Las cortinas de la habitación estaban corridas, el sol de una nueva mañana se asomaba con sus rayos dorados intentando traspasar la barrera de la tela verdoso oscuro que cubría las ventanas. El pelirrojo muchacho tomo su teléfono celular de la mesita a un lado de la cama, pulsó la tecla central encendiendo la pantalla y parte de su rostro, se decepcionó y preocupó al ver que Greg, ahora su novio, no le había enviado ningún mensaje.
Sentó su rechoncho cuerpo al borde de la cama y miró las manecillas de su despertador: 6:05 am. Se levantó y fue a la cocina dónde encontró a su madre preparando el desayuno. Se sentó a la pequeña mesa de la cocina, abatido.
— Buenos días cariño ¿qué sucede? –cuestionó la mujer.
— Me preocupa Gregory, no me ha llamado ni mandado mensaje.
— No siempre te dirá lo que hace.
— Ayer salió corriendo por algo de su padre, pensé que era una excusa, vi como se miraron él y Tobias y…
— Tengo hambre –balbuceó el hijo más pequeño entrando a la cocina- ¿Dónde está Barba Roja?
— Es de mala educación interrumpir Sherlock –señaló Mycroft mirándolo desde arriba.
— Cállate Fatcroft –dijo inflando las mejillas el niño.
— ¡Oh, por el amor de Dios, niños! –gruñó la madre llevándose las manos a la cintura.
— Lo siento –gimotearon ambos, enseñando la lengua al otro en cuanto la Señora Holmes se había dado la vuelta.
Se fueron a la escuela al terminar el desayuno y una vez terminado el replique de la campana del receso consultó nuevamente el teléfono sentado en su lugar preferido como de costumbre.
— Aún no te llama… -señaló una joven sentándose a su lado.
— Aún sigues llegando tarde –aclaró con una mueca de reproche el joven pelirrojo.
— Aún no trabajo para ti… Myc.
— Mycroft, Hormiga*, es Mycroft.
— Sabes que detesto cuando me llamas así –dijo mientras sacaba su celular y escribía un mensaje.
— Lo mismo digo.
— Bien, le he mandado un mensaje diciéndole que quieres hablar con él –volteó a ver a su amigo-. Ahora, ¿por qué se molestó?
El pecoso le contó lo sucedido, desde cómo se quedó en casa de los Lestrade hasta lo sucedido esta mañana al levantarse, claramente evadiendo los detalles privados de su encuentro en la habitación de Greg.
— ¿No te basta con Greg? –preguntó sorprendida Anthea.
— ¿De qué hablas? –se inquirió el otro.
— Tobias...
— Dios, Anthea –tosió casi atragantándose con un bocado de su emparedado- Tobias es sólo un amigo de un campamento de hace años.
— Pues supongo que eso fue lo que molestó a Greg, es decir, es tu novio y no le cuentas acerca de un tipo que conociste en un campamento, y da la casualidad que éste llega de la nada y te habla como si hubiesen vivido años juntos.
— El campamento fue cuando tenía unos 8 años, no es como si importara.
— Ya ves como a Greg si le importa… -cruzó los brazos-. No puedo creer que siendo el primero de la clase, de todo el colegio, no puedas ver algo tan simple como los celos.
— Vale, vale…
Mycroft sabía que no eran celos, era algo más en la mirada de Gregory, un ápice de preocupación, un poco de miedo, de pánico podría decirse. Una melodía atrajo la atención de Holmes, provenía del teléfono celular de su compañera y amiga Anthea.
— Es de Greg –dijo ella- dice: Lo siento Anthea, dile que no quiero hablar con él, no quiero verlo. Si quiere hablar que hable con el idiota cabeza de pájaro de Gregson.
— ¿Disculpa?
— Mycroft yo… ¿A dónde vas?
El pelirrojo se levantó de un salto con la mandíbula apretada y el rostro colorado, no iba a dejar eso de lado, ¿quién se creía aquél comportándose tan infantilmente?, decidió ir a casa de los Lestrade, no le importaba salirse de la escuela, sabía suficientes secretitos sucios del director como para que una pinta del colegio resultase tan inofensivo como llegar tarde a clase por el mal tiempo.
Corrió sin detenerse, la furia y la tristeza le impulsaban, el hecho de que la casa de su compañero estuviera relativamente cerca de su colegio ayudaba a su ánimo. Pasó árboles, esquivó personas y autos, por poco tropieza con un chico en patineta. Vio a una cuadra la fachada de la casa, al llegar tomó aire podía sentir las piernas como un par de fideos cocidos, llamó a la puerta y abrió la madre de Greg, ella le sonrió y él le devolvió la sonrisa.
— Hola Señora, me preguntaba si…
— Está en su habitación, pasa.
Cruzo la residencia y fue hacia la entrada de la habitación de Greg, estando ahora ante la puerta ya no se sentía molesto, eso o estaba más cansado de lo que pensaba. Pasó el umbral, estaba sombrío y silencioso, lo distinguió parado frente la ventana, mirando hacia afuera.
— Greg…
El pelicastaño se dio la vuelta, las lágrimas le rodaban por las mejillas, Mycroft jamás lo había visto así, ni siquiera la noche en que había escapado del hospital.
— Él… –dijo entre dientes- él lo prometió… ¡ÉL! –gritó golpeando la pared.
Una vieja foto colgada en la pared cayó esparciendo trozos pequeños de vidrio en el suelo. Gregory cerró los ojos recordando la noche anterior.
Él y su madre se levantaron de golpe al ver aproximarse al médico. El bigote del hombre del estetoscopio ocultaba su boca, una mirada de seriedad se desvió del suelo hacia los familiares del Oficial.
— Es… mejor que lo vean –dijo a pausas e indicó una puerta al final del pasillo-, es por allí, síganme.
Entraron en la fría habitación, la luz tenue de las lámparas dejaban ver unas cuantas manchas de sangre en el piso, las máquinas murmuraban indicando su labor, y divisaron el cuerpo del Oficial Lestrade tendido en una de las camillas. Se acercaron, Greg pudo ver el orificio profundo, amenazante y triste como una cueva en el pecho cubierto de un oscuro y espeso líquido, sintió un dolor en el mismo lugar donde la bala había ido a parar en el tórax de su padre. Corrió hacia él evitando la mano de su madre que intentaba hacerlo permanecer a su lado.
— Hola campeón –dijo sonriendo el hombre bajo la máscara de oxígeno-. No me queda mucho…
— Howard… -murmuró una mujer al otro lado de la camilla.
— No pongas esa cara mujer, me has visto en peores situaciones, esto es solo un pequeño rasg… ¡ay! –gimió de dolor al intentar levantarse.
— ¡Debías haberte quedado en tu lugar! –reprochó la esposa.
— Debía ayudar, no podía dejar que un criminal escapara… Intentaba ser un…
— ¿Un héroe? ¡¿Intentabas hacerte el héroe?! –sollozó con el ceño fruncido el muchacho.
— No, intentaba ser un buen padre –comentó soltando una risita jadeante- Gregory… son nuestras decisiones… las que verdaderamente importan…
— Papá…
— Yo decidí proteger a personas inocentes…
— No, por favor –suplicó al escuchar el pitido constante de la máquina frente a él.
— Haz lo mejor y decide ser feliz…
— Howa…
— Te amo linda…
— Eres un buen padre… -comentó Greg derramando lágrimas-. Lo eres… de verdad lo eres.
— Me alegro hijo –con la fuerza que le quedaba tomó la mano de su pequeño-, cuídala mucho Greggy…
El tenaz pitido se convirtió en un único e inacabable sonido, el médico intentó apartar a Greg mientras balbuceaba algo, todo en ese cuarto desaparecía dejando al pelicastaño, a su padre y al lacerante eco de la máquina, perdidos en el tiempo.
Abrió los ojos al sentir el calor del cuerpo de Mycroft y lo abrazó con todas sus fuerzas para que él no lo abandonase también. Entre más solo quería estar, más necesitaba la compañía de alguien, de aquél pelirrojo pecoso para ser exactos. Caminaron hacia la cama y tomaron asiento, el pelicastaño pasó una de sus mangas por sus ojos.
— Gregory, lo siento mucho –murmuró el pelirrojo.
— ¿Sabes? –comenzó, frunciendo las comisuras intentando hacer lo que parecía una sonrisa- Él trabajaba de más, le gustaba hacer bien su trabajo… Siempre llegaba ya entrada la noche y se iba lo más temprano posible… Un día él llegó con la nariz rota y el ojo morado, había impedido que le robaran a una anciana antes de llegar a casa… Oí su hazaña mientras mamá lo atendía, yo pensaba que él era como un súper héroe pero al verlo así… Fui al cuarto y baje con mi abrigo, iba ir a la comisaría para decirle a su jefe que papá ya no trabajaría… Papá no quiero que te mueras, dije –una risa lamentable salió de él-. Y él dijo: Greggy, papá no morirá, papá es fuerte… Lo prometo –las lágrimas volvieron a caer en sus manos temblorosas-. Le hice prometerlo Mycroft… ¡Él me lo prometió!
Se echó a los brazos del pelirrojo reviviendo el momento en que cubrieron a su padre con una manta entre tanto él gritaba ¡Lo prometiste! Lloraba en silencio meciéndose con los latidos del corazón de su amante y en unos instantes se quedó dormido. Myc se levantó despacio, tomó una manta roja de uno de los cajones de la cómoda y lo tapó. Salió un momento para avisar a su madre que no iría a dormir, ahora veía la casa de forma lúgubre, y en las sombras de la sala, en el sillón donde solía sentarse el Oficial Howard se encontraba su esposa. Afligida, con la mirada aún perdida en los recuerdos de su amado esposo, y un pañuelo en la mano, se levantó viendo a Mycroft frente a ella.
— Lo siento mucho Señora.
— Gracias Mycroft –dijo sonándose la nariz delicadamente- ¿Una taza de té?
— Por favor –respondió tomando asiento.
— Me alegra que hayas venido.
— Vine por otros motivos si me permite decir, pensé sinceramente que se había molestado conmigo.
— Greggy es muy reservado en cuanto a sus sentimientos, no lloró en el hospital sino hasta que llegó a casa y se encerró. Supongo que no quería que lo vieras en ese estado. Pobre de mí niñito…
— ¿Cuándo… cuándo será?
— Pasado mañana, será sencillo: unos cuantos compañeros y amigos.
Myc lo sabía de antemano, Gregory mencionaba solamente a sus abuelos maternos y que el Oficial Howard quisiera ser un buen padre y la forma en que apoyaba a su hijo… El zumbido de la tetera indicó que el agua estaba lista, él y la madre de su amigo tomaron una buena y tranquilizante taza de té esperando a que Greg despertara.
A la mañana siguiente Greg se despertó, creía habar dormido una eternidad, esperaba que lo sucedido fuese un mal sueño pero no era así; vio al pecoso recostado al otro extremo de la cama, le lanzó una almohada y al ver que se despertaba besó su frente.
— ¿No tienes que ir a la escuela? –cuestionó el más alto poniéndose unos lentes oscuros.
— ¿No deberías ponerte una chaqueta de cuero también? –contestó intentando no reírse, sabía por qué se ponía esas gafas, tenía los ojos hinchados de tanto llorar sin embargo, le sentaban bien, muy bien.
— ¿Eso te gustaría? –dijo caminando hacia su compañero que seguía acostado en la cama.
— Tal vez –un par de imágenes pasaron por su cabeza.
— Mycroft Holmes ¿acaso eso es una invitación?
— Quisieras –el color de su rostro era del mismo tono que el de su cabello.
— Lo de anoche… Lo del mensaje…
— Uno: no seas idiota…
— Yo… lo sien…
— Y dos: Néanmoins, je serai à vos côtés.
Bajaron a la mesa, el desayuno: huevos y tocino, estaba servido, el pelicastaño miró con tristeza el asiento vacío de su padre, nadie dijo nada, se limitaron a comer. Al terminar de fregar los platos, ambos chicos salieron a caminar, ninguno puso pie en el colegio ni hablaron con terceros, se fugaron buscando un lugar desolado para ellos, haciendo recuerdos para ignorar el sentimiento de vacío y para prepararse, sin tener conocimiento, para un difícil futuro.
Notas:
*Hormiga, en inglés: Ant. Como abreviación del nombre de Anthea.
