Y aquí les dejo con un capítulo solo para la científica más terrorífica del planeta! :D Lo siento para los ANTI-HAIBARA, pero como he dicho muchas veces, este es uno de los mejores personajes que Aoyama ha creado, así que escribí un capítulo solo para ella! :3 Y por fin un capítulo en que los fans de este fanfic vais a alegraros... aunque sea solo un poco XD


Shiho. Corred, esconderos, seguidme.

Lo mejor que podemos hacer en favor de quienes nos aman es seguir siendo felices.

Alain (Filósofo y ensayista francés).

Pasaron las semanas y las cosas fueron yendo a mejor. Kaito se esforzaba para que Nakamori Ginzo no descubriera su faceta de ladrón, mientras salía con su hija. Por el padre de Aoko, eso era mucho peor que Kaito Kid se burlara de él en los robos y eso hacía, en cierto modo, más feliz al mago. En la comisaría, las noticias sobre Aoko y Kaito volaron, haciendo que Takahashi Sora se convirtiera en seguida en el hombre más envidiado. Shiho había desaparecido y ninguno de ellos sabía en donde se había metido, pero las alarmas de peligro no sonaban así que a nadie le importó eso. Eisuke se pasaba tres días en Tokio y el resto en Kioto, para seguir ayudando en el programa a Irie. En cuanto a Shinichi, su recuperación fue rápida y en seguida volvió al trabajo con Heiji. Más que seguir siendo rivales, eran los mejores amigos y se compenetraban perfectamente a la hora de resolver cualquier crimen. Y aunque el moreno metía la pata de vez en cuando llamándolo Kudo, Shinichi se reía e intentaba disfrutar de la compañía.

- ¿Entonces ni una llamada? –preguntó Heiji sorprendido de que Shinichi estuviera tan poco preocupado por la científica.

- No le pasará nada –se rió Shinichi andando con tranquilidad por la calle después de un arduo día de trabajo.
Heiji se paró al medio de la calle. Era increíble que su amigo dijera aquello.

- No te preocupes. En cuanto necesite de nosotros se pondrá en contacto –sonrió Shinichi en cuanto vio que el otro no lo seguía y mientras su teléfono móvil empezó a sonar– hablando de la reina de Roma –se rió al ver el nombre de Shiho en la pantalla– mi agente preferida, ¿qué ocurre?

La risa de Shiho sonó al otro lado. La chica parecía estar andando desde hacía horas.

- No intentes hacerme la pelota, espero que me hayas excusado –se quejó.

- Sabía que me olvidaba algo –exageró Shinichi con voz de despiste.

- Sí lo has hecho –adivinó ella.

Un breve silencio entre los dos advirtió que algo les preocupaba.

- Estoy con el FBI –informó al fin la científica resolviendo las dudas de Shinichi.

- Yo no –respondió él poniendo cata de burla.

- Si estuvieras lo sabría –se quejó Shiho– y esta llamada no habría tenido ningún sentido.

- Supongo –respondió Shinichi serio notando muy preocupado a la chica– ¿Qué ocurre? –preguntó finalmente.

- Estamos… estamos a punto de terminar –sonrió ella.

- ¿Vais a hacerlo?

- Vamos a hacerlo… por fin.

- Id con cuidado y esperaré… esperaremos tu regreso científica loca –sonrió Shinichi antes de que Shiho colgara.

- ¿Qué ocurre? –preguntó Heiji.

- Van a detener a la organización sin pruebas aún… –respondió Shinichi.

Heiji lo miró mientras el otro le guiñaba un ojo. El moreno sonrió ampliamente dándole un golpecito a la espalda de su compañero. La pesadilla estaba a punto de llegar a su fin.

Shiho miró hacia el cielo. Reflejaba sus ánimos en ese día tan gris. Nunca habría imaginado que ese día tan importante lo pasaría al lado de los agentes reales del FBI. Bajó la mirada. Jodie la esperaba sonriente, delante de lo que parecía un laberinto de hierba alta como un jardín. Suspiró mientras entraban en grupos. En el suyo estaban Jodie, Shuuichi y Masumi. Parecía increíble que después de tanto tiempo y tantas cosas que se sucedieron, finalmente esos tres estuvieran juntos en una misión y, aún más increíble con ella. Le daba la impresión de que iban a ir al cementerio a recordar a su hermana. Negó con la cabeza para sacarse esos pensamientos. Tenía que centrarse o moriría allí. Entraron en la hierba alta, tallada expresamente para hacer un laberinto de él. Bajo las palabras 'id con cuidado, puede haber trampas' de Shuuichi, los tres grupos se separaron dos a la derecha, dos a la izquierda y ellos hacia delante. Shiho iba detrás de todo, con la mano rozando la hierba. El tacto que tenía era de hierba real, se estaban tomando las molestias de cuidar unos arbustos para mantener a los extraños alejados. Se paró de golpe. Eso solo significaba que seguían haciendo lo mismo en ese lugar. Jodie miró hacia atrás y paró a los otros dos al verla temblar.

- ¿Qué ocurre? –preguntó la que fue profesora en un susurro.

- Esto es… demasiado real… no es su estilo… –respondió– quizás sea algo precipitado, pero…

- Tienes razón –advirtió Shuuichi interrumpiéndola– esa gente no se tomaría las molestias de cuidar así las plantas si no fuera porque realmente quieren esconder algo. Pero estamos aquí por eso, ¿no?

Shiho afirmó con la cabeza.

- Si quieres irte ahora estás a tiempo –sonrió Jodie.

- Seguiré –respondió la científica negando con la cabeza.

No tenía opción de rendirse ahora. Su deber era seguir paso a paso hasta el final. Al fin y al cabo, ella había sido perteneciente a esos criminales, en cierto modo se sentía culpable. Siguió el camino de los demás, Jodie le dejó paso para que fuera ella delante. Llegaron a una bifurcación y allí tuvieron que separarse en dos grupos más. Así que Jodie decidió ir con ella, mientras Shuuichi y Masumi iban por el otro lado. Shiho empezaba a sentirse mareada, pero decidió seguir hacia delante sin hacérselo notar a su compañera. Llegaron a una pequeña plaza, con una estatua en medio y a su alrededor un jardín de girasoles. Shiho volvió a mirar el cielo. Un pequeño hueco en las nubes, dejaba paso a un rayo de sol encima de los girasoles, que nunca se cansaban de él y lo admiraban siguiéndolo. Detrás de ellas vinieron Shuuichi y Masumi, diciendo: 'estaba cerrado'. Siguieron el camino que les llevaba rectos, justo al otro lado de la estatua. Iban con paso firme dispuestos a desenfundar el arma si era necesario. De repente sonidos de pistola resonaron por todo el lugar. Apresuraron un poco más el paso desenfundando sus armas. Ya sabían el camino a partir de allí. Al llegar al final, encontraron una casa de cuatro pisos delante de ellos, elegante, grande, abandonada…

Con la pistola en mano se adentraron a la enorme mansión. Algunos agentes habían caído, otros habían matado a algunos agentes de la BO, otros estaban heridos, otros desaparecidos… aquello era un caos. Un hombre se les echó encima. Con agilidad, Shiho lo esquivó mientras levantaba la rodilla, dando de lleno a la barriga del hombre. Este cayó al suelo y se quedó con las manos en la barriga.

- Buen golpe –sonrió Akai.

- No quiero ser alagada por ti, pero gracias –se rió Shiho guiñándole un ojo.

- Esta bien, vosotros id hacia arriba –informó a unos agentes del FBI que estaban esperando sus órdenes con las armas alzadas– Jodie, Masumi, Shiho y yo nos iremos por allí –señaló una puerta entreabierta al fondo de la entrada.

Shiho se agarró la mano del arma con fuerza. Estaba temblando de nuevo. Esa puerta del fondo se parecía a la que llevaba a las mazmorras. Afirmó con la cabeza y les siguió. Shiho siempre había querido aparentar ser una mujer muy fría, aunque de hecho eso era lo que quería aparentar. Su corazón cálido era débil y por eso se creaba un muro a sí misma. Respiró profundamente antes de entrar para seguirlos. No estaba preparada para ir de nuevo a ese lugar, pero… se quedaron parados mirando a su alrededor. Habían entrado a una sala llena de espejos. Había infinitas imágenes de ellos reflejadas en el largo pasadizo que también parecía ser un laberinto. Shiho se acercó a uno de ellos mientras veía el reflejo de muchas Masumi mirándose el pelo despeinado. Puso la mano encima de su reflejo mientras una imagen le pasaba por la cabeza. Recordaba un día en las mazmorras ver reflejado a Shinichi en un cristal medio nublado, pero su imagen desapareció repentinamente, mientras ella se resistía a ser llevada por Vodka a otra celda. Lloraba con fuerza, de tal manera que su voz no lograba salir de su cuello. Vodka en ese momento la arrinconó en una pared. Cuando se dio cuenta, estaba de nuevo en esa sala de espejos siendo observada por muchos Shuuichi, Jodie y Masumi, todos preocupados.

- Deberías de irte ahora –informó el único hombre del grupo.

Ella negó con la cabeza.

- Estaba pensando si la libertad y la soledad son la misma cosa –susurró mientras seguía el camino del laberinto proyector de imágenes.

- Tu siempre tan filosófica –se quejó Masumi poniendo sus manos en su cintura.

Shiho le miró el reflejo y sonrió.

- ¿Es que hay algún chico? –preguntó Sera dándole pequeños golpecitos, con el codo en la barriga de la científica.

- No me seas… –se quejó ella cortando la frase a medias– no es momento para hablar de estas cosas, ¿no crees?

- Ni tampoco de filosofías –se rió la otra joven.

Jodie empezó a reírse haciendo que todos la mirasen.

- ¿Qué te ocurre? –preguntó Shuuichi.

- Nada, nada… –respondió la rubia– parece que los recuerdos se están metiendo en nuestras cabezas, al igual que imágenes imposibles.

- ¿Imposibles? –preguntó Shiho.

- Tu seguro me entiendes –respondió Jodie con una sonrisa tierna mientras miraba los ojos de la científica reflejados en uno de los espejos.

Parecían ojos inocentes que ardían de vitalidad, pero a la vez estaban perdidos.

- Parecemos una familia –se rió.

- Quítate esos pensamientos de la cabeza –se rió Shuuichi mientras llegaban al final del salón de espejos.

- A mi no me parece tan mala idea –sonrió Masumi– Shuu-oniichan y Jodie-sensei seréis los padres y yo tendré una hermana interesante.

- ¿Interesante en qué sentido? –preguntó la científica mientras escuchaban chasquear la lengua al hombre que ya había entrado.

De repente vieron un flash de dentro. Las tres se apresuraron a entrar. Akai estaba tumbado al suelo con las manos en los ojos. Jodie levantó su arma mientras Masumi comprobaba el pulso de su hermano.

- ¿Estás bien? –preguntó Shiho al ver que la otra joven suspiraba de alivio.

- Sí, pero…

- No puedes ver nada –sonrieron las tres mujeres avanzándose a él para protegerlo.

Estaban en una sala muy grande. Llena de puertas y ventanas. El suelo estaba repleto de manchas de sangre que en seguida les hizo estremecer. A través de una de las ventanas a las que Shiho se acercó, pudo ver a un niño tumbado en una cama, acurrucado, con miedo. La científica abrió la puerta que estaba cerrada con candado desde fuera y entró a ver. El niño, que debería de tener unos 7 años, estaba encerrado en una habitación con solo una cama y un escritorio con libros de ciencias. Le tomó el pulso. Su respiración era débil y con el contacto de la chica el niño abrió los ojos levemente. El niño, de pelo castaño claro como la mujer y los ojos azules, se asustó, mientras Masumi abría otra puerta para comprobar el interior.

- ¿Quién eres? –preguntó el niño poniéndose en una esquina.

- Soy una agente del FBI –respondió Shiho.

- ¿FBI? Eres el enemigo –respondió el niño cambiando su cara a curiosidad.

- ¿El enemigo? –preguntó Shiho aún de pie y poniéndose al lado de la puerta.

- El FBI es malo, ¿verdad? –preguntó el niño con una sonrisa forzada.

- Dime… ¿cómo te llamas? –preguntó la científica– mi nombre es Miyano Shiho –añadió al ver que el niño no abría la boca para decir nada.

- ¿Miyano Shiho? –preguntó en voz alta– tú eres la traidora.

- ¿Me conoces? –preguntó la científica mientras escuchaba a Masumi gritar y a Jodie reírse.

- Eres la única que ha conseguido salir de aquí con vida, dos veces –respondió el niño afirmando con la cabeza– mi nombre es Tinto.

- Tu nombre real –sonrió ella a modo de suplica.

- Este es mi nombre real –respondió el niño con seguridad.

- Es… está bien… ¿cuántos años tienes? ¿Cuántos hace que estás aquí? –preguntó con rapidez la científica.

- Tengo 8 años y llevo aquí más que los otros niños, creo que ya pronto hará los 5 años –respondió con una sonrisa forzada de nuevo, mientras la científica pensaba en que se había equivocado solo de un año.

- ¿Eres de aquí en Japón? –preguntó Shiho.

- Claro que sí –afirmó Tinto elevando la voz emocionado.

- ¿Naciste aquí? –reformuló la pregunta Shiho.

- Nacer… no recuerdo nada de mi pasado –respondió el niño con tristeza.

- Esta bien –sonrió Shiho cálidamente– sabes… los malos son los que hacen cosas malas a la gente –respondió la científica sentándose a los pies de la cama– ¿lo sabías? Yo cuando era pequeña fui mala.

- ¿Cuándo fuiste mala? –preguntó el niño sorprendido de escuchar esas palabras.

- Cuando estuve con esta gente. Creé una medicina que hizo enfermar a alguien que ahora es muy buen amigo mío –sonrió Shiho mientras escuchaba la voz de Masumi gritando '¡suéltame ya niña!'– ahora me arrepiento de todo lo que hice aquí.

- ¿No es el FBI el malo? –preguntó el niño como decepcionado.

- El FBI solo castiga a la gente que hace daño a más gente… es… es cómo la policía… ¿sabes lo que es la policía? –preguntó la científica sin darse cuenta de que Shuuichi hacía rato que estaba escuchando todo desde la puerta.

- Sí, son los buenos de las películas que miraba mamá –respondió el niño después de un rato de hacer memoria.

- ¿Quieres venir con los buenos de las películas? –preguntó Shiho alargando la mano hacia el niño– vas a ser un héroe como en los cómics.

- ¿Un héroe? –preguntó Tinto con un brillo en los ojos.

- ¿Quieres serlo? –preguntó la científica.

El niño le agarró la mano mientras afirmaba con la cabeza.

- Tendrás una misión muy especial –informó Shiho haciendo que se levantara de la cama.

Lo miró de arriba abajo. Iba con una camisa blanca desgarrada y sucia, y con unos pantalones negros malolientes.

- ¿Qué misión? –se impacientó el niño al ver que la mujer se quedaba callada.

- Sí, la misión –sonrió Shiho saliendo de sus pensamientos– tendrás que ayudar a los demás niños, ¿de acuerdo?

Tienes que decirles que podrán volver con sus papas y sus mamas si nos hacen caso. Y en cuanto digamos esconderos, os esconderéis sin rechistar, ¿podrás hacerlo?

- Sí –afirmó el niño.

- Entonces vayamos a sacarlos a todos de aquí –sonrió Shiho mientras el niño empezaba a correr hacia la sala para ponerse en marcha con rapidez.

Shiho miró de nuevo la habitación. De alguna manera podía sentir su misma presencia de pequeña en ese lugar. Eso era todo lo que tenía, una cama y un escritorio con libros de ciencia. Con la diferencia de que ella nunca había sido maltratada hasta que la secuestraron hacía 6 años.

- Tú no eres ese niño, no lo olvides –informó Shuuichi a la puerta– nunca lo has sido.

- Ahora veo, que si mi hermana no hubiera muerto, yo seguiría creyendo en esta gente –susurró la científica, de espaldas a él– quizás yo sería quién les estaría haciendo daño.

- Eres muy buena persona, Sherry, tu nunca lo habrías permitido, y tu hermana menos –añadió Akai– vayamos a ser héroes –sonrió.

- Claro.

Shiho salió de allí a paso firme. En cuanto vio la sala sabía lo que estaba pasando con Masumi. Había una niña mordiendo y pegando a quién se acercara. En cuanto vio a Tinto se acercó a él a abrazarlo y se escondió luego a su espalda. El pelo de la joven del FBI ahora estaba más desordenado que antes.

- Tinto –sonrió Shiho acercándose– ¿cuántos niños hay aquí?

- Creo que somos 7 –respondió él dudando.

- Somos 8 –lo contradijo segura la niña– te olvidas de Bloody Mary que llegó antes de ayer.

Se empezaron a escuchar voces y corridas detrás de ellos.

- Shiho, saca a los niños de aquí –informó Shuuichi señalando una puerta distinta a los demás nosotros los distraeremos.

La científica afirmó con la cabeza y con paso rápido fue abriendo las puertas, mientras detrás, Tinto les pedía que salieran todos. En cuanto abrió la última puerta, Shiho se dio cuenta de que no había nadie en la habitación. Solo una cama con barrotes a pequeña altura. Miró detrás de ella. Solo había 7 niños. Se acercó a la cama. Había un pequeño bulto en ella que se movía lentamente, como si respirara. Levantó las sabanas descubriendo a un niño de ni siquiera un año durmiendo con tranquilidad. El niño lentamente fue abriendo los ojos, sonriendo. Shiho lo agarró en brazos, no era momento para pensar qué hacía allí, tenía que apresurarse a salir de ese lugar. Se acercó a la última puerta y la abrió, mientras los niños la seguían. Llegaron a un patio, parecido al de un colegio, pero todo rodeado de un rejado para separarlo del bosque. Shiho miró alrededor, no había manera de salir de allí. Se fijó en una parte del rejado que parecía débil, se acercó y la movió con la mano. Ese lugar era el perfecto para poder salir. Dejó el bebé en brazos del niño mayor, que tenía 13 años y subió con agilidad. Saltó al otro lado.

- Apartaros un poco –pidió con voz suave.

Apartó un poco de tierra de debajo y movió de nuevo el rejado. Sonrió. Suspiró un poco y cogió aire. Levantó la rejilla de abajo para que los niños pudieran pasar por debajo. El primero en pasar fue Tinto con una amplia sonrisa. Los demás lo siguieron. En cuanto llegó el turno del mayor, pasó primero al niño pequeño para que una de las niñas, de 10 años, le cogiera. Se tumbó completamente al suelo y pasó. Shiho dejó el rejado y empezó a andar hacia el bosque, los niños la siguieron. Al cabo de unos minutos, llegaron a un claro, que terminaba en la pared de un desnivel. Miraron hacia arriba. Demasiado recto para escalar. Miró a su alrededor, no parecía haber otro camino, pero aún así Shiho decidió seguir la pared de tierra recto.

- Estoy cansada –se quejó la niña más pequeña.

Shiho sonrió.

- Podemos descansar un poco –añadió mientras se sacaba el teléfono móvil del bolsillo.

No tenía cobertura. Los niños se sentaron al suelo. El niño pequeño empezó a llorar y la científica lo agarró. Estaba segura de que tenía hambre. Intentó calmarlo un poco. Al cabo de un rato, de fondo empezaron a escucharse gritos, provenientes del bosque.

- Chicos –susurró la científica– cogedlo.

Dejó al pequeño en manos del mayor.

- Si seguís esta pared llegaréis a la ciudad –sonrió justo después del bosque, llegaréis a la ciudad de Kioto. Pasad dos calles y preguntad por el Programa Especial de Kioto, allí os protegerán. Seguramente habrá un hombre que responde al nombre de Irie Raiko, si le decís que venís de mi parte seguro os ayudará. En cuanto pueda vendré con vosotros.

- ¿Y tú? –preguntó Tinto apenado.

- Aún tienes una misión por cumplir, pequeño. Tenéis que aseguraros de que es Irie quién os atienda, ¿vale? –sonrió Shiho– yo les distraeré, pero tendréis que ir con mucho cuidado y bien agarrados a la pared, pero rápido, ¿vale? –miró a la pequeña que antes se había quejado– ¿podrás hacerlo? – la niña afirmó con la cabeza– Iros antes de que se eche a llorar de nuevo –sonrió mirando al bebé.

Se quedó viendo como se iban de allí. Estaba segura de que ellos podrían notar la presencia de los niños desviándose, así que tenía que ir con rapidez. Apoyó sus manos en la pared, iba a ser difícil, pero esos niños ahora necesitaban de su ayuda. Puso un pie para enfilarse y forzó sus manos para subir. Empezó a escalar la pared de la altura de 3 pisos mientras su cabeza divagaba entre lo que acababa de ocurrir. Había visto sonreír al pequeño. Ese niño parecía tener la inocencia entre sus brazos. Mientras subía por la pared, Shiho tenía la sensación de estar volando. La inocencia de ese niño, sonriendo, aún siendo tan crítica su situación... Su corazón estaba tan calmado que parecía que tuviera alas para volar por encima de esa enorme pared. Parecía que ese niño le había dado alas que los ojos no podían ver, pero sí su frío corazón. En menos de un minuto llegó arriba. Justo a tiempo porque entonces llegaba Ginebra debajo de ella. Shiho se giró para mirarlo y levantó la mano con tres dedos escondidos y los otros dos en forma de 'V'. Parecía que lo había hecho en un tiempo récord. Se giró para ver, mientras sabía que el rubio sacaba un arma y la apuntaba. Un bosque más. Hizo cuatro pasos hacia delante mientras escuchaba la pistola del rubio dispararse. Sonrió. De esa altura y con esa distancia era improbable que le diera, pero ella sabía que por parte de ese hombre, la palabra imposible no existía. Así que se metió un poco más adentro del bosque que parecía no acabarse. Tratándose de Ginebra, enviaría a algunos hombres en busca de los niños y él la perseguiría a ella. Pero no había hombres suyos en ese lugar, eso significaba que el FBI estaba haciendo su trabajo bien hecho una vez más. Sonrió para sus adentros. Era bueno seguir manteniendo esa faceta fría que hasta ahora le había funcionado. Empezó a correr hacia dentro del bosque hasta llegar a otro claro. Observó con atención lo que parecía un hostal abandonado. Si era abandonado no habría testigos de su presencia, mucho mejor. Sonrió al mirar a su derecha. Las luces de la ciudad de Kioto un poco más abajo ya se habían encendido, el cielo ya estaba bien naranja. Llevaban un buen rato fuera. Miró su teléfono móvil. Allí tenía cobertura. Marcó los números adecuados y esperó que descolgaran al otro lado.

- Irie, soy Sherry –informó la científica– 8 niños, entre ellos uno de menos de un año, han escapado de la BO, necesito que los recojas y les protejas.

- Claro, lo que quieras –sonrió el hombre– ¿dónde estás tú? –preguntó el hombre.

- Viéndote vestirte y salir de tu casa –se rió Shiho que sabía que a esas horas el hombre estaría simplemente en casa acurrucado en la cama.

- ¿Cómo me estás…?

Shiho se rió con más fuerza.

- No me estás viendo –añadió el hombre que conocía la risa de la joven– solo me conoces.

- Por supuesto –añadió ella– pero aún así ha sido divertido –escuchó chasquear la lengua de su antiguo compañero– en cuanto pueda llegaré con vosotros, ve con cuidado el rubio necesita de esos niños.

- En dos minutos iré en su busca –sonrió el hombre– 8 niños juntos de distintas edades, no se ven todos los días.

- Uno responde al nombre de Tinto –informó antes de colgar.

Miró detrás suyo, parecía que aún tenía un poco de margen. Buscó una salida de ese lugar, hasta que encontró un camino de tierra por donde podía bajar, dirección a la ciudad. Sin darse cuenta se había alejado de los niños y del hombre ese. Sus nervios aumentaban a cada paso, pero su mente intentaba tranquilizarla. No podía confiar en nadie más que él. Ese hombre, ese lobo solitario, era uno de los más honestos que habían trabajado con ellos. No sabía que había pasado con los demás del FBI, así que en estos momentos un milagro no sería suficiente. Siguió corriendo hasta toparse con los niños al final de la bajada. Se quedó parada.

- ¿Dónde está él? –preguntó el mayor, sabiendo que no podía andar muy lejos.

Shiho miró hacia atrás tardaría un poco en darles alcance.

- Vamos, no tenemos tiempo, solo tenemos que llegar a la ciudad –sonrió la mujer agarrando al pequeño de nuevo– intenta ayudarla –añadió señalando con la cabeza la pobre niña de 4 años que estaba llegando a su límite– en cuanto lleguemos a la ciudad el hombre que nos ayudará nos dará lo que queramos para comer, ¿vale?

La niña la miró ilusionada.

- ¿Qué querrás? –preguntó al ver que la niña recuperaba fuerzas al instante.

- Pasta y chocolate.

- Le pediremos al hombre, ¿vale? –sonrió la científica pensando que Irie iba a matarla.

La niña afirmó con ilusión con la cabeza mientras el pequeño, entre sus brazos, se removía para agarrarse con fuerza a su jersey.

- Vamos, corred, debe de quedar poco ya –sonrió Shiho– solo un poquito más y podréis volver a vivir… –miró al mayor que era el único que había entendido esa frase y añadió– con vuestras familias.

Podían ver cerca la ciudad en pocos minutos. Mientras el bebé seguía moviéndose entre los brazos de la adulta. A paso rápido, llegaron al principio de la ciudad, cuando ya había oscurecido del todo. Se pararon al principio mirando de un lado para el otro. Había gente a la calle que se les había quedado mirando. El pequeño moviendo la cabeza, encontró el dedo de Shiho que lo mordió. La científica se quedó mirando al niño sorprendida. Le había parecido que había demostrado su opinión acerca de todo aquello. Sonrió mientras al otro lado de la calle, Irie la llamaba, montado en una furgoneta de color verde muy claro, casi blanco.

- Vamos –sonrió la científica– llegaste a tiempo Irie.

- No he podido localizar a los demás aún –informó el hombre.

Los niños, detrás de Tinto fueron subiendo al furgón, mientras la científica les mantenía la puerta abierta. Todos, excepto el mayor y la niña de 4 años que era agarrada por el de 13 subieron.

- ¿Qué ocurre? –preguntó Shiho mirando hacia el bosque.

Aún tenían tiempo.

- ¿Cómo podemos fiarnos de vosotros? –preguntó el más grande aguantando la mano de la pequeña que intentaba subir.

- Puedes no fiarte, si quieres –sonrió Shiho– esta es tu decisión. Pero… nosotros no os hemos hecho daño para que creáis lo contrario –añadió pasando al bebé a los brazos de Irie que seguía con la ventanilla bajada.

- Sherry no creo que dispongamos de tiempo para convencerlos –se quejó el hombre agarrando al pequeño.

- ¿Y qué quieres hacer, dejarlos aquí? –preguntó Shiho arremangándose el brazo derecho– ¿Sabes? –preguntó girándose hacia el niño y mostrando la marca del brazo– desde que nací, estuve viviendo con ellos mis padres murieron cuando yo era muy pequeña y yo y mi hermana fuimos cuidados por ellos. Mi vida fue solo libros de ciencias y estudios, nunca tuve amigos y ni siquiera familia, a mi hermana le dejaban hacer lo que quisiera y yo llegué a envidiar su vida. Había seguido la investigación de mis padres, que trabajaban como científicos en ese lugar y había creado, sin darme cuenta, un veneno. El veneno se lo dieron a alguien que ahora es uno de mis mejores amigos, y por suerte no le mató, porque me hubiera sentido muy culpable de que hubieran matado a alguien con esa cosa. Pero en cuanto mi hermana robó dinero para sacarme de ese lugar, la mataron, porque yo era demasiado importante para ellos. Así que decidí parar mis investigaciones hasta que me dieran un motivo razonable. Me encerraron en una habitación dispuestos a matarme por rebelarme, así que morir por morir… decidí tomarme el veneno y averiguar con exactitud lo que había pasado con mi amigo, de quién no se había encontrado su cadáver. Conseguí escapar de allí con suerte, me escondí junto con ese amigo y empecé una vida nueva. Pero… esa gente nunca olvida a un traidor, así que cuando supieron lo que me había pasado, en cuanto supieron donde estaba me secuestraron para hacerme un miembro de la primera generación de reclutamiento –Shiho se paró observando al chico que parecía ser el único, de esos niños, que entendía lo que decía– reclutamiento, tortura… conseguí salir de allí por los pelos y te aseguro que si no hubiera sido porque quiero, por primera vez, tener una vida normal, no me hubiera acercado a ellos hoy. Y si no hubiera sido, porque conozco lo crueles que son con todo el mundo, ni siquiera me hubiera esforzado en sacaros de las habitaciones. Así que tú decides, pero no tienes nada de tiempo para hacerlo.

Shiho subió a la furgoneta en el asiento del copiloto y cogió al pequeño. El niño se había quedado quieto. Las palabras que la científica le había dicho con una velocidad increíble eran difíciles de entender, incluso para él. La niña tiró de su mano.

- Oniichan, vamos ¿sí? –sonrió.

El niño entonces reaccionó. Ayudó a subir a la pequeña y subió él cerrando la puerta, en el momento en el que Irie veía salir a Ginebra del bosque, con el arma en la mano. Arrancó con prisas el vehículo, haciendo que los niños cayeran al suelo al instante.

- ¡¿Es que quieres matarnos!? –se escandalizó la científica por encima de los gritos de los niños.

- No tengo tiempo para intentarlo, si quiera –respondió Irie medio riendo– y, ¿a dónde quieres ir? –preguntó después de ser fulminado por la mirada de la mujer mientras el niño pequeño se echaba a llorar por el grito de ella.

- En algún lugar donde puedan comer, descansar y cambiarse de ropas –susurró ella después de girar unas tres calles en silencio por parte de todos excepto del bebé.

- No tengo ropas para todos, pero… no creo que haya problemas en mi casa –sonrió el hombre girando por otra calle.

- Gracias –susurró Shiho en voz muy baja, en cuanto el niño había dejado de llorar.

- ¿Y cómo vamos a encontrar a sus familias? –preguntó Irie en voz muy baja.

- Podemos oíros –se quejó la niña de 10 años– estamos en un lugar pequeño.

- Nunca os han pedido que cerréis la boca –respondió la científica mirando hacia atrás con mirada asesina.

- Oneechan da miedo –se quejó Tinto.

Irie frenó con lentitud la furgoneta entrando en el patio de una casa muy grande.

- Vale… ¿qué queréis comer? –preguntó con una radiante sonrisa Irie– Raiko-ojiichan os irá a comprar comida.

- ¡Pasta! –alzó la voz la niña de 4 años levantando la mano– ¡Y chocolate!

Shiho se echó a reír, mientras Irie la miraba de reojo.

- No me mires así –sonrió– tú te has ofrecido –añadió mientras abría la puerta del vehículo para salir.

- Espera, espera, ¿a dónde vas? –preguntó el hombre.

- El pequeño necesita también de auxilio –sonrió con malicia Shiho– y no pareces tener muchas ganas de hacerlo tú.

- Pero… –Irie bajó del furgón con rapidez mientras la científica empezaba a andar hacia la casa– espera, espera Miyano-san, por favor. No es una buena idea que tú…

Shiho se paró en seco al ver a una mujer con bata blanca esperándoles. Se echó a reír.

- Lo sabía –se quejó el hombre suspirando– Miyano-san te presento a mi prometida Midori. Midori ella es la científica forense Miyano Akemi.

- ¿Akemi? –preguntó Tinto desde detrás– ¿No era Shiho? –añadió confundido.

La mujer forzó una sonrisa y se reverenció para llegar a la altura del pequeño.

- Si hay algo que debes de saber de esa gente, es que nunca puedes dar tu verdadero nombre a nadie –informó la mujer– por eso te llaman Tinto –suspiró.

- Ah… –sonrió el niño habiendo entendido– entonces eres Akemi-obaachan.

- Como vuelvas a llamarme obaachan te daré la paliza de tu vida enano –se quejó la científica haciendo que el niño se pusiera detrás del mayor asustado por su cara.

- Sí, muy convincente, Sherry –suspiró Irie.

- Cierra el pico, Irie, parece que nunca aprendemos de esto –se quejó ella.

- ¿Es que te ves reflejada en estos niños? –preguntó el policía acertando de lleno.

- Olvídalo, lobo solitario, no voy a decirte nada –sonrió ella en tono de burla.

- Sabía que no deberías de estar aquí –se quejó él.

- Tranquilo, tu secreto irá conmigo a la tumba –añadió Shiho, recordando que ese hombre nunca les había dicho nada de su vida privada, y que se hacía él mismo las comidas.

- Espero que sea cerrada –añadió Irie medio riendo y yendo a cerrar la puerta del jardín para que nadie pudiera ver el furgón desde la calle– lo siento Midori, tendremos que compartir una buena cama.

- Tranquilo Rai, adoro a los niños –sonrió la mujer.

- Bueno Rai –se burló Shiho– les has prometido algo a los pequeños… a buscar, venga…

- ¿Te habían dicho nunca que te pareces a una bruja? –preguntó el hombre mirándola de reojo.

- Muchas veces –respondió ella diciéndole adiós con la mano.

- Te odio –respondió el hombre pasando por una puerta más pequeña del jardín para ir a pie a comprar la comida.

- Yo también te quiero –susurró la científica guiñándole un ojo, aunque sabía que ni podía oírla ni verla– bueno… –añadió girándose hacia la mujer.

- Me alegra conocer a alguno de los magníficos, por fin –la interrumpió Midori, de ojos verdes y pelo castaño oscuro.

- Lo mismo digo –añadió Shiho alargando la mano.

La mujer se la estrechó.


Bueno, este capítulo quedó un poco largo... pero es uno de los principios que llevaran a otra historia que estoy planeando, así que espero que os haya gustado! :3

^^Shihoran^^