PARTE I: JIM
Capítulo 1: Silencio
Eran las cuatro de la mañana, la ciudad de San Francisco dormía plácidamente, la quietud pronto sería interrumpida con el salir del sol, pero por el momento el amanecer era sobrecogedor y tranquilo como el espacio exterior. Sin embargo, a pesar de las similitudes, Jim extrañaba el constante pulso de vida de la Enterprise traducido en zumbidos y ruidos sordos y metálicos. El joven capitán también extrañaba su cama, dura y de tamaño estándar, con sábanas térmicas, una sola almohada y la incomodidad del colchón reglamentario. Y, aunque sonara melodramático, Jim también extrañaba dormir con un ojo abierto, atento a cualquier emergencia que pudiese presentarse.
Jim no podía dormir. No estaba en su hogar.
Se encontraba en la sala de su apartamento, recostado perezosamente en su sofá de cuero, con un PADD en la manos y revisando el progreso de las últimas actualizaciones que se estaban haciendo a su nave. Era una tarea que podía esperar unos días, era papeleo aburrido y burocrático, pero no es como si tuviera nada mejor que hacer un sábado en la madrugada. Jim habría preferido caer en su cama borracho, después de un viernes de juerga y des estrés, pero su compañero y amigo fiel, Bones, estaba en una colonia en Titán -muriéndose de frío, probablemente- atendiendo una emergencia médica. Y no es que Jim fuera incapaz de salir solo, ni mucho menos, sino que en las actuales circunstancias no sentía el autocontrol suficiente como para no morir de una intoxicación o por golpes de una manada de desconocidos.
Estaba leyendo el informe de actualizaciones al software utilizado para las labores de mantenimiento -es decir, las labores domésticas de la nave- cuando la PADD de Jim decidió que había tenido suficiente. Sin previo aviso la pantalla se puso negra. Con gesto resignado y un suspiro cansado, Jim tiró la PADD a la mesita de noche, junto a la taza de café que se había servido hace como media hora y de la que no había bebido ni un sorbo.
—Estúpida cosa— murmuró Jim, preguntándose si tenía tiempo para arreglar la vieja PADD. Cerró los ojos y se quitó las gafas de lectura, también lanzándolas sin mucha consideración.
Tal vez podría dormir ahora que los ojos le escocían: no los podía mantener abiertos, una migraña venía en camino y la incomodidad del sillón contra su espalda era mejor que la dulce suavidad y perfección de su colchón tamaño king hecho especialmente para él. Cerró los ojos y tuvo que abrirlos de inmediato, pues los tenía secos. Se levantó y caminó haciendo eses hasta el baño.
Cuando entró, las luces se encendieron automáticamente a sesenta por ciento, como las tenía programadas. La luz era muy intensa para las pupilas cansadas de Jim, «sin embargo», pensó, «hoy estamos un poco masoquistas». Enfocó su reflejo en el espejo, un par de ojos azules demasiado grandes para su rostro le devolvieron la mirada, y sonrió sin un ápice de humor. Y te llamaban guapo. Tenía la piel amarillenta y seca, ojeras profundas, el cabello rubio desordenado y opaco, los ojos rojos y la barba mal recortada. Se veía tan mal como se sentía, y eso estaba bien por el momento, pero dentro de unas horas tenía que verse presentable. Acercó sus manos al lavabo y el agua empezó a correr. Se mojó la cara y el cabello y supo, cuando volvió a levantar la vista, que para él sería imposible dormir en un futuro cercano.
En su escritorio habían otras PADD's, pero si seguía leyendo se recetaría a sí mismo una migraña de proporciones épicas. Iría a correr, con suerte gastaría el exceso de energía y podría dormir, sin suerte tal vez necesitaría ir a molestar a su primer oficial más temprano de lo acordado hasta que Spock no tuviera más remedio que dormirlo con la técnica vulcana del demonio. Lo que pase primero, Jimmy.
Encima de la silla de su escritorio estaba su bolsa de lona que era todo su equipaje. No le vio el mínimo sentido a desempacar si iba a quedarse en tierra por menos de un mes. A pesar de que en su closet había ropa de sobra -que probablemente olía a guardado-, Jim decidió salir a correr en su ropa de dormir, así que revolvió su vieja bolsa y sacó sus tennis.
Mientras corría por las calles casi desiertas de la ciudad, Jim pensó libremente... y él odiaba pensar libremente. No era la libertad de pensamiento, ni la habilidad de pensar lo que odiaba. No… Jim no sabía cómo explicarlo. Pensar libremente significaba que su mente no tenía una rienda o un límite... Eso se traducía en paseos a memorias oscuras, terrenos peligrosos y pesadillas recurrentes. Jim odiaba el silencio porque podía pensar libremente. Y cuando corría sólo había silencio, pero no podía remediarlo, pues escuchar música era peor. La música le hundía en la memoria con más rapidez como si tuviera atada una roca a su tobillo.
Aún así, Jim pensó libremente.
No enfrentaba a sus demonios, aunque sabía que tarde o temprano debería hacerlo. Jim pensó para que sus demonios lo acosaran, se rieran en su cara y lo maltrataran tanto como pudieran. Se torturaba porque el dolor le recordaba que estaba vivo, o quizás porque se sentía merecedor de ese sufrimiento. Quizás se permitía el momento de debilidad porque estaba cansado de fingir ser fuerte.
Cuando llegó a su apartamento, cubierto en sudor, sintiéndose peor y con un nudo en el pecho mientras se llamaba a sí mismo "cobarde", Jim vio a alguien frente a su puerta. Se preguntó quién podría ir a buscarlo a las cinco y media de la mañana... La figura se volteó y Jim le reconoció al instante.
—Sam.
Sam sonrió. Llevaba una maleta pequeña y ropa cómoda para viajar. Dejó sus cosas en el suelo y se acercó a Jim con cautela, como si fuera un animal herido. Jim soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo y corrió eliminando la distancia entre los dos. Abrazó con fuerza a su hermano y enterró su rostro en su cuello.
Lloró, aunque no sabía por qué y se sintió estúpido.
—Hey, está bien— dijo alarmado Sam, dando palmaditas confortantes y torpes a la cabeza de Jim—. Está bien, tranquilo.
Pasaron unos minutos así, en el pasillo del edificio, Sam recitando palabras vacías y Jim ignorándolas, hasta que el menor de los hermanos pudo restablecerse.
—Lo siento, Sam— susurró Jim con voz débil y temblorosa—… No sé que pasó— soltó una risa aliviada y con rastros de llanto—... Creo que tu fuerte olor a químicos me irrita los ojos.
Sam río y se despeinó, restándole importancia al asunto.
Más tarde, los hermanos desayunaron en una cafetería cercana a la Academia. Milagrosamente el establecimiento había sobrevivido desde los días de cadete de Jim, pues, si no le fallaba la memoria al capitán, nunca tenía más de uno o dos clientes a la vez. Hacían los mejores panqueques de todo San Francisco, claro est´´a sólo superados por los panqueques que Bones cocinaba cuando estaba de buen humor... Pero el local no era el más agradable de la calle.
—Voy a ser muy franco, Jimmy: te ves horrible. Ningún Kirk tiene derecho a verse menos que impresionante.
Muy a su pesar, Jim tuvo que reírse y el café que estaba tomando casi se le sale por la nariz.
—¡Sam! ¡No me hagas reír cuando estoy tomando algo!— respondió Jim con humor.
—¡Pero si es la verdad!
Siguieron comiendo y hablando de trivialidades cuando Sam trajo de nuevo el tópico a la mesa.
—Ya, en serio, Jim… Algo te pasa y quiero saber qué es.
—No pasa nada, Sam— al ver la expresión de su hermano, Jim continuó hablando—. No he podido dormir porque mi cama es muy cómoda, eso es todo. Me acostumbré a mi catre en la Enterprise. La gente cree que tengo más comodidades que el resto de la tripulación, pero la verdad es que sólo tengo más espacio y papeleo.
Jim tomó otro sorbo de café, esperando que Sam entendiera de una buena vez que no quería hablar de esto. Pero Sam volvió a hablar, con más seriedad y con la autoridad que sólo un hermano mayor puede imponer.
—Sé que algo pasa, no porque pareces un cadáver, sino por la bienvenida que me diste— la mirada de Jim se endureció—. Y lo sabes.
—No pasa nada— replicó Jim levantándose—. Tengo una reunión con mi primer oficial en diez minutos. Yo invito, disfruta tus panqueques.
Sam miró a Jim sin asombro y se fijó en el plato a medio comer que su hermano había dejado.
—¿Vas a dejar eso? Me sorprendes, Jim.
Jim miró los restos de comida que había dejado. Estaba confundido, ¿cómo en su enfado había olvidado que estaba comiendo?
—Siéntate y termina de desayunar. No voy a preguntar de nuevo.
Jim obedeció a su hermano y se tragó lo que quedaba de desayuno, sin hacer ninguna pausa. Sintió la mirada de Sam siguiendo cada uno de sus movimientos, pero fingió que no le importaba. Sólo quería salir de ahí, alejarse de la acusadora presencia de su hermano y de su propia cobardía. ¿Cómo iba a responder a la pregunta "qué pasa" si ni siquiera él mismo sabía que pasaba? Si es que pasaba algo…
Los días y las noches se iban corriendo, sin que pudiera apreciarlos. Parecían fantasmas y Jim se sentía un espectro también. No pasaba nada con él, era como un adorno en el puente de la Enterprise, un títere manejado por el almirantazgo. ¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado en tu vida últimamente, Jim? Pues, nada, la Enterprise está de vuelta en la Tierra después de cinco meses en la misión de cinco años. ¿Qué pasa contigo, Jim? ¿Has estado teniendo pesadillas donde no hay nada más que oscuridad a tu alrededor? Sí… dormido y despierto, sólo hay oscuridad.
—No me gusta el silencio— dijo Jim cuando terminó de comer, levantándose nuevamente. Me deja pensar con libertad. Recogió su gorra y alisó su uniforme. Salió del local sin mirar atrás, dejándole la cuenta a su hermano, después de todo, Jim se sentía rencoroso.
Caminó hasta el nuevo Edificio Central de la Academia, en silencio. El nuevo edificio era más grande que el anterior, así que lo podía ver desde su apartamento, pero no lo conocía de cerca. Cuando llegó la primera pregunta que lo asaltó fue: ¿por dónde mierdas se entra a esto?
Tenía dos explanadas que parecían entradas… Y las dos -las que Jim podía ver, tal vez del otro lado del edificio habían más- eran lo suficientemente grandes y elegantes como para ser la entrada principal.
Mierda... ¿Por dónde se entra?
El edificio era tan alto… No era el primer edificio alto que Jim veía, obviamente, y ni siquiera era tan alto como los Astilleros de Riverside o el Cuartel General de la Flota al otro lado de la bahía… Pero comparado con los demás edificios de la Academia era un edificio impresionante. Era gris, de metal y concreto, con ventanales gigantescos y una hermosura fría, casi congelante. La luz del sol no parecía iluminar el interior del edificio, nada se reflejaba en las ventanas, como si la estructura no tuviera alma. Y el cuerpo de Jim fue recorrido por un sentimiento desgarrador, impactante y atemorizante… Sólo se le ocurría una palabra para describirlo: intimidación.
No quería acercarse al edificio. Era intimidante, emanaba de su brillante novedad un hedor a vacío, incomodidad y radiación. Era como si hubieran activado un campo de repulsión alrededor del terreno.
Sin embargo, era hermoso y eso le dolía más a Jim que cualquier otro momento del día. Porque el antiguo edificio era viejo, anticuado y necesitaba reparaciones, pero era el hogar de mucha gente, Jim incluido. Y este nuevo edificio era una carcasa brillante y artificial. Jim se preguntó si la ilusión del rechazo se iría con el tiempo, si él podría acostumbrarse a este cambio antes de que la Enterprise volviera a salir del puerto. Y se odió a sí mismo por preguntarse algo tan banal. ¿Podían tres semanas borrar lo que tres años de memorias y experiencias habían construido? Y si era así, ¿qué clase de persona era Jim? ¿Qué clase de maniático podría olvidar un amor profundo por un juguete nuevo y brillante?
El sonido de un beep repetitivo sacó a Jim de su ensoñación. Era su comunicador. Kirk agradeció internamente a quien fuera que lo estaba llamando, porque el silencio embriagante se había marchado.
—Aquí Kirk.
—¡Capitán!— sonó la preocupada voz de Scotty
—¡Scotty!— replicó Jim con una sonrisa amplia que se notaba en su voz—. ¿Cómo van las actualizaciones del software?
—¡Mal!— contestó el ingeniero en jefe de la Enterprise—. ¡Esta gente no sabe lo que está haciendo, Jim! Aunque puedo poner aun mi gente en eso para que no hagan daño a mis modificaciones personales, claro está. ¡Pero no es por eso que te llamo! ¡Van a actualizar el motor warp! ¡No se ha hecho el estudio para estas modificaciones! ¿Usted aprobó esto?
Jim intentó ocultar su risa para verse más profesional, pero era algo imposible alrededor de Scotty.
—No, Scotty, no he aprobado ninguna modificación al motor. Debe ser un error. Rechaza las actualizaciones.
Se hizo un silencio en la línea y Jim se preguntó si tal vez la conexión se había cortado.
—¡Maldita sea! ¡No es tan fácil! — y luego, como si recordara de un pronto a otro con quien estaba hablando, agregó—: Capitán.
—¿Y por qué no?— dijo Jim divertido.
—No puedo parar las malditas actualizaciones porque ya las firmó el Almirante Bennett.
¿Qué?
A eso se le llama un balde de agua fría.
—Señor Scott, el Señor Spock y yo nos vamos a reunir con el Almirante Bennett en la sala de conferencias A del Edificio Central de la Academia en unos minutos. Aclararemos este asunto. No permita que toquen mi nave.
—Sí, señor— respondió Scotty claramente aliviado.
—Y, Scotty, envíame la lista de modificaciones.
—Enseguida, Capitán.
—Una cosa más, Scotty… Si puedes bajar, ven a la reunión.
—Sí, señor.
—Eso sería todo, señor Scott. Kirk fuera.
Jim guardó su comunicador y suspiró. La Enterprise era la nave del Capitán James Kirk y el Capitán James Kirk no iba a permitir a ningún pomposo almirante pasar sobre la cadena de mando de esa manera. Si iban metiendo mano en su nave sin ton ni son, ¿dónde dejaba a Jim eso? El mensaje que le estaba enviando el Almirante Bennett a Jim era claro: eres un cero a la izquierda, niño, y nada más.
Entró al edificio con renovada confianza. Un edificio nuevo no iba a vencer a Jim Kirk, no señor.
No le fue difícil hallar la sala de conferencias y parecía que toda su vida se había movido en esos largos pasillos. Spock, su primer oficial, estaba afuera de la sala. Se veía relajado, o todo lo relajado que podía verse un vulcano. Cuando Spock vio a Jim se levantó.
—Capitán.
—Señor Spock. ¿El Almirante Bennett ya llegó?
—No he sido notificado del arribo del Almirante.
—Bien… Pasemos, hay algo que debo discutir con usted antes de la reunión con Bennett.
Spock arqueó una ceja y siguió a Jim. Entraron y el capitán caminó hasta el ventanal que constituía la pared trasera de la sala. Observó embelesado la hermosa ciudad de San Francisco iluminada por la luz del sol de las nueve de la mañana. Los dos oficiales permanecieron en silencio. San Francisco seguía en reconstrucción, como si la huella de la Vengeance no pudiera borrarse nunca.
—Capitán, el Almirante Bennett no tardará en llegar.
—Lo sé, Spock.
Se sentía tan pesado, clavado en el piso, incapaz de moverse. Jim había visto la caída de la Vengeance en video, a escondidas de todo el mundo, mientras estaba todavía en el hospital recuperándose de… eso. Sabía dónde había caído, cuántas personas habían muerto y cuántas estuvieron en el hospital… Llevaba esos datos tatuados en la sangre. No era todo su culpa, Jim no era un mártir, sabía que manos más grandes que las suyas estaban manchadas: el Almirante Marcus.
Marcus había saboteado su nave. Se había metido en el territorio de Jim como un ladrón en la noche. Había enviado órdenes cifradas, secretas... Clasificadas. Y la ira y el dolor de Jim lo habían cegado. Había puesto en peligro a su tripulación, su familia.
No iba a repetir ese error.
Jim se volteó y le prestó atención a Spock. Cuando iba a empezar a hablar, la puerta se abrió e ingresaron el Almirante Bennett y su asistente, un alférez de tez morena y más joven que Chekov.
—Capitán Kirk, Comandante Spock— les saludó el Almirante con una sonrisa paternal.
Esa sonrisa fue la gota que derramó el vaso.
—Almirante Bennett— dijo Jim suavemente —. ¿Por qué autorizó la actualización del motor warp de mi nave sin mi previo consentimiento?
Spock fijó su mirada nuevamente en Jim con una ceja arqueada, denotando un grado de confusión muy alto para un vulcano. El pobre alférez, quien sostenía las PADD's para la reunión, no sólo se veía confundido, sino atemorizado ante el prospecto de atestiguar un enfrentamiento hostil entre dos de sus oficiales superiores.
Ante las palabras de Jim, el Almirante cambió su expresión como si se quitara una máscara.
—Cuide su tono, Capitán.
Jim abrió los brazos y negó con la cabeza.
—No estoy usando ningún tono, Almirante. Sólo quiero una respuesta. Una respuesta que no implique modificaciones a mi nave a mis espaldas.
Jim y Bennett se miraron a los ojos en un silencioso duelo. El asistente del almirante cambiaba su peso de un pie a otro, nervioso: era más que claro que preferiría estar en cualquier otro lugar. Spock permaneció estoico, fiel a su Capitán y Jim no pudo estar más agradecido. En todo caso, Jim no se dejó amedrentar; había enfrentado a tipos más fuertes y poderosos; y el Almirante fue el primero en apartar la mirada.
—Alférez, retírese.
—Sí, señor— respondió el chico aliviado. Dejó las PADD's en la mesa y salió casi corriendo de la sala.
Bennett se volvió hacia Spock y repitió su orden anterior. Sin más remedio, el vulcano salió de la sala con su elegante caminar.
—¿Cómo se atreve a hablarme así?
—No, Almirante. ¿Cómo se atreve a pasar sobre la línea de comando de esa forma? No estamos hablando de protocolo, sino de reglas. La Enterprise está bajo mi mando, es mi nave. No puede ordenar ningún tipo de actualización sin discutirlo conmigo. Yo debería haber recibido una orden de su parte— Jim respiró profundamente y siguió hablando—. Por eso solicito que de ahora en adelante, Almirante Bennett, las actualizaciones de mi nave sean enviadas directamente del Almirante Archer.
El Almirante se sentó en una de las cómodas sillas en la sala. Colocó sus codos sobre los reposabrazos y juntó sus manos, como si estuviera rezando.
—¿Ya te calmaste, hijo?
¡No! ¡Métase su condescendencia por donde le quepa mejor, Almirante!
—Yo estoy muy calmado, Almirante.
Bennett entrecerró los ojos.
—¿De qué actualizaciones estás hablando?
—Las actualizaciones, ordenadas por usted, al motor warp de la Enterprise. Actualizaciones que no tienen ningún estudio que las respalde y eso, según el reglamento, es una violación. De esas actualizaciones estoy hablando. Unas que mi Ingeniero en Jefe no puede rechazar porque están firmadas por usted.
—¿Esas actualizaciones?— dijo Bennett con las superioridad bailando en cada letra—. Debe ser un chiste, Capitán. Son actualizaciones de rutina.
—De rutina o no, Almirante, sus órdenes deben llegar primero a mis manos. Cuando las he leído y aceptado las envío a mi Ingeniero en Jefe y él, a su vez, al grupo de ingenieros e ingenieras que tiene a su cargo. No es sólo por respeto, Almirante, sino también por seguridad— con esas últimas palabras algo cambió en la expresión de Bennett, aunque Jim no pudo descifrar si la situación había mejorado o empeorado.
Bennet se levantó y se alisó su uniforme con soltura.
—Bien, Kirk. Si lo que quiere es a Archer, tendrá a Archer— Bennett hizo un gesto resignado con sus manos, imitando a Jim hacía unos instantes, y siguió hablando—. Así que supongo que esta reunión ya no tiene sentido.
—De hecho, hay una cosa más. Necesito que cancele la autorización para las modificaciones en el motor warp.
Bennett movió las manos como diciendo "dalo por hecho, niño" y salió de la sala con la cabeza en alto, como Jim esperaba que lo hiciera. Unos segundos después, la figura despeinada de Scotty se asomó por la puerta. El ingeniero miró a Jim con un gran signo de interrogación pintado en la cara.
—Así que usted es el hermano mayor de Jim— dijo Scotty con su acento escocés remarcado por la cantidad de whisky escocés que había consumido—. No se parecen mucho—. Después de esa sentencia se escucharon las protestas alrededor de la mesa.
Después de una muy agitada mañana y una muy ocupada tarde, Jim quería salir, relajarse y cansarse. Así que Uhura, Chekov, Sulu, Scotty, Kenser e incluso Spock se unieron a él y a Sam en uno de los bares más tranquilos en las cercanías de la Academia.
—¡Somos idénticos!— dijo Sam, y era verdad. Sólo había un par de rasgos diferenciadores como el color de ojos, una expresión más madura en Sam y la sonrisa pícara de Jim -exclusiva de él. Acercándose a su hermano y rodeándole los hombros con un brazo, Sam siguió hablando—. Excepto que yo soy más guapo— Jim se rió tanto que Sam lo golpeó en la cabeza para que se callara.
—¿A qué ha venido a la ciudad?— preguntó Uhura a Sam con genuina curiosidad.
—¡Oh, no! ¿Tú también, cariño? ¿Por qué todos me llaman de "usted"? ¿A caso me veo tan viejo?
—Es la ilusión, Sammy— dijo Jim—. Como eres el hermano del Capitán eres casi como de la realeza— todos se rieron y cuando se calmaron, Jim se dirigió a Uhura—. Sam está en la ciudad visitándome porque no puede vivir sin mí.
—De hecho sí, estoy de visita... Pero es porque Leonard me encargó que te vigile. Tú eres el que no puede vivir sin mí.
—¿Conoce al doctor McCoy, entonces?— preguntó Sulu sorprendido.
—Por supuesto que lo conozco— pero no dio más detalles—. Por cierto, ¿cuándo vuelve? Me debe unos tragos.
—Cuando la situación en Titán se normalice. De todas maneras, la Enterprise no zarpa hasta dentro de unas tres semanas, así que no hay apuro.
—¡Claro que hay apuro, Jimmy!— exclamó Scotty indignado—. ¿Sabes cuánto nos atrasamos por el incidente de hoy?
Jim rodó los ojos y se levantó de la mesa para ir a buscar más tragos. Por supuesto que sabía cuánto se había atrasado la situación, él era el Capitán, y aunque mucha gente no lo creyera, él sí hacía su trabajo. Y gracias al "incidente" -como lo llamaba Scotty-, Archer le había impuesto a Jim un castigo por su insolencia.
Impartir lecciones no era una tarea ajena para Jim, incluso había sido asistente en algunos cursos mientras estaba en la academia, pero por alguna razón, se sentía presionado. Se acercó a la barra y pidió los tragos, sumergiéndose en teorías sobre conspiraciones entre almirantes.
—Capitán, creí que necesitaría ayuda.
Jim se volteó y vio a Spock a su lado. Sonriendo, Jim le respondió.
—Es Jim, Spock. Jim. No estamos de servicio. Ni siquiera tengo puesto el uniforme.
El vulcano asintió pero no agregó nada más. El silencio entre ellos nunca había sido incómodo, sino exasperante. En ocasiones, Jim sentía que le hablaba a una pared -una pared con corte de tazón. Lo único que aplcaba su inquietud era la certeza: Spock siempre le escuchaba atentamente, aunque sólo dijera estupideces.
—Creo que sé por qué Bennett hizo lo que hizo— Spock alzó la ceja ante las palabras de Jim.
—Se refiere al incidente con las actualizaciones en el motor warp.
—¿Cómo lo supiste, Spock? — respondió Jim sonriendo. La expresión del vulcano cambió ligeramente a una divertida -o todo lo divertida que Spock se permitiría mostrar.
—Es lógico suponerlo, puesto que no tengo conocimiento de otra acción realizada por el almirante.
Jim se río, Spock era genial. ¡Dios, si lo hacía reír! Y si la gente alrededor le enviaba miradas confundidas por estar riendo tan abiertamente cuando su interlocutor estaba impasible, pues, que se jodan. Después de todo, para eso estaba Jim ahí, para divertirse.
—¡Y dicen que los vulcanos no tienen sentido del humor!
—Le recuerdo que soy medio vulcano.
—¡Oh, no, Spock! ¡No tienes que recordarme eso!— dijo Jim sonriendo abiertamente.
—Lo tomaré en cuenta entonces, Capitán.
Jim y Spock se miraron fijamente hasta que la guapa bartender les llamó la atención: los tragos estaban listos.
—No creas que me voy a rendir, Spock— murmuró Jim, mientras caminaban de vuelta a la mesa.
—No sé a qué se refiere.
—Creí que los vulcanos no pueden mentir.
—Dijo que no tenía que recordarle mi herencia humana.
Jim apretó los labios y se sentó de nuevo junto a su hermano.
—Dejaremos eso para después, Spock— Spock asintió en silencio, concediéndole esa pequeña indulgencia.
—¿Qué van a dejar para después? ¿Secretos, Jimmy? ¿Le guardas secretos a tu propio hermano?
—No, de hecho no. Voy a impartir un seminario en la academia, a partir del próximo miércoles. Sobre "comando en situaciones de crisis para dummies", o algo así. Para quien quiera inscribirse. Cadetes y oficiales, según me dijo Archer.
Después de una pausa, en la que sus amigos asimilaron sus palabras, Jim rompió el silencio mientras miraba a su primer oficial a los ojos, como cómplices compartiendo un secreto.
—Sí. Aparentemente Bennett estaba buscando a alguien que diera el seminario— y sonriendo como zorro, agregó—. Pero hasta ahora no había tenido suerte.
Notas de la autora:
Como sabrán, este fic es en memoria de Leonard Nimoy. Yo había estado trabajando en esta historia desde hace mucho tiempo, pero no me había animado a publicarla hasta que nuestro querido Nimoy murió. Creo que al reflexionar todo lo que me habría gustado decirle si lo hubiera conocido, y pensando en quién era él como persona, descubrí que es estúpido ocultar nuestras creaciones por miedo a la crítica. Y la crítica que más me aterroriza es la propia.
Sin embargo, me gusta la historia, me gusta como va y quiero compartirla.
Star Trek no me pertenece, obviamente. Pero la historia sí es mía y hay una que otra mirada a mi realidad y la realidad de mi país. Quiero escribir algo auténtico y sólo puedo hacerlo desde mis propias experiencias.
Espero que les guste el capítulo y la historia. Si todo sale bien, habrá un capítulo por semana. Cualquier comentario o pregunta son bien recibidas. Crecemos con las críticas, pero agradecería que sean respetuosas.
Un beso,
Larga vida y prosperidad.
PD: Estoy intentando hacerla lo más canon posible, pero yo sólo llevo un año y un mes y medio (wow, es tan poco y se siente como una vida) como trekker y no he podido devorar cada libro, comic, serie... Tengan paciencia :)
