Al otro lado de la ciudad, el ahora aburrido Greg Lestrade dormía profundamente en su cama; se soñaba en la habitación de su amigo pelirrojo, no sabía por qué estaba recostado en su cama o por qué se sentía impaciente, Mycroft estaba a su lado ahora, le veía tan cerca, tan cálido; se posó encima del pecoso, admiró cada uno de los puntos colorados de su cara y esos ojos aceitunados.
— Holmes… -pronunció.
— Dime Mycroft –susurró su compañero besando sus labios.
El pelicastaño pasó su lengua por el cuello de Mycroft, sentía calor y las manos de su amigo deslizándose por su espalda no ayudaban mucho. El estruendo de un camión que pasaba afuera de su casa lo despertó de sobresalto, observó a su alrededor: los posters de su equipo de soccer favorito le confirmaban que estaba en su habitación; miró, como guiado por alguien, la sombrilla en el rincón de su cuarto y enseguida lo recordó. Se destapó bruscamente, en efecto, su fantasía mental había provocado en él un sueño húmedo. Es perfectamente normal, se decía, ¿pero por qué con él?
Aprovechó que su madre y su padre solían salir los fines de semana, tomó un par de pañuelos desechables y se desahogó. Seguía pensando en Mycroft cuando sonó el teléfono de la sala. Un chsk, salió de su boca, decidió dejar sonar el aparato, no era precisamente un buen momento para contestar una llamada. Continuaba en lo suyo cuando volvió a sonar el teléfono pero no le importó, si era importante volverían a llamar más tarde. Casi terminaba, la emoción que había sentido al besar al cuello de Mycroft el volvió a la cabeza, los movimientos de su mano se intensificaron cuando para su mala suerte el silencio de la casa se vio reprimido por los timbres del teléfono nuevamente. Dejó lo que estaba haciendo y aclaró su voz antes de contestar.
— ¿Quién es? –cuestionó un tanto molesto.
— Mycroft –contestó el otro- ¿Te molesté? Quisiera saber si vendrás a la reunión este viernes.
— N… no, no, para nada ¿cuál reunión? –Greg se sintió avergonzado al recordar aquel sueño-. ¿Por qué llamas a mi casa?
— Porque no contestaste el celular ¿estás bien? suenas abrumado.
— No, si… Sí, estoy bien.
— Vale… Sobre la reunión: mi madre insiste en hacer una fiesta por mi cumpleaños, un tanto infantil para mi gusto pero apreciaría mucho que asistieras, si no estás ocupado… Me evitarías una tarde aburrida.
— Claro Holmes –respondió.
— Bien, te envío los detalles por mensaje. Adiós.
Una semana, dijo el joven Lestrade, seguramente se repondría de lo sucedido, fue algo normal, propio de los adolescentes… Se sentía raro, nervioso se podría decir. Tomó su chaqueta, se calzó sus zapatos y salió a caminar, decidiendo olvidar lo sucedido.
La fiesta de Mycroft iniciaría en unos cuantos minutos, el ambiente festivo empezaba, la casa despedía un espíritu más cándido y alegre, y Sherrinford y Rose se encontraban más unidos que antes. Entraron impacientes a la habitación de su hijo mayor, debían avisarle que los invitados comenzaban a llegar; Mycroft yacía en ropa interior frente al espejo, un cambio de ropa nueva, muy elegante, esperaba sobre su cama.
— Oh Mycroft cariño –dijo riendo la dama- has bajado ya seis libras en esta semana. ¡Espléndido! Al parecer ese jovencito Greg está siendo una influencia positiva en ti.
— ¡Madre! –gritó avergonzado.
— Cariño no te sonrojes…
— De todas maneras –continuó su padre- los invitados están llegando, deberías bajar.
— Por su puesto, si me permiten… -dijo tomando su ropa.
El hijo del oficial se presentó en casa de los Holmes a la hora asignada por su pecoso amigo, vestía una chamarra deportiva y unos pantalones deslavados, llevaba consigo un pequeño paquete envuelto en papel color verde con un listón plateado. No era la primera vez que visitaba esa casa pero la decoración elegante y ostentosa le impresionó. ¿Una simple reunión?, pensó. Las personas a su alrededor parecían importantes, podría irse y disculparse con Mycroft mañana.
— ¡Gregory! –gritó el cumpleañero bajando las escaleras.
Su plan falló. ¿Qué más podía hacer? Abrazó a su amigo y le entregó el obsequio. Mycroft podía deducir qué era, simple: un juego de ajedrez; conocía las medidas de la caja que lo contenía y unas semanas atrás le comentó su interés por ese modelo en específico, sabía de antemano que Greg no era tan tonto como para pasar esas pistas por inadvertidas.
— Wow, creo que debí ponerme una corbata mínimo –comentó el joven de cabello castaño al ver el traje de Myc.
— Así estás bien, esto fue solo para dar una buena impresión ante los amigos de mis padres –aclaró-. De hecho es mejor que nos escabullamos mientras podamos.
Salieron de la casa y se escondieron entre los arbustos. Pasó un rato antes de que su madre los encontrara.
— Con que aquí estaban –sonrió la mujer. En esencia, Mycroft era como ella aunque éste no sonreía a menudo-. Tú debes ser Greg, Myc habla mucho de ti…
— Madre, por favor…
— Oh, cariño… Pero vamos es hora de cortar el pastel.
Caminaron rumbo a la casa y al verse incapaces de continuar escuchando la somnolienta charla de los invitados, decidieron volverse a escapar, después de merendar, claro.
Y con la tarde concluyendo y el estómago lleno de pastel se despidieron. Lestrade, decidió jamás mencionar aquel incidente, tal cual Mycroft prometió que sería la última vez que comería pastel como lo hizo ese día, pero no todo es pan comido.
