¡Último capítulo! Muchas gracias por vuestro apoyo :)
Recapitulemos. Nuestro equipo, Rakuzan, perdió contra el de uno de los excompañeros de Akashi, Seirin. Era la final de la Winter Cup, así que, como os podéis ir imaginando, fue una derrota que hizo mella en un instituto que llevaba ganando cinco años consecutivos todos los torneos del país. Al que más afectó, sin duda alguna, fue a nuestro capitán, que con el impacto de perder por primera vez en su vida pasó a tener un ojo rosa.
¿Os parece ilógico? Pues abrochaos los cinturones, que la situación empeora. Este ojo rosa trajo consigo un cambio de personalidad. El Akashi de siempre no era ningún angelito, ni mucho menos, pero su nueva versión, de tan adorable que intentaba ser, era horripilante.
De un día a otro pasó de ser un tipo que amenazaba con arrancarse los ojos de cuajo si perdía a ser un chiquillo mimoso que nos empachaba con abrazos. Yo ya noté de inmediato que esta nueva faceta no nos iba a traer más que disgustos, pero mis compañeros, que no eran particularmente brillantes, tardaron lo suyo en darse cuenta de que a este Akashi le faltaba más de un tornillo.
Les costó, sí, pero llegaron a ver a Akashi con la misma mirada crítica y acongojada que yo. Nebuya y Hayama abrieron los ojos la tarde en la que Akashi nos invitó a su mansión para estrechar "nuestros lazos afectivos".
No, yo tampoco sabía a qué se refería con eso.
Lo que hay que tener en mente era que tres de los cuatro compañeros de Akashi ya estábamos más que fritos con las peripecias que teníamos que vivir por su culpa. Mibuchi, en cambio, cada vez estaba más encaprichado con él. No me habría extrañado nada si nos revelase que se acababa de enamorar perdidamente de él. Mira qué bien, Akashi, si alguna vez matas a algún niño o profanas una tumba, sabes que tendrás a alguien que te sacará de la cárcel.
Cabe destacar que Akashi ya tenía sus ojos puestos en otra persona.
En efecto, ese pobre desgraciado era yo.
—Amigos míos, es verdaderamente gratificante observar los yukatas confeccionados por mi tatarabuela rodeando vuestros atléticos cuerpos —Akashi me guiñó el ojo y yo aparté la mirada con un cabreo fácil de comprender—. Chihiro-san, pese a ser una sombra, considero que brillas con luz propia.
Creo que en mi vida pasada fui muy mala persona.
Él, con un yukata que le quedaba excesivamente grande, me agarró del brazo y me condujo pasillo adelante, mientras los otros tres nos seguían como almas en pena.
Pena era lo que daban.
Yo, por lo menos, no tenía ni repajolera idea de qué tenía planeado Akashi para el resto del día. Tampoco me importaba demasiado, a decir verdad. Me preocupaba más zafarme de la lapa de purpurina que tenía pegada a mí.
Acabó llevándonos a un cuarto con olor dulzón. No parecía que nadie lo usase con frecuencia.
—¡Qué peste! Huele a abuela —protestó Nebuya. Hayama, a su lado, asintió mientras se abanicaba con su propia mano.
Estos dos nunca se habían olido a sí mismos, me parece a mí. Akashi hizo caso omiso a aquellas quejas absurdas y se fue derecho a un cajón. Y luego a otro. Y a otro. ¿Qué diantres estaba buscando con tanto empeño?
—¡Aquí está! —proclamó con una sonrisa cautivadora. Para ser Akashi, claro está— Propongo, mis bienqueridos amigos, jugar al Monopoly.
—¿El Monopoly? Bufff, paso —Hayama se sentó en el sillón de terciopelo verde pistacho de la esquina.
—Lo mismo digo. ¿No podemos jugar al baloncesto o a algo menos coñazo? Macho, ¡si hasta somos número par!
No, no éramos número par. Sin embargo, doy por hecho que el imbécil de Nebuya se volvió a olvidar de mí.
—Admiro tu amor hacia el baloncesto, Eikichi-san, pero lamento comunicarte que hoy es un día de descanso. ¡Toca Monopoly!
—Pero el Monopoly es un tooooostón —Hayama echó la cabeza para atrás y por poco se metió un leñazo contra la pared—. No seas muermo, Seisei.
—¿Muermo? —Akashi frunció el ceño, indignado— Soy un chico divertido.
Sí, fijo.
Tan divertido que todos tus pseudoamigos te dicen que se aburren.
—No les hagas caso, Sei-chan —Mibuchi posó su mano sobre el hombro casi desnudo de Akashi—. El Monopoly es un buen plan.
Acabamos jugando al Monopoly.
Hayama y Nebuya interrumpían el ritmo apasionante del juego con sus berrinches de niño pequeño. Yo bostezaba disimuladamente, mirando de soslayo un reloj cuyas manillas parecían ir más lentas de lo normal. Mibuchi y Akashi, en cambio, se lo pasaban pipa.
Eso hasta que Mibuchi se hizo con las propiedades en las que estaba interesado Akashi. No presté mucha atención al juego porque, en primer lugar, me daba igual y encima estaba en bancarrota. Al menos no estaba en la cárcel, como Nebuya.
—¡No, no es justo! —Akashi berreó e hinchó las mejillas. Apoyó su cabecita contra mi hombro y lo empujé con cuidado— Reo-san, no querría malpensar, pero me da la sensación de que estás acudiendo a técnicas poco íntegras para hacerte con la victoria.
No sé si era mi impresión, pero este chico cada vez hablaba de forma más pomposa.
—¿Me estás acusando de hacer trampas?
Sí, hombre, sí. Es lo que acaba de decir con toda su palabrería tamizada.
No sé ni por qué esta gente se asombra por el mal perder de Akashi. La última vez que le sucedió, le cambió un ojo de color con el susto.
—¿Y yo cuándo voy a poder salir de la cárcel? ¡Menuda birria de juego!
—Creo que tienes que esperar a la siguiente ronda. O pagar —Hayama se mordió el labo—. Oye, ¿y yo puedo pagarle la multa a Ei-chan?
Esa pregunta tan estúpida le sacó una sonrisa radiante a Akashi.
—Estoy orgulloso de ti, Kotarou-san. Es probable que no vayas a ganar esta partida, pero sí que eres el vencedor en espíritu. ¿Veis? Sabía que el Monopoly iba a unirnos.
Claro, porque el Monopoly, precisamente el Monopoly, es el juego de equipo que más alegrías ha traído a familias y grupos de amigos.
Iba a decirle algo así a Akashi, pero luego me di cuenta de que, con toda certeza, él nunca ha tenido la oportunidad de jugar a juegos de mesa divertidos. O al menos de esos que no hacen que uno acabe arrancándose sus propios pelos y los del vecino de al lado. Es más, estoy convencido de que este Monopoly lo ha comprado adrede para la ocasión.
Lo miré con una lástima sincera y él apartó la vista, sonrojado de arriba abajo.
¿Que por qué me pasaban estas cosas a mí? Ni idea. Ojalá Mibuchi ganase este juego ridículo de una vez por todas y así Akashi volviese a ser el mismo de siempre. Me aferré a esa idea. De hecho, Akashi ya estaba perdiendo la compostura y arrojaba los dados con una violencia que nada tenía que ver con su carita de terrón de azúcar.
—¡No seas animal, Sei-chan! ¡Ya se ha caído una ficha por tu culpa!
—Uuuuuh, pelea —Nebuya echó una risita y Hayama se unió. Sí, esos dos eran idiotas.
Akashi se enfurruñó y dijo algo que no llegué a entender. No me he perdido nada.
—¿Por qué te metes conmigo, Reo-san? ¿Qué te he hecho? ¿Es por haber comprado aquel hotel antes que tú? —preguntó Akashi al borde del llanto. Este chico tenía problemas serios que el Monopoly no hacía más que empeorar.
—Sei-chan…
—Tú y tu capitalismo exacerbado estáis acabando con el Rakuzan —Akashi se levantó de su asiento y se fue corriendo de la habitación de la forma más dramática posible.
—¡Sei-chan, espera! —Mibuchi hizo ademán de levantarse, pero Nebuya le detuvo al ponerle un mano sobre el hombro.
—Déjalo, que si vuelve tendremos que continuar con el juego este. ¿Sabéis qué pienso de Akashi y de su Monopoly?
Nebuya vio necesario echarse un pedo para explicarnos sus sentimientos.
—¡Pues sí, pues sí que apesta! —Hayama encima le dio la razón. Tal para cual.
Este sería el momento en que Mibuchi se indignaría y defendería a capa y espada "al bueno de Sei-chan". Sin embargo, se quedó con la cabeza gacha y la mirada perdida. Cabe la posibilidad de que esa cara tan larga fuese debido a que su único rival en el Monopoly acababa de huir, pero algo me decía a mí que no.
Mientras unos se quejaban, otro se hundía en su propia miseria y yo me aburría, Akashi estuvo todo el rato al lado del marco de la puerta. Sí, estaba espiándonos y llorando a lágrima viva, temblando en el suelo, abrazándose las piernas, moqueando en silencio. Me di cuenta de que estaba ahí cuando salí de la habitación un momento para no morir en la cámara de gas que creó Nebuya la Mofeta.
—Akashi, ¿qué haces?
—¡N-No me llames así! No aceptaré una felonía por tu parte —se secó los mocos con la manga del yukata y ahí supe que su tatarabuela, supongo que ya fallecida, estaría revolviéndose en su tumba.
Lo contemplé sin saber qué pensar. Yo no era un ganador nato, a diferencia de él, y tuve que experimentar la derrota en innumerables ocasiones a lo largo de mi vida. Algunas no tenían importancia, como perder ante el líder de un gimnasio de Pokémon o ser pillado al canto en el juego de tú la llevas. Otros, aunque no fuesen derrotas propiamente dichas, seguían doliendo, al menos al principio. Ser ese al que escogen en último lugar a la hora de formar equipos o quedarse bajo una mesa durante horas y horas porque nadie se acordó de que yo también estaba jugando al escondite.
Al crecer seguí perdiendo como el fracasado que era, pero gané experiencia y, sobre todo, paciencia. No era malo perder. ¿Qué más me daba? Total, luego llegaría a casa, me zamparía la cena de mi madre y escucharía las quejas de mi padre sobre el calvorotas de su jefe. Después volvería a mi habitación, satisfecho, y pasaría horas y horas leyendo opiniones de gente que jamás conoceré sobre mi novela favorita.
Akashi no tenía eso. No le podía culpar de querer ganar siempre, porque la victoria era lo único que tenía.
Él me enseñó a creer en la victoria, pero yo no era capaz de sentarme a su lado y decirle que no pasaba nada por perder. No sé si fue por mi propia cobardía o porque sabía que palabras tan débiles no surtirían efecto.
—Oye, ¿aún quedan bocadillos? Sigo con hambre —dije sin pensar. Él me miró con sus ojos de distinto color, pero teñidos con la misma tristeza.
—Chihiro-san…
Extendió los brazos y yo interpreté que quería que lo ayudara a levantarse. Ingenuo de mí. Se levantó él solo y pasó sus brazos alrededor de mi cuello, poniéndose de puntillas. Esta escena ya la había leído en varias novelas ligeras y, sí, fantaseé con ella en varias ocasiones, imaginándome a mí mismo como el protagonista y a la Ringo-chan de turno a punto de besarme.
—¿Qué hacéis? —preguntó Mibuchi al salir de la habitación, creo yo que también para no morir intoxicado.
Esa pregunta preocupada me salvó la vida y arruinó la de Akashi.
—¡Has estropeado mi momento romántico con Chihiro-san! ¿Acaso tú también lo amas, Reo-san? Te prometo que nuestra amistad quedará impoluta pese a esta pequeña rivalidad —Akashi, nervioso, nos miró a los dos—. Que Chihiro-san escoja. Mi corazón acatará su decisión.
—Qué —dijimos al unísono Mibuchi y yo.
—Creo que hay un malentendido, ¡a mí no me gusta Mayuzumi! —pronunció mi nombre con un asco exagerado. Mis sentimientos son recíprocos, Mibuchi. En serio que lo son.
—¿Insinúas que Chihiro-san no es atractivo?
El enfado de Akashi fue el mayor cumplido que he recibido en toda mi vida.
Alzó tanto la voz que Hayama y Nebuya también salieron para ver a qué venía tanto alboroto. Se quedaron mirándome a mí, como si yo tuviese la culpa de todo.
—Sei-chan, no quiero ofenderte, pero últimamente estás… un poco más susceptible de lo normal. Sabes que puedes hablar conmigo de lo que quieras. Dime, ¿es por la Winter Cup?
Las palabras prohibidas.
La cara de Akashi carecía de expresión alguna. Era como un folio en blanco. Lo único que confirmó que no se había muerto en el sitio fue una lágrima fugitiva que huyó de su ojo rojo. El pavor que sentimos los demás fue real, os lo aseguro. Yo estaba helado y sin saber qué hacer o a quién mirar.
Había varias opciones en el abanico de reacciones tontas de Akashi "Caramelito" Seijuurou. Esa, la que tuvo en aquel momento, fue la que menos me esperé.
—¡REO-SAN, IDIOTA!
Felicidades, Akashi, por fin te convertiste en un personaje de un anime barato. El color de tu pelo ya nos lo había anticipado hacía tiempo, pero siempre está bien ver cómo se cumple una profecía.
Se fue corriendo escaleras abajo, tropezó con su melancolía incomprensible y, en efecto, se cayó y se dio el golpe del siglo.
Akashi acababa de caerse por las escaleras a cámara rápida. Lo vimos en la planta de abajo, tendido en el suelo y con la misma pose delicada que la mujer del suicidio más bello. Hayama fue el primero en reaccionar. Riéndose.
Nebuya le dio una colleja y, aún entre risitas tontas, Hayama se disculpó antes de sucumbir al pánico en el que estábamos sumidos los demás.
—¡AY, QUE SE NOS HA MUERTO AKASHI!
Sí, grítalo más. Más alto. Que vengan los ocho mil criados de la mansión a ver cómo yace el cuerpo del señorito en el suelo. Así nos enchironarán, porque es evidente que aunque no tengamos la culpa, la forma de pensar de los ricos es así de retorcida.
—No, aún respira —dije yo con un hilo de voz. Los otros tres me miraron con hachas en la mirada.
No, no solo los ricos eran los obsesionados con echar la culpa al más inocente. El Rakuzan era igual.
Nebuya y Mibuchi bajaron las escaleras para recoger "el cadáver" (sí, insistí en que seguía con vida, pero me ignoraron), mientras Hayama se mordía las uñas en pleno frenesí. Fuimos todos, Akashi inconsciente incluido, al cuarto poco ventilado donde perduraba la fragancia rectal de Nebuya y dejaron a Akashi tendido en el suelo.
No nos íbamos a arriesgar a llevarlo hasta su habitación. Nos iba a pillar alguien del personal. En ese acto de cobardía estuvimos los cuatro de acuerdo.
—Vale, ¿y ahora qué? —chilló Hayama, moviéndose de un lado para otro como si estuviese reprimiendo las ganas de ir al váter.
Discutimos varias opciones. La mía fue la de llamar a una ambulancia, la de Nebuya consistía en hacerle la maniobra de Heimlich y la de Hayama…
No os la vais a creer.
—¡Cabeza fría, cabeza fría! —Hayama se dio unos golpes en la cabeza— ¿No veis lo que yo? ¡Akashi parece una princesa de los cuentos europeos!
—Ahora que lo dices… —continuó Nebuya con la mano en la barbilla.
—No podéis estar hablando en serio —Mibuchi expresó mis pensamientos en alto.
Pues sí, estaban hablando en serio. La idea de salvarle la vida a una persona inconsciente era, ni más ni menos, que traerle un príncipe que lo despertase de su sueño. Que Akashi no perdió el conocimiento por haberse dado un golpetón en el suelo, ni mucho menos, sino que quería ser rescatado de la pesadilla que era su vida.
¿Tiene sentido para vosotros? Para mí tampoco. Para colmo, se decidió por unanimidad —recordemos que mi opinión no cuenta— que el príncipe de turno sería yo.
—No pienso besar a Akashi.
—¡Solo tú puedes salvarle la vida a Akashi! ¿Sabes qué te digo? ¡Eres un egoísta! Ya lo he dicho.
—Claro, con un beso le salvo de los daños cerebrales, ¿no?
—Puede ser que funcione —Mibuchi, el único medianamente sensato, se pasó al lado de la locura.
—Vamos, Mayuzumi, no te hagas de rogar. Con un piquito bastará —Nebuya me tocó la cabeza, no sé si para intimidarme o para darme ánimos.
—No voy a besar a Akashi —repetí en vano.
Nebuya suspiró, perdiendo la poca paciencia que tenía, y me agarró la cabeza para chocarla con la de Akashi.
Nuestros labios chocaron por mera suerte, y creedme, fue un verdadero milagro, de esos que solo aparecen en la Biblia, el que no nos hubiésemos roto los dientes.
¿Lo peor de todo? Que surtió efecto. Akashi abrió los ojos despacio y, para mi horror, uno de ellos aún era rosa. Se me quedó mirando encandilado y, antes de que yo pudiera hacer algo al respecto, rodeó mi cuello con sus brazos y profundizó un beso que me estaba revolviendo las tripas.
En aquel instante no lo podía ver, pero estaba convencido de que el idiota que estaba aplaudiendo era Hayama. El que silbaba era Nebuya, fijo.
Akashi me estaba comiendo los morros y succionando la vida mientras yo luchaba por apartarme de él. Él era más fuerte que yo.
—¡Akashi está vivo! —vociferó Hayama, que no habría estado tan contento si se hubiese visto en mi situación.
—Mira cómo le mete la lengua hasta la garganta al Mayuzumi.
—Esto me está poniendo un poco incómodo —comentó Mibuchi.
—Chihiro-san… —susurró Akashi al romper el beso. Asco, odio, desprecio era lo que sentía por él.
Yo aún seguía encima de él, a cuatro patas y con ganas irrefrenables de ir al servicio y enjuagarme la boca hasta deshacerme de los gérmenes de amor y amistad que me había pasado Akashi.
Si pensáis que la situación no podía ir a peor, os equivocáis. Akashi, ni corto ni perezoso, me sonrió y me acarició el trasero. Juro que yo no soy una persona violenta, pero ahí perdí mis estribos y sucedió lo que tenía que suceder.
Le di un puñetazo.
—¡HAS MATADO A AKASHI! —volvió a gritar Hayama.
—¡Akashi…! —exclamé yo, preocupado de verdad. Perdí el control de mí durante un instante y casi me cargo al capitán de mi equipo de baloncesto.
Puedo argumentar que me acababa de manosear el trasero, pero dudo que alguien considerase mi ataque como defensa propia. Pensé en lo peor. En todo lo peor.
Los otros tres orangutanes gritaban y me llamaban de todo, pero yo no tenía tiempo a escucharlos y protestar. Tenía que hacer algo.
¡A la mierda todo! Si tenía que llamar a la ambulancia para que Akashi no se quedase en el sitio, lo haría. Ya me arrepentiría en chirona.
Si no os estoy escribiendo ahora desde la cárcel, es porque otro prodigio sucedió ante mis narices. Literalmente.
—Mayuzumi, agradecería que te apartases de mí —escuché una voz. No era la mía, obviamente, ni la de los otros tres. Solo quedaba una opción posible.
Akashi Seijuurou.
Con un moratón y dos ojos rojos.
Me levanté a toda prisa, más por el susto que por la orden, y lo contemplé con miedo. El Akashi que yo conocía tenía un ojo rojo y otro amarillo, luego el príncipe gominola tenía uno amarillo… ¿y este los tenía rojos? ¿Los dos?
¿Un tercer Akashi con nuevas locuras?
Akashi también se levantó y se nos quedó mirando sorprendido. No estaba enfadado, ni triste… simplemente sorprendido.
No tanto como nosotros, pero casi.
—¿Por qué me duele la cara? ¿Qué ha pasado?
—Pues… te has caído por las escaleras… —Hayama se quedó de piedra, como si un fantasma se hubiese aparecido ante él— ¿ESTÁS BIEN?
—Un poco mareado, pero sí, estoy bien. Gracias.
Akashi estaba confundido por nuestro silencio, y nosotros lo estábamos aún más porque no sabíamos ante quién estábamos ni qué iba a suceder a partir de aquel momento.
Aún bajo nuestra mirada atenta, Akashi se sentó en el sillón de la esquina y se tocó la cabeza, esa parte donde le di el puñetazo, y cerró los ojos. Tragué saliva.
—¿Necesitas hielo? —le preguntó Mibuchi con la voz temblorosa.
—Sí, por favor. Avisa a alguien del personal. No me encuentro muy bien.
Mibuchi asintió y se fue no corriendo, pero casi, a buscar a alguien y de paso huir de lo que se nos avecinaba a los demás.
Hayama se ocultó detrás de mí, o esa impresión daba, y se me acercó al oído. Me dieron escalofríos y ganas de volver a recurrir a la violencia física. No lo iba a hacer porque temía que Akashi me degollase o, peor aún, se pusiera a llorar.
—Oye, ¿todo esto es por el puñetazo…?
—Eso parece.
Nebuya nos interrumpió con otra de sus flatulencias fétidas.
—Te agradecería que hicieses eso en el cuarto de baño, Nebuya —Akashi frunció el ceño, aunque estaba dibujando una sonrisilla con sus labios, y se levantó solo para abrir la ventana y ventilar.
Yo… no sabía qué pensar. Entrecerré los ojos para aguzar mi sentido analítico. Akashi debió de darse cuenta y me miró, ladeando la cabeza un poco, pero sin llegar a ser tan ridículo como el Akashi de hacía apenas diez minutos.
—Pues sí que huele, sí —protestó Nebuya. Qué morro.
—¿Quién eres? —escuché cómo mis palabras se fundían con el pedo de Nebuya y volaban por la ventana.
—¿Yo? Nebuya. Oye, que el que se dio el golpe en la cabeza fue Akashi, no tú.
—No hablaba contigo —solté algo así como un gruñido. Akashi me miró divertido.
—Soy Akashi Seijuurou, por supuesto.
—¿Cuántos dedos hay aquí? —Hayama levantó tres dedos y se acercó a Akashi.
Es evidente que Akashi tiene una serie interminable de problemas, pero dudo que la ceguera sea uno de ellos.
—Tres —suspiró con desgana— Os aseguro que estoy bien.
—¿Qué es lo último que recuerdas? Antes de despertar, digo.
—Estaba… estaba discutiendo con Mibuchi —contestó algo avergonzado, pero, afortunadamente, no llegó a sonrojarse. Menos mal.
—¡Es decir, sabes quiénes somos!
Este Hayama cada día era más burro. Era en momentos así que daba las gracias por estar en tercer curso y a punto de graduarme.
—Sería difícil que me olvidase de mis compañeros —Akashi nos deleitó con una sonrisa que ni daba grima ni asco. Era una sonrisa natural. Así de simple.
¿Que qué pasó después, me preguntáis? Descubrimos maravillados, al menos yo, que este Akashi Seijuurou era un crío bastante normal. Era educado, como siempre lo fue, y un estratega que dejaba la boca abierta a cualquiera que lo escuchase. Hasta ahí ninguna novedad. Lo sorprendente era que no tenía complejo de absoluto ni intentaba intimidar a quien osase mirarlo por encima del hombro. Lo que es mejor, tampoco nos atacaba con mimos que nadie pidió ni se ponía a llorar por cualquier nimiedad.
Me costó reconocerlo, pero Akashi… era un chico agradable.
En las semanas siguientes fuimos descubriendo más facetas de Akashi Seijuurou, el de verdad, tal y como nos aseguró en más de una ocasión, y extraje una conclusión: cada Akashi que vimos, tanto el emperador como el piruleta, eran máscaras que reflejaban los miedos de la persona que se hacía llamar Akashi Seijuurou. El emperador, miedo a la derrota. El piruleta, miedo a la soledad.
Esperaba que no le tuviese miedo a las ratas o a saber en qué se convertiría.
—No funciona así.
Me dice hoy Akashi, en el día de mi graduación. Le doy un golpe con mi diploma en la cabeza, haciendo gala de mi estatus como ex alumno de Rakuzan , y lo miro con una nostalgia demasiado temprana.
—Creo que en el fondo me lo he pasado bien —confieso sentándome en la azotea, justo el mismo lugar donde nos conocimos el emperador solitario y yo.
—Me alegra saberlo —Akashi se sienta a mi lado con una expresión que no sé identificar.
No quiero que esto acabe.
No considero a Akashi amigo mío, y los otros tres siguen en mi lista negra para toda la eternidad, pero sigue habiendo algo que me une a todos ellos. ¿El baloncesto, quizás?
—Fuimos un buen equipo, a pesar de todo.
—¿Fuimos? Seguimos siéndolo —me contesta Akashi con los ojos cerrados y una sonrisa traviesa saludándome.
—Cuidado con esos humos.
—Recordaré tu consejo, Mayuzumi-senpai —se levanta y me deja ahí tirado, con el diploma en la mano, un presente que se acaba de convertir en pasado y una sonrisa que, espero yo, no olvide nunca. La única que verá en mí.
—Oye, Sei.
Akashi se da la vuelta y algo me dice que ha adivinado mis intenciones. Le lanzo el segundo botón de mi chaqueta y él lo atrapa sin ningún problema. Lo inspecciona unos segundos —no vaya a ser que sea una bomba, ¿eh?— y se lo guarda en el bolsillo del pantalón, satisfecho como solo él lo puede estar.
Nos decimos hasta luego con la mano. Creo que los dos estamos convencidos de que no es una despedida definitiva y que, una vez más, volveremos a estar unidos por el destino. No es algo que yo desee personalmente, pero sé que será así. No sé ni cómo ni cuándo, pero sucederá.
No tengo claro si estoy arrepentido de mis aventuras y desventuras como titular de Rakuzan. Una parte de mí habría preferido echarse novia y dedicar los días a los placeres más insignificantes de la vida en vez de molerme el cuerpo en los entrenamientos monstruosos del capitán Akashi. Eso y las tensiones innecesarias con unos contrincantes que nos odiaban sin motivo aparente o las peleas continuas con los imbéciles de Mibuchi, Hayama y Nebuya. Por no mencionar el mal trago de jugar en las finales como la marioneta de Akashi el Absoluto o los besos empalagosos de Akashi el Abracitos.
Corrijo: a pesar de todo eso, me alegra haber tenido estas experiencias, estos recuerdos extraños y únicos. Ha sido un buen año, con sus más y sus menos.
No me arrepiento de haber estado aquí mismo, sentado en la azotea para evadirme de la realidad, cuando Akashi interrumpió mi tranquilidad por primera vez. No me arrepiento de haber escuchado sus palabras ni de jugar codo con codo con él.
Así es, no me arrepiento de haber conocido a Akashi. ¿Qué sentido tendría hacerlo?
Notas: El "suicidio más bello" es el de Evelyn McHale. Se tiró del Empire State Building y "aterrizó" sobre una limusina. Su cadáver parecía una muñeca, o una modelo posando, y un fotógrafo que estaba por ahí le hizo una foto que aún se puede encontrar hoy en día en Google. Tétrico, pero curioso y bello muy a su manera.
