VI:

Duende

España se detuvo un momento frente a la puerta abierta.

Al otro lado de ésta, Austria tocaba una pieza magistral que el español no pudo identificar, pero que hizo todos los vellos de su cuerpo se pusieran en punta.

Aunque no lograba disfrutarla del todo. La imagen de un Roderich con los ojos cerrados con fuerza y el ceño fruncido debido a la concentración en la que se sumía cuando tocaba, era lo que ocupaba la mayor parte de la cabeza de Antonio, que no pudo evitar una sonrisa tomara lugar en su cara —una sonrisa, y no la mueca plagada de dientes blancos y mejillas estiradas que ofrecía a todo el mundo—, apenas una ligera curvatura en sus labios. Una gota de sudor bajó por la sien del pianista, cayendo en las teclas y haciendo que su mano se deslizase.

La frustración invadió sus facciones, pero unos aplausos lo hicieron desviar la vista.

Al fondo de la habitación se encontró con la mirada verde, que lo observaba con atención. A él, no a sus manos o al instrumento.

Y esperó a que le dijese algo, que lo alabara o lo molestara por aquél último desliz, que ampliara la sonrisa, que la deshiciera por completo. Lo que fuera, mientras dejara de verlo de aquella forma inusualmente atenta.

España siempre prefirió las fotografías o pinturas, arte más tangible. Pero no podía negar que Austria ponía una excelente música de fondo para su propia imagen.

Tragó saliva, aún algo encandilado.

—Fue mágico.

Casi tanto como la sonrisa que le regaló el músico al oír sus palabras.


Duende (español): el misterioso poder que puede tener una obra de arte para emocionar profundamente a una persona.


Ya había hecho un Prumano, así que, para traicionar mis OTPs correctamente, el SpAus era necesario.

No es una pareja tan masiva, pero YOLO...

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