Parte I: Jim
Capítulo 7: Un granjero de Iowa
Era temprano cuando Jim se levantó, todavía no había salido el primer sol. Se levantó al oír los rumores de pasos en la casucha y vio a la Doc, levantada y moviéndose tratando de no hacer ruido. Él le aseguró a su acompañante que no lo había despertado, que no se preocupara, tranquila, suelo despertar a esta hora, y ¿no hay algo en lo que pueda ayudar? Ya que se ofrece, Capitán Kirk, hay algo… El Capitán ayudó a la mujer a hacer el desayuno y el almuerzo y les dejó una nota a sus oficiales indicándoles dónde iba a estar.
Lejos de estar desiertas, las calles de la colonia bullían en actividad. Decenas de personas caminaban con sombreros, bultos y herramientas de trabajo. El mismo Jim llevaba una bolsa de lona con su almuerzo y el de Doc, así como un hacha, un pico y una pala. La mujer llevaba a su vez una bolsa con abono y una azada. Ella cubría su cabeza con un sombrero y traía colgando del brazo otro, Jim adivinó que era para él. Fue apenas consciente de que seguía llevando los guantes de asalto y que no se había dado un baño en mucho tiempo, debía apestar a sudor y tierra, probablemente necesitaba afeitarse… Y le esperaba un día largo de trabajo en el campo... Bueno, qué mas da, sólo eres un granjero más de Iowa.
Seguía caminando, robotizado, exhausto, lastimado. Dolía, deseaba haberse quedado en la Enterprise, en su habitación, gritando de rabia contenida, tendido en su colchón reglamentario incómodo donde, seguramente, tampoco podría dormir. ¿Qué hacía en este planetoide olvidado…? Orbitando a los gemelos Alfa y Tauro… Claro, por eso la primera colonia se llamaba así, ¿cómo no se dio cuenta antes? ¿Qué pasaba con él? Cómo si importara… Ya nada de eso importaba. Ni su exabrupto frente a sus oficiales de seguridad, ni su insomnio crónico, y tampoco importaba su apetito decreciente, su falta de interés y la inseguridad que lo embargaba. La tristeza, el vacío, el dolor en el pecho… Nada de eso importaba ya, ¿a quién le importaba? Ciertamente no a Spock, quien lo trataba con condescendencia y lo sacó de su puente sin escucharlo. No le importaba a Bones, quien se había ido a hacer una misión importante a una colonia mientras se congelaba. No le importaba a nadie, ni siquiera a Jim… A… A las personas les importaban las personas como Bones, quienes emprenden, sacando fuerzas inexistentes, creando de la nada, anteponiendo las vidas de otros a la suya propia. Jim no era así. No tenía aliento ya, ya no le quedaba nada.
Todo era una equivocación.
Llegaron al campo, no muy grande pero distribuido con inteligencia, y Jim siguió a la Doc a una sección donde había capullos de plantas diminutas. Siendo una persona con experiencia en la agricultura -no importaba realmente por qué- Jim sabía que eran capullos de zanahoria. Eran tan diminutos e insignificantes, pero para esta gente representaban su alimento, su supervivencia. Agachándose, Jim comenzó a arrancar malas hierbas con actitud honrosa. Veía sus manos enguantadas trabajar en la tierra oscura, arrancando de raíz males, protegiendo capullos de zanahoria. Y sintió que, por primera vez en mucho tiempo, hacía algo bueno y productivo. Una mano tan diminuta como esos capullos, se interpuso en su campo de visión y arrancaba con torpeza hierbas, tal y como él. Jim levantó la mirada y ante sí encontró a la más hermosa e inesperada persona que podría encontrar ahí: una niña, morena de ojos asombrosamente verdes, con el cabello rizado más alborotado que había visto en su vida. La niña miró a los ojos de Jim y le sonrió, mientras siguió trabajando.
—Agatha, ¿por qué no saludas al Capitán Kirk?— canturreó Doc dirigiéndose a la niñita. Ella, Agatha, sonrió con la boca abierta y le mostró a Jim el lugar donde le faltaban dos dientes.
—Buenos, días, Capitán, Kirk—dijo la niña con esas pausas exageradas que hacen los infantes cuando quieren hablar como adultos.
—Buenos días, Agatha. Es un placer conocerte— le respondió Jim, y le ofreció su mano sucia a la niña. Ella se la apretó y, en un gesto más propio del perfecto caballero sureño Bones, Jim levantó la mano de la niña hasta sus labios y se la besó. La niña soltó risitas encantada.
—Agatha es la hija de una de las mujeres que tienen el vivero, se lo mostré ayer, ¿recuerda?— cuando Jim asintió, ella siguió explicando—. Agatha es una de nuestras más brillantes arranca hierbas, ¿verdad, Agatha?
La niña sonrió otra vez. No podía tener más de cuatro años. Era adorable. Como Jo, como Marie. No, no pienses en ella, no en Marie.
—Le enseñarás al capitán Kirk a arrancar malas hierbas, ¿verdad?
La niña asintió y sonrió con mucho orgullo por ser elegida como una maestra.
—Maravilloso. Yo iré a hablar con el señor Hullmann, parece que necesita ayuda— y era verdad, el señor Hullmann era un hombre de cabello largo, greñoso y que estaba luchando por arrancar una de esas hierbas que se unen en varios puntos y forman una red en todo el suelo.
—La hiedba se tiene que quitar toda— le explicaba Agatha a Jim—. Así— y le mostraba cómo se hacía.
Jim no pudo dejar de sonreír en toda la mañana. Ya a la hora del almuerzo Agatha y Jim eran mejores amigos, ella le contaba sus confidencias -mi mami dice que le gusto, pero, ¿podqué me jala el pelo Tomasito?- y Jim le retribuía contándole historias sobre la Enterprise -pasamos toda la tarde persiguiendo a Porthos, lo veíamos en las cámaras de seguridad, pero cuando llegábamos ahí ya no estaba. Y cuando fue la hora de comer, Agatha se sentó en el regazo de Jim y se acomodó como si él fuera un gigantesco oso de peluche, no parecía molestarle que él apestara. Higgs y Robertson aparecieron para compartir la comida y ambos mostraron expresiones de ternura cuando miraron al Capitán y su nueva mini amiga.
—Capitán— dijo Robertson—, estuvimos ayudando con el abastecimiento de agua en la colonia, nos solicitaron asistencia, por eso no nos reportamos con usted antes.
—No te preocupes por eso. Pero— añadió Jim con una mirada de falsa reprobación—, te espera una reprimenda por llamarme "Capitán". Es Jim.
El oficial abrió la boca con sorpresa y Higgs se rió con disimulo.
—Sí, su nombde es Jim— respondió Agatha mientras le daba una cucharada de su propio almuerzo a su nuevo amigo.
Un rato más tarde, luego de charlas superficiales, protestas por parte de Robertson y risas infantiles, Jim se levantó y se dirigió a Doc.
—Me gustaría poder quedarme más tiempo, pero mis oficiales y yo tenemos trabajo por hacer— ante estas palabras, la mujer sonrió.
—Por supuesto que sí. ¿Necesita algo de nosotros?
Jim asintió.
—Vamos a ir a Alexandretta, queremos conocer la versión que manejan allá, la demanda que Lipton levantó, pero sería mejor si pudiésemos recolectar testimonios de tu gente, saber a profundidad qué ha pasado en las diferentes familias y cuáles son las soluciones que ustedes proponen.
Doc apretó los labios, pensativa. Y luego asintió repetidas veces.
—Ya sé con quiénes enviarlo, Capitán. Iré a buscar a Romoni que los lleve, espere aquí, por favor.
Miró a Doc alejarse y luego sintió como golpeaban sus piernas con fuerza, casi lo botan al suelo. Levantó los brazos y se medio retorció para ver a Agatha abrazándose como un monito pequeñito.
—¡No te vayas, Jim!— dijo ella lloriqueando. Jim la alzó y ella se abrazó a su cuello.
—Claire, Bill y yo tenemos mucho trabajo que hacer.
—¡Pero no quiedo que te vayas!— él acarició los suaves cabellos de Agatha, consolándola.
—¿Te gustaría venir conmigo?— preguntó él con voz suave.
La niña gritó de emoción y lo abrazó con más fuerza.
Luego de la primera visita, Jim optó por dejar a Agatha afuera, entretenida con alguna tarea disfrazada de juego. Habían visitado a un hombre ciego que vivía con su esposa. Ambos trabajaban elaborando pan. Agatha había estado muy inquieta, así que la señora Fátima se la había llevado como ayudante. El hombre ciego, Dane, les había contado como una noche las autoridades quemaron sus cultivos y botaron sus casas.
—No nos fuimos, la negra y yo queríamos salvar algunas pertenencias, ¿verdá, negra?… Todas las cositas que nos regalaron cuando nos casamos, no era mucho, pero era todo lo que teníamos. Le dije a la negra que los policías se iban a ir, pero el hijueputa de Jamison, el abogaducho, seguro les dijo que nos echaran. Y los putos usaron un gas, pimienta, creo, ¿verdá, negra?
—¿Gas pimienta?— preguntó Jim.
—Seh, era algo así. Lo lanzaron en todo el pueblo y la gente corría por todos lados, como un hormiguero cuando uno le pasa por encima. Y todo el mundo se tapaba la boca y los ojos, es que no se podía respirar ni ver ni mierda, ¿verdá, negra?
El capitán se preguntó si Doc tendría algún tipo de información sobre ese gas, ¿sería gas mostaza? No había escuchado que alguien usara armas químicas dentro de suelo de la Federación en mucho tiempo, siglos, incluso.
—La negra y yo íbamos juntos, no iba a dejar a mi mujer sola, ¿verdá? Le puse mi camisa en la cabeza y me la llevé, y cómo quemaba ese puto gas, en serio. Nos tiramos al río, pa' quitarnos la quemazón, ah, pero ya era tarde. Para mí. Doc no pudo hacer nada con mis ojos, pero la piel sí se me mejoró mucho.
—¿Su ceguera fue causada por este ataque?
—Sí, señor. Yo le digo a la negra que de por sí ya tenía los ojos malos, entonces que hay que agradecer que no fue peor.
Jim frunció el ceño.
—¿No han pensado en una contra demanda? Lipton los está demandando por allanamiento de sus tierras, por ocupación ilegal. Pero, el uso de la fuerza, de armas químicas es peor.
El hombre se rió sin humor.
—¡Ay, Cap! Olvidaba lo que es ser tan joven. Doc y Ullmann nos han ayudado mucho, ¿verdá, negra? Pero esa gente sólo nos quiere ver lejos de aquí, no nos hacen caso.
—Yo sí los estoy escuchando. La Flota Estelar no los va a abandonar, se lo prometo.
La señora Fátima regresó, llevando la manita de Agatha entre las suyas.
—Usted es muy bueno, Capitán Kirk. Le agradecemos mucho.
Jim le sonrió.
—No hay nada que agradecer. Yo les agradezco a ustedes su confianza.
Dane se levantó y guió a los oficiales a la puerta de la reducida y abarrotada casucha.
—Antes de que se vayan, Cap, les quiero preguntar algo, pero al rato no pueden contestarme. Lo hago con todas las personas, es una maña de viejo.
—Adelante, me encantan las preguntas, aún más las que no puedo contestar.
—Llevo mucho años sin poder ver ni un poquito, y ya se me olvidaron los colores. ¿Cómo son? ¿Podría describirme el color amarillo?
Sentía lástima por ese hombre, Jim sentía su dolor... Pero también sintió admiración, mucha admiración.
—¿El color amarillo?— preguntó Jim y recibió un asentimiento como respuesta. Lo pensó, pero no se le ocurría nada. Decidió sólo hablar—. El color amarillo es… Es el calor que sientes en la piel cuando estás afuera en un día soleado. Y es como el sabor del jugo de naranja en el desayuno. Es como… el olor de las flores que, a pesar de que estornudas, se te queda pegado en la nariz todo el día— Jim sonrió, sabía que balbuceaba, pero, todas esas cosas que describía eran agradables recuerdos de una vida pasada—. Es la risa de niños y niñas que juegan y se pelean y luego se perdonan en cinco minutos. Es una locura.
Dane no se rió, como Jim esperaba, sino que lloró, en silencio, apretando la madera de la puerta con fuerza, hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
—Puedo verlo… El calor, y las naranjas… ¿No quiere… quedarse?—preguntó el hombre sollozando, pero sonriendo—. La negra va a hacer café. ¿Verdá, negra? Quédesen…
La segunda visita fue a la casa de Romoni, su guía. Romoni era una mujer andoriana y su hija estaba en casa recuperándose de un aborto. El aborto, según contaban, fue ocasionado durante la confrontación más reciente. Habían utilizado un gas, ¿el mismo que habían utilizado hacer años? La hija de Romoni, aún embarazada, había estado luchando por su pueblo, haciendo gala del temperamento de su especie. Ella le había dicho a Jim que fue trasladada al hospital de Alexandretta.
—Eran dos, el gas que usaron me enfermó. Todavía tienen a los no natos en un frasco, dicen que es para las investigaciones, pero no les creemos.
La mujer no se veía dolorida, sino enrabiada. Jim no sabía cómo responderle, cómo empatizar con esa familia. Él había perdido personas que amaba, por supuesto, pero no había tenido que pelear por recuperar los restos de esas personas, no había tenido que pelear por darles una despedida honrosa.
Estaba sopesando qué decir y cómo decirlo cuando escuchó una vocecita femenina y tímida que hablaba, aún así, con determinación.
—Yo perdí a un hijo también— dijo Higgs, sin detenerse, como si ya hubiera dicho eso mismo antes, tal vez muchas veces—. Yo vivía en un asentamiento pro-naturaleza extremista en la Tierra. Nací ahí y fui criada para aborrecer los avances tecnológicos, médicos y todo lo que no fuera natural. Me embaracé casi siendo una niña y tenía miedo por mi bebé, de que creciera en ese ambiente, o que muriera por falta de medicinas. Así que me fui. Pero el grupo era extremista y me persiguieron. Llegué a una carretera donde me salvó una pareja de hombres, me llevaron al hospital, pero la carrera me había dejado exhausta y el bebé no sobrevivió. Sé cómo se siente, entiendo lo difícil que es. Me costó mucho levantarme, pero lo hice. Decidí que quería ayudar a las personas, evitar que alguien más pasara por lo que sufrí yo… Entonces me enlisté en la Flota y me hice una oficial de seguridad porque quería ser fuerte…
»Después me di cuenta de que no era suficiente, no estaba sacando mis problemas, sino que los estaba enterrando y me estaban corrompiendo. Así que hablé con alguien y luego me uní a un grupo. Todas las personas ahí sufríamos y al hablar íbamos sanando, nos hicimos fuertes porque compartimos nuestro dolor y nos apoyamos. Ustedes se pueden hacer más fuertes unidos, más unidos.
Jim sonrió, orgulloso de Higgs, y la miró con nuevos ojos: era tímida, pero era confiada en sí misma, en su historia y en su propia fuerza. Era asombrosa. Dejaron la casa, y siguieron su recorrido. Jim intentó no sentirse aludido por el testimonio de Higgs, intentó no pensar en sus propios secretos, o en el secreto que la misma Higgs había ventilado sin temor. Después de todo, él estaba teniendo un buen día, no podía tener un retroceso. Estaba motivado.
Se enfocó en lo que debía hacer para solucionar el problema. Tendría que visitar el hospital. Y la morgue, el ayuntamiento, todos los malditos edificios de la maldita colonia. Había visitado a muchas de las personas que no trabajaban en el campo, cada historia tan desgarradora como la anterior. No sólo perdían lo que con esfuerzo habían construido, también eran ignorados. Había recolectado un puñado de testimonios crudos, miraba los ojos de Higgs y de Robertson, como ambos oficiales se veían más comprometidos con la misión, y Jim sintió que se inflaba de fuerza para ayudar a esas personas, por asegurar el futuro de esa niña hermosa, enérgica y adorable que se había ganado su corazón.
La última parada, antes de encaminarse a la colonia de Alexandretta, fue la casucha de Agatha. El vivero estaba en una plazoleta cerca de ahí. Primero se habían detenido ahí, para dejar a la niña con su madre, pero el lugar estaba vacío. El capitán llevaba a Agatha alzada mientras la niña dormitaba... Y era como si el cansancio no existiera para Jim, podría cargarla todo el día, pues ella era una bocanada de aire fresco, era como Jo, hasta le faltaban los mismos dientes. Jim se había enamorado de Agatha tan fácilmente como se había enamorado de Joana: ambas niñas eran personas puras, llenas de vida. Llamó a la puerta y esperó con la cabeza de Agatha acomodada en su hombro, y el sombrero de ella casi metiéndose en los ojos. La puerta se abrió y se asomó un niño de unos once años con los mismos ojos de Agatha.
—Hola— saludó Jim—, tú debes ser Caspian, ¿verdad? Tu hermanita me habló mucho de ti. Yo soy Jim.
—Usted es el capitán de la flota— dijo el niño con admiración.
—Sólo de una pequeña nave, no de toda la flota— respondió Jim con un guiño, y Caspian se rió—. Te la mostraré cuando llegue aquí— prometió, viendo como el rostro del niño se iluminaba de felicidad.
—¡¿En serio?!
—Si tú quieres, sí.
Caspian quería. Entraron a la casa y Jim conoció al abuelo de Agatha, un hombre quien le contó cómo perdió su brazo izquierdo trabajando en las minas de carbón de Alexandretta. Él decía que muchos de los habitantes del pueblo trabajaban en labores de la periferia de la colonia, porque necesitaban dinero para numerosos propósitos, como medicinas, aunque también señaló que ganaban una miseria y no tenían un seguro contra accidentes por no ser ciudadanos oficiales de la colonia, aunque él aseguraba que sí lo eran, pues habían llegado primero.
Jim dejó a Agatha en su cama, y la observó dormir, cómoda, feliz, despreocupada. Bendita ignorancia. No obstante, ella estaría bien, por su juramento como Capitán, Jim prometía que Agatha, su familia, y las decenas de familias en ese pueblo iban a estar bien.
—Nos iremos a Alexandretta hoy— les informó Jim a sus oficiales de seguridad de camino a la casucha de Doc—. Está lejos y necesitamos visitar muchos lugares, si nos vamos esta noche y descansamos un par de horas en el camino, llegaremos a primera hora de la mañana.
Las respuestas positivas de su tripulación no se hicieron esperar. Y cuando llegaron al lugar donde se estaban hospedando, Doc ya los esperaba en la puerta con provisiones, documentos con testimonios, demandas y avisos legales, así como un abrazo para cada uno de ellos. Le prometió a Doc que regresarían el próximo día en la noche, o antes para armar una propuesta de paz, una especie de conciliación. Jim se sentía honesto, firme, capaz… a pesar de sus promesas lanzadas sin pensar. Era la primera vez en meses, en más de un año (si debía ser sincero consigo mismo), en la cual se sentía como el motivado capitán que una vez fue, aunque las palabras de Higgs lo acosaban constantemente. El camino fue largo, el descanso corto, pero no perdió su fuerza en ningún segundo, no había dudas, era un hombre libre. Había sido un buen día.
Y es que ni siquiera la estática que les respondía a sus comunicaciones con la Enterprise lo habían hecho padecer. Estaba preocupado por su nave, no era todavía tan negligente, por lo tanto le ordenó a Robertson comunicarse con Scotty o Carol cada hora, pero cada esfuerzo había sido infructífero. La ansiedad crecía cada vez más en su vientre, no obstante, se repetía a sí mismo un mantra doloroso y reconfortante: Spock te relevó de tu cargo. Spock puede manejar cualquier problema. Spock vendrá cuando pueda hacerlo. Veía constantemente hacia arriba, al cielo, con serenidad, pues su nave estaba ahí arriba, iba a estar bien, no había otra opción. No podía pensar en otra opción.
No quería que el mal día se evaporara.
De pronto, el camino dejó de ser tierra, sino de paneles solares de alta intensidad. De pronto, el paisaje se convirtió en un centro urbano del tamaño de San Francisco, pero de edificaciones de una o dos plantas. La diferencia entre Alexandretta y la otra colonia era un abismo cuasi infranqueable. Jim sabía que estaban en la periferia de Alexandretta, no estaban cercanos al centro, y aún así era un lugar magnífico, próspero, limpio y saludable.
Pasaron al lado de una casa. Una casa, no una casucha. Una casa grande, con un jardín delantero repleto de florecillas de muchos colores. Una casa con una cochera donde descansaba un transporte. Un transporte que Jim necesitaba. A pesar de su aspecto desaliñado, el capitán se las ingenió para encantar al muchacho desgarbado de unos veintitanto que abrió la puerta. El tipo, "llámame Mort, por favor", no le quitó la mirada de encima a Jim en todo el camino, para diversión de Higgs, quien lo demostró con una risa encantadora y quedita, y el terror de Robertson, "¡vamos a chocar! ¡Ojos en el camino!", y cuando llegaron al centro, Jim negoció con "llámame Mort" para que los recogiese al anochecer. No le fue difícil, incluso se sintió muy bien, hacía mucho tiempo que no coqueteaba por el simple placer de hacerlo. Le guiñó el ojo al muchacho, dejándolo sonrojado, y siguió la dirección que le había indicado hacia la Gobernación.
Parecían años desde que vio el nuevo edificio de la Academia, pues la nostalgia lo embargó al recordar su aprensión de entrar. La Gobernación no le producía temor en absoluto. De hecho, tuvo un pensamiento fugaz sobre asearse antes de pedir audiencia con la Gobernadora Swan -como le dijo "llámame Mort"-, pero desechó esa idea. Se presentaría como estaba, apestoso, sudoroso, sucio. E iba a exigir una audiencia. Él era un Capitán de la Flota Estelar, no iba a rogar de ninguna manera, le iba presentar la realidad a la Gobernadora tal y como era: cruda, sucia y apestosa; tal y como lo haría el granjero que era.
La Gobernadora Swan era una mujer joven, de tez clara, cabello oscurismo y ojos color chocolate. Llevaba un corte serio, que le daba a su rostro una cualidad afilada muy atractiva en mujeres poderosas. Sin duda alguna, ella sentía la necesidad de verse fuerte para que la tomaran en serio, y Jim se preguntó repetidamente el por qué, pues la mujer hablaba sin titubeos, era perspicaz, muy inteligente, decidida y era una líder natural. Llevaban muy poco tiempo hablando, pero la mujer se ganó el respeto, la confianza de Jim. No necesitaban estar de acuerdo para eso.
—Estoy atada de manos, Capitán Kirk.
—Son personas que habitan esta colonia, es un conflicto que existe en esta colonia.
—No, no es así. Esas personas han dejado muy en claro que no son parte de esta colonia.
Jim frunció el ceño.
—¿Me está diciendo que no los ayudará por esa razón?
Swan negó con la cabeza.
—Ni mucho menos. Pero tengo numerosas responsabilidades y no puedo dejarlas por las necesidades individuales de un grupo de personas que no son parte oficial de la colonia.
Se quedaron callados por un momento.
—No son necesidades individuales. Son un colectivo que ha sido atacado de manera violenta y reiterativa.
El silencio regresó.
—Capitán, yo entiendo eso. Pero no existen pruebas.
Acomodándose en su asiento, Jim se acercó al escritorio de la gobernadora y apoyó sus antebrazos en él.
—Ayer, en sólo un día, en una tarde, recogí más de dos docenas de testimonios sobre maltratos, agresiones y violencia. No creo que conseguir pruebas sea el inconveniente aquí.
La mujer frunció el ceño y alzó la barbilla, marcando territorio.
—Vamos a dejar algo claro. Existen muchas denuncias que esas personas han hecho por los maltratos que han recibido. Sin embargo, el señor Lipton es el dueño de esas tierras, por lo que tiene autonomía de hacer lo que él desee con ellas.
—¿Matar, quemar, utilizar armas químicas…?— respondió Jim con fingida confusión—. ¿El señor Lipton puede hacer eso en su terreno?— la gobernadora empezó a decir algo, pero Jim no se lo permitió—. Existen derechos que alguien tiene con sus propiedades privadas, pero violar los derechos de otras personas no es uno de ellos. Sobre todo cuando esas personas llegaron primero.
El Capitán se levantó y se encaminó a la salida, dejando a la gobernadora con la palabra en la boca, quien le decía que no se fuera, que él necesitaba entender que ella no podía hacer nada. Jim se volvió y la miró desde lo alto, desde la puerta.
—Debo regresar a mi nave mañana temprano. Tengo muchas visitas que hacer antes de eso. Regresaré a la colonia en menos de tres días y para entonces espero una actitud más cooperativa del gobierno de esta colonia, o la Federación escuchará de su poca disposición, gobernadora Swan.
Y salió de ese edificio. Y se reunió con Higgs y con Robertson, quienes habían hecho su propia tarea visitando otros lugares durantes las tres horas que Jim estuvo ahí. Necesitaba regresar lo más pronto posible a la Enterprise, porque los esfuerzos para comunicarse habían sido infructíferos. Además, ningún Capitán debía estar tan lejos de su nave, ni siquiera un Capitán que ya no lo era en funciones. Y, mientras esperaban a Mort, Higgs y Robertson le comunicaron sus hallazgos, todos preocupantes, sobre todo aquellos del laboratorio de la morgue y los reportes negados por la policía local.
—Desconozco el estado de mi nave y de mi preocupación.
Jim había creído que sería fácil regresar a la Enterprise. Las personas de la otra colonia le probaron su equivocación. Estaban siendo particularmente difíciles y tercos, se negaban a que Jim se marchara, temiendo que nunca volvería.
—Su tripulación está bien. Nosotros no— le respondió Doc con enojo.
El capitán suspiró y observó a las personas a su alrededor. Estaban en la calle principal de la colonia y parecía que cada alma estaba ahí, mirándolo con reproche y decepción en los ojos. Veía a las personas que le habían confiado sus testimonios, veía los ojitos llorosos de Agatha… Se sentía apuñalado, desnudo y muy vulnerable. Pero no había marcha atrás. Cruzó miradas con Robertson y con Higgs, quienes estaban decididos a seguir el mandato de su oficial superior.
No, no había marcha atrás. Jim no iba a abandonar a su maravillosa tripulación.
—La situación en la colonia es crítica, pero es estable. Regresaré en menos de tres días— señaló en dirección a Alexandretta—. Ya se lo informé a la gobernadora Swan. Vendré con mi equipo médico y el equipo legal. Arreglaremos la situación de la colonia. Pero no podemos sin ayuda— se señaló a sí mismo y a sus dos oficiales—. Y tampoco podemos sin la certeza de que nuestra nave está bien.
A su alrededor se levantó un aire de descontento y resignación general. No había más que hacer. Doc les pidió que se quedaran en la noche, a lo que Jim aceptó. Habían dejado la cazadora a un par de horas bosque adentro y estaba molido, con suerte podría dormir.
Gritos, rugidos, nombres lanzados a diestra y siniestra. Rojo, tanto rojo. Sus párpados eran de un rojo furioso, temible, infernal. Sollozos y gritos.
¡Jim, me resbalo!
Él lo sabía. Él lo sentía. Su pequeña mano se le resbalaba. Entonces se detuvo y la alzó, abrazándola por el frente, dejando que ella se aferrara a él con brazos y piernas. En esa posición ella veía los horrores que iban dejando atrás, veía a sus perseguidores.
De pronto las llamas estaban en su cuerpo, dentro, profundo.
¡Jim, me resbalo!
Dios, tenía miedo. Quemaba. Quemaba tanto.
Tenía tanto miedo de morir.
¿Cómo está nuestra nave?
¡Jim, me resbalo!
Era lo lógico.
¡Me resbalo!
Capitán.
¡Capitán!
Jim abrió los ojos de golpe. Estaba acostado de lado en el catre, veía a Higgs dormida tranquila y escuchaba a Robertson roncar. La noche estaba muy silenciosa. Eso era muy extraño, ¿dónde estaban los ruidos de la naturaleza? Se sentía fuera de lugar. No sólo por el espantoso sueño que había tenido, tan vívido que sintió de nuevo el dolor de la radiación y padeció, de nuevo, el miedo a morir. Luchó contra las lágrimas. Se concentró en descifrar por qué…
Un grito, horrible, largo, agudo, de mujer, penetró el silencio y se instaló en el estómago de Jim, germinando en temor y adrenalina. Se levantó de golpe y les dijo a sus oficiales, recién despiertos, que lo siguieran. Con su visión periférica notó que Doc también estaba en movimiento.
Salió de la casucha y el frío de la madrugada le golpeó en la cara con fuerza. Miró a su alrededor, buscando algún signo de peligro cuando escuchó más gritos, frenéticos. Corrió en esa dirección, se acercaba y un brillo anaranjado inundaba el cielo. No podía ser el amanecer, no todavía. Fuego, entonces.
—¡Fuego!— gritó alguien, confirmando sus sospechas.
Robertson lo alcanzó pronto, con Higgs pisándole los talones.
—Capitán, tenga cuidado, nosotros iremos adelante— le dijo el hombre, y luego apretó el paso. Jim hizo lo mismo.
El calor aumentaba, así como los sonidos caóticos, el rugido de las llamas, los gritos. Empezaron a pasar muchas personas corriendo, internándose en la colonia, alejándose del fuego que se propagaba demasiado rápido. Ya había consumido unas seis casuchas e iba por más.
—¡Hay que apagarlo!— le gritó Jim a Doc, para hacerse oír sobre el ruido, cuando ella llegó—. ¡Hay que organizar equipos de trabajo! ¡Rápido! ¡Higgs, evite que se quemen más casas! ¡Robertson, evacuación!
Jim siguió a Doc a uno de los pozos, pero antes de llegar ahí sonaron unos golpes de aire y cayeron varias granadas en las calles, una justo al frente de Doc. Jim atinó a arrastrarla lejos de ahí antes de que explotara.
—¡Granada!— gritó con fuerza, alertando.
Y luego.
BOOM.
Una tras otra explotaron las granadas, llenando el aire de un humo denso y amarillento. Cuando el humo tocó la piel de Jim le quemó, oh, y cuando lo respiró sintió fuego en su interior.
—¡Olviden el fuego! ¡Salgan de aquí!— gritó Jim con esfuerzo, con los ojos llorosos, y empujó a Doc lejos del humo. La mujer iba tosiendo.
Casi no veía nada, estaba muy confundido, era un borroso escenario de pesadilla. Iba caminando con dificultad, empujando a todas las personas que percibía cerca de él. Empujándolas lejos del humo, lejos de las llamas. Cuando reconoció una casa que estaba empezando a quemarse. Era la de Agatha.
Iba a entrar a la casa, pero escuchó a dos niños toser y llorar. Eran Agatha y su hermano Caspian. Con dificultad, Jim levantó a Agatha y a su hermano en brazos. Dios, cómo le dolía todo. No veía nada. Y sólo sentía dolor.
Corrió, haciendo eses, alejándose de ese infierno sin verlo, consciente de que los niños podían verlo.
—Cierren los ojos, cúbranse la boca.
Y siguió.
Chocó contra un cuerpo.
—¡Capitán, soy yo!— le pareció escuchar. Robertson—. Los tenemos, Jim.
Se desvaneció.
FIN DE LA PRIMERA PARTE.
Nota de autora: Hola! Creo que debería dejar de poner fechas para mis publicaciones, porque nunca puedo cumplirlas (me siento mejor sobre eso cuando pienso en G.R.R. Martin y en Patrick Rothfuss), pero este capítulo es muuuuy largo y quería que quedara bien. Además es el último capítulo de la primera parte.
Cualquier comentario, sugerencia, crítica, cualquier cosa es más que bienvenida :)
Saludos!
