Muy bien, he estado algo inspirada en ese fic principalmente, así que antes que la inspiración se me vaya ú,u, decidí escribir un segundo capítulo de esta historia (:. Espero que al disfruten mucho, y eso.

Disclaimer: 'Frozen' NO me pertenece a mí, sino que a Disney y sus asociados.

Nieve

Capítulo II

Por E. Waters

La joven de cabellos platinados estaba más segura que nunca, de sus pensamientos y planes hacia la que sería su futura cuñada, en poco tiempo más.

¿Estaba acaso siendo cruel, sumamente cruel, con ella? Ta vez la verdad era que sí, que aquellas futuras acciones eran de lo más maquiavélicas y maliciosa, pero ¿no que así el reino de Las Islas del Sur, se había comportado con la gente de su propio pueblo?

Después de todo, para la princesa Elsa, todo aquel cambio, el sufrimiento de la princesa Anna por el sufrimiento de la gente de Arendelle, le era más que justo.

Y mientras la mente de la esa muchacha maquinaba y maquinaba conjuras, conjuras teñidas de venganza y resentimiento, la otra chica miraba prácticamente embelesada a la joven de ojos azul hielo.

Para Anna lo mitos eran más que cierto; Elsa de Arendelle era la chica más hermosa entre los reinos más cercanos, puesto que ciertamente la princesa de Las Islas del Sur, jamás se había encontrado con tal belleza.

—¿Princesa Anna, usted se encuentra bien?

Los ojos azul verdosos de la joven se abrieron mucho ante la voz de la misma Elsa, con quien estaba recorriendo el centro de la capital de aquel reino, la misma con la cual se había quedado casi embelesada viéndole.

—¡Oh… sí! —y de forma inevitable las pecosas mejillas de Anna se tiñeron de un sutil color carmín, el color justo como para que Elsa se entusiasmase aún más con ese horrible plan.

Siendo así, la princesa de Arandelle emuló una sonrisa, una sonrisa discreta, una sonrisa prudente, una sonrisa astuta, de aquel tipo como si supiese que paso dar antes que la otra chica diese uno.

Elsa, ciertamente, no sentía ni pena ni lástima por lo que el haría a la otra muchacha, casi como si tuviese reprimidos sus sentimientos.

Los mismos sentimientos, que por años sus padres trataron de limitar en la princesa.

La guerra había sido horrible, o tal vez algo más horrible que el significado de la palabra en sí, y sus secuelas habían sido marcadas a fuego en la figura de Elsa, de esa pequeña Elsa de once años, que fue cuando se inició esa terrible guerra.

Pero había algo más en todo eso.

Elsa tenía un poder, un extraño poder el cual hacía que todo a su alrededor de convertirse en un puro, helado y peligroso hielo.

Sin embargo, cuando los reyes de Arendelle se enteraron del extraño y peculiar don de su única hija, no la rechazaron, sino que más bien aprovecharon esa especial condición en ella… y Elsa, ahora, no sabía si eso había sido precisamente bueno o no.

El rey Friederich III de Arendelle, si bien era un hombre justo y honrado con el pueblo, era algo pragmático, por decirlo de alguna forma.

Para él, al igual que para su esposa, primero estaba el reino y después de su familia, puesto que la familia real le servía al pueblo y no al revés.

—Usarás este poder por el bien de Arendelle, hija —era lo que su padre le decía constantemente a Elsa, la cual muy obediente asentía con la cabeza.

Desde entonces, que la joven aprendió lo que era el odio, la impotencia, al frustración y el dolor. Todo al mismo tiempo, todo sin darle descanso alguno.

Porque al fin y al cabo, lo único verdadero en la vida de la princesa había sido su familia, o sea sus padres y nadie más…

Nadie más.

Tampoco es que sus padres hallasen querido forjar en Elsa algo así como una máquina de guerra, como el soldado perfecto, como un arma secreta, mas sin querer lo hicieron, olvidando enseñarle lo que era el amor.

Porque para Elsa de Arendelle el romance era para gente 'común', gente que no tenía una misión como era su preciso caso.

Además ella también tenía otros planes, otros planes que jugar amorosamente hablando, con su futura cuñada.

Ella había nacido para gobernar, para reinar, para mandar y sabía muy bien que al lado de Hans no lograría nada de eso; al contrario, ella se quedaría recluida en el palacio real criando al futuro monarca de ambos reinos unificados.

Pero Elsa deseaba más, mucho más.

Y sí, la princesa se casaría con el príncipe Hans, en vista que era el único camino que le permitía ser monarca, sin tener la necesidad de armar una guerra innecesaria, pero cuando tocase el momento de monarcas, ella desplazaría al que sería su esposo.

Era algo irónico, pero era Elsa quien usaría a Hans, y no al revés.

Cierto, Hans y ella sí tendrían un hijo, pero una vez concebido aquel heredero ella sencillamente haría 'desaparecer' a Hans, todo gracias a su raros poderes.

La muchacha sonrió de forma algo afectada.

Casi, sólo casi sentía pena por Hans, al cual usaría para lograr ser monarca y concebir un hijo, y por Anna, por descargar todo se rencor en ella, como si ella simbolizara a los antiguos reyes de Las Islas del Sur, esos reyes que habían quebrantado el traro de paz con el reino de Arendelle.

Odio.

Tal vez, esa era la única palabra que permanecía grabada en el seco y empobrecido corazón de hielo de la princesa.

—Padre, madre, no lo decepcionaré por nada del mundo —era lo que ella continuamente se repetía en la cabeza, cuando comenzaba a sentir que flaquearía en esa especie de cruel venganza.

Y por supuesto, su primer objetivo era precisamente Anna de Las Islas del Sur.

—¿Gusta usted de la lectura, princesa Anna?

—Me gustan mucho las fabulas infantiles —admitió la chica, enrojeciendo ligeramente en el acto—. Es algo un tanto tono para una persona de mi edad, pero…

—Creo que eso es genial —Elsa dibujó una sonrisa que parecía perfectamente a una verdadera, a una genuina —. Mi madre me leía mucho de esas, cuando era pequeña.

La mirada de la princesa Anna se ensanchó mucho, y observó a Elsa como si ella fuese lo mejor y lo más espectacular del mundo.

Cómo ya se había dicho con anterioridad, ella había carecido del contacto con personas de su edad, y el hecho de conocer a alguien tan bello e inteligente como lo era precisamente Elsa, la entusiasmaba por completo…

Era tal agrado que sentía por la princesa de Arendelle, que en poco tiempo fue ella y sólo ella, quien gobernó en los pensamientos de Anna.

De la misma forma que Elsa deseaba regir esos reinos, precisamente…

—Te ves especialmente feliz hoy, Anna —dijo Kristoff, cuando la princesa se encontraba en los establos, en vista que Elsa debía de asistir a una reunión con el propio Hans —. ¿Conociste a alguien que te gusta?

—¡La princesa Elsa no me gusta! —fue el inmediato pensamiento de Anna, sonrojándose mucho en el acto.

Ya había pasado algunas semanas de la llegada de Elsa a ese reino, y aunque la joven de cabellos cobrizos no se dio cuenta de ello, la misma Elsa se había encargado de pasar mucho tiempo con ella.

—N-No — respondió entonces Anna, aún sonrojada y desviando su mirada, de los ojos de su mejor amigo.

—Conmigo no puedes mentir, Anna —y dicho esto, el muchacho alzó curioso una ceja.

—Es que… —la chica caviló un poco antes de hablar—. Puede que me gusta, pero no puede ser…

Lo que decía era cierto; para empezar ambas eran chicas, y para terminar Elsa estaba comprometida con su hermano, que pronto serían ambas de la misma familia, que las dos serían hermanas en ley.

—Oh, ya entiendo —Kristoff se rascó la nuca —. ¿No será que te gusta algún príncipe comprometido?

—Algo así —contestó Anna, pensando que lo que le decía el chico no escapaba demasiado de la realidad.

Ambos jóvenes decidieron dar por zanjado el tema, lo que no quitó que en todo el resto de tiempo que ella pasó con él, en sus pensamientos sólo podía estar una persona, y esa persona era obviamente Elsa de Arendelle.

—Así, que sus Altezas, su ustedes así lo desean, la boda será en la catedral de St. Jospeh e invitaremos a todos los monarcas de los reinos cercanos, y a sus comitivas… y no hay que olvidar a los nobles de ambos reinos.

—Yo…

— Nos parece bien, ministro Wolfgang — dijo de inmediato Hans, interrumpiendo a la propia Elsa en el acto.

La muchacha entonces, frunció con evidencia tan su ceño como sus labios, pero sin embargo se decantó por quedarse callada.

—Sólo aguanta un poco más, Elsa, y todo Arendelle te lo agradecerá —era lo que ella se repetía todos los días, a la hora de despertar, a la hora de estar con Hans, a la hora de acostarse…

Incluso a la hora de estar con Anna.

Y es que el corazón de la princesa estaba tan helado, tan frío, tan congelado, que ni siquiera la cálida naturaleza de Anna podía derretirlo.

O al menos, no por ahora.

Ya cuando se estaba a principios de diciembre, el clima comenzó a volverse cada vez más y más helado, cosa que en realidad hacía sentir mucho más cómoda Elsa, todo debido a su extraño don que le hacía sentir afín con el hielo.

Por entonces, todos estaban muy entusiasmados por la boda real, pero la que estaba más feliz no era Hans o Elsa, sino que Anna.

Ella no sabía con exactitud que qué era lo que sentía por Elsa, pero lo que sí sabía era que deseaba estar con ella, que necesitaba de sus abrazos, por muy gélidos que fuesen, que ansiaba ver esa sonrisa que sólo ella podía dibujar.

Anna jamás se había enamorado, y ahora mismo se preguntaba… ¿lo que sentía por su futura cuñada, no sería amor?

Cierto, la idea era descabellada, tal vez hasta algo demente, mas su corazón brincaba ansiosa, casi de forma dolorosa, cada vez que oía su voz, cada vez que sentía su aroma cerca cada vez que escuchaba sus pasos.

Y sí, la chica era inocente, sumamente inocente.

Y eso, sólo hacía para Elsa que su estadía fuese más provechosa aún. Ella haría que la otra joven creyese ser correspondida, y en el momento indicado destruir aquel frágil y puro corazón.

¿Cruel…?

Posiblemente sí, pero en esos momentos lo que menos le importaba a la heredera del trono, era la salud mental de una chiquilla, una chiquilla hija de los asesinos de sus padres, hija de los que provocaron tantas muertes en su pueblo natal.

Siendo así, ambas ya tenían rutinas, como por ejemplo juntarse de forma religiosa todos los días después de cenar, en la habitación de Anna a leer en vos alta algunos cuentos y fábulas típicos tanto de Arendelle como de Las Islas del Sur.

La pálida mano de Elsa viajó desde los hombros de Anna, y de forma cautelosa y lenta, hasta hacia la cintura de la otra chica, quien tenía su cabeza apoyada en el pecho de la muchacha de cabellos rubios platinados.

Parecía ser una escena tierna, casi tierna, sino fuese por las intenciones verdaderas de la mayor de ambas chicas.

Cuando Anna sintió la helada mano de Elsa recorrer su entallada cintura, sintió algo, algo que jamás había sentido antes. Abriendo mucho los ojos, y totalmente sonrojada, ella miró hacia arriba en dirección de la otra joven, la cual estaba leyendo en voz alta, como buscando algún indicio sobre ese repentino movimiento.

Totalmente avergonzada, la chica pecosa basó su mirada aún con sus mejillas llenas de rubor.

—No pienses cosas raras, Anna —se dijo la muchacha a sí misma, tragando con dificultad y tratando de hacer lo posible para seguirle el hilo a la lectura.

Elsa, una vez que estuvo segura que la princesa había bajado cohibida la mirada, una especie de sonrisa se formó en sus delgados y pálidos labios. Lógicamente, ella no se lanzaría hacia Anna, sino más bien lo haría de forma cauta, cauta pero segura.

Cuando menos lo esperó, sintió como una especie de peso muerto sobre ella. La chica cerró el libro, y vio como Anna dormitaba de forma placida y pacífica sobre su pecho, cómo si creyera que estando allí estaría segura.

Pero se equivocaba.

Las intenciones de Elsa eran de todo tipo menos inocentes.

Sin embargo, ahora mismo no le haría nada. En vez de eso, la chica se desprendió con algo de dificultad su cuerpo del de la otra chica, en vista que Anna la tenía my fuerte apegada a ella.

Al día siguiente, la joven princesa abrió sus ojos y para su decepción se encontraba a solas en su habitación, aunque junto a ella había una especie de hueco, un hueco que para su extrañeza estaba muy, pero muy helado.

¿Acaso ese rastro lo había dejado Elsa?

La muchacha se vistió lo mejor posible, siempre pensando en la otra princesa, y una vez que estuvo lista bajó las escaleras hacia el comedor real, en donde se encontraba tanto Hans como Elsa desayunando.

—Buenos días, hermana —dijo primero Hans, bebiendo algo de té —. ¿Por qué sonríes tanto? ¿Tuviste un buen sueño?

Al decir él esas palabras, la chica se sonrojó, y ese sonrojo aumentó cuando sus ojos se encontraron las iris azul hielo de Elsa.

—Algo así…

—Bueno, hoy es un día importante —el príncipe dio otro pequeño sorbo a su taza —. En la tarde llega la comitiva de Arendelle, pero cómo yo debo de juntarme con los soldados condecorados de la guerra, no podré acompañar a Elsa, ¿tú puedes?

—¡Claro! —respondió de inmediato la aludida, en vista que ella buscaba y aprovechaba cualquier momento que tuviese con su futura cuñada.

—Muy bien, deben de estar alrededor de las cinco en el puerto central.

Los ojos de Anna viajaron entonces hacia Elsa, quien se veía ligeramente molesta, tal vez debido a que Hans no la dejó hablar ni un solo instante.

—Pero él verá… ya verá —pensaba la chica, deteniendo por un momento sus ojos color azul hielo, en la figura de su prometido.

Y si bien, ella no sabía a ciencia cierta si Hans amaba a su hermana, ella la menos sí creyó que él se sentiría apenado si la vía sufrir.

Porque de alguna u otra forma, ella haría sufrir a Anna…

Por ella…

Por su padres…

Por Arendelle.

Y eso ha sido todo por hoy. ¿Reviews? Sería genial, sobre todo porque me animan a seguir con la historia, y aparte me pone muy contenta.

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