V:

Forelsket

No era normal.

Ambos sabían que no lo era en lo absoluto.

Y, para ser honestos, les importaba más bien poco.

Hong Kong cerró los ojos por un segundo, intentando ordenar sus pensamientos en carpetas perfectamente alineadas, como si de una computadora se tratase. Islandia, mucho menos cuadriculado, tragó saliva y apretó los puños para devolverse al planeta Tierra.

La sensación de que sus estómagos flotaban en la atmósfera no se les quitaba, sin embargo.

¿Era eso el amor, acaso?

Ninguno era del tipo cursi, por lo que decidieron no etiquetarlo de forma alguna, no es como si lo necesitaran, después de todo, tenían años, décadas, siglos quizá, para saberlo con seguridad.

Pero cuando el europeo tomó por la nuca al asiático, junto sus labios en un segundo beso e hizo latir aceleradamente sus corazones, era imposible negar que, como mínimo, estaba muy cerca de serlo.

En ese momento, podían ser jóvenes por siempre, viviendo un primer amor que, si bien no protagonizaría películas en la pantalla grande, podría marcar sus vidas por siempre. O no.

Nadie sabe.

Y en eso radica el primer amor: la incertidumbre y la inexplicable felicidad —o terror— que eso conlleva.


Forelsket (noruego): La euforia de enamorarse por primera vez.