CAPÍTULO VI

Noviembre de 2013

En el Nueva Roma, cuando Percy se había separado de Nico, lo había hecho con el propósito de sacar a bailar a una chica que le había guiñado el ojo a la entrada del local. Lo había conseguido y habían bailado, y luego la había invitado a una copa, aunque ella había rechazado el alcohol y le había sorprendido pidiéndose un simple jugo de manzana. Estaban hablando un poco, había descubierto que se llamaba Diana, que tenía su edad y que estudiaba Medicina, cuando la chica lo agarró del brazo y se lo llevó casi a rastras de nuevo a la pista de baile. Así que habían vuelto a bailar, aunque él se daba cuenta de que ella tenía la atención fija en otra parte, y que llevaba el teléfono móvil en la mano. De pronto, se detuvo y, eufórica, comenzó a sacar fotos sin parar.

Justo después descubrió que se trataba de la compañera de piso y mejor amiga de Will Solace, y que, al igual que él, se moría por conseguir que él y Nico acabasen juntos. Aquél resultó ser el comienzo de una larga amistad.

Nico y Will. Diciembre de 2013
Azul ultramar

—¿Qué es lo que se supone que llevas puesto, Solace? —preguntó Nico, a modo de saludo. Ahora volvía a ir todos los días a la cafetería, y de vez en cuando se enviaba mensajes con Will, aunque era siempre el rubio quien iniciaba dichas conversaciones.

—Es un jersey navideño —respondió, con una sonrisa en los labios. Era de un rojo y verde vibrantes, y tenía a un enorme ciervo en el centro, con una cornamenta en relieve—. ¿No te parece adorable?

Nico enarcó una ceja.

—Ehm… ¿ador…? —dejó la palabra a medias, negándose a pronunciarla ante él—. Es demasiado temprano para mí para ver colores tan estridentes.

—Claro, ahora entiendo por qué parece que le hayas robado la ropa a un enterrador —observó, mirándole de arriba abajo con detenimiento y sin disimulo alguno.

—Café, bien cargado —pidió, tras haber rodado los ojos.

—¿Y de comer?

—Nada.

—¿Cómo que nada? —replicó Will, al más puro estilo de una madre.

—Porque sé que no me entraría nada. Eres el maldito camarero, Solace, anota el pedido sin hacer comentarios por una vez —se giró, molesto, al tiempo que Will replicaba:

—¿No has dormido bien esta noche?

El comentario le hizo voltearse de nuevo.

—Dime que no espías a qué horas tengo encendida la luz de mi habitación.

—Para tu información, aunque te parezca increíble, tengo otras cosas que hacer. Como por ejemplo, estudiar para mi examen de Inmunología de hoy. Lo decía porque tienes peor humor que de costumbre, por tus ojeras y porque, que yo sepa, los jueves tienes clase por la tarde y no sueles levantarte ni venir tan temprano. ¿Qué es lo que te impide dormir? —Will tenía muchas caras, y esta no era la del Will curioso, ni la del gracioso, ni siquiera la del chico que se sabía atractivo y que flirteaba con facilidad, Nico se daba cuenta. Era la faceta del médico, siempre preocupado por la salud y el bienestar de los demás.

—No me apetece hablar ahora mismo —dijo, sin más. Le pagó el importe y esperó a que Katie le sirviera el café, tras lo cual se dispuso a tomar asiento. Sólo que su mesa de costumbre se encontraba ocupada, así que se tuvo que resignar a la que tenía menos gente alrededor, en este caso, una cercana a la entrada del local.

Tomó un buen trago de su café para luego acabar olvidándolo, inmerso como estaba en su acuciante problema: quedaba tan sólo una semana para la entrega del proyecto de final de semestre y aún no lo había empezado. Aquello no era realmente cierto, pues lo había comenzado demasiadas veces, y lo que sucedía era que ninguna idea le había convencido por lo que todas las había acabado desechando.

Tras unos cuantos bocetos fallidos y muchos repiqueteos con el lápiz en la mesa, Nico, frustrado, dejó de fijar la vista en su labor, se bajó los auriculares que hasta entonces habían cubierto sus orejas y alzó la mirada. No podría haber encontrado un mejor momento para hacerlo, pues ahí, ante él se encontraba cierto estudiante de Medicina rubio subido a una escalera, y por lo que parecía estaba colgando unas decoraciones navideñas bastante horteras. Pero lo importante de la acción era que estaba en alto, de espaldas a él, y que además de aquel llamativo jersey llevaba una especie de leotardos (Nico no estaba muy al tanto de la moda, menos del nombre que se correspondía con cada prenda, lo importante era que llevaba algo muy ajustado que tenía pinta de ser muy suave al tacto) y que no sólo le hacía preguntarse más que nunca por cómo sería el trasero que se hallaba bajo el jersey, sino que se dio cuenta de que Solace tenía unas pantorrillas realmente atrayentes.

Nico tragó saliva fuertemente y se planteó ir al baño a echarse una buena dosis de agua fría en la cara. Él no era de los que iban por ahí fijándose en quién era sexy y en quién no, mucho menos empleaba aquella palabra, aunque fuera mentalmente. Pero ahí estaba Will, y ahí estaba Nico, con ganas de dibujar de nuevo (aunque no fuese nada que pudiese presentar al profesor, o mucho menos, que se atreviera).

—Alguien podría… —Will se giró, con uno de los extremos de la guirnalda entre los dedos índice y pulgar—. Ey, Nico. ¿Podrías…? Oh —su rostro cambió por completo, y mudó a una expresión de satisfacción—. Me estabas mirando.

—Pues claro que sí —replicó de forma brusca el moreno, que echó para atrás la silla en la que estaba sentado, sin preocuparse en no hacer ruido—, estás ahí, haciendo el tonto subido a la escalerilla, podrías matarte. No podía dibujar en paz, temiendo que te fueras a caer encima de mi… bloc.

—No estoy ni a un metro por encima del suelo, Nico —Will no se quitaba aquella estúpida sonrisa del rostro, mucho menos al ver que sin habérselo pedido, el otro chico ya estaba poniéndose manos a la obra y subiéndose a la otra escalera para ayudarle a colgar la guirnalda—. Qué tierno. Te has sonrojado —alargó la mano para acariciarle la mejilla, pero Nico se la apartó con rapidez.

—Cállate, Solace.

Le acabó ayudando a colgar todas las decoraciones navideñas, deterioradas y pasadas de moda, pero que la jefa les había obligado a poner de todos modos. Tras esto, Nico volvió a tomar asiento y a intentar encontrar inspiración, de nuevo en vano. Además, a los pocos minutos, alguien estaba arrastrando la silla que había ante la suya.

No tenía que estar hecho un lumbreras para saber que ese alguien no era otro sino Will. Había plantado frente a él, además, un plato de galletas de jengibre.

—Cortesía de la casa, por haberme ayudado.

—¿No deberías estar tras la caja registradora?

—En serio, ¿tan molesto te resulto?

La pregunta obligó a Nico a levantar la mirada. Y oh, por todos los dioses del Olimpo (como dirían Jason y Reyna). Will llevaba una diadema roja con cuernos y cascabeles. Al darse cuenta de que él se había dado cuenta, el rubio ladeó la cabeza y éstos sonaron. Su sonrisa se hizo todavía más grande.

—¿Crees que hay alguna razón física por la que no puedas dormir últimamente? ¿O por el contrario son pesadillas, nervios, remordimientos…?

Will tomó una galleta, y Nico hizo lo mismo. No obstante, en el momento de llevársela a la boca, en lugar de hacerlo, habló:

—Es el trabajo que tengo que entregar la semana que viene. Es un proyecto de coloración, y es algo que a mí se me da fatal. No me decido por ningún proyecto y… es frustrante. Me veo llegando al día de la entrega con las manos vacías…

Aquellas manos, vacías por el momento, se las llevó a los cabellos, que mesó con frustración. No sabía por qué se lo estaba contando, sabía qué le iba a responder: entrega algo que ya tengas. Seguro que apruebas. No entendería que él necesitaba presentar algo único, algo que hubiera salido directamente de sus entrañas, algo que pudiera defender y de lo que se sintiera orgulloso e identificado… algo que todavía no tenía.

Pero Will fue Will una vez más, y lo que hizo fue sorprenderle. Le tomó de la muñeca, la derecha, hizo que bajara la mano y le miró a los ojos.

—A las tres, en la puerta de tu casa. Sal con todo el material que creas que puedas necesitar. Te voy a llevar a un sitio, y si no sales de ahí con una idea… —realizó una pausa, tras la cual rectificó—. Sé que saldrás ahí con una idea.


Nico, por una vez, no le había discutido. No le había dicho que se perdería un par de clases, pues sabía que si Will le había propuesto salir a aquella hora era porque sería justo después de haber terminado su examen. Y si Will, a pesar de estar exhausto por madrugar para cumplir con su turno de trabajo y enfrentarse después a un duro examen estaba dispuesto a llevarle a dondequiera que fuese para inspirarle, debía por una vez dejarse su actitud gruñona en casa. Realmente necesitaba inspiración, y ya no sabía qué hacer para conseguirla. Que tenía curiosidad por estar con Will, por ver adónde le llevaba éste, no lo reconocía ni ante sí mismo.

Sin saber qué esperarse, se abrigó mucho por si se tratara de un lugar al aire libre, cogió su cuaderno de bocetos de siempre y el grande, preparó cuatro lienzos (una de sus ideas iniciales había sido la de realizar una composición de cuatro obras con una progresión o un tema común) y en su maleta con ruedas metió todos los materiales que pensaba que podría utilizar. Salió a las tres en punto de su casa, en la que por suerte no estaban Percy ni Jason con sus interminables preguntas. Sólo tuvo que esperar diez minutos a que el coche de Will, aquella antigualla color naranja chillón, se detuviera frente a su casa.

—¿Te llevo a algún sitio, guapo? —le preguntó Will, seductor, a través de la ventanilla bajada. Llevaba unas gafas de sol de estilo aviador, y una cazadora de cuero roja con las mangas negras. Parecía listo para una carrera sobre el asfalto.

Bajó del coche y le ayudó a meter sus cosas, algunas en el maletero, los lienzos en los asientos de atrás. Después le obligó a abrocharse el cinturón y se pusieron en marcha.

—¿Qué tal ha ido el examen de Inmunología? —preguntó Nico. Le dolió que se notara lo mucho que Will se sorprendió ante el hecho de que se acordara, aunque supuso que, de nuevo, se merecía aquel tipo de reacciones.

—Psé. ¿Creo que bien? Al menos, eso espero —suspiró—. Tenemos algo menos de hora y media de viaje. A tus pies hay una bolsa, con unos bocadillos. El que tú prefieras cómetelo y el otro me lo pasas. Cómetelo entero si no me quieres hacer enfadar. Y hay una pequeña ensalada, y un par de zumos naturales. También tienes que tomar de eso.

A partir de ahí se enzarzaron en una discusión en la que Will aseguraba que estaba convencido de que Nico no comía sano, y el aludido, en vano, trataba de rebatirle. A veces comía cosas saludables, o esto es, cuando Jason se acordaba que tenían que comer ensalada, y compraban un par de lechugas o cuando la madre de Percy les llenaba la nevera de tuppers nutritivos.

—¿No escuchas nada más que esto? Estoy cansado de escuchar surf rock, es la única música que Percy pone últimamente por casa.

—Pon lo que gustes —con un ligero encogimiento de hombros Will le señaló la guantera, donde Nico tuvo que guardarse sus palabras. Poseía una cantidad enorme de CDs, todos de artistas muy distintos y de estilos bien diferentes. Al notar su sorpresa, añadió, de nuevo encogiéndose de hombros—. Me gusta todo tipo de música.

Tras pasar más de una veintena de álbumes, el chico se detuvo y preguntó, más que sorprendido:

—¿En serio es éste? ¿El trío del Archiduque, de Beethoven?

—Sí, ése es —dejando de mirar por un momento la carretera, Will le lanzó una mirada llena de curiosidad—. ¿Lo conoces? ¿Te gusta?

—Sí, me gusta mucho —admitió, y para esquivar sus ojos azules sacó el disco anterior y metió el otro en el reproductor.

—Vaya, no conocía a nadie que disfrutara de la música clásica. Al menos, no nadie de mi edad.

—¿De tu edad? Solace, yo no soy ningún viejo de veinte años.

Will soltó una risita en respuesta, y acariciando el cuero del volante, dijo:

—Anda, vamos a disfrutar del Trío del Millón de Dólares.

En silencio, pero a ritmo de Beethoven, pasaban los kilómetros. Nico veía cómo se acercaban a la costa. Poco a poco se habían ido alejando de todo núcleo urbano, sin perder de vista nunca el mar. Al final, y tras pasar de largo lo que tenía pinta de ser una pequeña población abandonada, Will detuvo el motor de su apreciado Camaro.

—Hemos llegado —anunció el rubio, que se desabrochó el cinturón de seguridad.

Mientras tanto, Nico miraba por la ventanilla.

—¿Puedo preguntar el porqué de detenernos aquí, y justo aquí?

—Claro que puedes, di Angelo. Tú siempre me estás cuestionando, ¿no? Anda, sal del coche y saquemos todas tus cosas. Pronto lo descubrirás.

Así que una vez sacados todos sus bártulos, Nico siguió los pasos de Will. En seguida se dio cuenta de que se acercaban a un edificio abandonado, que se encontraba en una pequeña elevación frente al mar. Allí, en medio de la nada, el edificio parecía representar otra de las muchas incoherencias de la mano humana, que destruía un lugar virgen para después desentenderse por completo de sus acciones y dejarlas languidecer, como si éstas pudieran ser borradas con la misma facilidad que eran obradas.

—Es una vieja fábrica, aunque nunca he llegado a saber de qué. Cuando llegué, ya estaba todo prácticamente vacío, el cartel retirado, si es que alguna vez lo hubo. Creo que la construyeron, como algunos edificios no muy lejanos, con la intención de crear una nueva población, pero no prosperó. La gente que vino a esta zona pareció encontrar mayor acomodo y prosperidad en otras ciudades cercanas, y no encontraron el sentido de ocupar ésta. O al menos, eso es lo que deduje tras leer un recorte de un viejo periódico —Dicho esto, se abrió paso en el lugar, una nave no muy grande prácticamente vacía, en la que se veían al fondo unos enormes ventanales abiertos al mar. Se notaba que no le resultaba ajeno. Es más, parecía que le estuviera enseñando su propia casa.

El edificio constaba de dos plantas, y Will no tardó en subir las escaleras de caracol que llevaban al piso superior. En éste el espacio estaba más compartimentado, y Nico fue guiado a la estancia que se encontraba al final del pasillo. En ésta, a diferencia del resto del edificio que había visto, había algunos muebles y signos de habitabilidad. Las ventanas tenían todos los cristales completos, se notaba que habían sido reparadas recientemente. Había una mesa redonda, varias sillas de diferentes procedencias, una vieja nevera, un equipo de música, un viejo sofá, un arcón, una estantería que acumulaba diversos libros, un gran colchón en una esquina. Unas tablas de surf habían sido apoyadas al lado de la puerta. Y fotos, montones de fotos plagaban todas las paredes. Había tantas, todas con un fondo azul, que parecía que la estancia estuviera pintada de dicho color. Todas las fotos retrataban el mar en todas sus dimensiones: bravo, calmo, tormentoso, austero. Pero también se podía ver el mar siendo amante, siendo amigo, siendo vida.

—Este lugar… ¿es tuyo? —preguntó Nico, a pesar de conocer la respuesta de antemano.

Se giró para ver cómo Will se retiraba las gafas de sol y se las subía al pelo, a modo de diadema. Una diadema muy distinta de la que había llevado aquella misma mañana.

—Sí. Lo encontré hará tres años ya, cuando acababa de estrenar el Camaro y buscaba sitios alejados de todo donde poder hacer aunque fuera un poco de surf en condiciones decentes. Sabía que acabaría estudiando en Lutwidge, y necesitaba un lugar cercano al que poder acudir para distraerme. Yo… puede sonar raro, pero más de dos semanas alejado del mar, no puedo estar.

Contra todo pronóstico, Nico respondió con un asentimiento:

—Lo entiendo. Percy es igual.

También Will asintió.

—Voy a dar la luz. Encenderé un par de estufas portátiles que tengo por aquí. No podremos despelotarnos así alegremente, pero al menos esto estará un poco más caldeado. O eso espero. Tú… inspecciona el sitio. Ve adonde te apetezca. Encuentra tu inspiración.

Nico optó por ir a la playa. Se llevó consigo su cuaderno de bocetos, el que siempre le acompañaba, y se sentó en la arena. Solía dibujar del natural o extraer ideas de su imaginación, pero en esta ocasión había pensado que tal vez sería buena idea usar fotografías, así que también había sacado la cámara de casa. Durante unos minutos simplemente miró el mar, el ir y venir de las olas. Y entonces tuvo una idea… ¿y si capturaba el cambio de tonalidades del mar con el paso de las horas?

Tomó una foto. Sí, aquello haría. Tomó otra. Sí, justo aquello. Necesitaba ir adentro a por los materiales, probaría cuál sería el mejor para capturar aquel mar… en eso pensaba cuando se giró y vio a Will aproximándose a él, corriendo como una bala. Iba en bañador, solamente en bañador, y llevaba una toalla en las manos. Estupefacto ante aquella visión, ante lo sorprendente del acto, no dijo nada. Will lanzó la toalla justo al lado de Nico y siguió corriendo hasta adentrarse en el mar.

Estaba loco. Will Solace estaba completamente loco. Y no sólo eso. Demente, chiflado, loco de atar, majareta… todo aquello y más. Estaban en pleno diciembre, en el estado de Nueva York, y hacía tanto frío que Nico, encontrándose a la orilla del mar, aún tapado, se estaba empezando a enfriar. Will, en cambio… nadaba, nadaba con fuerza, y luego volvía a la orilla. Agitaba los brazos, los hacía chocar contra las olas y daba vueltas sobre sí mismo. Parecía en éxtasis. Nico no lo pudo evitar, alzó la cámara e hizo una foto, luego otra, luego otra más. Y luego, miró. Miró y miró, hasta que al loco de Will le dio por parar de pelear con el mar y salió. Tiritaba, evidentemente. Nico, sin decir nada, le lanzó la toalla, que Will aceptó graciosamente. Después, corrió de nuevo a toda prisa hasta el edificio que quizás algún día fue una fábrica, quizás tan sólo un proyecto de una. También se dirigió para allá Nico, aunque no para seguirle. Iría a por sus lienzos y se pondría a trabajar, mientras Will… Will podía seguir haciendo el loco a su alrededor.

Sorprendentemente, cuando entró la habitación ésta ya empezaba a estar caldeada. Will estaba agachado frente a una de las estufas, arrebujado en la toalla. El artista tomó sus cosas en silencio, se giró dispuesto a ir a su zona de trabajo e iniciar su obra… pero fue incapaz de no decir nada.

—…se supone que algún día pretendes ser médico.

—Así es —respondió, sin saber adónde iría a parar la conversación.

—¿Y no crees que si un paciente fuera a tu consulta, te dijera que se dedica a hacer lo que tú haces en pleno diciembre en la costa este, tú deberías desaconsejárselo?

Los hombros del chico se encogieron, restándole importancia al asunto.

—Y tú, tú eres un artista, ¿no? He podido ver algunos de tus bocetos. Esa chica tan bella, la de la trenza morena. Reyna, ¿se llama? —Ahora era Nico quien no sabía dónde iba a parar todo aquello—. La dibujas siempre sonriendo, como a muchos otros de tus modelos. ¿No te parecen las sonrisas lo que pueden hacer más hermoso el rostro humano?

—Supongo que sí…

—Entonces, ¿por qué te veo sonreír tan pocas veces?

El aspirante a médico se giró, un poco hacia él, y le clavó su mirada azul, tan azul como las olas del mar que peleaban afuera. Nico estaba a punto de refutarle como hacía siempre, de decirle que no entendía la comparación si es que pretendía realmente comparar algo, pero entonces… sonrió. Enormemente.

—A eso me refería —dijo Will, complacido.

Pero Nico no le escuchaba. Porque su mente había hecho clic, los engranajes al fin se habían puesto en marcha. Y lo único que pudo decirle en aquellos momentos fue…

—Quédate quieto.

Le dibujó, allí, frente a la ventana, frente al mar. Le dejó sentarse en un taburete, le dejó ponerse unos pantalones. El paso de las estaciones a través del mar y de Will Solace, aquello era lo que pretendía plasmar. Otoño era de espaldas, era decirle adiós al verano sin mirar atrás, despedirse y dejar dormir o morir todo lo que había podido florecer anteriormente. Invierno era un perfil añorante y esperanzador, que decía que todo lo muerto podría volver a renacer, que todas los adioses podían resultar ser un hasta luego. Con la primavera se giraba un poco más, se le veía mejor pero no del todo, pues los rayos del sol velaban al mismo tiempo que mostraban su cuerpo. Finalmente volvía el verano, donde Will se abría completamente a él, lo miraba de frente, a los ojos. El verano invadía todo de ardor, tanto que había que tener cuidado con su luz y su calor, pues éstos podían llegar a quemar.

Ya tenía el concepto. La base sobre la que trabajar. El chispazo que iniciaría la hoguera. Cuando tuvo listos los cuatro retratos y se iba a ocupar en trabajar en otras cosas como plasmarlo en los lienzos y trabajar en la composición, se lo dijo a Will, que dejó de ocupar el taburete y se dedicó a otros menesteres. Nico no sabía qué hacía, de tan inmerso que estaba en sus manos y en su obra. Se puso los auriculares, aun sin música, para aislarse no de Will, sino de todo estímulo exterior. Cuando paró, fue porque alguien le apretaba ligeramente el hombro derecho. Nico le miró, sobresaltado, al tiempo que trataba de ocultar con su cuerpo lo que estaba dibujando, un acto reflejo adquirido hacía años:

—¿Pasa… qúe…? Will.

—Nico —dijo Will, y le ofreció una pequeña sonrisa—. Tienes que comer algo. Y… bueno, es tarde, muy tarde. No sé si querrías que volviésemos…

—No —replicó Nico, aunque luego se dio cuenta de dónde estaban, de que le había llevado Will, de que a aquel lugar probablemente no se podía llegar de otro modo—. Márchate tú, si tienes que hacerlo. Yo necesito estar aquí, necesito estar por la mañana para pintar la primavera. El amanecer, quiero decir.

—Muy bien. Nos quedamos, entonces. Pero a cambio tienes que cenar. Venga, es noche cerrada, no puedes ver nada que te inspire, no mientas. Si hay un momento para descansar, ése es ahora.

Al haberse aislado, también había anulado el sentido del olfato. Ahora notaba que había algo que olía muy bien, y al girar su rostro vio que la cena ya dispuesta en la mesa redonda.

—Supongo que no eres vegano, simplemente eres anti comida sana… —comentó Will. En el pequeño hornillo portátil había preparado unas pechugas de pollo en salsa con patatas y verduras de acompañamiento.

Nico negó con la cabeza en respuesta; en cuanto se sentó, comenzó a comer de buen grado, hasta terminarse el plato y repetir. Se dio cuenta de que Will le miraba, y para quitarse su mirada inquisitiva de encima, explicó:

—Cuando estoy trabajando en algo, siempre tengo hambre.

—Pero por lo que parece, no te acuerdas de que tienes la necesidad de comer —comentó Will, al tiempo que se levantaba con su plato entre las manos.

—La verdad es que no —Nico lo imitó y se puso a recoger el resto de cosas de la mesa.

—Eso demuestra mi punto, necesitas un novio que te recuerde esas cosas —cuando finalizó la frase, le guiñó un ojo—. Que te prepare desayunos apetitosos y cenas reconfortantes.

—Claro —dijo, tras una falsa carcajada—, y supongo que ahora me dirás que tú eres el candidato ideal.

—No lo he dicho yo, lo has dicho tú —Will sonrió y abrió la puerta de la sala, e inmediatamente entró el frío del pasillo y del resto del edificio sin caldear—. La única pila que hay en funcionamiento es la del baño de la derecha. Tráeme lo que llevas, si no te importa, y yo lo fregaré.

Fue Nico quien fregó, por pura testarudez. El agua del grifo estaba helada, por lo que en cuanto volvió a la habitación, puso las manos ante una de las estufas.

—¿Es pronto para preguntarte por cómo llevas el proyecto? —Will se había recostado en el colchón, con un libro de texto de apariencia muy pesada en el regazo.

—Está… en marcha. Va tomando forma —admitió, mientras frotaba sus nudillos.

—No puedo verlo, ¿no? —El artista no respondió, pero quedaba patente cuál sería su respuesta—. He posado medio en bolas para ti y no puedo echarle ni siquiera un vistazo… hay que ver cómo tratas a tus musas, Nico di Angelo. A no ser que el hambre que sientes cuando pintas tenga que ver con otras cosas comestibles… no sé en qué puede beneficiarme todo esto…

—Eres un pervertido —replicó Nico, a pesar de que sabía perfectamente que el rubio no hablaba en serio. Por alguna extraña razón, lo había llevado allí para ayudarle, sin ningún tipo de segundas intenciones—. Y ni siquiera se te llega a ver el ombligo. Lo verás… a su debido tiempo. Y si crees que voy a hacerte una… a hacerte algo por el hecho de que me hayas traído aquí… estás muy equivocado. Sólo me siento interesado por ti artísticamente.

—Ya… claro. ¿Puedes decírmelo aquí, frente a mí, y no de cara a una estufa cuyo calor oculte tu rubor?

Estaba Nico comenzando a girarse cuando su móvil, que horas antes había depositado encima de la nevera, comenzó a vibrar.

—Ah, sí. Tus novios han estado llamando a intervalos de media hora desde hace un buen rato.

—¿Percy y Jason? —preguntó, al mismo tiempo que caminaba para coger el teléfono.

—Nunca me acuerdo del nombre del rubio con buenos bíceps —Nico ya tenía el móvil en la mano, estaba a punto de descolgar, pero no pudo evitar lanzar una mirada de sorpresa a Will, con las cejas enarcadas—. Pero tranquilo, me van más los morenos —el final de la frase lo acompañó con un seductor guiño de ojo.

Tras un suspiro, Nico descolgó el teléfono. Tardó un rato en decir:

—No me ha pasado nada. ¡Claro que estoy bien! —hizo una pausa—. No voy a pasar la noche en casa —tras una réplica, añadió—: tengo ya dieciocho años, y tú no eres mi madre, Jason —tomó un resoplido, mientras miraba a Will, que sonreía, divertido al imaginarse la conversación del otro lado—. Percy. Dile a mamá Jason que estoy perfectamente y que nos vemos mañana. ¿Qué? ¿Condones? Ahhh, cállate por favor… adiós.

Tras colgar, Nico devolvió su teléfono al lugar en el que anteriormente se encontraba.

—¿Condones? —preguntó Will, realmente interesado.

—Percy me regaló una caja por mi cumpleaños, y no entiende cómo se me ocurre irme a pasar la noche fuera de casa sin haber cogido ninguno —respondió, y rodó los ojos en consecuencia.

—Bueno, no tengo problemas en ir a pelo si es contigo…

—¡Solace!

Nico se echó encima de Will, que seguía tumbado en la cama, y ahora no paraba de carcajearse. Era tan fácil y divertido ruborizar y sacar de sus casillas al joven di Angelo… Le estrelló el pesado libro que había estado ojeando contra el pecho, sin dejar de reír.

—¿De qué es esto? —Nico lo miró, al tiempo que lo sopesaba—. No me digas que mañana tienes examen.

Lo había dicho porque temía que fuera cierto, que Will estuviera perdiendo horas de estudio por su culpa. Pero en el exterior, lo había expresado como un reproche. No obstante, el otro chico no se lo tomó a mal y respondió con naturalidad:

—No, qué va. Pero en mis ratos libres avanzo materia.

El moreno asintió, y dejó el libro con cuidado en la balda de la estantería más cercana.

—Si no recuerdo mal —Will llamó su atención, como hacía siempre—, ibas a decirme que sólo te sientes interesado en mí artísticamente.

—Ah, sí —Nico giró el rostro para mirarle. Bajó los ojos, pues ahora Will yacía bajo él. La rodilla derecha de Nico, concretamente, estaba hincada en el hueco entre las dos piernas del otro chico. Se fijó en lo que llevaba puesto, unos vaqueros de color claro desgastados, una camiseta de algodón blanca que se le había levantado un poco por la pequeña pelea, y revelaba una franja de piel dorada, sobre la cual sus ojos quedaron fijos por más tiempo de lo que podía considerarse como normal. Encima de la camiseta se había echado una camisa de franela a cuadros rojos, blancos y negros.

—Y ahora me estás contemplando… con intenciones meramente artísticas.

—Ajá —Nico asintió, había estado deslizando la mirada hasta el cuello y la barbilla del chico, que ya conocía bien pues había estado dibujándolas apenas hacía unas horas. Al hablarle, sin embargo, se había visto obligado a centrarse en la boca y los labios de Will, en cómo se movían a la hora de articular palabras. Sin saber cómo, su mano había descendido hasta estar posada en el pecho de Will. Notó cómo ésta subía y bajaba al compás de su respiración, calmada y quieta.

—Y ahora me tocas… sólo por interés artístico.

—Sí.

Su mano subió hasta el mentón de Will, que pellizó ligeramente, para hacer que los labios se le entreabrieran. Ahora Will lo miraba a través de sus largas pero claras pestañas, que sólo eran claramente visibles con una proximidad como la que ahora compartían.

Entonces fue cuando su mente y sus ojos capturaron una imagen que sabía que algún momento acabaría pintando. Will, tranquilo y dócil bajo él, con la boca entreabierta, la lengua húmeda que aguardaba a la espera, los ojos deseosos, de un azul ultramar, las mejillas arreboladas y calientes. Y su mano, la mano de Nico, acariciando su rostro.

—El otro día, en el Nueva Roma… ¿probaste la textura de mis labios con intenciones artísticas?

Las palabras ya no le salieron. Nico asintió, para luego bajar la cabeza y su cuerpo. La mano libre la colocó al lado del rostro de Will, para inclinarse sobre él, pero sin cargar su peso contra su cuerpo.

—Pero necesitas… necesitas más pruebas… por mero interés artístico, claro —dijo Will, pero su voz fue cambiando a medida que notaba que Nico estaba cada vez más y más cerca, más próximo a hacer lo que sabía que acabaría haciendo.

—Sí —murmuró, contra su boca, aunque sin llegar a tocarla. En cambio, la punta de su nariz acababa de acariciar la del rubio. Asimismo, sus cuerpos se rozaban en ciertas zonas, aunque Nico conseguía mantener las distancias incluso en aquella situación—. Ahora cállate, Solace.

No hubo terminado de susurrar su apellido cuando sus labios se entrelazaron, esta vez, con lentitud y languidez. Parecían algo dormidos, pero no por cansancio, sino porque tenían ganas de hacerlo así. Podría decirse que en parte, aquel beso era por cierto interés artístico, pues sólo de esa forma se podía sentir realmente la forma y textura de los labios del otro, qué zona besaba cuál. Primero atrapó su labio inferior, luego el superior. Will hacía lo mismo pero a la inversa. No aumentaban el ritmo, tampoco lo querían. En cierto momento, giraron y estuvieron los dos de costado, besándose uno frente al otro, el único punto de unión de sus cuerpos sus labios y una de sus manos, entrelazadas.

Cuando dejaron de besarse, Nico siguió con los párpados cerrados. Will se cernió sobre él y, al oído, le susurró:

—Esperaré a que lo reconozcas y aceptes. Te esperaré el tiempo que necesites.

El moreno abrió un ojo, sólo uno, y le dijo:

—¿Por qué tienes que fastidiarlo siempre todo, Solace?

—Vaya —Le dedicó una sonrisa de medio lado—. Creía que precisamente era eso lo que hacías siempre tú.

Se quedaron por unos instantes mirándose a los ojos, cuando finalmente Nico dijo:

—Que durmamos juntos no significa que me puedas abrazar o usar de almohada, ¿queda claro?

—Descuida. Mantendré mis manos quietas. Sólo me siento interesado artísticamente por ti.

A Nico, las grapas que solían sujetar los labios, se le escaparon momentáneamente y mostró una pequeña sonrisilla. Para evitar que ésta se viera, se giró en la cama. Pero Will sabía que había que ésta había estado allí.

x.x.x

Sorprendentemente, el sueño cayó en seguida sobre Nico. Por el contrario, se levantó muy temprano, tiempo antes del amanecer. Tanto que cuando terminó de preparar sus bártulos, la oscuridad seguía imperando afuera. Había una lámpara encendida, que iluminaba el cuerpo de Will, dormido plácidamente, al tiempo que creaba sombras que nunca antes le había visto. Sin tener nada mejor que hacer, decidió dibujarlo. No obstante, cuando estaba terminando de contornear su cuerpo, recordó la ventana y vio cómo estaba a punto de amanecer. Emborronó a propósito la cabellera rizada de Will y escribió rápidamente una nota al margen, "se te pone un pelo horrible cuando duermes". Antes de marcharse, dejó la hoja al lado de su cuerpo, en la cama.

En cambio, Will tardó en dormirse, alterado por la presencia del otro chico a su lado. Se había dormido incluso antes de que apagaran la luz, y ahora no se atrevía a levantarse y apagarla. Suponía que Nico debía tener un humor terrible si alguien le despertaba, aunque resultara ser sin querer. De todos modos, era un fenómeno insólito verlo así, resultaba digno de contemplar. Por una vez, Nico di Angelo no tenía aquella muralla rodeada de alambre de espino que siempre le rodeaba, no tenía aquel ceño fruncido ni aquellos labios firmemente apretados en señal de disgusto. Estaba más guapo que nunca, tan bello como un ángel, pensó Will, si los ángeles tuvieran alas negras y mirada asesina. Así, con las dos manos bajo el rostro y mirándole, acabó durmiéndose.

Cuando despertó, el otro lado de la cama estaba frío. Se levantó aplastando un papel, y cuando lo vio, descubrió que se trataba de un dibujo de Nico. Lo había dibujado a él tumbado, con tanta precisión de la forma de su cuerpo que por un momento se sintió sobresaltado. En esta ocasión sí que le había dibujado el ombligo, que había sido revelado al levantársele la camiseta durante el sueño.
Con un lápiz que encontró sobre la mesa, Will dibujó a un Nico inclinado sobre él, besándole en la mejilla. El dibujo no era ni de lejos la mitad de bueno que el de Nico, pero si a Will se le daba bien una cosa ésa era transmitir, y a pesar de que sus destrezas artísticas no fuesen de calidad, estaba claro que el personaje que había plasmado se trataba de Nico. Lo que había escrito él, lo rodeó en un bocadillo. Ahora parecía que le estuviera diciendo eso contra la oreja, que en lugar de una crítica mezquina se tratase de un comentario cariñoso dicho para despertarle. Sonrió ante su obra y la pegó en la pared, junto a cientos de fotografías de mares y océanos. Seguro que cuando fuese vista, se ganaría un gruñido por parte de Nico.

Después de asearse, Will preparó un desayuno frío, así como una gran jarra de café. Bajó a la playa, donde encontró a Nico.

Había hincado el caballete en la arena, se había llevado el taburete en el que ayer su modelo se había sentado, aunque lo usaba a modo de mesilla auxiliar. Con un tubo de pintura en mano, daba brochazos pequeños, rápidos pero certeros. El lienzo parecía muy avanzado, pero Will no se fijó mucho en él, ya que sabía que Nico quería mantener una cierta privacidad.

—He traído algo de comer.

Nico no dijo nada, ni siquiera lo miró. Siguió pintando. Will se sentó en la arena y comenzó a comer en silencio, mirando el mismo mar que miraba Nico. Al rato, Nico se sentó a su lado y comió y bebió lo que le ofreció, le preguntó hasta qué hora disponían de tiempo y luego sin perder un segundo volvió al trabajo.

Volvieron a casa después del atardecer. El Camaro olía a pintura fresca, sonaba una ópera de Puccini. En cierto momento Nico se durmió, con la cabeza apoyada contra la ventanilla. Will condujo más despacio para no despertarle, más aún de lo que ya estaba conduciendo, para asegurarse de que los lienzos no chocaran y la pintura que aún no se había secado se estropeara. Cuando se despertó, con los ojos soñolientos y el pelo chafado, Nico le dijo:

—Conduces como una viejecita, Solace.

—Y tú duermes como un bebé, Little Nico.

No dijeron mucho más. En casa, Percy y Jason les esperaban en los peldaños de la entrada de la casa. Will no tuvo que ayudarle a sacar las cosas ni llevarlas al interior. Jason le lanzó una miradita de advertencia, Percy una sonrisa traviesa. Nico no dijo nada, y se metió adentro, cohibido.

Sin embargo, cuando se volvió a meter en el coche, vio que en el asiento del copiloto había dejado otro dibujo. En este caso, estaba pintado a todo color. Se trataba de Will, el día anterior, jugando con las olas. No tenía ni idea de cuándo lo había hecho. En pequeñito, en la parte de atrás, decía:

Gracias.


Esta es la última vez que prometo algo para el próximo capítulo. Está claro que Will y Nico tienen vida propia. Pretendía que lo que ha sido descrito a lo largo de este capítulo se tratase de sólo una viñeta de varias que mostrarían el paso del tiempo y la evolución de la relación. En cambio, vengo con el capítulo más largo hasta el momento.

Espero que el beso no haya resultado demasiado forzado… cuando estaba escribiendo la escena para mí surgió sin más, pero igual ha parecido que Nico no caería de nuevo… no sé.

Como siempre, espero que os haya gustado, muchas gracias por leer y comentar.

Nos vemos en el otro lado,

Littlemacca