La siguiente mañana se hizo presente cálida por el sol. Las manos del pecoso temblaban mientras se dirigía hacia la cafetería. Ya era tarde, pasaban 10 minutos de la hora programada, pero merecía esperar el bastardo aquel. Miró la puerta a unos cuantos metros de distancia ¿estaría ya ahí? ¿Se habría ido al no haberlo visto a la hora que acordaron? ¿Por qué sentía el corazón latiendo en la garganta?

Tocó el pomo de la puerta, y la valentía que moraba en su pecho, con la que había llamado el día anterior, desapareció. Regresó por el camino que había tomado, se sentía temblar, cansado tiró su cuerpo en una de las bancas del parque.

— Mi lindo Myc… -dijo el joven de gafas-. ¿Ya arreglaste tus asuntos amorosos?

— Cállate, no me siento bien.

— ¿Eso es un no? –preguntó tomando asiento.

— ¿Cuál es tu interés en esto? –inquirió molesto el pelirrojo-. No somos amigos, ni compañeros, eres un maldito egocén…

— Quiero verte feliz –sonrió.

Holmes enmudeció. Esperaba cualquier otro comentario menos ese. Se quedó en silencio esperando la continuación de aquella frase.

Magnussen volteó a verlo, la sudadera empapada en sudor lo hacía ver un poco más afable.

— C'mon Mycroft, puedo parecer un maldito egocéntrico pero me agradas, y por tal me gusta verte feliz. Extraño al viejo Mycroft Holmes, que podía desafiar mental y escolarmente –sacó un paquete de cigarrillos y llevó uno a su boca. El humo ascendió, ofreció uno a su compañero-. Aunque admito que cuando estás ebrio eres más divertido.

— Eres un imbécil –rio Mycroft.

— Vámonos, Myc…

— ¿Qué? –la ceniza acumulada en la punta del cigarrillo cayó.

— Acompáñame a Nueva York estas vacaciones –dijo-. Ya lo dijiste anoche. Tu hermana no va a ir a tu casa, tus padres querían asistir a la fiesta del Primer Ministro, no quieres tener que lidiar con tu novio, ¿exnovio?... Es perfecto.

— No… yo no estoy seguro…

—– Será divertido. Imagínalo, tu y yo, en la Gran Manzana, visitando museos y librerías, paseando por Central Park -susurró a su oído-, pastelito…

— ¡Sí, está bien! ¡Sólo no te acerques así a mí! –gritó riendo, tapándose las orejas con las manos.

El cigarrillo descansaba en el suelo, el aire se volvía más fresco a pesar de que los rayos del sol iluminaban a los chicos que iban de regreso al campus. Mycroft había olvidado la reunión con Lestrade, su mente estaba en el viaje a América mientras que la de Greg sólo podía pensar en que a Mycroft se le había hecho tarde o, tal vez, había olvidado que la reunión sería este sábado. Consultó el teléfono, dudó en llamarle o mandarle otro texto.

— ¿Listo para ordenar? –preguntó la joven con delantal banco y cabello rubio.

— ¿Podrías esperar otro momento? –sonrió melancólico.

— Claro –devolvió la sonrisa la chica.

Ya pasaba de las nueve, era más que obvio que el pelirrojo no llegaría. La taza de té frío que reposaba en la mesa lo confirmaba. Pero no quería irse, no podía irse, si bien se sentía cansado y culpable y el mal sabor de boca aún no se le quitaba, todavía, en lo más profundo de su pecho, quedaba la suficiente esperanza para seguir esperando.

— Quien bien te quiere, te hará sufrir –señaló la chica rubia desde el mostrador-. Y si le amas podrás aguantar pero cuando algo te duele, debes tomar un descanso.

Lestrade se quedó pensando, mirando la taza de té. Era el único en el lugar y los fieles clientes no tardarían en llegar, aún no era tarde para los especiales del desayuno.

— Es lo que decía mi madre…

— ¿Cómo sabes que… -un hombre de mediana edad entró con periódico en mano.

— Tu mirada pasa de la ventana a tu reloj, y del reloj a tu teléfono –tomó asiento la joven-. La estás esperando y ella, supongo, no va a venir.

El pelicastaño no respondió. Se sentía demasiado estúpido y avergonzado.

— Dale tiempo, date tiempo… A veces necesitan alejarse para comprenderse.

El viejo llamó a la chica desde la distante mesa. Más personas comenzaron a llegar y la chica comenzó a servir café. Mary, dime que hay panqueques aún, dijo el viejo tras el periódico. Gregory volteó hacia la chica, mostró la billetera y ella negó con la cabeza. Cortesía de la casa, pronunció; el ruido sólo permitió al castaño leer esos labios rosas, y con una sonrisa se despidieron.

El parque lucía peculiar. Tomaría el camino más largo a la estación y se dedicaría a descansar el resto del día, tal vez, entrenaría un poco. Dejaría que su amado descansara de esta desgraciada situación. No exigiría mucho, no se podía dar ese lujo, pero si intentaría arreglar esa situación, a toda costa, por todos los medios disponibles. Lo amaba, y esa era su única razón.