-¿Qué ocurre Seira?. Esto es muy extraño. Normalmente soy yo la que llama para citarnos en la capilla, ¿pero qué sucede contigo, mujer?- dijo una extrañada Meimi a través del teléfono.

-Ya te contaré- No te preocupes por mí- Le contesto la siempre serena Seira desde la iglesia.

Meimi llego a la hora citada, después del trabajo. Había sido un día de poco trabajo, aunque eso había beneficiado a una distraída Meimi, quien no podía dejar de pensar en su penosa situación con Asuka.

Seira saludo con gran cariño a su amiga. Se le veía algo pálida y ojerosa. Ambas caminaron hacía los confesionarios, sin parar de hablar como cuando eran unas chicas adolescentes. Por un momento Meimi se sintió de nuevo alegre, recordando aquellas correrías como Saint Tail.

En la calma del viejo arcón de madera, Seira susurró:

-Estás segura de que no nos oye ninguna de las hermanas?-

-No, puedes estar tranquila Sei, cuéntame, que sucede- contestó la pelirroja

Seira tomo aire. Meimi presintió que algo no andaba bien. Algo que quizás había conmovido profundamente a su sabia y paciente amiga.

- Ya no puedo creer…¿Dónde está Dios? – dijo la monja, en un tono de profunda melancolía.

- ¿Qué…qué dices?- tartamudeó Meimi

- El mes pasado, fui a una misión de caridad a Tailandia. Una misión entre un grupo de hermanas albanesas y nosotras. Fue….horrible…- cortó de pronto Seira mientras una lágrima salía de su ojo izquierdo.

- ¿Qué ocurrió?- Meimi no se podía permitir guardarle rencor a Seira, a pesar de la constante apatía y notorio hartazgo de esta última cuando la pelirroja le confiaba sus problemas maritales.

- No pudimos evitarlo. Se soltó una peste de cólera, y murieron muchos niños. Si Dios es bueno, ¿por qué permitió que esto sucediera? Y eso, fue poco. Hay demasiada corrupción, hipocresía, abuso de toda clase e impunidad tanto entre las organizaciones de caridad del gobierno, como entre las hermanas de otras congregaciones. - sollozó.

- A donde quiera que voy, solo hay tristeza y vacío, los ancianos enfermos de cáncer preguntan si Jesús vendrá por ellos pronto y terminará con su sufrimiento, veo como mueren en sus lechos en pobreza sin que sus familiares puedan hacer nada por ellos…

- Las monjas de la orden albanesa insisten que el sufrimiento, el dolor y la peste los acercan al Señor, ¡y yo sólo veo como son torturados de forma tan inhumana..!- Ahora Seira estaba gimoteando afligidamente. Meimi salió de su cubículo y sacando del suyo a la pobre monja, la abrazo con todas sus fuerzas.

- Eso mismo me pregunto desde hace muchos meses, querida amiga Seira… -respondió Meimi apenas conteniendo las ganas de gemir de pena.-Dios…nos ha abandonado… Los criminales asesinan gente en esta ciudad, los políticos nos mienten descaradamente mientras nosotros cada vez tenemos menos derechos básicos, los animales son abandonados a su suerte en la calle sin comida ni agua, los chicos más jóvenes carecen de modales, roban a la gente indefensa y consumen drogas… Meimi y Seira se separaron. Ambas bajaron la mirada. No se atrevían a verse a los ojos.

- Dios ha muerto…lo matamos nosotros… ya nada importa- susurró Seira. Meimi se quedó quieta, sin saber que más decir. Tras unos breves instantes de silencio, la voz tenue de Seira se elevó:

-Esto es incomodo…Gracias por venir Mei.-

-Si me necesitas ya sabes dónde estoy.-

La pelirroja se dio la media vuelta. El cielo estaba encapotado, amenazando con llover. Meimi se apresuró a salir de la iglesia antes de que la lluvia la alcanzara.

-Mei- hablo de pronto Seira, que no había dejado de mirarla mientras se alejaba.

-¿Qué pasa?- Le contestó su amiga

-Vive por ti misma- Le expresó con un temblor en la voz la hermana.- No te preocupes por nadie más. Vive tu propia vida. Recuérdalo.-

Esas palabras calaron profundo en la conciencia de la chica. Vivir por ella misma. Quizás, a pesar de ser una mujer hogareña, también era una trabajadora, que debido a la situación económica precaria se había visto obligada a abandonar la comodidad de casa para embarcarse en el difícil mundo laboral. Había sido una mujer que siempre había servido a los demás siendo trabajadora social o como Saint Tail, pero siempre, fue altruista, desprendida y gregaria. Siempre trabajando enferma o a horas extra para ayudar a los más necesitados, o a los lastimados por la injusticia. Posiblemente Seira no iba tan descaminada. Era hora de reclamar su propia vida, de cuidar de sí misma y entregarse el amor que Asuka no le daba. Caminó por un largo rato antes de que empezara a llover, y al comenzar a caer las primeras gotas, tomó un taxi con rumbo incierto…