Miró encima de su hombro, el reloj en de la mesa al lado de su cama marcaba las 3:00 am, era la tercera noche que no podía conciliar el sueño. Se calzó sus zapatos deportivos y vistió la ropa que solía usar para hacer ejercicio.

Hace algunas semanas había encontrado al quien se suponía era el amor de su vida con un tipo que se suponía era su amigo. Últimamente usaba mucho esas dos palabras, pues nada salía como debería haber salido. Bufó casi en silencio, tal vez no le importaba que lo descubriesen saliendo del edificio a esa hora pero si le interesaba no despertar a nadie, si es que alguien dormía a esa hora en época de exámenes finales.

Recorrió el parque trotando, el lugar se veía deshabitado salvo por un tipo que corría al lado de un perro San Bernardo, y de un par de chicos fumando cerca de un árbol. Pensó en que era muy temprano para salir solo, tal vez el siguiente semestre intentaría unirse al grupo de lucha o de karate, para aprender algo de defensa personal como su hermanito. Sherlock asistía, cuando no era castigado, a clases de esgrima y de boxeo, podría aprender algo de su hermano menor. Sonrió intentando imaginar al chico golpeando a un brabucón del doble de kilos, y pronto se vio pasmado ante un fantasma.

— Sher… -musitó en trance.

— Hola, Mycroft. Tiempo sin verte –pronunció una voz suave.

Mycroft corrió en busca de los brazos de su hermana. Si lo vieran sus compañeros en este momento tan sentimental y privado, si lo viera Charles o peor aún, Sherlock, dirían que se había suavizado. Tomó compostura y sonrió.

— ¿Qué haces aquí? Digo, no estabas en una misión o algo así.

— Creí que ya era necesario ver a mis hermanitos –suspiró. Miró disimuladamente la cafetería al frente del parque-. ¿Un vaso de leche?

— No tengo 5 años.

— Cierto. Vamos, tal vez te sirvan whiskey.

Escogieron el lugar más privado, al fondo. Mycroft pudo ver en los ojos de Sherrynford compasión y en su voz, que le recordaba en cierta forma a la de su madre, preocupación. Bajó la mirada y leyó el menú provisto de tenues manchas de café.

— Sólo té –dijo ella-. Café y huevos para él –re apresuró a decir.

— No tenías que hacerlo –protestó después de que la camarera se hubiese ido.

— Charles me dijo que últimamente no habías estado comiendo bien.

— ¡¿Qué?! ¿Has halado con él?

— El fue quien contestó la vez que hablé a tu habitación en la universidad. Dijo algo de una ruptura y que te habías desmayado en la biblioteca.

— ¿Mencionó que es un chantajista y un mentiroso patológico?

— Mycroft, me preocupas y no únicamente a Mí. Mamá y papá…

— Estoy bien, Sherry.

— ¿Siempre sales a caminar a las 4 am?

La joven de cabello marrón colocó los platos frente al pecoso y dejó las tazas preparadas. Sonrió a ambos y se deslizó a la cocina. Mycroft comenzó a comer después de jugar un poco con lo que parecías ser champiñones. No sólo había preocupado a Anthea o a sus padres sino también a su hermana, podía sentir sus ojos húmedos y sus manos temblar.

— No importa mucho lo de Greg… -dijo la chica de cabello rojizo-. Lo que quiero decir es que no todo sale como lo planeamos. Se supone que tendría un asenso pero no, se supone que iría para navidad a casa pero habrá un estúpido programa de re-adiestramiento en…

— ¿No pasarás navidad en casa?

— No –suspiró-. Mycroft, no podemos manejar todo a nuestro antojo, incluso a nosotros mismos, a veces nos hacemos soportar todas las presiones porque no queremos llorar en la ducha pero eso no es bueno. Es mejor dejar que las cosas se den… Confiar en el destino.

— ¿Te dan algo en el ejercito?

— Lo que digo es que, cuando no puedas con todo esto deberás dejarlo ir. Si no puedes con algo arreglarlo, si no puedes arreglarlo, cámbialo y si eso no sirve, déjalo ir.

— Extrañaba las conversaciones filosóficas…

Salieron del lugar. Sherrynford disponía de unas horas hasta regresar a su hogar y las utilizó para pasear por los alrededores, ahora más claros, del campus de su hermano. Se despidió a media tarde y lo dejó frente a la entrada del edificio.

El pelirrojo se puso a meditar las palabras escuchadas anteriormente. En efecto lo de Gregory era un problema pero por su tímida personalidad no podría cambiarlo, y ya estaba en la irremediable opción de dejarlo ir aún sin haber pensado en arreglarlo. Era de esas veces en las que sentía que todo estaba mal con él. De aquellos momentos por los que pasó antes de conocer al chico de cabello y ojos castaños con el que ahora se encontraba molesto.

Tomó el teléfono y marcó el número de que marcaba más de 20 llamadas perdidas, el contacto que había dejado llena la bandeja de entrada desde hacía días. Escuchó su voz, tembló inconscientemente; su instinto decía "cuelga, imbécil" pero en su cabeza sudorosa flotaban las palabras de Sherrynford.

— Debemos hablar –dijo intentando disimular el enojo y el nerviosismo que peleaban en su estómago y cuyos golpes se escapaban por la boca.

— Holmes, lo siento, créeme.

— Me lo explicarás después, el sábado para ser precisos –señaló-. Sé que estarás libre. A las 8 en punto en la cafetería que está por el parque. Es la única así que dudo que te pierdas. Adiós.

Colgó inmediatamente, se sentía valiente casi indestructible, emocionalmente hablando. Miró a través de la ventana de su cuarto, el gris temple de un día de invierno desaparecía bajo el manto rojizo del atardecer. Todo parecía cálido, brillante, aunque fuese por ese instante.