Abrió los ojos lentamente, sentía su cuerpo pesado y cansado, el techo no le parecía familiar, bueno, no al principio; un tanto confundido recordó la noche que había pasado y sonrojado se volteó despacio para confirmar que no fue un sueño lo que había pasado. Allí estaba, junto a él, durmiendo plácidamente con el pecho descubierto y el cabello despeinado; lo miró de reojo por un buen rato, el Gregory feroz e inquieto de anoche había sido reemplazado por uno sosegado y tranquilo.
— Es muy… apuesto… -susurró el ojo-verde para sí sin dejar de observarlo.
— Mycroft –habló unos minutos después- deja de mirarme, tienes la mirada pesada –añadió abriendo los ojos, lanzándole una mirada gentil.
— ¿Cuánto llevas despierto?
— Unos minutos… -sonrió- Así que... ¿soy apuesto?
— No, eres un idiota –dijo el pelirrojo frunciendo el ceño.
El pelicastaño rió acercándose y tomando su mano, besándola. Un "buenos días" pronunció al besar la peca más visible del cuello de su amigo, pasándose hacia esos labios delicados.
— Cariño, buenos días… -dijo la mujer de ojos felices pasando- Perdona que…
— ¡Mamá, por Dios! –gritó avergonzado el hijo separándose del otro- ¡Toca la puerta!
— Ay Greggy, no vi nada… -rió cerrando la puerta tras de si-. Por cierto ¿a Mycroft le gustan los panqueques?
— ¡Mamá! –gimoteó.
Mycroft salió de entre las cobijas, sus mejillas parecían dos grandes manzanas rojas pero no menos coloradas que las de Greg.
— Yo, lo siento… -dijo Greg llevándose las manos al rostro- Qué vergüenza, en verdad, lo siento.
— No debes preocuparte, no fue culpa tuya…
— Ok, entonces ¿vamos por panqueques? –preguntó el más alto esbozando un sonrisa.
— N… no, gracias…
— No tienes que ponerte así por mamá, sabes que no tiene problema con… con lo nuestro.
— No es por eso Gregory –dijo el pecoso bajando la mirada.
— ¿Y luego por qué es?
— Me… yo… yo no…
— Tú no qué…
— Siento las piernas… -contestó avergonzado, viendo como su amigo intentaba contener la cara de sorpresa y la sonrisa victoriosa- Ni te atrevas a poner esa cara Gregory Lestrade –añadió molesto.
— Ok, ok.
Pasaron unos minutos antes de que Mycrot se pudiese levantar y acompañar a la familia Lestrade a tomar el desayuno. El ambiente alegre y familiar le remembraron los años de infancia, cuando Sherlock era apenas un bebé y Sherryn vivía con ellos; tenía tiempo sin verla, la extrañaba, ella había fungido como mamá varias veces en aquellos tiempos en que su madre trabajaba hasta tarde y cuando su pequeño hermano parecía distanciarse de él día con día, cosas que no le importaban mucho, Sherlock debía aprender a ser un adulto responsable y su hermana mayor, pues, cumplía su sueño, uno muy peligroso ¿pero qué clase de hermano sería si le pidiese que lo abandonara? Recordó las palabras que le dijo la noche antes de su partida a la academia.
— Me iré Mycroft –dijo ella sonriendo pero con los ojos llenos de tristeza- y quiero que cuides a Sherlock mejor de lo que te cuidé a ti. Eres un chico listo, brillante y centrado, haz lo que tu corazón desee, no lo que te ordena alguien más.
Sólo se quedó callado, las decisiones fueron tomadas y como dijo su hermana: él era listo, sabía qué lo que dijera vendría sobrando. Al parecer la forma de saber si alguien realmente me quiere es dejándome sin palabras, pensó en silencio sonriendo inconscientemente.
— Holmes… Hey Holmes… -decía Greg su lado.
— ¿Si? –dijo desconcertado.
— Tu teléfono está sonando.
— Oh, cierto, con su permiso.
Atendió la llamada de su madre.
— Cariño, debiste avisar que te quedarías en casa de Greg, nos tenías preocupados.
— Sin ofender madre pero no recuerdo que me llamarás anoche.
— Es que no los quería molestar mientras hacían sus cosas y…
— ¡Madre!
— Es broma, es broma –rió la mujer- pero llamo para decirte que te des prisa, tenemos una sorpresa para ti y es mejor que llegues temprano si quieres verla.
— ¿Sorpresa? –preguntó curioso.
— Si, así que apúrate… Adiós cariño, salúdame a Greg.
— Adiós.
Regresó a la mesa y miró a Greg, sintió la mirada de los padres de éste y les sonrió.
— ¿Sucede algo Mycroft? –preguntó el hombre de la gabardina oscura al tomar un sorbo de café.
— No, era mi madre, les envía saludos.
— Te ves confundido –señaló Greg-. ¿Seguro que no pasa nada?
— No –sonrió-. Eso solo mi madre y sus preocupaciones.
— ¿Preocupaciones? –cuestionó la madre de Greg bajando los cubiertos- ¿No le dijiste que te quedarías aquí?
— No le dije pero ella sabía, bueno, lo supuso, dijo algo sobre una sorpresa y luego colgó.
— Bien, me tengo que ir –dijo el Detective Inspector levantándose de su asiento-. Y Mycroft, cuida bien a Greg…
— Papá…
— Ok, no lo haré más raro… -rió- solo quería ser buen padre… Ups, se hace tarde, te quiero –besó a la mujer al lado de él.
— De hecho, también me tengo que ir –se disculpó el pelirrojo-. Gracias por todo Señora Lestrade.
El pecoso se levantó a la par del hombre de la placa y susurró algo al oído de Greg, ambos: Howard y Myc salieron de la casa apresuradamente. El joven esperaba el autobús y oyó unos pasos que se encaminaban a él, volteó solo para observar a su amante corriendo hacia él.
— ¿Qué haces aquí? –preguntó.
— Acompañarte –sonrió sentándose a su lado.
El más alto seguía despeinado, llevaba puesta una camisa a cuadros y unos pantalones azules, el otro contestó la sonrisa del mismo modo, sonriendo. De camino a casa se puso a pensar en lo afortunado que era, lo que había pasado había pasado ahora solo quedaba disfrutar la vida. Sentados al lado del otro, sonrojados se tomaron de las manos, no les importaba, el autobús estaba casi vacío, el conductor de rostro severo, la anciana de manos temblorosas tras de ellos y el hombre de los audífonos en el fondo del camión, eran sus cómplices en un romance secreto, mudo y vivo como sus corazones.
Bajaron del transporte público encaminándose a la casa de los Homles, un auto deportivo color rojo, de esos que se ven en los programas de televisión aparcaba ahora en la entrada de la casa. Ambos se sorprendieron, ninguno de los dos conocía a alguien que tuviese un carro así; entraron en silencio, por el barullo que se oía los Holmes y otras tres personas se hallaban en la sala.
— Madre… -dijo el pecoso sin moverse de la puerta.
— Myc, por fin llegas –dijo la dama-. ¡Greg! Qué bueno que hayas venido, espero que cuides mucho a mi muchachito.
— ¿Podrías no avergonzarme ésta vez? –levantó el pelirrojo una ceja.
— Ay mi vida pero si no te avergüe…
— Disculpe Señora Holmes… -habló un joven de cabello rubio al entrar en el recinto-. Perdone, no sabía que estaba ocupada.
— Mycroft ¿lo recuerdas? Es Toby, del campamento.
— ¿Toby? ¿Toby? ¡Tobias! –rió, una luz se encendió en sus ojos y un recuerdo brilló en su memoria- Tobias Gregson, claro que te recuerdo, la pasamos muy bien en ese campamento pero ¿qué haces aquí?
— Sus padres se acaban de mudar aquí cerca y vinieron a visitarnos pero los dejo platicar a gusto –se despidió la pelirroja.
— Myc te ves bien, lo admito has…
— Greg… Greg Lestrade –señaló el pelicastaño quien se notaba un tanto molesto.
— Tobias Gregson –saludó estrechando la mano del moreno.
Los dos más altos se miraban desafiantemente, un fuego de rivalidad se veía en sus ojos, Mycroft no tuvo más remedio que salir disparado a la cocina, una rebanada de pastel y una buena taza de té calmarían sus nervios, y con suerte, la de sus dos amigos.
— Así que te quedaste a dormir en casa de… ¿cuál era tu nombre? disculpa mi mala memoria.
— Greg –refunfuñó el de la camisa a cuadros.
— Si, en la casa de Greg –sonrió el más alto de los tres.
— Si, una simple velada de chicos -declaró el pelirrojo acomodándose el cuello de la camisa.
— ¿Una simple velada, eh? –el rubio haló de la camisa del pecoso dejando ver unas cuantas marcas en su cuello-. No lo creo.
— Eso es de… -el pelirrojo miró a Greg quien comenzaba a sudar.
— No me engañan –decía el otro-, se que la quedada fue una simple excusa para que Myc viera a su novia. ¿Cierto Myc?
— Cla… claro.
El silbido y el vapor de la tetera inundaron la cocina apagando las risillas incómodas de los chicos. Mientras Gregson servía el té, Mycroft sacaba el pastel, siempre debía haber un pequeño postre en casa según su papá; Barba Roja pasó corriendo por entre las piernas regordetas del muchacho seguido por Sherlock.
— No corras dentro de la casa Sherlock –le recordó el pecoso.
— Eres Mycroft, no mi mamá –renegó el pequeño del parche saliendo.
— Eres un buen hermano Myc. Oye ¿recuerdas cuando tuvimos que ir al bosque en la noche?
— Si, que tú resbalaste con ese tronco y nos regresaron a todos para llevarte a la enfermería…
— Dios, cuando te picaron las abejas…
— Que Sherlock no te escuche o empezará a criar abejas…
— Si no te hicieron nada aquella vez, dudo que lo hagan ahora.
Gregory se sentía exiliado de la conversación sin embargo sabía que no era por eso por lo que se sentía triste, sino más bien por no tener ese tipo de vivencias con Mycroft, ¿de qué hablarían? ¿Del intento de suicidio de Mycroft? ¿De los golpes que le propició a sus compañeros de escuela? Sacó su teléfono del bolsillo, un aviso en la pantalla le indicó que tenía 3 llamadas de su mamá y 1 un mensaje. Pulsó la tecla central: Greggy estoy en el hospital ven rápido, es tu papá. Un mal presentimiento se apoderó de él ¿desde hace cuánto se lo habían mandado?
— Gregory ¿pasa algo? Te ves pálido.
— Mi… padre… Tengo que irme.
Corrió hacia la puerta tropezándose con la Sra. Holmes y musitando unas cuantas palabras de disculpa. El pecho le dolía, algo malo pasaba, no tenía tiempo para tomar el autobús así que subió a cub. El trayecto parecía interminable ¿Qué fue lo que sucedió? ¿Un choque tal vez? Trató de no pensar en eso, su padre era fuerte como un roble posiblemente solo fue una leve lesión.
Pronto llegó al hospital Barts, su madre estaba sentada uno de los banquillos de la sala de espera, tenía los ojos rebosantes de lágrimas, el moreno fue hacia ella temiendo lo peor.
— ¿Qué paso? ¿Dónde está? –cuestionó acongojado.
— No lo sé Gregory, no lo sé… -apenas podía hablar la mujer- me hablaron de la comisaría…
— Martha, lo siento, lo siento, sabes que es terco –aclaró el compañero de Howard, Marcus Donovan, abrazando a desesperada esposa.
— Oficial Donovan ¿Qué pasó? –el joven se volvía loco ¿por qué nadie decía nada sobre el paradero de su padre?
— Hubo un… un asalto fuera de nuestra división, tu padre quiso tomarlo… -el oficial pasó una mano por su cabello oscuro- Le dijimos que no, digo, no era nuestra división pero sabes que a él no le importa cuando se trata de ayudar. Fuimos pero no nos dijeron que era un asalto a mano armada, con rehenes… Tu padre entró y…
— ¿Y? –alzó la voz desesperado- ¡Maldición Donovan dígame!
— Chico, le dispararon.
Le dio un vuelo el corazón, las palabras parecían inciertas, el acto en sí imposible.
— Fue un disparo en el pulmón derecho, rozó el corazón, está perdiendo mucha sangre… No le dan mucho tiempo…
— ¡Cállate! –chilló Gregroy-. ¿Dónde está? ¿Dónde lo tienen? Debo verlo… Esto no… no puede estar pasando.
— No nos dejan verle, intentan conseguirle sangre.
— Yo puedo donarle…
— Me temo que no es tan fácil –apareció un médico de mediana edad y cejas pobladas.
— Greggy, tu eres menor de edad aún y tu padre y yo no somos compatibles –respondió la mujer colocando una mano en el hombro de su hijo.
— Haremos todo lo posible hijo –dijo el hombre de la bata-. Si me permites, debo hablar con tu madre a solas.
Los minutos pesaban siglos, los latidos de su corazón parecían explosiones capaces de derrumbar un edificio, la agonía para él no era nada comparada con su miedo. ¡No era tu maldita división! repetía furioso en su cabeza.
Con su madre medio dormida a su lado miraba pasar al personal del hospital, una chica de cabello pelirrojo oscuro y nariz respingada le sonrió un "todo estará bien", sólo alcanzó a ver unas cuantas letras del gafete de visitante que llevaba: Mo, para ser precisos.
— Pelirroja… -dijo en voz baja y al instante lo recordó, todo el ajetreo de las últimas le hizo olvidarse de Mycroft. Se quedó con ese imbécil de Tobias Gregson, pensó mientras se imaginaba a él mismo golpeando en la cabeza al rubio ese.
Tomó el celular, creyó que sería buena idea mandarle un mensaje a Mycroft más ni las palabras ni las ganas de hablar, vinieron a él; guardó el aparato al momento en que el médico salió de la habitación donde se encontraba su padre, el semblante serio le impedía saber la clase de noticia que le daría, un mal presentimiento se adueñó de él.
