Había pasado más de un año, y Greg aún sentía un nudo en la garganta y un dolor en el pecho, como un golpe frío contra la carne caliente, al pasar por el cementerio. Ahí, bajo tres metros de tierra, descansaba el único héroe verdadero que él tendría la dicha de conocer: su padre. Recordaba el sencillo funeral dónde no hubo muchos invitados pero si muchas lágrimas que se confundían con las gotas de lluvia temprana que caían de un cielo plomizo y diurno. Su viuda madre sollozaba y él sólo se dedicaba a mirar el féretro, en silencio y sin llorar porque lo había estado haciendo desde hace varios días, tanto, que ya no podía soltar una lágrima más; se despidió de su padre sabiendo que no escucharía respuesta alguna y se marchó del lugar seguido por su pelirrojo amigo. Ninguno de los presentes dijo nada, ni durante el camino a casa ni en los siguientes días. Y ahora debía pensar, muchas cosas habían sucedido en su vida y necesitaba poner orden a sus asuntos.
— Irás a mi ceremonia de graduación ¿verdad Gregory? –preguntó con una sonrisa Mycroft, quién ya sabía la respuesta y se sentó en una banca al lado de su compañero.
— Por supuesto, no me perdería tu discurso –confirmó el muchacho moreno-. ¿Y tú irás a la fiesta de graduación de mi escuela?
— Tendrás que convencerme… -dijo con una sonrisa traviesa.
El pelicastaño se acercó más al pelirrojo y besó su peca favorita del cuello de su amigo, sabía de antemano que eso era irresistible para Mycroft. Pasó su húmeda lengua e hizo un lento viaje con ella hacia la oreja del pecoso, a Greg le divertía verlo estremecerse de esa forma.
— Creo que esa no es buena forma de convencer a las personas, cariño –dijo una voz a sus espaldas.
— Ma…mamá… -se sorprendió el chico castaño- yo… estábamos…
— Si, si, cariño -dijo la mujer entre risillas-. Mycroft, tu mamá llamó, dijo que tenías que regresar a casa ahora.
— Claro, gracias Mrs. Lestrade –sonrió el pelirrojo.
Holmes tomó sus cosas y se dirigió a casa, detestaba que le hicieran regresar antes, entre semana casi no veía a Greg por todo el asunto de la escuela, los exámenes y la graduación, y ahora ¿los fines de semana también? Caminó molesto por el jardín al llegar a casa sin dejar pasar la oportunidad de demostrar su enojo azotó la puerta, y vio a su madre regando sus precisadas rosas; esa imagen, de ella con esa sonrisa de felicidad, hicieron que desvanecieran un poco sus emociones caóticas, tomó aliento y se calmó un poco.
— Madre…
— Myc, mi vida –dijo ella dejando en el suelo la regadera de color amarillo- llegó la carta.
— ¿Ya? ¿Tan pronto?
— No pareces contento, hice lo que me pediste…
— Es solo que había olvidado ese asunto, aún no se lo digo –los ojos de Mycroft pasaron de su madre al suelo.
—Cariño, tu graduación será pasado mañana, deberías…
— Lo sé, madre, lo sé.
Entraron a la casa para abrir el misterioso sobre, Mycroft sabía de antemano lo que anunciaba, era obvio pero aún así dio a su madre la oportunidad de ver su cara de felicidad ante buenas noticias. No fue necesario decirle a ella que necesitaba un tiempo a solas para meditar algunos asuntos personales después de tan "lindo" espectáculo, le había dado gusto, ahora la dama le regresaría el favor. Guardó el sobre en el bolsillo de su pantalón y subió a su recámara, la ordenada habitación era su guarida, nadie entraba sin su consentimiento, ni siquiera su madre; se dirigió hacia su closet y se hincó para sacar una pequeña caja de madera, tomó el pequeño paquete rojo, la caja de cerillas y el viejo cenicero de su abuelo que estaban dentro y se sentó en el suelo al lado de su cama. "¿Cómo le diré?", pensó. Se colocó uno de los cigarrillos previamente tabaqueados en la boca, corrió la cabeza del fósforo sobre el papel de lija, la llama bailoteó hasta llegar al extremo del cigarro, pronto, el humo inundó la habitación y los pensamientos del pecoso.
Mientras, en la casa de los Lestrade, el pelicastaño caminaba alrededor de la sala en profundo silencio, su madre la miraba desde un pequeño sillón aterciopelado. El muchacho iba de un lado a otro, paraba de vez en cuando y miraba hacia arriba, como si buscase algo en techo de su casa.
— Bien, lo diré en la fiesta –dijo por fin.
— ¿Crees que es necesario, hijo? –preguntó angustiada su madre.
— Bueno, si estaremos juntos por un largo rato la gente comenzará a hablar así que al mal paso darle prisa…
— No sólo estamos hablando de ti Greggy sino también de Myc. ¿Ya has pensado en cómo le afectará a él?
— No… pero…
— Pero nada –refutó la mujer-. Ya no eres un niño, Gregory Lestrade, deja de actuar como tal y piensa bien las cosas antes de hacerlas.
— Mujer, entonces deja de tratarme como a un niño.
El joven pecoso temblaba en el asiento del auto, contenía las ganas de tomar la mano de su amigo sentado al lado, podía notar la mirada del chofer que iba de él a Gregory, como si esperara a que hicieran un movimiento en falso. Comúnmente no tenían miedo de demostrarse afecto en público, un abrazo, cosquillas o un beso en la mejilla, pero sólo cuando eran pocas las personas alrededor y cuando éstas no harían alguna mención de lo ocurrido.
— Holmes ¿en serio tengo que usar corbata de moño? –preguntó Greg rompiendo el molesto silencio.
— Si, es un evento formal, en el colegio tenemos reglas de vestimenta.
— Pero no asisto a tu colegio.
— Pero tampoco eres un adulto.
— Me acabo de graduar de la preparatoria hace unas horas, creo que eso me hace lo suficientemente adulto para llevar una corbata.
— No, no lo hace –una risa se dejó escapar de los labios del pelirrojo.
— Pff –musitó el pelicastaño cruzando los brazos.
El magnífico auditorio estaba repleto por estudiantes ataviados de trajes negros y pajaritas a juego. "Uno podría jamás ser encontrado aquí", se dijo Greg. Ambos jóvenes se dirigieron por el pasillo principal y se sentaron en los primeros asientos de la fila.
— Pensé que se sentarían por orden alfabético… -susurró Greg al oído de Mycroft.
— Así es, pero como daré el discurso final debo de sentarme cerca del escenario.
— Osea que me dejarás solo.
— Por un breve instante, y shh que ya va a comenzar.
El último pase de lista, la entrega del pergamino, las aburridas palabras del director, y el entretenido y solemne discurso de Mycroft, fueron el itinerario de la noche más larga de Gregory Lestrade.
Esperó a que su amigo terminara de estrechar la mano de algunos de sus compañeros para poder hablar seriamente con él. No sabía cómo iba a decírselo, ni tenía idea de cómo reaccionaría el pecoso pero si de algo estaba seguro era de que él comprendería.
— Felicidades –comentó Greg sonriendo.
— Gracias –dijo el otro.
— ¿Podemos irnos?
— Solo pasemos a mi casa para cambiarme… ¡¿Qué haces?! –preguntó sorprendido Holmes cuando Greg comenzó a sacarle la camisa del pantalón.
— Arreglándote –aclaró removiendo el odioso moño del cuello de su amigo-. Así estás perfecto para una fiesta post-graduación de escuela pública.
— Pudiste haberme avisado…
— Si, pude… -rió.
Unas chicas que habían visto el espectáculo rieron por lo bajo mientras ambos chicos salían, un poco colorados, por la puerta principal. Fueron directo a la escuela de Greg, bajaron del auto y se apresuraron a entrar. El tema de la noche era "bajo las estrellas", y con el techo cubierto con estrellas plateadas, luces brillantes y un montón de serpentinas, se acomodaron en las sillas más alejadas del bullicio para poder platicar.
— ¿Y qué te parece? –preguntó el pelicastaño.
— Interesante… Pero eso no es de lo que quieres hablar ¿cierto?
— Me atrapaste… -suspiró-. Escucha, llevamos un largo tiempo juntos y la verdad es que estar contigo es de las mejores cosas que me han pasado pero no puedo… no podemos…
— ¿Seguir escondiéndonos?
— ¿Cómo?...
— Tomarme de la mano e intentar besarme frente a terceros, invitarme a las múltiples fiestas de tus amigos, que te molestes cada vez que digo que sólo somos amigos…
— Y la playera de colores que compré no ayuda ¿cierto?
— Aún, no estoy listo Gregory… -admitió Mycroft fijando la vista en sus manos- Quiero trabajar en el gobierno, se que suena estúpido pero si se sabe algo así de mi tendré pocas oportunidades de alcanzar el puesto que quiero, tú estás listo pero…
— Pero tu no.
— Ni los demás…
Se vieron el uno al otro con indecisión, había más por decir, la tristeza y el miedo se podían distinguir en sus miradas; el oji-verde tomo aliento, confirmó que las miradas no estuvieran sobre ellos y tomó con suavidad la mano del moreno.
— Fui aceptado, Gregory… me iré en un par de semanas.
— Bueno, felicidades de nuevo –expresó Greg alegremente, intentando encubrir el breve instante en que su mano se aferró a la de Mycroft-. Era obvio que serías aceptado, digo, eres Mycroft Holmes.
— Se que no…
— Estoy feliz, Mycroft, por ti.
— ¿Qué harás?
— Ingresaré a la policía ¿recuerdas? –señaló- y cuando menos te lo esperes seré…
— El Detective Inspector Gregory Lestrade –dijeron al unísono.
— Tengo una idea, espérame afuera del gimnasio –dijo Greg dejando a su colega y adentrándose en el mar de chicos que bailaban una estruendosa canción.
Minutos más tarde Mycroft lo vio regresar. El moreno le hizo una seña para que le siguiera a uno de los salones vacíos. Entraron, Greg movió unos cuantos pupitres y colocó al pecoso en medio del aula, se puso frente a él y esperó. Pasaron unos instantes y la ruidosa música fue sustituida por una sosa balada de los sesenta; los chicos se vieron sin poder contener las ganas de reír. Lestrade tomó la cintura de Mycroft y éste se dejó guiar por el ritmo de su compañero por un momento todo parecía inexistente: el baile, la universidad, el pasado, todo. La canción dejó de sonar y se miraron extrañados, eso era lo más tierno y raro que habían hecho hasta ahora.
Las semanas se fueron volando, Mycroft y Greg intentaron pasar juntos todo el tiempo posible, inclusive el último día "libre" de Mycroft el pelicastaño se quedó a "dormir" en casa de los Holmes. Y con el desconsuelo firmemente oculto en lo más profundo de su ser el moreno acompañó a la familia de su querido oji-verde a la estación porque sabía de antemano que entre más tiempo tomara toda esta ceremonia de despedida, más duro sería para él, mejor dicho, para ambos, decir adiós.
— ¿Nos permiten un tiempo a solas? –pidió el pecoso a sus padres.
— Claro, hijo -respondió el hombre dejando una de las maletas en el suelo y llevándose a su mujer.
— Mycroft…
— Ni te atrevas a decir esa palabra Gregory Lestrade… -comentó amenazándole con el dedo índice al chico que tenía enfrente.
— Como si fuese fácil decirlo –declaró Greg con un hilo de voz.
— No te desharás de mí tan fácilmente…
— ¿De qué hablas?
— Hablo de que vendré en vacaciones –continuó el pecoso-, no me iré para siempre. Aparte ¿crees que malgastaría la oportunidad de venir a verte y de pelear con mi pequeño hermano?
— Yo sé que no –sonrió-. Espero que hayas cerrado bien tu habitación, Sherlock estará sin vigilancia mientras estés fuera.
— Eso es obvio pero tú lo cuidarás, le agradas en cierto modo.
— Por cierto… -dijo el pelicastaño abriendo la maleta que estaba a sus pies- esto es para ti. Un pequeño obsequio para que me recuerdes cuando veas a esos tontos universitarios… Sin ofender.
Mycroft rasgó la cinta traslúcida que mantenía unidos los pliegues del papel de regalo y de la caja sacó una bella sombrilla azabache con su nombre grabado en el mango.
— Es hermosa… no, no debiste, Gregory.
— Vamos, ya era hora de que tuvieras una nueva, la otra estaba en feas condiciones… Y Sherlock la usó de espada y le rompió el mango anoche.
— Si, me di cuenta cuándo se ofreció a empacarla él solo.
— Bien, si continuamos con esto tu transporte partirá, así que…
— Gregory…
— Hasta pronto Mycroft, te estaré esperando –declaró Lestrade con una sonrisa fingida.
— Hasta pronto querido mío –dijo Mycroft besando los labios de su amado.
Unos cuantos alcanzaron a ver algo, uno que otro transeúnte quedó asombrado por la desvergonzada muestra de afecto, los otros ni siquiera supieron lo que sucedió; Greg Lestrade dio media vuelta para dar una reverencia, salir del escenario y terminar con otro acto de la cruel obra llamada vida.
