Su primer impulso era el de separarlos y golpearlos hasta desquitar su furia enjuagada en lágrimas. Sin embargo, sin quitar su mirada esmeralda de ellos, guardó silencio y escapó se ese lugar.

Dicen que el tiempo se detiene cuando la esperanza desaparece, para Mycroft Holmes el mundo había dejado de girar. Sus ojos le mentían, estaba tan seguro de eso que inclusive estaba dispuesto a regresar y confirmar era una cruel ilusión creada por su subconsciente pero, para su desdicha, la agitación en su estómago le confirmaba la verdad.

Greg se vistió como pudo y salió tras el pelirrojo. Su voz se mezclaba con el tumulto de los autos, divisaba a Mycroft a lo lejos, corrió gritando el nombre del pecoso pidiéndole que regresara. Holmes dejó de caminar, debía encarar la situación, necesitaba una explicación por más absurda que esta fuese.

— Holmes… yo –dijo agitado.

— Di lo que tengas que decir en tu defensa, Gregory.

— Yo… no sé que decir…

— Bien, en ese caso… Me voy.

— ¡No fue mi culpa!

— ¡Tienes tanta culpa cómo él! –sentenció el oji-vierde.

— ¡¿Qué hay de ti?!

— ¡¿De mi?!

— Fuiste tu el que me engaño a mi en primer lugar.

— Jamás, Gregory.

— No juegues conmigo. Te llamé ¿sabes? pero quien contestó fue un tipo diciéndome que te habías acostado con él.

— ¡¿Estás demente?!

— ¿Demente? Mojado, caliente, sin pantalones en mi cama, ¿te parece demente?

— Dios, Gregory, entendiste mal… -explicó intentando mantener la calma-. Estaba enfermo, empapado de pies a cabeza; Magnussen sólo cuidó de mí.

—… -Greg pasó saliva.

— ¿Por qué simplemente no preguntaste?

— E-estaba herido…

— ¿Y eso te da derecho de acostarte con alguien más?

Lestrade guardó silencio, comprendió que aquel miedo que tuvo mientras salía con Tobias no era más que culpa por haber traicionado a Mycroft. Cualquiera que pasara podría creer que Holmes estaba temple y sereno pero el castaño no; él veía la decepción en aquellos ojos verdes, notaba el puño tembloroso guardado en su bolsillo, la había echado a perder.

— Mycroft…

— Cállate, no lo digas –sollozó el pecoso. Un hilo de dolor se dejó oír en su voz-. Mi nombre suena como un insulto en tus labios.

— Déjame explicarte –suplicó el moreno.

— Sólo dime, ¿sientes algo por él?

—… -no contestó.

— No te atrevas a hablarme –pidió un taxi-. Adiós.

Subió al auto y esperó a estar de regreso en la universidad para desahogarse. Dejó sus cosas y salió al centro, debía despejarse, olvidar esas imágenes, sacar todo esa basura emocional. Entró a un bar y pidió una botella de whiskey; vaso tras vaso, pena tras pena.

— No lo necesito –se decía en voz alta-. Es un verdadero idiota… No, no es verdad –gimoteó-. Yo soy el imbécil que no vio las señales, que confió en él ciegamente… ¡Ay! ¡Por favor, Mycroft! Escúchate, hablando como una mujercita despechada.

— En efecto, pastelito –aclaró Magnussen con una sonrisa burlona-, eres una mujercita despechada.

— ¿Qué deseas?

— Un trago o dos.

— Ahí –dijo señalando la barra- te dan alcohol a cambio de dinero.

— ¿Quién diría que Mycroft Holmes tenía que estar ebrio y destrozado para ser gracioso?

— No estoy destrozado…

— Oh, claro que no lo estás… -rió-. ¿Qué hizo el tipo? No me digas que te puso el cuerno con otra… No; espera, con otro, ¿cierto?

— Lárgate.

— No pareces sorprendido de mi capacidad deductiva.

— No me sorprende, por algo te temen la mayoría de los profesores aquí.

— Me impresiona, Holmes.

— Anda, si no te vas a ir mínimo no hables.

— Bien –dijo haciendo una seña para pedir un vaso.

Decidido a olvidarse de lo ocurrido apagó su teléfono y borró la línea del compañerismo que existía entre él y Magnussen. Precisaba de un amigo y aunque no le gustase admitirlo, su compañero americano era lo único que tenía.