PARTE I: JIM

Capítulo 6: La otra colonia

La terraformación es un proceso mediante el cual un satélite, planeta o planetoide es modificado para reproducir las condiciones ideales para la vida terrestre. Por esa razón, todas las colonias con terraformación son tan hermosas y similares, creadas en producción en masa. Alexandretta no escapaba a esa descripción estándar: aire puro, bosques frondosos, laderas repletas de florecillas silvestres y manantiales, ríos y lagos de cristalina agua potable. Sinceramente, Jim no esperaba un paisaje así, él esperaba una tierra devorada por hongos, vegetación muerta y escasez de animales. Sinceramente, se sentía estafado, esa gente no estaba en condiciones de hambruna, no, su colonia se veía muy próspera. Pero no nos apresuremos a sacar conclusiones, Jim, no todas las colonias son Tarsus, se reprendió a sí mismo. Se maravilló con los soles gemelos de Alexandretta y sopeso las posibilidades de otros conflictos posibles en una colonia incipiente, es decir, si no era hambruna como en… Tarsus… ¿qué era?

Aterrizó la nave con cuidado en medio del bosque, esperando que los árboles la ocultaran un poco. Seguidamente, y mientras se desabrochaba el cinturón, les ordenó a Higgs y a Robertson que se quitaran las camisas rojas y las dejaran en la nave. Lo último que quería era llamar la atención, después de todo, siempre es mejor ver y no ser visto. Respiró profundo el aire fresco de la colonia. Seguía molesto con Spock. Muy molesto, disgustado y la frustración subía por su garganta. Si no se hubiera ido de la nave, si en lugar de estar en tierra hubiese estado encerrado en su habitación, Jim habría gritado, se habría ahogado en cólera y desesperación. Sin embargo, tenía una misión, y eso lo despejaba. Un bosque frondoso podía ahogar la frustración de cualquiera y hacer sentir pequeño e insignificante hasta al más valiente.

Ahora, debía enfocarse en su misión. ¡Oh! ¡Cómo amaba tener algo que hacer! Por ahí dicen que el ocio es fuente de todo vicio, pero no es verdad: el ocio es un agujero negro implacable que toma toda la luz de tu vida y te la arranca de cuajo. O así lo sentía Jim... tal vez era sólo él.

—Capitán— llamó Higgs con su voz suavecita y tímida que distaba mucho de su apariencia corpulenta de amazona—, aquí hay algo.

La pelirroja señaló en dirección norte, y Jim se apresuró a seguir la indicación. Ahí, en medio de la vegetación existía un brillo antinatural. Era un objeto metálico y grande, que destellaba debajo de un camuflaje de hojas, pues los rayos solares estaban en el punto exacto.

—Es el transmisor—susurró Jim. Tenía que ser el radio que utilizaron para pedir auxilio, no podía ser de otra forma. Es decir, no estaban tan cerca de las coordenadas desde que fue lanzada la señal, pero, sin duda alguna ese tenía que ser el aparato que usaron. No, Jim, deja de saltar a conclusiones, eso te ha llevado a ese abismo en el que…

¡Basta!

Robertson se acercó primero y removió precavidamente el camuflaje con su rifle. El aparato era, sin duda alguna, un enorme radio viejo, un GX 25, que usaban en las colonizaciones cuando Jim era pequeño. Él conocía bien los GX, porque en Tarsus… Bueno, alguien sentía fascinación por ellos y le enseñó a Jim a amarlos: eran joyas de ingeniería, armatostes resistentes con gran potencia en su señal y, si se necesitaba, podían ser indetectables. Ese GX, en particular, se veía muy usado: la carcasa tenía rayones, estaba sucio y se notaba que había sido maltratado… Pero la belleza de un GX sólo aumenta con su uso. Su… "mentora" en Tarsus llamaba a los GX los "salvavidas". Ella decía que en cualquier situación de desastre, esas bellezas sobrevivían y ayudaban a la gente a sobrevivir. Jim estaba de acuerdo, muy de acuerdo.

—"Pero del 27 en adelante son una basura, Jim, una total basura. Un golpecito y se desalinea todo el cableado"— recordó Jim con una sonrisa.

—¿Disculpe, Capitán?— preguntó Robertson ladeando su cabeza confundido.

Jim negó, sin dejar de sonreír y examinó minuciosamente el aparato que tenía en frente. Era hermoso, sentía nostalgia de la buena, pues recordaba el olor verdoso de la hierba en sus manos, la tierra mojada y el aceite de motor. Jim tuvo una buena vida en Tarsus, hasta que ya no lo fue más. La vida no es una caja de chocolates, es una bomba de tiempo. No, no, no, no. Jim, enfócate. Levantó la mirada y analizó a sus acompañantes. No los conocía tan bien como debería, no recordaba el primer nombre de Higgs, y no recordaba la especialización de Robertson, pero los dos oficiales de seguridad eran su entera responsabilidad y no les iba a fallar.

—Robertson, regrese a la nave y traiga el botiquín y los suministros. Higgs, ayúdeme a camuflar la nave.

Con un asentimiento, empezaron a trabajar y la noche cayó sorprendentemente rápido. Luego de comer, Jim, Higgs y Robertson se subieron a los árboles para dormir. Lo habían decidido así porque no conocían los depredadores de la colonia y, porque sobretodo, querían permanecer ocultos. Estaban cerca del GX, las personas que lo usaban irían de nuevo, tal vez enviaban mensajes diarios. Jim prefería esperar esa noche antes de buscar la colonia por sus propios medios. Sólo esperarían un día más, su instinto se lo decía.

Miró las estrellas. Allá arriba estaba su nave, su tripulación. Luchaban contra piratas, un grupo intrigante que usaba el rostro de Kodos el Ejecutor como un ícono representativo. Y Jim le había fallado a su tripulación por no poder enfrentar su pasado. Se había escapado, cobardemente, en una nave y había llegado a una colonia que no parecía necesitarlo en absoluto. Spock estaba arriba, tal vez nadie lo necesitaba en realidad. Se removió y se acostó de lado, demasiado avergonzado de encarar al universo. Sentía un nudo constante en sus costillas, dolor, tristeza absoluta, era tan irrelevante para sí mismo, para el mundo… Higgs y Robertson no lo necesitaban, ellos se habían repartido las rondas de guardia entre los dos, eran un equipo eficiente y James era un estorbo.

Intentó recordar la alegría que tuvo al descubrir el GX, esa nostalgia que sabía a chocolate en el jardín de… pero ella murió, cuatro mil personas murieron en Tarsus. El universo estaba jodido y Jim era el que estaba avergonzado… Era decepcionante. Él era completamente una decepción. ¡Oh, Dios! ¡Cómo le dolía el pecho, era como si no pudiera respirar! Respira profundo, Kirk, contrólate. ¿Por qué no podía dejar de sentirse así? Tenía que dormir, necesitaba dormir, reponer su sueño perdido y se sentiría mejor en la mañana. El día había sido largo, larguísimo. La semana había sido exhaustiva, el mes, el año… ¡Cómo odiaba el silencio!...

¡Jim... !

¡Tienes que correr!

¡No te sueltes, te tengo!

La supervivencia depende de medidas drásticas.

¿Dónde dejamos el radio?

—No lo sé—respondió una voz ronca en susurros. Jim abrió los ojos, despejándose de un intranquilo sueño breve, perturbador. La oscuridad les rodeaba, abajo en el suelo se escuchaban movimientos de hojas, pasos cuidadosos.

—¡La encontré!— gritó otra voz en un susurro frenético, y hubo más movimientos.

Jim hizo contacto visual con Higgs, y entendió que no había dormido mucho, porque Robertson iba a hacer la segunda ronda. Le hizo una seña a Higgs que la mujer entendió a la perfección, seguidamente, ella se inclinó sobre la rama sin hacer ruido y Jim se colocó a cuatro patas y se deslizó para despertar a Robertson. Colocó una mano en el hombro del oficial y lo sacudió quedito, cuando la mirada confundida de Robertson lo saludó, Jim llevó un dedo a sus labios haciendo el signo universal para silencio, al recibir el asentimiento del hombre, Jim señaló al suelo. Ahí había tres figuras encapuchadas, no se distinguían mucho, porque Alexandretta no tenía un satélite, sino que era por sí misma el satélite de un planeta gaseoso.

—Encienda esta cosa, Doc— murmuraba la voz ronca—. No tenemos mucho tiempo.

Una de las figuras, Jim supuso que era "Doc", estaba manipulando el GX.

—Paciencia, Vic— decía Doc, con una voz femenina grave y sensual, de esas que se oyen en las estaciones de radio—. Es muy difícil encender un aparato así.

Jim escuchó atentamente, sin quitar su mano del hombro de Robertson. Enviaron el mensaje en un código que Jim conocía a la perfección. Lo repitieron tres veces, apagaron el GX y lo recogieron del suelo. Doc iba adelante, mientras Vic y la otra persona cargaban el radio, probablemente para esconderlo en otra parte. Con señas, Jim le indicó a sus oficiales que era hora de seguir. El Capìtán era bueno escalando, pero ni Robertson ni Higgs se quedaban atrás, así que se movieron por los árboles. Aunque era más lento era más seguro. Las tres personas dejaron el radio escondido al menos un kilómetro lejos de la locación anterior y luego regresaron sobre sus pasos, hubo un momento en el que el pánico se instauró en el estómago de Jim, pues los colonos pasaron muy cerca de la nave, pero el momento se esfumó tan rápido como todo lo demás. Unas tres horas más tarde, el bosque comenzaba a disiparse, y capitán y oficiales tuvieron que detenerse. No obstante, ya habían llegado a la colonia… O lo que quedaba de ella.


—Claire— escuchó Jim mientras preparaba el desayuno, el cual consistía en una lata de proteína en forma de pasta—, es hora de seguir.

Jim, sorpresa, sorpresa, no había podido dormir. Estaba molido, al igual que sus acompañantes, pero era incapaz de descansar. Luego de trepar toda la noche, los músculos de las piernas y la espalda gritaban de dolor… Imaginó que ni Robertson ni Higgs se sentían mejor, así que, dado su incapacidad para dormir, Jim se ofreció a hacer la guardia y dejó que su tripulación tomara un merecido descanso. Había decidido presentarse en la colonia en la mañana, después de observarlos un poco. Se quedaron un par de horas y cerca del amanecer buscaron un terreno plano donde acampar. Cuando salió el segundo de los soles, Jim despertó a Robertson y dejó que el despertara a Higgs. Claire Higgs, recuérdalo.

—Buenos días, Capitán— dijo ella con timidez, sentándose delicadamente al lado de Jim y tomando el cuenco con comida que Jim le pasaba con movimientos suaves—. Gracias— murumuró.

—Con gusto— respondió él sonriedo y agregó, más por costumbre que por otra cosa—- Y es Jim. Llámenme Jim— dijo mirando a los dos.

—Usted es el Capitán, sería irrespetuoso llamarlo por un diminutivo de su nombre— le respondió Robertson, en un tono muy similar al que usaba Spock cuando creía que Jim estaba siendo especialmente ilógico. Spock era un bastardo quien no había escuchado a Jim, pero la similitud que este oficial de cabello arenoso tenía con Spock le aliviaba un poco la carga del pecho. Maldita sea, preferiría tener a Spock con él ahora mismo.

—Es irrespetuoso no llamarme como he elegido llamarme. Además—al ver que Robertson e incluso la tímida Higgs abrían la boca para protestar—, sería un poco incómodo tratarnos por nuestros rangos, Teniente Grado Junior— dijo mirando a Higgs— y Teniente— dijo mirando a Robertson.

Higgs sonrió, acomodando un mechón pelirrojo detrás de su oreja. Jim no se había dado cuenta de lo joven que era la chica, porque su musculatura era envidiable y aterradora, pero su actitud y su rostro eran todos dulzura. A Jim le encantaban las personas así, contradictorias, incomprensibles y fascinantes. Y luego, estaba Robertson, un oficial recto, de pensamiento transparente y que no temía expresar sus opiniones. A Jim también le gustaban las personas así.

—Cuando terminemos de desayunar nos presentaremos en la colonia, coman bien— dijo Jim, y recibió dos "sí señor" como respuesta. Rodó los ojos, al menos no lo habían llamado "Capitán". Se levantó y empezó a recoger el campamento.

Le molestaba ser separado de su tripulación por su cargo. Lo llamaban "Capitán" y eso ponía una barrera gigantesca entre sí mismo y los demás, era incómodo y solitario, por lo tanto en cada misión o reunión o trabajo que hacía con su tripulación, Jim insistía en ser llamado Jim. Si iba a estar hombro con hombro con sus camaradas, el deseaba ser visto como uno más. Y los nombre eran increíblemente poderosos, ser llamado Jim -un nombre de cualquier vecino, mejor amigo de la infancia o tal vez de una mascota- lo volvía inconscientemente accesible.

Suspiró, los pensamientos lo embriagaban de apatía en el silencio. Intentó distraerse con el paisaje vívido, era maravilloso. Alexandretta era un maravilloso lugar… pero la colonia no lo era. Las casas -casuchas, se autocorrigió- eran pequeñas, de madera y lata y estaban sostenidas por piedras negras. Los caminos no estaban trabajados, eran de tierra -polvo-; no parecía existir una Torre Tesla, en contradicción a lo indicado en el archivo, y no tenían tampoco paneles solares. Las construcciones eran viviendas, probablemente en un ochenta y cinco por ciento, no tenían un parque, u hospital. No había electricidad y Jim estaba seguro de no haber visto ningún sistema de agua potable. ¿Qué había ocurrido en ese lugar?

—Señor— lo llamó Robertson— estamos listos.

Jim asintió y los lideró hacia la colonia. Llegaron al camino principal y llamaron de inmediato la atención, a pesar de que los tres vestían completamente de negro y no cargaban demasiado. Las personas en la calle los miraban con miedo en los ojos. Jim notó que vestían con ropas muy usadas, y conforme se internaban más y más, la gente desaparecía dentro de sus casas. Una señora de unos cuarenta, tal vez, arrastró a un niño del cuello de la camisa, lo alzó y corrió doblando en una esquina. Robertson y Higgs se quedaron en medio del camino, mientras Jim se acercó a un hombre.

—¡Buenos días!— saludó Jim con alegría, pero el hombre se escabulló dentro de su casa—. Mi nombre es Jim Kirk y quería hablar con usted— murmuró Jim con enojo. ¿Qué le pasaba a esta gente?

—¡Capitán!— le llamó la atención Robertson y Jim se dio la vuelta. Sus oficiales tenían las manos en alto y estaban siendo encañonados por cinco hombres.

—No hay necesidad de eso— se apresuró a decir Jim con las manos en alto—. Soy el Capitán James T. Kirk de la nave USS Enterprise de la Flota Estelar. Ellos son el Teniente William Robertson y la Teniente Grado Junior Clare Higgs, son mi escolta. Estamos aquí porque recibimos una llamada de auxilio.

—¡Funcionó!— exclamó la mujer con voz de locutora de radio, Doc, quien se acercó al círculo y empujó las armas al suelo—. ¡Bienvenidos!— exclamó ella con una sonrisa gigantesca y lágrimas en los ojos.


Doc se llamaba Helena Ross, era una de las cabezas de la comunidad y era una muy delgada pero hermosa mujer de cabello canoso. Ella llevó a Jim, Robertson y a Higgs a su casa. Por dentro, las casuchas no eran más bonitas o acogedoras, la de Doc era de dos habitaciones separadas por cortinas. Jim no sabía que había detrás de las cortinas, pero en el resto del lugar había una cocina, un catre, una mesa pequeña a la que se sentaron para hablar con la mujer. Pero, a pesar de la incomodidad, Jim apreció obras de inteligencia asombrosa: en el techo había muchas botellas repletas de agua que funcionaban como bombillas, y desde la ventana de la pared trasera Jim vio más botellas que funcionaban como una huerta. Además, Doc tenía muchas hierbas almacenadas en el interior y Jim reconoció varias medicinales.

—La vida aquí es muy difícil, pero trabajamos la tierra con diligencia— terminó de explicar la mujer.

—Este lugar es muy diferente a las fotografías— comentó él mirando a Doc a los ojos—. ¿Por qué?

Ella sonrió y apoyó los antebrazos en la mesa, acercándose a Jim e inclinándose con complicidad

—Esta no es la colonia Alexandretta VII, Capitán. Nosotros somos las personas que llegaron aquí primero, en la primera oleada de colonización. Se llamaba Prometheus, pero ese nombre nunca ha sido de buena suerte para las colonias, nunca resultan.

—¿Una colonia antes de Alexandretta?— preguntó Jim confundido, y luego recordó que él había clasificado la colonia Prometheus Alfa Tauro como una de las que cumplía las características de fracaso—. ¿Qué pasó?

—La colonia era próspera, Capitán. Yo era muy joven, pero recuerdo que nunca tuvimos problemas. Mi mamá era una científica que se encargaba de cuidar los alimentos, así que cuando los cultivos comenzaron a fallar, ella fue quien dio aviso.

Está muriendo, todo el campo, está muriendo. ¡Hay que quemarlo antes de que se extienda a otros cultivos! Sí, Jim podía imaginar perfectamente la situación.

—Mi padre era el gobernador, así que inmediatamente ordenó desalojar la colonia, quemar los cultivos y poner en cuarentena al ganado. Era una peste, y la gente no quería que se extendiera más, pero lo hacía a gran velocidad.

Sus vidas representan la muerte lenta de los miembros más valiosos de la colonia...

—Nos mudamos, construimos una nueva colonia y nos conectamos con este lugar— siguió Doc—. Pero, un día un científico dijo que aquella región estaba libre de plaga y la Federación insistió en que moviéramos la colonia. Ya lo teníamos todo en un nuevo lugar, ¿para qué irnos? ¡Estas eran y son nuestras tierras! Las trabajamos, las amamos y nos dan todo lo que necesitamos. Pero ellos querían que regresáramos a la vida anterior. Nos negamos, así que trajeron otros colonos.

Jim esperaba que la parte oscura de la historia llegara en forma de hambruna, como sucedió en Tarsus, en forma de un gobernador tirano, como en Tarsus, pero eso no había sucedido y tenía miedo de lo que iba a escuchar, porque los ojos de Doc se volvieron furiosos y se llenaron de lágrimas.

—Por un tiempo— decía ella suavemente— todo estaba bien, convivíamos. Y un día apareció un tipo, un abogado. Decía que nuestras tierras eran de alguien más, un tal Lipton y nos quería echar. Se apoyaba en las leyes, en la policía de la colonia, pero eran nuestras tierras— dijo y su voz cayó cuando empezó a llorar—. Mis padres murieron junto con otras personas ese día. Usaron fuego, quemaron todo, lo perdimos todo— ella se limpió la cara, respiró ondo y siguió su historia con más firmeza—. Pero regresamos y seguimos regresando cada vez que nos echan y peleamos y seguiremos peleando, porque son nuestras tierras.

Ella tenía un espíritu fuerte y Jim sintió sus propios ojos hincharse con lágrimas avergonzadas, porque él no era tan fuerte y sentía que alguna vez lo había sido. Agachó la cabeza y escuchó el resto de la historia: como habían pedido ayuda, como estaban peleando en la corte y que los veían como invasores, que las cosas se habían puesto más feas y habían usado el radio de Alexandretta para pedir ayuda a la Federación y como, en un último recurso, habían medio arreglado un viejo radio para enviar mensajes en un código secreto. Cuando ella terminó, Jim tenía preguntas, pero ninguna fuerza para hacerlas, excepto una.

—¿De dónde sacaron el código?

Doc sonrió y se levantó.

—Esa es una excelente pregunta, Capitán Kirk. Síganme, vamos a conocer a Miki.

Miki resultó ser un alienígena como del tamaño de Keenser de una especie que Jim no conocía y prefirió no preguntar. A diferencia de Keenser, Miki hablaba mucho y muy rápido, no era un ingeniero, pero sí podía manejar consolas de comunicación, como el GX y era el responsable de usar el código que usaban.

Locaté'n'na'transiónde'xilio—decía Miki. Jim entendía una idea general de lo que decía: "capté" "transmisión de" "auxilio", pero tal vez era sólo porque él esperaba que esa fuera la respuesta.

Jim estaba impresionado, porque Miki le había enseñado un papel con el criptoanálisis que había hecho del mensaje. Miki era un genio, había quebrado el código y lo habían usado para pedir ayuda.

—Te ofrezco un puesto en mi nave— dijo Jim analizando los apuntes de Miki— en el departamento de criptología.

'tem'ogar— respondió Miki.

—La Enterprise también puede ser tu hogar— respondió Jim.

Doc soltó una carcajada.

—Vino aquí a salvarnos, Capitán Kirk, no a reclutarnos— y con la esperanza pintada en los labios dijo—. Venga, le mostraré el resto del lugar.

En la noche regresaron a la casa de Doc. Mientras Robertson servía la cena, Doc descorrió las cortinas y les mostró la habitación. Había un par de catres altos con sábanas limpias, en la esquina estaba acomodada una bandeja de metal inoxidable cubierta y había un estante con muchas etiquetas.

—Si las plantas medicinales no eran suficiente prueba, ahora puedo afirmarlo, Doctora Ross— dijo Jim impresionado con la enfermería improvisada.

—Trabajo con lo que puedo y, en realidad, no soy doctora. Soy enfermera.

—Papa, patata— explicó Jim mientras se alzaba de hombros. Doc se rió.

—Tengo un catre más, para emergencias, está atrás de la casa.

—Yo lo traeré— dijo Higgs.

—Gracias, querida— y volviéndose a Jim dijo—. Pueden dormir aquí.

—No sé cómo agradecer— explicó él.

—Su presencia aquí es suficiente, Capitán. Nos da esperanza.

Y esa sola frase le pesó a Jim más que todos los muertos que cargaba. Esa noche no pudo dormir tampoco. Cada vez que el cansancio le ganaba, lo devolvía a la superficie una pesadilla un recuerdo de Kodos, Tarsus y Marie.


Notas de la autora: Primero quiero agradecer a quienes están leyendo, espero que disfruten de la historia. Y quiero avisar que espero subir al menos dos capítulos más antes de que termine el año, ya que estoy de vacaciones y eso.

¡Nos leemos!