La caída de un héroe
Corre, no te detengas.
Corre, corre, corre.
No la sueltes y corre.
¡Que no se resbale! ¡Por favor, que no se suelte!
Corre, tú puedes... Corre… Más rápido... ¡No seas inútil! ¡Corre!
¡Corre!
Prólogo
La enfermería de la colonia Prometheus II estaba repleta. Habían sido un par de meses terribles, con el virus de Malagone esparciéndose entre los niños y niñas. El consejo de Titán solicitó a la Flota Estelar ayuda con la emergencia médica e, inmediatamente, se hizo un llamado al personal médico disponible. El Doctor Leonard McCoy fue nombrado jefe de la pequeña enfermería durante la crisis.
La nave insignia de la flota, la USS Enterprise, yacía estacionada en la Tierra, con reparaciones urgentes; así que el doctor McCoy no pudo negarse al trabajo en la colonia... Y es que sus pacientes de la edad de Joanna.
Tan lejos de la Tierra, y de su propia hija, Leonard se encargaba de dar consuelo, cariño y amor a sus pacientes. Era difícil, pues era la clase de médico que regañaba primero y curaba después, o curaba y regañaba al mismo tiempo -dependiendo del grado de la emergencia-; pero tratar a niños era diferente que tratar adultos y, aunque no fuera su fuerte, Leonard lo intentaba. Rayos que sí lo intentaba, porque era lo mejor que podía hacer. El virus de Malagone había sido transmitido de un planeta muy lejano y de una especie muy fuerte, así que en los humanos la tasa de mortalidad era muy alta: de todas las pequeñas almas que Leonard tenía en sus manos sólo se salvarían un puñado. Con suerte.
En el trajín diario, Leonard se preguntó si Jim había sufrido eso mismo en algún momento. No la enfermedad, sino la impotencia: la falta de recursos y de oportunidades. El chico siempre decía que no creía en escenarios sin salida y había estado una que otra vez entre la espada y la pared... Pero ese día, mientras llenaba otra acta de defunción, el doctor se preguntó, por primera vez, si Jim alguna vez había estado en una situación sin salida. Una situación realmente sin salida.
