Con el estómago vacío por haber vomitado durante toda la noche se levantó de su cama; si bien había probado cosas peores, la resaca era lo más horrible por lo que había pasado. Saltó las piernas de su compañero, quien se encontraba postrado cómodamente en su sillón y salió rumbo a la cafetería, un café y un par de aspirinas le ayudarían a despejar su cabeza pero sabía que requeriría más que eso para olvidarlo.

Caminó por el parque mientras bebía su café; admiraba el paisaje otoñal, las personas a su alrededor le parecían insignificantes, prefería ignorar cada aspecto y movimiento de los transeúntes que le recodasen a su ahora exnovio.

— Deberías considerar no apagar el teléfono si no quieres que alguien se preocupe –señaló una voz femenina tras de él.

— ¿Qué haces aquí, Anthea?

— Greg me contó lo ocurrido, traté de hablarte anoche pero…

— No hay nada que decir, puedes regresar a casa si así lo deseas.

— ¡Deja de comportarte como un crío!

— ¡¿Qué quieres que haga?! ¡¿Qué lo perdone?! ¡¿Qué le diga que todo está bien y que me engañe cada vez que se sienta mal?!

— Sólo…

— Sólo vete.

— Todos cometemos errores, Mycroft. Todos merecemos una segunda oportunidad, incluso sólo para contar nuestra versión de los hechos.

Anthea tomó camino de regreso, Mycroft prosiguió con su dolor y con su café ahora casi frío. Siguió su camino y se dijo a si mismo que lo que había pasado, con Gregory y con Tobías, no tomaría las riendas de su vida, no lo permitiría. No ahora. Regresó a su habitación añorando tomar una ducha y después otro café.

— Un fin de semana igual que los anteriores ¿cierto?, salvo por el hecho de que tú y tu novio rompieron, y se ve que aún tienes resaca –señaló Magnussen riendo por lo bajo al umbral del cuarto de Mycroft.

— ¿Qué quieres ahora?

— Ver si necesitas helado, pañuelos y las películas de comedia más románticas de América.

— Eres Increíble...

— Lo sé –bromeó el de lentes.

El pelirrojo entró a su habitación pretendiendo no oír los comentarios de su compañero y se dispuso a cerrar la puerta. El zapato color azabache de Magnussen se interpuso entre la puerta y el marco de ésta.

— Anda, Myc, sé que no somos los mejores amigos pero me da pena verte así.

— Bien –resopló dándose por vencido-, entra antes de que alguien te vea.

En tanto, Gregory dejaba mensajes de voz, de texto, y correos desesperados en el teléfono de Mycroft. Pasó sus manos por su cabello castaño, las ojeras se veían ahora más notorias a pesar de haber pasado una noche en vela y no más.

Recargó su cabeza en la almohada, recordó la vez que Mycroft había pasado con él la noche. Inexpertos, ansiosos, con miedo. Cerró los ojos, necesitaba dormir aunque fuese una hora, no podía llegar con esa pinta al trabajo.

— Arriba, Greg –pidió una voz familiar.

— No quiero –sentenció.

— Eso debiste decir cuando Tobías te incitó.

— Anthea… ¿Hablaste con él? ¿Me perdonará?

— Claro, también dijo que usaría un vestido blanco y vendría a pedirte matrimonio mañana en la mañana.

— Comprendí, no tienes que ser tan cruel.

La joven rió únicamente para evitar que una sonrisa entristecida se formara en su rostro. Sabía de antemano que pasarían meses, como mínimo, para que Mycroft considerara hablar con él. También sabía que Greg estaba realmente arrepentido, que todo había sido un cruel y triste malentendido. Abrazó suavemente a su amigo y susurró un "Tranquilo, todo saldrá bien".

Tobias entró bruscamente a la habitación. Dios, ¿aún tiene el descaro de venir?, pensó Anthea furiosa.

— ¿Cómo estás? –preguntó el rubio, tocando la espalda del moreno.

— No tenías por qué venir –respondió.

— Estaba preocupado y…

— Lo digo en serio, no tenías por qué venir –interrumpió molesto-. No tenías por qué meterte en mi vida, no tenías por qué meterte en nuestras vidas.

— Greg… -Anthea podía ver la preocupación en los ojos del Tobias y así mismo el brillo en sus ojos, brillo que sólo había visto en los ojos verdes de Mycroft cuando hablaba de Greg, y claro, cuando no estaba el presente-. Él tiene toda la culpa pero no tienes por qué comportarte como un bárbaro.

— No me interesa –señaló al chico-, y tú deberías irte y no volver.

— Te amo ¡lo sabes bien! y tú me amas igual. Mycroft no te merece, Greg.

— No tienes derecho a mencionar su nombre.

— ¿Y tú sí? –cuestionó la chica. Era dura pero el pecoso era su amigo y ellos apenas y sabían una pequeña parte de su vida.

Hubo un silencio incómodo. Greg tragó saliva, ambos tenían razón, no merecía mencionar el nombre de su amado, y si bien no era amor, sentía algo por el rubio. Se llevó las manos a la cabeza, desesperado. Tomó su chamarra de cuero y salió de allí.