Capítulo III. Noviembre de 2013.
Azul sobre marrón, marrón sobre azul.
—Dioses del Olimpo, Jackson… Argh… ¿Podrías tener más cuidado? Me duele —Jason exclamó agónicamente. No era la primera vez que lo hacía aquella tarde.
—A ver, vamos a probar con esto. Así… ¿qué tal? ¿mejor?
—Oh, sí. Sí. Esto es estupendo… ¿por qué no habías probado a hacerlo antes?
Mientras tanto, el tercer habitante de aquella casa, esto es, Nico di Angelo estaba terminando de prepararse un batido de frutas en la cocina. Con la puerta abierta, podía escuchar perfectamente el trajinar de sus amigos.
—Maldito quejica… —se quejó en voz alta.
—¡Ey, te he oído! —exclamó Jason.
—¿En serio estáis haciendo lo que se suponía que ibais a hacer? —preguntó Nico, mientras pasaba un dedo por la tapa de la batidora y se lo llevaba a la lengua para probar si estaba listo.
—¿Cómo? ¿Repites la pregunta? No he entendido… —dijo Percy, en esta ocasión.
Al comprobar que estaba justo como él quería, Nico vertió el contenido de la batidora en un vaso alto.
—¿O acaso estáis montándooslo en el sofá?
—Ugh —dijo Percy, o Jason, o los dos a la vez—. No.
—Menos mal —Como si hubiese estado esperando una afirmación, Nico salió de la cocina. Unos pocos pasos después ya se encontraba frente al sofá en el que se encontraban sus amigos—. Porque si llego a ver eso, seguramente me habría echado a vomitar en el acto.
Percy enarcó una ceja. No obstante, no dijo nada al respecto y en cambio, comentó:
—Podrías haberme hecho un batido para mí también.
Tras dar un pequeño trago, Nico respondió:
—¿Qué sentido tendría eso? Si hago uno para ti, no te lo terminas. Si me lo hago para mí, me lo acabas robando y tomándotelo tú —era un hecho comprobado y demostrado por años de convivencia.
—Ay por favor, qué gustito… —murmuró Jason, ajeno a la conversación. Estaba presionando un hielo contra su pezón derecho.
La semana anterior, Percy había conseguido llevarse a sus amigos a hacerse piercings en el pezón. "Si pasamos por este sufrimiento unidos, nuestra amistad será eterna", resultó ser su lema. En realidad, era algo que llevaba mucho tiempo queriendo hacer, aunque no se atrevía a hacerlo a título individual. Cuando Annabeth y él habían roto, una decisión de mutuo acuerdo, Jackson escribió una lista de todas las cosas que había querido hacer hasta el momento y en cierto modo ella le había prohibido. Con Annabeth muchas veces no había negaciones explícitas, la mayoría del tiempo eran pequeños detalles que apuntaban a que no aceptaba ciertas conductas, o predicciones de futuros reproches.
Así que ahora, Percy estaba tratando de llevar a cabo todos aquellos deseos hasta entonces prohibidos. Su lista incluía perforarse la oreja (ése había sido el primer objetivo en completar, lo había hecho hacía meses junto a Nico, que para entonces ya contaba con un par de pendientes), otro en el pezón, un tatuaje de un tridente, hacerse una rasta, tirarse en paracaídas y probar una larga lista de deportes de riesgo y aventuras, así como volver a practicar el surf e ir en skate. También estaban las fantasías de hacer un trío (tanto con dos mujeres como con un hombre y una mujer) y trabajar como stripper para costearse la universidad, entre otras.
Por lo que respectaba al piercing en el pezón, Jason había resultado ser el más quejica, ya que nunca antes se había sometido a una perforación. Alegaba que tenía pezones sensibles, o como Percy ahora los llamaba "pezoncitos de fresa".
—¿Te has desinfectado el tuyo? —le preguntó Percy a Nico.
—Hoy… todavía no —dijo, volviendo a beber de su vaso para distraer su atención. A él también le estaba doliendo, aunque por cuestión de orgullo no lo admitía.
—Puedo ayudarte yo. Al fin y al cabo —añadió, pensativo—, ya te vimos sin camiseta cuando te hicieron el piercing.
—Bueno, y también está aquella vez en la que logramos que se metiese en la playa… —Jason había dejado el resto del hielo en un vaso vacío y ya volvía a prestar atención a la conversación.
—Oh, sí, aquella vez.
—Basta ya. No empecéis a decir que soy un pudoroso.
—Es que lo eres —respondieron los dos a la vez.
Nico prosiguió, obviando aquel comentario.
—Lo que pasa es que no soy un exhibicionista como vosotros. Me habéis visto decenas de veces sin camiseta, además. En los vestuarios del gimnasio…
—Poquísimas veces, y nunca jamás desnudo del todo —Percy puntualizó—. Siempre te metes a la ducha antes, o dices que tienes que correr cinco kilómetros más para ducharte después que nosotros.
—¿En serio os fijáis tanto? —Ante aquellas acusaciones, Nico puso mala cara—. Sois unos malditos pervertidos.
Sin embargo, le habían picado. Para probar su punto, depositó el vaso de su batido apenas bebido sobre la mesa y se quitó la camiseta, lanzándola sobre el sofá. Acabó en el regazo de Jason, precisamente.
—Oh… sí… Nico… eres tan sexy —murmuró Percy, con una mirada complacida y una sonrisa torcida en los labios—. Dámelo todo, papi…
Sin decir nada más, y haciendo caso omiso a los comentarios perturbadores de Percy, Nico se sentó al lado de Jason, que de manera eficiente comenzó a desinfectarle el pendiente.
En vistas de que pasaban de él Percy se levantó, seguramente para robarle el batido a Nico, cuando el timbre sonó.
—Vaya, qué rápidos los de la pizzería. Voy a abrir yo.
—¿Pizza? ¿Por la tarde?
—Di Angelo, mira que siempre te tienes que quejar por todo… —replicó Percy, justo antes de girar el pomo de la puerta—. Además, deberías saber que nunca es mal momento para la pizza.
Will Solace se había preguntado en más de una ocasión por qué Nico acudía siempre a la cafetería en la que él trabajaba. Sí, Nico. Ahora su chico misterioso ya tenía un nombre… A Will le había resultado imposible no fijarse en él durante todas las semanas en las que había acudido a la cafetería, pero era simplemente eso, alguien lo suficientemente atractivo e interesante como para poder pasar sus ratos libres dedicándole miradas furtivas… En cambio, desde que Nico le había observado realmente por primera vez y le había dicho aquel "eres real" y Will había visto sus dibujos, había conocido al fin su nombre… desde entonces ya no podía dejar de pensar en él.
Y todo eso a pesar de que ahora ya no le veía. El chico no había vuelto a aparecer por el café… ni él ni ninguno de sus amigos, ni siquiera la atractiva chica morena de la trenza bonita que a veces les acompañaba. Tras desaparecer del local a toda prisa, Will se había quedado con su cuaderno de dibujo en la mano, y había esperado a poder devolvérselo. Lo había llevado consigo todos los días, a la espera de que apareciese el chico y se lo pidiera. La primera semana había aguantado y no lo había abierto, sabía que los artistas solían ser muy celosos de la privacidad de sus trabajos aún sin terminar, así que se contuvo. Al ver que no acudía, se decidió a abrirlo. A estas alturas, ya conocía prácticamente el contenido de todas sus páginas. En la primera de ellas había un autorretrato en blanco y negro. Bajo éste, ponía en una enrevesadamente artística caligrafía: en caso de extravío, devolver a Nico di Angelo. Además, incluía su dirección y su número de teléfono.
No había sido para nada una desgracia que hubiese desaparecido y en su carrera se hubiese dejado el cuaderno, al fin y al cabo.
La sorpresa, y al mismo tiempo en cierto grado la comprensión de por qué acudía a su cafetería, vino al darse cuenta de que ambos vivían en la misma calle. Era por eso, porque aunque la facultad de Bellas Artes no estuviese especialmente cerca, la cafetería sí que estaba próxima de su casa. Por esta razón (entre otras, si es que las hubiera) acudía allí.
Una vez hubo pasado una segunda semana de ausencia, puso una fecha límite. Si Nico di Angelo no se dignaba a aparecer durante la tercera semana, él aparecería en su casa aquel mismo sábado.
Esto no es una cita. No es nada, en realidad., se repitió a sí mismo, por enésima vez. Ya lo había hecho frente al espejo, mientras se había estado aseando sus cabellos en el perfecto desorden que siempre él mismo armaba de forma premeditada. Ahora lo hacía ante su puerta, tomando aire antes de decidirse a tocar al timbre.
Will no solía encapricharse, mucho menos de aquel modo. Él no era un artista como Nico, pero tenía un gran aprecio por la belleza, así como unos ojos potencialmente inquietos. Le era inevitable no fijarse en una cara bonita cuando la encontraba entre la multitud. Esas cosas no solían ir a más. El problema era que, en temas del corazón, era fácilmente influenciable. Así que, si ya había tenido suficiente con sus compañeras de trabajo, Katie y Drew, insistiéndole día tras día que le invitara a salir (y de éste modo habían hecho que se fijara todavía más en él), ahora debía añadir a la ecuación que la entrometida de su compañera de piso y de carrera, Diana, había husmeado en el cuaderno de Nico y había visto que lo había estado dibujando. Porque aquello era innegable, el chico de la mayoría de los dibujos de la mitad del cuaderno hacia el final, era él. Y desde entonces tanto ella como Cristina, su otra compañera, habían insistido en que aquello sólo podía significar una cosa.
Así que aquel día, pretendía obtener respuestas. Soluciones al lío de pensamientos en el que se había convertido su cabeza.
Había supuesto que los tres inseparables amigos compartirían casa. Al imaginarse quién le abriría la puerta, supuso que sería el moreno de ojos verdes. No había errado.
—Tú no eres el repartidor —comentó, a modo de saludo, una vez le había dado un buen repaso de arriba abajo. Parecía decepcionado. En cambio, a continuación añadió, con una sonrisilla perversa—: pero te conozco. ¿Has venido a ver a Nico?
Will asintió lentamente.
—¿Está en casa?
Entonces fue el turno de asentir de Percy. Abrió todavía más la puerta y se hizo a un lado.
—Pasa… ¡Di Angelo, tienes visita!
—No hace falta que grites tanto, Jackson, la casa es pequeña… —Aquella se trataba, indudablemente, de la voz gruñona de Nico.
En efecto, la casa no era muy grande, pues nada más torcer a la derecha, Will se encontró justo frente a él.
Por unos largos segundos, se miraron el uno al otro. Primero, de arriba abajo. Luego, simplemente a los ojos.
Nico se había quedado helado al verle, congelado en medio de la pose en la que había sido interceptado. En aquel justo momento estaba presionando un hielo contra su pezón izquierdo, y Will supuso que al igual que su otro amigo, se habría hecho un piercing muy recientemente.
Se sentía incapaz de apartar la vista de él. Quería empaparse de cada detalle de aquel misterioso chico, pues sentía que podía esfumarse en cualquier momento como si de un sueño se tratara. En esta ocasión, Nico llevaba el pelo suelto, revelando que algunas puntas ya le llegaban a rozar ligeramente los hombros. Toda la piel de su torso estaba pálida, muestra de que prácticamente nunca era rozada por el sol, pero al mismo tiempo ésta poseía un toque oliváceo. Otro aspecto que sorprendía y que no podía detectarse con sus vestimentas habituales era que, a pesar de su delgadez y aparente fragilidad, estaba en forma. Sus abdominales trazaban una línea marcada que bajaba al ombligo, y ésta seguía en una fina línea de vello que desaparecía bajo la cinturilla de sus pantalones...
Will tragó saliva con fuerza, y obligó a su mirada a centrarse en los ojos chocolate de Nico, que tampoco dejaban de escrutarle. Azul y marrón se entrelazaron en una danza hipnótica que parecía que iba acercándoles, aunque no de forma física, cada vez más y más…
El silencio y la quietud se vieron interrumpidos de golpe. El chico rubio, en cuya presencia Will no había reparado hasta el momento, murmuró:
—Perce, vamos arriba… —con un claro gesto de fastidio, el aludido le hizo caso. Desaparecieron de la escena como si de una obra de teatro se tratara.
Al mismo tiempo, Nico se giró, tiró el hielo que había tenido entre los dedos y en un instante ya se había metido la camiseta por la cabeza. El resto de su torso desapareció bajo la tela negra en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó, evitando mirarle a los ojos.
—Yo he venido a… —Will se interrumpió, al ver cómo Nico le estaba señalando con un dedo enérgicamente el otro lado de la sala, pero no comprendía por qué lo hacía—. ¿Cómo?
—Ven conmigo —sin mirarle, se giró y caminó hacia donde había señalado, y al seguirle Will descubrió que había una puerta que daba a la parte trasera de la casa, donde descubrió un pequeño jardín. Previa a la zona de césped, había una parte con losetas en el suelo. Sobre éstas había una mesa redonda con cuatro sillas alrededor, y apartado de ésta un gran caballete en el que reposaba un enorme lienzo que estaba por el momento vacío—. Aquí no nos oirán, los muy entrometidos —Nico había hablado tras un considerable silencio, y al principio Will no sabía ni a qué se estaba refiriendo.
—Te dejaste tu cuaderno de dibujo —comenzó a explicar Will, mientras abría su cartera y lo sacaba—. Pensaba que volverías a por él y te lo he estado guardando todo este tiempo…
—Ah, sí —Nico lo cogió con rapidez—. Gracias, supongo.
De nuevo, giró la espalda, y lo depositó en la caja al lado del caballete que le servía como mesilla, donde había varios botes de aerosol y otros distintos útiles de dibujo.
—¿Por qué no has vuelto?
—¿Volver? ¿Adónde? —era evidente que Nico estaba haciendo cualquier cosa por no mirarle, y ahora se estaba sacando una goma de su muñeca para luego comenzar a hacerse una coleta.
—A la cafetería. No has vuelto desde que… —desde que me dijiste que soy real—. Ya sabes.
—No estoy interesado en ti —replicó Nico, una vez había concluido con su coleta. En esta ocasión, sí que le miró a los ojos, aunque sólo fugazmente—. No sé si Percy o Jason te habrán dicho algo…
Entonces fue cuando Will soltó una risita que desconcertó a Nico. Pero era demasiado testarudo como para preguntar por la razón de su risa.
—Ninguno de los dos me ha dicho nada de eso.
Si Nico fuese más expresivo, seguramente habría suspirado, aliviado.
—Me sorprende gratamente eso… y me alegro. Pensaba que habrías pensado algo raro…
—Corta el rollo, di Angelo —le interrumpió Will. Se sorprendió a sí mismo al emplear el apellido, cosa que no hacía con nadie—. No hace falta que me lo digan ellos, está claro que estás interesado en mí… y yo en ti, ¿qué tiene de malo eso?
La cara de Nico fue un poema. Tras unos segundos de estupor, replicó:
—Eres un auténtico creído.
—¿Creído? ¡No soy yo quien ha estado dibujándote todos los días que has venido a la cafetería!
—¿Dibujarte? ¡Yo no te he estado dibujando a ti! Y ya veo que además de creído, eres un cotilla…
Will se cruzó de brazos antes de tratar de explicar, con calma:
—Estuve una semana entera llevando tu cuaderno conmigo, a la espera de que vinieras a recogerlo, sin abrirlo. En vistas de que no aparecías, lo acabé abriendo para ver si había alguna manera de localizarte…
—Y lo ojeaste de principio a fin, ¡por lo que parece! —Nico estaba furioso, y muestra de ello era que sus mejillas habían comenzado a enrojecer.
—No es mi culpa. Si hubieses venido antes a por él… Además —añadió, con el comienzo de una sonrisa en sus labios—, si realmente no fuera yo el tema constante de tus dibujos, ¿por qué te importaría tanto?
—Me importa… ¡y punto! Además de que no eres un tema constante, dibujo muchas otras cosas. Muchísimas otras. Y ya lo he dicho antes, no te estaba dibujando a ti —terminó diciendo, esta vez en un tono más calmo. Suspiró con fuerza, como si realmente fuese una labor muy complicada hablar con Will.
—¿Me permites el cuaderno, de nuevo? Y un espejo. Porque en mi casa ambos parecíamos tan similares…
—Ni siquiera te miré mientras los dibujaba. Dibujé a alguien con quien sueño, simplemente. El parecido es meramente casual…
Esta vez, Will no replicó, simplemente sonrió. Su sonrisa se iba ensanchando más y más, al parecer era infinita, y Nico cada vez tenía más ganas de reventarle la cabeza.
—Deja de sonreír así —gruñó Nico.
—Pero es que…
—Calla.
—Acabas de decir que…
—Que te calles.
—Has soñado conmigo —dijo finalmente, y la enorme sonrisa volvió a aparecer en su cara—. Varias veces, por lo que parece…
—No es del tipo de sueños que te imaginas… —respondió Nico, entre dientes. Volvía a estar furioso.
—No estoy imaginando ningún tipo de sueños… aunque cuando me intentaste dibujar sin camiseta, no lo hiciste bien. Si quieres puedo…
Ya estaba colocando las puntas de sus dedos bajo el dobladillo de su suéter, cuando Nico volvió a cortarle:
—Ni se te ocurra. Te vas fuera ahora mismo.
Justo después de aquel comentario, la puerta se abrió de golpe, interrumpiendo la siguiente ronda de impertinencias. Tras ésta se encontraba Percy:
—¿Interrumpo algo?
—Sí —Para sorpresa de Will, fue Nico quien lo dijo, y le gruñó también a su supuesto amigo.
—Pues lo siento, pero tengo un problema. Acaba de venir el repartidor de pizza… —al decirlo, no pudo evitar echarle una mirada a Will, a quien guiñó el ojo—. Y quiero ponerle una queja, pero mi móvil se ha quedado sin batería y no encuentro el cargador.
—¿Qué queja? —preguntó Nico, al mismo tiempo que Will decía:
—¿No puedes usar ningún cargador de tus amigos?
—No me los quieren dar. Dicen que los rompo.
—Porque lo haces —replicó Nico—. O los pierdes para siempre, no sé qué es peor. ¿Qué le pasa a tu pizza?
—Venid a ver. Nunca me había encontrado con algo así…
Lo siguieron al interior de la casa. En la mesa del comedor, la caja de pizza yacía abierta. A Will le entró la risa nada más ver el contenido y descubrir la anomalía. Miró a Nico, mientras preguntaba:
—¿En serio?
—En serio —repitió Nico, después de rodar los ojos—. Percy, has abierto la caja por el lado que no toca.
Al ver que el aludido iba a preguntarle qué era lo que le quería decir, Nico cerró la caja de pizza, le dio la vuelta y la volvió a abrir eficientemente. Ahora la pizza estaba bocarriba, como correspondía.
—Oh, vaya… —murmuró Percy—. Gracias. Podéis seguir con lo vuestro.
Sin perder ni un segundo, alargó el brazo y se sirvió una porción. Caminó de vuelta al sofá, tranquilamente, como si no acabase de protagonizar una escena vergonzosa.
—Yo creo que ya nos hemos dicho todo lo que teníamos que decirnos —comentó Nico—. Gracias por el cuaderno.
Will sabía que estaba siendo premeditadamente amable (aunque se le diera fatal) para poder deshacerse de él cuanto antes. Decidió dejarse guiar de nuevo hasta la puerta, y ya a punto de salir le preguntó:
—¿Por qué?
—Ya te lo he dicho. No estoy interesado en ti.
—Me refería a que por qué no vienes más a la cafetería. Antes venías siempre…
—Estaba liado con unos trabajos —respondió rápidamente.
Will le sostuvo la mirada.
—Ya. Claro. Entonces, ¿volverás?
—Cuando no esté tan liado, claro. ¿Por qué no?
El chico se encogió de hombros. Tuvo que contenerse para no reírse de la infantil actitud de Nico.
—Por cierto, me llamo Will Solace. Y mis flores favoritas son los narcisos.
—¿Por qué me dices eso?
Will salió de la casa, para después girarse de nuevo:
—Porque en vista de tus malos modales, seguramente cuando me pidas salir lo harás entre gritos y gruñidos, y con las flores lograrás suavizar un poco la situación.
Una vez dicho esto, volvió a darle la espalda y caminó hacia adelante. Sólo interrumpió sus pasos cuando Nico le dijo:
—¿Narcisos? Realmente te pegan, porque eres un creído…
—Ya me estaba yendo y al parecer no quieres hacer que me marche… creía que esperarías al menos hasta mañana para demostrar que estás loquito por mí. Por otro lado, me alegra que sepas algo de mitología. Es un tema que me encanta… apúntatelo y así podremos llenar los silencios incómodos de nuestra primera cita.
Nico le miró con una ceja enarcada. Aun en la distancia, parecía que sus ojos no se podían despegar. Finalmente, espetó:
—Lárgate ya, anda.
Y sin darle oportunidad de réplica, cerró la puerta de golpe.
Vuelvo a no saber si estoy forzando las personalidades de los personajes… y no sé si ha habido sobrecarga diálogo. Tampoco sé muy bien por dónde debería continuar esto... en fin, lo único que sé es que soy demasiado nueva en esto del Solangelo y no sé si me está saliendo bien. Acepto sugerencias, tomates, de todo...
Mizpah
