Bienvenidos de nueva cuenta a Proyecto 2027, donde a través de una colección dee fics de diferentes autores vamos a festejar el cumpleaños no. 16 del Epílogo de Digimon Adventure Zero Two.
Esta es una actividad del topic Los hijos de los Elegidos, del Foro Proyecto 1-8
Segunda historia: Un día de la colección de recuerdos
Autora: Angelique Kaulitz
Personajes: Mimi Tachikawa, hijo de Sora y Yamato e hija de Ken y Miyako.
Un día de la colección de recuerdos
Por Angelique Kaulitz
Mimi pensaba que Yoshiro no había heredado ni un solo gen Ishida. El niño era puro Takenouchi, sí señor. De otro modo, no podría ser tan adorable. Había heredado los ojos de Sora, la sonrisa de Sora, ¡los hoyuelos de Sora! Puro, puro Takenouchi. Aunque al verlo vestido con su enterito verde no pudo evitar pensar en Takeru, un pequeño Takeru de grandes ojos azules, que tenía una mirada inocente a sus pequeños ocho años.
Tal vez Yoshi-chan tenía genes de su familia paterna, después de todo.
—Pero eres más adorable que Yamato —dijo Mimi al pequeño, triunfadora en la conclusión interna sobre el pequeño. Yoshiro la miró con sus grandes ojos, nebulosas rojizas idénticas a las de su madre, y ella sabía que no estaba entendiendo una palabra. Los niños de dos años suelen ser así.
Mimi apoyó la barbilla en su mano y miró al menor de la casa Takenouchi. El ritmo de sueño de Yoshiro no preocupaba a Sora, pero Mimi estaba un poco cautelosa por saber que dormía tan poco en las noches. Su Kevin, a los dos años, dormía mucho más que Yoshiro. Pero quizás la única en la casa de sus amigos que se permitía largas horas de sueño era Saori, la primogénita.
—Kev duerme como un tronco, ¿sabes? Aunque en parte es por el viaje a esta parte, son muchas las horas de diferencia. A Michael no le gusta mucho que lo traiga por eso. Más en estos viajes que son relámpagos.
Yoshiro siguió muy concentrado en golpear su muñeco de felpa contra el suelo como para escucharla. De vez en cuando balbuceaba palabras que solo para él tendrían sentido, bueno, tal vez para Sora igual. Ella se había mostrado experta en la traducción de su hijo menor.
Mimi habría preferido una conversación bilateral pero no tenía a nadie más en la casa para conversar.
Sora había recibido una llamada de su taller para comprobar algunas cosas y pese a que no había querido dejarla sola a cargo de la casa y los niños, Mimi había insistido en que todo estaría bien. Yamato se había ofrecido a acompañarla porque tenía que ir a buscar sus estudios médicos para su próxima y no tan lejana misión en el espacio, les dijo que no tardaría mucho. Gabumon y Tsunomon se habían acurrucado en el sofá más lejano, el que estaba frente a la televisión, y se habían quedado dormidos viendo el aterrizaje de Yamato en tierras tras su primer viaje al espacio. Había sido un éxito y era el vídeo favorito de todos los pequeños de la casa. Piyomon podría haber sido una buena compañera de charla —Mimi podía intentar sacarle chismes sobre la pareja, si estaban solas aunque rara vez lograba— pero se había ido con Palmon al Mundo Digital a pedido de Jou. Mimi no había oído todo pero Piyomon se ofreció enseguida a ir a ayudar, porque Jou pedía ayuda con los digimon bebés de la Ciudad del Comienzo. Palmon fue tras ella porque Mimi dijo que estaría bien.
Se preguntó cuándo sus estancias en la casa de Sora y Yamato se habían vuelto tan familiares. Cuando Yamato no estaba y Mimi, por casualidad, terminaba en Odaiba, ese era el lugar favorito de Kevin.
Era un fanático de Yamato, el cantante. No Yamato, el astronauta. Kev tenía su forma única de ver las cosas.
—Creo que seremos tú y yo por un tiempo, Yoshi.
Saori y Kevin, tan pronto como despertasen, ya empezarían a pedirle salir a jugar con Tanemon y Pyokomon. Los pequeños digimon compañeros de los niños estaban conversando animadamente sobre las historias de aventuras que les habían leído anoche a los niños.
—Tal vez debería haberle dicho a Palmon que se quedara conmigo —suspiró Mimi.
Yoshiro estaba muy feliz con su juego de golpear a su muñeco de felpa. Era un lobo blanco, por lo que podía ver. Mimi siempre había amado los peluches, era una pena que Kevin jamás hubiese podido tener uno sin que lo hiciera estornudar.
Entonces sonó el timbre.
Dos veces.
Mimi levantó al pequeño pelirrojo del suelo —a Yoshiro no le gustaba quedarse solo en una habitación ni siquiera unos minutos— y le hizo morisquetas mientras caminaba a la puerta porque el bebé extendía sus bracitos hacia el peluche que no había podido levantar y su expresión parecía arrugarse con el llanto. A Kevin le encantaban reírse con sus caras cuando bebé y a Yoshiro, al parecer también. Sonreía enseñando sus pocos dientes de leche.
Mimi abrió la puerta.
—¿Mimi? —Miyako pareció intrigada de inmediato, sus ojos se abrieron y su sonrisa floreció—¿Cuándo llegaste? Pensé que venías hasta la próxima semana. Si no hubieran estado sosteniendo a Yoshi, se habrían abrazado con alegría— era lo que siempre hacían
—Sería una sorpresa para el cumpleaños de Jou —explicó ella, guiñándole un ojo. Siempre le había divertido sorprender a Jou.
Mientras que ella pensaba que Yoshiro era puro Takenouchi, Reiko parecía tener la combinación entre los Ichijouji y los Inoue. Los ojos de su madre con el color azul que Mimi hacia visto en Ken. El cabello oscuro, lacio y fino como Ken y la sonrisa amplia, encantadora de Miyako. Estaba mucho más alta que la última vez que la había visto. Le sonrió.
—Hola, tía Mimi.
Le gustaba que la llamasen así. Ella no tenía hermanos y Michael tampoco así que, sorprendentemente, se deleitaba en tener tantos sobrinos honorarios.
—Venía a ver a Sora, por un vestido. Reiko tiene que actuar en una obra escolar y Sora nos está ayudando con los detalles —explicó Miyako, mirando a su hija con una sonrisa.
Mimi sonrió un poco más. Muchos años atrás, cuando Sora aún no hablaba del futuro por creerlo distante, igualmente se tomaba su tiempo para realizar las ideas de Mimi. Debería haber imaginado, en aquel entonces. Ella, por otra parte, no había sabido que sería hasta mucho después.
—Sora no está. Estoy cuidando a los niños.
Reiko enseguida pareció apagarse. Su sonrisa, sus ojos, su expresión. No es que no le gustase tía Mimi. Ella era linda, siempre sonriente y alegre... ¡amaba sus recetas! Pero Reiko había ido a ver a tía Sora, quería contarle de la obra de teatro y de su vestido, y que a Daiki le había tocado también usar uno porque sería su hermana en la obra de teatro. Quería contarle que Poromon y ella ya se habían arreglado de la última pelea y quería ver alguno de sus nuevos diseños: a Reiko le gustaba ver los diseños de tía Sora cuando eran solo trazos en papel porque ella le decía que era la primera a la que se las mostraba. De verdad. Reiko tenía muchas tías, especialmente del lado de su mamá, pero tía Sora era siempre muy buena con ella.
—Oh.
—Puedes quedarte a esperarla conmigo, si quieres. —Supuso que se estaba tomando muchas libertades en nombre de Sora. Debería llamarla y preguntar, pero las palabras ya había escapado de su boca.
Reiko no parecía la mitad de entusiasta que su madre y Mimi se sintió extraña por no ser la tía favorita, aunque era un pensamiento que nunca se le había cruzado. Saori era la única que la consideraba su tía favorita. O tal vez, la tía favorita de la niña rubia era Hikari, que estaba más tiempo con ella. Quizás Saori consideraba a Miyako su tía favorita y no a Mimi. La niña de Iori era demasiado formal para mostrar favoritismo y la pequeña de Koushiro seguro que tenía a Sora como la tía favorita, porque no había forma que Sora no fuese la tía favorita.
Mimi se sintió un poco triste en ese pensamiento.
—¿No te molesta? —Miyako preguntó, una expresión encantada cruzando su rostro.
—Pronto volverá Sora, no es un problema —dijo Mimi a su querida amiga.
Miyako le dio un semi abrazo y luego le comentó que tenía que volver a su casa porque Ken tenía que salir. Reiko prometió que se portaría bien con la voz diciendo que le molestaba que dudase y despidió a su madre con la mano.
Mimi se dio cuenta de un detalle cuando cerró la puerta y solo una niña entró. Dejó a Yoshiro en el suelo, que estaba ya impaciente por volver a jugar. Él no tardó en dar valientes y torpes pasos de vuelta a la sala. A veces, Mimi añoraba esos tiempos tempranos. Yoshiro era un niño decidido, sin duda. Quizás se parecía un poco a su padre. Pero seguía siendo más parecido a su madre. Sin duda. Le tomó la mano para que no se cayese y caminaron juntos hasta el living.
En el silencio, se atrevió a preguntar. —¿Y Poromon?
Reiko movió los hombros. Todavía parecía algo decaída pero ante la mención de su digimon pareció alegrarse un poco más. Sus labios se arquearon.
—Se quedó mirando películas con Wormmon y Minomon. Hacen maratón de películas de Disney los fines de semana.
Qué surrealista. Mimi sabía que Wormmon amaba las películas de Disney, no que había extendido sus costumbres a los pequeños digimon. Debía ser adorable.
—Vaya.
Reiko se rio de su expresión. —Poromon al principio no estaba muy entusiasmado con la idea, entonces vio La bella y la Bestia, y desde entonces hace igual que Wormmon. Minomon los sigue a todas partes.
Mimi sonrió en respuesta, sintiéndose un poco más feliz por la luz en los ojos de Reiko. Entonces, tan repentinamente que rompió toda la calma del hogar, escucharon a Yoshiro llorar. Fue un sonido que retumbó en toda la casa y Mimi dio un salto tan repentino como Reiko ante el sonido.
—¿Yoshi, qué…? —Mimi se inclinó para abrazar al pequeño.
Reiko retrocedió, hasta chocarse con la pared. No le gustaban los niños que lloraban, nunca sabía cómo calmarlos.
Yoshiro estaba señalando a su pequeño rincón de juegos, el lugar donde había dejado a su muñeco favorito y que ahora estaba vacío.
Mimi entendió.
—Oh, Yoshi... Quizás alguno de los digimon lo tomó para jugar —le dijo mientras acariciaba los mechones rojizos. Rápidamente, miró hacia donde estaban Tsunomon y Gabumon. Los dos se acercaron a ellos con expresiones de confusión.
—¿El señor Garu se perdió? —preguntó Tsunomon, horrorizado.
Mimi quiso reírse, pero mantuvo los labios apretados en una línea. El señor Garu, por supuesto.
Yoshiro torció el gesto en una forma muy parecida a la de su padre cuando era niño. Mimi alucinó.
—Tampoco veo a Tanemon y Pyokomon —dijo Gabumon, entrecerrando los ojos con sospecha.
—¡Encontraré al señor Garu! —Tsunomon comenzó a saltar. Mimi siempre pensaba que era curioso que no fuese tímido—… ¡Debieron pedirte permiso para tomarlo!
Gabumon y el pequeño digimon asintieron entre ellos y comenzaron a moverse en direcciones diferentes.
Mimi dio una vuelta tentativa alrededor del lugar, con el pequeño pelirrojo muy pegado a ella.
Buscaron al señor Garu por toda la habitación. Corrieron la mesita y los adornos decorados, los juguetes de Yoshiro que habían sido olvidados enseguida y movieron los almohadones del sofá. Reiko se les unió, en algún momento. Parecía haber superado su terror a las lágrimas cuando Yoshi empezó a verse más entusiasmado que preocupado. Seguramente lo estaba viviendo como un juego ahora que todos estaban con él.
—¿Cómo se lo llevaron los digimon? ¡Ellos no tienen manos!
—Es una buena pregunta.
Mimi se arrodilló en la alfombra y se asomó debajo del sillón individual, su último recurso. Yoshiro y Reiko se quedaron muy cerca de ella, mirándola.
—Aquí no está el señor Garu tampoco.
Yoshiro decidió que era mejor revisar nuevamente y siguió el ejemplo de Mimi, asomándose bajo el sofá, como si no le hubiese creído.
Mimi miró el reloj.
—Creo que sé donde podría estar —dijo Mimi y señaló al otro lado del salón, hacia las escaleras. Reiko movió la cabeza con curioso interés.
Mimi recordó que había más habitaciones en la casa y otros dos posibles culpables. Había descartado a Kevin y a Saori porque pensó que seguirían durmiendo, pero, de repente los imaginó a los dos haciendo una travesura similar. A Kevin le gustaba jugar a la búsqueda del tesoro, lo hacían siempre en sus cumpleaños. Llevó su dedo índice en un gesto de silencio universal antes de hacerle una seña a Gabumon, para que se acerque, con su otra mano.
—¿Esa es la única escalera que da arriba?
Gabumon movió la cabeza, confirmando sin palabras. Yoshiro se levantó un poco y abrazó a Tsunomon. Aún era muy pequeño para cargarlo por mucho tiempo sin caer pero le gustaba abrazarlo.
Mimi recordó la época que había dirigido un Ejército de digimon y sonrió. —Ok. Tenemos que sorprenderlos para así poder rescatar al señor Garu… Y Esto es lo que vamos a hacer…
Era el comienzo de la operación: liberen al señor Garu. Y tendrían éxito.
¡Muchas gracias por leer!, la próxima semana habrá nueva actualización.
