El día de San Valentín estaba a tan solo unos días pero eso no le importaba, tenía su cabeza ocupada con otros asuntos: la escuela, el trabajo, su madre. Desde hace meses la notaba más cansada y ojerosa, su suave voz se apagaba en ocasiones y dormía hasta tarde, más sin embargo ella sonreía como si no pasara nada; tanto él como Sherlock se preocupaban por ella, incluso Sherrynford planeaba regresar a casa, si no fuera por las insistencias de su General en quedarse.

"— La guerra comenzará pronto Holmes y eres de mis mejores hombres aquí –admitió él-, no puedo dejarte ir, no con todo el trabajo que hay por aquí.

General McConkey, un mes, es lo único que le pido –suplicó la pelirroja sentándose frente al escritorio.

Sea un mes o una semana simplemente no.

General…

Denegado Holmes –dijo lanzando una mirada severa a la chica frente a él-. Y váyase antes de que piense en un buen castigo por desacato."

Sabía de antemano que su madre nunca le diría los problemas que acontecían en su vida, así que prefirió dejar ese tema de lado, debía encontrar pareja para el baile, no porque realmente quisiera asistir sino porque el evento era obligatorio y necesitaba alguien con quien platicar o solo pasar el rato. ¿Anthea? ¿Sally?, pensaba. El timbre sonó desconcentrándolo. El ruido cada cinco segundos indicaba que era para él. Se apresuró a abrir la puerta.

— Gregory, pasa –dijo con una sonrisa en su rostro.

— Gracias Holmes –contestó al entrar Lestrade.

Subieron por las escaleras, Mycroft temblada de emoción, le gustaba estar con él, "sería una buena opción como pareja de baile, si tan solo fuese mujer", se dijo. Entraron a la habitación, tomó cada uno su lugar correspondiente, como siempre, Greg prefería sentarse en el escritorio y el pelirrojo, su cama.

— ¿Qué es esto? –Preguntó Greg tomando un libro de la mesa.

— Dijiste que te gustaría leerlo y lo compré para ti –musitó ruborizado.

— Eres increíble.

¿Por qué decía cosas tontas en el momento menos indicado? No sabía cómo ni qué responder.

— ¡Hey! ¿En qué piensas que estás tan rojo? –rió Lestrade quitándose la chaqueta que llevaba.

— En nada que te incumba.

— Vamos Holmes –suplicó el peli-castaño subiéndose encima del pelirrojo y golpeándolo en broma-. ¿No confías en mí?

Gregory sujetó con una de sus manos los puños de Mycroft, parecía tan molesto por ese absurdo comentario que podría golpearle en cualquier momento. El regordete y pecoso joven se sentía hipnotizado por esos ojos oscuros y brillantes como la noche, no quería dejar de verlos, se acercaban cada vez más a él, incitándolo.

— Bien ¿Me dirás o no? –insistió acercando la cara a él.

— N… no –logró decir tartamudeando.

Se miraban uno al otro sin decir una palabra, esperando que el otro hablara, que rompiera el silencio que se cortaba con la inestable respiración de Mycroft. Greg admiró detenidamente las pecas en la nariz del pelirrojo y la curvatura fina de sus labios, delicados para un hombre.

— Mycroft –susurró a su oído por impulso-. Dime.

Sintió una leve emoción surgiendo dentro de él, era la primera vez que lo llamaba por su nombre, tan íntimamente; a centímetros de su boca, solo una minuciosa respiración los separaba. Rayos, replicaba en su mente. ¿Por qué pensaba esto? ¿Por qué ahora? Un volcán parecía estallar en su pecho, él se acercaba, poco a poco, desafiando a él y a la casi nula cordura que le quedaba.

Un golpeteo en la puerta detuvo todo pensamiento en su cabeza, la puerta se entreabrió y el pequeño Sherlock entró, llevaba aún puesto su pijama y restregaba sus ojos con la blanquecina maga de su camisa.

— ¿Mamá? –murmuró con somnolencia.

— No Sherlock –dijo sentándose rápidamente en la cama-, mamá está abajo en la cocina.

Con un suave bostezo salió del cuarto, Greg tomó su chaqueta y salió de la habitación, un miedo terrible se apoderó de Mycroft y corrió tras él.

— Gregory, espera ¿a dónde vas?

— ¿Eh? al patio –espetó sin voltear a verlo-, me siento un poco acalorado.

Se tranquilizó y fue hacia él, por un momento sintió como su alma se escapaba de su cuerpo y un profundo vacío tomaba preso su corazón. ¿Por qué era así? ¿Vivir sin Gregory era tan imposible para él? Greg miraba a su alrededor. Todo parecía estar bien.

— Hey Gregory…

— ¿Eh? –volteó el pelicastaño.

— ¿Te gustaría asistir al baile de San Valentín que dará mi escuela?

— ¿Baile?... Yo no sé bailar –añadió desconcertado.

— Solo no quiero ir sin pareja, haremos acto de presencia y nos retiraremos –rió por lo bajo-. Ya sabes, como amigos…

Parecía una buena idea, desde el punto de vista de Mycroft, sin embargo, Greg esperaba no meterse en problemas esta vez. Mycroft recogería a su amigo, la escuela del más chico quedaba de pasada. Bajo del auto procurando no manchar su vestimenta: un smoking grisáceo combinado con un corbatín rojo, presionó el botón ubicado al lado del umbral de la puerta del edificio.

— Mycroft, hola –saludó el padre del pelicastaño-. ¿Cómo está tu padre? El viejo debe estar trabajando ¿verdad? Nunca descansa…

— Oh Howard, por Dios –rió la mujer detrás del oficial- si estás igual… Pero pasa mi vida, Greggy sale en unos minutos.

— ¡Mamá! –gimoteó el joven- No me digas así…

— ¡Por fin estás listo! Tardó horas escogiendo el smoking, bañándose, peinán…

— ¿Quién diría que Gregory Lestrade se preocupaba por su aspecto? –rió el pelirrojo. Greg lucía apuesto vestido tan formal, el traje le calzaba a la perfección-. ¿No llevarás corbata?

— No molestes Holmes…

— Bueno chicos, no rompan muchos corazones esta noche –dijo el padre sacando una vieja cámara fotográfica-. Una foto para el álbum.

Salieron luego de varias fotos, eran dos buenos amigos, disfrutarían de una noche tranquila ya que a ninguno le gustaba bailar; no les importaba que hablaran a sus espaldas, si las chicas podían ir como amigas, los muchachos también ¿no? El baile del Amor y de la Amistad no era gran cosa, un amplio salón lleno de globos rosas, blancos y rojos, cupidos con flechas colgando sobre ellos, buena música y bocadillos; decidieron beber y comer algo, hablar un rato y regresar a casa pasada una hora, dos como máximo. Se encontraron con Anthea, quién se sentía feliz de poder conocer al "famoso" Gregory Lestrade, los tres estuvieron charlando y riendo un rato, y en lo que el director del colegio terminaba su discurso acerca del amor y los lazos afectivos, los dos tomaron unas latas de cerveza de la mesa de los maestros.

— Salgamos por aquí –señaló Greg.

Fueron hacia unos edificios vacíos, se sentaron en el suelo del salón y comenzaron a beber. Lestrade parecía tener experiencia pero Mycroft no, apenas había bebido un par de sorbos de la lata cuando el otro joven ya iba por su segunda cerveza.

— Rayos –comentó- olvidé mi sobrilla en el auto, no me había dado centa hasta ahora.

— No la necesitas –dijo el otro quitándose la chaqueta-. Anda, calla y bebe.

Gregory comenzó a reír sólo, Myc no le encontraba sentido a su comportamiento, apenas llevaba dos latas, no era posible que fuese tan débil ante el alcohol.

— ¿Sabes? Es gracioso –dijo el pelicastaño acercándose- como te preocupas por tu sombrilla cuando yo no puedo siquiera ver una…

— ¿De qué hablas? –dijo tomando otro sorbo.

— ¿Recuerdas el otro día en tu cuarto? –Mycroft asintió con la cabeza-. Ya lo había soñado, ok algo parecido, te veías tan… -rió nerviosamente- fue un sueño raro, yo te besaba y… ja… es que fue la primera vez que me empalmo con un…

— ¿Te qué? –apenas pudo pasar la cerveza.

— No me culpes, te veías tan…–se acercó más a él y pasó uno de sus dedos por los labios de su amigo- Son suaves, finos… Y tus pecas…

El más alto se hallaba cautivado por aquella piel moteada, las imágenes de su pasada fantasía bailaban en su mente, sujetó la barbilla del pelirojizo. Mycroft podía sentir como su temperatura se elevaba y como su juicio se esfumaba. El corazón les latía acelerado, el tiempo se alentaba mientras unían sus bocas, cayeron al suelo perdiendo, si es que aún les quedaba, el último ápice de cordura; sus lenguas danzaban salvajemente. Rozaban sus cuerpos inquietos, ahora la ropa les parecía extraña. Mycroft realmente disfrutaba esto y Gregory experimentaba la urgencia de tocar más a su compañero, no como a sus antiguas noviecillas, no, era algo más que una simple calentura.

— ¡¿Quién anda ahí?! –gritó una voz desde el corredor.

Los chicos se escondieron entre las sombras del lugar, vieron pasar la luz de la linterna del guardia del colegio y huyeron del lugar. Estaban asustados y sin pronunciar una sola palabra se fueron a sus respectivas casas, lamentaban lo ocurrido, no el encuentro sino la interrupción.

Estando en sus camas recordaron una sola palabra antes de dormir: Amigos. Ahora les sonaba amarga ¿qué estaba mal con ellos?