II:

La douleur exquise.

Francia suspiró.

¿Cuánto tiempo llevaba de esa forma? Él, que se jactaba de ser el país del amor, tan derrotado por semejante tema.

Negó con la cabeza, pero no logró apartar la vista.

Era injusto, todo aquello lo era. Como si no hubiese sufrido suficiente, como si no doliera demasiado el fingir estar en perfecto estado cada noche, para pasársela entre amantes temporales.

Y ahí estaba él, tan incorruptible, tan inocente —o quizás no, y eso era lo peor—, hasta angelical.

Se notaba incómodo, y deseó poder acercarse y hablarle, porque nadie más lo hacía.

Sonrió tristemente mientras Canadá esperaba para dar su opinión, sin dejarse vencer. Lamentó el momento de haberlo hecho su colonia, si lo hubiese pensado mejor, hubiese sabido que en un futuro se convertiría en un ser tan luminoso e inalcanzable, que ya sólo podría verlo como a un hermano mayor, casi una figura paterna.

La mirada violácea chocó contra la azul del europeo.

El menor sonrió, tranquilo, sin figurarse lo que pasaba por la cabeza de su antiguo tutor.

Y así era mejor.

Francia se vería recluido al dolor de saber que nunca podría tenerlo, porque lo quería lo suficiente como para no profanarlo de ninguna manera posible.


La douleur exquise(Francés): el dolor que se siente cuando se desea a alguien que no se puede tener.