Mycroft fue dado de alta al haber pasado el examen psicológico, concluyendo que solo había sido un mal cálculo en el número de somníferos ingeridos. Habiendo dejando el pasado atrás se dirigía ahora hacia la casa del más alto, llevaban ya un mes siendo novios, los únicos que sabían de este nuevo paso en su relación de amistad eran Anthea, los padres de ambos y por ende, ya que había estado accidentalmente presente en la declaración melosa, el Doctor James.

"Yo tengo toda la culpa en esto Holmes, lamento no haber dicho nada, tenía miedo… ¿Sabes? Hoy, antes de la llamada de Anthea le dije a mis padres que tenía un conocido que había besado a un amigo suyo, les dije la verdad, que eso no era normal…

No, no es normal –dijo mi padre-. Pero así es esto del amor. Se ríen, se enojan, se contentan, eso no es para nada normal, digo si lo fuera sería absurdamente aburrido.

Howard –dijo mamá conmovida. Creo que ya sabían que me refería a nosotros.

No importa si tu gusta rellena de jalea o glaseada- continuó mi papá, debiste ver la reacción de mi madre- lo que cuenta es la dona… En sí, la dona… perdón, el amor. Lo que importa es el amor que se da…

Si, sé que es estúpido pero creo que tiene razón…"

Llegó a la casa de los Lestrade que parecía más sigilosa de lo usual. Greg recibió a Mycroft, se veía nervioso y feliz, un poco sonrojado.

— Ho... hola –saludó el pelicastaño-. Pasa…

— ¿Tus padres? Quería saludarlos –preguntó el pecoso.

— No están, tuvieron que ir a casa de una tía, no supe, cuando desperté ya no estaban.

Subieron a la habitación. Inquietos, recostados en la cama, temblando de ansias por sentir al otro mientras una espantosa canción proveniente de algún edificio cercano sonaba; se habían besado varias veces pero no tenían ni la más mínima idea de cómo hacer "eso".

Se miraban a los ojos centelleantes como el fuego, juntaron sus cuerpos, juntaron sus labios como esa primera vez: apasionadamente, sin miedo, diciendo "más". Mycroft jugueteaba con la lengua de Greg en su boca, era caliente pero no más que él. El más alto desabotonó la camisa de su compañero, acarició sus pezones, los pellizcó, un leve murmuró salió de la boca de Myc; se deshizo de su playera y pasó la lengua lentamente por el regordete cuello haciendo brillar las pecas rojizas por la saliva.

El más joven trataba de contener dentro los ruidos que le provocaban los besos de su amigo bajando hacia su cadera. Greg desabrochó el pantalón color negro y mordió suavemente el miembro erecto del pecoso chico, quitando el resto del pantalón y la ropa interior. Puso la cabeza en su boca, pasó su lengua alrededor de ella, Mycroft tembló.

— Gre… -articuló.

Metió el resto del falo a su boca subiendo y bajando, el pelirojizo se sujetó de la sabana azul, dentro de la cueva era húmedo y relajante, era capaz de sentir la saliva deslizándose por todo su pene. Lo sacó de su boca, se deshizo de sus jeans y de la vergüenza y las dudas que lo abordaban.

— Mycroft…

— Se cuidadoso –suplicó.

Abrió las piernas del chico rechoncho y con la imagen de éste y su cara sonrojada comenzó a masturbarse con una mano y con la otra masajeó la entrada de Mycroft; se llevó un par de dedos a la boca impregnándolos de saliva, los metió hasta el fondo de su amigo. Verlo mientras mordía sus labios y estrujaba con sus manos el pedazo de tela debajo de ellos hacía que Greg no se contuviera más. Insertó de golpe su miembro.

— Es tan caliente… -dijo meciéndose.

— Duele, Gregory –gimió Mycroft- duele…

Pronto el dolor se convirtió en oleadas de placer. El pelirrojo gemía con cada embestida del pelicastaño; pasaba sus manos por la ancha espalda morena de Lestrade, tenerlo así, tan cerca, tan suyo y de nadie más, lo volvía loco. El futuro Detective Inspector se inclinó hacia él, lamió su cuello y subió dando pequeñas mordidas hacia su oreja.

—Te amo Mycroft –susurró a su oído.

Sacó su pene y lo volvió a meter de una estocada, exhalaron; con la respiración agitada, de la mano y sudando por el calor causado por el otro, Greg dentro de Mycroft y Mycroft con su mano en su miembro moviéndose a la par del cuerpo de su amante, llegaron al éxtasis esperado.

En la cama, abrazados, preparándose para una segunda ronda, buscaban una explicación para toda su historia.

— Gregory ¿recuerdas la primera vez que nos vimos?

— Sip, fue en el restaurante…

— ¿Restaurante? –preguntó confuso.

— Hace años... Salí con mis padres a cenar y vi una sombrilla debajo de la mesa, iba a guardarla en el auto cuando vi que un niño buscaba algo en nuestros lugares… Tenía el cabello rojizo y unos lindos ojos verdes…

— Gregory –rió por lo bajo, ahora el sonrojado no era él- se puede decir que fue culpa del destino.

— No puedo culpar al destino… -reprochó.

— Entonces culpa a la sombrilla.