No había sabido nada de Greg desde hace cinco meses, el último texto proveniente de él fue recibido una semana después del baile con dos simples palabras: Lo siento. Quería regresar en el tiempo, realmente estaba arrepentido de haber alejado a su mejor amigo. Tenía dos días sin salir de su habitación, sin probar siquiera una rebanada de pastel. Su madre comenzó a preocuparse por él, sabía que algo iba mal.

— Cariño ¿te encuentras bien? me preocupas hijo –preguntó su madre al entrar al cuarto.

— ¿Y papá?

— Tuvo una reunión de negocios –aclaró la mujer de los ojos color jade-. Dime ¿pasó algo con Greg? hace tiempo que no viene.

— Deberías mejor preguntarte si realmente tu esposo está en una reunión de negocios, madre…

— Myc ¿por qué…

— ¡MYCROFT! MADRE, ES M-Y-C-R-O-F-T –volteó molesto el pecoso.

— ¡No me alces la voz, soy tu madre!

— ¡No me alces la voz, soy tu hijo!

Una acalorada discusión comenzó. El joven estaba harto, molesto con el mundo y consigo mismo, no deseaba entablar diálogo con nadie.

— Mycroft escúchame, se que estas molesto pero…

— No te metas en mis asuntos, madre –dijo saliendo de los terrenos de la casa.

— Cariño, entiende… -suplicó la mujer desde la puerta.

— ¡No! ¡Tú entiende! –se detuvo.

— Hijo…

Un par de luces se divisaban a lo lejos, un auto se aproximaba a toda velocidad, dos faroles iluminaban un Mycroft petrificado en medio de la carretera. Su madre gritó sin poder hacer nada, las piernas del muchacho no respondían, solo pudo cerrar los ojos a causa del miedo.

— ¿Estás bien? –cuestionó una voz masculina.

Mycroft abrió los ojos, el auto estaba a menos de tres metros frente a él. Respiró aliviado. Miró hacia su casa, una expresión de angustia se apoderó de él, la dama de cabello rojizo se hallaba en el suelo. El hijo sujetó a su madre, quien aún respiraba, llamó una ambulancia desde su celular.

En cuestión de minutos se encontraba toda la familia Holmes en la sala de urgencias semi-desierta. Sherrinford esperaba noticias de su mujer.

— Lo siento –murmuró Mycroft.

— ¿Lo siento? –bufó su padre-. ¿Es todo lo que puedes decir? Debiste pensar las cosas, por tu culpa…

— ¿Mía? Tú y tu amante también tienen parte en esto…

— ¿Mi qué?... ¿Amante? –Sherrinford se levantó de sobresalto de su asiento- Mycroft ¿de qué hablas?

— La mujer de cabello rubio, las reuniones de trabajo hasta tarde…

— Dios, niño…

— ¿Holmes? –un hombre de bata y gafas se aproximó hacia ellos-. Ella estará bien, fue solo un pre-infarto causado por el estrés y la conmoción del momento. Pueden verla.

Entraron, la señora Holmes se veía mejor a pesar de estar conectada a varios aparatos. Le sonrió a sus hijos, el pequeño Sherlock se acostó a su lado, tenía conocimiento de lo que pasaba pero no le interesaban los problemas de su familia. Sherrinford miró a su hijo mayor temblando y lo envió a casa, estaba lo suficiente alterado como para verlo, no sin antes hacerle entender, apoyado por su mujer, que aquella mujer de cabello claro era no otra sino una colega de la universidad, a la que veía una o dos veces al año.

La soledad es una amarga y cruel amiga pero era la única amistad con la que contaba Mycroft y en la oscuridad de su recámara, con el silencio penetrante de la casa vacía, quería respuestas que aliviaran su confusión. Se daba lástima, ya no podía controlar las voces en su cabeza, buscaría alguna forma de acabar con todo.

"Me equivoqué con mi padre, por mi culpa mamá terminó en el hospital, por ser un anormal, por confundir y alejar a la única persona que quiero…"

Se sorprendió a él mismo diciendo esa palabra, estaba consciente de que lo quería pero Gregory a él no, fueron sólo las cervezas y un sueño creado por un subconsciente que escogió imágenes al azar. Su celular vibró sobre la mesa de noche: Anthea. No contestó, no quería hablar con nadie ¿de qué serviría? La pantalla se encendió nuevamente, arrojó el celular a su cama y lo dejó sonar. Ya nada importa, dijo.

En la casa de los Lestrade, el chico compartía mesa con sus padres, jugaba con las verduras en su plato, pensando; traía un nudo en su estómago, mezcla de preocupación, tristeza y culpa.

— Greggy –habló su madre- ¿te preocupa algo?

— Tengo… tengo un conocido –empezó- que besó a un chico… Y no sabe si se siente atraído por él –sus padres lo veían atentos-. Lo está pasando mal… porque no es normal…

— No, no es normal… -dijo su padre dejando de cenar.

Anthea se sentía asustada, cuando habló con Mycroft en la mañana lo notó deprimido, tantas cosas le pasaban al pobre muchacho que la chica, ahora que su amigo no respondía, suponía lo peor. Llamó a Gregory en un intento de saber qué era lo que acontecía.

— No sé lo que le pasa, no contesta –explicó ella.

— Lo siento Anthea, no he hablado con él desde el baile…

— Greg, eres su mejor amigo y la persona qué el más parecía.

— Lo siento, debo colgar –dijo después de un momento de silencio.

El joven pelirrojo abrió la llave de la tina de baño, dejó que se llenara, Tú tienes toda la culpa Mycroft Holmes, repetía escudriñando el botiquín de su madre. Tuya, sólo tuya, admitió. Se llevó a la boca unos cuantos somníferos que pasó con un poco de agua y se metió a la tina. Las pastillas no hacían efecto así que tomó unos cuantos más. Deseaba olvidarlo todo, quería desaparecer pero la imagen de Greg desaparecería también. Los insultos de sus compañeros, el grito de su madre, sus errores y temores, volvían a él junto con un gran peso en su cuerpo regordete. Se rindió al sueño.

— Mycrof… Mycroft…

Una tenue pero conocida voz sonaba entre la oscuridad de su pensamiento. De pronto oyó un estruendo, seguido de un reflejo de su estómago, y al final, la nada. Entreabrió los ojos, ahora se encontraba en la cama del hospital vestido con una fea bata color rosa.

— ¡Hijo! ¡Mycroft, gracias a Dios! –Su madre lloraba al lado de la cama-. Pensé que no despertarías.

— ¿En qué pensabas Mycroft Holmes? –los ojos de su padre estaban hinchados-. ¿Crees que no te amamos?

— No puedo recordar mucho…

— Pues tuviste suerte –comentó el médico entrando-. Si no fuese porque te encontró tu amigo y te hizo vomitar, tu padre habría estado llorando en tu velorio y no aquí.

— James, basta… -rió Sherrinford.

— ¿Amigo? ¿Cuál amigo? –preguntó Myc confundido intentando levantarse pero un dolor punzante lo tumbó de nuevo en la cama.

— Será mejor que duermas hijo, mañana hablamos.

¿Dormir? ¿Sin saber cuál amigo? ¿Qué seguía? ¿Comer sin tener hambre? No. Esperó a que sus padres se fueran, diez minutos como mucho, sumando el tiempo en que tardarían en recoger a Sherlock de la casa de la Sra. Hudson, más el tiempo en que la enfermera demoraría para venir a revisar que todo estuviera bien con él, calculaba una hora y media, justo el tiempo necesario para ir y venir, corriendo, por supuesto. Como pudo salió de la cama y se escabulló por la puerta principal, tomó un cub y se encaminó a casa del único amigo capaz de hacer algo tan estúpidamente heroico por él.

Se hallaba debajo de la ventana de su compañero, la casi inexistente luz proveniente del ventanal le impedía divisar algún movimiento del moreno. Qué idiota, musitó. ¿Qué le diría? Tendría que practicar.

— Gregory… Hola Gregory… No. A ver: es un placer verte Gregory…

— El placer es todo mío… -dijo una voz a sus espaldas. Mycroft gritó.

— ¡Gregory! –logró decir- ¿Qué haces aquí?

— Es mi casa… ¿qué haces tú en mi casa con una bata rosa puesta?

— Me dijeron… que tu, que un "amigo" me llevó al hospital… -contestó. Greg musitó una leve sonrisa de tristeza.

— ¿Por qué? –Cuestionó Greg con lágrimas en los ojos-. Sólo quiero saber por qué hiciste lo que hiciste. ¿Jamás pensaste en los demás? ¿Quién te crees? –añadió furioso.

— Gre… Lo, siento.

— A Anthea es a quien le debe disculpas. Me llamó angustiada, pensé que exageraba y cuando colgué mire una sombrilla tumbada, llena de polvo y algo dentro de mí se llenó de miedo. Por eso fui a tu casa. Toqué y toqué pero nadie salió, vi la luz de tu cuarto y yo simplemente entré –se llevó las manos a la cara- Dios, Holmes, cuando te vi en la tina sentí que moría…

— ¿Me viste desnudo?

— ¿Es lo que te preocupa? –gritó-. Cada minuto en esa sala de espera fue eterno…

— ¿Por qué no me dejaste ahí? –lloró-.

— ¡Porque no iba a dejar que me arrebataran lo que más quiero!

Y allí se quedaron, sin palabras, llorando en una noche sin estrellas, mirándose sin mirar, sintiéndose más cerca como si fuesen los únicos en todo el planeta y sin percatarse de que era tarde.

— Gregory… -rompió Myc el silencio-. Necesito ir al hospital…

— Le diré a mi papá que nos llevé –rió limpiándose las gotas de agua salina alrededor de sus ojos-. No te dejaré…