VI:
Schadenfreude
Prusia estaba plenamente convencido de su condición de mala persona, pero, como de todas maneras le daba lo mismo, le gustaba sentarse en la sala de reuniones a ver como ardía el mundo.
No de forma literal, por suerte.
Romano se encontraba gritando a España de forma tal que todos se habían quedado callados, lo que al italiano no le importaba mientras que el español estaba tan concentrado en esquivar golpes que ni lo notaba.
Prusia intentó ocultar la sonrisa que surgía en sus labios, aunque se extendía con tal facilidad que se le hizo imposible.
No sabía con seguridad que había pasado con esos dos, al parecer, según los murmullos que intercambiaban no muy disimuladamente Hungría y Japón, el ibérico había dado un inocente beso en la mejilla al más joven. Graso error.
Una vez que todos estuvieron más calmados, gracias a Alemania, y discutiesen todo lo que tenían que discutir sin llegar a ningún lado, el mismo rubio dio el pase para retirarse, a lo que Prusia, como si tuviera un resorte, se levantó y se acercó a Italia del Sur.
— ¡Roma! —chilló cuando se acercó a abrazarlo, y el castaño se dejó, casi con hastío, pero el albino sabía que no era así, ¿quién podría hartarse de su asombrosa persona?—. Invítame a un buen lugar, liebe —dijo en voz alta, mientras veía la cara de sorpresa/furia/celos de España.
—Tú invitas, bastardo, tuve que trabajar, no como tú, maldición ¿qué demonios vienes a hacer a este lugar?
Prusia no respondió y en su lugar le sacó la lengua al país de la pasión, sin que el que era su novio desde hace dos semanas lo notara.
Oh, como disfrutaba la desgracia de los demás.
Ser una mala —y genial— persona le encantaba.
Schadenfreude, alemán: Complacerse maliciosamente con la desgracia ajena.
