Holaaaa! :D

Muchas gracias por su apoyo y comprensión, después de un tiempo al fin subo la continuación de este hermoso fic (si como no xD)

Y, bueno, pues se los dejo, ¡Disfruten!

Disclaimer: SnK y todos sus personajes no me pertenecen, son obra de su respectivo autor, y la historia Hija de Humo y Hueso por Laini Taylor, yo sólo la adapté para mi OTP :D

Advertencias: Riren/AU/Lemon/y creo que un poco de OoC :/

..•.¸¸•´¯`•.¸¸.ஐ Capítulo 4 ஐ..•.¸¸•´¯`•.¸¸.

La marea viva los absorbió hacia el ágora, en una estela de brazos y alas, cuernos y pellejo, pelo y carne, y Eren se sintió arrastrado, mudo de incredulidad, con las pezuñas apenas rozando los adoquines.

Un serafín, en Shiganshina.

Pero no un serafín cualquiera, sino ese serafín. Al que él había tocado. Salvado. Allí, en la Jaula, con las manos sobre sus brazos, cálidas incluso a través de los guantes de cuero, ése ángel que estaba vivo gracias a él.

Él estaba ahí.

Aquella locura desordenó sus pensamientos, provocando en su interior un caos mayor que el que le rodeaba. Era incapaz de pensar. ¿Qué podía decir? ¿Qué debía hacer?

Después se sorprendió de que ni por un instante había considerado reaccionar como habría hecho cualquiera en la ciudad sin pensarlo: desenmascarándolo y gritando: "¡Un serafín!".

Eren tomó una bocanada de aire, profunda e irregular, y dijo:

- Es una locura que estés aquí. ¿Por qué has venido?

- Tsk, ya te lo dije mocoso, para darte las gracias.

Un terrible pensamiento asaltó a Eren.

- ¿Asesinato? Nunca podrás acercarte al caudillo.

- Tsk, ¿qué acaso estás sordo? - preguntó con un ligero fastidio- Además, nunca mancharía el regalo que me diste con la sangre de tu pueblo - dijo con sinceridad.

El ágora era un óvalo gigantesco, suficientemente grande como para concentrar un ejército, numerosas falanges en formación, pero esa noche no había tropas en su centro, solo bailarines que realizaban intrincadas figuras al ritmo de una melodía de las tierras bajas.

Eren y el ángel seguían atrapados en el tumultuoso delta de la Serpenteante. Él lo mantenía anclado al suelo, tan firme como un rompeolas. Eren, perplejo por la sorpresa no trato de escapar.

- ¿Regalo? - preguntó Eren con incredulidad -. Pues no lo cuidas en exceso, viniendo aquí, hacia una muerte segura.

- Ni voy a morir - dijo él -. Al menos esta noche. Miles de cosas podían haber impedido que estuviera aquí en este momento, pero otras miles me han traído hasta aquí. Todo se alineó. Ha sido fácil, como si estuviera escrito...

- ¡Escrito! - respondió Eren sorprendido. Se volvió para mirarlo y la muchedumbre lo empujó contra su pecho, como si estuvieran bailando. Eren se retiró con brusquedad, buscando espacio -. Como si estuviera escrito ¿qué?

- Tú - respondió el serafín mientras le rodeaba la cintura con un brazo - y yo.

Aquellas palabras le robaron el aliento. ¿Ellos dos? ¿Serafín y quimera? Era absurdo. Lo único que pudo decir fue:

- Estás loco - intentó zafarse de su agarre.

- Es tu locura, también. Tú salvaste mi vida. ¿Por qué lo hiciste? - reafirmando su agarre.

Eren no tenía respuesta. Durante dos años se había obsesionado con aquella misma pregunta, y con la sensación de que cuando lo había encontrado moribundo, debía protegerlo. Él. Y ahora estaba vivo y, algo inimaginable, allí. Aún seguía forcejeando, incrédulo, con la idea de que fuera él, de que oculto tras de aquella máscara estuviera su rostro -del que recordaba cada plano y cada ángulo-.

- Y ésta noche -continuó el ángel sacándolo de sus pensamientos-, con un millón de almas en la ciudad, lo más probable era que no te hubiese encontrado. Podía haber buscado toda la noche sin lograr más que avistar tu presencia -se acercó peligrosamente a su oído-, pero estabas allí, delante de mis ojos, solo, moviéndote entre la multitud y apartado de todo, como si estuvieras esperándome...

El ángel continuó hablando pero Eren ya no lo escuchaba. Al mencionar su soledad, la razón que la había provocado volvió como un relámpago a su mente, tras haber quedado por un momento apartada por la sorpresa. Annie. Volteó hacia el palacio, al balcón del caudillo. En la distancia, sus ocupantes eran meras siluetas, pero siluetas que él conocía: el caudillo, Mikasa y un grupo formado por las esposas astadas del gobernante. Annie no estaba ahí.

Lo que sólo podía significar que se encontraba en la plaza. Un escalofrío de miedo lo recorrió desde las pezuñas hasta los cuernos.

- No lo entiendes -dijo Eren haciendo piruetas para otear entre la multitud-. Había una razón por la que nadie estaba bailando conmigo. Pensé que eras un valiente. Lo que no sabía era que fueras un loco...

- Tsk, ¿Qué razón? -preguntó el ángel, aún cerca de él. Demasiado cerca.

- Confía en mí -respondió Eren con insistencia-. No estás a salvo. Si quieres vivir, márchate.

- No lo haré, ¿tienes idea de todo lo que pasé para encontrarte? No me iré, no sin ti...

Eren se estremeció, pero enseguida se recuperó.

- Estoy comprometido -confesó odiando aquellas palabras antes incluso de decirlas.

El ángel se quedó petrificado.

- ¿Comprometido? ¿En matrimonio?

Reclamado, pensó Eren, pero dijo:

- Prácticamente. Ahora vete. Si Annie te viera...

- ¿Annie? - el ángel retrocedió ante aquel nombre -. ¿Estás comprometido con la Loba?

Y al tiempo que él pronunciaba aquellas palabras, unos brazos rodearon por detrás la cintura de Eren, que ahogó un grito de sorpresa.

En un instante, imaginó lo que sucedería. Annie descubriría al ángel y no sólo le mataría, sino que convertiría su muerte en un espectáculo. Un espía serafín en el baile del caudillo -¡nunca había sucedido algo semejante!-. Sería torturado. Le harían desear no haber nacido. Todo aquello cruzó su mente como un relámpago, y su terror a su garganta con sabor a hiel. Cuando escuchó una risita junto a su oreja, el alivio lo dejó casi sin fuerzas.

No era Annie, sino Christa.

- Aquí estás - dijo la pequeña leopardo-. ¡Te perdimos entre la multitud!

Eren sintió que el pulso se le aceleraba y provocaba un estruendo en sus oídos, mientras Christa paseaba la mirada entre él y el extraño.

- Hola - saludó Christa observando con curiosidad la máscara de león, a través de la cual Eren todavía podía distinguir el destello plateado de aquellos ojos.

De nuevo lo sorprendió que hubiera acudido con un disfraz tan escaso a la guarida del enemigo por él, y sintió una extraña opresión en el pecho. Durante dos años había considerado lo de Trost, el deseo de que el serafín viviese -y realmente lo deseaba-, como una locura pasajera, aunque en aquel momento no lo sintiese como tal, ni ahora tampoco. Eren se calmó y se volvió hacia Christa. Ymir, Berthold y Reiner estaban detrás de ella.

- Vaya amigos que son -los reprendió-. Me visten así y luego me abandonan en la Serpenteante. Me podrían haber aplastado.

- Pensábamos que estabas detrás de nosotros - contestó Ymir casi sin aliento por el baile.

- Estaba - añadió Eren -. Muy por detrás de ustedes.

Había dado la espalda al ángel sin mirarlo de nuevo. Con indiferencia, empezó a alejar a sus amigos de él, aprovechando el movimiento de la multitud para abrir espacio entre ellos.

- ¿Quién era ese? - preguntó Reiner.

- ¿Quién? - preguntó a su vez Eren.

- El de la máscara de león, el que estaba bailando contigo.

- Yo no estaba bailando con nadie. O tal vez no te has dado cuenta: nadie bailaría conmigo.

Reiner lanzó una mirada escéptica a su espalda, y Eren deseó con todas sus fuerzas saber qué había visto. ¿Tenía el ángel los ojos clavados en ellos, o había huido espoleado por el instinto de conservación?

- ¿Has visto a Annie? - preguntó Ymir -. O mejor dicho, ¿te ha visto ella a ti?

- No... - empezó a decir Eren, pero entonces Christa exclamó:

- ¡Ahí está! - y Eren se quedó paralizado.

Allí estaba ella.

Resultaba inconfundible tocada con aquella cabeza de loba, como una versión grotesca de una máscara. Los colmillos se curvaban sobre su frente, y el hocico retrasado simulaba un gruñido. El pelo, blanco como la nieve, lo llevaba cepillado y colocado sobre los hombros y su cuerpo estaba cubierto con una túnica de satén color marfil: tanto blanco, blanco sobre blanco, enmarcando su rostro fuerte y hermoso otorgaba a sus ojos, pálidos color hielo, un aspecto fantasmal.

Ella todavía no lo había visto. La multitud se apartaba a su paso, y ni el más borracho de los presentes dejaba de reconocerla y abrirle el camino. La muchedumbre parecía marchitarse mientras ella avanzaba junto a su séquito, formado por criaturas con verdadero aspecto de lobo agrupadas como una manada.

El significado de aquella noche asaltó a Eren: su elección, su futuro.

- Es impresionante - suspiró Christa recostándose sobre Eren.

Era cierto, pero el mérito era de Mikasa, que había fabricado aquel hermoso cuerpo, y no de Annie, que lo lucía con la arrogancia de su posición social.

- Te está buscando - susurró Reiner y Eren sabía que así era.

La General no tenía prisa, y paseaba sus ojos entre la multitud con la confianza de quien consigue lo que quiere. Entonces lo vio. Eren sintió que lo atravesaba con la mirada y, temeroso, dio un paso atrás.

- Vamos a bailar - exclamó para sorpresa de sus amigos.

- Pero... - dijo Christa.

- Escucha - sonaban los primeros compases de un nuevo baile -. Una furiante. Mi favorita.

No era su baile preferido, pero le servía. Se formaron dos hileras, los hombres a un lado y las mujeres al otro, y antes de que sus amigos pudieran decir nada, Eren había escapado a la fila de los hombres, pero Christa e Ymir decidieron que su castigo por escapar sería formarlo en la fila de las mujeres, y ahí estaba él, entre sus dos amigas, sintiendo en su nuca la mirada de Annie como el roce de unas zarpas.

¿Dónde están esos otros ojos?, se preguntó.

La furiante comenzaba con un paseo a ritmo suave. Eren realizaba los pasos con elegancia y una sonrisa, sin perder el compás, pero estaba ausente. Su pensamiento había huido lejos, elevándose hasta reunirse con los miles de colibríes-polilla que se arremolinaban en torno a los faroles colgados en lo alto, al tiempo que se preguntaba, con el corazón desbocado, dónde se había marchado su ángel.

En las figuras de la furiante, nadie evitó la mano de Eren, como habían hecho en la Serpenteante -hubiera sido un desaire demasiado obvio-; sin embargo, sus parejas actuaban con una rígida formalidad mientras él pasaba de una a otra; algunos apenas aproximaban la punta de sus dedos a los de Eren cuando se suponía que debían juntar las palmas.

Annie se había acercado y permanecía de pie, observando. Todos la sentían, y la alegría de la danza quedó atenuada. Su presencia tenía ese efecto, pero Eren sabía que era culpa suya, por escapar de ella y tratar de esconderse allí, como si fuera posible ocultarse.

Simplemente estaba retrasando el encuentro, y la furiante era perfecta al menos para eso, ya que duraba un largo cuarto de hora con constantes cambios de pareja.

Eren pasó de un cortés soldado mayor con un cuerno de rinoceronte a un centauro, y a un bailarín con aspecto humano y máscara de dragón que apenas la rozó. Y cada vuelta lo llevaba de nuevo junto a Annie, que mantuvo los ojos fijos en él.

Su siguiente pareja llevaba una máscara de tigre, y cuando tomó su mano…, la agarró. La sujetó con firmeza entre sus dedos enguantados. La calidez de aquel contacto provocó un escalofrío en el brazo de Eren, y no tuvo que mirarlo a los ojos para saber quién era.

Aún seguía allí -y con Annie tan cerca-. Qué insensato, pensó Eren, agitado por su proximidad. Después de calmar su respiración y su pulso, dijo:

- En mi opinión, la de tigre te queda mejor que la de león.

- No sé a qué te refieres, mocoso extraño - replicó él-. Esta es mi verdadera cara.

- Por supuesto.

- Porque sería una locura continuar aquí si yo fuera quien tú piensas.

- Lo sería. Parece que desearas la muerte.

- No - respondió solemne -. Eso nunca. En todo caso, desearía vivir. Una vida distinta.

Una vida distinta. Ojalá, pensó Eren sintiendo el peso de su propia existencia y de sus elecciones -o la falta de ellas-. Continuó hablando en tono suave.

- ¿Deseas ser uno de nosotros? Lo siento, pero no admitimos conversos malhablados.

Él rió.

- Incluso si lo hiciera, no ayudaría mucho. Estamos todos atrapados en la misma vida, ¿no es así? En la misma guerra de mierda.

En toda una vida odiando a los serafines, Eren jamás se había planteado que ellos vivieran igual que él, pero las palabras del ángel eran ciertas. Estaban todos atrapados en la misma guerra. Habían sumido al mundo entero en ella.

- No existe otra vida - dijo Eren.

Al girar junto al lugar donde se encontraba Annie, se puso tenso.

La presión de la mano del ángel aumentó ligeramente, con suavidad, ayudándolo a soportar la mirada del general hasta que se alejó de ella y pudo respirar.

- Tienes que irte - le dijo en voz baja -. Si te descubren…

El ángel permaneció callado un instante antes de preguntar, también en un susurro:

- No te vas a casar con ella, ¿verdad?

- Yo… no lo sé.

Él levantó la mano de Eren para que él girara bajo el arco que formaban sus brazos; era parte de la figura, pero la altura y los cuernos de Eren dificultaron el movimiento, así que tuvieron que desenlazar los dedos y unirlos de nuevo tras el giro.

- ¿Qué hace falta saber? - preguntó él -. ¿La amas?

- ¿Que si la amo? - la pregunta sorprendió a Eren, y una carcajada escapó de sus labios. Recuperó rápidamente la compostura, ya que no deseaba atraer la atención de Annie.

- Tsk. ¿Es una pregunta graciosa?

- No - respondió él -. Digo, sí - ¿que si amaba a Annie?, ¿era así? Tal vez. ¿Cómo se podía saber algo así? -. Lo gracioso es que eres el primero que me pregunta eso.

- Tsk - dijo el serafín -. No sabía que las quimeras no se casaban por amor.

Eren pensó en sus padres. Sus recuerdos aparecían difuminados por la pátina del tiempo, y sus rostros, reducidos a simples rasgos -¿sería capaz de reconocerlos si los encontrara?-, pero recordaba el cariño sencillo que mostraban el uno por el otro, y sus caricias constantes.

- Sí nos casamos por amor - ya no se reía -. Mis padres lo hicieron.

- Así que eres hijo del amor. Es hermoso ser fruto del cariño.

Eren nunca había pensado en sí mismo de aquel modo, pero las palabras del ángel le revelaron la belleza de ser un hijo deseado, y sintió pena al darse cuenta de la gran pérdida que suponía no tener a su familia.

- ¿Y los tuyos? ¿Se amaban tus padres?

Se escuchó a sí mismo preguntando aquello, y se sintió abrumado por el vertiginoso surrealismo de la situación. Acababa de preguntar a un serafín si sus padres se amaban.

- No - respondió él sin añadir explicación alguna.

El ángel volvió a levantar la mano de Eren para que girara bajo el arco formado por sus brazos, y de nuevo sus cuernos se interpusieron en el movimiento y los separaron por un instante. Mientras giraba, Eren percibió el tono mordaz en las palabras del ángel, y cuando estuvieron otra vez el uno frente al otro, respondió, a la defensiva:

- El amor es un lujo.

- No. El amor es un elemento.

Un elemento. Como el aire que se respira, o el suelo que se pisa. Eren se estremeció ante la absoluta convicción que transmitía la voz del ángel, pero no tuvo oportunidad de responder, pues habían terminado la figura. Todavía sentía la piel de gallina por aquella asombrosa afirmación cuando él lo entregó a su siguiente pareja, que estaba borracho y no pronunció ni una palabra.

Eren trató de seguir con la vista al serafín. Después de con él, debería haberse emparejado con Christa, pero había desaparecido, y no vio ninguna máscara de tigre en toda la formación. Se había desvanecido, y él sintió su ausencia como un espacio abierto en el aire.

La furiante entró en el paseo final, y cuando terminó con un alegre repiqueteo de tamboriles, Eren se encontró justo frente a la Loba Blanca, como si hubiera estado preparado de aquel modo.

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Oh mai ga', Eren ya está frente a Annie, ¿Qué es lo que hará? ¿La aceptará? ¿La mandará a freír espárragos? assdfgfsasd ok ya xD

Uff, bueno debo agradecer sus reviews yuky yume19, Maru de Kusanagi, ShirayGaunt, KoraMinnie, Seto.

Muchas gracias por sus palabras de apoyo, y bueno espero que el próximo capítulo no tarde tanto xD

Hasta la próxima :D

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*: (=' :') :* .¸¸.• Hana
•.. (,(")(")¤°.¸¸.•´¯`» Usagi