Bienvenidas de nuevo. Hemos llegado por fin al último capítulo de mi historia.

Espero que la hayáis disfrutado tanto como yo disfruté al escribirla y, sobre todo, que este último capítulo esté a la altura de vuestras expectativas.

Sin embargo, aunque la semana que viene no haya actualización, seguramente empezaré a publicar un nuevo fic en esta plataforma, en este caso un snarry, por si os apetece leerlo.

Muchas gracias a todos los que habéis dedicado vuestro tiempo a leer mi historia y en especial a las que os habéis tomado la molestia de dejarme vuestros comentarios: AnHi, Genna Lotto, Snape's Snake, Equidna, Herenetsess, Mac Snape, Diggea, GabrielleRickmanSnape y MoonyMarauderGirl.

¡Un abrazo a todas y hasta siempre!

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Capítulo 17

Sandra tiró de sus cadenas por enésima vez, de nuevo sin resultado.

Malfoy había vuelto a salir de la habitación, agarrándose el brazo izquierdo como si quemase, y aunque ella intentaba liberarse y buscar con la mirada una vía de escape, no tuvo éxito en ninguna de las dos cosas. La única puerta era la que usó el mortífago para salir y, sin varita, no podía desaparecerse.

Esperaba que el dolor del antebrazo significara que estaba siendo convocado por el Lord, para así poder tener más tiempo de escapar, pero empezaba a creer que era inútil: tardase lo que tardase en volver, ella no iría a ningún lado.

—Merlín… —susurró, y volvió a estirar con fuerza, en vano. Frustrada, soltó un grito de impotencia.

Reconocía que había actuado de manera irracional y se maldijo de nuevo por abandonar la mansión. ¿En qué estaba pensando? Todos le habían advertido que no lo hiciera, pero es que, ¿cómo iba a imaginar que la casa franca a la que la dirigió el capitán sería una trampa?

Sin embargo, al llamar a la puerta la recibieron dos hombres de aspecto turbio que la hicieron sospechar que algo andaba mal.

—H-hola… c-creo que me he equivocado de…

—Identificación, por favor —dijo uno de ellos, mirándola de arriba abajo con evidente lascivia.

Sandra dio un paso atrás, alarmada.

—¿Cómo dice?

—Estamos de guardia y no te habíamos visto por aquí antes, guapa, entenderás que no podemos fiarnos de nadie que no nos enseñe antes su identificación.

—N-no tengo ninguna —confesó, intentando que su voz no sonase demasiado temblorosa—. Sólo me han dicho que pregunte por Dovanski.

—Entonces, creo que tenemos un problema, guapa —dijo el hombre—. ¿Cómo crees que podríamos solucionarlo?

Se acercó mucho a ella, tanto, que Sandra pudo oler su aliento apestando a alcohol.

—De hecho, me debo haber equivocado de lugar. Siento haberlos molestado. Ya me voy.

—No tan rápido —dijo el hombre, sujetándola del brazo.

—Me temo que va a tener que acompañarnos, señorita —dijo entonces el otro.

Sandra intentó retroceder aún más, aferrando la varita con fuerza dentro del bolsillo, pero él la seguía agarrando con fuerza.

—¿Acompañarlos a dónde?

Los hombres se miraron entre sí un instante y desenfundaron sus propias varitas.

—Dondequiera que nosotros te digamos, guapa.

Sandra logró lanzarle un desmaius al que la sujetaba; pero el otro se apartó a tiempo y, cuando intentó lanzar un nuevo hechizo, unos fuertes brazos la apresaron por la espalda. Aferró con más fuerza su varita durante un segundo, pero el hombre que la había atrapado le retorció el brazo hasta hacerla gritar y la obligó a soltarla. Y ahí acabó todo.

Había que tener mala suerte, se dijo Sandra, intentando ignorar el frío de la sala, para ir a parar a aquel lugar justo cuando los carroñeros se habían infiltrado en el grupo de la resistencia, eliminando a todos los ocupantes de la casa franca. Pero claro, suerte no era algo que ella hubiera tenido nunca en abundancia, como lo demostraba el hecho de que, cuando la llevaron al campamento de los carroñeros, uno de ellos fuese un informante de Lucius Malfoy, que reconoció en ella a la mujer que su amo estaba buscando.

—Tú, pecosa —la llamó, con voz de cazalla, mientras sus compañeros la manoseaban como si fuera una pieza de fruta en un mercado—, ¿no te llamarás Iliana, por casualidad?

En vez de contestar, Sandra le dio una patada en los testículos a uno de sus captores y le mordió la mano a otro, pero los demás la aferraron con más fuerza, impidiéndole moverse por completo.

El que le había hecho la pregunta se le acercó y, con un movimiento de varita, le rasgó la túnica de arriba abajo, cosa que obtuvo la aprobación de sus compañeros, a los que las manos parecieron crecerles a pares, pues Sandra las sentía por toda su piel todavía con más insistencia que antes. El hombre, que se llamaba Lacroix, como más tarde descubrió Sandra, se inclinó sobre ella para examinar con atención la parte inferior de su pecho izquierdo, donde estaba su inconfundible lunar.

—Así que eres tú —dijo, y se frotó las manos pensando en la recompensa que iba a cobrar por entregarla. Entonces, Sandra comprendió que estaba perdida.

Por lo menos, pensaba ahora al recordar todo aquello mientras seguía tironeando de sus cadenas, el ser reconocida le sirvió para que el hombre impidiera que la violaran, ya que Malfoy había dado órdenes estrictas de que nadie la tocase.

—Bueno, chicos, me temo que os habéis quedado sin diversión. Este coñito es propiedad privada —advirtió Lacroix. Todos los presentes dejaron ruidosamente claro lo que opinaban sobre eso con airados gritos de protesta, pero él insistió—. Si no queréis conocer la furia de su propietario, Lucius Malfoy, y pasar el resto de vuestras vidas averiguando de qué sirve un hombre al que le han cortado las manos, la lengua y la polla, mantenedlas todas lejos de su zorrita.

A juzgar por cómo la devoraban con los ojos, la mayoría de ellos hubiera enfrentado aquel peligro de buen grado. Las protestas siguieron propagándose por todo el campamento y a Lacroix le costó no pocos esfuerzos apartar al resto de carroñeros de ella, pero al final consiguió que nadie le pusiera un dedo encima. Un rato más tarde, apareció Malfoy y se la llevó con él.

Tenía que reconocer que estaba muerta de miedo. Estaba segura de que la entregaría al Lord, pero, para su sorpresa, cuando Malfoy se desapareció con ella no fue para aparecerse en la Fortaleza ni en los terrenos colindantes, sino en una señorial casa de campo en medio de la montaña.

—¿Dónde estamos? —logró decir, a pesar del terror del momento.

Malfoy no contestó. La llevó al interior de la vivienda, que estaba desierto, y bajó con ella al sótano, donde conjuró unas cadenas que ataron sus muñecas a una viga del techo y le dijo:

—Ahora tengo asuntos importantes que atender, pero en cuanto vuelva, tú y yo tendremos una conversación muy seria.

—¿Me vas a dejar aquí, sola y atada?

El hombre tampoco contestó a esto. Acercó mucho su rostro al de la muchacha y preguntó, con tono amenazante:

—¿Desde cuándo te atreves a tutearme, Iliana?

—Desde que no tengo nada que perder si lo hago —dijo ella, elevando la barbilla, intentando aparentar que no tenía miedo—. Y mi nombre es Sandra.

—¿Crees que no tienes nada que perder? ¿Es que piensas que no voy a matarte, si me da la gana de hacerlo?

—¿Y qué valor tiene mi vida? —preguntó ella, con indiferencia.

Malfoy la observó unos instantes como tratando de discernir si hablaba en serio, después pareció decidir que no le importaba, resopló, se dio la vuelta y se marchó sin más explicaciones. Sin embargo, no tardó mucho en volver, rezongando algo sobre que se le habían adelantado.

—...alguien ha debido de atacar su campamento mientras te traía aquí y los ha desmemoriado a todos. Me han ahorrado el trabajo de matarlos, pero me preocupa lo que pueden haber dicho antes de que les borraran la memoria. Si el Lord se entera de que te he capturado y no te he llevado ante él… —De pronto, se quedó sumido en sus cavilaciones, en silencio, y cuando se giró hacia ella de nuevo había una ira intensa en su mirada—. No te imaginas cuánto dolor me has causado, Iliana. Lo furioso que estaba el Lord porque te había dejado escapar. Estabas bajo mi responsabilidad desde el momento en que te asigné que le llevaras la comida a Severus, ¿sabes? Por lo tanto, al fugaros de aquella manera, mi amo me culpó a mí. ¿Y sabes lo que Él hace cuando quiere castigar a alguien?

—¿Los deja sin cenar? —dijo ella, afectando aburrimiento.

Malfoy le dedicó una sonrisa muy desagradable.

—Puedes burlarte todo lo que quieras, pero sé que entiendes a qué me refiero. Por eso mi amo no tiene prisioneros. Sólo uno —levantó un dedo de la mano derecha—. Sólo uno.

—Y entonces, ¿cómo es que el Lord no te ha matado ya y me ha ahorrado esta tediosa conversación contigo?

—Porque le convencí de que os conocía mejor que nadie y, por tanto, sólo yo podría encontraros a ti y a Severus. Y así ha sido. Al menos, contigo. Pero, créeme, vuestra "travesura" no me ha salido barata.

Se levantó la túnica y le enseñó las terribles señales de los cruciatus que le había infligido su amo. Sandra no se conmovió, después de haber visto esas mismas marcas multiplicadas por veinte, por treinta, por cuarenta... en el cuerpo del hombre al que amaba, aquello no la inmutó lo más mínimo.

—¿Y por qué no me has entregado a él? Si descubre que me tienes presa y no se lo has dicho... —inquirió Sandra, intentando averiguar qué pretendía hacer con ella.

—Ya te lo expliqué la última vez que hablamos —contestó, irritado—, aunque es evidente que no estabas escuchando: eres mía. De nadie más. No eres del Lord, no eres de Severus, no eres de nadie, más que mía. Que huyeras de mí sólo significa que tendrás que aprender la lección a través de métodos didácticos mucho más dolorosos. Créeme, no es lo que tenía previsto para nosotros, pero no me has dejado otra opción.

—Qué desconsiderado de mi parte —dijo Sandra, intentando ocultar el miedo tras una máscara de ironía.

Malfoy le dedicó una mueca cruel.

—Podría decir que esto me dolerá más a mí que a ti, pero sería mentira. La verdad es que te habrías ahorrado mucho sufrimiento si tan sólo hubieras aceptado tu situación, como las demás mujeres. ¿No te regalé cosas bonitas? ¿No te traté bien? ¿No te saqué de aquel harén donde sólo eras una puta más entre muchas y te di tus preciadas duchas calientes, tus piezas de fruta, una acogedora cama…? Has sido muy poco agradecida, Iliana, después de todo lo que he hecho por ti. Pero ahora todo vuelve a ser como corresponde. Ahora vuelves a encontrarte donde perteneces.

—No por mucho tiempo —dijo Sandra, tratando de sonar convencida—. Severus te encontrará y te matará.

—¿De verdad crees eso? —se burló él, y negó con la cabeza con aire divertido—. Iliana, Iliana, ¡qué ilusa eres! Todavía crees en cuentos de hadas. Déjame que te revele una triste verdad, preciosa: a nadie le interesas lo más mínimo. Aún si Severus no se ha olvidado ya de ti, cosa enteramente posible, ya que seguro que sólo te utilizó para huir de la Fortaleza, jamás vendría a buscarte aquí, porque nadie, absolutamente NADIE, sabe a dónde te he llevado.

Sandra notó que la barbilla le empezaba a temblar y se maldijo por no ser capaz de mantener el tipo. Pero es que el mortífago había acertado de pleno, no en que Snape se hubiera olvidado ya de ella, que no lo creía, sino en que ni siquiera debía de estar buscándola porque no podía saber que había desaparecido. ¿Cómo iba a saberlo, si ella se había marchado tan alegremente de la mansión que la mantendría a salvo? Había sido tan estúpida que ni siquiera había dejado abierta la posibilidad de ser rescatada. Un terror profundo y paralizador le retorció las entrañas como una garra.

Entonces Malfoy se acercó a ella y, con un movimiento de varita, hizo desaparecer sus ropas.

—Eso está mejor, siempre me gusta ver la mercancía antes de probarla. Para empezar con tus clases de adoctrinamiento, Iliana, te recomiendo que no sigas tuteándome. Tú y yo no somos iguales y, por lo tanto, debes tratarme con el debido respeto.

Si esperaba que se mostrase sumisa y le contestase con un "Sí, amo", lo tenía claro, porque a pesar del pánico que sentía ella no tenía ninguna intención de ser servil. Ya no estaba en el harén y no pensaba volver a ser la esclava de nadie. Tras conseguir su libertad y perderla de nuevo por su propia estupidez, no tenía ninguna intención de perder también su dignidad.

Viendo que no iba a conseguir tan fácilmente lo que quería de ella, el rostro de Malfoy se transformó en una mueca de rabia. La golpeó con el dorso de la mano, partiéndole el labio inferior.

—Cuanto más tardes en someterte, más sufrirás. Pero no tienes por qué hacer las cosas tan difíciles, preciosa. —Se acercó a su cuello y lo lamió despacio, causándole una repugnancia que apenas pudo contener. Luego se apartó de ella con expresión satisfecha—. Sabes tan bien como siempre. Me alegra ver que… —De pronto, un gesto de dolor contrajo su rostro y el mortífago se apretó el brazo izquierdo—. ¡Mierda! Lamento la interrupción, preciosa, enseguida estoy contigo de nuevo.

Sin embargo, esa vez Malfoy tardó más en regresar. Sandra comenzaba a notar que se le entumecían los brazos por el frío y por tenerlos tanto tiempo levantados. La baja temperatura también provocaba que se le pusiera la piel de gallina, pero no hizo caso de esto, ni tampoco de las rozaduras que los grilletes le provocaban en las muñecas y los tobillos, porque seguía intentando buscar una salida desesperadamente. Trató de planear alguna estrategia, pero no había mucho por donde empezar, la sala estaba vacía excepto por una única y destartalada silla. Quizá, se dijo, si Malfoy la desatase y se distrajese por un segundo, podría agarrarla y golpearlo con ella.

La alta improbabilidad de que sucedieran ambas cosas no le impedía tener esperanzas; estaba decidida a escapar como fuera. Pero lo cierto era que, cuando el mortífago volvió al sótano con expresión lúgubre, todavía no había podido dar con ningún plan eficaz para huir.

—El Lord nos ha convocado a todos. Al parecer, algún demente ha decidido asaltar la Fortaleza —dijo Malfoy, y Sandra sonrió para sí, porque aquello sólo podía significar que Severus, Harry, Hermione y los demás habían decidido atacar. Deseó de todo corazón que salieran victoriosos de la batalla—. Tú no sabrás nada de eso, ¿verdad? —Ella no respondió. Se lo quedó mirando con expresión desafiante y él chasqueó la lengua—. Lo que me imaginaba.

—¿No deberías ir tú también a combatir? Te van a notar a faltar.

—Sí, supongo que yo debería estar allí ahora, pero estoy seguro de que mis colegas podrán aplastar solitos a esos gusanos en un abrir y cerrar de ojos —Sandra frunció los labios con rabia y él se le acercó sin dejar de mirarla con extraña intensidad—. ¿Sabes? Hay un detalle intrigante sobre lo que está sucediendo que me gustaría compartir contigo: los invasores han conseguido entrar y atravesar todas las barreras de seguridad sin ser detectados por nadie. Curioso, ¿no? Debería ser imposible, ya que la Fortaleza está fuertemente protegida para hacerla inexpugnable. ¿Tienes alguna idea de cómo lo han hecho? Porque, para ser sinceros, me recuerda mucho a vuestra misteriosa fuga. —Sandra murmuró algo, Malfoy no lo entendió y se le acercó medio paso—. ¿Cómo dices?

—Digo que... —y volvió a farfullar algo incomprensible.

Él se le acercó más y se inclinó hacia delante hasta quedar muy cerca de ella.

—¿Qué estás murmurando?

—Digo que vayas corriendo a chuparle la polla a tu amo antes de que se busque una puta mejor que tú —repitió, con voz normal, y le dio un fuerte cabezazo que impactó en la nariz del mortífago con tanta fuerza que llegó a escucharse un crujido.

—¡Aaaahhhgh! —Malfoy se llevó la mano a la cara y retrocedió con pasos tambaleantes. La propia Sandra sentía un dolor terrible en la frente, pero la breve aunque embriagadora sensación de victoria hizo que se encontrara mucho mejor que en todo el rato que llevaba allí—. ¡Me has roto la nariz, zorra loca! —Dos regueros de sangre descendían desde la nariz del mortífago hasta su boca, manchándole los dientes de rojo, y después continuaban hacia la barbilla. Se lanzó un hechizo sanador y se acercó a ella con las manchas de sangre confiriéndole un aspecto feroz, como el de los indígenas salvajes de alguna selva remota—. Conque esas tenemos, ¿eh? —dijo entonces. Y, acto seguido, le dio otra fortísima bofetada, que provocó que su mejilla estallara de dolor, seguida de un puñetazo en el estómago que la dejó sin poder respirar durante unos segundos—. Eso te enseñará. Y ahora explícame cómo huisteis del castillo. Cuando le cuente al Lord vuestra ruta de escape, estoy seguro de que perdonará mi pequeña demora en acudir a su llamada, así que más vale que empieces a cantar.

A pesar del fuego ardiente en su mejilla y de su estómago, Sandra volvió a sonreír unos segundos más, y todavía consiguió mantenerse valientemente firme durante los primeros instantes del cruciatus que le lanzó Malfoy. Después, sin embargo, su sonrisa se desdibujó en un grito desgarrador.

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Mientras tanto, en Hogwarts, las cosas estaban ya mucho más calmadas. Durante un momento, Potter intentó ponerse algo remilgado con lo de torturar a los mortífagos presos, pero enseguida lo persuadieron con argumentos bien razonados.

—Nosotros somos mejor que eso —aseguró el chico—. No debemos convertirnos en monstruos, como ellos, o todo esto habrá sido en vano.

La feroz mirada de Hermione le hizo retroceder un poco.

—Claro, Harry. Primero le sacaremos a este cabrón todo lo que necesitamos saber para encontrar a Sandra —dijo, agarrando por un hombro a Goyle, al que estaba interrogando junto con Snape—; y después te prometo que trabajaré duramente en lo de no convertirme en un monstruo, ¿qué te parece?

Harry observó con detenimiento a su amiga y a su ex profesor, ambos tenían la misma mirada decidida y salvaje. Aunque aquel fuera un camino peligroso, no podía negarles la oportunidad de hacer las cosas a su manera. Al fin y al cabo, ellos habían sufrido tres años de dominio mortífago que él había pasado durmiendo. Y, de todos modos, a aquellas alturas, a nadie le quedaban suficientes escrúpulos como para detenerlos.

—Encontradla —dijo sin más, y se dio la vuelta para atender a los heridos.

Conseguir respuestas no les resultó tan difícil como habían creído. Probablemente, con el amo muerto, los vasallos pensaron que no valía la pena mantener secretos por nadie ni sufrir aquellos cruciatus sólo para proteger a Malfoy.

Hermione se quedó algo decepcionada, estaba claro que hubiera querido seguir interrogándolo un poco más. Al fin y al cabo, aún tenía dolorosamente fresco el recuerdo de las veces que Goyle la solicitó. Pero las prisas de Snape la hicieron soltar a su presa de mala gana.

El mortífago les contó que no había visto a Malfoy durante la batalla, pero que había oído a McNair hablando con él por la red flú y había mencionado algo de una villa.

—¿Te refieres a Malfoy Manor? —preguntó Snape.

—No, Lucius ya no vive ahí, tiene otra casa en el campo, pero no sé exactamente dónde.

—¿Y quién lo sabe?

—Seguramente McNair…

—McNair está muerto, ¿quién más?

—Bellatrix, por supuesto…

—Por más tentador que resulte interrogarla a ella, jamás hablará y no podemos perder más tiempo.

—Quizá Dolohov…

Snape levantó la cabeza y miró a su alrededor buscando al mortífago mencionado, pero no estaba en ningún lado; ni vivo, ni muerto. Lo más probable es que fuera uno de los que logró huir durante los minutos de confusión que siguieron a la caída de Voldemort.

—¿Quién más?

—No... no lo sé.

—Vamos, contesta. No te conviene hacerme enfadar.

—De verdad, n-no lo sé...

Tanto Snape como Hermione se emplearon a fondo en intentar conseguir la información que necesitaban, pero estaba claro que el preso no tenía ni idea de dónde encontrar a Malfoy. Temiendo que se estuviesen quedando sin tiempo para encontrar a Sandra, el ex profesor no pudo soportar la frustración y acabó por lanzarle la maldición asesina al mortífago, que cayó desmadejado al suelo.

—¿Qué vamos a hacer, Snape? ¿Cómo la vamos a encontrar? —dijo Hermione.

Él guardó silencio, sin mirarla siquiera.

—Necesito salir de aquí —dijo al fin—. Aquí dentro no puedo pensar.

Una vez fuera de la Fortaleza que lo mantuvo cautivo tanto tiempo, en los terrenos baldíos donde antes se extendía la vegetación que rodeaba el colegio, observando la devastación que solía ser el Bosque Prohibido y las estrellas que se cernían sobre todo sin preocuparse por las miserias humanas, a Snape se le ocurrió una idea.

—Ha dicho que esa villa es propiedad de Malfoy, ¿no?

—Así es. —Hermione lo observó con atención—. ¿Qué estás pensando?

—Si esa casa es suya, la rata voladora debería ser capaz de encontrarla.

—¿Albert? —La chica se mostró sorprendida—. Bueno... sí, supongo... pero no es que sea una lechuza muy rápida.

—Eso no es problema. En la cueva estábamos limitados por lo que yo mismo pudiera elaborar con las hierbas que nos rodeaban, pero en la mansión tienen todo tipo de pociones, yo mismo las he visto en la sala de enfermería. Unas gotas de poción tonificante ayudarán a mejorar su estado lo suficiente para que nos lleve a donde queremos.

—Está bien, no tenemos nada que perder por probarlo.

Antes de abandonar la mansión para ir a atacar la Fortaleza y dejarla anclada justo encima de los restos de lo que antaño había sido el Cabeza de Puerco, el capitán Schultz había hecho eliminar todos los hechizos que la protegían, tanto los desmemoriantes como los de ocultamiento, ya que si perdían aquella batalla, tampoco quedaría nadie para regresar allí. Por tanto, Snape y Hermione se aparecieron en la mansión sin ningún obstáculo y, sin demora, se fueron a buscar a Albert, lo llevaron a enfermería y le administraron unas gotas de una poción impregnándolas en una golosina lechucil.

—¿Tendrá suficiente con eso? —preguntó Hermione.

—No estoy seguro, nunca antes he dosificado para tratar a una lechuza. Supongo que tendremos que confiar en mis habilidades como maestro en Pociones.

Ataron a la pata del ave una nota en blanco que se suponía que debía de entregar a Lucius Malfoy en su villa y después la llevaron a la ventana más cercana, desde donde salió volando de inmediato.

—Buena suerte, Albert —dijo Hermione—. Iré a buscar una escoba.

—No hay tiempo, yo seguiré a la lechuza, puedo volar sin ayuda de artefactos mágicos.

—Llévame contigo, entonces.

Snape la miró indignado.

—Pero, ¿qué te has pensado? ¡Yo no llevo pasajeros, Granger! ¿Te crees que soy una aerolínea comercial y que vendo billetes? —rezongó.

—Puedo agarrarme a ti para no caer. No me soltaré —insistió ella.

—No soy un traslador. Tú vuelve a la Fortaleza; tus amigos te necesitan, hay mucho trabajo por hacer allí, y yo puedo apañármelas solo. Lo he hecho toda mi vida.

—Pero Malfoy es peligroso.

Los ojos de Snape reflejaron una oscuridad interior que resultaba sobrecogedora.

—Yo también lo soy —dijo, con voz profunda.

Y, sin decir más, salió por la misma ventana, en pos de la lechuza.

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Sandra jadeó con desesperación en busca de aire. El último cruciatus, especialmente largo, la había obligado a contener la respiración y ahora sus pulmones ardían mientras intentaba recuperarse a marchas forzadas. El dolor, insoportable, la llevó de vuelta a la mazmorra donde Snape había estado prisionero, a las cadenas malditas que le habían hecho experimentar en su propia piel todo el tormento del hombre. Pero al menos aquel sufrimiento había tenido un propósito: liberarlo.

Malfoy se inclinó sobre ella, tan cerca de su rostro que podía sentir la calidez de su aliento en la piel. Le acarició el cabello con suavidad y susurró:

—Iliana, Iliana, ¿por qué tienes que volverlo todo tan difícil? Sería muchísimo más agradable que estuvieramos a buenas, tú y yo. Al fin y al cabo, yo tampoco disfruto con esto, ¿sabes?

—Lo disimulas bien —dijo ella, con voz áspera. Él sonrió.

—Tarde o temprano voy a quebrar tu voluntad y te convertiré en una buena sierva. Eres de mi propiedad, quieras o no, y es inútil que te resistas. Podríamos pasarlo tan bien juntos… como en los buenos tiempos. ¿No querrías que nos lleváramos tan bien como antes, Iliana?

La chica volvió a intentar darle otro cabezazo, pero él se apartó a tiempo.

—Nunca nos hemos llevado bien —replicó ella, con esfuerzo—. Nunca hemos tenido buenos tiempos juntos. Y por supuesto que disfrutas con esto, eres un sádico hijo de puta.

—No digas que no, aún recuerdo tus gemidos. Se me pone dura sólo de recordarlo: tus uñas clavándose en mi espalda; tus pezones erectos por la excitación; tus piernas aferrando mi cintura, empujando mis nalgas para que te penetrara más a fondo… —dijo, pellizcándole el pezón derecho con dos dedos—. Sólo quiero eso, Iliana, que te entregues a mí como hacías antes, nada más.

—Me llamo Sandra, y nunca me he entregado a ti voluntariamente, sólo era una esclava. Los gemidos, mi deseo, mis orgasmos… ninguno de ellos te perteneció jamás, sólo eran producto de mis fantasías.

—¿Fantasías? ¿De qué estás hablando? —chilló el hombre, indignado—. Eran reales, tan reales como tú y como yo.

—Sí, lo eran, pero no los causabas tú, sino Severus —escupió—. No pensaba en ti. Ni una sola vez pensé en ti.

Malfoy se quedó unos instantes impactado por la revelación, incapaz de procesarla de inmediato.

—¿En Severus? —repitió, estúpidamente. Pero después se incorporó de golpe y le lanzó un nuevo cruciatus con toda la rabia de su corazón—. Está bien, puta, si es así como lo quieres, así es como lo tendrás —dijo.

Sandra gritó hasta que se quedó sin voz, hasta que su garganta parecía papel de lija frotando un puñado de arena.

Por lo menos le quedaba el consuelo de saber que Snape estaba libre y podría empezar de nuevo en algún sitio. Saber que él tenía una oportunidad de ser feliz le daba fuerzas.

Rogó poder desmayarse para descansar un poco de aquella tortura, pero no tuvo esa suerte, y Malfoy siguió lanzándole maldiciones hasta que, con un grito frustrado, tiró la varita a un lado de la habitación.

Sandra tardó todavía unos segundos en darse cuenta de que el dolor se había detenido. Todos sus músculos chillaban, tensos como la piel de un tambor, pero era como un eco, menos intenso y menos ardiente que antes. Cuando su mente se despejó un poco se dio cuenta de que Malfoy estaba de espaldas a ella, con los hombros hundidos y las manos tapándole la cara, y por un instante creyó que estaba llorando. De pronto, el hombre tomó una profunda inspiración y luego soltó el aire muy despacio, dejando caer las manos a los costados de su cuerpo. Se estiró cuan largo era y se giró de nuevo hacia ella. Una expresión de paz inundaba su rostro, como si acabara de tener una revelación.

—He estado abordando todo este tema de una manera equivocada —dijo, con voz calmada—, ahora lo veo. —Negó con la cabeza despacio—. Te pedía a ti que no hicieras las cosas más difíciles y eso es justamente lo que he hecho yo, dificultar la situación, cuando todo podría ser tan sencillo. Déjame que te lo muestre.

Recogió la varita del suelo y conjuró una cama a un lado de la estancia; luego apuntó hacia ella, se deshizo de las cadenas e hizo aparecer en el cuello de la muchacha una correa de perro hecha de cuero.

—La correa es sólo una medida de precaución —dijo, encogiéndose de hombros como si se estuviera disculpando—. No creo que vaya a ser necesario usarla. Pero si decides portarte mal, debes saber que no te van a gustar sus efectos.

Sandra no tuvo ninguna duda de lo que iba a ocurrir a continuación y se prometió a sí misma que apretaría los dientes y lo soportaría sin quejas, decidida a no darle a Malfoy la satisfacción de oírla llorar o suplicarle piedad.

Pero nada, absolutamente nada de lo que había vivido hasta aquel momento, la había preparado para lo que sucedió a continuación.

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La lechuza repiqueteaba con insistencia en una de las ventanas y no se detuvo hasta que Severus le tendió una golosina.

—Bien hecho, rata asquerosa, al final vas a resultar mucho más útil de lo que pensábamos —dijo, y desenrolló la nota de su pata—. No te preocupes, que ya le daré yo a Malfoy el mensaje.

La villa era muy grande pero, a pesar de que ya estaba anocheciendo, no se veía ninguna luz encendida en el interior. Por suerte, tampoco parecía tener fuertes sistemas de protección. Malfoy debía de habérsela apropiado recientemente; casi seguro que incautada a algún muggle al que había asesinado.

Venció los pocos hechizos protectores existentes sin ningún esfuerzo y se adentró, silencioso y vigilante, en la oscuridad del interior. No se oía ningún ruido y no sabía por dónde empezar a buscar, así que decidió ir abriendo puerta por puerta. Pero, cuando se dirigía ya a la amplia escalinata de mármol que daba al piso superior, escuchó una voz apagada que provenía de abajo, por lo que, con los cinco sentidos alerta, buscó una puerta que condujera al sótano. Mientras descendía a oscuras, volvió a oír aquella voz.

—¿No te lo había dicho? Así ha sido mucho mejor, ¿no te parece? Yo, desde luego, me lo he pasado de fábula, ya tengo ganas de repetirlo.

Una horrible carcajada cortó el silencio de la casa como un cuchillo. Era Lucius Malfoy, no había ninguna duda. Pero todavía no podía saber con certeza con quién estaba porque nadie respondía a sus palabras.

Tampoco sabía dónde encontrarlos, ya que el sótano estaba en completa oscuridad, pero no se atrevió a lanzar un lumos porque temía que Malfoy detectase su presencia antes de tiempo. Girando sobre sí mismo, descubrió en el suelo una pequeña rendija de luz que evidenciaba que había una puerta cerrada que no podía ver.

—No pongas esa cara, Iliana, que sé que has disfrutado lo mismo que yo. Exactamente lo mismo que yo —dijo Malfoy, y prorrumpió en una risotada desagradable.

Esa era la prueba definitiva de que ella estaba allí. Cruzó la estancia con cuidado para no tropezar con nada y, rogando a dioses en los que nunca había creído para que Malfoy estuviese de espaldas cuando atravesara la puerta, la abrió y entró en la habitación iluminada.

El mortífago no estaba de espaldas a él, pero sí de costado y no lo vio entrar porque estaba muy ocupado arreglándose la ropa que llevaba puesta. Los dioses parecían estar de su parte por una vez en la vida. Vio a Sandra desnuda sobre una cama. No estaba atada, pero tenía las piernas dobladas contra el pecho y se las sujetaba con los brazos con fuerza. En el ángulo en el que estaban debería haberle visto entrar, pero no pareció notar su presencia. Miraba fijamente a un punto frente a ella, totalmente inmóvil, sin parpadear siquiera, y Severus sintió un escalofrío. Le dio la impresión de estar mirando una cáscara vacía.

—¡Expelliarmus! —gritó con rabia, y la varita de Malfoy salió despedida a un lado de la habitación.

—¡Severus!

—Yo también me alegro de verte, Lucius.

—¿Todavía con vida, viejo amigo? Creía que el Lord ya habría dispuesto de ti a estas alturas.

—Siento informarte de que el Lord está muerto.

Malfoy pareció preocupado por un segundo, pero se sobrepuso enseguida.

—¡Eso es mentira!

Snape sonrió sin rastro de humor.

—No me digas que no has notado que la Marca Tenebrosa ha dejado de arder. —El mortífago se miró el antebrazo, sorprendido y cada vez más atemorizado. Distraído como había estado con Sandra, no se dio cuenta de que su amo había dejado de llamar—. Eso es, Lucius, la Marca se ha desvanecido, pronto desaparecerá del todo y no será más que un desagradable recuerdo. Ha llegado la hora de que pagues por tus crímenes y estoy encantado de ser yo quien dicte tu sentencia: te condeno a muerte.

Malfoy levantó una mano hacia él para que se detuviera.

—Yo de ti no lo haría. Si me matas, no podrás liberarla jamás —lo amenazó, señalando a Sandra.

—¿De qué hablas? Sin ti, ella será libre.

—Te equivocas —le corrigió, con aire arrogante—. La correa de su cuello está encantada con un ineternum. Sólo yo puedo liberarla.

Snape vaciló, no podía arriesgarse a matarlo si había una posibilidad de que estuviese diciendo la verdad.

—Eres un hijo de puta —dijo, pero el otro no se inmutó.

El hechizo ineternum no era muy frecuente, pero era inquebrantable, y sólo quien lo había conjurado podía deshacerlo. Con un hechizo como ese, la correa se iría ciñendo cada vez más en torno al cuello a medida que pasaran las horas y, si el mago moría, la correa se convertía en irrompible para siempre, lo que significaba una lenta y agonizante muerte por asfixia para la víctima. Malfoy era tan sádico que lo creía muy capaz de haberlo utilizado.

Accio varita de Lucius Malfoy —ordenó Snape, furioso. El arma se elevó del suelo y voló a su mano en el acto. Con cautela, se la tendió a su propietario—. Libérala. Y no hagas ninguna tontería si no quieres que sacie contigo toda la sed de venganza de estos años que he pasado prisionero.

—¿Por qué iba a obedecerte? En cuanto la libere me matarás.

Snape apretó las mandíbulas con rabia.

—Si no la liberas, te juro que haré que me supliques que te mate.

Con expresión extraña, el mortífago miró durante un segundo los ojos negros del que una vez había sido su amigo.

—El caso es que Iliana es mía, así que, si le quito la correa, será sólo para llevármela conmigo. Parece que nos encontramos en un dilema, ¿no? —dijo.

—Dilema, ninguno. Ya estoy harto de esto —respondió, y le lanzó un imperius—. Ahora quítale esa cosa del cuello de una vez.

Malfoy se esforzó al máximo por resistirse a la maldición, pero la técnica y la fuerza de voluntad de Snape eran muy poderosas, y estaba demasiado furioso para dejarse vencer. El mortífago tomó la varita que le ofrecía, pronunció un finite incantatem quehizo desaparecer la correa y después le devolvió su arma a Snape, que la rompió en dos trozos y se acercó corriendo a donde estaba Sandra.

La llamó por su nombre, pero ella no contestó ni reaccionó de ninguna manera. Vio que unos hilillos de sangre descendían por sus pantorrillas y se dio cuenta de que se debía a que la joven se estaba arañando insistentemente las rodillas con las uñas, así que le apartó las manos con delicadeza para que dejase de hacerse daño.

Se quitó la capa que llevaba para cubrirla con ella, frotando sus brazos con fuerza para hacerla entrar en calor, igual que hizo ella tantas veces con él cuando estaba en la celda, y murmuró un hechizo para subir la temperatura de la sala. La joven todavía no se había movido en absoluto y parecía completamente ajena a lo que ocurría en la estancia. De hecho, era como si no estuviera allí, al menos, su mente.

—¿Qué mierda le has hecho, hijo de puta? —preguntó Snape, con la voz cargada de preocupación. Ardía en deseos de matarlo con sus propias manos—. ¿Qué le has hecho? ¿Por qué está así?

Malfoy, liberado ya de la maldición imperius, miró a la chica muy serio, pero no contestó.

—¿Es verdad que el Lord está muerto? —preguntó en cambio.

—No hace falta que yo te lo confirme. Lo sabes perfectamente. Lo sientes. —Malfoy asintió despacio, con aire pensativo—. Dime de una vez qué le has hecho.

El mortífago negó con la cabeza.

—Se recuperará, sólo se ha tropezado con algo que no esperaba —dijo. Se acercó sigilosamente a la silla de madera y la agarró con fuerza—. Igual que tú —añadió, y se abalanzó sobre el hombre blandiendo la silla en el aire, intentando golpearle con ella.

Sin embargo, Snape fue más rápido. Se giró de repente y le lanzó una maldición que sólo había usado en sus días de juventud y que esperaba no tener que volver a utilizar nunca más en su vida.

Sectusempra.

Malfoy cayó desplomado al suelo, preso de convulsiones terribles, mientras todos los orificios de su cuerpo sangraban con profusión. Empezó a emitir un gorgoteo incomprensible, pero Snape no se preocupó por entender lo que decía. Ni siquiera prestó atención a la agonía del que había sido una vez su amigo. Lo dejó morir solo y olvidado, centrándose únicamente en la mujer a la que amaba, que necesitaba de su ayuda más que nunca.

—Sandra —susurró, con suavidad. Le alzó la barbilla para que lo mirase a los ojos, empañados por la preocupación, pero ella apartó la cara—. Lucius se ha ido. No volverá a hacerte daño.

Ella siguió sin reaccionar y Snape empezó a temer que hubiera perdido el juicio. Si al menos supiera qué había ocurrido, quizá podría hacer algo pero, tal como estaban las cosas, se sentía totalmente impotente.

—Todo ha acabado ya —susurró, la abrazó con fuerza y besó su frente con suavidad. Ella cerró los ojos y hundió la cara en el pecho del hombre. Temblaba como una hoja de los pies a la cabeza—. El Lord está muerto y Lucius también, nadie nos busca ya. Somos libres. —Sandra prorrumpió en llanto y él la acunó en sus brazos, meciéndola con suavidad adelante y atrás—. Por favor, Sandra, ¿cómo puedo ayudarte? Dime qué te ha hecho. Habla conmigo.

Ella negó con la cabeza y lloró con más fuerza.

—Sácame de aquí. Por favor, sólo quiero irme de aquí.

—Eso está hecho —aseguró él, satisfecho de poder hacer al menos algo para aliviar su dolor.

Se puso en pie, la tomó en brazos y se desapareció con ella para aparecerse en una vieja casa abandonada.

Sandra no preguntó dónde estaban. No preguntó nada. De hecho, no volvió a pronunciar palabra en toda la noche.

Snape encendió la chimenea de una de las habitaciones y arregló la cama para que ella pudiera descansar. Cuando vio que dormía, envió un mensaje a través de los polvos flú para informar a Hermione y a los demás de que la había encontrado con vida, pero que necesitaba tiempo para recuperarse.

A pesar del día agotador y de lo exhausto que se encontraba fue incapaz de pegar ojo, y se pasó toda la noche sentado en una silla junto a la cama, velando el sueño de la joven.

Por la mañana temprano convocó a una lechuza comercial para encargarle un pedido de alimentos y preparó algo de desayuno para cuando ella despertara, pero cuando Sandra bajó al piso inferior, caminando con desánimo, como una marioneta que sólo se mueve porque alguien tira de sus hilos desde arriba, se negó a probar bocado. Se sentó en el sofá, frente al fuego de la chimenea, y dobló las rodillas contra su pecho, como cuando la encontró la noche anterior en la villa de Malfoy.

Con el corazón en un puño, Snape se sentó a su lado, se giró de cara a ella y puso una mano en su rodilla.

—Sandra... lo lamento tanto... todo esto es culpa mía —dijo—. Todo lo que ha pasado. Nunca debí dejarte marchar.

La chica abrió la boca con dificultad, parecía casi que le hiciera daño hablar.

—No hubieras podido impedírmelo —dijo, con una voz áspera que era el resultado de haber gritado tanto el día anterior. Frunció los labios con una mezcla de frustración y de dolor—. Me lo advertisteis y no hice caso. He sido una estúpida.

—No digas eso. No podías imaginar que hubiera un traidor en la resistencia.

Ella negó tristemente.

—Estaba empeñada en saber defenderme por mí misma y sólo he conseguido... —Su voz se quebró y no pudo continuar.

—Merlín, Sandra, ¿pero qué te ha hecho ese hijo de puta de Malfoy? —preguntó, desesperado—. Después de todo por lo que has pasado, las experiencias terribles que has tenido... nunca te había visto tan rota.

—Él... yo... —sacudió la cabeza, impotente.

—Veo marcas de cruciatus en tu piel, pero tú ya los habías sufrido con anterioridad, ¿qué clase de tortura puede haberte quebrado así, después de haber soportado el reciprocus como lo hiciste?

—No... él no... sí, me torturó, pero eso no...

Snape esperó con paciencia, pero la joven no parecía capaz de expresarlo con palabras.

—¿Fue quizás una tortura psicológica? ¿Es eso? ¿Te dijo algo que te hirió?

—No, no se trata de eso.

—¿Te hizo daño, más de lo que creías poder soportar?

—Sí, me lo hizo, pero eso no...

—¿Pues entonces qué?

—Él... él... —era evidente que estaba luchando por decirlo en voz alta, pero algo se lo impedía. Se produjo un silencio durante el cual Snape esperó con paciencia a que ella continuase, pero se alargó tanto que empezó a creer que no se lo iba a decir nunca. Entonces, de manera inesperada, Sandra prosiguió—: Me hizo el amor.

El hombre se quedó impactado por aquellas palabras.

—¿Quieres decir que te violó?

—No. Sí. Sí, claro, sí. Yo no quería, pero...

—Te violó, Sandra, no debes sentirte culpable de nada, te tenía atada y amenazada, no podías...

—No. No me ató. Bueno, antes sí, pero no cuando... no en la cama. En la cama no estaba atada porque no hacía falta —dijo y, por primera vez, miró a Snape a los ojos, y él vio una angustia tan profunda en su rostro que sintió como si un puño le estrujara el pecho, impidiéndole respirar—. ¿Entiendes? ¿Entiendes lo que quiero decir?

—No... la verdad es que no —dijo desolado—, lo siento. ¿Estabas paralizada por el miedo? ¿Es eso?

Ella cerró los ojos y su rostro reflejó el tormento de su corazón.

—No. No tenía miedo. Lo había tenido, pero no entonces. Eso es algo a lo que estoy acostumbrada, ¿sabes? —Volvió a abrir los ojos y Snape vio que estaban anegados—. El sexo, que me utilicen de esa manera... eso ya no me asusta. Pero cuando él... cuando él me... —estaba tan avergonzada y aturdida que se llevó las manos a la cara para ocultarse tras ellas, por lo que sus siguientes palabras se escucharon sofocadas—. Merlín, yo no quería, te prometo que no quería, pero cuando él me poseyó, le... le deseaba... no sé por qué, detesto a Malfoy con todas mis fuerzas, pero en aquel momento le deseaba. Sentía un deseo irresistible y fui incapaz de... —Era evidente que le costaba tanto expresarlo porque ni siquiera ella misma podía entender lo que había sucedido y Snape sintió un odio tan profundo hacia Malfoy que deseó no haberlo matado para poder alargar su sufrimiento mucho más—. El deseo era tan intenso... el placer... no pude... no pude resistirme, y esta vez ni siquiera te estaba imaginando a ti, como cuando estábamos en la Fortaleza y fantaseaba contigo para poder soportar aquello. —El hombre escuchó esta revelación con asombro, pero no dijo nada—. Esta vez no pensaba en ti y, aún así... Dios mío. —Volvió a llorar con desconsuelo, sus hombros sacudiéndose arriba y abajo frenéticamente—. No pude evitarlo, no sé... no sé por qué no intenté resistirme, por qué no huí... no estaba atada, ¿por qué...?

—Porque estabas sometida a su deseo bajo un encantamiento —dijo él con tono lúgubre, que por fin lo había comprendido todo.

—No —sollozó ella, inconsolable—, no me lanzó un imperius, lo sé, los he sufrido antes y sé cómo son.

El hombre negó con la cabeza, una amargura infinita invadiéndolo como nunca antes.

—No me refiero a un imperius. Es algo más sutil y mucho más cruel. Con el imperius sabes que estás siendo manipulado, con este otro hechizo no. Se llama "prisión de deseo" y hace que el receptor sienta todo el deseo y el placer sexual de la persona que lo conjura, pero de una manera tan intensificada que puede incluso anular su voluntad. Muchas parejas lo utilizaban en la antigüedad como hechizo amoroso, ya que su uso consensual potencia las sensaciones del encuentro sexual, pero fue prohibido hace casi un siglo, cuando se descubrió que algunos violadores lo utilizaban para cometer sus crímenes. Las víctimas no comprendían su propia reacción ante el agresor, ya que les resultaba imposible diferenciar sus sensaciones de las de él, con lo cual todo se mezclaba: el miedo, el deseo, el dolor, el placer, la repugnancia, la pasión... todo se confundía y no eran capaces de discernir una cosa de la otra. Muchas de las personas hechizadas con la "prisión de deseo" jamás se recuperaban del trauma psicológico. Sobre todo, porque la mayoría nunca llegaban a saber que habían estado sujetas a un hechizo y el recuerdo de no haberse defendido durante la violación e incluso haber sentido placer (placer que no era suyo, pero ellas no lo sabían) las atormentaba hasta hacerles perder el juicio.

Sandra lo observó con expesión de horror.

—Merlín... ¿y eso es lo que me hizo Malfoy?

—Sí.

—¿Estás seguro?

—Totalmente, porque no es la primera vez que lo ha usado. No muchos mortífagos usan la "prisión de deseo", porque simplemente toman lo que quieren sin preocuparse de nada más, pero Lucius sí. Lucius conoce bien el hechizo, porque cuando era joven solía fanfarronear de lo mucho que hacía disfrutar a las mujeres con él.

—Eso es... es...

Sandra sintió arcadas. Snape la condujo con rapidez al cuarto de baño y ella vomitó en la taza del váter mientras él le sujetaba el pelo con delicadeza para que no se ensuciara. Se limpió con papel y tiró de la cadena, pero no se levantó del suelo, no tenía fuerzas. Empezó a llorar de nuevo.

—Pensaba... yo pensaba...

—Lo sé —dijo Snape con suavidad, agachándose a su lado, y le besó la frente con dulzura—. Pero no fue así. No era deseo real, sólo un hechizo. Ese hijo de puta supo encontrar una nueva manera de torturarte. —Su voz sonaba contenida, pero lo delataba un ligero temblor ocasionado por el odio—. Te juro que si lo tuviera delante ahora mismo lo mataría de nuevo, y lo haría de manera mucho más lenta.

—Nunca había oído mencionar un hechizo como ese.

Snape frunció los labios unos instantes con rabia.

—Le dije a Dumbledore que los profesores de Defensa deberían enseñarlo en clase para que los alumnos pudieran protegerse, o al menos saber a qué podían enfrentarse, pero no quiso ni oír hablar del tema porque es un hechizo prohibido y porque consideraba que era demasiado horrible y podía dañar las "frágiles" mentes de sus estudiantes. Lo que el viejo loco no quería entender es que es infinitamente peor tener que enfrentar las consecuencias sin saber de qué se trata.

Observó a Sandra en silencio unos segundos. A pesar de que había dormido bastante rato, se la veía ojerosa y muy pálida, y aquel brillo que solía encontrar siempre en su mirada se había apagado por completo.

—Estoy tan cansada... —murmuró ella.

—Necesitas reposar un poco más. Te voy a hacer una poción revitalizadora para que te la tomes bien caliente y después te volverás a acostar. Ahora que sabes lo que ha ocurrido realmente, debes procesarlo todo con tranquilidad y darte tiempo para asimilar el hecho de que no tienes culpa de nada. Cuando hayas podido descansar lo suficiente, hablaremos de nuevo.

OoOoOoO

Era ya avanzada la tarde cuando Snape se decidió a entrar en la habitación donde estaba Sandra. Dio unos suaves golpecitos en la puerta y ella, desde dentro, le dijo que pasara.

La encontró sentada en la cama con las rodillas dobladas contra el pecho, en la postura en que parecía sentirse más cómoda desde que la rescató de Malfoy. Supuso que, de una manera inconsciente, abrazarse a sus propias piernas la confortaba y le daba seguridad.

—Pensaba que dormías —dijo.

—Antes sí, pero me he despertado hace un rato —contestó ella.

Snape asintió y se sentó en un lado de la cama.

—¿Cómo te encuentras? ¿Te sientes un poco mejor?

Ella tardó en contestar.

—Depende... —dijo al fin—. ¿Es verdad que Malfoy me lanzó un hechizo? —El hombre volvió a asentir—. Entonces me encuentro mucho mejor. —Sandra trató incluso de esbozar una pequeña sonrisa para confirmar sus palabras, pero duró sólo un segundo—. No podía entenderlo, ¿sabes? Le daba vueltas y vueltas en mi cabeza y no lograba comprender por qué no me había defendido de él, por qué me sentía tan... excitada...

—Sshhh... déjalo ya. Ahora ya pasó. No debes preocuparte por Malfoy nunca más.

—¿Está muerto del todo? ¿Lo has matado?

—Sí. Y si con eso no tienes suficiente para relajarte, creo que sé algo que te puede ayudar a sentirte más animada —dijo Snape, que llevaba todo el día intentando buscar la manera de hacer que ella se sintiera mejor—. Vas a tomarte un largo y terapéutico baño caliente.

—¿Un baño?

—Sí. Conozco unas técnicas de relajación muy efectivas, me las enseñó alguien muy próximo a mí durante un viaje que hice en una mansión flotante...

Sandra sintió que el rubor se extendía por sus mejillas. El recuerdo de lo que ocurrió en la mansión estaba muy presente en las mentes de ambos.

—Severus, no tienes por qué...

—Shhhh. —La silenció, posando un dedo largo y delgado sobre sus labios—. Es mi turno de cuidarte y nada me va a privar de ese privilegio.

OoOoOoO

El baño caliente resultaba tan delicioso que Sandra creyó estar sumida en un sueño. Tenía los ojos cerrados y se dejaba llevar por las sensaciones soltando suspiros de placer. Snape estaba detrás de ella, lavándole el pelo con una delicadeza que parecía reservada a los grandes artistas, como el suave rozar de las teclas de un piano o las precisas pinceladas de un pintor.

En cierto momento, Sandra abrió los ojos de nuevo y se dio cuenta de que el viejo techo del aseo estaba surcado por una profunda y tortuosa grieta.

—¿Dónde estamos? ¿Qué casa es esta a la que me has traído? No se me ha ocurrido preguntártelo antes.

—Este era mi hogar. No era gran cosa cuando vivía en él y después de años de abandono todavía es más inhóspito, pero es el primer lugar que me ha venido a la cabeza.

—Es perfecto —aseguró ella.

Snape sonrió.

—Qué va, está muy lejos de serlo, pero por ahora servirá.

Se quedaron un instante en silencio y después ella volvió a hablar. A él le aliviaba que lo hiciera: quería decir que se encontraba mejor.

—Siempre me meto en líos, ¿verdad? —susurró, con una mueca que pretendía ser una sonrisa, mientras se deleitaba sintiendo las manos del hombre en su cuero cabelludo.

—¿Por qué dices eso?

—Es algo que solía repetir siempre mi tío. Era de la opinión que yo solía atraer los problemas.

—Ah, bueno... tu tío no me conocía a mí.

Sandra sonrió más ampliamente, esta vez de verdad.

—De hecho, sí. Una vez fue a Hogwarts a quejarse ante el director porque el profesor de Pociones me había suspendido un trimestre porque había hecho explotar un caldero durante una de las clases. Creo que tus argumentos no le convencieron, porque me mandó un aullador despotricando contra ti, aunque eso no me libró de una severa reprimenda de mi tío.

Snape detuvo el masaje y se desplazó hacia un lado para estar cara a cara con ella, con el ceño fruncido por tratar de hacer memoria.

—Sí, me acuerdo. Dejaste las paredes del aula bañadas con una sustancia que se suponía que era poción de coraje, pero aquella cosa parecía tener vida propia.

—¡Es cierto! —exclamó Sandra, recordando aquel momento—. Me castigaste a limpiar las paredes a la manera muggle, pero cada vez que intentaba acercarle un paño, aquella viscosidad se apartaba de mí, como si me rehuyera.

—Creo que quizá inventaste una nueva especie de criatura mágica. Pero tuvo una corta vida, cuando me cansé de verte luchar contra la sustancia sin ningún éxito, lancé un hechizo para hacerlo desaparecer.

Snape observó la sonrisa risueña de la joven con curiosidad y de pronto ella se sintió tentada a besarlo. Rememorar aquella época pasada le había hecho sentir bien, y ahora, teniéndolo allí, tan cerca y colmándola de tantas atenciones, redescubrió lo mucho que lo amaba.

—Fue un accidente, no pretendía volar tu aula de pociones, Severus. Lo siento.

—Eso ya no tiene importancia —dijo él y, de pronto, pareció atormentado—. Sandra… —susurró, como si temiera elevar la voz—. Quiero que sepas que fui enseguida a buscarte después de que te marcharas, pero ya no estabas allí y entonces descubrimos que la casa franca había sido tomada. Cuando vi que los miembros de la resistencia habían sido asesinados... —negó con la cabeza, intentando espantar el recuerdo—. Pensaba que te había perdido para siempre, estaba muerto de preocupación. Todos estábamos muy preocupados por ti. Granger, en particular, parecía dispuesta a todo para encontrarte. Tanta determinación... nunca creí que fuera a ver tanta fuerza en ella.

La chica sonrió levemente pensando en su amiga, pero después compuso una pequeña mueca.

—Bueno, supongo que el capitán Shultz no estaba tan preocupado como eso.

—Lo creas o no, Shultz también. Es cierto que él no te tenía en mucha estima, y ya tuve unas palabras con él a ese respecto, pero tampoco pretendía mandarte de cabeza a una trampa.

El corazón de Sandra le dio un vuelco en el pecho.

—¿Hablaste de mí con el capitán?

Snape asintió despacio.

—Le dije que no sabía qué problema tenía contigo, pero que me daba lo mismo: si no te quería a ti en la mansión, yo me iría también. Pero entonces fuiste tú quién se quiso marchar y yo… me quedé bloqueado. Todo lo que había imaginado en mi mente se vino abajo y no supe reaccionar a tiempo.

Sandra sintió otra vez ganas de llorar.

—He sido una idiota, ¿verdad? Quería evitar que corrieras peligro por mi culpa, pero al final he conseguido meterme yo solita en la cabeza del lobo.

—Sandra, aquí el único idiota he sido yo —declaró Snape con aflicción—. Cuando llegamos a la mansión no acababa de encontrar mi lugar. Era libre por fin, pero casi me sentía como si todavía estuviera encerrado en la Fortaleza. Creo que una parte de mí se había quedado allí abajo, en la oscuridad de la mazmorra. No sabía si podría recuperarla algún día. Ni siquiera sabía si quería. Pero cuando hicimos el amor, cuando te entregaste a mí de aquella manera, tan completa, tan incondicional… entonces comprendí que lo único que deseaba en la vida era vivirla junto a ti. Jamás tendría que haberte dejado marchar.

—Nadie podía prever lo que iba a ocurrir —dijo Sandra, con un nudo en la garganta causado por la emoción.

—Pero yo sabía que era una idea terrible, que en tierra te podían capturar con mucha más facilidad. Si no hubiera sido un jodido egoísta no te habrías ido de la mansión. No te imaginas cómo lamento todo lo que ha ocurrido.

Ella se inclinó hacia delante en la bañera, acunó su rostro entre las manos húmedas, y lo besó con ternura. Un beso breve y dulce que los dejó a ambos con ganas de más.

—Los dos nos sentimos culpables —dijo Sandra—, y los dos hemos sufrido, pero ya no quiero pensar más en eso. Prefiero centrarme en el presente.

—¿Y en el futuro?

—Eso lo dejo para mañana.

Él sonrió y la miró con un brillo extraño en los ojos.

—Pues entonces mañana te contaré mi idea.

—¿Qué idea?

Snape negó con la cabeza.

—No, no, es una idea para el futuro, y tú ahora sólo quieres centrarte en el presente, así que te la diré mañana.

—¡No es justo! Yo no sabía que estabas pensando en una idea de futuro.

El hombre sonrió.

—Está bien, te lo diré. Según tengo entendido, querías aprender a defenderte por ti misma, ¿no?

—Sí, ¡y bien que me ha ido! —replicó ella, con amargura.

—No tenías quién te enseñara, pero siempre es más fácil aprender con un profesor que te guíe...

Eso despertó la curiosidad de Sandra.

—¿Qué estás insinuando, exactamente?

Tardó un segundo en contestar, como si fuera consciente de que iba a hacerle una proposición de la que no se podría echar atrás.

—Que yo puedo ayudarte —dijo—. Tú sólo me conociste como profesor de Pociones, pero también he dado clases de Defensa Contra las Artes Oscuras. A decir verdad, soy un experto en el tema.

Sandra sonrió y frotó con suavidad la mejilla de Snape para quitarle la espuma de jabón que le había quedado de su caricia anterior.

—¿Profesor de Defensa contra las Artes Oscuras? Eso es justo lo que necesito.

—Pero ten en cuenta que aprender a defenderse es algo que requiere tiempo, hay gente que dedica toda una vida a dominar ese arte.

—¿Me estás diciendo que podría pasarme toda la vida como alumna tuya? —preguntó Sandra.

—Dicho así, supongo que suena a condena...

—Al contrario. Me suena a un sueño del que no quiero despertar.

Snape dio un suave resoplido.

—A mis métodos de enseñanza los han llamado por muchos nombres, Sandra, pero nunca nadie los había calificado de "sueño". "Pesadilla", quizá; pero, ¿"sueño"? Jamás.

—Eso es porque la gente no te conoce como yo.

Se la quedó mirando con una intensidad abrumadora y ella sostuvo su mirada sin vacilar. Entonces él frunció los labios y, por un segundo, pareció atormentado de nuevo por algo.

—Sandra, cuando estábamos en la Mansión cometí el error de no decirte lo que siento —confesó al fin, muy serio, y aspiró hondo para armarse de valor—. Pensaba que estaba haciendo las cosas bien, que lo tenía todo controlado y esta vez evitaría estropearlo todo, no como en mi juventud, cuando creía que amar a alguien era arrastrarle a mi propia oscuridad y lo único que conseguí fue alejar de mí a la única persona que me importaba. Creía que esta vez no me ocurriría lo mismo porque estaba convencido de que lo que necesitabas, como ella, era que te dejara espacio, que no te agobiara imponiéndote mis sentimientos. Así que lo hice porque no quería perderte, quería evitar que mi necesidad de ti te asfixiara, pero me volví a equivocar, porque tú no eres ella y yo tampoco soy ya aquel muchacho inseguro y desdichado que funcionaba a base de rencor. Tú lo único que querías de mí era que fuera sincero, que abriese mi interior para ti y te dejase asomar dentro. Y por segunda vez eché de mi lado a quién me importa más que mi vida.

—Oh, Severus... —murmuró Sandra, conmovida por aquellas palabras y por el profundo sufrimiento del hombre.

—¿Te imaginas lo que es eso? —preguntó él—. Estaba seguro de que, por segunda vez, la persona a la que amo había muerto por culpa mía.

Se detuvo un instante para recobrarse, porque su voz estuvo a punto de fallar.

—Pero no es eso lo que ocurrió. Tú no me alejaste de ti, fui yo quién me marché. Y lo hice porque creía que al quedarme te pondría en más peligro del que ya estabas. Tú no hiciste nada mal.

—Sí que lo hice —insistió él—. Fuera cual fuera tu motivo para dejar la mansión, yo nunca debería haber permitido que lo hicieras. Y ahora sé, porque Granger me lo dijo y porque por fin lo he comprendido, que yo podía haberte detenido con sólo decirte lo que debía. Pero no pienso cometer el mismo error nunca más, por eso quiero que sepas que te amo, que eres lo mejor... lo único bueno que me ha pasado en la vida, a pesar de las circunstancias en las que nos conocimos. —Se encogió de hombros y, como si hubiera llegado a esa conclusión tras mucho meditarlo, declaró—: La verdad es que te necesito y que ya no concibo mi vida sin ti.

Sandra apenas podía hablar. Con gran esfuerzo, murmuró:

—¿D-de verdad sientes eso?

—Nunca he tenido nada más claro —contestó él, rotundo.

—Y… y, ¿no te doy asco por haber estado sirviendo en un harén?

—¡¿Qué?! Sandra, ¿cómo puedes decir algo así? Merlín, si alguna vez he dicho algo para hacerte creer eso me merezco cada una de las torturas infligidas por el Lord. —La agarró de los brazos y la miró con intensidad—. No vuelvas a decir algo así, ¿me oyes? No vuelvas a despreciarte por culpa de lo que ellos te han hecho. ¿Crees que eres menos respetable que Malfoy o Yaxley porque ellos han abusado de ti? Son ellos quienes no merecen respeto, ¿no lo entiendes? Ni el Lord ni ninguno de sus perros están a la altura de tus zapatos. Lo que os hicieron no es vuestra vergüenza, ni tuya, ni de Granger, ni de ninguna otra de las personas confinadas al harén, sino la de ellos.

—Yo… —No supo que decir y agachó la cabeza. Sabía que tenía razón, pero no podía evitar sentirse sucia.

—Sandra, no soy bueno expresando mis emociones y tampoco tengo mucha experiencia relacionándome con los demás, pero quiero estar contigo, quiero cuidarte y hacer todo lo posible para que seas feliz. Sé que no tengo mucho que ofrecer, o más bien nada, y ni siquiera sé cómo amar a alguien, como he demostrado con creces las dos veces que lo he intentado, pero sé que quiero aprender a hacerlo contigo.

La joven se abalanzó sobre él, lo agarró de la túnica para atraerlo contra sí y lo besó con una furia hambrienta, sin preocuparle si mojaba sus ropas o no. Sandra no tenía bastantes manos para abarcar su rostro, su pecho, su espalda... Él rodeó su cintura, perplejo y algo temeroso de que ella se esfumara como un sueño al despertar. El tiempo se detuvo para los dos y los sufrimientos y pesares del pasado quedaron olvidados por un instante. Cuando se separaron, al fin, ambos estaban sin aliento y con el corazón desbocado, había un charco de agua en el suelo y la parte superior de la túnica del hombre estaba completamente empapada, pero estos eran detalles sin importancia en los que ninguno de los dos reparó.

—No tienes que ofrecerme nada, Severus, sólo te necesito a ti. Te amo. —Se apartó un poco de él para poder mirarlo mejor a los ojos y repitió—: Te amo.

Entonces Snape hizo algo que los sorprendió a ambos: se quitó los zapatos y se metió en la bañera con ropas y todo, haciendo reír a Sandra. Después se pegó al cuerpo de ella para besarla de nuevo, esta vez mucho más despacio, más a fondo, deleitándose en cada sensación, en cada segundo, en cada milímetro.

Sin saber cómo, las manos de ambos se coordinaron en la tarea de desvestirlo. Sin prisas, porque cada paso era importante, cada paso significaba un compromiso más profundo hacia el otro, cada paso prolongaba el goce del momento.

—Eres lo más hermoso que he visto nunca —jadeó él, sobrecogido de deseo.

Ella se puso de puntillas y volvió a besarlo. Las oscuras prendas fueron cayendo fuera de la bañera, por ambos lados, con chapoteos sordos contra el suelo. Cuando el hombre quedó desnudo, ella se apartó para contemplar bien su maltratado cuerpo. Las abundantes cicatrices conformaban un intrincado mapa de su piel, un mapa que Sandra deseaba aprenderse de memoria para recorrerlo una y otra vez.

Snape se sentó en el fondo de la bañera y tiró de ella para que lo acompañara. Ella se colocó a horcajadas sobre él y descendió sobre su miembro, que estaba ya erecto y palpitante de deseo por ella. Snape jadeó y Sandra se mordió el labio inferior con fuerza, con la espalda muy recta y disfrutando de la sensación de tenerle dentro por fin, mientras él acariciaba con reverencia sus pechos, endurecidos por la excitación. No se apresuraron, pero tampoco permitieron que los distrajeran ni vacilaciones ni temores de ningún tipo. Los dos se encontraban justo donde querían estar, el uno en brazos del otro, completamente concentrados en el presente, y no había nada que desearan más en el mundo que hacer durar aquel momento para siempre.

Hicieron el amor mirándose a los ojos, perdido cada uno en el alma del otro, cada movimiento convirtiéndolos a ambos en un único ser, y cuando Sandra se corrió pronunció el nombre de Snape en un grito ardiente que él recogió en su boca.

OoOoOoO

—Me muero de hambre —dijo ella, comiendo trozos de pan a dos carrillos.

Estaba sentada en la mesa de la cocina y sus pies, cruzados y descalzos, se balanceaban adelante y atrás mientras observaba a Snape con una sensación cálida en el pecho que le costaba identificar con la felicidad porque hacía demasiado tiempo que no la sentía. Él, mientras tanto, se ocupaba de la sartén que había puesto en el fuego.

—Ya casi está listo —dijo, girándose para mirarla un segundo. Tenía la túnica sin abrochar, por lo que un resquicio de su pecho quedó expuesto a la ávida mirada de la joven, que no se perdió el espectáculo.

Sacudió la sartén un par de veces más y luego emplató los huevos revueltos y le llevó a ella su ración. Sandra separó las piernas para que él se acomodara entre ellas y volvió a cruzar los pies por detrás de sus rodillas.

—¿Y no sería más cómodo comer como personas, sentados a la mesa? —sugirió él, con una sonrisa ladeada.

—Posiblemente —dijo ella, encogiendo los hombros en un gesto que significaba "pero me da absolutamente lo mismo". De modo que Snape comió de pie, abrazado por sus piernas, mientras ella hacía lo propio todavía sentada en el borde de la mesa.

Apenas podían creer que estuvieran allí, disfrutando juntos de una escena tan cotidiana como maravillosa, además de absolutamente inédita en las vidas de ambos.

—Casi no me puedo creer que el Lord esté muerto de verdad —dijo Sandra. Todavía le costaba procesar la magnitud de todo lo que había ocurrido en tan poco tiempo.

Snape asintió, pensativo.

—Sí, al final Potter ha cumplido con su destino. Al menos, esto hace que todos mis años de espiar y de trabajar a dos bandos tenga sentido. Si después de todo eso hubiéramos perdido...

—Lo entiendo.

—¿Sabes? Jamás reconoceré ante él que he dicho esto, pero durante la batalla logró que me sintiera orgulloso de él.

Sandra sonrió brevemente, pero después se atrevió por fin a formular la pregunta que la venía preocupando desde que Snape la rescató y que más temía hacer.

—¿Hay... hay muchas bajas?

—Me temo que sí.

—¿Hermione y Neville?

—No, ellos están bien. —Sandra cerró los ojos y exhaló un suspiro, aliviada—. Y Potter también. De hecho, tus amigos quisieron venir de inmediato a verte para comprobar por sí mismos que estabas bien, pero les avisé de que quién pusiera un pie aquí sin nuestro expreso permiso pasaría el resto de su existencia convertido en un bonito pisapapeles.

—¡Severus! ¡Qué cosas se te ocurren! —rió Sandra.

—¿He hecho mal al mantenerlos alejados por el momento?

La joven sólo se lo pensó un segundo.

—No, todavía no me siento preparada para encontrarme con ellos. Han pasado demasiadas cosas. Pero pronto sí, quiero ver cómo están todos. —El hombre asintió en silencio y volvió a coger el plato de la mesa para acabar de comer—. Y ahora, ¿qué va a ocurrir?

Snape se encogió ligeramente de hombros.

—Supongo que el país tendrá que ir reconstruyéndose poco a poco. Hay mucho trabajo por hacer y el proceso será lento y difícil, pero no queda más remedio que aguantarse. Y ahora que los muggles están enterados de que la magia existe, y de lo poderosa y peligrosa que puede llegar a ser, seguro que tendrán mucho miedo de nosotros. Y el miedo también es poderoso y peligroso. Lo cierto es que todo va a cambiar a partir de ahora y tendremos que buscar maneras de tender puentes con los muggles. Tanto ellos como los magos tenemos...

—Severus, me refería a nosotros…

—Ah...

—En concreto… verás, lo cierto es que no tengo a dónde ir —admitió Sandra—. Mi casa fue destruida por los mortífagos y no me quedan familiares o amigos a los que acudir, ¿podría...? ¿Podría quedarme contigo por un tiempo? Buscaré algún lugar en el que hospedarme en cuanto pueda, claro, pero...

Snape la observó muy serio y dijo:

—Puedes quedarte todo el tiempo que quieras, Sandra. No es necesario que busques ningún hogar; si lo deseas, tienes uno aquí mismo.

—No me lo digas dos veces o te tomaré la palabra —le advirtió ella, sonriendo levemente.

—Este es tu hogar, si tú quieres —repitió él, con firmeza.

Y, con el corazón henchido de emoción, Sandra comprendió que era cierto.

Echó un nuevo y lujurioso vistazo al cuello abierto de la túnica de Snape y dijo:

—Tengo hambre.

—Pero si todavía no te has acabado lo que tienes en el plato. ¿Quieres que prepare más?

Ella negó con la cabeza, dejó el plato sobre la mesa y agarró la ropa del hombre para atraerlo más contra sí.

—Tengo hambre —repitió en un susurro casi jadeante, sus ojos brillando con intensidad.

Snape comprendió al fin y apartó su propia comida para atender diligentemente las necesidades de su amada. De algún modo, mientras ellos hacían un mejor uso de la mesa, los platos de ambos acabaron en el suelo y la comida desparramada, pero a ninguno de los dos le importó lo más mínimo.