Habían pasado ya varios meses desde aquél encuentro con el chico de tez morena en Scotland Yard, Mycroft y él se veían una que otra vez los fines de semana ya que su trabajo en la oficina de su padre y la escuela, no le permitían ver a Greg el resto de la semana.

Era un horror tolerable para el pecoso niño el asistir a clases, si bien era un excelente alumno y un caballero según sus compañeras, Mycroft era molestado continuamente por sus compañeros varones y una que otra niña. Permanecía sentado a solas comiendo durante el descanso pensando en qué estaría haciendo Gregory en ese momento cuando la única persona tolerable de todo el colegio, para él, tomó lugar a su lado.

— Llegas tarde –dijo Mycroft mientras tomaba un sorbo de jugo.

— Cómo si trabajara para ti –reprochó ella-. Ahora dime ¿estás emocionado? ¿Me presentarás por fin a Greg?

— En ese orden: un día lo harás, no es asunto tuyo y no.

— ¿Bueno, pero lo verás hoy?

— Si Anthea, lo veré hoy después de clases, iremos a comer pizza –exhaló.

— Mycroft, Mycroft –balbuceó la señorita de cabello oscuro y lacio- si hay algo que debes aprender es a confiar en mí y en mis instintos.

El timbre que anunciaba el fin del receso se hizo sonar, seguido más tarde por el de la hora de salida. Anthea, siendo un año menor, se había ido a casa con un grupo de amigas, mientras el rechoncho niño esperaba un poco impaciente a su amigo. Debían haber pasado 10 minutos, los compañeros del pecoso niño se extrañaban de verlo parado frente a la entrada sin hacer nada, ya era tarde para que el auto de los Holmes no apareciera a la vista; Mycroft comenzaba a sentirse decepcionado ¿sería que Gregory lo había dejado plantado?

— ¡Holmes! –gritó Lestrade a lo lejos. Llegaba corriendo con la mochila a cuestas-. Lo… sien… to Hol… -añadió agitado.

— No ¿te encuentras bien? –cuestionó preocupado el pequeño.

El joven moreno le lanzó una sonrisa indicando que se encontraba bien, gotas de sudor bordeaban su frente y su barbilla; un grupo de jovencitas se acercaron a verlo más de cerca, les parecía muy "interesante" aquel chico atlético de piel bronceada. ¿Qué le ven?, se preguntó Mycroft, es sólo un chico cualquiera.

— Oh… ¿Quién es Mycroft? –preguntó burlonamente uno de sus compañeros- ¿Es tu novio?

— El novio del cerdito… -dijo otro.

Oinc… -espetó a la cara del blanquecino el primero-. Pigcroft… oincroft…

— Hey, idiota… -anunció Gred a sus espaldas.

— ¿Qué quie… -Greg tomó la sombrilla que llevaba y atizó un certero pero débil golpe al infortunado muchacho-.¡Aaah!

— ¡Holmes, corre! –gritó Lestrade tomando la mano rolliza de Myc.

El par huyó lo más rápido posible de la escena del crimen dejando tendido en el suelo al pobre chico. Habían trotado un par de cuadras y como no se veían enemigos a la vista, adultos en este caso, decidieron descansar un rato de tanto ajetreo. Tomaron asiento en la calle, Mycroft se veía como un pequeño tomate rojo debido al esfuerzo físico que hizo, sin embargo, raro era para él el hecho de no estar cansado, sino más bien, asombrado por la actuación de su amigo. Guardaron silencio recuperando sus fuerzas, una gota de agua clara cayó del cielo gris, Lestrade se levantó, abrió el ahora paraguas e invitó a Holmes a resguardarse de la llovizna.

— Gracias –dijo el chico de cabello rojo.

— No es nada –dijo sonriendo-. Me extraña que no traigas tu sombrilla.

— No siempre la llevo, creí que no sería necesaria hoy –comentó-. Pero no lo decía por esto sino por lo que sucedió en…

— Un día seré Detective Inspector de Scotland Yard, por lo tanto debo de tener buena condición física, saber defenderme y poder rescatar a alguien –dijo mirando hacia el cielo- y tú necesitas cargar siempre con tu sombrilla, no sabes cuándo podría serte útil.

— Por cómo eres terminaras comiendo rosquillas en lugar de hacer tu trabajo…

— ¡Hey! –rió Greg golpeando levemente a Mycroft.

Las gotas formaban ondas en los charcos parecían casi insonoros los golpeteos de éstas contra el suelo. Olvidaron los planes de ir a comer pizza, prefirieron encaminarse a una cafetería cercana, un chocolate caliente no les caería mal.

Mycroft se sentía mal con el mismo, se veía reflejado en los cristales de los aparadores y autos al caminar; Ellos tienen razón… se dijo lastimeramente dándose cuenta de su triste realidad, soy un cerdo. Como flashazos llegaron a su pensamiento los momentos en que había comido pastel a escondidas después de la cena, esas tardes en que llegaba a casa de la escuela después de un día duro y a solas en su habitación comía una o dos rebanadas de tarta para sentirse mejor; iba tan sumido en sus pensamientos que no se dio cuenta que habían llegado a su destino.

— Holmes… escoge la mesa –dijo el jovencito alto cerrando el paraguas.

El pelirojizo chico se apropió de una mesa al fondo, no se sentía a gusto con tanta gente a su alrededor. Tomaron asiento.

— Hola niños –saludó la camarera- ¿qué ordenaran? El especial de hoy es pastel de chocolate con fresas.

— Me parece bien, traiga dos rebanadas y dos tazas de cocoa caliente…

— No –dijo Mycroft apresurado-. Yo estoy bien, solo quiero una taza de té.

— Bien –señaló la mesera retirándose.

— Tengo ganas de orinar…

— Gregory ¿podrías dejar de ser tan explícito en cuanto a tus fluidos corporales? –reprochó Myc.

Greg se dirigió al baño en lo que Mycroft miraba por la ventana, seguía preocupado, y la verdad, con hambre también. Greg regresó con su vejiga vacía, y detrás de él la camarera de ojos azulados.

— Aquí tienen –puso dos rebanadas de pastel y dos tazas-. Un chocolate y un té, con su permiso, que disfruten.

— Gracias –contestó Gregory.

— Pero… -balbuceó Mycroft.

— Ten –cambió el pelicastaño los platos- este es el tuyo, es pastel light. Supuse que por lo que pasó no querías comer pastel así que le dije a la mesera que te habías arrependtido y que yo prefería del que no tiene azúcar; mamá come de esos cuando está a dieta.

El más bajo se quedó sin palabras ¿vergüenza o felicidad? No lo sabía.

—Lo que dijeron los chicos esos… -continuó- si quieres hacer algo, que sea por ti y no por ellos Holmes pero dejemos eso de lado y comamos.

Durante la tarde Mycroft razonó las palabras pronunciadas por Gregory: Si quieres hacer algo, que sea por ti… Y si que lo haría, quería poder correr al lado de su compañero, no tras él; olvidaría los insultos de los idiotas de su grupo, era más inteligente que ellos ¿cómo podrían afectarle opiniones ajenas y muy por debajo de su nivel intelectual?

Fingió ser John Ward* para el pequeño Sherlock, mejor dicho, para el gran Peter Easton*, quién junto a Barba Roja**, atacaron su guarida dónde los tres temibles piratas del río Támesis quedaron dormidos luego de tantas peleas y robos. Ese día significó mucho para el joven Mycroft, había estado colmado de felicidad y de sorpresas, claro está que no lo demostraría, tenía cierto orgullo para demostrar sus emociones; pero afuera en la quietud de la noche, entre sueños y ronquidos suaves, una tormenta sombría se avecinaba, como un augurio para sus días de dicha.

*Nombres de piratas ingleses.

**Mascota de los Holmes (perro) según la serie Sherlock de la cadena BBC.