Bienvenidas un capítulo más a mi historia, ¡y ya es el penúltimo!
Sí, lamento deciros que la historia está llegando a su fin, y el capítulo que publicaré la semana que viene, el 17, es ya el último. Pero, de momento, todavía pueden suceder muchas cosas en esta aventura y espero que sean de vuestro agrado.
Muchas gracias a todos los que dedicáis vuestro tiempo a leerla y en especial a las que os habéis tomado la molestia de dejarme vuestros comentarios: AnHi, Genna Lotto, Snape's Snake, Equidna, Herenetsess, Mac Snape, Diggea, GabrielleRickmanSnape y MoonyMarauderGirl.
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Capítulo 16
Cuando llegaron a Cork, la mansión se detuvo y quedó flotando a muchos metros por encima de un solar vacío a las afueras de la población.
Desde abajo, cualquiera que mirase hacia arriba sólo vería una enorme nube que tapaba la luz del sol, pero desde el camino de piedra, las vistas eran realmente espectaculares. Si no fuera por el dolor que sentía por marcharse, seguramente Sandra hubiera podido disfrutar de aquella experiencia; pero, tal como estaban las cosas, le daba la sensación de avanzar sonámbula por un sueño pesado del que no podía despertar.
Las palabras de Hermione resonaban en su cabeza: Es un error, es un error. Pero se sentía incapaz de cambiar el rumbo que había tomado, como si al decidir marcharse se hubiera puesto en funcionamiento una maquinaria imposible de detener.
Llegó al final del camino de piedra, donde el capitán estaba tendiendo la escalera de mano que la llevaría abajo. Le había indicado que a tres calles encontraría una pequeña plaza en la que había una casa con una puerta negra; debía llamar a ella, preguntar por Dovanski e indicar que iba de parte del capitán Shultz, y se suponía que al oír esto le abrirían enseguida.
Estaba nerviosa y tenía ganas de llorar, ya que ignoraba si volvería a ver a Snape alguna vez y esa incertidumbre desgarraba su corazón. Tampoco sabía si estaba haciendo lo correcto o no, ¿cómo podría estar segura? Todo era muy dificil y confuso, pero el miedo de ser la causante de la desgracia del hombre era demasiado acuciante para ignorarlo. Esperaba de todo corazón que, al marchar ella, aumentasen las posibilidades de supervivencia de Snape, como había declarado el capitán. Esa era su única razón para hacer lo que estaba a punto de hacer.
Por lo menos, pensó, nada ni nadie podrán quitarme jamás la noche que hemos pasado juntos.
Se había despedido ya de Neville, de Harry y de Hermione, enfrentándose de nuevo a las acaloradas protestas de la joven. De quién no lo había hecho era de Snape. Sabía que no podría decirle adiós sin echarse a llorar y sólo de pensar en montar una escena se ponía enferma, así que consideró que lo mejor era no despedirse.
Cuando llegó al final del camino agarró la escalera de mano y miró atrás, a la mansión que estaba abandonando. La luz del sol reflejaba en las ventanas impidiéndole ver el interior, pero sabía que ahí dentro estaba él, en algún lugar, quizá pensando en ella también.
Se armó de valor, se agarró bien a la escalera y esta se la llevó a tierra por fin.
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Desde una de las ventanas del comedor, Snape la veía partir con una expresión amarga en el rostro. En determinado momento, Sandra se dio la vuelta y miró directamente a donde estaba él, casi como si pudiese verlo, aunque teniendo en cuenta la luz exterior y la distancia a la que estaba no estaba seguro de que eso fuera posible. Después se volvió a girar, la escala de cuerda se la llevó y Snape ya no pudo verla más. Fue como si le hubieran arrancado una parte de sí mismo.
Se había estado debatiendo en un gran dilema interior desde que Sandra le comunicó su decisión de marcharse. Granger tenía toda la razón al decir que era un error que dejara la nave, por supuesto. Él lo sabía, también se lo había dicho a ella, y aún así no había hecho nada por impedirlo. ¿Acaso no indicaba eso que era el ser más rastrero de la tierra?
Eres un maldito cobarde, se dijo, permites que se ponga en peligro, después de haberte salvado de algo peor que la muerte, sólo porque no sabes cómo decirle que la amas, que quieres que se quede contigo, que la necesitas a tu lado. Sólo porque tienes miedo al rechazo. Sí, era un cobarde, sin ninguna duda.
Se quedó contemplando el camino de piedra, ahora vacío, hasta que vio cómo el capitán recogía la escalera y la mansión empezó a moverse. Entonces, algo dentro de él se rompió, esa intangible coraza que lo había mantenido alejado de sus emociones durante tantos años, el caparazón que lo ayudaba a mantenerse impasible ante cualquier cosa que amenazara con afectarle. Se sintió expuesto y vulnerable, y comprendió que jamás debería haber permitido que sucediera aquello, que no debería haberla dejado marchar. Que el error no había sido de Sandra, sino de él.
—¿Qué he hecho? —murmuró, desolado por su estupidez—. Merlín, ¿qué he hecho?
De pronto, la puerta del comedor se abrió de un empujón y Hermione entró hecha una furia.
—¿Cómo has podido dejar que ocurriera esto, Snape? Sabes que no debe estar ahí abajo. ¡Lo sabes!
El hombre se giró hacia ella y la ira de la joven vaciló un tanto al ver la expresión de su rostro.
—¿Y qué querías que hiciera, Granger? Estaba decidida a irse.
—Eso son tonterías, si le hubieras pedido que se quedara, lo habría hecho. Eres el único que podría haberla convencido.
—Yo no tengo ningún poder sobre ella.
—¡No estoy hablando de poder, sino de amor! —gritó la joven, exasperada, y él la miró como si le hubieran golpeado en el estómago—. Hazme caso, ¿vale? —dijo, impaciente—. Por una vez en la vida, hazme caso. Aún no es demasiado tarde. He intentado hablar con el capitán, pero no ha querido escucharme, él está de acuerdo en que se vaya, pero quizá tú puedas persuadirle de que volvamos a buscarla; y, si le pides a ella que se quede, lo hará, te lo aseguro.
—Ya le dije que era una locura que se fuera, pero no me hizo caso.
—Pero es que no tienes que explicarle lo buena o mala idea que es, basta con que admitas ante ella cuánto deseas que se quede. Sé que es así, Snape, y mientras discutimos esto sólo estamos perdiendo el tiempo. Aún podemos ir a buscarla, es tu decisión.
El hombre la miró con intensidad unos segundos más, después salió al pasillo y, cuando comprobó que Hermione ya no podía verlo, echó a correr hasta la cabina del capitán, se plantó en la puerta y le gritó a Shultz que detuviera la mansión.
—¡Tenemos que volver! ¡Tenemos que traerla de vuelta!
—¿Qué? ¿De qué habla?
—Tenemos que volver a buscarla —insistió—. No puede quedarse aquí, la encontrarán.
—¿Se refiere a la fulana?
Snape sintió una rabia ciega en su interior que lo impulsaba a golpear al capitán y sus puños se crisparon; pero tenía que lograr que Shultz colaborase, de modo que trató de contener su furia.
—Tenemos que ir a buscarla —repitió, con voz gélida.
—Eso es imposible –contestó el capitán, deshaciéndose del agarre de Snape, que se había vuelto aún más rígido, hasta el punto de volverse doloroso como unas garras clavándose en su carne–. No vamos a bajar de nuevo, acabamos de partir de allí. Además, ella estará bien. Si se cansa de jugar a entrenar con la resistencia, seguro que no tardará en encontrar un prostíbulo en el que trabajar.
Aquello fue la gota que colmó el vaso para Snape, que a esas alturas ya estaba fuera de sí. Sin pensarlo siquiera, y olvidándose de toda prudencia, echó el puño derecho hacia atrás y lo propulsó hacia delante hasta estrellarse con la nariz del capitán, que se rompió con un escalofriante crujido al tiempo que el hombre salía despedido de espaldas hasta chocar contra la pared y caer al suelo desmadejado. Snape se lo quedó mirando, asombrado por la fuerza del impacto.
—¡Joder! —chilló el capitán—. Creo que me la ha roto.
De la nariz de Shultz manaba la sangre a chorro y él no podía dejar de observarlo, fascinado, hasta que el dolor de los nudillos llamó su atención con demasiada insistencia como para pasarlo por alto.
Se miró el machacado puño con cierta sorpresa. Había sufrido incontables torturas de manos del Lord y todavía podía sentir dolor por algo tan banal como el primer puñetazo que daba en su vida. Negó con la cabeza, desconcertado, se masajeó el puño un instante y después se acercó de nuevo a Shultz, le echó la mano al cuello y, sujetándolo con fuerza, lo puso en pie y lo mantuvo acorralado contra la pared.
—Vamos. A bajar. A buscarla —siseó, con una voz grave y áspera como el gruñido de un lobo.
El capitán, que doblaba a Snape en corpulencia, intentó infructuosamente zafarse del doloroso agarre. Le costaba respirar y veía lucecitas ante los ojos, sin contar con el tremendo dolor que provenía de su nariz.
—E-está b-bien —dijo con esfuerzo—. S-suélte-me...
Y, cuando ya creía que iba a perder el conocimiento por la falta de oxígeno, Snape lo dejó ir.
—Adelante, entonces, no querrá que se lo repita —dijo.
El capitán se masajeó un poco el cuello y después tomó el timón, hizo girar la mansión y regresaron al solar donde habían dejado a Sandra.
El capitán se masajeó un poco el cuello y después tomó el timón, hizo girar la mansión y regresaron al solar donde habían dejado a Sandra.
—Usted se viene conmigo —dijo Snape, sin dejar lugar a réplica, y obligó al hombre a salir al camino de piedra con él.
—Si bajamos ahora por la escalerilla no recordaremos cómo volver, ya que el hechizo desmemorizador está colocado en ella —le advirtió el capitán—. Tendremos que buscar una lechuza y enviarla, lo cual será una pérdida de tiempo y…
—En ese caso, no bajaremos por la escalera de mano —dijo Snape.
—¿Qué? ¿Y cómo...?
—Nos desapareceremos.
—¡No puede hacer eso! ¡Detectarán la magia de aparición!
—¿Y qué más da? La mansión es intrazable, ¿no es cierto? Cuando nos aparezcamos aquí de nuevo no podrán encontrarnos.
—¡Pero es muy peligroso! Una vez nos hayan detectado…
—Dispondremos de poco tiempo, lo sé, pero será suficiente. Tendrá que serlo.
Y, sin añadir una sola palabra más, Snape agarró del brazo al capitán y se desapareció con él.
—¿Es que se ha vuelto loco? —chilló el hombre, colérico.
—Si no quiere que nos descubran, será mejor que no perdamos el tiempo. ¿A dónde ha enviado a Sandra?
—A la casa segura, está a tres calles de aquí.
—Pues vamos.
Se dirigieron allí a paso rápido, pero nada más llegar a la plaza, el capitán vio que algo andaba mal y se detuvo en seco.
—¿Qué ocurre?
—Está entreabierta —dijo, señalando a una puerta negra al otro lado de la plaza—. Y no debería.
Sacó de su bolsillo una pistola al tiempo que Snape desenfundaba su varita.
—¿La resistencia se oculta en una casa muggle? —preguntó el ex profesor, en un susurro furioso—. ¿Sin hechizos de ocultación ni nada?
—Es un lugar perfectamente seguro —susurró en respuesta el capitán, abriendo la puerta con una mano, alerta a cualquier movimiento extraño en el interior—. Al menos, lo era hasta ahora.
—Ya lo veo —gruñó Snape, señalando el cuerpo sin vida de un joven de unos veinte años, tendido en el suelo del pasillo—. No me extraña que cada vez queden menos células de la resistencia.
—Eowain —dijo el capitán, agachándose rápidamente junto al muerto, con gesto apesadumbrado—. ¡Hijos de puta! Un muchacho tan valiente…
Pero Snape no lo escuchaba, ya se había adentrado en la vivienda en busca de Sandra.
Registró el edificio de arriba abajo, pero no encontró ni rastro de ella. Sí halló, en cambio, otros tres muertos más en diferentes partes de la casa.
Cuando el capitán llegó al salón de la segunda planta, Snape temblaba de preocupación y de ira.
—¿Esto es lo que usted llama una casa segura? —dijo, siseando de indignación—. Como le ocurra algo a Sandra, Shultz, le haré a usted directamente responsable. Y eso sí puede tenerlo por seguro.
El capitán pareció genuinamente consternado.
—Han sido carroñeros —repuso, con amargura—, reconocería su inmundo olor en cualquier parte. Ellos mataron a mi esposa. —Paseó la mirada alrededor por un momento y después se volvió hacia Snape—. El ataque ha debido de ocurrir justo ahora, ya que contacté con el grupo no hace ni tres horas para decirles que les enviaba a una mujer.
—¿Y por qué está tan convencido de que, cuando contactó con ellos, no era uno de los carroñeros quien contestaba a su mensaje?
—Porque… —El capitán frunció el ceño—. La verdad es que no puedo asegurarlo al 100%.
—¡Increíble! —exclamó Snape, fuera de sí—. Si no fuera porque no pienso malgastar mis energías en ello, lo mataría ahora mismo.
—Si estoy en lo cierto y son carroñeros, sé a dónde se la habrán llevado —ofreció el capitán, intentando ser de ayuda—. Durante un tiempo pertenecí a este grupo de la resistencia y una vez logramos seguir a una partida de carroñeros justo después de uno de sus ataques al pueblo. Tienen un campamento a las afueras, en el bosque encantado de Leearwin, no muy lejos del solar donde nos hemos aparecido. Antes de llevarla a los mortífagos es probable que quieran… —Apartó la cara y bajó la voz, se veía claramente que se sentía culpable, pero Snape no se conmovió ni un ápice—. Divertirse un rato con ella…
Snape apretó los puños con un deseo incontenible de golpear al hombre de nuevo, pero su parte más racional le decía que lo necesitaba y que cada minuto que pasaba era precioso.
—Lléveme a ese campamento —exigió, su voz de nuevo aquel gruñido áspero y peligroso—. Ahora.
—Escuche —dijo el capitán—. Tiene motivos para estar enfadado y entiendo que quiere ir a buscarla, pero ir allí los dos solos es un suicidio. Regresemos a la mansión y llevemos refuerzos con nosotros.
Snape estudió al hombre con atención, se estaba secando con una mano el sudor que le corría por la frente y lo miraba con sincera preocupación. Su parte más emocional, la que no entendía de estrategias, le decía que tenían que ir de inmediato a buscar a Sandra, sin desvíos de ningún tipo; pero había mucho en juego y no quería arriesgarse a que una mala decisión -otra mala decisión, se rectificó- le costase la vida a la única persona que le importaba en el mundo. La propuesta del capitán era sin duda más sensata que la idea de presentarse allí los dos solos, un mago y un squib. Y tenía más probabilidades de éxito, que era lo único que le preocupaba.
—De acuerdo —dijo al fin—, pero démonos prisa.
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Se dispuso una expedición de siete personas: Arthur Weasley, el capitán Shultz, Hermione, Neville, Snape, Dorn (un mago al que el ex profesor no conocía pero que el capitán aseguró que hacía tiempo que formaba parte de la resistencia) y Harry Potter que, a pesar de las numerosas opiniones en contra de que lo hiciera, se empeñó en ir también él mismo a buscar a Sandra. Estudiaron el campamento de los carroñeros desde la mansión, con la seguridad de saber que nadie los podía descubrir, escondidos como estaban tras la nube, y decidieron aparecerse a un lado del mismo. Pero, justo cuando se disponían a ello, apareció un grupo de mortífagos y tuvieron que esperar a que se fueran. Por suerte, no tardaron mucho, y cuando lo hicieron se llevaron con ellos a un buen número de los hombres allí acampados, de modo que sólo quedaron a la vista unos quince.
Se aparecieron a unos metros de donde estaba el que hacía la guardia y Harry le lanzó un desmaius. Tras un rápido reconocimiento del campamento, no encontraron ninguna señal de Sandra, pero Snape no se dejó llevar por el derrotismo. Extraería la información que necesitaba de aquellos hombres, costara lo que costara.
Ocultos por la vegetación, observaron como un carroñero más alto que el resto, que parecía haber sido dejado al mando de los que habían quedado, le daba unas órdenes a dos de los hombres y luego se acercaba a bromear con otro, sentado junto a una hoguera, que se veía fuera de lugar en aquel grupo por su aspecto mucho más urbanita, ya que iba bien aseado, con el pelo corto y bien arreglado, y vestía un traje gris y abrigo de lana.
—¡Maldito hijo de puta! —susurró el capitán cuando identificó el sonriente rostro del hombre del traje—. ¡Es Harold! ¡Harold Steiner! Uno de los miembros de la célula de la resistencia. ¡Rata asquerosa! Ha sido él el que los ha vendido a los carroñeros. Mirad, mirad como se ríe. Le voy a arrancar los putos dientes de un balazo, a ver cómo sonríe después.
Se incorporó para avanzar hacia él y Snape lo sujetó del brazo para detenerlo.
—Todavía no —susurró, tan impaciente como él, pero haciendo uso de su sangre fría para calcular la mejor estrategia a seguir—, primero tenemos que eliminar a ese que está hablando con él, parece el cabecilla.
Acordaron separarse para caer sobre ellos al mismo tiempo. Snape estaba a punto de dar la señal cuando el jefe de los carroñeros fue tan amable de ponérselo más fácil: se dirigió justo hacia donde estaba él escondido, bajándose la bragueta con la evidente intención de aliviar sus necesidades. Antes de que llegase al árbol que había escogido para tal propósito, sin embargo, se encontró con una varita clavándose en su cuello. El hombre rió de medio lado.
—No sabes con quién estás tratando, pardillo —dijo.
—No —replicó Snape, con voz grave y peligrosa—, eres tú quién no lo sabe.
El carroñero giró un poco la cabeza, lo justo para ver quién estaba a su espalda, y sonrió más ampliamente.
—¿Ah, sí? ¿Y con quién tengo el placer?
—Seguro que has oído los rumores. ¿Te suena de algo que te mencione al prisionero del Lord?
El carroñero abrió los ojos desmesuradamente, en una mezcla de asombro y codicia.
—¡Tú eres al que están buscando por todas partes! ¡Ajajá! Oh, chico, hoy es mi día de suerte. Voy a hacerme muy rico contigo…
—Lo dudo mucho —replicó Snape y, retorciéndole un brazo a la espalda, lo obligó a darse la vuelta para que viese a todos sus subalternos desarmados y sometidos por sus compañeros de misión—. Y ahora será mejor que me expliques dónde está la mujer que os habéis llevado de la casa franca.
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Snape ni siquiera tuvo que recurrir a los cruciatus para obtener la información que buscaba, ya que uno de los hombres lo cantó todo después de sólo tres costillas rotas. Tras esto, desmemoriaron a los carroñeros tan a conciencia que cuando acabaron con ellos apenas recordaban cómo atarse los zapatos. Excepto a Harold Steiner, a quien el capitán se dio el gusto de matar personalmente con su arma.
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Se encontraban en la sala de reuniones de la mansión debatiendo cuál era la mejor forma de proceder, pero Snape ni siquiera los escuchaba; no hacía más que mirar por la ventana, dándole la espalda a todos, la preocupación y el remordimiento carcomiéndolo por dentro.
¿Qué estaría haciendo ella en aquel momento? ¿Estaría muy asustada? ¿Sufriría? Con un nudo en el pecho, Snape reconoció que eso era lo más probable; sobre todo, si la habían reconocido.
La habían enviado a la Fortaleza. Una cuadrilla de mortífagos, probablemente la misma que vieron desde la mansión antes de ir al campamento, había tirado unas monedas de oro a los pies de los carroñeros y se la habían llevado con ellos. ¡Qué estúpido había sido! Deberían haber atacado a la cuadrilla. ¡Tendría que haber sospechado que la tenían ellos! Su corazón se encogió angustiado al pensar por lo que ella debía de estar pasando.
Todo era por su culpa. Poco importaba que fuera pura casualidad que el traidor de Steiner hubiera escogido precisamente aquel día para traicionar a su grupo; si él no la hubiese dejado marchar, no la habría perdido. Las palabras, que tan fácilmente fluían a sus labios cuando pretendía herir a alguien, le fallaban cuando de lo que se trataba era de expresar sus sentimientos. ¡Si tan sólo le hubiera insistido un poco más para que se quedara!
Sacudió la cabeza, nada de aquello era de ayuda en aquel momento; tenía que concentrarse en lo más urgente. Se dio la vuelta y declaró ante los demás:
—Vosotros haced lo que queráis, pero yo voy a ir a ahora mismo a la Fortaleza a rescatarla.
—Pero, Snape… —empezó Hermione, titubeante.
—No voy a discutirlo, mi decisión está tomada.
Por increíble que pareciera, el insufrible de Potter empezó a sonreír.
—Claro que sí, Snape. Bienvenido a la reunión —dijo, en tono de burla—, eso es precisamente lo que acabábamos de decidir.
El hombre lo miró sorprendido unos segundos.
—Ah, ¿sí?
—Claro, sería un error esperar. No sabemos por cuánto tiempo... —Harry vaciló, dudando sobre cuánta delicadeza emplear. Al final decidió que no valía la pena preocuparse por esas cosas en un momento como aquél—. No sabemos cuánto tiempo la van a mantener con vida.
—Cierto —concordó Snape, pero la palabra sonó forzada, como si le hubiera costado pronunciarla—. Bien, pues me prepararé para marcharme lo…
—No me has entendido —dijo el chico, negando con la cabeza—. TODOS vamos a ir a la Fortaleza. Adelantamos el plan para asaltarla, venceremos a Voldemort en su propia casa cuando menos se lo espera.
Snape estaba tan ofuscado que le costó unos instantes comprender lo que le había dicho.
—¿Vais a adelantar el plan? Pero no está del todo elaborado.
—No, pero no podemos arriesgarnos a que la maten —dijo Hermione—. Además, seguro que los mortífagos tampoco esperan que los ataquemos tan pronto, así que tendremos el elemento sorpresa a nuestro favor.
—Y muerto el perro, se acabó la rabia —intervino Bill Weasley.
—Exacto —dijo Hermione—. Con Voldemort fuera de la ecuación, será mucho más fácil encontrar a Sandra.
—Entraremos sin que nos detecten a través de la sala de los Menesteres, así nos encontraremos en el núcleo mortífago antes de que se den cuenta y los aplastaremos desde dentro —explicó Harry—. Partimos de inmediato. Cuanto más tardemos, más peligra la vida de Sandra.
—Estoy de acuerdo —contestó Snape, sorprendido por concordar con Potter en algo por primera vez en la vida.
Y se dispusieron a prepararse para el ataque.
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Cuando llegaron al Cabeza de Puerco, sin embargo, se encontraron con el túnel cerrado y tuvieron un momento de desconcierto. ¿Habrían descubierto los mortífagos su vía de escape? Pero entonces Aberforth se adelantó y desenrolló ante ellos un gran lienzo con el retrato de una joven de rostro apacible.
—Desgraciadamente, en mi taberna no disponía de una sala de los Menesteres que apareciera cuando la necesitaba —dijo—, pero siempre he podido contar con mi pequeña Ariadna. —En cuanto adhirió el lienzo a la pared, la chica sonrió con dulzura y le tendió la mano a su viejo hermano—. Vamos —les instó el hombre, tomando la blanquísima palma para auparse y entrar en el cuadro—, ella nos guiará.
Siguieron el oscuro túnel iluminándose con sus varitas hasta llegar a la puerta del otro lado, que estaba cerrada.
—Es el momento de la verdad —dijo Neville, en un susurro—, si han descubierto el túnel, tendremos a un grupo de mortífagos montando guardia al otro lado.
—Enseguida lo averiguaremos —repuso Snape, y empujó la puerta con decisión.
La Sala de los Menesteres estaba casi tan vacía como la última vez que habían estado en ella. La única diferencia era un bulto negro colocado sobre una mesa de madera.
—Hemos tenido suerte, aún no deben de saber cómo huimos la otra vez —dijo Hermione.
—¿Qué es eso? —preguntó Arthur Weasley, señalando lo que había sobre la mesa.
Snape se acercó para examinarlo.
—Son túnicas mortífagas.
—¿Quiere eso decir que sí conocen la sala? —preguntó el capitán, mirando a todos lados, alarmado.
—No —explicó Neville, con una amplia sonrisa—, quiere decir que la sala las ha dejado ahí para que nos camuflemos con ellas y así pasar desapercibidos.
—¿Qué…?
—Es una sala mágica, te proporciona todo lo que necesitas —aclaró George.
—Basta de cháchara —intervino Aberforth—, tenemos mucho que hacer.
—Estoy de acuerdo —dijo Snape, muy serio—. Potter, saca tu capa invisible; los demás nos vestiremos con esto.
Salieron al pasillo ataviados con sus túnicas mortífagas y con la cabeza cubierta por la capucha, esperando no encontrarse con nadie conocido hasta que llegaran a su destino, el despacho de Dumbledore, ya que Snape estaba seguro de que el Lord se lo habría apropiado. "Él no se conformaría con menos", aseguró a los demás. Pero no llegaron muy lejos, porque tuvieron la mala suerte de tropezarse con Bellatrix Lestrange, que iba acompañada de los Carrow, y se desató el infierno. La mortífaga, suspicaz, los detuvo para preguntarles a dónde iban. Arthur Weasley empezó a inventar alguna excusa, pero Lestrange se acercó a donde estaba Neville, olió sus ropas como si fuera un perro y de un tirón le bajó la capucha, descubriéndolo.
—¡Tú! —dijo y, con un chillido desquiciante, le lanzó una maldición.
Hermione la interceptó y la desvió con gran habilidad y, a partir de ese momento, las balas del capitán y los hechizos de los demás empezaron a volar por todos lados. Cuando vio que acudían más mortífagos atraídos por el ruido, Snape se dio cuenta de que así no iban a conseguir encontrar a Sandra.
—¡Potter! —llamó, en un susurro.
—¿Qué? —dijo una voz a su lado, donde no parecía haber nadie.
—Ven conmigo, tenemos que salir de aquí como sea.
Giró por un pasillo lateral para dar un rodeo mientras los demás mantenían entretenidos a los mortífagos.
—¿Estás conmigo? —susurró, para asegurarse.
—Sí, estoy aquí.
—Bien, no te separes de mí.
Cubierto por la capucha, Snape pudo avanzar por largos corredores sin ser detenido por nadie, hasta que de pronto se dio de bruces con Yaxley, que le miró con los ojos entrecerrados.
—¿Dónde vas tú? ¿No te has enterado de que tenemos intrusos?
Snape calculó las posibilidades que tenía de engañarlo con alguna mentira y las descartó por escasas y porque sólo implicaban una mayor pérdida de tiempo, de modo que se retiró la capucha y dijo:
—Sí, me he enterado. Avada kedavra.
El hombre se desplomó en el suelo sin poder siquiera sacar su varita. Harry se quitó la capa invisible, indignado.
—¿No crees que deberías evitar esa maldición en la medida de lo posible? No somos asesinos, como ellos.
Snape se giró furioso hacia él.
—¡Despierta, Potter! ¡Ya va siendo hora de que lo hagas! Estamos en guerra y mortífagos como Yaxley sabían perfectamente a qué se arriesgaban al alistarse en las filas del Lord. ¿Qué piensas hacer cuando te enfrentes a Él? ¿Matarlo a desmaius? No podrás vencerle con nada más que con la maldición asesina, ¿me entiendes? —Cerró los ojos un instante y negó con la cabeza, exasperado—. Sólo de pensar que nuestro futuro está en tus manos por culpa de una estúpida profecía...
—¡Yo tampoco escogí esto! —protestó el chico.
—Escúchame bien: no tendrás más que una única oportunidad, porque el Señor Tenebroso no te va a dar dos. Más te vale no desaprovecharla o yo mismo me encargaré de que lo lamentes.
—Tranquilo, Snape, sé lo que nos jugamos y comprendo perfectamente que tendré que usar la maldición con él. Es sólo que, hasta entonces, preferiría no usarla con nadie más.
—¿Ni siquiera con Bellatrix, que mató a tu querido padrino? —Harry vaciló y él sonrió de medio lado—. Ya me parecía a mí. Venga, déjate de remilgos de una vez y andando —le instó el hombre, y Harry se cubrió de nuevo con la capa.
Llegaron a la vieja gárgola sin más incidentes, pero una vez allí tuvieron que averiguar la contraseña que les permitiría acceder al despacho.
Probaron algunas frases, sin éxito, hasta que a Snape se le ocurrió pronunciar en voz alta "Lord Voldemort" y la escalera de acceso apareció ante ellos.
—Vaya… —escuchó decir a Harry a su lado—. ¿Cómo lo has sabido?
—De hecho, he sido un poco lento. Se me debería haber ocurrido antes —susurró Snape—. Al fin y al cabo, no hay nada comparable a su gigantesco ego.
—Cierto, y si además tenemos en cuenta que nadie se atreve a pronunciar su nombre en voz alta… —continuó el chico.
Snape asintió de una cabezada y subió un par de peldaños, Harry se situó justo detrás de él y las escaleras empezaron a ascender.
—Y ahora, ¿qué? —susurró el chico cuando llegaron a la puerta de madera del despacho.
—Actuaremos tan rápido como podamos para pillarle desprevenido. No te quites la capa hasta que no llegue el momento adecuado.
—¿Y cómo sabré cuál es?
Snape apretó los dientes un segundo.
—No puedo llevarte siempre de la mano, Potter. Tendremos que darle un voto de confianza a tu intuición.
Abrieron la puerta y entraron a la sala mirando a todos lados a la vez, pero enseguida se dieron cuenta de que estaban solos.
El despacho había cambiado mucho desde la última vez que estuvieron allí. La recargada decoración, llena de objetos antiguos y fascinantes, había desaparecido, así como la multitud de retratos que colgaban de las paredes. De hecho, Voldemort sólo había conservado el viejo escritorio de roble, el sillón alto perteneciente al director y un único cuadro, situado detrás de dicho asiento: el de Albus Dumbledore. El resto de la estancia estaba completamente vacía.
—Me gusta lo que ha hecho con el lugar —se mofó Snape—. Siempre me pareció que este despacho resultaba asfixiante, con tantos objetos por todos lados.
—Ha guardado el retrato de Dumbledore —dijo Harry, pasmado.
El anciano del cuadro asintió con gesto triste.
—Sí, mis queridos muchachos, así es. Dijo que como agradecimiento por mis servicios quería que estuviera en primera fila para ser testigo de todas sus atrocidades —explicó cansadamente—. Y ha cometido muchas.
—¿Sus servicios? —preguntó Harry.
—Según él, si hubiera intentado detenerlo cuando era joven y su poder aún estaba emergiendo, probablemente habría podido pararle los pies, pero gracias a que nunca me enfrenté a él abiertamente logró convertirse en lo que es y asegura estar muy agradecido por ello.
—No suena tan descabellado —dijo Snape, con acidez, y el anciano compuso un gesto amargo—. De hecho, me parece un análisis bastante acertado de la situación.
—¿Y dónde está ahora?
—Ha salido apresuradamente, creo que han atacado el castillo. Supongo que habréis sido vosotros.
—Mierda, ha ido a donde estábamos antes. Tenemos que volver —dijo Harry.
—Espera un momento —dijo Snape. Y, dirigiéndose al cuadro—: Había una chica. Pecosa, pelo castaño, aproximadamente 1,70 de altura. ¿La has visto? ¿Sabes algo de ella?
Dumbledore negó tristemente con la cabeza.
—Por desgracia, arrancaron todos los cuadros del castillo excepto el mío y exorcizaron tanto a Peeves como a los fantasmas de las casas. No tengo ojos ni oídos para ver lo que pasa fuera de este despacho.
—O sea, que ahora eres de tanta ayuda para mí como cuando estabas vivo —dijo, cargado de resentimiento—. ¿Tienes alguna información que realmente pueda sernos de utilidad?
Dumbledore puso expresión contrita, pero Snape no se conmovió.
—Me temo que no —dijo al fin—. Por favor, Severus, tenéis que detenerle —rogó el anciano desde el cuadro, con tono desesperado—. Por lo que más queráis, detenedle de una vez y para siempre.
—No te necesitamos a ti para que nos digas eso —refunfuñó Snape, y salieron de allí con rapidez.
Cuando regresaron al fragor de la batalla, se dieron cuenta de que no les iba a resultar muy fácil llegar hasta sus compañeros, ya que los mortífagos los habían cercado por todos los pasillos, y los hechizos y las maldiciones volaban sin descanso.
—Sujeta mi túnica y no la sueltes por nada —susurró Snape y, cuando notó el agarre de la mano invisible del joven, se cubrió del todo con la capucha y empezó a avanzar entre los mortífagos, zigzagueando hábilmente hasta llegar a primera línea de fuego.
Vio con consternación que había varios compañeros caídos: Aberforth, Dean Thomas, Arthur Weasley, el capitán Shultz… los pocos que quedaban habían conseguido resguardarse en una cúpula protectora que parecía debilitarse por momentos y que, al tiempo que los protegía, les impedía atacar ellos mismos a los enemigos que los rodeaban. Estaban asustados y apiñados entre ellos, y alrededor de la cúpula se habían congregado docenas de mortífagos sedientos de sangre que lanzaban maldiciones sin parar, intentando romper la protección; mientras Voldemort, justo enfrente de donde estaban Harry y él, observaba el asedio con sus ojos carmesíes refulgiendo divertidos, como si todo aquello se tratase de un entretenido espectáculo circense.
Snape no vio otra solución. Se adelantó hasta llegar al lado mismo de la cúpula y se retiró la capucha.
—¡Eh, Voldemort! Hijo de puta —dijo—. Creo que me andabas buscando.
Todas las maldiciones se detuvieron de golpe y las exclamaciones y murmullos se propagaron como la pólvora entre los presentes. Los compañeros refugiados en la cúpula se quedaron también boquiabiertos por la temeraria jugada, y el mismo Lord no pudo evitar traicionar su asombro al ver ante él, de entre todos los hombres, a Severus Snape.
—¡Mirad quién nos honra con su presencia! —dijo, con su voz siseante y venenosa—. Pero si es mi fiel traidor.
—Dejad que me lo cargue, milord; dejad que me lo cargue, por favor —suplicó Bellatrix Lestrange, salivando de excitación.
—Cierra el hocico, perro faldero —dijo Snape—. Los mayores estamos hablando.
Bellatrix soltó un chillido agudo y desagradable, pero Voldemort se limitó a sonreír.
—Dime, traidor, ¿cómo osas regresar a mi fortaleza y presentarte ante mí después de haber huido de tu merecido castigo?
—Era la única manera de venceros... milord —dijo Snape, haciendo una burlesca inclinación de cabeza.
Un escalofriante silencio recorrió la sala durante unos segundos. Entonces, de repente, Voldemort soltó una estruendosa carcajada.
—¿Vencerme? Te recuerdo que ya lo intentasteis una vez con deplorables resultados, y en aquellos tiempos érais muchos más en vuestro bando que el puñado de corderitos asustados que te acompaña ahora. Noto a faltar en especial a cierto supuesto "salvador del mundo mágico" que acabó tan muerto como todos los demás. Ni siquiera fue dificil de matar, lo cierto es que resultó decepcionante. Y ahora te ha llegado la hora de compartir su destino, Severus, mi único y fiel traidor.
Levantó la varita contra él y, cuando empezaba ya a pronunciar la primera palabra de la maldición mortal, el arma se zafó de su mano y quedó suspendida en el aire en mitad del pasillo. La conmoción que este hecho provocó entre los mortífagos no fue nada comparada con el alboroto que se montó cuando Harry se quitó la capa invisible y se mostró ante todos sosteniendo la varita del Lord. Lo apuntaba con ella, sin dejar de vigilarlo ni un segundo, pero temblaba ostensiblemente y respiraba con dificultad por la boca, presa del miedo.
—¡TÚ! —bramó Voldemort, encolerizado—. ¿Cuántas veces tengo que matarte para que permanezcas muerto?
—Harry —dijo Snape en voz baja y tranquilizadora, y el sólo hecho de que lo llamase por su nombre ya logró que toda la atención del asustado chico se centrase en él, y parte del miedo quedó en segundo plano—, mantén la calma, no dudes, no le des tregua, sabes que si le ofreces la más mínima oportunidad la aprovechará. Sólo tú puedes hacerlo. Debes acabar con esto de una vez por todas. Ahora. Que nada te detenga.
Harry asintió.
—Eso es, Potter —dijo Voldemort, sonriendo con maldad—, renuncia a todos tus bonitos principios y mátame, si crees que eres capaz. Pero dudo mucho que puedas, al fin y al cabo estás ante un hombre desarmado e indefenso. Matarme sería asesinato a sangre fría. Seguro que el viejo Dumbledore te inculcó ciertos valores demasiado profundamente como para que ahora te los saltes sin pensarlo.
—Harry, escúchame bien: está desarmado, pero de ningún modo indefenso, ¡no dudes más! —le instó Snape, en tono más apremiante.
Voldemort, envalentonado por la falta de respuesta del chico, volvió a hablar.
—Me parece, Severus, que el sobrevalorado Niño-Que-Vivió jamás po…
No pudo completar la frase. Snape sujetó la mano del chico para ayudarlo a mantenerla firme, susurró: "¡Ahora, Harry!", y el chico gritó su primer y último avada kedavra con toda la fuerza de sus pulmones. El repulsivo cuerpo del Lord salió despedido hacia atrás y se desplomó en el suelo, todavía con la boca abierta por la sorpresa y por la frase que había dejado a medias.
Tras un segundo de traumatizado asombro entre los mortífagos, se desató el caos más absoluto.
Algunos de los magos oscuros empezaron a atacar a los miembros de la resistencia, que habían hecho desaparecer la cúpula protectora; pero la mayoría salieron corriendo como pollos sin cabeza en un intento de huir de allí. Algunos, incluso, empezaron a atacar a sus propios camaradas, asegurándoles a Harry y a los demás que ellos sólo estaban con el Lord por miedo, pero que estaban dispuestos a ayudarlos en lo que hiciera falta.
Snape se desentendió de todo aquello; muerto Voldemort, su único interés era recuperar a Sandra, por lo que desarmó a uno de los mortífagos y le ordenó, varita en mano, que lo llevase al harén. Una vez allí, lo dejó inconsciente e hizo lo mismo con el centinela que guardaba la sala. Cuando entró donde estaban las mujeres, las encontró apiñadas las unas contra las otras, aterradas por el sonido de la batalla que estaban escuchando. Sandra, sin embargo, no estaba allí.
—El Lord ha muerto —anunció, sin preámbulos—. Sois libres de marcharos de aquí e ir donde queráis. Pero antes, ¿alguien sabe dónde está Sandra?
El impacto inicial de sus palabras provocó un aluvión de comentarios entre las mujeres, que ya no escucharon su pregunta. Snape, impaciente, elevó más la voz.
—¡Silencio! He dicho si sabéis dónde está Sandra.
—¿Quién es Sandra? —preguntó una, en respuesta.
—Quizá la conozcáis mejor por Iliana.
—No está aquí —dijo otra, con expresión confundida.
—Dicen que huyó… —aventuró una tercera.
Eso es mentira —la atajó una cuarta, de facciones adustas—. Nadie puede huir de aquí. Los mortífagos debieron de matarla.
—No está muerta —dijo Snape, pero entonces una idea terrible le vino a la mente y, con esfuerzo, añadió—: Al menos... no lo estaba hace unas horas.
Las mujeres volvieron a murmurar entre sí.
—Entonces… ¿nadie la ha visto? —insistió el hombre.
—¿Hoy? No, hace días que no sabemos de ella.
Snape apretó los labios y abrió la puerta de par en par.
—De acuerdo, os podéis marchar —dijo—. No vayáis por el ala este del castillo, todavía vuelan los hechizos por allí. —Las mujeres empezaron a huir en desbandada, pero cuando vio a Nadine, el hombre la agarró del brazo—. Tú no. Tú te vienes conmigo. Enséñame dónde está el despacho de Lucius Malfoy.
La mujer lo guió, tal como le pedía, pero tanto el despacho como su habitación privada estaban vacíos. Snape le dio una patada a una silla, frustrado, tirándola al suelo.
—¿Tienes alguna idea de dónde se la puede haber llevado? —preguntó, pero Nadine, encogida de miedo, negó con la cabeza.
Snape gruñó, tiró al suelo todo lo que había en el escritorio de un manotazo, apoyó las palmas de las manos en la madera e intentó recuperar algo de sangre fría para poder pensar con mayor claridad. Tras unos segundos, con un estremecimiento, se acordó de su propia celda y supo sin ninguna duda que se encontraban ahí.
—Lárgate —le dijo a Nadine—. Pero antes, a unos trescientos metros a la derecha de vuestro harén se encuentra el harén masculino. Ve allí y diles que son libres y pueden marcharse. Si no haces lo que te digo, créeme que lo sabré, te buscaré y haré que pagues bien caro por ser una rata traidora y cobarde capaz de vender a sus propias compañeras de infortunios.
La mujer lo miró con odio, pero asintió con la cabeza, y Snape fue corriendo a la entrada de las mazmorras. Anteriormente, solía estar custodiado por el carcelero, pero ahora, sin ningún prisionero al que guardar, el lugar se encontraba desierto.
Bajó las escaleras intentando reprimir la sensación de opresión que le causaba el descender de nuevo al que había sido su infierno personal durante tres largos años. Cuando llegó al final de las mazmorras, iluminó la pequeña y deprimente celda con la varita.
En el suelo estaban aún las que habían sido sus cadenas, olvidadas tal como él las dejó días atrás, pero Sandra tampoco estaba allí. Frustrado, quiso darse la vuelta para largarse cuanto antes; sin embargo, un impulso masoquista lo obligó a echar otro vistazo al lugar. Podía sentir el odio infectando su sangre como una enfermedad. Sus mandíbulas se tensaron y su puño apretó con fuerza innecesaria la varita, y se tuvo que obligar a girarse y dar un paso tras otro hasta verse por fin fuera de la celda.
Regresó al lugar donde se había librado la batalla, ya terminada, y Hermione le salió al paso.
—¿La has encontrado?
Él negó con la cabeza, con expresión grave.
—¿Has visto a Malfoy?
—No, no lo he visto en todo el rato. Creo que no debía de estar en la fortaleza cuando ha empezado la batalla.
—Eso es lo que me temo. ¿Dónde diablos puede estar? —gruñó Snape.
—¿Crees que la tiene él?
—No lo sé, pero el cabecilla de los carroñeros dijo que Lucius se la llevó, y nadie ha visto a ninguno de los dos en el castillo, así que eso es lo más probable.
—Entonces —dijo la chica, con un brillo duro y frío en la mirada que Snape nunca había visto en ella—, será mejor que consigamos la información que necesitamos cuanto antes, ¿no crees?
Y, varita en mano, Hermione se acercó a uno de los mortífagos apresados, decidida a obtener la información que necesitaba por el medio que fuera.
