Viernes 15 / Sábado 16 de noviembre: Ni tan malo

—Es todo por el día de hoy, pueden retirarse.

El salón se sumergió en una pequeña algarabía protagonizada en su mayoría por pupitres y mesas en movimiento. Los estudiantes se aglomeraban en enormes grupos, elevando más y más la voz a medida que se iban juntando y alejando. Todo parecía estar perfectamente bien de esa manera, ni siquiera el mismo profesor, tan estricto y recio que era, dijo nada. Simplemente recogió sus cosas con toda la calma del mundo y desapareció del lugar. Era viernes, después de todo.

—Este día sería particularmente perfecto si no tuviéramos que desperdiciarlo viendo clases con el profesor Berwald. Pero no todo puede ser tan ideal— recordó que mencionó hasta con añoro uno de sus compañeros de clases mientras iban saliendo del salón.

—¿Podemos no hablar de él, por favor? Ya tengo suficiente con los cinco días enteros en la Academia.

Suspiró. Con dos semanas de haber llegado a la Academia la gente seguía hablando del profesor de física, Berwald Oxenstierna. Sabía que era sueco, ridículamente alto, pálido y de mirada tan pero tan clara y fría, que daba miedo. Mucho. Además de que la mayor parte del tiempo casi ni hablaba más que para dar las clases, y su manera de actuar y gesticular parecían ubicarlo en un universo aparte, bastante alejado del que ellos compartían. Para colmo, recientemente se vio involucrado en un pequeño altercado ocurrido en el Laboratorio con un estudiante suizo, lo que terminó consagrándolo como monstruo-devora-estudiantes si se le atrevía a desafiar. Así de exagerados eran sus compañeros.

A Tino personalmente no le interesaba mucho el chisme del momento, aunque sí veía clases con él unas dos o tres veces por semana. Tenía la impresión de caerle mal o algo, ya que había ocasiones en las que le miraba penetrantemente luego de revisar sus tareas o exámenes; ni qué decir de las intervenciones en clases. En fin, que a veces temía por su récord académico en la materia más que por lo escalofriante del profesor, así que prefería dialogar con él lo menos posible. No vaya a ser que terminara enojándole mucho como para que mandase al caño su calificación, aun sin saber qué era lo que odiaba de él.

Una vez fuera de la Academia, estando ya en casa, decidió que no tenía ganas de socializar mucho este fin de semana. Una pequeña salida al parque y las largas horas de sueño que invertiría serían más que suficientes para cubrir su cuota de bienestar semanal. Así, comió y se descalzó temprano, cayendo rendido poco antes de la medianoche para despertar casi tan rápido como el desayuno que se terminó sirviendo en apenas cinco minutos una vez fuera de sueño. El baño y la ropa ya eran otra cosa.

Terminó saliendo alrededor de las diez. El día estaba particularmente despejado, sin nubes, con el sol calentando lo suficiente como para no asarle la piel. El parque estaba repleto de gente, como todo sábado, así que continuó adentrándose más en él hasta que el número de camperos, parejas debajo de árboles, niños, perros y señoras alimenta-palomas con migas de pan disminuyó considerablemente. Lo único que quedaba a la vista eran árboles, un par de banquetas y el pequeño lago que estaba justo frente a ellos. Tomó el primer tronco seco que apareció para acomodarse un poco, y no pasaron ni tres minutos cuando correteó entre sus piernas una pequeña bola de pelo blanca.

—¿Eh? ¿Estás perdido, pequeño? No pareces ser de por aquí...

Tomó a la pequeña pelusa entre sus brazos, era un perro muy pequeño. No pudo contener la urgente necesidad de apretujarlo contra su cara para darle pequeños besitos, ¡era tan adorable! Le recordó mucho a una perrita que tuvo en su infancia llamada Hanatamago. El perro parecía lleno de vida, moviendo la cola sin parar y ladrando dos veces, en respuesta a los mimos que le proporcionaba el muchacho.

—Ah, y yo que no traje algo para darte. Ojalá pudiera llevarte a casa, moi...

Estaba un poco triste, adoraba a los animales desde que tenía memoria, ya que vivió y creció con ellos en la granja de su familia. El problema es que cuando cumplió los 12 sus padres vendieron todo y optaron por vivir en algún lugar más cercano a la ciudad, así que ya no pudo tener ningún tipo de mascotas ni estar con otros animales. Ése era su idilio de vida. El can le miraba con ojitos brillantes, mientras permanecía tranquilo entre sus brazos; si sus amigos le vieran ahora mismo con el perro probablemente se estarían burlando de él por andar de sensible con cosas tan triviales.

—¡Beeeeeeeeeeeeeen! — gritaron de repente — ¡Con que ahí estabas!

— ¿Ben?

Giró entonces su cabeza hacia el camino de la derecha. Un niño corría enérgicamente hacia donde él estaba, levantando polvo y piedrecilla a su paso. No pasaría de los diez años, aunque con la ropa de marinero que llevaba puesta podía incluso parecer menor. Una vez cerca, habiendo detenido la carrera, por fin, notó unas espesas cejas rubias que adornaban sus brillantes ojos azules. De alguna manera les resultaron familiares...

— ¿Es tuyo el pequeño?

— Sí, ¡muchas gracias por encontrarlo! — sonrió y luego observó a la bola de pelos en sus brazos — Papá está muy preocupado por ti, ¡malo!

El niño le dio un pequeño golpecito en la cabeza y el perro ni se inmutó por el gesto. Sólo se limitó a ladrar a modo de respuesta mientras parecía disfrutar de lo lindo la situación en la que se encontraba. A Tino le sorprendía lo tranquilo que era el animal, usualmente las razas pequeñas eran muy nerviosas y no podían estar quietas por mucho tiempo sin meterse en problemas. Aunque si ahora contaba el hecho de que se había alejado de su dueño para llegar hasta donde estaba él...

— ¿Peter? — irrumpió otra voz en el ambiente — Oh, y Ben también...

Cuando sintió cómo su cuerpo se erizó involuntariamente al escuchar aquel tono tan fuerte y grave, sin contar con el marcado acento escandinavo que tenía, pensó que serían ideas de él y que se estaba volviendo loco por la escuela. Pero cuando vio aquella figura enorme y gigantesca acercarse hacia donde ellos estaban, mirándole con aquellos fríos y espantosos ojos azules, supo que Dios o sea quien fuere el creador de su historia, la tenía agarrada con él muy fuertemente.

— ¡Papá, papá! Ben está bien, fue él quien lo consiguió — señaló el pequeño hacia él.

Era su papá. No podía explicar con palabras lo horriblemente indefenso y diminuto que se sentía ante él. Tenía muchísimas ganas de levantarse y salir corriendo de ahí, pero sabía que no podía hacer eso. El sueco no parecía ni advertir todo el terror psicológico que imponía, sólo observaba al pequeñajo que llevaba entre sus brazos. El perro, a diferencia de él mismo, parecía estar completamente acostumbrado a la presencia del hombre aterrador y su mirada. Tanto así, que cuando el hombre estaba por abrir ambos brazos el pequeño can se inquietó y saltó directamente hacia ellos. Fue probablemente la escena más extraña jamás antes vista por él hasta ahora.

— Ben quiere mucho a Papá — le decía el niño — Y Papá ya se encariño con él, así que lo cuida mucho.

— Pues sí, se nota muchísimo.

Y no era broma, el perro parecía ser la criatura más dichosa y feliz del mundo mientras su profesor le desordenaba el pelaje de manera cariñosa. Sí, hasta él podía ser cariñoso. Tenía que hacer un enorme esfuerzo para convencer a su cerebro de no reírse ahí mismo, ningún ser humano debería ser capaz de andar con cara de piedra mientras acariciaba a una criatura tan pequeña y adorable sin perder la seriedad en el intento. Era algo increíble.

— Por cierto, ¿cómo te llamas? Ya sabes que me llamo Peter, pero yo aún no sé tu nombre.

— Oh, lo siento rió un poco avergonzado por el descuido Me llamo...

— Väinämöinen

— ¿E-Eh?

Parpadeó varias veces, azorado y confundido. ¿Qué era esa voz? Parecía salida de lo más profundo de unas cavernas.

— Tino — prosiguió el sueco — Uno de mis estudiantes.

— ¡Oh, ya veo! — comentó el pequeño, entusiasmado por la nueva información.

Oh, rayos, así que sí sabía su nombre. Tenía que odiarlo, definitivamente. Mientras pensaba en el horrible destino que adolecería sus calificaciones, Peter no paraba de decir una serie de cosas que probablemente olvidaría en lo que se fuera de ese parque y regresara a casa. Podía sentir un par de ojos sobre su cabeza, mirándole fijamente.

— ... ¿Te gustan los helados? A mí sí. Podemos ir a por uno, si quieres — le pareció escuchar cuando dejó de martirizarse mentalmente, el niño seguía hablando — Es lo menos que podríamos hacer por Ben, ¿verdad, Papá? ¿Sí? ¿Sí?

El ambiente se mantuvo silencioso por un momento, y la pesada mirada por fin se había despegado de él, enfocándose ahora en el niño. No podía entender muy bien cómo él parecía actuar tan tranquilo y natural ante el profesor. Siendo su hijo intentó suponer que tal vez habrían otras facetas que él ignoraba sobre el sueco. Quizás en casa era el padre perfecto con él y por eso no podía verlo de la misma forma, aunque siendo franco, no forzaría la materia gris para intentar imaginar a su profesor de física siendo amable, cariñoso y dedicado. Su cerebro terminaría por explotar en el camino.

Finalmente, sus pensamientos fueron dejados a un lado cuando sintió cómo una mano más pequeña le halaba del brazo, obligándole a pararse del tronco en el que se hallara sentado durante un buen rato. No estaba muy consciente del momento en el que ambos habían llegado a un acuerdo con respecto a lo del helado, pero imaginó que el pequeño habría leído algún tipo de respuesta invisible en la cara inexpresiva del hombre. También, que tenía que haber sido afirmativa, porque de lo contrario no estaría tan hiperactivo arrastrándole consigo mientras le hablaba de los innumerables sabores de helado que habían en el lugar al que irían. Su profesor hace rato que les había adelantado, metido quién sabe en qué mundo y pensando qué cosas. Esos eran niveles que él no llegaría a alcanzar ni en un millón de años luz.

El día le pareció casi tan igual como en el momento en que llegó al parque a no hacer nada, sólo que ahora salía de él con algo que hacer y con quién. Particularmente no se sentía tan incómodo como creía que estaría; su profesor con suerte hablaba, Peter era un niño bastante simpático y agradable y Ben era la criatura más adorable jamás antes vista en la tierra. No podía quejarse. Pasar días como esos con gente así no era tan malo, después de todo. Y si era sólo uno, entonces no había ningún problema.


Yo diciendo que iban a ser sólo dos y al final se duplicaron las páginas -.-"

En fin, espero les haya gustado éste. Seguiré actualizando como pueda, ¡se me cuidan! :)