por el nerviosismo y llevó una mano al pecho del hombre para no perder el equilibrio.
—Puedo… puedo traerte algo de beber, si tienes sed —ofreció, con voz débil—. O buscar algún libro para que te distraigas, si no puedes dormir. O pedir otra manta, si tienes frío… sólo dime… dime lo que deseas y te lo daré.
Pero él siguió sin contestar y, a pesar de la vergüenza que sentía, Sandra notó la excitación crecer en ella de nuevo, como si no hubiera servido de nada su breve sesión de autosatisfacción. Acarició el cuello del albornoz de Snape con dos dedos, sin decidirse a soltarlo, los nudillos rozando su piel ligeramente, sintiendo el corazón desbocado y el sexo húmedo de deseo por él.
—Dime qué puedo hacer por ti —repitió, incapaz de soportar más aquel silencio—. Por favor, dime... dime algo.
Él se inclinó un poco sobre ella y su nariz rozó suavemente la de Sandra; después recorrió su pómulo hasta la oreja, provocándole un jadeo involuntario, y susurró, haciéndola estremecer:
—Deseo que digas mi nombre. —Y se apartó de ella lo suficiente para observar su rostro con aquellos ojos penetrantes y oscuros.
Sandra tragó saliva, sintiendo los latidos del corazón del hombre bajo la palma de la mano. Sumergida por entero en aquella mirada, que la envolvía como un manto cálido. Notaba la boca seca y le costaba respirar, pero no había ningún lugar en el mundo en el que prefiriese estar que allí mismo.
—Severu… —dijo, pero la última "s" quedó ahogada en el feroz beso de Snape, que la tomó entre sus brazos con ansia. Sandra sintió que se derretía en sus manos como si fueran de fuego y ella de arcilla, moldeable, elástica y dúctil. Se vio presa de una pasión voraz e incontenible y se apartó un poco de él sólo para arrancarle el albornoz que lo cubría y así poder ver bien su cuerpo. Se acercó a su torso y lamió con la punta de la lengua una de las cicatrices más profundas que lo surcaban. Entonces él la apartó de nuevo para quitarle la bata también y después se abalanzó sobre ella. Cayeron sobre el colchón y Snape se lanzó a probar sus pechos con impaciencia, chupando sus pezones con deleite y deteniéndose un instante para besar un pequeño lunar que Sandra tenía bajo el seno izquierdo mientras una mano viajaba hasta su sexo, apoderándose de la ardiente carne y haciéndola gemir con desesperación.
—Entra en mí —rogó ella, incapaz de soportar por más tiempo las ganas de sentirle dentro—. Por favor, entra en mí. Te deseo.
Pero Snape demoró el momento un poco más. Le sujetó los brazos por encima de la cabeza, contra el colchón, y provocó que se estremeciera de la cabeza a los pies al lamer su cuello con la punta de la lengua mientras su polla, dura y palpitante, se burlaba de ella acariciando la entrada sin decidirse a embestir.
—Por favor, Severus —volvió a suplicar ella—. Por favor, te necesito.
Entonces sí. Entonces entró en ella sin más demora, ambos incapaces de esperar más, los dos igual de ardientes y excitados. Entró en ella y Sandra lo notó duro y caliente, muy dentro de ella, como si sus almas se estuvieran fundiendo en una sola a la vez que sus cuerpos.
La joven gimió de placer sin reprimirse ni guardarse nada; se entregó a él por entero, con abandono, con desenfreno, con un punto de locura feliz. Pensó en lo mucho que había deseado aquel momento y en lo infinitamente mejor que era vivirlo de verdad a fantasear con ello. Y los dos se vieron envueltos en un frenesí tan intenso como vertiginoso. Al cabo, hambrienta ella por tanto tiempo sin sentir una pasión tan abrasadora y famélico él por verse privado durante años de cualquier contacto sexual, ambos llegaron a la cúspide y no pudieron ni quisieron poner freno a su pasión. Snape se vertió en ella con un gemido gutural, mientras la joven le empujaba las nalgas con sus talones, instándolo a llegar más adentro e intentando prolongar al máximo la sensación, embriagada de placer.
Cuando terminaron los espasmos finales, Sandra sintió cómo el cuerpo del hombre descansaba sobre el suyo y se vio envuelta en una paz dulce e infinita. Deseó tenerle así para siempre, tan próximo, tan suyo.
Una vez se hubieron recuperado un poco, Snape levantó la cabeza y se acomodó mejor junto a ella, apoyando los codos en el colchón para mirar su rostro de cerca. Volvió a besarla, esta vez con más suavidad, con más dulzura, a conciencia. Ella lo rodeó con los brazos y le faltaron manos para recorrer su espalda, para abarcar toda su piel de una sola vez.
—Severus… —susurró.
—Sandra —dijo él.
Volvieron a besarse durante largo rato de forma apacible, ya sin urgencia.
—Todavía te deseo —le susurró él al oído, como si fuera un secreto—, todavía necesito más de ti esta noche. Mucho más. Me va a costar saciar el hambre que me acosa.
—Toma cuanto desees de mí —contestó ella—. Te lo doy todo. Todo.
Y él no se lo hizo repetir.
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Estuvieron explorando cada uno el cuerpo del otro durante casi toda la noche y sólo cayeron rendidos poco antes del amanecer. Por eso, cuando Sandra despertó era ya casi mediodía. Se movió un poco en la cama, se dio cuenta de que estaba sola y se sintió extrañamente afligida. Recordó la larga y apasionada noche que había compartido con Snape y notó el calor volver a su piel. ¿Por qué se habría ido de la cama?
Se reprendió mentalmente por su estupidez. Estaba claro que debía de tener muchas cosas que hacer, ahora que Harry Potter estaba consciente de nuevo y había tanto por planificar. Aún así, echó de menos la calidez de su cuerpo y la deliciosa sensación de sus brazos rodeándola. Acercó la almohada a su cara y olió su aroma, impregnado todavía en la tela. No podía dejar de pensar en él, en su cuerpo, en sus manos, en su voz, en la pasión que habían compartido aquella noche...
Le amaba. Le amaba tan profundamente como jamás imaginó que pudiera amar a nadie.
Fue a ducharse con imágenes de la noche pasada desfilando por su mente. Le pareció que era imposible conocer una felicidad mayor.
Salió de la ducha, se puso una bata y, cuando entró de nuevo en el dormitorio, se dio cuenta de que la puerta que daba a la habitación contigua estaba entreabierta y de que Snape había regresado y se hallaba totalmente vestido y mirando por la ventana con aire pensativo. Sintió deseos de abrazarlo y se acercó a él con una sonrisa.
—Creía que habías salido —murmuró.
Snape no contestó, tan sólo la miró fijamente a los ojos; su rostro, una máscara imposible de descifrar.
Sandra se inquietó porque no sabía qué iba a pasar a continuación. Al fin y al cabo, ignoraba qué sentía el hombre. ¿Tendría algún interés en ella, aparte del de satisfacer sus necesidades largo tiempo denegadas? Después de todo, sabía en qué la habían convertido los mortífagos, no se engañaba al respecto. ¿Podría él aceptar a una puta como algo más que una amiga? Sandra entendería que no fuera así.
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Lo que la joven no comprendía era que él se sentía tan o más inseguro que ella. Snape jamás la consideraría una puta, pero no le resultaba fácil dejarse amar porque nunca antes había sido amado por nadie. Y, sobre todo, le costaba procesar y gestionar esos sentimientos tan desconocidos para él.
Sí, la noche pasada, cuando había entrado en su habitación y la había sorprendido satisfaciendo en solitario su deseo, ella gimió su nombre de tal manera que le provocó una erección inmediata y pulsante, pero estaba seguro de que tenía que haber una buena explicación para aquello que no involucraba en absoluto al amor.
—¿En qué estás pensando? —preguntó la joven. Podía notar que estaba ansiosa por algo, pero no sabía qué. En su mente, no cabía imaginar que ella sintiera algo por él. No de verdad. De hecho, la actitud de la joven se le antojaba un misterio que no sabía resolver, ya que no le parecía razonable que nadie pudiera entregarse a alguien como él de una manera tan absoluta. Tenía que haber actuado así por compasión, no cabía otra explicación. ¿Y quizá el nerviosismo que mostraba significaba que se arrepentía ya de lo ocurrido? No le importaba, aunque aquella noche fuera todo lo que tuviera con ella, se sentía el hombre más afortunado del mundo.
—En ti. Sólo puedo pensar en ti, nada más me parece importante en estos momentos —dijo, retirándole con delicadeza un mechón de pelo y poniéndoselo tras la oreja—. Me gustaría prolongar este instante para siempre. Esta noche contigo… —vaciló. Sincerarse con ella en la celda donde estaba prisionero había sido relativamente fácil. Ella era lo único que tenía y hablar con Sandra suponía un consuelo que le motivaba a seguir con vida. Pero ahora que gozaban de libertad, su vieja costumbre de blindarse ante los demás regresaba con fuerza sin siquiera buscarlo—. Esta noche contigo es algo que no olvidaré nunca.
La joven sonrió y se puso de puntillas hasta quedar muy cerca de la boca de Snape.
—Yo tampoco —dijo, en un susurro ahogado, y lo besó de nuevo.
Él rodeó su cintura y la aproximó más a su cuerpo. Más cerca, la necesitaba más cerca. Mucho más. Y así, sin proponérselo, se encontraron de nuevo enredados el uno en el otro.
El hombre estudió sus ojos de azul infinito durante unos segundos, sujetó el rostro de la joven con ambas manos y se acercó a sus labios despacio, para besarlos lenta y suavemente; sólo el más leve contacto repetido una y mil veces, desviándose poco a poco hacia las mejillas, la nariz, la barbilla, los ojos, la frente y el cabello; para volver después a esos jugosos labios y lamerlos ligeramente, solicitando un permiso que le fue concedido al instante. Iliana abrió un poco la boca para acoger esa húmeda y sabrosa lengua, que de inmediato comenzó a jugar con la suya, provocándole un sutil cosquilleo por todo el cuerpo que la impulsó a alzar sus brazos y rodear con ellos la nuca del hombre, enredando sus dedos entre las negras hebras del cabello de Snape.
Él soltó el rostro de la mujer y deslizó sus palmas hacia abajo, acariciando sus senos y su vientre por encima de la tela de la bata. Deshizo el nudo del cinturón y agarró la ropa para quitársela.
Una vez ella quedó desnuda, se lanzó a besar su cuello, con la respiración y el pulso acelerados, y un agradable calor, cada vez más intenso, inundó el cuerpo de Snape, que acariciaba con ambas manos la aterciopelada piel de la espalda de la joven. Entonces se inclinó hacia ella y la besó con dulzura, atrayéndola más hacia él, profundizando el beso poco a poco hasta que los dos se quedaron sin aire y tuvieron que salir a la superficie a respirar.
—Severus… —susurró ella, mirándole con unos ojos tan brillantes de emoción que Snape quedó sobrecogido.
No añadió nada más, como si hubiera dicho su nombre sólo porque deseaba pronunciarlo, o porque le gustaba como sonaba.
A él también le gustaba oírlo de sus labios. De hecho, le gustaba cualquier cosa que saliera de esos labios rojos y carnosos; y también le encantaba la manera en que lo miraban aquellos dulces ojos de ella.
Nadie lo había mirado nunca así antes, y no sabía qué significaba, ni cómo reaccionar. Pero logró dominar su inseguridad; la agarró de ambas manos y, andando hacia atrás, la condujo hasta la cama mientras contemplaba su belleza desnuda.
Era tan hermosa que dolía mirarla. La suave piel de tacto divino; los pechos generosos y firmes; las sinuosas curvas; las piernas largas y contorneadas; el dulce rostro... pero el hombre había decidido ya que la parte favorita de su cuerpo era aquel lunar, pequeño y escondido, que se encontraba bajo su pecho izquierdo. Lo acarició con un dedo, preguntándose qué habría hecho bien en su vida para conseguir una recompensa tan magnífica.
—No tengo nada que ofrecer que esté a la altura de lo que me das —confesó en un susurro cohibido.
—Yo creo que sí —replicó ella, con una sonrisa pícara.
Puso las manos sobre su pecho y lo empujó para que cayera de espaldas sobre la cama. Intentó incorporarse un poco, pero ella se sentó a horcajadas sobre él y lo mantuvo tumbado en el colchón. Se inclinó hacia delante, besó con suavidad el cálido pecho del hombre y después descendió más abajo, para acoger el miembro erecto en su interior y cabalgar la montura salvaje que era Snape mientras él acariciaba sus caderas y sus pechos sin saciarse nunca de la suavidad de su cuerpo, de la calidez de su piel.
Sandra era como una escultura bajo sus manos, una escultura de barro que se adaptaba a ellas, que cedía ante sus caricias, dejándose modelar por sus dedos, adoptando la forma que él quisiera darle, por caprichosa que fuera, y él no podía creer la alegría de sentirla tan suya.
Cuando, embriagados el uno con el otro, los dos llegaron al clímax, se tumbaron de lado en la cama, mirándose a los ojos sin decir nada.
Severus tomó una de las manos de ella y se la llevó a los labios para besar una por una la yema de sus dedos, y después la palma, y después se llevó esa mano, pequeña y suave, a su pecho, donde la acunó y la siguió acariciando suavemente con el pulgar.
—Podría quedarme aquí contigo para siempre —dijo—. Dejemos que el mundo se despedace a sí mismo, si quiere, pero no salgamos nunca de esta cama.
—Nada me gustaría más —respondió ella.
Severus se acercó más y la besó con una dulzura que jamás creyó poseer. La besó y enredó sus dedos en aquel cabello sedoso y creyó sumergirse de nuevo en aquel deseo inagotable, pero unos golpecitos en la puerta interrumpieron su inmersión. Se quedó quieto, muy quieto, mirándola a ella a los ojos.
—A lo mejor —susurró—, si no hacemos ningún ruido acaban por marcharse.
Pero los golpecitos volvieron a repetirse, dos, tres veces, y, a regañadientes, Snape tuvo que ponerse en pie y cubrirse con el albornoz.
—A lo mejor es importante —dijo Sandra.
—No hay nada más importante que tú —contestó, y fue hacia la puerta, que entreabrió sólo una rendija para ver de quién se trataba. Era una pequeño elfo doméstico que llevaba una nota de papel.
—Es de parte del capitán Shultz —dijo la criatura.
—Gracias.
Tomó la nota y cerró de nuevo la puerta de inmediato. Después abrió el papel y leyó con disgusto el mensaje que contenía.
—Han convocado una reunión para hablar de los planes a trazar —dijo, acercándose a la cama de nuevo y sentándose en el borde, junto a Sandra—. La verdad es que no quiero asistir. Estoy harto de todo esto, ojalá hubiese terminado ya. Sólo quiero olvidarme de la guerra y de los mortífagos y de todas estas muertes sin sentido.
Sandra se incorporó y lo abrazó por la espalda, como un manto protector.
—Te entiendo —dijo.
Podía sentir los pechos de ella presionando deliciosamente contra su cuerpo. Levantó la mano y acarició uno de sus brazos, y entonces ella lo besó en el cuello.
—Si voy a tener que acudir a la maldita reunión —decidió entonces—, será mejor que me asegure de tener muchas cosas verdaderamente importantes en las que pensar.
Se dio la vuelta, hizo que ella se recostara sobre la cama y descendió por su cuerpo para saborear una vez más el fruto delicioso de su sexo. Se llevaría su sabor y su olor a la reunión para sentirla a su lado todo el tiempo.
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Era casi mediodía cuando Sandra salió al pasillo. Snape se había ido una hora antes para acudir a la reunión y ella, extática, casi dando saltitos de alegría al caminar, decidió ir a dar una vuelta por la mansión, ya que su felicidad era demasiado grande para quedarse sola en la habitación sin hacer nada. Vio un precioso jardín flotante que había en la parte trasera, donde estaba la puerta de acceso del servicio doméstico, lleno de flores mágicas que habían sido hechizadas para mantenerse siempre frescas. Pero no le dio tiempo a ver más, porque cuando se dirigía a la sala de máquinas se tropezó con Shultz, que ya había terminado la reunión.
El capitán la miró con evidente desprecio. Ella no entendía por qué la odiaba tanto, pero se sentía tan feliz que decidió ser cortés y le deseó los buenos días.
—¿Buenos días? —repitió él, con gesto torcido—. Ya son casi las tardes. Parece que se le han pegado las sábanas, señorita. Debe ser agotador, estar tan ocupado.
—¿Cómo dice? —preguntó, alarmada, temiendo que supiera que había pasado la noche con Snape.
La miró de arriba abajo y dijo:
—Supongo que ya debe de estar planeando dónde se va a esconder a partir de ahora, ¿no? Huir constantemente debe tener sus compensaciones, no lo niego, pero también ha de ser muy cansado.
—¿Huir? ¿Qué...?
—Ya que no tiene intención de formar parte de la lucha, espero que al menos tenga la decencia de no ser una... distracción para los miembros realmente valiosos de este grupo. Tiene que entender que esta causa es algo muy serio y nos jugamos el futuro de todos, magos y muggles por igual.
—Yo no he dicho en ningún momento que no quiera luchar…
El capitán se mostró sorprendido.
—Ah, ¿no? Vaya, esa es una noticia fantástica. ¿Y puede decirme qué es lo que va a aportar a nuestro equipo? ¿Qué maravillosas habilidades de combate posee? ¿Qué duro entrenamiento la hace estar capacitada para la batalla?
—Yo…
De pronto, Shultz adoptó una expresión adusta y se acercó mucho a ella para hablar.
—Señorita, entiendo que no lo habrá pasado muy bien en la Fortaleza, pero si pretende desquitar su rabia involucrándose en nuestra lucha debe saber que la fuerza de voluntad no es suficiente. Su sola presencia supone una distracción, ¡fíjese qué tarde es y sólo hace un rato que ha salido de su habitación! Buen futuro tendríamos por delante si todos hiciéramos lo mismo.
—Estaba… estaba cansada… —se disculpó—. Ayer desperté después de varios días inconsciente y todavía no me encuentro del todo bien.
—Los mortífagos nos superan en número en una proporción indecente —prosiguió el capitán, sin hacer caso de sus argumentos— y El-que-no-debe-ser-nombrado es el mago vivo más poderoso de la tierra, en la actualidad. Supongo que comprende que cualquier paso en falso nos puede costar muy caro y usted, sin habilidades especiales ni experiencia en magia de guerra sólo puede representar una carga para nosotros.
—Eso no es cierto, me esforzaré por ser de ayuda. Mis amigos son lo único que tengo, no los voy a abandonar, lucharé junto a ellos.
—Y los pondrá a todos en peligro al hacerlo.
Sandra se quedó estupefacta.
—¿Por qué dice eso? Yo nunca haría algo así.
—No conscientemente, pero lo hará. Tenerla alrededor no sólo no aportaría nada a nuestra lucha, sino que además tendríamos que hacerle de niñera.
—¡No necesito ninguna niñera!
Shultz sonrió de medio lado.
—En un mundo en conflicto como el nuestro, la necesita. —Hizo una pausa y la expresión de su rostro se suavizó para adoptar otra más tolerante, como la del padrino comprensivo que se ve en la obligación de amonestar a su ahijado no porque disfrute de ello, sino porque es preciso para enseñarle una valiosa lección—. Señorita, por más que su corazón esté dispuesto a arriesgarse y a lanzarse inconscientemente a la guerra de cabeza, no ha de preguntarse qué es lo que desea hacer, sino lo que debe.
—Pero... yo puedo ser de ayuda.
—Lo sería, si estuviera preparada. ¿De verdad está dispuesta a arriesgar, no ya su vida, sino la de todos sus amigos? —Sandra se estremeció—. Porque al no saber defenderse por sí misma, los demás se verán obligados a protegerla, lo que les restará concentración para enfrentar los retos que tienen delante. ¿Cómo se sentiría si por mantenerla a usted fuera de peligro Hermione, Neville o el señor Snape —sintió un sobresalto al oír su nombre— muriesen en batalla? ¿Podría perdonarse alguna vez a sí misma?
Sandra quiso hablar, decirle que se equivocaba, pero no le salieron las palabras. Se había quedado helada imaginando a Severus muriendo por protegerla. Si ocurriera algo así... no podría soportarlo. Estaba claro que jamás los pondría a ninguno de ellos en peligro por voluntad propia, pero recordó las palabras que Snape le había dicho aquella misma mañana, diciéndole que lo único en lo que podía pensar era en ella, que nada más le parecía importante, y supo que el capitán estaba en lo cierto: ella era una distracción. Una distracción peligrosa que podía poner en riesgo la vida de la persona a la que más amaba en el mundo, así como la de sus únicos amigos.
Justo en ese momento apareció Hermione y los interrumpió.
—¡Sandra! Me alegro de verte. Al no encontrarte esta mañana a la hora del desayuno me tenías preocupada, ¿estás bien? Te veo un poco pálida.
La joven miró a Shultz, que se disculpó de ellas diciendo que tenía asuntos urgentes que atender. Antes de marcharse, sin embargo, le dijo a Sandra:
—Piense en lo que le he dicho, señorita. Es de vital importancia.
Ella no dijo nada, pero se despidió de él con una inclinación de cabeza.
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Tras la conversación con Shultz, Hermione se llevó a Sandra para que conociera a todo el mundo porque, según ella, el día anterior no habían tenido tiempo para presentaciones formales, e insistió en que tenía que hablar con Harry y los demás.
Ella no estaba de humor, pero se dejó llevar por su amiga y conversó con los otros ocupantes de la mansión. Le gustó especialmente Harry, que le pareció un joven centrado y con las ideas muy claras, pero no pudo evitar estar pensando todo el rato en las palabras del capitán.
—Tengo entendido que es a ti a quien debo agradecérselo todo —dijo Harry—, tanto el haberme despertado como la liberación de Hermione, Neville y Snape. Tú los uniste y planeaste la huida.
—Eso es mucho decir. Lo cierto es que a la hora de ejecutar el plan, fui más bien un contratiempo que una ayuda. Tuvieron que cargar conmigo inconsciente todo el rato, como si la fuga no fuera lo bastante peligrosa de por sí. De hecho, deberían haberme dejado allí —murmuró, pensando en que eso era algo en lo que Shultz habría estado de acuerdo con ella—. No me necesitaban para nada. Llevarme sólo sirvió para ponerlos a todos en peligro.
Y eso es algo que podría volver a ocurrir, se dijo, derrotada.
—Claro, porque hay vidas humanas más valiosas que otras, ¿verdad? —replicó el chico, con sonrisa amable pero voz firme—. ¿Qué usas tú para medir la valía de los hombres? Porque si te riges por el estatus de sangre, quizá deberían haber dejado atrás también a Hermione, ya que sus padres son muggles. O a Snape, que es mestizo. Sí, posiblemente, Neville sea el único que valía la pena ser rescatado, ya que es el único sangre pura. ¿O es que usas una vara de medir distinta a la sangre? —Hizo una pausa y la miró con intensidad—. ¿El sexo, quizá? Porque entonces, Hermione también debería haberse quedado atrás. ¿O tal vez es la religión? ¿O el color de la piel? ¿Afiliación política? ¿Idioma materno? Sea cual sea tu baremo, deshazte de él, porque todos están equivocados. Cuando se empieza a decidir quién tiene derecho a vivir y quién no lo único que se consigue es comenzar guerras.
Sandra resopló.
—Caray, me has vapuleado.
Harry sonrió de nuevo.
—No era mi intención.
—Pues me has dado un buen rapapolvo. Supongo que me lo he buscado yo misma, aunque no pretendía insinuar que unas vidas sean más valiosas que otras. Es sólo que... la mía no parece tan importante cuando la de los demás.
El chico puso una mano sobre su hombro.
—Pues te equivocas. De momento, has salvado cuatro vidas, y puede que hayas sido fundamental a la hora de ganar la guerra contra el Lord. Puede que no te tengas en mucha estima a ti misma, pero los demás sabemos valorarte en tu justa medida.
No todos, por lo visto, pensó ella, pero no dijo nada. De todas formas, se sintió muy agradecida con el chico por su amabilidad, aunque todavía seguía afectada por las palabras de Shultz. El miedo irracional a ser la causa de la perdición de todos aquellos que le importaban se había instalado en su cerebro y ya nada podría quitárselo.
—¿Qué habitación te han dado? —preguntó entonces Harry, con curiosidad—. Espero que sea en el ala oeste, como yo. Es el lado de proa y a través de las ventanas se ve la mansión avanzar sobre los campos. Es alucinante.
—De hecho, estoy en el ala derecha; creo que se llamaría... ¿babor? En realidad, el elfo doméstico me asignó una en la quinta planta, pero le pedí un cambio porque era la única ocupante de ese piso y me sentía un poco aislada. Ahora estoy en la planta baja, en la habitación contigua a la del profesor Snape.
Hermione la miró con un curioso brillo en los ojos al escucharla.
Después de eso, Harry y las dos chicas fueron al comedor, porque ya estaban a punto de servir los platos.
—Al volver a entrar ayer en la mansión recuperé toda la memoria, ¿sabes? —dijo Hermione, entusiasmada—. En cuanto vuelves aquí se revierte el hechizo que te hace olvidar lo que sabes de este lugar cuando te vas.
—Eso es estupendo.
—Sí, yo también lo creo. Más tarde tengo intención de enseñarte hasta el último rincón. Verás la sala de máquinas, es espectacular. No es que haya máquinas, en realidad, es sólo el nombre que le han dado, porque ahí están ubicadas las fuerzas mágicas que hacen funcionar la mansión. Son como corrientes invisibles que giran y se distribuyen a través de unos engranajes y tuberías que flotan en el aire, es curiosísimo. También te llevaré a la cabina del capitán, que está en el ático y tiene unas vistas espectaculares, es como volar en avión, pero infinitamente mejor; y después podemos salir al camino de piedra para ver los campos sembrados allá abajo, en tierra, pasando bajo nuestros pies a velocidad de vértigo. Es impresionante, te va a encantar.
Sandra intentaba escucharla con interés, pero le costaba porque su atención se desviaba todo el tiempo. Además, estaba algo nerviosa porque Snape no había ido a comer y hacía rato que no lo veía. Tampoco apareció el capitán, y se preguntó si estarían juntos reconsiderando algunos puntos de la reunión que habían tenido antes. O quizá conviniendo en que ella era un estorbo para sus planes.
Se recriminó a sí misma el haber pensado eso. Snape jamás diría algo así de ella, y lo sabía. De hecho, ese era precisamente el problema que había detectado Shultz y que ella no quería reconocer. No tenía ya ninguna duda de que el ex profesor la apreciaba, y ese aprecio podía llevarlo a pasar por alto cosas como que lo único que ella hacía en la mansión era volver las cosas más difíciles para todos.
—… ¿no crees? —dijo Hermione.
—Perdona, ¿qué me decías?
—¿De verdad te encuentras bien? Estás muy pálida…
—Sí, sí, es sólo que… me he despistado un momento.
—Te explicaba que en realidad vinieron a recogernos en cuanto llegó la lechuza, pero al seguirla de vuelta, se dieron cuenta de que la pobre es tan vieja que tenía que detenerse por el camino cada dos por tres para reponer fuerzas. Entonces supieron que el camino de ida debía haber sido igual, lo que significaba que llevábamos varios días esperándolos. Hasta temieron llegar tarde y que nos hubieran atrapado los mortífagos. Si la lechuza fuera joven y sana, habrían venido el mismo día y tú habrías podido despertar en una cama de verdad, en lugar de en una cueva húmeda y fría. —Sandra pensó que no cambiaría su despertar en la cueva en brazos de Snape por nada del mundo, por fría e incómoda que fuera, pero guardó silencio—. Sin embargo, cuando el capitán la recogió y...
—¿Qué sabes de Shultz? —preguntó de golpe—. Porque no le caigo muy bien…
Hermione pareció extrañada por el comentario.
—Seguro que no es lo que crees. Es un buen hombre, pero lo ha pasado muy mal. Es capitán de la Real Fuerza Aérea Británica, y como es squib cursó estudios en escuelas muggles, con…
—¿Es squib?
—Sí. Todos sus parientes eran magos, menos él. Desde el principio de la guerra, su familia formó parte de la resistencia y él luchó con el ejército nacional para combatir el avance de las fuerzas del Lord pero, como sabes, los muggles pudieron resistir durante muy poco tiempo los ataques mágicos. Simplemente, no estaban preparados para una amenaza como esa. Con el tiempo, el ejército británico quedó desmantelado en todas sus divisiones y Shultz tuvo la mala suerte de que los mortífagos fueron matando uno por uno a todos los miembros de su familia hasta que sólo quedó él. Sus padres, su mujer, los dos hijos, incluso sus hermanos y sobrinos. Todos muertos. Él es el único que sobrevivió, y está muy comprometido con la causa.
—Merlín... —dijo Sandra, lívida. Ahora que conocía la historia del capitán lo entendía mejor. Las palabras de Harry le habían resultado reconfortantes, pero Shultz estaba en lo cierto: la resistencia tenía por delante un trabajo arduo y peligroso; no podían perder el tiempo haciéndole de niñera, y menos teniendo en cuenta que ella no aportaba nada a la causa. Lo más probable era que por su culpa se metieran en más problemas de los que ya tenían—. Por Merlín y Morgana, ahora entiendo por qué me odia tanto. Me debe de considerar una ofensa para la sociedad mágica. Él, que no tiene magia, se enfrenta a diario a magos y brujas tenebrosos sin acobardarse, dispuesto a sacrificar a toda su familia por defender la libertad. En cambio yo, siendo bruja, podría luchar con más y mejores armas que él, y aún así me he dedicado a esconderme como un animalillo asustado toda mi vida. Lógico que me aborrezca.
—¡Anda ya! Qué exagerada eres —dijo Hermione.
—No has visto cómo me mira ni cómo me habla desde que le expliqué que yo no formaba parte de la resistencia, que cuando nos atraparon los mortífagos sólo estaba escondiéndome junto con otras personas. La verdad es que pasé mucho tiempo sin involucrarme en la guerra, me decía que el asunto no iba conmigo. Incluso cuando la cosa se empezó a poner realmente fea, me negué a aceptarlo. Seguí haciendo mi vida normal hasta que me fue imposible mantener la pantomima.
—Pero eso fue antes de que te atraparan. Eras otra persona. Todos éramos otras personas antes de esto.
—No, no ha cambiado nada. Sigo sin tener ninguna habilidad, ningún entrenamiento que pueda ayudar para enfrentarnos a los mortífagos. No me extraña que piense que soy una cobarde y un parásito. Y con razón.
—Pero eso es absurdo, tú no eres ninguna cobarde y mucho menos un parásito —insistió Hermione—. ¡Tú nos has salvado a todos! Primero, al planear nuestra huida; y después al liberar a Snape. Sin él, no habríamos podido despertar a Harry, diga él lo que diga.
Sandra se encogió de hombros.
—Algo por el estilo ha dicho Harry, también, y se lo agradezco mucho, pero hay que ser prácticos y afrontar los hechos. El capitán tiene razón, quizá os haya sido útil en cierto momento, pero en un combate sería más una carga que una ayuda. —Empezó a enumerar con los dedos—: no sé luchar ni elaborar pociones si no es con el libro de texto delante, tampoco soy experta en contrahechizos; no tengo dotes de enfermera ni soy una bruja excepcional en ningún sentido. Merlín, ¡ni siquiera sé cocinar bien! Sólo soy un estorbo, una boca más que alimentar.
—¿Por qué dices eso? ¡No es cierto!
Pero Sandra se estaba empezando a deprimir tanto que casi sentía ganas de llorar. Pensaba en Snape, en cómo la había hecho suya la noche anterior y en cómo le había parecido que con ella se sentía feliz.
Hacerlo feliz era lo que más deseaba del mundo, pero tras hablar con Shultz se sentía terriblemente egoísta al ponerle en peligro sólo para poder satisfacer su necesidad de permanecer a su lado. Porque sí, porque ya estaba convencida de que quedándose sólo iba a conseguir que lo mataran. Que los mataran a todos.
Snape necesitaba estar concentrado en su misión si aspiraba a salir con vida de ella, porque cualquier pequeña distracción podría costarle muy cara, y si algo le ocurriera por su culpa no podría perdonárselo jamás. Los argumentos del capitán habían sido tan convincentes que casi se podía imaginar la escena: ella poniéndose en riesgo tontamente, Severus intentando salvarle la vida y el Lord asesinándolo por ello. No podía quitarse esas imágenes de la cabeza, como si las hubiera visto realmente con sus ojos: Severus cayendo muerto al suelo con un rictus de asombro en el rostro. Se dijo que debía evitar a cualquier precio que aquella pesadilla se hiciera realidad, pero para ello sólo había una cosa que pudiera hacer, por duro que fuera.
—Sí lo es. Y te ruego que me disculpes, pero no tengo hambre, así que mejor será que vuelva a mi habitación.
Se levantó de la mesa casi de un salto. No, no estaba dispuesta a poner en peligro a nadie y sabía lo que tenía que hacer para evitarlo.
—Pero Sandra, ¡si no has comido nada…! —dijo Hermione, preocupada, pero ya se había ido.
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Snape, por su parte, no se tropezó con Shultz, sino que fue a buscarlo él mismo. De hecho, ajeno a todas las tribulaciones por las que estaba pasando Sandra en aquellos momentos, incluso había decidido saltarse la comida del mediodía para intercambiar unas palabras con el capitán, ya que durante la reunión que habían tenido todos para planear la estr ategia a seguir no había encontrado ocasión para hablar con él en privado.
Él también había notado su hostilidad hacia la muchacha, por lo que se dirigió al puente de mando, le comunicó el motivo de su visita y le exigió que dejase de hostigarla.
—No sé qué problema tiene con ella, capitán —dijo—, pero, sea cual sea, más le vale dejarla en paz. Aunque usted, por motivos que escapan a mi comprensión, no quiera creerlo, Sandra vale muchísimo más que yo, y si insiste en tratarla como una basura, va a tener que vérselas conmigo.
—No lo entiende. Usted no supone ningún problema, señor Snape, pero ella...
Snape no le permitió continuar, le explicó lo valiente que había sido la joven y todo lo que había hecho por ellos, pero Shultz no pareció impresionado por la historia.
—No veo por qué me está contando esto —dijo, simplemente.
—Porque si su intención es echarla de la mansión —contestó él entonces—, sepa que también me tendrá que echar a mí, ya que no pienso estar en un sitio donde ella no es bienvenida.
—¡Pero no puede irse, señor Snape! ¡Le necesitamos para la lucha! —dijo Shultz.
Pero él se mostró firme y afirmó que, si la expulsaba a ella, los perdería a los dos, por lo que el capitán accedió de mala gana a aceptarla a bordo. Con lo que no contaba Snape, y para lo que no estaba preparado en absoluto, era para la circunstancia de que fuera ella misma quién quisiera marcharse.
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Dos horas. Sólo tendría que esperar dos horas más y podría desembarcar de la estrambótica nave-mansión.
El capitán, mucho más cordial con ella desde que le había comunicado su decisión de irse, le aseguró que Cork era un lugar bastante tranquilo donde los ataques mortífagos eran muy esporádicos.
Tenía que dirigirse a una dirección que le había dado, donde se pondría en contacto con el grupo de la resistencia encabezado por un amigo suyo, llamado Durand. Su equipo la entrenaría a fondo para el combate.
—Cuando me informen de que está lista, le daré gustoso la bienvenida de nuevo en la mansión —dijo Shultz.
—¿Cómo? ¿Estás pensando en marcharte? —preguntó Harry Potter, que estaba cerca de ellos, conversando con Aberforth.
El muchacho se mostró contrariado por su deseo de partir y le dijo que le parecía una mala idea, que en ningún sito estaría más segura que allí.
—Creo que ya no me interesa tanto estar segura como estar preparada —dijo la chica.
—¿No hay nada que pueda hacerte cambiar de opinión? Tenía la esperanza de que pudiéramos conocernos mejor, Hermione me ha contado cosas estupendas de ti.
Ella negó con la cabeza.
—Lo siento, pero debo irme.
El chico se resignó al fin y le deseó buena suerte.
Tras esto, y por difícil que resultara, supo que tenía que ir a ver a Snape para informarle de que se marchaba.
Estuvo plantada ante la puerta de su habitación durante varios minutos, sin decidirse a llamar. Finalmente, cuando levantó la mano para golpear la madera con el puño, la puerta se abrió y se encontró de bruces con el hombre, que casualmente se disponía a salir.
—Sandra… —Snape parecía tan sorprendido como ella misma, que de pronto no supo qué decir—. ¿Quieres pasar?
—¿Ibas a algún sitio? No quisiera interrumpir tus planes…
—No, no —dijo él apresuradamente—, no es nada que no pueda esperar. Pasa, por favor.
Nada más cruzar el umbral, Sandra sintió su corazón bombeando a mil por hora. Había sido una idea terrible presentarse ahí, ¿qué había de malo en marcharse sin más y dejar que se enterase por otros? Nadie puede decir que eres una cobarde, le llegó a la memoria la voz de Hermione. ¡Ja! Si pudiera verla en aquel momento.
Se dio la vuelta para encarar al hombre y vio que lo tenía mucho más cerca de lo que imaginaba, a menos de dos palmos, como si hubiera estado dudando si decirle algo o no y ella se hubiera girado antes de que se decidiera.
—Sandra, la verdad es que quería hablar contigo. Hace un rato he hablado con el capitán y creo que he conseguido hacerle entrar en razón, no volverá a tratarte con desprecio, me he asegurado bien de ello.
La mujer tragó saliva y asintió con la cabeza.
—De acuerdo. No te preocupes por eso.
—De hecho, si se le ocurriera...
—Da igual, Severus. Nada de eso tiene importancia ya, porque en un par de horas me habré ido.
Toda la sangre desapareció del rostro de Snape y daba la impresión de que le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Tan impactado quedó por sus palabras, que le costó unos segundos retomar el dominio de su voz.
—¿Cómo que te vas? ¿A dónde?
—El capitán ha contactado con una célula de la resistencia ubicada en Cork. Me iré con ellos y me enseñarán a luchar para que en adelante no dependa de nadie más que de mí misma.
Un oneroso silencio se produjo entre los dos. Sandra no se atrevía a mirar a Snape a los ojos por si la emoción la traicionaba y se ponía a llorar. No quería irse, no quería abandonarlo. Sólo quería quedarse junto a él por el resto de su vida y amarlo con todo su ser. Pero haría cualquier cosa por mantenerlo a salvo y su partida le parecía la opción menos peligrosa para él.
—Pero... pero no tienes por qué hacer esto. El capitán no va a echarte de aquí, él...
—Esto no tiene nada que ver con el capitán. Es solo... es algo que debo hacer.
—No. No puedes irte —dijo él al fin, con un aire que invitaba a zanjar la cuestión—. Si te encuentran los mortífagos… si alguno te reconoce… sabes que el Lord estará buscando como loco a los que ayudaron a fugarse a su prisionero. Arriesgarse de esa manera es muy imprudente.
—También lo era planear la huida de la Fortaleza y aquí estamos —repuso ella, aparentando indiferencia—. Pero puedes estar tranquilo, Shultz me ha asegurado que estaré a salvo y que los miembros de la célula de Cork son de fiar. Dice que él les confiaría su vida.
El rostro de Snape reflejaba una emoción cercana al pánico, como el hombre que se ahoga sin remedio.
—Sandra, yo... —Era evidente que le costaba encontrar las palabras, pero no podía ayudarle, ella misma estaba demasiado destrozada por su propia decisión—. No puedes irte...
—Debo hacerlo.
—¡No lo entiendes! —la apremió, sujetándola de los brazos. Cerró los ojos un instante, tomó aire y prosiguió—. No te puedes ir porque te necesito. Porque esta noche contigo ha sido la mejor de mi vida y no quiero renunciar a esto. Yo... no recuerdo haber vivido jamás un solo instante de felicidad, así que no tengo mucha experiencia, pero creo que anoche fui capaz de experimentarla contigo.
Sandra se quedó de piedra. Jamás había esperado oír algo así de labios de Snape y, aunque su corazón saltaba de alegría en su pecho, le parecía que aquella confesión sólo confirmaba lo que ya sabía: su simple presencia allí suponía una distracción para él que le haría perder la concentración en lo realmente importante. Que le pondría en peligro.
Más convencida que nunca, aunque con el corazón hecho trizas, Sandra negó tristemente con la cabeza.
—Precisamente por eso debo irme —dijo. Y nunca vio un rostro más desolado que el de Snape en aquellos momentos.
Se sintió peligrosamente cerca de cambiar de opinión, por lo que se dio la vuelta y se obligó a marcharse del cuarto antes de que fuera demasiado tarde.
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Todo era culpa suya. La mujer a la que amaba más que a su vida, aquella por la que sería capaz de hacer cualquier cosa, la que le había devuelto la esperanza cuando ya no le quedaba nada, ni siquiera su dignidad, se iba a ir del único lugar donde estaba a salvo porque había sido incapaz de decirle lo que sentía.
Le costaba muchísimo expresar sus sentimientos, eso no era ninguna sorpresa. Le volvían vulnerable de nuevo cuando por fin había logrado sentirse otra vez fuerte y en control de su destino. Pero, aunque su instinto se rebelaba ante esa indefensión, entendía que si había un momento en que debía sincerarse, era aquel. Por eso se había esforzado por combatir su eterno mecanismo de defensa, pero era evidente que había fracasado, y se debía a que se había expresado con una torpeza infinita. En vez de abrirle su corazón de par en par se había limitado a dejar entreabierta una pequeña rendija esperando que fuera suficiente. Pero no lo era. Ni mucho menos.
Se quedó mirando la puerta por la que ella había salido como si contuviera alguna clave que pudiera ayudarle a resolver aquella situación, pero no encontró más que silencio y soledad.
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Se había marchado muy digna de la habitación de Snape pero, tras ajustar la puerta, apoyó la espalda contra la madera, cerró los ojos y se deslizó hacia abajo hasta quedar sentada en el suelo, sintiéndose más desolada que nunca en la vida. Incluso más que cuando fue capturada por los mortífagos. Apoyó los codos en las rodillas y se tapó la cara con las manos, llorando inconsolablemente.
No quería irse, desde luego que no, pero no veía otra solución. Se había enamorado de Snape como una colegiala; no se engañaba al respecto, y estaba dispuesta a todo por mantenerlo a salvo. Incluso a alejarse de él.
Además, quizá si aprendía a defenderse y a luchar con la resistencia podría resultar de utilidad para la causa y no se sentiría tan mal consigo misma, tan inútil.
Por fin logró dejar de llorar, pero sus ojos estaban hinchados y le escocían. Se encontraba muy cansada y todavía no tenía ganas de moverse, pero de pronto sonaron unos fuertes golpes en la puerta que daba al pasillo. Se limpió las lágrimas con las manos y, con un esfuerzo sobrehumano, se levantó del suelo. Cuando abrió, se encontró con el ceño fruncido de Hermione.
—El capitán me ha dicho que te vas, ¿es que no pensabas decírmelo?
—Sí, claro que sí, pero… verás, es que estoy un poco cansada y…
—¿Has perdido el juicio? Esa es una decisión pésima. No debes abandonar la mansión, aquí estás a salvo. —Sandra se encogió de hombros con indiferencia y la joven la miró asombrada—. Después de todo lo que has pasado para poder huir, ¿te da igual que te atrapen otra vez?
—No, claro que no, pero no voy a permitir que el miedo me impida hacer lo que debo.
—¿Lo que debes? —Hermione frunció el ceño de nuevo y la observó con atención—. ¿Qué ha pasado? Puedo ver que ha ocurrido algo. Has estado llorando, eso es evidente. Dime qué sucede, por favor, seguro que podemos arreglarlo, pero no te vayas de la mansión. En ningún lugar estarás tan segura como aquí.
—Eres tú quien va a correr peligro combatiendo a los mortífagos, así que no necesitas preocuparte por mí, de verdad. Me quedaré en una casa franca de la resistencia donde me enseñarán a luchar y a defenderme por mí misma. No me volverán a cazar.
—Y eso, ¿cómo lo sabes? ¿De verdad tengo que explicarte lo que pasará si te capturan los mortífagos? Tras haberlos humillado con nuestra fuga, dudo mucho que vayan a dejar que te libres con sólo una palmadita en el culo y de vuelta al harén. Y Malfoy, ¿qué crees que te hará si te encuentra, después de traicionarlo por segunda vez? Debe de estar furioso, sobre todo, porque habrá sufrido en su propia piel la ira de su amo tras dejarse engañar por ti. Y eso por no hablar de que lo más probable es que el Lord quiera dar ejemplo contigo.
—No tengo miedo, Hermione.
—Pues deberías. Eres una imprudente.
Sandra le dirigió una sonrisa amarga.
—No eres la primera que me lo dice. Pero no te preocupes, estaré bien, y vosotros lucharéis mejor sin mí. Dejaré de ser un incordio.
—¡Tú no eres...! —Justo en ese momento, Snape salió de su habitación y se encontró con ellas en el pasillo. Hermione se giró hacia él en busca de apoyo–. Díselo, Snape. Dile que no es ningún incordio, que queremos que se quede con nosotros y que es una locura que se vaya.
El ex profesor se quedó helado en la puerta, con expresión consternada. Sandra lo miró un instante y después clavó los ojos en el suelo.
—Déjalo ya, Hermione —pidió la joven—. Por favor.
—No, no dejaré que te vayas. Snape, dile algo. ¡No te quedes ahí pasmado!
—¡Se acabó! —la atajó Sandra—. Es mi decisión. Me voy y no hay más que discutir —dijo, y le cerró la puerta en las narices.
Hermione se giró hacia Snape hecha una furia y descargó toda su frustración en él.
—¿Pero a ti qué te pasa? ¿Es que te da igual? ¿Os habéis vuelto locos los dos o qué? ¿Cómo puedes quedarte ahí y verla marchar sin hacer nada por evitarlo, después de todo lo que ella ha hecho por ti? ¿Por qué no me has ayudado a convencerla?
—Porque, señorita Granger —dijo con voz cansada—, yo lo único que hago es joderlo todo.
Hermione miró al hombre boquiabierta mientras se alejaba pasillo abajo.
—¡Locos! ¡Se han vuelto todos locos! —dijo, exasperada, y volvió a golpear la puerta de su amiga—. Sandra, ábreme, aún no he acabado de hablar contigo.
La chica abrió de golpe, enfadada.
—¿Qué es lo que quieres? No me voy a quedar, ¿es que no te ha quedad...?
—¿Es por Snape? —soltó Hermione de pronto, dejándola estupefacta.
—¿Por… por Snape? —miró a la puerta de al lado por si el hombre seguía allí—. Pasa —dijo, haciéndole un gesto para que entrase en la habitación. Cuando estuvo dentro, cerró la puerta tras ella—. ¿Qué has querido decir con eso?
—Vamos, Sandra, no soy estúpida, ¿vale?
—No... —Estuvo a punto de negarlo, pero descubrió que no le quedaba energía para seguir mintiendo—. Está bien, sí, tienes razón… me... él me...
—Estás enamorada de él.
Sandra suspiró.
—Como una idiota. Pero esto no tiene nada que ver, yo…
—¡Y una mierda! Tiene todo que ver. Lo que no entiendo es qué problema tenéis, es evidente que él también se muere por ti. ¿O es que estás ciega? En los años que hace que lo conozco no le he visto ni una sola vez mirar a alguien como te mira a ti, o tratar a nadie con tanta consideración y respeto.
Sandra cerró los ojos, mortificada.
—Eso… eso da igual.
—¿Cómo dices?
—De nada sirve que sienta algo por mí si lo único que consigo con ello es lograr que lo maten.
—Pero, ¿por qué lo van a matar? ¡No entiendo nada!
—Yo no puedo ayudaros en la lucha con los mortífagos, si tratase de hacerlo sólo conseguiría que me derribasen al primer intento, así que si me quedo aquí sólo conseguiré distraer a Severus en un momento en el que necesita de toda su concentración para afrontar lo que se le avecina. Lo que se os avecina a todos.
Hermione levantó las manos ante ella, como queriendo rechazar algo que se le abalanzara encima.
—Eso es lo más absurdo que he oído en mi vida. No sé quién te ha metido esas tontas ideas en la cabeza, pero…
—¡Hermione, déjalo! —gritó Sandra, nerviosa, incapaz de continuar con aquello—. Si hay la más mínima posibilidad de que mis miedos tengan fundamento, no pienso arriesgar su vida absurdamente. Ni las vuestras. Te ruego que te vayas y me dejes sola, quiero pasar en calma los pocos minutos que me quedan antes de irme.
La chica guardó silencio unos instantes, con la desaprobación pintada en el rostro.
—Cometes un error, Sandra. Un error terrible —dijo y, a regañadientes, salió de la habitación y cerró la puerta.
