¡Hola ^^! Estaba con algo de inspiración, así que quise continuar esta historia. Advierto que no será un capítulo muy feliz, pero igualmente les deseo una grata lectura.
Disclaimer: 'Frozen' NO me pertenece a mí, sino que a Disney y sus asociados.
Nieve
Capítulo VII
Por E. Waters
Todo ya estaba listo, listo y preparado para que Elsa, ahora llamada Elsa de las Islas del Sur y Arandelle debido a su matrimonio con aquel desagradable y prepotente de Hans, obtuviese la ansiada tiara que daría comienzo al primer paso de su astuto plan.
Y mientras la chica planeaba, planeaba y planeaba, el esposo de esta misma se encontraba vistiendo sus mejoras ropas, para así presentarse a la tan ansiada coronación.
La verdad de las cosas, era que el muchacho pensaba que estaba en la plenitud de su vida, y pensando y creyendo que su esposa jamás osaría siquiera rebatirle alguna orden por parte de él, se sentía más dichoso que nunca.
Dicha, que en realidad no le duraría mucho, no al menos en cuanto a la propia Elsa se refería.
Se suponía que el duque de North era su más cercano aliado, pero él se equivocaba, y se equivocaba de forma rotunda.
El duque de North lo sabía; Hans, a pesar de ser el legítimo heredero, echaría a perder todo en esos dos reinos que ya eran solo uno, y él, quien amaba al reino de las Islas del Sur, tanto cómo Elsa amaba a Arandelle, no lo permitiría.
Sencillamente no lo permitiría.
—¿Listo para su coronación, príncipe Hans? —dijo respetuosamente el duque de North a quien ya era prácticamente su soberano, cuando estaban estos dos en el despacho del futuro rey.
—Nunca he estado más listo, Rudhiger —dijo él, sonriendo de una forma un tanto fanfarrona.
El otro presente posó discretamente sus ojos grises en la figura del noble de mayor rango, pensando que cuánto aguantaría más hasta sacar a ese inepto príncipe del poder.
—Un heredero —le había dicho Elsa al duque, algunos días antes de su boda, cuando estaban preparando esa conjura contra el chico —, cuando él engendre un heredero en mí se hará.
Porque si Elsa deseaba que el linaje de sus padres se mantuviese vivo por generaciones y generaciones, el tener un hijo de Hans era casi imprescindible.
—¿Qué sucede, Rudhiger? — preguntó entonces el mismo Hans —, te has quedado callado de pronto…
—Oh, nada, príncipe —dijo el duque, volviendo a la realidad.
—Muy bien —y el muchachos de ojos verdes fijó esa mirada tan propia de él en el espejo que tenía frente de sí —, porque como mi mano derecha deberás de apoyarme en todo momento.
—Como usted diga —respondió el otro noble, haciendo una pequeña reverencia.
¿Por cuánto tiempo más él debía de seguir fingiendo lealtad…?
La ceremonia estaba ya lista, y ahí sentada de forma exclusiva en la primera fila entre los nobles de los dos reinos, en el palacio real, Anna se encontraba teniendo unas marcadas ojeras debajo de sus ojos.
No había podido dormir la noche anterior, martirizándose con el hecho de pensar que Elsa, esa Elsa la cual supuestamente era de ella, había compartido el lecho con su propio hermano.
Sin embargo, ella no podía dejar de amarla, simplemente no podía.
Y es que Elsa, a pesar de que sus intenciones con la princesa jamás fueron buenas o sinceras, había sido ella la primera persona realmente cercana, y por qué no decirlo, su primera amiga.
La infancia de Anna fue solitaria, muy solitaria; sus padres estaban demasiado ocupados en la guerra, su hermano disfrutando de sus privilegios como heredero, y los demás sólo enfocándose en las políticas.
Sólo Olaf le había acompañado, hasta que claro apareció Elsa en su vida.
La mente de la joven volvió al presente, cuando las trompetas sonaron indicando así que la ceremonia de coronación dio por comienzo.
Y ahí, más magnifica que nunca, Elsa apareció en la entrada de esa inmensa habitación, con el príncipe Hans enlazando el braco de ella.
La muchacha que tenía pecas en el rostro, no pudo hacer más que morderse con impotencia su labio inferior, sintiendo envidia de su hermano.
Envidia por poder estar con Elsa, esa misma Elsa que hasta hacer muy poco ella pensaba que era suya, que no tenía que compartirla con nadie, hasta el punto de creer que ambas se escaparían juntas.
Pero Elsa jamás escaparía del poder.
Nunca.
La ceremonia entonces dio por comienzo, y en menos de lo que la misma chica de ojos azul hielo hubo esperado, ella ahora era la reina consorte del gran reino unificado de Arandelle y las Islas del Sur.
Elsa sonrió de forma interna, al mismo tiempo que su corazón, ese ambicioso y helado corazón, se llenaba de dicha.
Alzando su mentón, la joven cruzó su mirada con la de su reciente cuñada, y cuando lo hizo supo que todo estaba sucediendo tal y como ella tanto quería.
Pero los planes de la muchacha de cabellos platinados no se acababan ahí.
Ella sabía a ciencia cierta que Anna haría lo que sea por ella, a la vez que sabía que los hombres tenían la carne débil.
Resultaba que el duque de North estaba profundamente enamorado de la princesa de cabellos cobrizos, y que él daría cualquier, cualquier cosa con tal de tenerla como su esposa.
La manipulación de Elsa era casi infinita.
—Si juras lealtad ante mí, duque de North, permitiré que Anna se despose contigo —fue lo que ella le dijo a su aliado.
—Pero el príncipe Hans desea desposarla con un príncipe heredero —contestó el noble, al cual su enamorado corazón dio un brusco brinco.
—Eso déjalo a mí.
Y es que como se ha dicho, la manipulación de Elsa era casi infinita.
Si bien, el hecho de tener que compartir a Anna no le agradaba demasiado, la ambición que tenía la muchacha era mucho mayor, además se suponía que ella no la amaba, por lo tanto, ¿por qué tenía que importarle?
Pero algo muy dentro de ella le decía lo contrario.
Después de todo, sintiendo algo similar a lo que su amante sentía, a ella jamás las personas se habían acercado a ella de forma afectuosa… no había que olvidar que la joven había sido prácticamente criada para ser una arma de guerra.
Mas a veces ella sabía que para lograr cosas eran necesarios sacrificios… y engañándose un poco a sí misma, ella pensó que el tener que soportar a que Anna se entregase al duque de North, no le importaría.
Pero ella no sabía el error que estaba cometiendo.
—Hans, tenemos que hablar —había dicho Elsa, cuando los dos se encontraban en su habitación.
—¿No puede ser más tarde? —dijo él, comenzando a hundir su rostro en el cuello de la que era su esposa.
La joven sintió nauseas al contacto de él, pero ella sabía que debía de ser fuerte.
Todo por el poder, todo por ese maldito poder.
—Es Anna.
—¿Anna? —el chico detuvo de esas especies de caricias, y desprendió su rostro del cuerpo de Elsa mirándola ahora a los ojos —, ¿qué hay acerca de Anna?
—Creo que es época de comprometerla —habló la muchacha, mirando a su esposo más sería que nunca —, sé que deseas que se despose con un príncipe heredero, pero creo que sería mucho más conveniente casarla con un noble de aquí
—¿De aquí? —el joven alzó curioso una ceja —, ¿por qué yo haría eso?
—Sólo piénsalo —la muchacha sabía muy bien cómo manejar a Hans a su antojo —, debemos mantener a la familia cerca, para así representar una familia consumada frente al pueblo.
El chico miró atento a Elsa, y después de unos instantes sonrió.
—¿Algún candidato?
—El duque de North —y tras decir esto, Elsa al observar al actual monarca supo que el muchacho era más fácil de manipular de lo que ella creía —, es el más indicado, ya que es muy popular entre la plebe.
Y aunque la chica no mentía en esto último, obviamente sus razones estaban muy alejadas de lo que ella decía
—Brillante, Elsa —dijo entonces Hans, acariciando con su mano la mejilla de ella, no pudiendo creer su suerte.
La joven hizo lo posible por controlar sus verdaderas emociones al respecto, pero no era difícil considerando el parco entrenamiento que tuvo desde su más tierna infancia.
Siempre controlándose, siempre fingiendo, jamás expresando lo que sentía.
Menos con Anna.
Al día siguiente, Elsa en secreto se reunió con el duque de North, en una alejada habitación al ala oeste del palacio, un área que tenía muy poco uso, por no decir que este era absolutamente nulo.
—Hecho, duque de North—le habló ella a él —, todo está listo, hoy mismo haremos oficial el compromiso.
El duque sonrió, no pudiendo creer su suerte.
Anna desde que había ocurrido la coronación, que veía poco y nada a Elsa y eso le hacía sentir sumamente insegura, como pensando que tal vez ella ya no era importante para la reina, que esta la había olvidado.
Y esa inseguridad aumentó cuando supo esa noticia, al momento de cenar.
—Anna — anunció Hans, dirigiéndose a su hermana sin rodeo alguno en sus palabras—, en vista que ya estás en edad de casarte, se ha decidido comprometerte con el duque de North.
—¿Qué…? — ella empalideció de forma drástica, y lo primero que atinó fue posar su mirada en la figura de Elsa, quien le dirigió una mirada más helada que nunca.
¿Era acaso que la reina estaba de acuerdo con lo que Hans le decía? ¿Era que sus miedos estaban en lo cierto, y que a la otra muchacha ella ya no le importaba poco y nada, en todo esto?
Muy pronto los ojos de la chica comenzaron a humedecerse.
No, ella no podía entregarse a nadie que no fuese Elsa, simplemente era incapaz de hacerlo.
—Es lo mejor para el reino —dijo la misma Elsa, mirando a Anna con una frialdad atroz—, después de todo, nosotros siempre debemos estar al servicio del reino, y querer lo mejor para él.
Sin poder evitarlo, la chica se levantó de la mesa y corrió.
Lejos de su hermano, lejos de Elsa, sí lejos de la persona a la cual tanto amaba y que parecía que no le correspondía.
—Yo voy —y dicho esto Elsa se levantó de su asiento, ante la mirada sorprendida del muchacho, ya que no se esperaba tal escándalo de parte de su hermana.
Sabiendo muy bien donde la princesa había ido, la joven se dirigió a paso rápido y ruado hacia las caballerizas, aquel lugar cuando después de todo comenzó esa peculiar historia entre ambas chicas.
Cuando la muchacha de ojos azul hielo llegó a aquel sitio, vio que estaba en lo cierto; ahí, sentada y hundida entre la paja y otras cosas, se encontraba la sollozante figura de la misma Anna.
—Anna —el nombre de la chica salió de forma algo helada de la boca de la reina —, eres una princesa, sabía que esto suce…
Pero antes de que Elsa pudiese seguir hablando, la chica se lanzó a los brazos de ella y le plantó un beso en los labios, un beso urgente, un beso apasionado, un besa necesario, un beso que no era como los dulces que la chica siempre acostumbraba a dar.
Los ojos de la otra muchacha se abrieron mucho, y algo muy dentro de ella dio una especie de brinco.
—Por favor, Elsa, no lo permitas —fue lo que la chica susurró al oído de la joven, desprendiendo de forma momentánea sus labios, todo hinchados y enrojecidos de los labios de ella —, yo te amo.
La frase que salió de la boca de la princesa retumbó una y otra vez en la cabeza de Elsa; a ella jamás le habían dicho tales palabras, tal vez porque sus padres veían en ella una potencial monarca, pero no por ello necesariamente a una hija a la cual amar, todo debido a esa maldita guerra…
Y ella no podía, no podía caer en el amor con la otra joven, por esa maldita, maldita venganza.
Se suponía que el plan de esa forma se había dictado; ella llegaría al poder, ella haría sufrir a Anna, a modo de compensación que provocó ese reino al suyo, y después ella se desharía de Hans y se alzaría como la exclusiva soberana de esos dos reinos.
Pero no, había conocido al tierno corazón de la muchacha de ojos azul verdosos, un corazón que la verdad de las cosas casi podría conducirla una horrible perdición.
Otra vez Anna posó sus labios en lo de ella, otra vez ese apasionado toque, otra vez ese urgente deseo.
Un deseo que no podía darse por oculto, o al menos ya no más.
Elsa sintió miedo.
Miedo de enamorarse, miedo de perder los estribos, miedo de que todos sus planes se fuesen a los trastos sólo por meras cosas hormonales.
Sin embargo, ella en el fondo sabía que ese asunto no era culpa de algo netamente hormonal.
—Anna… —suspiró la reina, mientras que la más joven de ambas chicas plantaban suaves, pero apasionados besos durante el cuello de la grácil joven, teniendo cuidado de no dejar marcas para que así Hans no sospechase.
Anna. Anna. Anna.
La chica no podía evitar sentir, sentir como nunca lo había hecho antes.
Siempre se había acostumbrado a la frialdad, a lo helado, a lo estoico, olvidando de pronto cualquier sentimiento que pudiese siquiera estar algo cerca o bien relacionado, con lo justamente cálido.
Pero ella no podía permitirse eso; ella no podía permitirse errar, ella no podía permitirse amar, menos a ella.
Siendo así, la muchacha de ojos azul hielo, colocó de forma algo brusca sus manos en los hombros de la otra joven, y la separó de forma abrupta, interrumpiendo aquel cálido contacto entre las dos.
—No.
—¿Ah? — Anna miró sorprendida, cómo no entendiendo lo que pasaba, ya que cuando ella besó a la otra chica sintió como esta le correspondía.
—Yo… —y por primera vez Elsa vaciló —. Esto está mal.
Y estaba mal porque la muchacha temió que esa extraña sensación que sentía aglomerarse en su pecho, fuese precisamente amor.
Un peligroso amor.
—Yo pensé…
—Pensaste mal — y la muchacha juntó entonces toda esa frialdad de aquel seco y marchitado corazón, mirando a la princesa con una dureza sólo comparada con un témpano de hielo —, debes casarte con él, Anna.
La reina siempre habían antepuesto sus ambiciones a todo, y aparentemente Anna no sería la excepción a ello.
Era necesario que la chica de los cabellos cobrizos se casar con ese duque, ya que sin el apoyo del duque el panorama se le tornaba demasiado complejo y difícil a Elsa.
No podía arriesgarse a nada, menos aún por culpa de un sentimiento, al parecer de ella, tan básico, tan voluble, tan antojadizo como era el amor, precisamente, amor por ella, un amor que simplemente no podía ser.
Anna miró más dolido que nunca a Elsa, y creyó por un instante que su corazón se quebraría por completo.
Y Elsa, no pudiendo soportar ver esa vulnerable expresión en el rostro de la otra chica, se levantó de allí, dio la media vuelta y se dirigió a raudo y rápido paso hacia el palacio, en donde seguidamente iría a su recámara.
No supo más de la princesa, hasta que a la mañana siguiente todos se juntaron a desayunar en el comedor real, después de una horrorosa noche en donde la reina tuvo que permitir las repulsivas caricias del propio Hans.
—Siento lo de anoche —dijo entonces Anna, sonando dolida, sonando amargada, con un mal semblante en su rostro —¸ me casaré con el duque de North si es necesario.
—¡Oh, bien! —exclamó Hans, mirando muy contento a su hermana —, hoy mismo le invitaremos a cenar con nosotros.
Elsa miró a Anna, pero Anna no miró a Elsa.
La reina tragó con dificultad, y por primera vez en toda su vida ella se preguntó si estaba tomando la decisión correcta, al planear semejantes cosas.
Poder. Venganza. Ambición.
Esas palabras ahora regían por completo su vida, su mente, incluso su corazón, y es que simplemente, ya no había vuelta atrás…
Ya no había vuelta atrás.
Y ese ha sido el capítulo. Sé que no es muy feliz, pero les aseguro que le gustará el final, espero xD. Aviso que posiblemente tendrá al menos dos capítulos más antes de que termine el fic.
¿Review? ¡Genial (:!
¡Dos cosas!:
1.- BUSCO DIBUJANTE para un par de guiones de cómic tengo en mente, y quiero realizar. Interesadxs, envíe MP ;)
2.- Con Ookami Elsa estamos haciendo un cómic yuri, que MUY pronto estará en papel. Para más información sobre el cómic, buscar:
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