CAPÍTULO VIII
Will y Nico. Diciembre de 2013.
Verde esperanza
Will pasó de página, para descubrir que al fin había terminado de repasar aquel tema. Su examen de Anatomía era el siguiente día, y ya se lo había estudiado todo, pero estaba tan nervioso que no podía hacer otra cosa más que seguir con la cabeza metida en los libros. Que la sala de la biblioteca en la que se encontraba estuviera vacía, pues el resto de los estudiantes del campus ya habían finalizado todas sus pruebas, y que seguramente ya estarían rumbo a su casa para pasar allí las Navidades, no le desmotivaba. En realidad, era una especie de incentivo. ¿Quién tenía la biblioteca sólo para él?
Alzó la vista y suspiró. ¿Cuánto tiempo llevaba sentado sin moverse? Sí, ya era hora de levantarse y estirar un poco las piernas, hidratarse y volver a la faena. Aunque quizás también debería comer algo…
De pronto, se dio cuenta de que había estado siendo observado.
—Nico —dijo, en un tono de voz normal, pero que en la callada quietud de aquel ala de la biblioteca sonó como un grito estrangulado.
El aludido pegó un respingo detrás de la estantería, que había convertido en puesto de vigía.
—Ho… hola. Estaba yo buscando un libro… —comenzó a toquetear varios volúmenes que se encontraban en su línea de alcance. Will no pudo evitar sonreír, aquel chico a veces actuaba tan cliché, tan protagonista de película de instituto—. Ya sabes, de Anatomía. Tengo un proyecto para estas Navidades y creo que los libros de arte no serán suficientes… —interrumpió su perorata al ver a su interlocutor cara a cara, pues mientras hablaba se había levantado, había bordeado la mesa y la estantería hasta encontrarse ante él—. Quiero hacer algo más al detalle —terminó concluyendo, tras lo cual apretó los labios.
—Ajá. ¿Sabes? Si tuviera que creerte, tendría que creer también la creencia popular de que en las enseñanzas artísticas no tocáis ni un libro porque no tienes ni idea de moverte en una biblioteca. Anatomía está en la planta baja, aquí sólo hay revistas de Medicina… es una zona dedicada al estudio. Tal y como indican los carteles que hay por todas partes.
Durante unos segundos, Nico se quedó mirando hacia los lugares que indicaba Will, que remarcaban que no había quien se creyera que no había ido allí buscándole a él. Como no decía nada, Will volvió a hablar:
—¿Y esa bolsa que tienes a tus pies? ¿Es tuya?
—Es… —Nico miró al suelo—. Sí.
—¿De comida? ¿Has venido a la biblioteca a comer?
Will era plenamente consciente de que le estaba presionando demasiado a Nico. Lo cierto era que desde su "discusión" (si podía llamarse así) tampoco había pensado mucho en él. No había podido. Las diapositivas, los apuntes y los libros habían nublado su juicio. Cuando había podido volver a la tierra, había sido al echarse en la cama, y ahí podía pensar en Nico por unos segundos, antes de dormirse y llevárselo de nuevo a las estrellas. Así que recordaba que debería seguir molesto con él, pero aquél era un estado que a Will le costaba demasiado esfuerzo mantener.
Precisamente fue con esfuerzo, porque se le notaba que lo suyo le estaba costando, Nico le preguntó:
—¿Te apetece comer algo?
—De acuerdo, si insistes.
—No estoy insistiendo —replicó rápidamente.
—Si insistes —repitió Will con una enorme sonrisa que Nico se moría por borrar de sus labios—. Aquí hay un pequeño jardín interior al que podemos ir. A estas alturas del año, estará vacío, y a diferencia de afuera, la temperatura es buena.
En silencio, bueno, en realidad Will estaba silbando, porque no podía ser de otra forma… se dirigieron hasta aquel patio que se encontraba en una de las alas de la biblioteca. Como había prometido, se encontraba vacío. Había unos bancos donde sentarse, una fuentecilla en la cual fluía el agua, gravilla en el suelo y algunas plantitas. En el centro, un árbol con una placa en las raíces que indicaba: "El árbol de la ciencia". Tomaron asiento en el banco que se encontraba bajo éste, con la bolsa de comida ubicada entre los dos. Sin mediar palabra, Nico extrajo de ésta dos vasos de bebida, uno se lo pasó a Will, el otro se lo quedó para él, para después sacar una caja llena de pastelillos con glaseado brillante color rosa y anisitos de múltiples colores.
—Oh, no puede ser —exclamó el rubio al verlos—. Me encantan.
Sin poder evitarlo, cogió uno y se lo llevó a la boca. El sonido que emitió al comerlo sacudió por completo a Nico, incapaz de hacer nada ante tal espectáculo.
—Si no coges uno ahora mismo —dijo Will, una vez se hubo terminado el primero—, corres el riesgo de quedarte sin probar ni uno. Me vuelven muy loco los pastelillos de Mr. D. Por cierto —comenzó a decir mientras ponía su mano derecha sobre la que sería su siguiente víctima—. ¿Quién te ha dicho que eran mis preferidos? ¿Le has preguntado a Diana? —Nico seguía sin decir nada, y toda la cafeína que había ingerido Will para estar al cien por cien en el estudio, sumada a que no había hablado con nadie en todo el día, incrementaban sus tendencias al parloteo—. Ahora no me dirás que todo esto no lo has hecho por mí. Venga, atrévete.
—Solace —le cortó Nico. Su ceño comenzaba a fruncirse por momentos—. Cállate ya. Cállate ya —repitió, en esta ocasión con un tono mucho más dulce—, porque como sigas diciendo… como sigas así… Mira. A ver cómo digo esto… —se hizo el pelo a un lado, en un gesto pensativo—. Claro que he hecho todo esto por ti, pero me toca las narices que tú te pavonees con esa sonrisa estúpida tan bonita tuya diciendo con esa asquerosa seguridad que ya sabes lo que siento por ti. Porque eso es algo que te diré yo cuando a mí me dé la gana, ¿no crees? Como si me apeteciera llevármelo a la tumba…
—Eso es algo muy emo, ¿no crees? Yo estoy estudiando Medicina, soy más de dejar las cosas en el terreno de los vivos. Pero vale, vale. Ya me callo —dijo en un gesto pacificador, tras el cual simuló que se cerraba la boca con una cremallera.
—No me lo trago. ¿Tú, callado? Eso es una utopía que jamás se hará realidad.
—Admite que… —comenzó a decir Will, pero no dijo nada más al darse cuenta de que había vuelto a hablar. Así que se decidió por llevarse a la boca otro pastelillo más.
—La cosa es que… me exasperas. Eres realmente insoportable. Siempre estás parloteando y diciéndome cosas para hacerme rabiar. Pero al mismo tiempo… no puedo dejar de ir a la cafetería, y por alguna extraña razón me quedo con todo lo que me dices, por eso recuerdo que una vez me dijiste que te encantaban esos cursis pastelillos que parecen vómito de unicornio. Y así, de ese modo… a veces no resultas tan desagradable. Porque tú —Nico acababa de alzar la mirada para encontrarse con los ojos de Will, pero al ver su expresión facial se interrumpió—. Mira, ya tienes esa estúpida sonrisa en la cara de nuevo.
—Estúpida sonrisa tan bonita, has dicho. Yo también me quedo con todo lo que dices —le replicó resueltamente.
—Argh. ¿Lo ves? ¿Por qué tienes que ser así? —preguntó, llevándose las manos a la cabeza, exasperado.
—Ey, Nico. Nico —Will apartó las cosas que les separaban y le tocó el brazo izquierdo con cautela—. Mira, lo siento. Soy consciente de que hoy estoy siendo quizás demasiado yo, pero estoy muerto de nervios por mi examen de mañana y me he tomado como media máquina expendedora de cafés. Pero lo que quería decirte es que no tienes que…
—Para empezar era yo el que te quería pedir perdón, no deberías ser tú el que lo hiciera. Llevo seis días en casa decidiéndome a cómo hacerlo —al ver la expresión de asombro en Will, que había conseguido incluso que se callara, prosiguió—. Siento haberme comportado como un estúpido el día de mi exposición. No te esperaba y… siempre me pones de los nervios, así que ese día más todavía.
—¿Por qué? —Will seguía con la mano sobre el brazo de Nico, y ahora se lo frotaba ligeramente.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué te exaspero tanto?
—Porque me gustas —respondió pura y sencillamente Nico. Siguió hablando, para no pensar en lo que había dicho—. Y es algo que nunca había sentido antes… al menos no de esta forma. Y me pone de los nervios. Me pones de los nervios. Venga va, ¿no tienes ningún comentario brillante al respecto?
Y en lugar de decirle cualquier tontería, Will le miró a los ojos, que aquel día brillaban en azul cielo, y le dijo con intención:
—Tú también me gustas, Nico. Mucho. A pesar de que seas un completo idiota con problemas de seguridad —hizo una pausa—. Supongo que será porque tienes razón, porque yo soy también un idiota exasperante. Quizás estemos hechos el uno para el otro. O quizás no, es igual de posible. Pero ¿sabes? sólo podremos saberlo si tú te decides a darle una oportunidad al amor. A ese amor que está creciendo en ti.
La mano de Will ya no se encontraba en su brazo, sino a la altura de su corazón. Nico, en cambio, se hizo un poco hacia atrás, rompiendo el contacto
—Pero qué capullo que eres, ¿cómo puedes tenerlo tan creído?
Y aunque acababa de echarse atrás, una vez dijo esto, se inclinó hacia adelante para acortar la distancia que los separaba y le besó. Will no tardó en responderle, y lo hizo a su vez rodeándole la cintura con los brazos, para llevárselo a su terreno, de modo que Nico acabó a horcajadas sobre él. Nico le acariciaba el rostro, mientras que Will hacía lo mismo con su espalda. En cierto momento, dejaron de besarse y simplemente se miraron a los ojos, mientras trataban de regular sus agitadas respiraciones.
—¿A qué ha venido esto? —preguntó Will.
—Te quedaba glaseado en el labio.
—Ya, claro. Venga, Nico. Conmigo no tienes que mantener una fachada. Déjate llevar.
—Te he besado porque me gusta besarte. Y porque tú querías que te besara, porque sigues con esa norma de "no tomaré la iniciativa", como si yo no lo hubiese dejado bastante claro todo ya.
—¿El qué?
—Que quiero estar contigo, idiota.
—Mira que eres capullo… —murmuró Will, y esta vez sí, fue él quien tomó la iniciativa y le besó.
—Gracias por todo, pero ahora, tengo que seguir estudiando. Me va a costar demasiado… ¿Mañana al mediodía tienes que hacer algo?
—Ya no estaré aquí. Tengo que ir a Nueva York, Bianca actúa en una función de Navidad y me pidió que fuera a verla. Aunque después igual…
Will negó con la cabeza.
—Mi avión sale por la tarde. Pasaré las Navidades y el fin de año en Hawái. Así que te libras de mí… ¡hasta el año que viene! Menuda suerte, ¿no?
—Cállate, Solace.
—¿O si no qué?
—O si no te besaré y no te dejaré estudiar.
—En realidad no suena tan mal plan —replicó Will—. Para nada.
—Me voy ya. Quédate los pastelillos que quedan. Y ya nos veremos…
—Espera —Will le detuvo—. ¿Tendrás el móvil operativo, cierto? Tienes que mandarme una foto de Bianca vestidita para su función. Y pienso llamarte en cuanto sean las doce de la noche el día 31. Aunque primero deberías hacerlo tú, porque para ti será seis horas antes que para mí. Pero ya lo sé, no debo pedirle peras al olmo…
—Tendré el móvil operativo, así que ya iremos hablando. Ahora tienes que estudiar. Que si no suspenderás y me echarás la culpa a mí.
Will asintió con la cabeza. Antes de darle un ligero beso en los labios a modo de despedida, le dijo:
—Feliz navidad, di Angelo.
—Feliz navidad, Solace.
No fue, sin embargo, la única felicitación que recibió de Nico. Aquella noche, cuando ya dio por finalizada su sesión de estudio en la biblioteca, Will se encontró con que su habitación había sido invadida por cuatro enormes lienzos apilados, sobre los cuales reposaba una nota:
El arte no pertenece al artista, sino al arte en sí mismo.
Tú eres arte. Gracias por todo y feliz navidad,
Nico di Angelo
