CAPÍTULO XIII
Will. Febrero de 2014.
Verde hospital.
—Toma. Te hará bien.
Will alzó la mirada para encontrarse con los ojos de su padre, idénticos a los suyos. Apolo le había llevado al hospital, y ahora le ofrecía un vaso de café que acababa de sacar de la máquina automática.
Sólo que no era café, sino chocolate.
—El café nunca te ha sentado bien —dijo, respondiendo a su pregunta no enunciada. Tomó asiento a su lado. Las butacas de la sala de espera eran terriblemente incómodas.
—No hace falta que te quedes aquí —le dijo Will, minutos después de haberse tomado el chocolate, cosa que había hecho lentamente. Minutos después de haber vuelto de tirar el vasito a la papelera. Habían permanecido en silencio durante todo aquel tiempo.
—Lo sé. Pero quiero hacerlo. ¿Has avisado a la familia de Nico?
—Su padre es prácticamente inexistente, su madre pasa de él —respondió con dureza, casi escupiendo las palabras. Nada típico en Will, pero le salió a modo de reproche para Apolo.
—Aun así creo que deberían…
—No tengo el teléfono de ninguno. He avisado a sus mejores amigos, seguro que contactan al menos con la madre.
Will se arrebujó en la sudadera que llevaba, la que era de Nico.
—¿Tienes frío? Paolo está de camino, puedo decirle que vaya a por lo que sea que necesites…
En lugar de aceptar o rechazar su oferta le preguntó:
—¿Es tu novio?
—Es… Paolo es especial —con aquella respuesta, supo que le estaba diciendo mucho más que si le hubiese dicho un simple "sí"—. Hablé el otro día con Naomi. Me dijo que desde que le llamaste para felicitarle el año nuevo, no había vuelto a saber de ti.
Naomi era la madre de Will.
—¿Me estás tratando de reprochar mi falta de cercanía?
—En absoluto. Sólo que… me sorprende que hables más conmigo que con ella.
—Ya, bueno. Tú pagas las facturas.
Apolo se lo quedó mirando por unos momentos (Will hacía como que no sentía sus miradas) antes de decirle:
—Le haría ilusión saber que has encontrado a alguien.
Will enarcó una ceja.
—No te habrás atrevido a decirle que tengo novio, ¿verdad?
—No, qué va. Sólo digo que seguro que le haría feliz saberlo.
—Bueno, resulta que ahora ni siquiera sé si lo tengo.
—Will, no… —Apolo se calló. Al principio había entendido que sugería una cosa, luego, al ver su cara supo que quería decir otra bien distinta—. No puedes hablar en serio.
—Desaparece en mitad de la noche sin decirme nada y aparece estrellado con otro chico, ¿qué debo entender de eso? Dios, es… tan vergonzoso que sepas tú precisamente que me han puesto los cuernos. Es por eso que estás conmigo, ¿no? ¿Tanta pena te doy?
De estar hundido pasó rápidamente a estar furioso.
—Hijo, no digas eso…
—¡No actúes ahora como si fueses mi padre! —gritó, y una lágrima saltó de su ojo izquierdo—. No después de tantos años de ausencia… y ante todo, no me des consejos de amor. No soy como tú —se había levantado bruscamente. Apolo había ido tras él, y a riesgo de que lo pegara, lo atrapó entre sus brazos.
—Will, William —le acarició los cabellos con la intención de serenarle—. Sé que no eres como yo. Me alegro de que no lo seas. Por eso, precisamente porque no eres como yo, te digo que deberías esperar a ver qué tiene que decir Nico. No saques conclusiones precipitadas…
»Vi ayer a Nico, vi cómo te miraba, especialmente cuando sonreías. Las reacciones que tenía cuando le tocabas. Estoy seguro de que te quiere muchísimo.
—No. Te equivocas. Eso no es verdad —Will se resistió en su abrazo, Apolo lo dejó escapar. Tenía lágrimas en los ojos, y conforme fue hablando, fue soltándolas—. Si me quisiera se hubiera quedado conmigo. Hicimos el amor, le dije que estaba enamorado de él —admitió, sin pensar en que de ser en otra situación, no querría que supiera aquello Apolo—. Él se debería haber quedado conmigo. Lo necesitaba… lo necesito. Siento… siento… —se tocó el pecho—. Me siento vacío y frío.
Apolo sacó un pañuelo de su bolsillo y se lo pasó con calma por las mejillas. Will se dejó hacer.
—Tenemos que esperar a que despierte. Estoy seguro de que tiene una explicación que darte… pudo haberle pasado cualquier cosa.
Pasaron los segundos, Will pareció calmarse. Volvieron a tomar asiento. Finalmente, el hijo le dijo al padre:
—No soy como tú. Por eso sé que lo que me dices no es cierto.
x.x.x
Media hora después llegaron Percy, Jason y Reyna. Apolo se había separado de Will, pues momentos antes Paolo había llegado. Hablaban en susurros en una esquina de la sala de espera.
Percy y Jason comenzaron a avasallarle a preguntas en cuanto se lo encontraron. Reyna, tajante, los mandó callar. En lugar de decir nada, abrazó a Will. La calma de la chica le invadió, y una pequeña parte de su calidez le llegó a Will, que tras el gesto trató de dar respuesta a todas sus preguntas en una única intervención, tras la cual pretendía volver al silencio:
—Fuimos a la presentación del libro de mi padre. Nos alojábamos en el mismo hotel donde tenía lugar. Esta mañana, me he despertado y Nico no estaba. No me había dejado ningún mensaje, llamada ni nada. Me preocupé por él, así que llamé a los hospitales. Dijeron que llegó por un accidente de tráfico. Iba de copiloto.
—¿Copiloto? ¿Y con quién demonios iba? —preguntó Percy.
—Me han dicho que se llama Ethan Nakamura.
Tenía miedo de decírselo, porque temía obtener exactamente la expresión que ellos a continuación le mostraron. Ninguno dijo nada durante unos instantes, pues se habían queado fríos. Sin pretenderlo, a Will se le escapó su duda:
—Es su ex, ¿verdad?
—…algo parecido —Finalmente Reyna fue la que se atrevió a responder—. Pero, Will —le tomó de la mano a tiempo de que la apartara—. No tengo ni idea de qué hacían juntos, pero, que ni se te pase por la cabeza que, que… —hizo una pausa en la que reformuló su discurso—. Nico a quien quiere es a ti, ¿vale?
La miró a los ojos antes de preguntar:
—¿Por qué todo el mundo me dice eso pero él no me lo ha desmostrado?
Antes de que Reyna dijera nada más, Jason con un gesto la calló. Era mejor dejar a Will tranquilo. Volvió a desplomarse en la silla de espera. Ellos tomaron asiento poniendo un poco de distancia, para no molestarle con sus conversaciones.
—Marchaos —dijo Will a Apolo y Paolo cuando se le acercaron—. Puedo estar solo… en realidad ni siquiera lo estoy.
—Sabes que puedes llamarme si necesitas cualquier cosa —le recordó Apolo, al que al ver su reacción la sonrisa le desapareció del rostro—. Aunque sé que no lo harás, porque me lo he ganado a pulso.
Después, se agachó para darle un beso en la mejilla.
—Te llamaré yo para que me cuentes cómo va.
Paolo no dijo nada, simplemente le puso la mano en el hombro antes de marcharse con él. Lo hicieron de la mano y, al verlas entrelazadas, Will sintió una punzada de dolor.
Fue Jason quien algo después se sentó con él:
—Va a venir la madre de Nico —le informó—. Se llama Maria.
Will asintió, demostrando que no quería hablar.
—Cuando nos has llamado para decir que Nico estaba en el hospital… No sabría describir cómo me he sentido. Nico es mi hermano pequeño. Le vi durante años pasarlo mal en el instituto, por no ser capaz de ser quien era. Cuando empezó la universidad cambió, se notaba que el peso de sus hombros se había aligerado. Podía empezar a ser él mismo, aunque había pasado tanto tiempo sin ser capaz… que era como que no sabía cómo hacerlo. Desde que salía contigo, en cambio… lo veía a ratos. Decía, éste es el verdadero Nico.
»Es por algo por lo que te estaré siempre agradecido, Will. Por ayudarle como yo nunca fui capaz. Por darle por primera vez en su vida la felicidad.
A continuación, Jason le dio un abrazo de oso. Cuando aún lo tenía entre sus brazos le dijo:
—Ethan nunca me gustó. Él le hizo todo lo contrario. Atraía a Nico a la oscuridad… lo llevó a odiarse aún más, a estar a punto de autodestruirse. Cuando Ethan se separó de la vida de Nico, sentí que pude respirar de nuevo.
Compartieron una mirada llena de angustia.
—Gracias por las palabras, Jason —Will suspiró—. Pero, si Nico prefiere eso, es algo con lo que no puedo hacer nada.
—Estoy seguro de que Nico no quiere eso —dijo, lleno de aplomo—. ¿Sabes en qué estaba trabajando ayer antes de irse contigo? Percy como siempre escudriñó entre sus cosas. Era un proyecto sobre el amor. Te estaba dibujando a ti, Will.
Vio la mirada vacía de sus ojos.
—Por favor, Will, no te rindas. No des por perdida una batalla que ni siquiera existe.
—Creo que es tarde para eso, Jason.
El chico se apartó de su lado, volviendo con sus amigos. Pasó una hora, pero él no se dio cuenta. Al final, una mujer se sentó dos asientos a su lado. Le llamó la atención para ofrecerle un sandwich.
—¿Quieres? No creo que pueda comérmelo.
—No, gracias. Yo tampoco tengo apetito.
Transcurrieron unos minutos, hasta que ella volvió a hablar.
—Eres el novio de mi hijo, ¿verdad?
Will alzó la vista para mirarla. Aquella mujer tenía los mismos ojos que Nico, incluso la misma nariz, que ahora sabía que Nico consideraba fea. Su melena era negra y ondulada, pero su tez más bronceada. También estaba muy delgada, como él.
—Perdona, pero es que vi en Facebook las fotos de la exposición. Eres tú el chico de sus cuadros, ¿cierto?
—Soy una versión suya en carboncillo —se sorprendió a sí mismo diciendo. En cuanto lo dijo, pensó en que a Nico le habría gustado el comentario, lo que le entristeció todavía más.
—¿Eres también artista? —quiso saber ella.
—Para nada. Estudio Medicina.
—Oh, vaya. Eso sí que nunca lo habría imaginado.
—¿Por qué? —preguntó en un tono demasiado ofendido.
—Oh, no es por ti, no te lo tomes a mal. Es porque el padre de Nico es médico. Nico se ha pasado la vida diciendo que odiaba la profesión.
Aquella información le pilló completamente por sorpresa.
—¿En qué está especializado? —preguntó, más que nada, por mera curiosidad.
—Medicina forense. Es de los mejores, o eso dicen. Yo nunca lo he podido experimentar —dijo, y soltó una risa ahogada—. O, dio mio no puedo creer que haya hecho un chiste. Lo siento. Estoy tan nerviosa que no sé lo que digo.
—Nico cree que no sabes que es gay —dijo él, sorprendiéndose a sí mismo. Ni siquiera quería hablar, pero las palabras acudieron a sus labios.
—¿En serio? —le miró sorprendida—. Es muy celoso de su privacidad, por eso nunca he hecho ningún comentario directo… pero en verdad lo he sabido desde siempre.
—¿En serio? —esta vez fue él quien se sorprendió.
—Soy su madre —dijo ella, como si aquello le explicara todo—. Son cosas que ves en el día a día —después, sonrió, recordando—. Cuando era pequeño veíamos muchas películas y series juntos. Me daba cuenta de que siempre se fijaba en los chicos, y luego los dibujaba a la perfección en sus cuadernos. Y bueno, me decía cosas… cosas que imagino que no recordará, porque era muy pequeño —de pronto, sus ojos se llenaron de lágrimas—. Una vez me dijo que se quedaría siempre conmigo para cuidarme, porque él nunca podría casarse. Debía tener sólo cuatro años. Il mio piccolo bambino creía que nunca podría tener el derecho a enamorarse y casarse.
Will no pudo evitarlo. Fue él el que acabó abrazando y consolando a aquella mujer.
—Lo he hecho muy mal, llevo tiempo dándome cuenta pero no sabía qué hacer, cómo acercarme a él… luego se fue a la universidad, y supe que nunca podría recuperarlo. Y cuando me ha llamado Sally Jackson para decirme que estaba en el hospital… he temido que nuestra última charla fuese una discusión. Qué típico y qué hipócrita por mi parte, ¿cierto?
—A veces a quien más queremos es a quien somos menos capaces de demostrar nuestro amor —le dijo él a modo de respuesta.
—Eres un buen chico —Maria di Angelo le acarició el rostro—. Nico tiene mucha suerte de haberte encontrado.
El nudo de su estómago volvió. Will no fue capaz de mirarla a los ojos.
—Voy a irme a extorsionar un poco a las enfermeras a preguntar una vez más por el estado de mi hijo como buena italiana que soy —dijo, levantándose del asiento.
Will también decidió estirar las piernas y acabó dando una vuelta por el hospital. Fue a la máquina de cafés y se sacó uno. Tiempo después se maldeciría por haberlo tomado. Como le había recordado su padre, le sentaban mal.
Cuando volvió a la sala de espera, vio a Maria de vuelta en el sitio que antes había ocupado. A su lado, Percy tenía la cabeza apoyada en el hombro de Jason. Parecían estar esperando, intranquilos.
—¿Se sabe algo ya? —les preguntó con impaciencia.
Jason le respondió:
—Reyna ha ido a hablar con Ethan. Era la única capaz de entrar ahí y no dejarlo de nuevo inconsciente.
—O tal vez no —comentó Percy—, tal vez lo ahogue con su trenza. Tal vez veamos a unos enfermeros llevándosela de un momento a otro.
—No le echaría la culpa —admitió Maria, que ahora Will se daba cuenta de que se encontraba en tensión, parecía incluso violenta.
Minutos después llegó Reyna.
—He hablado con Nakamura —dijo, como ya todos sabían—. Dice que le pareció ver de pasada a Nico ayer en el SoHo —miró a Wil de soslayo, como para comprobarlo. Él asintió. Habían ido a una tienda de material artístico que fascinaba a Nico— y que por eso por la madrugada se le iluminó la bombilla para llamarle y pedirle dinero porque estaba en un aprieto —hizo una mueca que demostraba lo poco que le agradaba—. Se ve que Nico aprovechó para pedirle de vuelta unas cosas y que de camino tuvieron un accidente. Porque claro, Ethan ha dado positivo en alcohol y drogas.
—Stronzo figlio di putana —exclamó Maria, que se levantó del asiento de un respingo—. Por qué, por qué Nico decidió ayudarle, con todo el daño que le hizo…
—Al parecer Nico quería recuperar su Mythomagic. Quería regalárselo a Bianca.
A Maria se le escapó una risa nerviosa. Parecía a punto de volver a llorar.
—Ahora vuelvo. Si… si sabéis algo… —se apartó de ellos antes de terminar la frase y se marchó a toda prisa.
—¿Qué es Mythomagic? —preguntó entonces Will.
—Es un juego muy friki al que Nico estaba enganchado de niño. En el instituto seguía jugando —le explicó Jason—. Se compró uno nuevo porque quería enseñarle a Bianca, eso es cierto… pero decía que no era como el suyo, que era mucho mejor.
—Siempre nos dijo que lo había perdido en el metro —dijo Reyna—. Ahora me imagino que la historia es que se lo dejaría en casa de Nakamura, y nunca se atrevió a ir a recuperarlo.
—Espero que al menos ahora lo haya hecho —comentó Percy—. ¿Pero qué he dicho de malo? —preguntó al observar sus reacciones—. Nico amaba ese juego, se pondría muy feliz.
Un par de horas después, les informaron que habían pasado a Nico a la sala de observación, que estaba bien y consciente, si bien seguía un poco aturullado. Al ver los que eran, dijeron que convendría que no pasaran a verle más de dos personas. Sin mediar palabra, estaba claro que aquellos serían Maria y Will, que caminaron juntos hasta la sala.
—Deberías entrar sólo tú —determinó el chico momentos antes de entrar por la puerta.
—¿Por qué? —ella estaba confundida—. Si Nico a quien querrá ver es a ti…
—Debes decirle la verdad, Maria —Will la miró a los ojos, esos ojos tan intensos y similares a los del chico—. Dile lo mucho que te importa. Dile que lo quieres tal y como es. Que estás orgullosa del hombre en el que se ha convertido. Que lamentas no haber estado junto a él, pero que no es tarde para hacerlo. Que sabes que es mucho pedir, pero que te gustaría tener un hueco en su vida. Por último dale un abrazo, aunque él te diga que no quiere.
Ella le miró, hecha un mar de dudas, nerviosa.
—Puedes hacerlo —le recordó él.
—Puedo hacerlo —acabó aceptando ella, que le sonrió—. No tardaré demasiado para que tú también puedas estar un rato con él, ¿vale?
—Vale —Will asintió.
En cambio, en cuanto cerró la puerta, él se marchó corriendo. Salió del hospital. Tomó un taxi hasta el hotel. Recogió sus cosas y su coche del párking. Lo arrancó y volvió a casa. Pero no a la alquilada que compartía con sus compañeros. A su refugio particular. A la vieja fábrica abandonada al lado del océano.
Cuando llegó, descubrió un coche conocido parado a un lado de la carretera. Aparcó a su lado.
—¿Cómo has sabido que estaría aquí? —le preguntó a la chica que también acababa de descender del coche.
—Percy me escribió para decirme que no te encontraban en ninguna parte. Deduje que habrías huido y que en algún momento acabarías viniendo aquí.
—Me conoces bien —admitió él con una pequeña sonrisa amarga en el rostro.
—Llevo tres años viviendo contigo, Will. Por eso puedo decirte que… sé lo que estás haciendo. Y como amiga que me considero tuya, debo decirte que no sigas por ahí.
—Diana…
—Escúchame bien —le advirtió ella—. No puedes enviar a la mierda todo lo que habéis ido contruyendo por una tontería, ¿me oyes? No huyas Will. Por favor te lo pido. No seas un cobarde. No es tu estilo.
Él era incapaz de mirarla a los ojos. Tenía frío, pues se había quitado la sudadera de Nico. Al marcharse del hospital no se veía digno de llevarla. Ella, sin embargo, no dejaba de clavarle los ojos, y él sentía su mirada, que lo juzgaba. No la apartaría, no le dejaría en paz hasta que no le respondiera. Finalmente, Will se rindió y abrió su corazón.
—Pero es que tengo miedo, Diana. No quiero perderle. Tengo miedo a que no me quiera —admitió, obligando a que, de nuevo, sus lágrimas no aparecieran.
—Jason ha entrado a verle, dice que no paraba de preguntar por ti. Que necesita hablar contigo para explicártelo todo. No te digo que vayas corriendo a verle, porque en parte se merece sufrir. Ya podría haberte dicho el muy idiota lo que iba a hacer antes que marcharse sin más, o ya podría no haber ido. Lo que he venido a decirte es que no te apartes de él y de todo lo bueno que significa para ti. ¿Entiendes? Porque si no, no te dejaré en paz hasta que no lo hagas.
Will acabó asintiendo y compartieron un largo abrazo con su amiga. Después, la chica dijo que se marchaba. Dejó que se quedara allí, como él quería, aunque le obligaba a estar de vuelta en casa para aquella misma noche.
Pasó unas cuantas horas más allí. Llegó a meter los pies en el agua, que estaba helada. Finalmente, decidió volver. No le quedaba otra.
Cuando aparcó su Chevrolet Camaro delante de casa, descubrió que alguien estaba aguardando su llegada. No era una Diana de brazos cruzados. Era un Nico escayolado y con aspecto deplorable.
—¿Qué se supones que haces ahí? —le preguntó Will, al borde de la histeria al verle allí.
—Sé que igual no quieres verme. Sé que no lo merezco pero necesitaba verte y decirte que soy un imbécil.
—¡Por supuesto que lo eres! Deberías estar tumbado, guardando reposo. Acabas de sobrevivir a un accidente de tráfico con choque frontolateral. Levántate de ahí y vete a tu casa ahora mismo.
—Pero Will…
—Si ni siquiera sabes utilizar las muletas —le recriminó mientras le ayudaba a llegar a su casa—. ¿Cómo te han dejado Percy y Jason quedarte ahí afuera?
—Nos ha obligado —dijo Percy, que acababa de abrir la puerta. Habían estado mirando durante todo el rato por la ventana—. Ya sabes lo testarudo que es.
—Eres incomprensible, di Angelo —seguía gruñendo Will. Jason había acudido a ayudarles a subir los tres escaloncitos previos a la entrada en la casa.
Cuando entraron en el salón, descubrieron que en su ausencia habían recolocado los muebles para que la cama de Nico pudiera estar allí abajo. Cuando tenían a Nico sentado en ella, Will preguntó:
—¿Qué es lo que estáis cocinando que huele tan bien?
—Huele a… cassoeula —dijo Nico, tras olisquear un poco el ambiente.
—Cassoeula di maiale e verze. Uno de los platos favoritos de Nico —respondió Maria di Angelo, que acababa de salir de la cocina, cuchara de madera en mano—. Will, te quedarás a cenar, certo?
Will y Nico compartieron una mirada. Fue Jason quien respondió:
—Creo que deberíamos dejarles que hablaran de sus cosas primero —con esto, se llevó a Percy del brazo a la cocina, en la que entraron con Maria y cerraron la puerta.
